Campo de Invierno

Side 5

Una Nueva Aventura

Giesel Zvendard era un hombre huraño pero considerado. Sin embargo, tras haber perdido sus recuerdos, no dejaba pasar ni el más mínimo desliz en las palabras de Rensley. En condiciones normales, se habría limitado a responder con un simple “Ya veo” para dar por terminada la broma, pero ahora señalaba cada comentario con un toque de ironía, provocando que ambos alternaran entre pequeñas charlas triviales, silencios incómodos y constantes discusiones mientras continuaban su camino.

Al principio, Rensley se había sentido un tanto deprimido, pensando que el Duque le estaba mostrando sus espinas de forma deliberada; sin embargo, al salir del castillo real y cambiar de aire, la situación comenzó a parecerle incluso refrescante. Después de todo, era la primera vez que pasaba tiempo a solas con Giesel compartiendo una charla tan vacía de formalidades y desprovista de utilidad.

Mientras conversaban, llegaron finalmente a la plaza. Habiendo escapado de una situación aterradora poco antes, Rensley avanzaba sumamente tenso, observando los alrededores de reojo; sin embargo, el escenario pavoroso de su primera visita no se repetía por ningún lado. Las almas del lugar se desplazaban con total serenidad, sumidas en su apacible rutina cotidiana.

“... Todo ha vuelto a la normalidad.”

“Tomó algo de tiempo restaurar el orden, pero no era una tarea imposible.”

Esta vez, Rensley prefirió cerrar la boca y caminar en silencio. No quería cometer un error imprudente que provocara otro desastre como el de antes.

“¡Oiga, joven! ¡Sí, usted, el de cabello rubio!”

Pero caminar en paz tampoco resultó sencillo, ya que alguien alzó la voz para llamar a Rensley con urgencia.

“¿Eh? ¿Yo?”

Rensley se dio la vuelta con desconcierto y sus ojos se abrieron de par en par. Jamás imaginó que alguien lo recordaría en este plano, pero la persona que lo llamaba era el mismísimo dueño del puesto de brochetas.

“Es el cliente que se marchó la última vez sin poder comer, ¿verdad? Cielos, me alegra tanto volver a verlo. Me sentía muy mal por no haberle permitido disfrutar de la especialidad de la casa aquella vez. El día de hoy no les cobraré nada, así que por favor, acepte esto y comparta una brocheta con su acompañante.”

“¡Ah, sí! Se lo agradezco de corazón.”

Parecía que el Inframundo solo había borrado de sus mentes la revelación de la muerte, pero el recuerdo de haber conocido a Rensley permanecía intacto. La manipulación de los recuerdos era sumamente precisa; era un detalle que revelaba la verdadera destreza del rey que gobernaba las memorias.

Rensley aceptó la amabilidad fingiendo ignorar la situación. Se sentía conmovido de que el posadero recordara a un cliente de tránsito y decidiera obsequiarle comida, pero además, era consciente de que en este momento necesitaban recolectar tanta información como fuera posible.

El aroma y el sonido de la carne asándose directamente sobre el fuego estimulaban el apetito de la misma forma que en el mundo de los vivos, aunque Giesel observaba la escena con total desinterés, mostrando su habitual indiferencia hacia la comida.

“¡Aquí tienen! Si les gusta, por favor, háganme buena publicidad con los demás.”

“¡Muchas gracias!”

El posadero les extendió las brochetas que había preparado con esmero. Los trozos de carne eran gruesos y abundantes, luciendo sumamente apetitosos a simple vista. La grasa aún burbujeaba sobre la superficie de la carne.

Rensley pensó que la muerte significaba el fin de los placeres gastronómicos, pero se había equivocado. Aunque todavía no deseaba convertirse en un habitante permanente del Inframundo, su perspectiva sobre el más allá comenzaba a cambiar sutilmente.

Rensley abrió la boca, dispuesto a saborear el apetitoso bocado, justo antes de que una voz fría arruinara el momento.

“¿Planeas comer eso?”

“... ¿Eh?”

Rensley, que aguardaba el bocado con entusiasmo, acobardado, apartó la brocheta de sus labios de inmediato de forma disimulada. Giesel lo observaba fijamente con una expresión indescifrable.

Aquella mirada fija, con los ojos ligeramente entornados, parecía un reproche ante su conducta ligera, aunque también denotaba una genuina curiosidad por el siguiente paso de Rensley.

¿Acaso no debo comerlo? Pensó Rensley mientras buscaba la aprobación de Giesel, pero el Duque no añadió nada más. Al observar la interacción, el dueño del puesto frunció el ceño.

“¿Hay algo malo con mi comida? ¿Por qué su acompañante luce tan insatisfecho?”

“Ah, es que este caballero jamás ha comido directamente en la calle... según entiendo.”

“Vaya, qué modales tan refinados. ¿Acaso es miembro de la realeza? No creo que un noble anduviera vagando por estos sectores del Inframundo.”

Ciertamente, comer brochetas en un puesto callejero... Dejando de lado el sabor, para un Giesel acostumbrado a platos elaborados y servidos con elegancia en el palacio, aquella comida probablemente representaba un acto vulgar. Quizás no era necesario mostrarle esa faceta en las condiciones actuales.

No podían permitirse perder el tiempo en ese lugar. Revelar su alta posición social tampoco les aportaría ninguna ventaja. Pensó que lo mejor sería retirarse de inmediato. Sin embargo, en ese instante, Giesel volvió a hablar:

“No tengo intenciones de prohibírtelo, así que actúa como mejor te parezca.”

A ver, si eso no era una advertencia para que no comiera, ¿entonces qué fue...? Pensó Rensley.

Giesel siempre fue un hombre directo en sus expresiones, pero ahora mostraba una actitud inusual. Aquellos cambios repentinos de parecer eran conductas extrañas en el Gran Duque, quien solía ser firme en cada una de sus decisiones.

A pesar de que la brocheta todavía lucía deliciosa, el ánimo de Rensley se había enfriado y ya no sentía el mismo deseo de dar el primer bocado. Finalmente, sonrió y se dirigió al dueño del puesto:

“Lo lamento, posadero. ¿Podría envolverla para llevar? Parece que a mi acompañante no le agrada la idea de que coma en plena vía pública.”

“Por supuesto, el cliente es libre de elegir. Aunque, déjeme decirle que lidiar con un hombre tan quisquilloso debe ser un dolor de cabeza. No parece el tipo de compañía adecuado para alguien tan sencillo como usted, joven. ¿No preferiría buscar a otro acompañante para el viaje? Sería menos agotador.”

Mientras el posadero envolvía la comida y murmuraba aquellos consejos, Rensley se limitó a sonreír con incomodidad para cambiar de tema.

“Por cierto, ¿ha surgido alguna novedad por estos sectores últimamente?”

“¿Novedades? Bueno, aquí los días transcurren siempre de la misma forma. La única novedad relevante es la presencia de ustedes; jamás había visto a un viajero recorrer este distrito sin haber cambiado sus divisas primero.”

Tenía razón. Aquello ponía de manifiesto que la ruta que Amin y él utilizaron para cruzar la frontera no era el camino ordinario. Se preguntó si serían capaces de encontrar el sendero de regreso sin contratiempos.

“¿Acaso no existe otra vía de acceso a este distrito que no sea la puerta principal?”

“Ninguna. Solo hay un camino para ingresar a este territorio. Por eso su situación me resultó tan extraña. De hecho, me causa curiosidad, ¿por qué sector ingresaron ustedes?”

“No logro recordarlo. Fuimos arrastrados por una fuerza extraña y aparecemos aquí de pronto. Supongo que por eso no pudimos cambiar el dinero.”

“Bueno, este lugar recibe a almas de procedencias muy diversas, así que supongo que un caso como el suyo es posible.”

Aunque no obtuvieron información de gran relevancia, el encuentro no había sido en vano. Ambos continuaron caminando a la par.

Para un observador desprevenido, la plaza del Inframundo se asemejaba al distrito comercial de una gran metrópolis debido al constante movimiento y la vitalidad del entorno. Al caminar juntos por ese espacio, Rensley comenzó a experimentar una sutil alegría que contrastaba con la gravedad de su situación.

Si se encontraran en un destino turístico ordinario, habrían compartido el anhelo de regresar juntos en el futuro o contemplar el paisaje en una estación diferente; sin embargo, la próxima vez que pisara este suelo sería tras haber cruzado el umbral de la muerte. Aquello convertía la caminata en un recuerdo místico y excepcional. Al reflexionar sobre ello, una pizca de melancolía lo invadió y Rensley no pudo evitar quejarse en voz baja:

“Había pensado que sería un lindo detalle disfrutar de la comida callejera junto a Su Alteza... No imaginé que le causaría tanto desagrado.”

“No he evitado el alimento por tratarse de un puesto callejero. Mis palabras respondieron a la extrañeza de la situación, ya que no requiero consumir alimentos en este plano.”

“¿Qué? ¿Acaso Su Alteza no come?”

“En el Inframundo, el cuerpo físico es un instrumento que responde a necesidades de funcionalidad y conveniencia. Prescindir del alimento no genera la menor incomodidad. De hecho, asumo que tú tampoco experimentas hambre legítima. Aunque existen muchas almas que disfrutan del placer gastronómico por mera distracción, yo prefiero no invertir mi tiempo en ello.”

Al escuchar sus palabras, Rensley recordó la reacción de los sirvientes del castillo cuando mencionó que no tenía energías por no haber comido desde la mañana. Soltó un suspiro al comprender el origen de su error. Al recapitular la escena, se dio cuenta de que ni una sola de las palabras de aquella frase poseía sentido lógico en este plano existencial.

Después de todo, y aunque en parte se debiera a las desastrosas preparaciones de Rayna, Giesel Zvendard jamás fue un hombre de apetito voraz en el mundo de los vivos. Siempre que se concentraba en sus estudios tendía a considerar las comidas como una molestia, por lo que era natural que, en un plano donde alimentarse no era obligatorio, eligiera prescindir de ello por completo.

“Por otra parte, me pregunto si seremos capaces de hallar el sendero por el que Amin y yo ingresamos... En aquel momento simplemente seguimos la dirección del camino y aparecemos aquí de forma natural.”

Amin había sugerido que tal vez la habilidad de Rensley como espiritista los había guiado de forma inconsciente. Si ese fuera el caso, la ruta de regreso también debería manifestarse ante sus ojos.

Sin embargo, a pesar de recorrer la plaza minuciosamente durante un largo rato, no divisaron ningún acceso que no fuera la puerta principal. La impaciencia comenzó a apoderarse del ánimo de Rensley.

Aquel recuerdo residual que no pertenecía a Amin ni a él debía ser, sin duda, una memoria de Giesel. Si lograban devolverle esos fragmentos, la situación cambiaría de forma drástica.

“¿Acaso cree que alguien se percató de su existencia y decidió retirarlos antes de nuestra llegada?”

“No lo considero probable. La ruta que utilizaron para ingresar debe ser un pasaje oculto, difícil de detectar incluso para las autoridades de este plano.”

Ahogando un suspiro de frustración, continuaron buscando el sendero, pero sus esfuerzos no dieron frutos. Mientras tanto, las almas de la plaza comenzaron a retirarse una a una, y Rensley percibió que la intensidad del resplandor plateado comenzaba a disiparse sutilmente.

A pesar de la ausencia de astros o crepúsculos, el transcurso del tiempo era real en este mundo. Aquella luz constante, que antes se sentía como una densa tela de seda, comenzó a debilitarse, perdiendo su fulgor. De manera inevitable, Rensley comenzó a experimentar los estragos del cansancio.

“El transcurso del tiempo en el Inframundo varía según el distrito. En este territorio, el ciclo es administrado directamente por el castillo real. Nos encontramos en las horas del olvido. Una vez que este ciclo concluya, los habitantes recibirán de nuevo las memorias necesarias para sus funciones.”

“Es un concepto fascinante... ¿Funciona a modo de noche?”

“Por otra parte...”

¡Deng!

Antes de que Giesel pudiera concluir la explicación, el eco de una campana resonó en el lugar. Tanto Rensley como el resto de las almas de la plaza giraron la cabeza hacia el origen del sonido. Los rostros de los presentes adoptaron una expresión ausente.

“La plaza cerrará sus puertas en breve... Puesto que no hemos hallado el sendero, lo más prudente será aguardar a que concluyan las horas del olvido en este sector antes de regresar al castillo.”

“... ¿Significa que pasaremos la noche a la intemperie?”

“No es una analogía exacta, pero el concepto es similar.”

“¿Y... acaso no representa un inconveniente? Que Su Alteza permanezca alejado de sus funciones en el castillo por tanto tiempo.”

“Ya te he mencionado que el transcurso del tiempo varía según el distrito. Las horas del olvido que transcurren en esta plaza no alteran el flujo del castillo real. Por lo pronto, debemos buscar un refugio para descansar.”

Aquello ponía en evidencia que el Inframundo, al igual que el bosque de la Loba Blanca o la torre de Amin donde Rensley estuvo retenido, era un plano existencial con sus propias leyes temporales. Aunque le resultaba sorprendente que el tiempo fluyera de forma distinta dentro del mismo Inframundo, no era un asunto que Rensley pudiera comprender a nivel teórico.

Al ser un punto de reunión para los viajeros, la plaza contaba con establecimientos de hospedaje. Al cruzar el umbral de una posada cuyo letrero lucía distinguido, un recepcionista de modales corteses los recibió con una reverencia.

“Bienvenidos. ¿Desean una habitación para dos personas?”

“Sí.”

“¿Cuál será la duración de su estancia?”

“Una...”

Rensley estuvo a punto de responder “una noche” por pura inercia, pero guardó silencio de inmediato de golpe. Al no existir la división entre el día y la noche en este plano, un error lingüístico como ese habría generado sospechas innecesarias.

“Un ciclo.”

Giesel intervino de inmediato para corregir el rumbo. Mientras Rensley parpadeaba confundido, el recepcionista les indicó el camino con una sonrisa profesional.

“Entendido. Por aquí, por favor. Los guiaré a su habitación.”

Aunque los pasillos lucían limpios y bien ordenados, una posada seguía siendo una posada. Tanto para los estándares del Inframundo como para los del mundo vivo, el lugar era sumamente modesto en comparación con el castillo real, careciendo de la elegancia de los hospedajes destinados a la alta aristocracia. Aunque, claro, no era común que los nobles frecuentaran la plaza.

“Esta es la única habitación disponible por el momento, ¿les resulta conveniente? El precio es de 56 pinas.”

La mayor ventaja era que dispondrían del espacio en absoluta privacidad. A diferencia de las posadas ordinarias que solían congregar a múltiples extraños en un mismo aposento, Giesel y Rensley recibieron la llave de una habitación exclusiva para ellos dos. Giesel respondió:

“Es adecuada.”

“En ese caso, les deseo un feliz descanso.”

En cuanto la puerta se cerró y el eco de los pasos del recepcionista se desvaneció en el pasillo, Rensley se estiró con alivio y se despojó de su abrigo.

“Buscar un sendero invisible durante todo el día es un trabajo agotador. ¿Su Alteza se encuentra bien?”

Vistiendo únicamente sus ropas ligeras, Rensley se descalzó y se dejó caer sobre el colchón. 

Ah, qué delicia. 

La comodidad de reposar el cuerpo fatigado sobre una cama le devolvió la sonrisa, una sensación constante incluso más allá de la vida.

A diferencia de Rensley, que se había relajado por completo en cuanto cruzó el umbral, Giesel permanecía de pie con una postura rígida, sin despojarse siquiera de su capa. Rensley lo observó ladeando la cabeza:

“¿Qué ocurre? No se quede ahí de pie... descanse también. Puesto que estaremos retenidos aquí durante un buen rato, no sería una mala idea que durmiera un poco.”

Giesel examinó los alrededores con la mirada y tomó asiento en el sofá ubicado a los pies de la cama. El sofá de la modesta posada era de respaldo bajo y dimensiones reducidas, por lo que lucía sumamente incómodo para la imponente estatura de Giesel.

“No requiero entregarme al sueño. Bastará con reposar un momento antes de reanudar la marcha.”

“A ver, teniendo una cama perfectamente disponible, no comprendo por qué...”

Rensley murmuró aquello con desconcierto, pero guardó silencio al comprender las verdaderas intenciones del Duque.

No se trataba únicamente del sofá. A diferencia de los lechos monumentales que utilizaban en Laudken o en el castillo real del Inframundo, la cama de la posada era de dimensiones reducidas, apenas suficiente para albergar a dos adultos; un lecho humilde en el que un Giesel Zvendard jamás habría reposado, con o sin sus recuerdos.

El Gran Duque de Oldenlandt probablemente habría aprovechado la estrechez del espacio para estrechar a su consorte contra su pecho bajo una excusa casual. Sin embargo, el Rey del Tercer Distrito del Inframundo no parecía dispuesto a compartir un espacio tan reducido con un intruso de conducta ligera. Rensley dejó escapar una risita burlona:

“No se preocupe y acomódese. Le aseguro que no tengo intenciones de sobrepasarme.”

“¿Quién ha dicho que me preocupe una insensatez como esa...?”

“Si no le preocupa, entonces no encuentro motivos para que se niegue. No creo que Su Alteza tema verse superado por mis fuerzas, ni mucho menos que le asuste la posibilidad de ceder ante sus propios impulsos, ¿o sí?”

A pesar de tratarse de una provocación evidente, las palabras de Rensley lograron herir el orgullo de Giesel con éxito.

En lugar de replicar, el Duque comenzó a despojarse de sus ropajes oficiales para disponerse a descansar. Vistiendo únicamente una camisa ligera y sus pantalones, levantó las mantas en absoluto silencio y se recostó al lado de Rensley.

Al albergar a dos hombres de complexión robusta en un lecho tan estrecho, era una consecuencia física inevitable que sus hombros y brazos se rozaran. A través del contacto de la tela, Rensley percibió la rigidez de la tensión de Giesel. 

Con la mirada fija en el techo y una expresión que denotaba que se limitaría a descansar, el Duque lucía como un joven inocente decidido a salvaguardar su virtud.

Rensley contuvo la risa con esfuerzo. A pesar de haberle revelado la verdadera naturaleza de su relación con lujo de detalles, ver a Giesel actuar con tanta rigidez, como si jamás hubiera compartido un beso, le resultaba extrañamente fiel a su propia esencia, lo que le pareció adorable.

Mejor no me burlo. 

Si continuaba provocándolo con bromas ligeras, corría el riesgo de que el Duque abandonara la habitación tal como hizo la noche anterior.

Rensley guardó silencio de forma deliberada, pero la quietud no se prolongó demasiado. No parecía propenso a conciliar el sueño de inmediato, y permanecer inmóvil sin resolver sus dudas le resultaba insoportable; había demasiados asuntos que requería esclarecer.

“... Nuestro hijo se encuentra a salvo, ¿verdad?”

Debido a la amnesia de Giesel, ni siquiera habían sido capaces de buscar el capullo desaparecido. Si el Duque restaurara sus memorias, hallar su paradero sería una tarea sencilla.

“Mencionaste que aún no ha nacido, ¿es así?”

“Su origen difiere de los métodos ordinarios, pero... para establecer una analogía, se encuentra en una etapa fetal.”

“En ese caso, su integridad está garantizada. Las vidas que no han nacido no entran bajo la jurisdicción del Inframundo.”

“¿Y qué sucedería si el nacimiento se consumara en este plano?”

“El Inframundo es un territorio consagrado exclusivamente a la muerte. Aquí no existe la posibilidad de dar origen a una nueva vida.”

Incluso si no ha nacido, ¿acaso no corre el riesgo de perecer?, pensó Rensley, pero prefirió apartar ese pensamiento de su mente de inmediato.

Antes de que la crisis se desatara, ambos contemplaron la dolorosa posibilidad de que la esencia del capullo se desvaneciera sin llegar a nacer. Aunque era una realidad devastadora, estaban dispuestos a aceptarla con resignación. Sin embargo, encontrarse en este plano y meditar sobre el destino de esa pequeña vida provocó que una oleada de angustia oprimiera su pecho.

¿Acaso Giesel percibió su aflicción? El Duque, que parecía decidido a guardar silencio eterno a menos que se le interpelara directamente, giró la cabeza hacia él con una mirada que denotaba cierta incómoda preocupación.

“¿Cuál es el problema?”

“No es nada... Es solo que... me pregunto si he actuado con demasiada codicia. Desde que estábamos en el mundo de los vivos.”

“¿Codicia?”

“Al ser ambos hombres, la concepción era una imposibilidad biológica para nosotros. No fue un evento premeditado y su origen respondió en parte a una casualidad; sin embargo, Su Alteza me aseguró en su momento que mis anhelos y nuestro maná se habían fusionado para dar vida a este resultado. Eso significa que, si yo no hubiera deseado una familia con tanta intensidad, esta vida jamás habría existido. Siento que lo he arrastrado a este peligro por mi propio egoísmo.”

El hijo de su imaginación solía manifestarse en su mente como un sueño difuso de matices suaves y tiernos. Tras haber presenciado la infancia de Giesel por un breve momento, la ilusión había cobrado una forma más definida. Imaginaba a un niño tan adorable y digno de amor como el pequeño Duque, un lazo inquebrantable que consolidaría el afecto de su matrimonio.

Era el resultado de la ignorancia. Aunque aún no ejercía como padre, comenzaba a asimilar una gran verdad: dar vida a un hijo no era un idilio exento de sufrimiento. Tanto Giesel como él pasaron meses sumidos en la angustia ante un capullo que no mostraba la menor evolución. Y por si fuera poco, la situación los había conducido a caer juntos en el Inframundo.

Custodiar una vida que ni siquiera había nacido representaba una fuente inagotable de ansiedad, por lo que el panorama tras el nacimiento no auguraba ser más sencillo. Justo cuando comenzaban a edificar una existencia estable y segura, él mismo introdujo una variable sumamente peligrosa debido a sus propios deseos.

“Vaya. Sin embargo, la probabilidad de que responda a una mera casualidad es mucho mayor.”

“... ¿Le parece?”

“No otorgo validez a la fuerza de los anhelos. Para materializar un deseo en la realidad, se requiere destreza o fortuna; idealmente una combinación de ambas. Puesto que afirmas que no fue un acto premeditado, la creación de esa vida es únicamente el producto del azar, tal como has sugerido.” Giesel guardó silencio un instante antes de continuar: “La mayoría de los mitos y leyendas del mundo material intentan justificar el origen de la vida a través de una causa primordial. En la biblioteca de este distrito custodian textos que exponen teorías divergentes a las de los vivos. Tras examinar cada postura, llegué a una conclusión: la existencia de la vida es únicamente el producto de la casualidad.”

“......”

“Si una vida ha surgido de la unión de nuestro maná, este hecho responde igualmente al azar. La naturaleza humana empuja al individuo a buscar un significado místico a su propia existencia, extendiendo ese deseo hacia sus descendientes. Comprendo ese sentimiento, pero no hallarás una causa más profunda. Por lo tanto, carece de sentido que te atormentes con reproches infundados.”

Rensley se giró sobre el colchón para quedar de lado, de cara a Giesel. El Duque lo observó de reojo con un toque de incomodidad, mientras Rensley le exponía su sentir con total honestidad:

“Es asombroso.”

“¿A qué te refieres?”

“Incluso desprovisto de tus recuerdos, Su Alteza sigue siendo el mismo hombre de siempre. A primera vista, sus palabras pueden sonar sumamente frías... pero eran exactamente lo que necesitaba escuchar en este momento. Siento que una gran carga se ha apartado de mi pecho.”

Aunque la intención de Giesel no fuera ofrecer consuelo directo, Rensley interpretó sus palabras de esa forma: una absolución que le aseguraba que no cargaba con la culpa de la crisis. 

Sabía que el Giesel actual no buscaría reconfortarlo de forma deliberada, por lo que probablemente se trataba de su propia necesidad de hallar un significado afectivo en el discurso del Duque.

“Su Alteza.”

No debo flaquear, se dijo a sí mismo.

Había prometido mantener la distancia, pero escuchar sus palabras actuar como un bálsamo provocó que su determinación comenzara a desmoronarse. Un deseo intenso de verse estrechado entre sus brazos lo invadió; sentía que un solo abrazo de Giesel bastaría para disipar la amargura de su espíritu.

Giesel no respondió, pero Rensley reunió el valor necesario para continuar:

“Su Alteza... ¿podría mirarme por un instante?”

“... ¿Qué pretendes declarar ahora?” Giesel giró la cabeza hacia él sin ocultar su fastidio. 

La cama era sumamente estrecha; el más leve movimiento provocaba que sus ropas se rozaran, rompiendo el silencio de las mantas. 

Rensley examinó las facciones del rostro frente a él. Aunque la mirada de Giesel carecía del afecto y la devoción que recordaba, tampoco reflejaba desdén... o rechazo. La curiosidad del Gran Duque continuaba volcada hacia Rensley Mallosen.

“¿Podría abrazarme por esta vez?”

“......”

“Puesto que ya me ha ofrecido su consuelo, le ruego que me conceda este abrazo. Siento que mi espíritu hallará la paz si Su Alteza me sostiene en este momento.”

“No recuerdo haber tenido la intención de consolarte...”

“Su Alteza ya me sostuvo entre sus brazos en el pasillo del castillo durante el día. Solo se requiere un instante, cierre los ojos y hágalo.”

“El incidente en el castillo respondió a una necesidad estratégica, no a un...”

“Ah, le ruego que no actúe con tanta rigidez.”

“Para alguien de naturaleza tan ligera como tú, un gesto así carece de trascendencia, pero...”

Giesel permanecía de lado, atrapado en la indecisión, incapaz de apartarse pero reacio a ceder. Si el requerimiento le causara un verdadero desagrado, habría abandonado el lecho de inmediato. El hecho de que continuara a su lado ponía de manifiesto que la osadía no había ofendido sus principios, ¿a qué se debía entonces tanta vacilación? Rensley, perdiendo la paciencia, lo apresuró:

“¿Por qué medita tanto un asunto tan simple?”

Solo buscaba el refugio de sus brazos para serenar su mente. Al fin y al cabo, un abrazo no era una indiscreción mayor; incluso se había abrazado con Amin tras rescatarlo de las celdas. Tras una larga deliberación, Giesel habló con voz grave:

“... Aunque me resulta una imposibilidad asimilar tus relatos.”

“¿A qué te refieres?”

“No encuentro sentido en alimentar una dinámica peligrosa. Si llego a perder el control de mis actos, tú serás el principal perjudicado, ¿no es así?”

“¿Perder el control? ¿En qué sentido?”

La expresión de Giesel reflejaba una profunda turbación, como si le resultara indigno verbalizar sus temores. Hablar de perder el control era una contradicción flagrante con su naturaleza estricta... y disciplinada.

“Tú mismo has detallado mi conducta en el pasado. Has afirmado... que recurrí a la fuerza para retenerte y...”

“... ¿Eh?”

“Es un acto que considero infame, no deseo profundizar en ello.”

El Duque se incorporó de golpe, dispuesto a abandonar el lecho al considerar que permanecer allí había sido un error craso. Rensley reaccionó con presteza y lo sujetó firmemente por la cintura:

“¡Espere! ¡Un momento! Le ruego que escuche, Su Alteza.”

“Buscaré otro aposento para descansar. Reúnete conmigo en la entrada de la posada una vez que concluyan las horas del olvido.”

“El recepcionista especificó que esta era la única habitación disponible. Su Alteza lo escuchó con sus propios oídos.”

Rensley comprendió finalmente el motivo del desdén de Giesel: el Duque interpretaba sus relatos íntimos como una muestra de depravación. Cielos, el serio erudito había tomado sus bromas de forma literal. Había sido una imprudencia de su parte jugar con la mente de un hombre sin recuerdos.

“Ha interpretado mis palabras de forma errónea. No es que haya mentido, pero aquellos eventos respondieron a un contexto particular. Además, llamarlo tirano fue una simple metáfora. Emplear ese término para describir la intimidad de un lecho posee un significado evidente, ¡es un elogio entre amantes!”

Rensley se apresuró a defender su postura, pero Giesel mantuvo su mirada cargada de escepticismo.

“Su Alteza jamás recurrió a la fuerza ni actuó de forma intimidante conmigo en el pasado. Siempre se mostró caballero y respetuoso de mi voluntad. Aquel incidente al que me referí... se debió a mi propia insistencia por consumar el matrimonio de forma apresurada; debido a que las dimensiones de Su Alteza resultaron ser... monumentales, mi cuerpo sufrió una lesión de consideración. Al verme sumido en la vergüenza, me negué a recibir asistencia médica, por lo que Su Alteza se vio obligado a sujetarme para poder curar la herida. Eso es todo.”

“No requiero que profundices en detalles tan explícitos. Suéltame por lo pronto, reanudaremos la conversación más tarde.”

“¡Me niego! No disponemos del tiempo para seguir atrasando nuestros malentendidos. Nos aguarda una situación sumamente compleja.”

Rensley ejerció más fuerza en sus brazos, aferrándose a su cintura. Sin dejarse amedrentar por la mirada de desconcierto del Duque, lo observó fijamente con un ruego sincero:

“Por favor, Su Alteza, no se retire... Nos encontramos en un mundo completamente ajeno, rodeados de misterios. Siento temor de permanecer en soledad en este plano.”

Sus palabras no eran del todo una falacia; se encontraban en el reino de los muertos. Contando con la presencia de Giesel, Rensley era capaz de enfrentar cualquier peligro; pero la perspectiva de aguardar el fin del ciclo en soledad en un territorio que escapaba al control del Duque le resultaba intolerable.

“Se lo ruego.”

Giesel dejó escapar un suspiro de resignación y volvió a sentarse en el borde del colchón. Rensley, aprovechando la ventaja, insistió:

“Ojalá se acomode con libertad. Mire, me colocaré en el extremo de la cama, no interferiré con su espacio.”

Rensley se desplazó con rapidez hacia el borde del colchón, reduciendo su cuerpo para liberar espacio. Al verse provisto de un área aceptable a pesar de la estrechez, Giesel suspiró una vez más y se recostó a su lado.

Incluso tras acomodarse, el Duque mantuvo una mirada fija que denotaba cierta censura; observar a Rensley encogido en el borde del colchón no parecía resultarle una imagen confortable.

“Ya he accedido a tu petición, descansa con tranquilidad. No abandonaré la habitación.”

“¿Es una promesa?”

Una vez obtenida la confirmación, Rensley se desorientó un instante... y volvió al centro del lecho, aproximándose a Giesel. Al compartir la misma almohada debido a la cercanía, el Duque se tensó de nuevo mostrando su incómodo recelo, pero prefirió no formular ningún reproche.

Esto me recuerda al pasado, pensó Rensley, sintiendo cómo una sonrisa se dibujaba en sus labios.

“En nuestro primer encuentro, Su Alteza también accedió a compartir la cama conmigo de esta forma.”

“......”

“A los pocos días de mi llegada a Oldenlandt, una tormenta azotó el norte con gran violencia. Al verme aterrorizado por el estruendo de los truenos... Su Alteza decidió acompañarme a la cama por primera vez. Hasta esa noche, jamás había visitado mis aposentos.”

Aquella noche coincidió con una de las escapadas de Rensley para explorar los alrededores del castillo. Recordó la expresión de absoluto desconcierto de Giesel Zvendard al descubrirlo empapado por la lluvia, ingresando por la ventana del palacio. Jamás había visto al severo Gran Duque lucir tan atónito.

“... Aunque escuche ese tipo de historias, sigo sin recordar absolutamente nada.”

“Lo sé. Sin embargo, sé que despierta su curiosidad; de lo contrario, me habría enviado a las celdas en lugar de mantenerme a su lado. Su Alteza anhela comprender su pasado en el mundo de los vivos. Considero que este contratiempo es una oportunidad; las formalidades del castillo impedían una charla extensa, pero ahora disponemos del tiempo para esclarecer cualquier duda.”

Antes de que Giesel formulara una pregunta, Rensley comenzó a relatar su historia. Los detalles eran inagotables: la geografía de Oldenlandt, las circunstancias de su encuentro, la existencia de su prima Freeda —quien aguardaba con impaciencia su regreso—, las particularidades de la chef del palacio y cómo Rensley solía preparar bocadillos para romper la rutina.

Habló de las atenciones que el Duque le brindó, su nominación para ingresar a la orden de caballeros, la edificación del invernadero; y a pesar de todo, el momento en que decidió apartarse de su lado al considerar que su presencia representaba un peligro, la posterior propuesta de matrimonio para elevarlo al rango de la Gran Duquesa, su viaje juntos a la capital, los traumas compartidos en ese territorio y el instante en que desearon dar vida a un hijo...

Desafiando el significado de las horas del olvido, Rensley desgranó cada evento de su vida juntos. Compartir memorias del pasado era una costumbre habitual en su matrimonio, pero rememorar la historia entera desde el principio representaba una experiencia inédita que aceleraba el ritmo de su corazón.

“No solo yo, sino todo el pueblo de Oldenlandt aguarda el regreso de Su Alteza. Anhelo recuperar a nuestro hijo... y volver a nuestro hogar... La alegría de todos será inmensa...”

Su voz se apagó sutilmente al concluir la frase.

Giesel lo había mantenido a su lado movido por su “deseo de saber”. Al llegar a este plano, el Duque mostró un interés genuino hacia el único testigo de su vida pasada, una curiosidad que se intensificó al detectar las inconsistencias en las directivas del Inframundo. Sin embargo, a lo largo del extenso relato, Giesel permaneció en absoluto silencio, limitándose a escuchar las memorias de Rensley con una seriedad imperturbable.

“¿Acaso le ha resultado tedioso? Tal vez he compartido demasiada información de golpe.”

“... No. Ha sido un testimonio de gran interés.”

“¿Hay algún detalle que no haya sido de su agrado? Es comprensible; nuestra relación no estuvo exenta de dificultades. De hecho, nos encontramos en una etapa compleja en este momento.”

Giesel mantuvo la mirada fija en el techo durante un rato antes de articular sus palabras con extrema lentitud:

“Me resulta imposible identificarme con el individuo del que hablas.”

“......”

“Por lo tanto, carezco del impulso necesario para restaurar esas memorias.”

“Su Alteza.”

“Mi existencia en este plano me resulta sumamente satisfactoria. La biblioteca bajo mi jurisdicción no solo custodia los registros de los muertos, sino el conocimiento universal. Teorías científicas y místicas que los vivos jamás llegarán a vislumbrar se encuentran al alcance de mi mano en ese recinto. Permanecer en ese salón... aísla mi espíritu de cualquier perturbación. Siempre consideré que la verdadera felicidad residía en ese estado de quietud.”

Rensley se quedó sin palabras. Un espacio consagrado al conocimiento y a la paz en absoluta soledad... Comprendía perfectamente ese sentimiento; sabía cuán valioso era ese aislamiento para la naturaleza de Giesel.

Como Gran Duque de Oldenlandt, Giesel solo era capaz de disfrutar de esa quietud durante los breves intervalos que sus responsabilidades políticas le permitían. En este plano, disponía de una eternidad para consagrarse a su pasión. Sin las memorias de su vida en el mundo material, el Duque carecía de un motivo legítimo para abandonar una existencia tan placentera y regresar a las cargas del trono.

¿Qué debo hacer? Pensó Rensley con desesperación. No hallaba los argumentos necesarios para empujarlo a abandonar un mundo que le proveía la “felicidad” absoluta.

“¿Qué justificación existe para regresar a las tribulaciones del mundo vivo? Este plano me ofrece una paz y una belleza incomparables.”

Recordó las palabras que la Loba Blanca pronunció en el pasado. En aquel entonces, Rensley Mallosen consideró que la quietud absoluta era un deleite temporal, pero que una eternidad sumida en el silencio... y la soledad se transformaría en una prisión de hastío. Sin embargo, para un espíritu como el de Giesel, ese aislamiento representaba la consideración de la felicidad.

“Existe una felicidad mucho mayor a la que Su Alteza experimenta en este momento, se lo aseguro.”

“......”

“Le doy mi palabra. Tras nuestro encuentro, tanto Su Alteza como yo descubrimos una plenitud que eclipsaba cualquier experiencia previa. Enfrentamos adversidades, es verdad, pero al rememorar esos instantes, comprendo que incluso el sufrimiento compartido era una fuente de felicidad.”

Era un argumento estéril. El rostro de Giesel reflejaba una total incomprensión.

Era lógico. Para el propio Rensley, antes de conocer a Giesel, el concepto del amor no era más que una obra literaria ajena a su realidad. La plenitud que emana de la unión afectiva es un misterio que escapa a la comprensión teórica; se requiere experimentarlo en carne propia para asimilar su verdadero valor.

El ruego ferviente no lograba conmoverlo; las palabras carecían de peso. Rensley observó a Giesel fijamente durante un instante, se incorporó de golpe... y se colocó sobre su regazo, examinando el rostro de desconcierto del Duque desde arriba.

Giesel no se opuso ni formuló reproche alguno ante la audacia; se limitó a sostenerle la mirada. Las cejas de Rensley, antes caídas por la aflicción, se arquearon con indignación.

Ciertamente, sentía rabia. La razón comprendía los motivos del Duque, pero su corazón se negaba a aceptar el desaire desde el primer instante. No le importaba la lógica; le resultaba intolerable que el hombre que lo había amado con tanta devoción ahora lo mirara con indiferencia.

“Asuma su responsabilidad.”

“¿Responsabilidad?”

“Me negué a aceptar su propuesta de matrimonio en el pasado. Al ser un hijo ilegítimo, un hombre... y carecer de influencia política, consideré que no era apto para asumir el cargo de la Gran Duquesa. Incluso intenté huir del palacio para apartarme de su lado.”

“......”

“Fue Su Alteza quien insistió en retenerme hasta el final. Por lo tanto, asuma las consecuencias de sus actos. Con o sin sus recuerdos, le agrade o no mi presencia, ¡asuma la responsabilidad de la existencia que usted mismo transformó!”

No le importaba recurrir a la obstinación; al fin y al cabo, su relación inicial estuvo marcada por su propia insistencia.

Exigirle que asumiera la responsabilidad era un acto de flagrante contradicción por parte de un Rensley Mallosen que solía actuar con ligereza en el pasado. Había tomado su primer beso por la fuerza, lo persuadió de romper sus propios límites morales para consumar la unión física... y luego intentó abandonarlo. Prometió preparar platillos con tomates en reiteradas ocasiones... y jamás cumplió su palabra antes de desvanecerse.

Pero Su Alteza no es un hombre cobarde. Fue el primero en edificar un hogar para mí en este mundo.

Giesel no apartó el cuerpo de Rensley a medida que este se aproximaba. Sus labios se unieron. Sobre las facciones rígidas del Duque, Rensley comenzó a presionar sus labios y mejillas, rompiendo en llanto de forma incontenible.

Un leve suspiro escapó de los labios del Duque. Sus manos se elevaron con lentitud para posarse sobre la espalda de Rensley de forma suave, sin ejercer presión. Aunque las lágrimas no poseían la fuerza para restaurar el amor perdido, parecieron despertar un sutil sentimiento de compasión en el espíritu del Duque.

Saberse objeto de lástima era un trago amargo, pero Rensley prefirió aferrarse a la compasión antes que al desdén. Lo besó una vez más, sosteniendo su rostro entre sus manos, buscando una respuesta en sus labios. Tras repetir el contacto en reiteradas ocasiones, Giesel habló:

“El individuo al que buscas con tanta desesperación no soy yo, ¿no es así?”

Ante la inesperada interrogante, Rensley alzó la cabeza con desconcierto.

“... ¿Qué?”

“El hombre que tienes frente a ti en este momento no es el Gran Duque de tus recuerdos. La apariencia física puede coincidir con la de tu esposo, pero a mis ojos tú... No eres más que un intruso que se recuesta en mi cuerpo... mientras evoca memorias de otro hombre.”

“......”

“A mi parecer, el hombre que tengo ante mí ahora no muestra el menor interés por mí.”

Rensley parpadeó con los ojos empañados por el llanto. 

¿Qué está sugiriendo este hombre? Si no interpretaba sus palabras de forma errónea, aquel tono denotaba...

“Comprendo las dificultades de tu historia, pero no tengo intenciones de compartir un beso con alguien cuyos anhelos están volcados en un tercero.”

“... ¡Se equivoca, Su Alteza! ¡Mi afecto y mis anhelos le pertenecen exclusivamente a usted!”

“Desde nuestro encuentro, te has limitado a hablar únicamente del Giesel Zvendard que conociste en el mundo material.”

“Eso se debió a mi premura por restaurar sus recuerdos... Su Alteza mismo manifestó curiosidad por su pasado y por ello accedió a mantenerme a su lado. Mi única intención era resolver sus dudas con rapidez.”

“En ese caso, Rensley Mallosen, dime...” Giesel lo interrogó fijamente. “¿Acaso no albergas ninguna curiosidad por el hombre que tienes frente a ti en este momento?”

“......”

“Jamás has planteado una sola pregunta sobre mi estado actual. Te has limitado a evocar la figura del Giesel Zvendard de tu memoria en un monólogo incesante. Ciertamente, el relato despertó mi interés al principio, pero...” Rensley captó el sutil destello que cruzó las pupilas ámbar del Duque. “... Comienza a resultarme una presencia molesta.”

Aquello era, sin duda, un brote de celos.

Una emoción que jamás se manifestaría en la superficie del severo gobernante, pero que el Giesel del pasado solía mostrar ante Rensley sin tapujos.

¿Pero a qué se debe este sentimiento ahora? El severo Gran Duque del mundo vivo manifestaba sus emociones descontroladas debido al amor que profesaba por Rensley. Al conocer la devoción de su esposo, Rensley solía aceptar su posesividad sin temor, viéndola como una muestra de su afecto.

No se trataba de amor legítimo aún, pero confirmaba que la presencia de Rensley Mallosen comenzaba a ejercer una influencia ineludible en el espíritu del Duque, despertando sus emociones.

“Si ese es el motivo de su molestia...” Puesto que un sentimiento ajeno al desdén comenzaba a florecer en su interior por la causa que fuera, Rensley decidió aferrarse a esa ventaja. “... Le desafío a que me enamore de su presencia actual.”

El deseo de competir brotó con nitidez en lo profundo de las pupilas de Giesel, y Rensley lo presenció con claridad. No le importaba si nacía de los celos o del orgullo herido; cualquier emoción era válida si le permitía alterar la situación a su favor.

Rensley bajó la cabeza una vez más. Giesel abandonó su postura pasiva y deslizó sus manos por la espalda del rubio con firmeza. Sin embargo, sus labios permanecían cerrados, por lo que Rensley no lograba descifrar si el Duque aceptaría el contacto de forma voluntaria. En vista de su vacilación, Rensley tomó la iniciativa:

“Su Alteza... le ruego que abra un poco los labios.”

“... ¿Con qué propósito?”

“Pues...” Rensley ofreció la explicación en un murmullo tímido. “... Porque deseo introducir mi lengua en su boca.”

“¿Tu lengua?” Giesel habló con total desconcierto. Frunció levemente el entrecejo antes de continuar: “Pero, ¿No estarían nuestros rostros demasiado cerca? ¿No se interpondrían nuestras narices?”

Rensley no pudo responder de inmediato. Una mezcla de frustración... y ternura oprimió su pecho, ascendiendo con un calor ardiente por su garganta.

“Que sea exactamente igual y que me trate con tanta frialdad... resulta una crueldad insoportable, Su Alteza.”

Giesel pareció buscar una aclaración, pero Rensley no ofreció más argumentos. Recreando la escena de su encuentro en los establos del pasado, ladeó la cabeza para evadir el tabique de su nariz y aproximó sus labios. Tras una breve vacilación, Giesel abrió la boca para recibir el contacto.

Después de tanto tiempo, sus labios se unieron en un beso profundo. Rensley se adentró en la boca de Giesel sin vacilar. Al igual que en su primer encuentro en el mundo vivo, la lengua del Duque permanecía rígida debido a la tensión.

Esta vez no mostró premura. El simple hecho de recuperar el contacto de sus labios era una bendición, por lo que carecía de motivos para apresurar el desenlace. Ignorando la fachada de frialdad del Duque, comenzó a acariciar la sensible superficie de su lengua con lentitud, saboreando el blando tejido del interior de sus labios. Se entregó a explorar el cuerpo que finalmente volvía a sostener entre sus brazos.

La existencia de una forma corpórea en el Inframundo respondía a la necesidad de experimentar el placer y el sufrimiento, tal como Giesel había explicado. Sus palabras eran certeras. Disfrutar de un beso con su esposo tras casi un mes de separación era un deleite comparable a un fruto prohibido de dulzura infinita. La suavidad de sus labios y la calidez de su aliento guardaban tal claridad con el hombre de su memoria que Rensley llegó a dudar de las fronteras entre la vida y la muerte.

A diferencia de las memorias que se desvanecían en la nada, el cuerpo físico manifestaba su presencia incluso en el reino de los muertos. Cuando contempló la consumación de su matrimonio en el pasado, Rensley argumentó que, si bien el afecto del alma podía ser eterno, la naturaleza corpórea de los humanos era finita, por lo que debían entregarse al placer sin dilación. Tal vez había sido una postura corta de miras, propia de un mortal que ignoraba las leyes del más allá.

“Mmm, ah...”

Entre los besos que se intensificaban y se distanciaban sutilmente, leves gemidos húmedos escapaban de sus labios. El contacto de sus bocas era una constante en su matrimonio, un gesto tan natural como la respiración misma. Sentía que recuperaba el aliento que le había sido arrebatado. Rensley se entregó al deleite del beso con absoluta devoción.

Las manos de Giesel, que al principio se limitaban a acariciar su espalda de forma pasiva, ahora se aferraban a la cintura de Rensley con notable firmeza. La lengua que permanecía rígida en el interior de su boca comenzó a imitar los movimientos del rubio, descubriendo de forma instintiva cómo acariciar las paredes de su boca y la superficie de su lengua.

“Ah, Mmm...”

“¡Mmm!”

Su respiración se aceleró con rapidez. La destreza técnica carecía de relevancia; el hecho de saber que Giesel Zvendard deseaba su cuerpo a pesar de la amnesia de su mente representaba el mayor estímulo para los sentidos de Rensley.

Una ola de calor invadió su cuerpo y una tensión familiar se asentó en su vientre. De manera involuntaria, comenzó a presionar su pelvis contra el cuerpo del Duque con movimientos lentos, perdiendo la noción de sus propios actos. Continuó con la estimulación hasta que las manos de Giesel sujetaron sus mejillas de golpe, deteniendo el movimiento.

Rensley intentó serenar su agitada respiración mientras observaba a Giesel. Su rostro ruborizado por la intensidad del beso probablemente lucía vulnerable ante los ojos del Duque. Giesel lo observaba con una expresión indescifrable.

“Ciertamente... posees una naturaleza imprudente.”

Rensley no halló argumentos para replicar ante el repentino reproche, pero la parálisis duró solo un instante. Giesel se incorporó con firmeza y empujó el cuerpo de Rensley hacia el colchón, invirtiendo las posiciones en el acto.

Rensley parpadeó sorprendido y una leve sonrisa se dibujó en sus labios al comprender el verdadero significado detrás de la palabra imprudente que el Duque empleaba con tanta frecuencia en el castillo. Aquel reproche constante en el dormitorio no era más que el preludio de su naturaleza posesiva, una metáfora de su conducta dominante en la cama.

“Veo que le resulta difícil asimilar que un hombre de mis características sea su legítimo consorte, Su Alteza.”

A pesar de la firmeza con la que había tomado el control de la situación, Giesel permanecía inmóvil sobre él, con el rostro rígido, incapaz de decidir su siguiente movimiento. Rensley comenzó a despojarse de sus ropas ligeras con calma. Ante un Giesel que aún vestía su camisa, expuso su desnudez con total naturalidad mientras continuaba hablando:

“No tiene importancia. Después de todo, Su Alteza siempre fue un hombre cuyo cuerpo manifestaba una total honestidad, por más que sus labios formularan una negativa.”

Rensley deslizó sus manos bajo la camisa de Giesel. Antes de acomodarse en la cama, ambos se habían despojado de sus abrigos y capas oficiales. Acceder a la piel de su torso a través de la modesta prenda de servicio era una tarea sencilla.

En este plano no existían los entrenamientos militares que exigieran un acondicionamiento físico, ni un consorte que insistiera en dar paseos diarios por los jardines del palacio. A pesar de haber pasado semanas confinado en la biblioteca, el cuerpo de Giesel... una réplica mística de su anatomía humana... no mostraba la menor variación respecto al hombre que recordaba.

“Mmm...”

Un leve gemido escapó de los labios de Giesel al sentir el contacto de las manos de Rensley sobre su piel desnuda. 

Cielos. Aquel sonido grave y apagado encendió los sentidos de Rensley de inmediato. Debía admitir que, tras una larga separación, su cuerpo experimentaba una urgencia real por consumar la unión.

Rememoró las innumerables noches compartidas en el norte; sus manos conocían cada rincón de la anatomía del Duque a la perfección. El cuerpo conservaba el registro vivo de los placeres que Giesel le proveía de forma constante.

En condiciones normales, el Giesel de su memoria habría comenzado a colmar su anatomía de besos desde la cabeza hasta los pies, una lluvia de caricias que incrementaría la sensibilidad de Rensley hasta hacer que su cuerpo temblara ante el más leve contacto, prolongando la estimulación hasta que Rensley suplicara entre lágrimas por la consumación de la unión.

“Su Alteza, se lo ruego...”

Su voz flaqueó sutilmente. Sabía que el Giesel actual no comprendería el verdadero significado de su ruego, pero continuó acariciando su torso con firmeza, hundiendo su rostro en su pecho mientras susurraba.

El Giesel de su memoria habría recibido con agrado aquella súplica, asumiendo una conducta dominante que contrastaba con su caballerosidad habitual fuera del dormitorio, estrechando su cuerpo con firmeza para adentrarse en su anatomía con deliberada lentitud, prolongando la sed de Rensley de forma estratégica.

Sin embargo, el Giesel actual se encontraba en el mismo estado de inocencia que en su primer encuentro. Al carecer de conocimientos sobre la intimidad entre hombres, se limitaba a imitar los movimientos de Rensley acariciando su piel, sin mostrar intenciones de avanzar hacia el siguiente paso.

“Haah, mmm...”

La impaciencia aceleró su respiración. Rensley formuló su queja en un murmullo suave:

“Su Alteza, si seguimos así, nos vamos a ir de la posada habiéndonos limitado a acariciarnos el uno al otro.”

“¿Acaso no basta con que me enseñes cómo hacerlo?”

Respondiendo con una sonrisa al tono hosco de Giesel, Rensley decidió complacerlo de buena gana. Un sutil sentimiento de orgullo comenzó a aflorar en su pecho; le entusiasmaba la idea de ver al hombre que se había vuelto frío debido a la amnesia entregarse de nuevo a la pasión por su causa.

“Deje un beso en mi cuello, por favor.”

Giesel vaciló un instante ante la petición antes de inclinar la cabeza. Parecía considerar que los besos se limitaban exclusivamente al contacto entre los labios; sin embargo, al posar sus labios sobre el cuello de Rensley, su instinto pareció activarse... y comenzó a recorrer la zona con destreza de forma natural.

Acarició la delicada piel con suavidad empleando sus labios, rozando la superficie con sus dedos sin llegar a causar dolor. Una mezcla de cosquilleo y placer incrementó la temperatura de Rensley con rapidez. El Duque extendió la estimulación hacia la mandíbula, la clavícula y la zona inferior de la oreja, un recorrido minucioso y prolongado que no dejó ningún rincón al azar.

“Ah, ja, mmm...”

Al notar que los gemidos de Rensley comenzaban a teñirse de un matiz de entrega absoluta, Giesel comenzó a actuar con mayor audacia. Rensley continuó con las indicaciones:

“Acaricie mi oreja y mi pecho también...”

A pesar de sus quejas constantes, el Duque no formuló ninguna obviedad en este momento. Sus labios abandonaron el cuello para rodear el lóbulo de su oreja, incrementando la intensidad de los gemidos de Rensley, antes de deslizarse hacia su torso para recorrer su pecho con la lengua. Rensley comprendió que, a partir de este punto, el instinto de Giesel bastaría para guiar el preludio; sin embargo, con las mejillas ruborizadas, formuló una última petición:

“Chupe mis pezones, por favor...”

Un suspiro agitado escapó de los labios de Giesel ante la audacia de la frase. A pesar de haber escuchado la expresión más ligera de todo el encuentro, esta vez no hubo reproches por parte del Duque. Al contrario, Giesel ensanchó su torso con una respiración profunda, como si intentara contener el flujo de la excitación que lo dominaba.

“¡Ah, mmm...!”

Al instante siguiente, el Duque posó sus labios sobre el pezón de Rensley. Aunque sólo había solicitado una succión, Giesel comenzó a jugar con la pequeña protuberancia con la lengua, mordiéndola sutilmente en ocasiones... y ejerciendo presión para succionarla, observando las reacciones del cuerpo de Rensley ante cada estímulo mientras lo acariciaba con firmeza. El Duque pareció quedar absorto en la tarea, concentrando toda su atención en la zona del pecho sin mostrar intenciones de apartarse.

“Ah, mmm, Su Alteza, es suficiente... por favor... ya... ah...”

Una estimulación tan minuciosa y concentrada resultaba difícil de tolerar para Rensley. A medida que el placer se extendía desde su pecho hacia el resto de su anatomía, prefirió ceder y dar por terminada esa etapa.

Aunque las acciones de Giesel carecían de la experiencia del pasado, el cuerpo de Rensley había sido condicionado por ese mismo hombre durante meses, por lo que la estimulación de la zona del pecho amenaba con conducirlo al clímax antes de tiempo. No deseaba alcanzar la eyaculación antes de que la verdadera unión se consumara, menos aún frente a un Giesel que actuaba como un principiante.

Ansiando el momento, Giesel continuó con la caricia. Dejó caer los hombros, libre de la pesada carga, mientras se pasaba las manos por el rostro. Giesel lo observaba con evidente desconcierto.

“¿Deseas interrumpir el acto a pesar de esta reacción?”

Para un hombre ajeno a la intimidad, las respuestas físicas de Rensley eran la confirmación absoluta del placer. El Duque aproximó sus labios con mayor firmeza. Ante una estimulación que amenazaba con abrumar sus sentidos, Rensley apretó los dientes... y negó con la cabeza:

“Ah, mmm, se lo ruego... si continúa... resultará doloroso...”

Aunque solía ordenar lo contrario, escuchar la palabra dolor hizo que Giesel detuviera sus acciones de inmediato, mostrando un sutil sobresalto. Rensley sonrió con ternura en medio de su agitada respiración al reconocer la verdadera esencia de su esposo.

A pesar de que no parecía confiar plenamente en su afirmación, el Duque no se mostró obstinado. Apartó sus labios del pecho de Rensley y comenzó a recorrer su anatomía con las manos... y los labios, explorando su vientre, su cintura y su cadera, como si intentara trazar un mapa mental de su cuerpo.

Una vez que logró que el cuerpo de Rensley se relajara por completo debido al placer, Giesel se incorporó. Observó el cuerpo que jadeaba frente a él con una mirada fija que denotaba orgullo, como un conquistador examinando su trofeo, dibujando una sutil sonrisa en sus labios.

“Parece que la dualidad entre tus palabras y tus reacciones físicas es una constante.”

“Ciertamente... su carácter se ha vuelto sumamente complejo, Su Alteza...”

Rensley desvió la mirada hacia su propia anatomía, un movimiento que los ojos de Giesel siguieron de forma natural. Debido a la estimulación del Duque, su miembro se encontraba completamente erecto, exhibiendo una sutil gota de fluido transparente en la punta. La estampa de su excitación explícita provocó que las mejillas del propio Giesel adoptaran un leve tinte ruborizado.

Aunque su intención original era avanzar con deliberada lentitud, la urgencia de sus sentidos incrementó la impaciencia de su espíritu. Sin ofrecer más explicaciones, Rensley deslizó su mano hacia su entrepierna para separar sus glúteos de forma sutil, exponiendo la entrada de su anatomía. Guiando la zona con los dedos, ofreció la aclaración técnica:

“La anatomía femenina cuenta con una vía natural para recibir el miembro masculino... Sin embargo, entre hombres, es este conducto el que debe ser utilizado.”

“¿Utilizado...?”

“Asumo que Su Alteza comprende la finalidad del acto.”

Rensley extendió la mano para acariciar la entrepierna de Giesel. El miembro del Duque aún permanecía oculto tras la tela de sus pantalones de servicio al no haberse desvestido por completo.

A pesar de tratarse de un contacto sumamente ligero, la rigidez que percibió a través de la tela confirmó las dimensiones de su excitación. Las nociones del acto sexual correspondían al conocimiento universal y no a las memorias personales. Aunque parecía haber olvidado las particularidades de la intimidad entre hombres, Giesel demostró comprender las bases de la unión carnal, dejando escapar un leve gemido.

“Le he mencionado hace un momento que, en nuestro primer encuentro, la falta de preparación y las dimensiones de Su Alteza me causaron un gran sufrimiento.”

Rensley tomó la mano rígidamente tensa de Giesel.

“Por lo tanto, debe introducir sus dedos primero para flexibilizar la zona.”

“...”

“Por supuesto, podría hacerlo yo mismo... pero esto era algo que a Su Alteza le gustaba demasiado.”

Ya que de todos modos me he convertido en alguien imprudente ante sus ojos, ¿por qué no ir un paso más allá con la osadía hoy?

Rensley, que estaba acostado, se deslizó sobre la cama hasta aproximar su rostro muy cerca de la entrepierna de Giesel. Giesel, rígido como una estatua, se sobresaltó sutilmente y frunció el entrecejo.

“¿Qué estás haciendo?”

“Incluso al prepararlo con los dedos se necesita algo como un aceite aromático... El cuerpo de un hombre no se humedece por sí solo por el hecho de estar excitado.”

Extendió la mano y bajó los pantalones de Giesel. Lo que estaba oculto en el interior se reveló de inmediato. Aquella pesada anatomía rebotó una vez al rozar la ropa que caía y luego se inclinó sutilmente, incapaz de soportar su propio peso.

Al quedar expuesto el deseo oculto tras la ropa, Giesel cerró los ojos dejando escapar un quejido, como si ya no le quedara resistencia para seguir fingiendo indiferencia. El calor que emanaba llegó de golpe directo a su rostro. Rensley rodeó el firme miembro con su mano y lo acarició con suavidad, como si estuviera apaciguando a un pequeño animal.

“No debe asustarse.”

Sabía que si se extendía explicando lo que iba a hacer, Giesel se apartaría diciendo que no podía o frunciría el ceño como si hubiera escuchado algo obsceno.

En cuanto terminó de hablar, Rensley rodeó con sus labios el miembro que sostenía en su mano, específicamente cerca del glande.

“¿Mmm?”

Tal como esperaba, Giesel dejó escapar un gemido de sorpresa y su cuerpo experimentó un sutil estremecimiento. Rensley percibió la repentina tensión en sus firmes muslos a escasos centímetros de sus mejillas.

A pesar de la sorpresa, Giesel no huyó. Al fin y al cabo, ¿qué otra acción podría despertar tanto la curiosidad de su espíritu erudito?

Aquella anatomía tan larga y gruesa como una estaca se adentró profundamente en la boca de Rensley antes de deslizarse hacia afuera con lentitud. Consumar una estimulación oral completa en esa posición acostada era una imposibilidad desde el principio, pero no importaba. Aunque fuera un acto incompleto, la felación que experimentaba por primera vez en su existencia era más que suficiente para encender el deseo de Giesel Zvendard.

“Ah, ¿qué es esto...?”

La voz ardiente de su esposo, que hasta hace poco se mostraba completamente frío; su expresión vacilante ante el desborde del deseo carnal; su pelvis moviéndose sutilmente de forma involuntaria a pesar de sus esfuerzos por contenerse.

Es tan lindo.

Al ver cómo flaqueaba su orgullo y cedía ante el deseo, los latidos del corazón de Rensley se aceleraron. Jamás imploró presenciar su inocencia y torpeza una vez más. Para el rubio, que poco antes se había quedado sin fuerzas bajo el dominio del Duque, esta era la oportunidad perfecta para recuperar la ventaja.

Cuando el habitualmente caballeroso Giesel Zvendard se veía superado por la lujuria y trataba a su consorte con cierta brusquedad, y cuando Rensley Mallosen —quien siempre le profesaba una profunda reverencia fuera del dormitorio— lo trataba sutilmente como si estuviera por debajo de él en el lecho, el equilibrio ordinario de su relación se rompía, liberando una pasión desbordante.

Al contar ya con cierta experiencia acumulada, el desconcierto de Giesel le resultó sumamente adorable. A medida que el Duque se sumía en la timidez, el propio pudor de Rensley parecía desvanecerse por completo. Movió su cabeza de forma cada vez más activa alrededor del miembro, empleando la lengua para estimular a Giesel de manera explícita. Cuando comenzó a provocarlo sin reservas...

“Ah, mmm...”

“¿Mmm?”

Aquel estímulo terminó por encender a Giesel por completo. El Duque, que antes se limitaba a sonrojarse en medio de la confusión, comenzó a mover su pelvis de forma activa por iniciativa propia.

Aquella imponente anatomía comenzó a desplazarse con rapidez. Algo mucho más invasivo que cualquier mordaza iba y venía en el interior de su boca, rozando la entrada de su garganta y presionando las delicadas mucosas de tal forma que Rensley no encontró manera de resistirse. Una mezcla de asfixia sofocante y un placer intenso debido a la fricción lo asaltaron de manera simultánea.

“¡Mmm! ¡Ah, mmm!”

El contorno que llenaba su boca se volvió cada vez más nítido. Cada vez que las paredes de su boca ardiente eran presionadas por el firme miembro, la pelvis de Rensley se elevaba sutilmente de forma involuntaria. Su mente comenzó a nublarse por el calor y las lágrimas acudieron a sus ojos.

Al ver al rubio —quien antes lideraba la situación— gemir sin remedio y temblar descontrolado, Giesel pareció excitarse aún más y no detuvo el ritmo de su pelvis. Ante el repentino cambio de papeles, Rensley se limitó a arquear su cuerpo y jadear sin saber qué hacer.

El deseo carnal, que ya amenazaba con desbordarse, exigía una pronta liberación. Sin embargo, un sutil orgullo nació en su espíritu; se negó a alcanzar el clímax antes que su esposo en esta noche.

Rensley cruzó las piernas con fuerza, intentando contener la inminente eyaculación. Sin embargo, era consciente de que se aproximaba a su límite.

Si actúo con discreción, no lo notará...

Al tener el rostro concentrado en la entrepierna de Giesel, la parte inferior de su cuerpo quedaba completamente fuera del campo visual del Duque. Rensley deslizó su mano hacia su entrepierna, rodeó su propio miembro y comenzó a estimularlo con movimientos rápidos.

Consumar la masturbación de forma encubierta mientras mantenía la estimulación oral al Duque incrementaba la intensidad del placer en la misma medida que el pudor que intentaba ignorar. La fricción constante lo condujo al umbral de la liberación con rapidez. Ante una ola de placer que superaba lo imaginable, detuvo el movimiento de su mano y su cuerpo experimentó un estremecimiento violento.

El inconveniente se presentó de inmediato. Giesel, que se encontraba absorto en la dinámica moviendo su pelvis, interpretó aquel estremecimiento como una señal de alarma y apartó su cuerpo con presteza.

“¿Te encuentras bien?”

“¡Uff, ah!”

En cuanto lo que llenaba su boca se retiró de golpe, una profunda bocanada de aire escapó de sus labios. Sin la menor capacidad mental para responder, Rensley inclinó la cabeza hacia atrás y sujetó con fuerza su propio miembro, que ya comenzaba a liberar la eyaculación.

“... ¡Ah, mmm, oh...!”

Debido a que Giesel había apartado su cuerpo hacia atrás, su campo visual cambió por completo. El cuerpo de Rensley alcanzando el clímax se expuso ante sus ojos con absoluta claridad.

A pesar de sus esfuerzos por cerrar la boca, los gemidos se le escapaban sin control, y el fluido que ya brotaba recorría la superficie de su miembro de forma inevitable. El rostro de Rensley adoptó un intenso tinte carmesí.

Pensó que sería capaz de manejar la situación sin ser descubierto... El pudor que intentaba ignorar regresó a su pecho de forma paulatina. Sin embargo, la intensa excitación posterior al clímax impedía que recuperara la compostura con rapidez, por lo que se limitó a jadear sobre el colchón.

“¡Ah, mmm, uff...!”

Giesel observaba la escena con absoluta estupefacción ante aquel espectáculo inesperado. Rensley intentó estructurar una excusa en medio de su turbación, pero al notar que el Duque estaba aún más desconcertado que él, dejó escapar una leve sonrisa.

“Ver a alguien como Su Alteza mostrar tanto sobresalto a cada momento... me hace sentir que poseo una influencia excepcional sobre sus actos.”

En condiciones normales, habría recibido una ironía elegante ante una situación así; sin embargo, al ver al propio Giesel sumido en el desconcierto, Rensley recuperó su confianza de inmediato.

El fluido de la eyaculación de Rensley comenzó a deslizarse por su entrepierna hasta alcanzar la zona de los glúteos. Aquella sensación tibia y resbaladiza erizó su piel con un sutil escalofrío.

“Mi intención original era complacer a Su Alteza primero y, uff, utilizar su propio semen, pero...”

Deslizó lentamente la mano que hasta ese momento sostenía su miembro, empujando el semen que había eyaculado aún más abajo. El fluido viscoso cubrió por completo la entrada que todavía permanecía fuertemente cerrada.

“Ahora considero que el uso de los dedos ya no resultará doloroso si se realiza con suavidad...”

Separó un poco más las piernas y tiró suavemente de la muñeca de Giesel, quien lo observaba inmutable. Aunque su imponente complexión impedía que fuera desplazado con un simple tirón, el Duque cedió como si estuviera indefenso y posó débilmente su mano sobre la entrepierna del rubio.

Al sentir el contacto con la piel húmeda, el entrecejo de Giesel se frunció aún más. El semen que Rensley había eyaculado manchó su elegante mano. El Giesel de ahora bien podría pensar que era algo sucio; sin embargo, Rensley no tenía intenciones de retroceder.

“De esta forma...”

Sosteniendo la mano de Giesel, Rensley guió sus dedos para que frotaran su propia entrada. A medida que el estímulo se añadía a la zona húmeda, un leve gemido se le escapó de forma involuntaria.

“Mmm, ah, mmm...”

Llegados a este punto, incluso un Giesel desprovisto de experiencia pareció comprender el orden lógico del acto. Su garganta se contrajo sutilmente antes de interrogar:

“¿Dices que yo disfrutaba de esta labor?”

“Sí... En una ocasión, uff, insistió en dejarse puestos un montón de anillos y exploró mi interior durante tanto tiempo que la pasé realmente mal... Los anillos estimularon demasiado mi interior...”

Rememorar el pasado provocó que su cuerpo se excitara con rapidez. El movimiento dubitativo de los dedos de Giesel en la entrada húmeda permitía que Rensley imaginara el desenlace con claridad: la inminente introducción de su esposo en su cuerpo, las manos que tanto amaba...

“Me resulta inverosímil haber incurrido en conductas tan desprovistas de decoro,” murmuró Giesel para sí mismo, incapaz de dar crédito al relato. Rensley lo alentó con un susurro:

“Su Alteza es capaz de cometer audacias aún mayores.”

El contacto visual se interrumpió de inmediato. Un gemido agudo escapó de los labios de Rensley y se vio obligado a inclinar la cabeza hacia atrás ante la repentina presión en su interior.

“¡Ah... mmm...!”

Giesel parecía haber tomado una decisión definitiva, introduciendo su dedo en el conducto con firmeza.

Habían permanecido separados durante casi un mes y el acto se iniciaba sin los aceites necesarios. A pesar de la excitación que dominaba sus sentidos, el conducto de Rensley continuaba estrecho, por lo que asimilar un solo dedo debería haber representado un esfuerzo real...

“Su Alteza, por favor... con lentitud... ¡Ah, mmm!”

Era una sensación extraña. No debería haber sido capaz de asimilarlo con tanta facilidad.

A pesar de que se trataba de una etapa inicial donde el dolor debería predominar, las paredes de su conducto se expandieron con docilidad, asimilando el dedo sin ofrecer resistencia.

Rensley comprendió el motivo al instante. ¿Cómo era posible? No tenía sentido, pero la zona interna de su conducto se encontraba completamente humedecida, como si se hubiera verificado verter una gran cantidad de aceite.

Esta vez fue Rensley quien experimentó desconcierto. Giesel pareció percatarse del mismo detalle, por lo que inclinó su cuerpo para introducir el dedo a mayor profundidad.

“¡Ah, ah!”

“¿A qué se debe este fenómeno? El interior manifiesta una humedad considerable. ¿Acaso no has afirmado que el cuerpo masculino carece de la capacidad de generar lubricación de forma automática?”

“... Ah, me resulta extraño. ¡Siento que algo es diferente...!”

No disponía del tiempo para organizar una réplica ante un comentario que rozaba la osadía, ni para meditar sobre las causas del fenómeno. Al notar la textura del interior de su conducto, Giesel abandonó su timidez y comenzó a mover su dedo a mayor profundidad de forma audaz, sin requerir instrucciones previas.

“¡Ah, ah! ¡Su Alteza! ¡Ah, mmm!”

El conducto humedecido asimiló los dedos largos del Duque sin dificultad. Un placer intenso superó sus expectativas con rapidez, acelerando su respiración. Al ver al rubio sumido en la confusión bajo el control de sus movimientos, Giesel inclinó su cuerpo y habló con voz grave, buscando reconfortarlo:

“Carece de sentido que experimentes temor. Tu forma corpórea actual difiere de la naturaleza del mundo vivo. Las sensaciones de placer y sufrimiento responden a leyes distintas en el Inframundo.”

“¡Ah, ah!”

“Un mismo estímulo doloroso puede manifestarse con mayor intensidad en este plano...”

Giesel continuó con el movimiento de sus dedos mientras ofrecía la explicación teórica. El sonido húmedo de la fricción en el interior de su conducto acarició sus oídos, incrementando la turbación de sus sentidos. Percibir el fluido desbordar la entrada de su conducto para humedecer sus glúteos y muslos le provocó un mareo de excitación.

“... De la misma forma, un acto placentero puede manifestarse con una intensidad muy superior.”

La timidez que intentaba contener regresó a su pecho con fuerza, encendiendo sus mejillas. Sentía que su propio cuerpo adoptaba una naturaleza lúbrica, perdiendo la capacidad de liderar la dinámica de la situación.

Detener el acto era una imposibilidad; su corazón tampoco lo deseaba. Sin embargo, era real que experimentaba el impulso de evadir sensaciones tan intensas y de naturaleza desconocida. Pero el desenlace estaba sellado; Giesel sujetaba una de sus piernas, elevándola para entregarse a explorar su interior sin contemplaciones.

El Duque parecía decidido a desentrañar cada secreto de su anatomía, alternando entre movimientos superficiales y profundos, presionando las paredes de su conducto con un ángulo preciso para estimular las zonas sensibles. Tras examinar cada reacción con detenimiento, sus dedos hallaron el punto más vulnerable de Rensley con rapidez.

“¡Ah, mmm, Su Alteza, ah, se lo ruego...!”

Los dedos se adentraron en su interior con fuerza, provocando un sonido húmedo que resonó en la habitación con mayor intensidad. Era un estímulo tan firme que Rensley percibió la presión en la zona inferior de su vientre. Elevó su pelvis de forma involuntaria, gimiendo sin control.

Tal como Giesel había explicado, la sensación se manifestaba con mayor nitidez: una mezcla de sutil molestia y un placer abrumador. Su mente comenzó a nublarse ante la intensidad del estímulo.

“Su Alteza... por favor... un poco más... suave... ¡Ah!”

“Comienzo a comprender la naturaleza del acto...”

A diferencia de Rensley, que se veía superado por el placer, Giesel abandonó su rigidez por completo. Sus movimientos cobraron una fuerza y una determinación que superaban la conducta de su vida pasada en el mundo vivo.

“Rensley Mallosen, asumo que soy el único individuo que ha presenciado esta faceta de tu cuerpo, ¿no es así?”

“¡Ah, por supuesto! Nadie más... Su Alteza es el único... nadie...!”

Antes de que pudiera concluir la frase, Giesel aproximó su rostro para sellar sus labios en un beso. Al igual que el movimiento de sus dedos, este beso exhibió una determinación absoluta que contrastaba con la timidez inicial.

Verse estimulado en la boca y en su interior de forma simultánea le provocó un mareo de excitación absoluto. Rensley rodeó los hombros de Giesel con sus brazos, aferrándose a él.

Giesel Zvendard demostró su capacidad de aprendizaje místico una vez más; el hombre que poco antes mostraba desdén ante la ligereza ahora empleaba su lengua para explorar cada rincón de la boca de Rensley con una audacia que rozaba la osadía. La racionalidad de Rensley se desvaneció por completo.

A lo largo del beso, su interior continuaba siendo estimulado sin descanso. El Duque introdujo un tercer dedo, ejerciendo una presión firme sobre la zona más sensible de Rensley.

“Mmm, ah, mmm...”

Entre los besos, Rensley dejaba escapar sollozos leves mientras movía su pelvis de forma involuntaria buscando aliviar la presión. De su miembro comenzó a brotar fluido una vez más de forma involuntaria debido a la intensidad de la excitación.

Su entrada comenzó a contraerse con fuerza alrededor de los dedos debido al placer. Giesel decidió dar por terminado el preludio, apartando sus labios para observar el rostro exhausto de Rensley un instante, antes de acomodar su cuerpo sobre el rubio, cubriéndolo por completo.

“Tu apariencia ordinaria se asemeja a una obra de arte inmaculada.” Debido al cansancio absoluto tras el clímax previo, las palabras del Duque tardaron en registrarse en su mente. Rensley se limitó a jadear, observándolo desde abajo. “... Desarticular esa rigidez para entregarte al placer representa el momento de máxima posesión, ¿no es así?”

“¡Ah!”

Giesel impulsó su pelvis a medida que concluía la frase. La punta de su miembro ardiente impactó contra la entrada humedecida, adentrándose en su interior con una presión firme.

Su entrada, que se había contraído alrededor de los dedos, se vio forzado a expandirse ante las dimensiones de la anatomía del Duque, provocando que sus paredes experimentaran un estremecimiento violento. Rensley apretó los dientes ante la intensidad del estímulo que recorría su vientre.

Consumar la introducción de su miembro siempre representaba un sutil desafío debido a las dimensiones de Giesel, sin importar el esmero del preludio; la capacidad de los dedos poseía un límite físico.

Sin embargo, gracias al fluido místico que brotaba de su interior en esta noche, la robusta anatomía se abrió paso a través del conducto estrecho sin llegar a causar un sufrimiento real. Rensley no dejó escapar gemidos de dolor; se limitó a aferrarse a las sábanas con fuerza mientras su cuerpo temblaba ante una sensación de placer que superaba lo conocido.

“Su... Su Alteza... es demasiado... ah...”

A pesar de que no existían limitaciones físicas que restringieran su respiración, Rensley jadeaba con dificultad debido a la intensidad del acto. La presión que percibía en su vientre era el testimonio vivo de la naturaleza corpórea de las almas en este plano; de modo que resultaba increíble asimilar que se encontraban en el reino de los muertos.

El miembro ardiente, surcado por venas que presionaban las paredes de su conducto, se abría paso con lentitud, transmitiendo un placer espeso que asimilaba a un fruto maduro liberando su dulzura en su interior.

La unión de sus cuerpos generaba una oleada de placer que adormecía sus extremidades. Sus pensamientos se tiñeron de matices intensos, una gama de colores primarios que inundó su mente por completo.

“Su Alteza... Su Alteza... es maravilloso... ah...”

No era el momento para vacilar ante sensaciones desconocidas. Rensley estrechó el cuerpo de Giesel entre sus brazos, moviendo su pelvis de forma activa para asimilar la anatomía del Duque a mayor profundidad. Una respiración profunda escapó de sus labios, pero continuó con el movimiento.

Giesel respondió al requerimiento estrechando a Rensley entre sus brazos con firmeza. Impulsó su pelvis con lentitud para profundizar la introducción, provocando que Rensley liberara jadeos continuos. A pesar de haber minimizado el dolor de la fricción gracias a la lubricación mística, la respiración acelerada ante las dimensiones de la anatomía era una consecuencia inevitable.

“¿Te encuentras... bien?”

“¡Ah, no se detenga... continúe... Su Alteza...!”

Rensley ejerció presión con sus manos sobre los muslos de Giesel para aproximarlo. El Duque interpretó la señal de inmediato, impulsando su miembro con mayor fuerza hasta consumar la introducción por completo, provocando un sonido firme ante el contacto de sus cuerpos.

“¡Ah... mmm...!”

“Mmm.”

Una vez consumada la unión, Giesel se vio obligado a detener sus movimientos un instante, conteniendo un gemido grave. Las estrechas paredes de Rensley rodeaban su miembro con firmeza, contrayéndose de forma rítmica. Para el Rey del Inframundo, experimentar una sensación de esa naturaleza por primera vez representó un impacto místico que lo obligó a apretar los dientes.

A diferencia del Duque, que inicia el acto, Rensley ya había alcanzado el clímax en dos ocasiones. Su interior se encontraba completamente flexibilizado y sensible, experimentando sutiles espasmos continuos debido a las eyaculaciones previas.

“¡Ah, mmm... Su Alteza... continúe... por favor...!”

A diferencia de la cautela de Giesel, Rensley experimentaba una urgencia real por iniciar el movimiento. Había anhelado este reencuentro con todas las fuerzas de su alma. Aunque ya había disfrutado del clímax, la verdadera unión mística iniciaba en este instante. Ningún deleite individual era comparable a la plenitud de fundirse en un solo cuerpo con su esposo.

La pelvis de Rensley se movió con impaciencia. Giesel fruncía el entrecejo y articuló sus palabras con voz grave:

“¿Seguro que puedes aguantar si me muevo...? Siento que te voy a romper.” 

“¡Hágalo... inicie el movimiento ahora... por favor...!”

“Temo... que la intensidad del acto termine por romperte...”

Rensley estuvo a punto de dejar escapar una sonrisa ante el comentario.

Siempre manifiestas el mismo temor, pensó con ternura. 

Sin embargo, evocar sus noches en el norte en este instante habría provocado que Giesel se sintiera relegado ante la figura de un extraño y se apartara con orgullo. Se limitó a replicar con sus argumentos habituales:

“Si mi cuerpo fuera tan frágil... se habría quebrado hace mucho tiempo, Su Alteza. El consorte del Gran Duque... posee una resistencia muy superior a la de los humanos comunes, se lo aseguro.”

Sujetó con firmeza los brazos de Giesel, que se apoyaban a los lados de su cabeza como columnas firmes.

“Es una labor habitual para nosotros, Su Alteza.”

Sabía que aquella afirmación representaba una sutil provocación, pero consideró necesario añadir el último cabo:

“Y Su Alteza... solía ejecutarla con una destreza sin igual.”

Tal como anticipó, el entrecejo de Giesel se relajó y sus pupilas ámbar se inundaron de una mezcla compleja de emociones: un sutil brote de celos, orgullo herido, fascinación ante la experiencia mística y, sobre todo... el renacer de un afecto legítimo cuyo matiz comenzaba a florecer en su espíritu.

“¡Ah...!”

Aprovechando su distracción, Giesel retiró su miembro de forma repentina. La robusta anatomía se deslizó por las paredes de su conducto, provocando que una ola de placer absoluto nublara la visión de Rensley por un instante. La voz grave del Duque resonó en sus oídos:

“Continúo experimentando... la incómoda sensación de verme sometido a una comparación.”

“¡Ah, no... no es así... se lo aseguro... ¡Su Alteza... ah...!”

Antes de que pudiera recuperar la lucidez, el miembro del Duque se introdujo de golpe a mayor profundidad, impactando contra la zona más profunda de su vientre. Giesel inició una serie de movimientos rápidos y firmes, profundizando la introducción en cada arremetida. El contacto de sus cuerpos generaba un sonido constante y rítmicamente que estremecía la anatomía de Rensley por completo. Olvidando el transcurso del tiempo, su mente se rindió ante la intensidad del placer carnal.

“¿Es así? En ese caso, decláralo, Rensley Mallosen. ¿Quién posee el dominio en la cama... el Gran Duque de tu memoria o el hombre que te sostiene en este instante?”

“¡Ah, uff... no puedo... establecer una comparación... ¡Ah! ¡Ambos son el mismo hombre...!”

“Aunque se trate de la misma esencia... es posible formular un juicio. Declara cuál presencia te provee un deleite mayor... si el pasado o el presente...”

El requerimiento del rey estuvo acompañado de movimientos implacables. Su sensible entrada se contraía de forma espasmódica ante cada arremetida profunda, infligiendo un placer intenso hacia cada rincón de su ser.

“Ofrece tu respuesta, Rensley Mallosen.”

“¡Ah, ah! ¡Su Alteza... ah...! ¡Me resulta imposible discernir... lo juro...! ¡Ah, mmm!”

“No detendré mis movimientos... hasta obtener la confirmación.”

“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”

Giesel impulsó su pelvis con vehemencia, provocando que el cuerpo de Rensley se elevara sobre el colchón ante cada impacto. La firmeza del miembro presionando su interior generaba una vibración que disipaba cualquier vestigio de racionalidad en su mente.

“Su... Su Alteza... avance con menor... fuerza... por favor... ah...”

En este instante, la mente de Rensley se vació por completo de preocupaciones. Los misterios del Inframundo, el destino de Oldenlandt, la estrategia para restaurar las memorias de Giesel o la ruta de regreso hacia el mundo de los vivos...

Todos los problemas que aguardaban una solución pasaron a un segundo plano ante la inmensidad del acto.

Aquel elogio que definía su apariencia como una obra de arte inmaculada encajaba mejor con la figura del hombre que lo dominaba; sus facciones aristocráticas contrastaban con la ferocidad con la que su miembro asaltaba las paredes de su interior, conquistando las zonas más profundas con una determinación absoluta.

Ante cada arremetida, el cuerpo de Rensley experimentaba un estremecimiento violento y de su miembro comenzaba a brotar fluido una vez más de forma involuntaria.

“¡Es muy bueno... maravilloso...! Su Alteza... ah... ¡Su Alteza es...!”

Rensley examinaba el rostro de Giesel en medio del placer, anhelando que su esposo compartiera la misma intensidad del deleite místico.

Deseaba que el Duque comprendiera que existía una plenitud muy superior al aislamiento de la biblioteca, una felicidad tangible nacida de la unión de sus cuerpos. Rogaba para que ese lazo impidiera que Giesel lo abandonara en este plano.

“Ah, ah, mmm...”

Giesel jadeaba con la misma intensidad, liberando su aliento de forma irregular. Sus miradas se cruzaron, revelando una gama de emociones que habían permanecido ocultas desde su reencuentro en el Inframundo.

Se percibía la vulnerabilidad de un hombre que se veía superado por el placer físico por primera vez, la devoción absoluta en sus pupilas fijas en Rensley y la posesividad de los brazos que lo estrechaban con firmeza; la consumación mística de lo que los mortales definen como amor.

Rensley sujetó las mejillas de Giesel con urgencia, aproximando su rostro para colmarlo de besos continuos. Al verse interpelado en sus labios, la concentración del Duque se desplazó hacia la boca y el ritmo de su pelvis comenzó a disminuir de forma paulatina.

“Escucha, ah...”

La disminución de la velocidad provocó una sutil contradicción en el clímax previo. Su conducto, sumamente sensible, comenzó a contraerse con firmeza alrededor del miembro inmóvil.

El placer espeso que emanaba de su interior era una constante, una sensación que adormecía sus extremidades como un néctar denso. Rensley dejó escapar gemidos blandos de forma involuntaria, mientras sus piernas se tensaban y se relajaban de forma rítmica sobre el colchón.

“Ah, mmm, oh, mmm...”

Giesel contempló el rostro de Rensley, humedecido por las lágrimas, y apartó los mechones rebeldes con suavidad. Su sonrisa de satisfacción delataba el placer del erudito que descubre un misterio fascinante.

“Tenía la intención... de concederte un breve descanso...”

Giesel comenzó a moverse con una lentitud desesperante. Se retiraba casi por completo para luego adentrarse de golpe a gran profundidad justo en el instante en que Rensley inclinaba la cabeza y dejaba escapar un gemido prolongado.

“Aaa, uff, ah...”

“Veo que me he equivocado... consorte.”

“¡Ah, Su Alteza...! ¡Se lo ruego... continúe...!”

Un estremecimiento recorrió su anatomía. Giesel demostró su capacidad asimilando las variaciones del acto con rapidez, lo que hizo que a Rensley le resultara difícil tolerar la intensidad de la nueva dinámica.

Alternaba entre penetraciones rápidas y superficiales y presiones profundas, manteniendo el miembro inmóvil en el interior durante unos instantes para forzar a las paredes del interior a contraerse a su alrededor antes de retirarse con lentitud.

Ante cada variación, Rensley liberaba jadeos continuos o sutiles exclamaciones, estremeciéndose sobre el colchón a medida que sus energías se agotaban. Llegado a su límite, se vio incapaz de articular sonidos, limitándose a liberar un aliento irregular. Sentía que su cuerpo perdía consistencia; el control absoluto del lecho había pasado a manos de Giesel Zvendard por completo.

La inminencia de un nuevo clímax despertó un sutil temor en su espíritu debido a la intensidad de las sensaciones. Rodeó la espalda de Giesel con sus brazos, aferrándose a él con la desesperación de quien busca un punto de apoyo en medio de una corriente.

Rogaba para que el desenlace de esta pasión no alterara la promesa de su hogar en el norte. Formuló su petición entre lágrimas:

“Prométalo... concédame su promesa, Su Alteza...”

“... ¿Qué deseas?”

“Prometa que jamás se apartará de mi lado... se lo ruego... Sostenga la certeza de que pertenezco a Su Alteza... por siempre... de esta forma...”

Perder las memorias no alteraba la rectitud moral de Giesel Zvendard. Si el Duque empeñaba su palabra, cumpliría la promesa sin importar las adversidades del destino; él mismo había declarado en el pasado que jamás traicionaría a quien dejasen la confianza en sus manos.

“Te concedo mi promesa.”

El eco de la respuesta que tanto anhelaba sonó en su oído, pronunciado por los labios que se aproximaron a su oreja. Rensley desde la espalda lo atrajo más hacia sí con fuerza. Giesel también abrazó a Rensley más fuerte. Su voz se entremezcló en medio de una respiración agitada.

“Prometo que, a partir de ahora, tú me perteneces y yo permaneceré a tu lado.”

“Con esto es suficiente” dijo Rensley en un murmullo íntimo.

Contando con su palabra, carecía de motivos para temer al destino. Aunque perdiera la memoria o sus facultades místicas, mientras el Duque mantuviera su determinación de no apartarse de su lado, eventualmente encontrarían la ruta de regreso hacia su hogar.

Aquella melancolía que intentaba reprimir, el dolor de haberse visto ignorado por su propio esposo al llegar al Inframundo, afloró en su pecho con fuerza. Era un sentimiento complejo; a pesar de sus esfuerzos por mostrar ecuanimidad, el temor latente a ser abandonado por Giesel se había cobrado un espacio en lo profundo de su espíritu.

Aquellas lágrimas diferían de las respuestas físicas del placer; era un llanto legítimo que Giesel pareció percibir de inmediato. El Duque vaciló un instante ante la aflicción del rubio, inclinó su cuerpo y abrazó a Rensley entre sus brazos con ternura.

Aunque había asimilado las dinámicas del placer carnal con diligencia, ejecutar un abrazo de consuelo continuaba siendo una labor en la que se mostraba torpe y dubitativo. Una sutil sonrisa se dibujó en el rostro de Rensley a pesar de las lágrimas.

“Ah... parece que Su Alteza... finalmente ha descubierto el impulso de reconfortar a su consorte.”

“Las circunstancias difieren del contexto previo...”

Giesel murmuró aquello con un toque de fastidio, mostrando timidez ante su propia transformación afectiva. Rensley aproximó sus labios para dejar un beso tierno, sellando sus labios con dulzura.

Para coronar el clímax que se aproximaba, Giesel eligió un beso profundo. En medio de los movimientos finales que arrancaban sollozos al rubio, el Duque liberó su eyaculación en el interior de Rensley de un solo golpe espeso, sellando su pasión.

Rensley se entregó a la ola de alivio que tanto había aguardado, permitiendo que su cuerpo se relajara por completo en el abrazo de su esposo.

¿Es posible definir esta experiencia como una segunda primera vez?

Apoyando su rostro en el pecho de Giesel, Rensley meditaba en ese juego de palabras trivial. Era consciente de que debían concentrarse en la estrategia de la misión; sin embargo, prefirió permitirse un instante de paz en los brazos de su esposo, arropado en ese sutil alivio espiritual.

A nivel práctico, la crisis continuaba intacta. Con todo, el hombre que poco antes lo observaba con desconfianza había accedido a entregarle su cuerpo y su afecto a pesar de la amnesia. Aquel avance representaba un paso firme hacia la salida de la encrucijada del Inframundo.

“Siento un sutil orgullo por este desenlace, Su Alteza.”

“¿A qué te refieres con ello?”

“¿Quién iba a decir que terminaría siendo su primera vez... dos veces?” 

A pesar de haber consumado la unión, Giesel fruncía levemente el entrecejo ante la osadía de la frase, mostrando su habitual rigidez moral.

Es un asunto misterioso, pensó Rensley. El Giesel de su memoria solía recibir tales comentarios con una sonrisa cómplice; aunque jamás tomaría la iniciativa para formular una ligereza, poseía la flexibilidad necesaria para disfrutar de las picardías de su consorte. ¿Cuánta influencia ejercen las memorias acumuladas sobre la personalidad de un individuo?

“¿A qué se debe esa expresión? ¿Acaso siente que ha salido perjudicado al entregar su inocencia a un mismo hombre por segunda vez?”

“Si pretendes permanecer a mi lado en el futuro, será un requisito indispensable que modifiques esa conducta tan ligera al hablar.”

“Ah, sé que en el fondo se encuentra complacido con la situación, Su Alteza.”

“Da por terminada la charla y apresúrate a vestir tus ropas. El ciclo de este sector concluirá en breve.”

Verlo recurrir a una evasiva tan evidente le pareció sumamente tierno. Rensley comenzó a vestirse siguiendo las indicaciones del Duque, dejando escapar leves risas mientras examinaba sus facciones en busca de un nuevo motivo para importunarlo de buena gana.

En ese instante, un elemento inesperado apareció en su campo visual. Rensley paró sus movimientos para asegurarse de que no se trataba de un espejismo místico; Giesel mantenía una expresión rígida, observando fijamente hacia la misma dirección.

“¿Una puerta...?”

Una puerta se había materializado en medio de la habitación de forma repentina.

Un acceso cuyo origen y destino resultaban un misterio absoluto. Giesel examinó el fenómeno con desconfianza; sin embargo, Rensley reaccionó con rapidez, señalando el umbral con entusiasmo:

“¡Su Alteza, es exactamente el mismo tipo de puerta!”

“¿A qué te refieres?”

“Crucé puertas idénticas para ingresar al Inframundo. Tras atravesar varias puertas, apareció en la plaza del mercado. Los fragmentos que considero sus memorias residuales aguardan al otro lado de ese acceso.”

Rensley no poseía certezas absolutas. En su viaje inicial, las puertas conducían a las visiones de Oldenlandt, pero carecía de garantías de que este acceso respondiera a la misma lógica.

“Amin sugirió que mi afinidad con los espíritus me permitió trazar una ruta directa a través de las memorias de Su Alteza, eludiendo el puerto ordinario del Inframundo. Aunque difieren de la naturaleza de los vivos, las esferas de luz poseen una voluntad y buscan aproximarse a quienes necesitan... Si se trata de los recuerdos de Su Alteza, no sería extraño que se manifestaran ante nosotros para guiarnos.”

Incluso si el panorama no coincidía con las visiones iniciales, Rensley tenía la certeza de que aquel acceso representaba una ayuda mística diseñada para su situación.

“Le ruego que abra la puerta, Su Alteza.”

Giesel no se extendió en deliberaciones. Extendió la mano y giró el pomo de inmediato.

Al abrirse el umbral, una escena conocida se expuso ante sus ojos: el mismo escenario con el que Rensley se topó al caer al Inframundo por primera vez.

Aquel laboratorio subterráneo que los ajenos solían considerar un lugar tenebroso y cargado de olores químicos, pero que en realidad contaba con una chimenea encendida y sillones confortables que lo convertían en el espacio ideal para el descanso. Un recinto envuelto en leyendas oscuras para el reino, pero que para ellos representaba el rincón más cálido de su palacio: el laboratorio de Giesel. Rensley contempló la escena con nostalgia antes de continuar:

“Es el laboratorio subterráneo del Castillo de Laudken.”

“......”

“Su Alteza solía conservar sus horas al estudio de las artes místicas y a la lectura en este espacio. Al tratarse de un recinto subterráneo, la luz natural no ingresaba, por lo que solía insistir en que saliera a los jardines para tomar el sol. Recuerdo haberle sugerido trasladar el laboratorio a la superficie, pero Su Alteza me aclaró que los materiales místicos presentaban una gran sensibilidad ante la luz, por lo que el subsuelo era el espacio idóneo para su custodia.”

Giesel examinaba las facciones del entorno con una mirada fría, ajena. Su rostro no reflejaba familiaridad o emoción ante la escena de su palacio.

Sin embargo, no era el momento para ceder ante el desánimo. Un segundo, un tercero y un cuarto umbral comenzaron a materializarse, recreando las visiones que Rensley contempló en su viaje inicial.

Los jardines del norte, las llanuras, el gran salón central de la torre de Laudken, la torre de la muralla exterior donde Giesel solía confinarse, la biblioteca monumental y la capilla donde consagraron sus votos matrimoniales...

“¿Percibe alguna conexión, Su Alteza?”

A pesar de haber cruzado múltiples puertas, las memorias del Duque no parecieron restaurarse. Giesel continuaba observando los paisajes con una mirada distante, desprovista de emoción.

Habló finalmente con voz grave:

“Se trata de registros fragmentados.”

“... ¿Qué?”

“Es probable que estas visiones correspondan a mis recuerdos residuales, tal como has afirmado... Sin embargo, por alguna causa, la estructura de estas memorias ha sufrido un daño de consideración. Por lo tanto, se ven imposibilitadas para reintegrarse a mi ser.”

“¡Espere! No comprendo las implicaciones...” Los ojos de Rensley se expandieron con terror. “... ¿Significa que Su Alteza se verá imposibilitado para restaurar su identidad en el futuro?”

“No es una consecuencia definitiva. Al tratarse de simples fragmentos periféricos, la restauración de la memoria central bastaría para subsanar estas lagunas de forma automática. Sin embargo... emplear exclusivamente estos residuos para forzar el retorno de mis recuerdos es una situación inviable en este momento.”

Aquella realidad enfrió su entusiasmo de golpe.

Sus hombros cayeron ante la frustración. El dueño legítimo de esas memorias era Giesel; Rensley carecía de tales vivencias y las constantes visiones del Castillo de Laudken confirmaban que los recuerdos pertenecían al Duque.

Los labios de Rensley temblaron sutilmente.

“Es probable que la culpa sea mía...”

“¿A qué te refieres?”

“Al caer en el Inframundo y cruzar estas puertas de forma audaz sin ser el dueño de las memorias, tal vez provoqué el daño en su estructura. De lo contrario, no encuentro motivos para que un registro de esta envergadura sufra un deterioro de esta magnitud.”

La frustración era proporcional a la esperanza que había dejado en el plan. Carecía de nuevas pistas para avanzar. De continuar bajo esa lógica, las memorias de Giesel permanecerían sepultadas en algún rincón del Inframundo para siempre; e incluso si lograban cruzar la frontera de regreso hacia el mundo de los vivos, el hombre que regresaría no sería el Giesel Zvendard de su corazón.

Perder la historia de su matrimonio era una tragedia personal devastadora, pero el destino de Oldenlandt correría la misma suerte. Ver al monarca que la historia aclamaría como un santo perder los recuerdos de su gobierno y sus habilidades como mago alteraría el rumbo del reino por completo; las implicaciones superaban la amnesia de un individuo.

Y lo más grave de todo... implicaba que Giesel carecía del impulso necesario para desear cruzar la frontera de regreso hacia el mundo material. Rensley se aferró a él con un ruego desesperado:

“Su Alteza... ¿acaso persiste en su deseo de no regresar...? ¿Considera que el aislamiento de la biblioteca es superior a nuestra existencia en el norte? El hecho de haberme estrechado entre sus brazos confirma que su espíritu experimenta una afinidad por mi presencia, ¿no es así? ¿Acaso no anhela edificar un futuro a mi lado? Su Alteza me otorgó su promesa hace un momento, empeñó su palabra de que permanecería a mi lado.”

Ahora lo crucial era la firmeza de su determinación.

El Duque debía concebir el deseo firme de regresar al mundo material por su propia cuenta, superando la satisfacción que su vida en el Inframundo le proveía. Solo a través de esa determinación tendrían la oportunidad de revertir los términos del contrato injusto.

Pensó que contemplar los paisajes de su palacio despertaría un cabo de su identidad, volcando al menos sus responsabilidades como soberano de Oldenlandt para impulsarlo a preparar la marcha.

Giesel no ofreció una respuesta inmediata; se limitó a observarlo. Ante esa mirada fija y ese silencio prolongado, el cuerpo de Rensley se tensó de golpe debido al temor.

“Su Alteza...”

No puede ser.

La ansiedad que intentaba contener se filtró en el tono de su voz. Giesel, considerando que carecía de motivos para ocultar sus verdaderas intenciones, habló con calma:

“¿Qué urgencia existe por regresar al mundo material?”

“Su Alteza.”

“Bastará con que permanezcas a mi lado en este plano para resolver el conflicto.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Rensley ante las palabras del Duque.

En este plano, su título era el Señor de los Recuerdos. Si se lo proponía, Giesel poseía la facultad de alterar las memorias del rubio por completo, haciéndole creer que siempre había pertenecido al Inframundo, fingiendo ante sí mismo que Rensley era el consorte que lo había acompañado en el castillo real desde el principio de los tiempos. Para su mentalidad actual, aquella alteración era la solución más simple y satisfactoria.

Rensley retrocedió de forma instintiva, a pesar de saber que escapar era una imposibilidad en ese espacio... y que evadir el conflicto no aportaría ninguna solución.

“Es una propuesta inaceptable.”

Se limitó a negar con la cabeza en medio de la ansiedad, dando pasos hacia atrás.

“¿A qué se debe tu negativa? Si la cercanía de tu esposo constituye tu máxima prioridad, permanecer a mi lado debería resultar suficiente para colmar tus anhelos, ¿no es así? ¿O acaso la posición de la Gran Duquesa y el apego a tu existencia mortal poseen un valor superior en tu espíritu?”

“Ja... admito que poseo cierta debilidad por el pragmatismo... sin embargo, considero que mi devoción no merece ser cuestionada bajo esos términos, Su Alteza.”

“No hay motivo para el temor. Te otorgaré el rango de consorte en este castillo, garantizando que goces de una existencia de opulencia superior a la del mundo material. Las crónicas describen el norte como un territorio gélido y hostil. En este plano no existe el rigor de las estaciones, y las almas se ven exentas de las privaciones o los conflictos políticos. Tu única responsabilidad será consagrar tus horas al descanso con absoluta tranquilidad.” La mirada de Giesel era firme, desprovista de cualquier intención de formular una amenaza vacía o una ironía. “La muerte es un destino ineludible para cualquier mortal. Incluso si logras regresar a la frontera, la fragilidad de la vida humana expone al individuo a perecer ante cualquier eventualidad. Puesto que tu llegada al Inframundo es una certeza futura, asegurar un descanso privilegiado antes de tiempo no representa una opción desafortunada.”

“......”

“Dime, consorte, ¿acaso la propuesta presenta algún inconveniente?”

La expresión de desconcierto de Rensley comenzó a tornarse serena a medida que el Duque desglosaba los términos de su propuesta. Giesel relajó la mirada, asumiendo que sus argumentos habían convencido al rubio con éxito.

Había sido un error de juicio de su parte. Rensley negó con la cabeza con una determinación que superaba sus posturas previas.

“Recibir una propuesta de matrimonio por parte de Su Alteza por segunda ocasión es un honor que aprecio... Sin embargo, me veo en la obligación de declinar su oferta esta vez.”

“......”

“Esas palabras no reflejan la verdadera voluntad del Gran Duque de mi memoria. Si concibe tales pensamientos en este momento, se debe a que la influencia de este plano a nublado su sabiduría.”

Los argumentos de Giesel poseían cierta lógica: si su amor era tan puro, la proximidad del ser amado debería bastar para colmar su espíritu, una forma de demostrar el valor de su devoción.

Sin embargo, Rensley no tenía intenciones de claudicar; conocía la verdadera esencia de su esposo mejor que nadie.

¿Qué clase de hombre es Giesel Zvendard?

El motivo principal que frenaba al Duque para desposarlo en el pasado era el temor a confinar al ser que amaba en los límites del hostil invierno del norte.

Cuando lo rescató de las garras de Felyx en la capital, manifestando su presencia a través de la criatura invocada que surcó los cielos con absoluta libertad, Rensley experimentó la misma sensación de libertad que embargó al Duque.

¿Un hombre de esa naturaleza aceptaría confinarse del reino de los muertos por voluntad propia y pretendería encadenar el destino de Rensley a su lado? No, aquella propuesta era una contradicción flagrante con los verdaderos anhelos de Giesel Zvendard.

“Y nosotros... ahora tenemos un ser que proteger además de a nosotros mismos.”

Aunque no había dejado una opción, Rensley experimentó profundos reproches ante el sutil deseo que albergó en su espíritu en el pasado: la tentación de abandonar la situación y aceptar la tranquilidad. Antes de que la amenaza se manifestara, preservar la paz parecía la máxima prioridad para su vida.

La existencia de Rensley Mallosen había estado marcada por la ambivalencia: un camino que algunos envidiarían por sus privilegios... y otros compadecerían por sus tragedias. Aunque la felicidad es un factor relativo, lo real era que Rensley siempre avanzó con una sensación de inestabilidad bajo sus pies.

Tras celebrar su matrimonio con Giesel, las cuatro estaciones que compartieron le permitieron experimentar una estabilidad legítima por primera vez en toda su vida. ¿Acaso esa comodidad había debilitado su espíritu? Solía aconsejar al Duque en dar paseos diarios, pero él mismo se había transformado en un perezoso que se rehusaba a abandonar la comodidad del sillón.

Una vez que la paz fue fracturada, comprendió la lección: cuando el impulso de luchar por preservar lo que amas se manifiesta, es el momento exacto para ponerse en marcha.

No tenía intenciones de abandonar al hijo de su matrimonio en el Inframundo. Si en este plano no existía la posibilidad de dar origen a la vida, cruzaría la frontera de regreso para permitir que naciera en el mundo material.

Así es... esa es mi verdadera naturaleza.

Aceptar la responsabilidad de enmendar sus errores le infundió una determinación inédita.

Al reflexionar sobre ello, se dio cuenta de que jamás había sido un hombre temeroso de las adversidades. En los días en que fue confinado en un territorio extraño bajo el riesgo de perder la vida, conservaba el valor para burlar la seguridad del castillo y explorar los alrededores; ¿a dónde se había marchado esa osadía para verse reducido a la timidez?

Un último umbral permanecía cerrado ante ellos. Sin aguardar los movimientos del Duque, Rensley abrió la puerta con firmeza. En lugar de los parajes septentrionales de Oldenlandt, lo que apareció fue el paisaje primitivo del Inframundo.

Aquel cielo plateado, el resplandor indirecto y constante, un mundo sumido en el silencio donde el tiempo parecía no transcurrir.

“¿Qué estrategia pretendes desplegar ahora, Rensley Mallosen? Careces del poder para cruzar la frontera por tu propia cuenta.” Giesel articuló las palabras con total tranquilidad, como si las acciones del rubio no representaran una amenaza para sus planes.

Se encuentran en un territorio desconocido. La primera puerta que Rensley abrió al caer al Inframundo lo condujo a la plaza; sin embargo, en esta ocasión, la puerta se abría ante un precipicio escarpado. Parecía una advertencia del Inframundo que le indicaba que no disponía de nuevas vías de escape.

“Al fin y al cabo, he contado con una fortuna excepcional a lo largo de mi vida, Su Alteza. Estoy convencido de que hallaremos una solución de alguna forma.”

¿Qué destino me aguarda si me lanzo al vacío? Pensó. 

Cuando fue capturado por Felyx en el pasado, el temor a la caída no paralizó su espíritu; confiaba plenamente en que Giesel acudiría en su rescate.

Sin embargo, el hombre que se encontraba a su lado había olvidado su identidad, sus facultades como mago y la existencia de la criatura invocada. Tampoco disponía de los espíritus del viento para sostener su cuerpo. Lanzarse al vacío se traduciría en la destrucción de sí mismo de forma definitiva.

Aunque, tratándose del Inframundo, la muerte física era un factor relativo; tal vez la caída simplemente facilitaría que el Señor del Tercer Distrito tomara el control de su espíritu para despojarlo de sus recuerdos, confinándolo a su lado como la reina del olvido.

“Tus afirmaciones son certeras. Cuentas con una fortuna excepcional. Si al evadir la seguridad del palacio te hubieras topado con la guardia ordinaria en lugar de mi presencia, ya te encontrarías confinado en una celda aguardando una sentencia. De haber sido capturado por las autoridades, tus recuerdos habrían sido confiscados de inmediato para reducirte al rango de esclavo. Sin embargo, el destino te ha conducido a convertirte en mi consorte, garantizando una existencia de opulencia que eclipsa cualquier realidad mortal; es un desenlace afortunado.” Giesel extendió la mano hacia él, un gesto que emulaba la invitación a un baile.

Rensley no aceptó la mano y lo observó con una mirada firme; el Duque retiró el brazo y esbozó una sutil sonrisa.

“Si experimenté una sutil atracción por tu presencia en el pasado, probablemente se deba a esa determinación.”

“... ¿Ah?”

Fue en ese preciso instante cuando Rensley experimentó una presión absoluta que inmovilizó su cuerpo, como si fuera víctima de ligaduras invisibles.

Intentó romper la restricción empleando sus fuerzas, pero se vio incapaz de mover un solo dedo. Giesel comenzó a aproximarse con pasos firmes. Ante una situación tan desesperada, Rensley dejó escapar una risita irónica y formuló la interrogante:

“Ha afirmado que carecía de la facultad de usar magia... ¿Acaso me ha engañado, Su Alteza?”

“Esta restricción no responde a las leyes de la magia; constituye la facultad inherente al Señor de los Recuerdos. Te encuentras bajo los efectos de mi sugestión.”

Giesel extendió la mano. Aquellos dedos largos y distinguidos que poco antes le habían provisto de una pasión intensa se posaron sobre la frente de Rensley. Las pupilas ámbar adoptaron un matiz oscuro y su mirada se tornó fría.

“El proceso se encuentra exento de sufrimiento, no hay motivo para el temor.”

“¡Su Alteza! ¡Su Alteza, recupere la lucidez! ¡Detenga este acto de inmediato! ¡Se arrepentirá de las consecuencias!”

“En breve asumirás el rango de consorte del Inframundo... y tu espíritu hallará la satisfacción en esta nueva existencia.”

Un precipicio cuyo fondo resultaba invisible a un lado, el Rey del Inframundo dispuesto a confiscar sus recuerdos al otro, y su cuerpo completamente inmovilizado por la sugestión.

No disponía de vías de escape. Desplazó sus ojos hacia el cielo en un último ruego, aunque la posibilidad de hallar una salida resultaba improbable...

“¿Mmm?”

Una anomalía comenzó a manifestarse en el cielo.

Un vórtice de oscuridad comenzó a fracturar el cielo plateado. Giesel interrumpió sus acciones, observando la anomalía con extrañeza.

[¡... Al prisionero!]

Una densa energía oscura comenzó a brotar de la fractura, acompañada de un eco coral que Rensley reconoció al instante:

[¡Debemos confinarlo!]

[¡El lugar está listo, debemos confinar al prisionero!]

Eran los caballeros negros, las entidades que Rensley pensó haber despistado en los pasadizos del castillo.