El tiempo transcurrió sin mayores incidentes.
Ya había pasado más de la mitad del mes previsto. Giesel
permanecía sumido en su sueño, y su cuerpo físico no había sufrido ningún daño.
Aquel letargo profundo se mantenía estable, sin que su respiración vacilara ni
una sola vez, y el círculo mágico que vinculaba su alma con el mundo de los
vivos seguía funcionando tras más de veinte días sin el menor error.
Llegados a este punto, la inquietud de quienes aguardaban
comenzó a disiparse. Lo mismo ocurrió con Rensley. La tristeza y la solemnidad
del principio, cuando se sentía como alguien que enfrenta una muerte real, se
calmaron, y empezó a creer sinceramente en las palabras de Giesel, quien tanto
había insistido en que el viaje al Inframundo no sería mortalmente peligroso. A
veces, incluso soltaba una risita al recordar lo ansioso que estuvo por dudar
del mejor mago del continente.
“Será mejor decidir esta parte cuando regrese Su Alteza. Por
ahora, procedan según lo establecido y reporten de inmediato si surge cualquier
variable.”
“Entendido, Alteza.”
Ejercer como regente, algo que al principio le causaba una
preocupación monumental, resultó ser más llevadero de lo esperado.
Afortunadamente, durante la primavera en Oldenlandt no abundaban los asuntos
que requirieran grandes decisiones, y los mayores esfuerzos se centraban en
reparar y reforzar las defensas de cara al próximo invierno.
La labor de Rensley consistía en posponer los asuntos
difíciles para cuando Giesel volviera, mientras se aseguraba de que nada de lo
que ya estaba en marcha se omitiera o perdiera ritmo.
“Lo está haciendo muy bien, Su Alteza Gran Duquesa.”
“Ah, habría sido imposible sin su ayuda, Lady Freeda.”
Sentados en el despacho que Giesel había dejado vacío, Rensley
y Freeda se elogiaban mutuamente mientras revisaban los informes llegados de
los distintos feudos. Aunque sus días transcurrían con más normalidad de la
temida, era inevitable que ambos lucieran un poco agotados. Aun con el
semblante más cansado de lo habitual, Rensley sonrió al mirar por la ventana.
“Al menos ya falta poco. Solo hay que resistir unos días más y
Su Alteza regresará.”
“Me alivia que todo progrese mejor de lo esperado. Los magos
reales dicen que, a este paso, no habrá ningún problema.”
“Sí, dicen que si hubiera surgido algún inconveniente en el
Inframundo, el círculo mágico ya habría enviado una señal.”
“Lo felicito. Cuando el Gran Duque regrese, finalmente serán
una pareja con un heredero legítimo.”
Rensley negó con la cabeza, un tanto apenado.
“Pero tengo entendido que el trono de Oldenlandt no se hereda
necesariamente al hijo biológico del rey.”
“Incluso si el trono pasara a manos de otro, ¿no es motivo de
alegría tener un hijo que lleve la sangre de ambos y continuar con el linaje?
Debido a las circunstancias del norte, dependemos mucho de la criatura invocada
que manejan los reyes sucesivos, pero…” Freeda bajó un poco la voz con una
sonrisa. “Sinceramente, creo que su hijo se convertirá en el próximo Gran Duque
de forma natural. Sería difícil esperar mejores aptitudes para albergar y
controlar a la criatura invocada.”
Era algo incierto. Se decía que el padre de Giesel, a pesar de
haber sido elegido por la criatura invocada, no pudo cumplir su rol como Gran
Duque debido a su propia locura.
No era algo que pudiera decir en voz alta, pero Rensley se
preguntaba si ser el Gran Duque era realmente algo tan bueno, considerando las
obligaciones que Giesel cargaba y el dolor que estas le habían causado.
Sin embargo, tal como decía Freeda, sería una alegría obtener
ese fruto que creía imposible, sin importar quién ocupara el trono. Se unirían
para criarlo y que pudiera disfrutar de tanta felicidad como fuera posible, sin
importar el destino que le aguardara. Incluso si ahora su posición no fuera la
más honorable.
A pesar de sus respectivos destinos, Giesel y Rensley
finalmente habían encontrado la felicidad, así que no había razón para que su
hijo no pudiera hacer lo mismo.
“Desearía que Su Alteza regresara pronto.” murmuró Rensley
para sí mismo mientras observaba el exterior. Tenía muchas ganas de vivir su
segunda primavera en Oldenlandt, pero no imaginó que el tiempo a solas sería
tan largo.
A mitad de la noche, Rensley despertó de repente.
Al abrir los ojos, notó que las ventanas traqueteaban. Aunque
la primavera en Oldenlandt solía ser más cálida, de vez en cuando aumentaban
vientos fuertes como ese. Al ser brisas primaverales no eran gélidas, pero su
velocidad era tal que, en días así, la gente solía atar sus pertenencias en el
exterior para que no salieran volando.
Aprovechando que estaba despierto, bebió un vaso con agua y
volvió a acostarse, pero el sueño no parecía tener intención de regresar.
¿Qué hago? pensó antes de levantarse.
En lugar de forzar el sueño, decidió aprovechar ese despertar
temprano para disfrutar de un poco de tiempo libre por primera vez en mucho
tiempo. Desde que Giesel partió al Inframundo dejándole los asuntos de Estado,
Rensley había estado consumido por la ansiedad y por una carga de trabajo que
se había duplicado, por lo que apenas había tenido momentos para sí mismo.
No es que tuviera grandes pasatiempos, pero…
¿Quizás podría hojear alguna novela que no haya podido leer
últimamente?
Rensley soltó una risita. El hecho de poder permitirse ese
lujo era señal de que ya confiaba en que Giesel estaba a salvo. Hasta hace
poco, estaba tan sumido en la angustia que ni siquiera se le habría ocurrido
dedicar tiempo a sus aficiones. Al salir de la habitación, los dos soldados que
montaban guardia inclinaron la cabeza.
“¿Ya despertó, Su Alteza?”
“Pienso ir un momento a la biblioteca.”
“Entendido, lo escoltaremos.”
Tener que ir acompañado incluso para un trayecto tan corto y
trivial como ir del dormitorio a la biblioteca era una de las mayores molestias
desde que se convirtió en La Gran Duquesa. Aunque ya estaba más o menos
acostumbrado.
Clac, clac, clac…
Rensley observó las ventanas de la muralla. Por alguna razón,
sentía que el viento lo perseguía en cada paso que daba desde que salió de su
habitación.
“… ¿Sopla mucho viento afuera?” preguntó Rensley a sus
escoltas.
Uno de ellos abrió una de las ventanas.
“No parece un clima con vientos fuertes, Su Alteza.”
La expresión de Rensley, algo somnolienta hace un momento, se
agudizó. El viento que creía era cuestión del clima lo estaba siguiendo. Cerró
los ojos y agudizó el oído. Al concentrarse, lo que antes le parecían simples
silbidos de aire revelaron su verdadera naturaleza: los espíritus estaban
enviando señales de peligro.
“¡Llamen a más guardias de inmediato y avísenle al Capitán de
los Caballeros que regrese al castillo!”
Ante la orden tajante en plena noche, los escoltas lucieron
desconcertados, pero no preguntaron el motivo. Pronto tocaron los cuernos
portátiles de emergencia y Rensley apresuró el paso.
Mientras el castillo comenzaba a agitarse, Rensley cambió de
dirección. Su destino no era la biblioteca, sino el laboratorio donde se
encontraba el círculo mágico de Giesel.
Para mantener el círculo sin alteraciones y proteger a Giesel,
los caballeros montaban guardia afuera y los magos reales adentro, día y noche.
Eran personas de total lealtad, allegados a Giesel que conocían bien la
situación.
Sin embargo, por alguna razón, los caballeros que debían estar
frente al laboratorio estaban todos dormidos. Algo iba mal. Rensley
abrió la puerta de golpe y se encontró con la misma escena: los magos que
debían custodiar el cuerpo de Giesel y el círculo mágico estaban desparramados
por el suelo.
“¡Rápido, por aquí!”
“¡Su Alteza, retroceda! ¡Es peligroso!”
Los soldados gritaban alarmados, pero Rensley no los
escuchaba. Cruzó el umbral del laboratorio. En el interior, se encontraba
alguien completamente inesperado. Rensley pronunció su nombre con voz atónita.
“¿Amin?”
El personal que custodiaba el laboratorio estaba formado solo
por los allegados más leales a Giesel. A pesar de su gran contribución al éxito
del viaje al Inframundo, Amin no había sido incluido en el grupo que vigilaba
el círculo mágico. Él no era un mago real de Oldenlandt ni había jurado lealtad
a Giesel. Al contrario, cuando se conocieron eran enemigos, y la opinión
general era que, aunque su hostilidad hubiera desaparecido, no era apto para
esa misión. El propio Amin lo había aceptado. Y sin embargo…
“¡Amin! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!” Rensley alzó la
voz.
Amin estaba de pie en medio del círculo mágico, sosteniendo su
báculo y una daga mientras recitaba un conjuro.
¿Acaso Amin todavía odia a Giesel? pensó Rensley.
Prácticamente ellos lo habían rescatado de las garras de
Felyx. La benevolencia de Giesel al confiar en su talento parecía haber sido
devuelta con una traición. Mientras Rensley callaba por el impacto, Amin le
gritó:
“¡No te acerques, Rensley Mallosen!”
El alboroto nocturno había despertado no solo el laboratorio,
sino a todo el castillo. Tanto los caballeros que seguían a Rensley como todo
el personal de guardia convergían hacia el laboratorio. La expresión de Amin se
volvió ansiosa.
Rensley entró en el círculo mágico. Vio que la mano de Amin
sangraba.
¿Un hechizo que usa sangre?
Sus intenciones eran oscuras, pero al recordar que Amin era un
mago negro, el rostro de Rensley se endureció.
“¡Bájate de ahí, Amin!”
“¡Te dije que no te acerques!”.
“¡Explícame qué está pasando! ¡¿Qué estás…?!” La frase de
Rensley se cortó.
“Maldición, ya es tarde.” creyó escuchar la voz de Amin
en un murmullo frustrado.
Su conciencia comenzó a nublarse y sintió su cuerpo pesado
como el plomo. La mano que Rensley extendió para arrebatarle la daga falló y
sintió un dolor punzante, pero pronto incluso el dolor se anestesió. Una
debilidad desconocida lo envolvió por completo, como si lo arrastraran al fondo
de un pantano sin fin.
¿Qué demonios estás haciendo? gritó Rensley en su
mente, incapaz de articular palabra, mientras se hundía en una oscuridad
absoluta. Sin tener la menor idea de lo que acababa de suceder.
✦
“¡Rensley!”
“¡Rensley Mallosen!”
Alguien gritaba su nombre desesperadamente.
Ah, qué molestia. Quiero dormir un poco más… Rensley
frunció el entrecejo y negó con la cabeza.
“Déjame en paz…”
“¡Reacciona, Mallosen! ¡Abre los ojos ahora mismo!”
Ante la insistencia de alguien que lo sacudía por los hombros,
no tuvo más remedio que abrir los ojos. Al incorporarse tambaleante, Rensley
miró con fastidio a la persona frente a él.
“… ¿Amin?”
Al oírlo, Amin soltó un suspiro de alivio. Al ver a Amin
frente a él, los eventos recientes que había olvidado por un momento regresaron
de golpe a su mente.
Lo lógico habría sido agarrar a Amin por el cuello y exigirle
una explicación, pero antes de eso, Rensley observó lentamente a su alrededor.
El entorno era el mismo laboratorio de Giesel que vio antes de perder el
conocimiento. Parecía que no había pasado nada grave y que solo se había
desmayado un momento. Rensley soltó un suspiro de alivio, pero al segundo
siguiente, una sensación extraña lo dejó petrificado.
¿A dónde se fueron todos?
Los magos y caballeros que estaban desmayados, los escoltas
que lo seguían… No había nadie.
El paisaje también resultaba extraño. Claramente era el
laboratorio de Giesel, pero había algo sutilmente diferente. No estaba el
círculo mágico que emitía luz en el centro ni, lo más importante, Giesel, que
debería estar recostado en la cama. Solo estaban Rensley y Amin.
“¿Dónde estamos?” Rensley preguntó con el entrecejo fruncido.
“En el Inframundo.”
Rensley guardó silencio.
Ciertamente, este lugar desprendía una extrañeza mucho más
intensa que el bosque de la Loba Blanca. Una diferencia difícil de expresar con
palabras, pero que le hacía intuir que no era el mundo donde habitan los
humanos. Rensley miró fijamente a Amin y dijo con calma:
“Amin, dime que esto es una broma.”
“¿Quién gastaría una broma así?”
“¿Si no es una broma, entonces qué? ¿Qué demonios hiciste?
¡¿Por qué hiciste esto?!”
“¡Este era mi objetivo original! He estado investigando el
Inframundo desde que estaba en el instituto. Solo uní fuerzas con el Gran Duque
porque nuestros objetivos coincidían por un momento. Mi contribución en esto
fue enorme, ¡así que tengo derecho a usar el círculo mágico que ayudé a
construir!”
Rensley balbuceó frente a un Amin que, para colmo, estaba
indignado. No había otra razón, la situación era tan absurda y desconocida que
no sabía qué decir.
“… ¿El Inframundo? ¿Aquí?”
“Sí. He estado investigando cómo venir aquí. Habría venido
tarde o temprano, incluso sin el Gran Duque. Mallosen, si no me hubieras
estorbado, habríamos llegado sin problemas.”
Amin se quejaba con resentimiento. Fue entonces cuando Rensley
recuperó el juicio por completo y agarró a Amin por el cuello de la túnica.
“¿Estorbado? ¡Tú invadiste el círculo mágico de Su Alteza!
¡¿Qué intentabas hacer?! Los magos insistieron mil veces antes de que Su Alteza
partiera que ese círculo era el vínculo entre este mundo y el Inframundo, ¡y
que jamás debía ser alterado!”
“¡Te digo que si no hubieras interferido habríamos llegado sin
incidentes! ¡Yo estaba perfectamente preparado, pero tú apareciste en ese
momento…! ¿Tienes idea del papel que desempeñé para construir ese círculo? ¡El
peligro surge cuando alguien que no sabe nada se mete, como tú! ¡Si yo hubiera
venido solo, el círculo del Gran Duque no habría tenido ningún problema!”
“¡¿Quién no se metería en esa situación?! ¡Dejaste
inconscientes a todos los guardias y magos!”
Rensley, que le gritaba a un Amin que le respondía con la
misma intensidad, se calló de pronto y su rostro se endureció. Según las
palabras de Amin, si él hubiera logrado venir solo no habría pasado nada, pero
el problema surgió porque Rensley lo descubrió.
“¿A qué te refieres con eso?”
“¿A qué de qué?”
“Según lo que dices… ¿significa que la integridad de Su Alteza
podría estar en peligro?”
Amin no respondió de inmediato. Se mordió el labio y contestó
con voz apagada:
“No lo sé.”
Esta vez, Rensley sintió un verdadero mareo. Sus manos
perdieron fuerza y soltaron el cuello de Amin. Ante el repentino silencio de
Rensley, Amin continuó a modo de excusa:
“¡Tu intrusión no estaba en mis planes! A esa hora no suele
haber nadie más que los guardias y magos del laboratorio. Por qué tenías que…
Justo cuando apareciste con todos esos soldados, yo también me puse nervioso.”
“… Ya basta. Dime cuál es el peor de los escenarios.”
“¿Qué?”
“Dime qué es lo peor que podría pasarle a Su Alteza ahora
mismo.”
La voz de Rensley, siempre brillante y amable, se hundió en
una frialdad inusual. Tras dudar un largo rato, Amin habló:
“Podría no haber ningún problema…”
“……”
“… O el lazo de maná que ataba el alma de Su Alteza al mundo
de los vivos podría haberse roto.”
Rensley no dijo nada. Amin, ansioso, continuó con su
explicación:
“¡Pero eso no significa necesariamente la muerte! Un cuerpo
sin alma puede mantener sus reacciones vitales. Sigue respirando, pero no tiene
conciencia…”
“Ese es el estado en el que está Su Alteza ahora.”
“Sí. Esté o no cortada la conexión con el Inframundo, no
significa que Su Alteza haya muerto. Solo que…”
“¿Hay alguna forma de comprobarlo desde aquí?”
Amin negó con la cabeza en silencio. Rensley continuó con las
preguntas:
“¿Y nosotros? ¿En qué estado estamos nosotros?”
“… Eso tampoco es seguro. Mi intención original era entrar
vinculando mi cuerpo y alma como hizo Su Alteza, pero hubo una interferencia.
El hecho de que estés aquí conmigo significa que tu sangre también se mezcló
cuando se activó la magia.”
Rensley recordó el dolor punzante de la daga rozando sus
dedos. Soltó un quejido de agonía y preguntó una vez más:
“… Entonces, ¿qué es lo primero que debemos hacer para
solucionar esto?”
Sus miradas se cruzaron. Rensley ya anticipaba la respuesta, y
Amin confirmó sus sospechas:
“Encontrar el alma del Gran Duque.”
No hacían falta más palabras. El viaje al Inframundo, que
progresaba sin problemas, se había torcido por una razón absurda, pero ya
habían pasado suficiente tiempo lamentándose y culpándose mutuamente.
Ahora que las almas de los Grandes Duques habían caído
repentinamente al Inframundo, el caos en Oldenlandt debía de ser total, y el
deber de Rensley era encontrar pronto a Giesel para informarle de la situación.
Giesel, que ya llevaba tiempo en el Inframundo, era la persona con más
posibilidades de resolver este desastre.
Sin embargo, si realmente algo le había pasado al cuerpo
físico de Giesel…
Rensley apretó los puños. Pensar en lo peor solo le quitaría
energías. No sabía dónde estaba Giesel, a dónde ir o qué clase de lugar era
realmente el Inframundo, pero no tenían más remedio que empezar a caminar. Amin
y Rensley abrieron la puerta del laboratorio con cautela.
“Esto es…”
El paisaje fuera del laboratorio no era Laudken. Al abrir la
puerta, solo se veía el cielo y la tierra. Rensley observó lentamente a su
alrededor. A primera vista, no parecía diferente del mundo humano, pero sentía
una extrañeza profunda en su corazón. En el bosque de la loba, la sensación de
irrealidad provenía de los paisajes y el cielo fantásticos; pero aquí…
Quizás por la imagen que proyecta la muerte, muchos imaginan
el Inframundo como un mundo lúgubre y oscuro. Pero era todo lo contrario: allí
no existía la oscuridad. Una sensación de que el mundo había sido invertido en
silencio envolvió a Rensley.
El cielo sobre ellos no era del color rojo oscuro que
imaginaba, sino de un blanco plateado como la luz de las estrellas. No había
fuentes de luz como el sol o la luna, ni nubes, pero todo el cielo brillaba
suavemente, difundiendo una luz indirecta cuya fuente era imposible de
identificar. Esa luz era tan constante y serena que daba la ilusión de que el
tiempo no transcurría, sin importar cuánto se quedaran allí.
“La puerta desapareció.”
Ante las palabras de Amin, Rensley miró hacia atrás. La puerta
del laboratorio que acababan de cerrar se había esfumado; ahora estaban de pie
sobre una llanura vacía.
“¿Sabes a dónde debemos ir?” Rensley preguntó con calma.
“Se dice que en el Inframundo también hay un castillo real.
Puesto que el Gran Duque vino aquí tras pactar con el Inframundo, lo más rápido
será ir al castillo y averiguar qué ha pasado.”
“¿Y sabes dónde está el castillo?”
“… Tendremos que buscarlo.”
Tras las palabras de Amin, Rensley soltó un breve suspiro y
empezó a caminar. No tenían mapas y no sabía cómo encontrarían el castillo en
medio de ese vacío, pero quedarse quietos no serviría de nada.
“Hay una bifurcación.”
Tras caminar un rato por un sendero recto, el camino se
dividió en dos. Mientras dudaban qué hacer, una puerta apareció en uno de los
lados, como dándoles la respuesta.
“¿Crees que sea seguro abrirla?” Rensley preguntó con
desconfianza.
“Bueno, cuando llegamos también salimos por una puerta…” Amin
dudó, pero pareció decidirse. “Yo entraré primero. Tú sígueme, Mallosen.”
“¿Qué?”
“El hecho de que cayeras aquí fue por mi culpa, así que yo iré
delante.”
“Ah, olvídalo. Si yo fuera un hombre tan mezquino, ¿crees que
te habría dejado vivir en primer lugar?”
Considerando lo que Amin le hizo mientras estaba en manos de
Felyx, nadie se sorprendería si Rensley hubiera usado su poder como La Gran
Duquesa para borrarlo del mapa. Pero Rensley no solo lo había perdonado, sino
que mantenía una relación cercana con él. Por mucho que intentara ser frío, a
los ojos de Rensley, Amin era una víctima que fue utilizada y desechada por
Felyx, alguien que no era tan diferente de él mismo.
Al abrir la puerta, un lugar familiar apareció de nuevo ante
sus ojos. La primera vez que despertaron fue el laboratorio de Giesel, pero
esta vez era la sala de audiencias del Castillo de Laudken. Al cruzarla, la
puerta volvió a desaparecer, y el proceso se repitió en la siguiente
bifurcación.
Los paisajes aparecían al azar: los jardines del norte, el
salón central de la torre principal de Laudken, a veces la torre de la muralla
exterior donde Giesel solía recluirse, la biblioteca llena de libros e incluso
la capilla donde celebraron su boda. Todos los espacios eran familiares, pero
al observar con atención, se sentían diferentes a la realidad.
En los rincones, las formas estaban distorsionadas de manera
irreal. Al principio, ver paisajes conocidos le dio seguridad, pero al
repetirse, empezó a resultarle siniestro.
“¿Qué significa esto?” Rensley susurró.
Amin también parecía sentir la extrañeza. Observó a su
alrededor en silencio y respondió con tono dubitativo:
“Creo que son… recuerdos.”
“¿Recuerdos?”
“Escuché que a medida que desciendes a las capas más profundas
del Inframundo, la presión espiritual, que es diferente a la del mundo humano,
devora los recuerdos de las personas. Si este es ese proceso…”
“¡¿Qué?! ¡¿Me estás diciendo que mis recuerdos están siendo
devorados?!”
Incluso mientras explicaba, Amin parecía confundido.
“No lo sé. Estos son tus recuerdos, yo no tengo estas
memorias… pero yo también puedo ver este paisaje.”
Si fuera un proceso de pérdida de memoria, Amin debería ver
sus propios recuerdos. Sin embargo, solo aparecían paisajes de la memoria de
Rensley. Amin ladeó la cabeza.
“El ecosistema del Inframundo es un misterio absoluto para
nosotros. Pero si aquí también existen seres equivalentes a los espíritus…
quizás esto sea posible gracias a tu habilidad.”
“¿Mi habilidad? ¿A qué te refieres?”
“En cada bifurcación aparece una puerta, ¿no? Es como si
alguien te estuviera guiando. Yo nunca he estado aquí, pero… me parece extraño
que nosotros, que no somos contratistas como Su Alteza, estemos caminando sin
ninguna interrupción.”
Era algo que también intrigaba a Rensley. Giesel ya había
pactado la entrega de su alma y era alguien a quien el Inframundo
"necesitaba"; era un "invitado" que venía a negociar una
situación injusta. En cambio, ellos dos eran seres extraños que no tenían
ningún vínculo con el Inframundo ni habían muerto. Eran, por así decirlo,
intrusos o visitantes inesperados.
Avanzar con tanta fluidez y sin obstáculos era ciertamente
sospechoso. Nadie en el mundo de los vivos habría imaginado que alguien que no
ha muerto pudiera pasear por el Inframundo como si diera una caminata.
Sin embargo, las dudas pronto se disiparon. Tras cruzar varias
puertas en las bifurcaciones, el camino se ensanchó y empezaron a aparecer
personas. O mejor dicho, almas, puesto que no eran seres vivos.
Siguiendo a la gente, llegaron a lo que parecía una gran plaza
como la de cualquier ciudad, donde las personas caminaban con normalidad. Se
veía a gente conversando, riendo y charlando con tal serenidad que casi hacía
olvidar que aquello era el Inframundo.
Todo parecía cotidiano. Amin y Rensley, incapaces de ocultar
su asombro, observaban los alrededores con cautela y lentitud.
Entre los vivos predominaba la teoría de que el Inframundo era
una tierra de muerte llena solo de oscuridad y melancolía. Pero tanto los
transeúntes que hablaban con normalidad como los comercios alineados y la
fuente labrada que decoraba la plaza estaban lejos de ser oscuros o lúgubres.
Así que el más allá es así, pensó Rensley. Ambos
guardaron silencio por un momento ante la pura fascinación. Si el mundo que
aguarda tras la muerte no es tan diferente del humano, quizás morir no sea algo
tan aterrador.
Pero no podían quedarse embobados eternamente. Rensley decidió
ponerse en marcha; tenían un objetivo y debían averiguar cómo llegar al
castillo real.
“Buenos días, posadero.”
“Bienvenido.”
El dueño de un puesto ambulante respondió con amabilidad al
alegre saludo de Rensley. Rensley se relajó un poco y preguntó:
“Todo se ve tan delicioso que no pude pasar de largo. ¿Cuánto
cuestan dos brochetas?”
“Ja, ya que lo pone así, tendré que darle un descuento. Solo
son 8 pinas.”
“Un momento.”
Rensley buscó afanosamente en sus bolsillos. Pero, por
supuesto, no tenía dinero. En el Castillo de Laudken, Rensley tenía una fortuna
que envidiaría cualquier miembro de la realeza, pero ahora mismo lo habían
arrastrado al Inframundo mientras daba un paseo nocturno hacia la biblioteca.
No venía preparado para un viaje, así que no tenía fondos. No tuvo más remedio
que pedirle a su acompañante.
“Oye, Amin. ¿Tienes algo de dinero?”
Por suerte, parecía que Amin sí había preparado algo. Rebuscó
en la bolsa que colgaba de su cinturón y sacó una moneda de plata. Pero el
dueño negó con la cabeza frunciendo el ceño.
“Esa moneda no sirve aquí. Tienen que cambiarla. ¿No pasaron
por el puerto? Hay una casa de cambio en la puerta principal, vayan a cambiar y
vuelvan.”
Ambos parpadearon confundidos. Habían llegado de forma natural
abriendo las puertas que aparecían, así que no sabían que hubiera una
"puerta principal". Sin embargo, como el verdadero objetivo no eran
las brochetas, Rensley aprovechó para cambiar de tema.
“Parece que nos hemos perdido un poco. ¿Sabe hacia qué
dirección queda el castillo real?”
“¿El castillo? Llegar no es difícil, pero ¿para qué quieren
ir?”
“Ah, bueno, si sabe dónde está, ¿podría decirnos?”
“¿Ven esa calle principal? Solo síganla recto. Hay carruajes
que llevan hasta el castillo, así será más cómodo.”
Tras hablar, el dueño observó a Rensley con curiosidad.
¿Dije algo malo?, pensó Rensley mientras sonreía como
si nada.
“¿Pasa algo? ¿Dije algo extraño?”
“No. Solo me preguntaba por qué querrían ir al castillo.
Llegar es fácil, pero ¿quién querría ir allá? A menos que reciban una citación
oficial.”
“¿Ah, sí? ¿Por qué?”
“Vaya, ustedes no saben nada. Porque nada bueno sale de que
los de arriba te llamen. Dicen que si entras te va muy mal, hasta dicen que
nadie sale de allí por su propio pie.”
Rensley palideció. Giesel seguramente habría ido al castillo
para negociar. Recordó lo que dijo la loba: que los humanos que entregan su
alma al Inframundo se convierten en esclavos y pasan una existencia eterna
llena de sufrimiento…
¿Acaso fuimos demasiado ingenuos?
Pensar que todo iba bien solo porque el círculo mágico estaba
estable y el cuerpo de Giesel intacto quizás fue un error. ¿Cómo podían los
habitantes de Laudken saber lo que ocurría en este mundo lejano?
No, calma. La loba también dijo que incluso los seres
trascendentales no pueden ir contra las leyes universales. Puesto que el
Inframundo rompió el contrato, Giesel tenía las de ganar. La loba y Giesel eran
las personas más sabias que Rensley conocía, y si ambos eran optimistas
respecto a la negociación, no servía de nada atormentarse con dudas.
“Entonces iremos a cambiar dinero y volveremos.”
“Como quieran. Pero ahora que lo pienso, ¿no tienen fondos
para el viaje? Normalmente la gente viene preparada, ¿qué piensan hacer?”
El dueño habló con preocupación. Rensley sonrió con apuro.
“Cierto. No imaginé que se necesitara dinero en el Inframundo.
No se me ocurrió que habría que cambiar divisas.”
“Dicen que cuando alguien muere, se le pone dinero en el ataúd
para el viaje. Pensé que era solo una superstición, pero parece que no. Dicen
que las costumbres populares existen por una razón.”
Amin también asintió fascinado. Rensley pensó en la suerte que
tenían de que Amin hubiera traído dinero.
Es un dolor de cabeza, pero no tengo más remedio que
pegarme a él, pensaba Rensley, cuando de pronto…
“¿Posadero…?”
Rensley y Amin se callaron al sentir que el ambiente cambiaba
drásticamente. El dueño del puesto, que hasta hace un momento era amable, ahora
los miraba con un rostro aterrador. Con la boca cerrada y los ojos muy
abiertos, no les quitaba la vista de encima.
¿Qué pasa? Rensley intuyó que algo iba mal y retrocedió
con cautela. Miró a su alrededor y estuvo a punto de gritar. Las personas que
hace un momento estaban en sus asuntos en la plaza, ahora estaban todas
inmóviles, mirándolos con una furia asesina.
“¿Qué significa eso que dijo, viajero…?”
El dueño habló con una voz mucho más lúgubre. Rensley cerró la
boca con fuerza.
“¿Inframundo? ¿Morir? ¿Gente que muere?”
“Ah, no. Fue un error al hablar…”
“¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir?”
El rostro del dueño, antes amenazante, se distorsionó hasta
volverse irreconocible y empezó a repetir las mismas palabras como una caja de
música averiada. No era solo él. Todos en la plaza empezaron a transformarse
como si se contagiaran. Rensley, pálido, reaccionó y golpeó el hombro de Amin.
“¡Corre!”
En cuanto terminó de hablar, ambos empezaron a correr a toda
velocidad hacia la dirección donde se suponía estaba el castillo. Los
habitantes de la plaza parecían sumidos en el caos y el murmullo, y por suerte
no parecían tener intención de atacarlos físicamente. Pero lo mejor era
alejarse de allí.
¡Aaaaaaah!
Pero el alivio duró poco. Las almas de la plaza empezaron a
perseguirlos soltando gritos desgarradores. Su velocidad era increíble. Al ser
almas, quizás ya no tenían las limitaciones físicas de los vivos, porque todos
corrían con una rapidez asombrosa. En cambio, Amin, que no destacaba por su
capacidad física en el mundo humano, se quedaba atrás jadeando.
“¡Amin! ¡¿Por qué corres tan lento?!”
“Ah, tal vez… ufff… nosotros… uff… no estamos
muertos de verdad… uff… y nos afectan las limitaciones físicas.”
“¡Entonces usa magia!”
Por un instante, Amin pareció dudar. Rensley, aunque no era
mago, creyó entender sus dudas gracias a las lecciones de espiritismo. La magia
consume maná y altera el flujo de energía del mundo. A veces es algo sutil como
encender una cerilla, pero otras veces es masivo como un terremoto. Amin
seguramente temía que el flujo de maná delatara su presencia como intrusos. No
sabían cómo funcionaba la magia en el Inframundo y no quería llamar la
atención. Pero…
“¡Ya llamamos toda la atención posible!”
Ante el grito de Rensley, Amin pareció decidirse y alzó su
báculo.
“¡Directo al castillo… uff!”
“¡Entendido!”
“¡No sé qué… uff… pasará!”
“¡Solo hazlo!”
A Amin le costaba incluso recitar el conjuro mientras corría
para escapar de las almas. Pero finalmente el báculo emitió una luz azulada.
Gracias a que ya habían corrido un buen trecho, el castillo real se veía a lo
lejos. Al igual que la plaza, el castillo no tenía nada de especial; era
similar a los palacios del mundo humano.
“¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir?”
Justo antes de que las voces de los muertos los alcanzaran,
Rensley y Amin desaparecieron de la plaza. Las almas continuaron repitiendo lo
mismo y gritando, transformando la pacífica plaza en un escenario de caos
absoluto, habiendo olvidado ya qué era lo que perseguían.
✦
¡Pum!
Tras el hechizo de teletransportación, Rensley cayó al suelo
desde el aire. Por suerte no fue desde mucha altura, así que solo terminó con
un poco de dolor en el trasero. Se incorporó y revisó sus alrededores. No había
nadie. El lugar estaba lleno de objetos diversos sin orden alguno, por lo que
parecía ser un ático o un almacén.
Fue una suerte inmensa. Amin tampoco conocía la estructura
interna del castillo, así que debió fijar el destino por instinto. Y a pesar de
ello, llegaron a un lugar desierto.
“¿Amin?”
Rensley llamó a Amin en voz baja. Pero no hubo respuesta. Amin
no estaba por ninguna parte.
¿Nos separamos?
Parecía que, aunque viajaron juntos, cayeron en lugares
distintos. Amin había recitado el conjuro a toda prisa y su magia era del mundo
humano; no había garantía de que funcionara igual allí. No sería extraño que
hubiera un error, y ya era un milagro que el hechizo hubiera funcionado.
Había una puerta en un lado de la pared. Para confirmar si
estaba en el castillo real y encontrar a Giesel, debía cruzarla. Lo sabía, pero
le costaba extender la mano. La escena aterradora de la plaza seguía fresca en
su mente. ¿Qué encontraría afuera?
“Tú eres mi luz.”
De pronto, le pareció escuchar la voz de Giesel. Rensley
respiró hondo.
“Y eres mi primavera.”
Debo ser valiente. No es momento de dudar.
Rensley giró el pomo con cautela. Por la rendija de la puerta
que se abría sin ruido, le llegó de inmediato un ambiente ajetreado. Había
gente moviéndose de un lado a otro afuera.
“Intrusos… humano no registrado… no apto…”
Escuchar esas palabras le heló la sangre. Era obvio a quién se
referían. Estaban buscando a Rensley y a Amin.
¿Qué pasará si me descubren? ¿Servirá de algo pedir que me
dejen ver a Su Alteza? ¿Podremos volver a salvo al mundo humano?
Decidió abandonar el optimismo de que todo se resolvería
hablando y prepararse para lo peor. Cerró la puerta en silencio y pensó en su
siguiente paso. Empezó a revisar los objetos de la habitación. ¿Habría algo
útil para salir de allí?
Rensley tomó una de las prendas que colgaba al azar. Parecía
la ropa de los trabajadores del castillo; sería ideal para pasar desapercibido.
Mientras se cambiaba, sintió un dejà vu.
Se parece a cuando llegué a Laudken por primera vez.
En aquel entonces, también se puso la ropa de un trabajador de
la cocina para investigar. Recordó el pánico que sintió pensando que Giesel lo
descubriría. En aquel momento pensó que moriría, pero lejos de ser ejecutado,
terminó enamorándose de él y convirtiéndose en su esposo.
No debía perder el juicio, pero tenía un buen presentimiento.
Al igual que en aquel entonces encontró la felicidad, quizás ahora pasara lo
mismo. Tenía que ser así.
“Bien, vamos allá. Rensley Mallosen.”
Respiró hondo una vez más y abrió la puerta. Afuera seguía el
alboroto. Al caminar por el corredor, vio un gran salón donde estaban reunidos
caballeros con armaduras negras. A su alrededor, personas que parecían
trabajadores de bajo rango observaban y murmuraban. Por suerte, su vestimenta
era idéntica a la que Rensley había encontrado en el almacén.
[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
Los caballeros de armadura negra recitaban sus consignas con
voces graves antes de desaparecer uno por uno; era una imagen que erizaba la
piel. Más que humanos, parecían formas creadas a partir de humo denso y oscuro;
se veían siniestros a primera vista. Los trabajadores que murmuraban pegados a
las paredes parecían aterrorizados, lo que indicaba que esos caballeros eran
temidos incluso en el Inframundo. Rensley se acercó sigilosamente para
escuchar.
“¿Intrusión ilegal? ¿Cómo es posible algo así?”
“Dicen que usaron algún truco para causar el caos afuera y
luego huyeron. Los atraparán pronto ahora que los caballeros están en ello.”
Prisioneros… se refieren a mí y a Amin.
Rensley tragó saliva sin querer. Si lo atrapaban, estaba
acabado. Los murmullos de los trabajadores continuaron.
“Hace poco también entró un prisionero a las celdas. Después
de mucho tiempo.”
“¿Escuchaste sobre ese prisionero? Dicen que antes de venir
aquí era el rey que gobernaba un país.”
El corazón de Rensley dio un vuelco. Olvidó la precaución y
alzó la voz:
“¿Un… un rey?”
“¿No lo escuchó? Hacía mucho que no entraba nadie a las
celdas, y dicen que ese era su rango antes de llegar aquí.”
Al usar la expresión “antes de venir aquí”, parecía que las
almas del Inframundo no veían este lugar como el más allá, sino como "otro
espacio" al que llegaron por alguna razón.
Pero eso no era lo importante. Un prisionero que acababa de
entrar y que era un rey. Así como era obvio que los caballeros buscaban a Amin
y a Rensley, era evidente de quién estaban hablando los trabajadores.
Las expectativas de Giesel y los demás de que la negociación
sería posible estaban equivocadas. La loba tenía razón: quienes entregan su
alma al Inframundo por voluntad propia sufren una vida miserable.
Debía ir a las celdas. Giesel debía estar allí. Rensley estuvo
a punto de echar a correr, pero se detuvo al recordar que no sabía dónde
estaban las celdas. Apretó los dientes. Su corazón latía con tal fuerza que
todo su cuerpo temblaba, pero no podía perder los nervios ahora.
“¿No se necesita ayuda en las celdas?”
“¿Ayuda en las celdas? ¿Acaso piensas ir allá?”
“Bueno, si puedo ayudar…”
“Cielos, querer ir a ese lugar horrible… No vas porque te
obliguen, sino por voluntad propia. Eres alguien muy tenaz.”
“Jaja, bueno, hay que ser útil de alguna forma.”
“Pregúntale al supervisor. A aquel de allá.”
En un lado de una gran columna que sostenía el salón, estaba
un hombre con una ropa ligeramente distinta a la de los trabajadores. Rensley
corrió hacia él sin dudarlo.
“Supervisor, escuché que han llegado nuevos prisioneros a las
celdas. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?”
“Ciertamente nos falta personal. ¿Te ofreces como voluntario?”
“Sí, yo lo haré.”
“Limpiar las celdas es un trabajo duro y nadie quiere hacerlo.
Ofrecerte te dará puntos extra. ¿Cuál es tu nombre? Te daré 20 puntos ahora
mismo.”
¿Nombre? Rensley se quedó sin palabras. No esperaba que
le preguntaran su nombre de repente. El supervisor golpeó sus papeles con la
pluma, apurándolo.
“Ah, bueno…”
“Rápido.”
Empezó a sudar frío. En un momento en que se hablaba de
intrusos ilegales y humanos no registrados, decir su nombre sería
delatarse.
¿Qué hago? Rensley apretó los puños. Podría intentar
huir, pero si no encontraba a Giesel, huir no serviría de nada. Sería mejor
convertirse en prisionero e ir a las celdas con él…
“Es que…” De pronto, Rensley recordó las palabras de Amin. No
perdía nada con intentarlo. “Lo olvidé.”
Ante eso, el supervisor soltó una risita burlona como si no
fuera nada nuevo y guardó sus papeles en el cinturón.
“Vaya, parece que eres un recién llegado.”
“Sí, sí, así es.”
Amin dijo que en el Inframundo se devoraban los recuerdos.
Aunque Rensley no estaba muerto y sus recuerdos estaban intactos, pensó que esa
excusa podría funcionar si lo que dijo Amin era cierto… Y funcionó.
“Sígueme. Las celdas están en otro sector.”
“Entendido.”
En ese momento, el salón central, que se había calmado tras la
partida de los caballeros, volvió a agitarse. Los caballeros que habían salido
del castillo estaban regresando.
[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
Rensley abrió los ojos con horror. Uno de los caballeros
negros traía a un prisionero atado con una soga. El prisionero era, sin duda,
Amin. Rensley estuvo a punto de gritar, pero logró contenerse.
Amin también lo vio y puso cara de asombro. Pero el contacto
visual fue solo un instante. Ambos fingieron no verse para no delatarse. Si las
cosas habían llegado a ese punto, al menos uno de ellos debía quedar libre para
cumplir su objetivo. Sin embargo, por mucho que intentara mantener la calma,
era difícil engañar a quien estaba cerca. El supervisor que estaba junto a
Rensley preguntó con burla:
“Oye, ¿por qué te tiemblan tanto las manos de repente? Pareces
un criminal.”
Ante esas palabras, las miradas de todos se clavaron en
Rensley.
No puede ser. Rensley sonrió rápidamente y respondió:
“Ah, es que no he comido nada desde la mañana y me faltan las
fuerzas.”
La expresión del supervisor se endureció. Rensley miró a su
alrededor rápidamente. Todos lo miraban con la misma frialdad que la gente de
la plaza.
¿Qué dije mal esta vez? Vio que vendían brochetas en la
plaza. Aunque fueran almas del Inframundo, no era posible que no comieran, así
que ¿por qué otra vez esa reacción?
“¡Mallosen, huye!”
Gritó Amin. Tenía razón. No importaba por qué sus rostros se
habían endurecido. Lo importante era que había cometido un error al hablar y
debía irse de allí antes de que descubrieran quién era. En cuanto Amin recitó
un conjuro, Rensley apareció instantáneamente en lo alto de las escaleras del
segundo piso. Los caballeros negros estaban cerca, pero Amin le había ganado
unos segundos valiosos.
[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
[El lugar está listo, debe ser ocupado.]
Las voces que resonaban en el primer piso empezaron a moverse.
Venían tras él. Rensley no miró atrás. Mientras corría, vio un carro cargado de
barriles de licor.
Lo siento, pero mi vida es lo primero. Rensley saltó
sobre el carro y derribó todos los barriles. Entre los gritos de sorpresa de la
gente, los pesados barriles rodaron rápidamente por el pasillo. Los caballeros
negros los esquivaron como si nada, pero en ese intervalo, Rensley cruzó una puerta.
Atravesó a la gente que trabajaba y corrió sin mirar atrás hasta salir de nuevo
a otro pasillo.
Era un corredor de la planta baja, con un techo tan bajo que
casi rozaba su cabeza. El pasillo trasero de las cocinas, por donde solo
pasaban los sirvientes. El suelo de piedra era irregular y las paredes estaban
llenas de tinajas y cajas de madera.
Escuchó las voces lúgubres de los caballeros detrás de él;
estaban entrando en el pasillo. No creía que pudiera despistarlos simplemente
corriendo.
Estaba en el castillo y no quería huir hacia afuera. En un
castillo de ese tamaño, debía de haber algún rincón donde esconderse. Al
revisar las paredes con desesperación, finalmente encontró un pequeño hueco por
donde cabía su cuerpo.
Sin dudarlo, Rensley se metió en el agujero y gateó por el
estrecho conducto. Por fortuna, los caballeros negros no parecieron notar el
escondite, pues escuchó cómo pasaban de largo recitando sus consignas.
Aunque los había despistado, no podía relajarse. Normalmente,
esos agujeros en las murallas eran desagües o, en el peor de los casos,
conductos de humo o ceniza. Podría terminar muy mal. Gateó por el suelo con
todas sus fuerzas, rogando salir de allí sin incidentes. Finalmente, vio la
salida.
“¡Uff!”
Al salir con prisa, Rensley soltó un suspiro de asombro. El
techo de la habitación a la que llegó era muchísimo más alto que el de los
pasillos anteriores. Pensó que podría saltar fácilmente, pero el suelo estaba
muy abajo.
Se detuvo justo antes de lanzarse. Por suerte, cerca de sus
pies había un mueble que parecía una estantería; saltó con cuidado sobre él y
fue descendiendo usando los salientes hasta llegar al suelo.
Cuando sintió que el suelo estaba cerca, saltó con agilidad.
Aterrizó con la elegancia de un gato, casi sin hacer ruido. Rensley alzó la
vista para observar el lugar.
“Esto es…”
Era el lugar más silencioso de todos los que había recorrido
en el castillo. No se veía a ningún caballero ni sirviente. Sin embargo, no
parecía un lugar abandonado. Era un salón inmenso, con un techo en forma de
cúpula que le daba un aire majestuoso. A diferencia de otros lugares del
Inframundo donde la luz y la sombra eran tenues, este lugar era algo oscuro.
Pero la luz plateada del exterior caía desde el centro del techo como una
cortina, por lo que no se sentía tenebroso.
Comprendió el propósito de la habitación tras caminar unos
pasos. Las paredes del amplio salón estaban cubiertas de estanterías llenas de
libros, con escaleras apoyadas aquí y allá para alcanzar los niveles altos. En
el centro, una estantería cilíndrica se elevaba como una torre, indicando
claramente la función del lugar.
Un despacho o una biblioteca… Al darse cuenta de dónde
estaba, la añoranza se hizo más fuerte. Aquel lugar le recordaba
inevitablemente a la persona que más amaba.
Creeeck.
No tenía tiempo para sentimentalismos. En aquel lugar
silencioso, de repente se escuchó un ruido. El sonido de una puerta abriéndose
fue seguido por pasos firmes. Rensley contuvo el aliento y agudizó el oído.
Eran los pasos de una sola persona. Como los caballeros solían moverse en
grupo, era probable que no fuera uno de ellos.
Rensley subió rápidamente por una de las escaleras. Pensaba
esconderse sobre una de las estanterías. Pero antes de que pudiera subir por
completo, el dueño de los pasos apareció.
Rensley se quedó sin respiración.
¿Es un sueño o una ilusión?
Estaba en el Inframundo. No debía creer en todo lo que veía.
Podía haber magia, ilusiones, almas… cualquier cosa. Sabía que debía
desconfiar, pero estaba demasiado desesperado para ser racional. Sin quitarle
la vista de encima a la figura que había aparecido, bajó la escalera a toda
prisa.
“¡Ah!”
Lo normal era que resbalara. A mitad de la escalera, Rensley
perdió el equilibrio y cayó al suelo.
¡Pum!
Aterrizó de sentón, pero no tenía tiempo para quejarse del
dolor. Antes de levantarse, alzó la cabeza y se encontró con la mirada del
hombre que lo observaba desde arriba. Él también parecía muy sorprendido y
miraba a Rensley con los ojos muy abiertos.
Era la imagen que tanto había buscado. El largo cabello negro
que caía por su espalda, los ojos color ámbar, la capa negra que lo cubría de
los hombros a los pies. Aquel rostro elegante y frío era el de Giesel Zvendard,
sin ninguna duda.
“Su Alteza.”
Rensley fue el primero en hablar. Sintió un nudo en la
garganta y sus ojos se humedecieron. Al ver a la persona que creía encerrada en
una celda frente a él, luciendo como siempre, sintió una oleada inmensa de
alivio. La alegría y el alivio se mezclaron de tal forma que sintió ganas de
llorar. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia él.
“¡Su Alteza! ¡Su Alteza!”
Aunque por fuera podía parecer frío e incluso aterrador, sabía
que era la persona más dulce del mundo. Había extrañado sus brazos fuertes y su
pecho cálido durante todo ese mes. Y en ese momento, lo necesitaba más que
nunca.
Rensley corrió hacia él sin ninguna duda, pero no fue recibido
por el abrazo de su esposo. Giesel detuvo a un Rensley que se lanzaba hacia él
con una sola mano, frunciendo levemente el entrecejo.
“¿Cómo entraste aquí?”
Rensley se quedó con la boca abierta. Tenía mucho que
explicarle sobre cómo llegó allí. Quería contarle el desastre que causó Amin,
cómo terminó él también en el Inframundo y todo lo que pasó hasta encontrarlo…
Pero Giesel no le estaba pidiendo una explicación por su bienestar. Sus
palabras y su expresión eran, claramente, un reproche por estar en un lugar
donde "no debía" estar. Un escalofrío recorrió su espalda.
“Su Alteza.”
“Nadie puede entrar aquí sin mi permiso. ¿Nadie te lo enseñó?”
“¡Su Alteza! ¡¿De qué está hablando?!”
No puede ser.
Es imposible, no puede estar pasando, se repetía
Rensley en su mente, pero las palabras de Amin volvieron a resonar en su
cabeza: “Escuché que a medida que desciendes a las capas más profundas del
Inframundo, la presión espiritual devora los recuerdos de las personas. Si este
es ese proceso…”
“¡Soy yo, Rensley! Rensley Mallosen. ¡Soy tu Gran Duquesa!”
Gritó con voz temblorosa, pero la expresión de Giesel no
cambió. Al contrario, su entrecejo se frunció aún más con una molestia
evidente. Giesel habló con frialdad:
“Hubo un alboroto afuera, parece que la razón estaba escondida
aquí.”
Rensley sintió que el mundo se desmoronaba tras haber escapado
de tantos peligros. No servía de nada negar la realidad. Tuvo que aceptarlo.
La persona que más amaba en el mundo, y la que más lo amaba a él, lo había olvidado por completo.