Campo de Invierno

Side 3

Reencuentro

El tiempo transcurrió sin mayores incidentes.

Ya había pasado más de la mitad del mes previsto. Giesel permanecía sumido en su sueño, y su cuerpo físico no había sufrido ningún daño. Aquel letargo profundo se mantenía estable, sin que su respiración vacilara ni una sola vez, y el círculo mágico que vinculaba su alma con el mundo de los vivos seguía funcionando tras más de veinte días sin el menor error.

Llegados a este punto, la inquietud de quienes aguardaban comenzó a disiparse. Lo mismo ocurrió con Rensley. La tristeza y la solemnidad del principio, cuando se sentía como alguien que enfrenta una muerte real, se calmaron, y empezó a creer sinceramente en las palabras de Giesel, quien tanto había insistido en que el viaje al Inframundo no sería mortalmente peligroso. A veces, incluso soltaba una risita al recordar lo ansioso que estuvo por dudar del mejor mago del continente.

“Será mejor decidir esta parte cuando regrese Su Alteza. Por ahora, procedan según lo establecido y reporten de inmediato si surge cualquier variable.”

“Entendido, Alteza.”

Ejercer como regente, algo que al principio le causaba una preocupación monumental, resultó ser más llevadero de lo esperado. Afortunadamente, durante la primavera en Oldenlandt no abundaban los asuntos que requirieran grandes decisiones, y los mayores esfuerzos se centraban en reparar y reforzar las defensas de cara al próximo invierno.

La labor de Rensley consistía en posponer los asuntos difíciles para cuando Giesel volviera, mientras se aseguraba de que nada de lo que ya estaba en marcha se omitiera o perdiera ritmo.

“Lo está haciendo muy bien, Su Alteza Gran Duquesa.”

“Ah, habría sido imposible sin su ayuda, Lady Freeda.”

Sentados en el despacho que Giesel había dejado vacío, Rensley y Freeda se elogiaban mutuamente mientras revisaban los informes llegados de los distintos feudos. Aunque sus días transcurrían con más normalidad de la temida, era inevitable que ambos lucieran un poco agotados. Aun con el semblante más cansado de lo habitual, Rensley sonrió al mirar por la ventana.

“Al menos ya falta poco. Solo hay que resistir unos días más y Su Alteza regresará.”

“Me alivia que todo progrese mejor de lo esperado. Los magos reales dicen que, a este paso, no habrá ningún problema.”

“Sí, dicen que si hubiera surgido algún inconveniente en el Inframundo, el círculo mágico ya habría enviado una señal.”

“Lo felicito. Cuando el Gran Duque regrese, finalmente serán una pareja con un heredero legítimo.”

Rensley negó con la cabeza, un tanto apenado.

“Pero tengo entendido que el trono de Oldenlandt no se hereda necesariamente al hijo biológico del rey.”

“Incluso si el trono pasara a manos de otro, ¿no es motivo de alegría tener un hijo que lleve la sangre de ambos y continuar con el linaje? Debido a las circunstancias del norte, dependemos mucho de la criatura invocada que manejan los reyes sucesivos, pero…” Freeda bajó un poco la voz con una sonrisa. “Sinceramente, creo que su hijo se convertirá en el próximo Gran Duque de forma natural. Sería difícil esperar mejores aptitudes para albergar y controlar a la criatura invocada.”

Era algo incierto. Se decía que el padre de Giesel, a pesar de haber sido elegido por la criatura invocada, no pudo cumplir su rol como Gran Duque debido a su propia locura.

No era algo que pudiera decir en voz alta, pero Rensley se preguntaba si ser el Gran Duque era realmente algo tan bueno, considerando las obligaciones que Giesel cargaba y el dolor que estas le habían causado.

Sin embargo, tal como decía Freeda, sería una alegría obtener ese fruto que creía imposible, sin importar quién ocupara el trono. Se unirían para criarlo y que pudiera disfrutar de tanta felicidad como fuera posible, sin importar el destino que le aguardara. Incluso si ahora su posición no fuera la más honorable.

A pesar de sus respectivos destinos, Giesel y Rensley finalmente habían encontrado la felicidad, así que no había razón para que su hijo no pudiera hacer lo mismo.

“Desearía que Su Alteza regresara pronto.” murmuró Rensley para sí mismo mientras observaba el exterior. Tenía muchas ganas de vivir su segunda primavera en Oldenlandt, pero no imaginó que el tiempo a solas sería tan largo.

A mitad de la noche, Rensley despertó de repente.

Al abrir los ojos, notó que las ventanas traqueteaban. Aunque la primavera en Oldenlandt solía ser más cálida, de vez en cuando aumentaban vientos fuertes como ese. Al ser brisas primaverales no eran gélidas, pero su velocidad era tal que, en días así, la gente solía atar sus pertenencias en el exterior para que no salieran volando.

Aprovechando que estaba despierto, bebió un vaso con agua y volvió a acostarse, pero el sueño no parecía tener intención de regresar.

¿Qué hago? pensó antes de levantarse. 

En lugar de forzar el sueño, decidió aprovechar ese despertar temprano para disfrutar de un poco de tiempo libre por primera vez en mucho tiempo. Desde que Giesel partió al Inframundo dejándole los asuntos de Estado, Rensley había estado consumido por la ansiedad y por una carga de trabajo que se había duplicado, por lo que apenas había tenido momentos para sí mismo.

No es que tuviera grandes pasatiempos, pero… 

¿Quizás podría hojear alguna novela que no haya podido leer últimamente?

Rensley soltó una risita. El hecho de poder permitirse ese lujo era señal de que ya confiaba en que Giesel estaba a salvo. Hasta hace poco, estaba tan sumido en la angustia que ni siquiera se le habría ocurrido dedicar tiempo a sus aficiones. Al salir de la habitación, los dos soldados que montaban guardia inclinaron la cabeza.

“¿Ya despertó, Su Alteza?”

“Pienso ir un momento a la biblioteca.”

“Entendido, lo escoltaremos.”

Tener que ir acompañado incluso para un trayecto tan corto y trivial como ir del dormitorio a la biblioteca era una de las mayores molestias desde que se convirtió en La Gran Duquesa. Aunque ya estaba más o menos acostumbrado.

Clac, clac, clac…

Rensley observó las ventanas de la muralla. Por alguna razón, sentía que el viento lo perseguía en cada paso que daba desde que salió de su habitación.

“… ¿Sopla mucho viento afuera?” preguntó Rensley a sus escoltas. 

Uno de ellos abrió una de las ventanas.

“No parece un clima con vientos fuertes, Su Alteza.”

La expresión de Rensley, algo somnolienta hace un momento, se agudizó. El viento que creía era cuestión del clima lo estaba siguiendo. Cerró los ojos y agudizó el oído. Al concentrarse, lo que antes le parecían simples silbidos de aire revelaron su verdadera naturaleza: los espíritus estaban enviando señales de peligro.

“¡Llamen a más guardias de inmediato y avísenle al Capitán de los Caballeros que regrese al castillo!”

Ante la orden tajante en plena noche, los escoltas lucieron desconcertados, pero no preguntaron el motivo. Pronto tocaron los cuernos portátiles de emergencia y Rensley apresuró el paso.

Mientras el castillo comenzaba a agitarse, Rensley cambió de dirección. Su destino no era la biblioteca, sino el laboratorio donde se encontraba el círculo mágico de Giesel.

Para mantener el círculo sin alteraciones y proteger a Giesel, los caballeros montaban guardia afuera y los magos reales adentro, día y noche. Eran personas de total lealtad, allegados a Giesel que conocían bien la situación.

Sin embargo, por alguna razón, los caballeros que debían estar frente al laboratorio estaban todos dormidos. Algo iba mal. Rensley abrió la puerta de golpe y se encontró con la misma escena: los magos que debían custodiar el cuerpo de Giesel y el círculo mágico estaban desparramados por el suelo.

“¡Rápido, por aquí!”

“¡Su Alteza, retroceda! ¡Es peligroso!”

Los soldados gritaban alarmados, pero Rensley no los escuchaba. Cruzó el umbral del laboratorio. En el interior, se encontraba alguien completamente inesperado. Rensley pronunció su nombre con voz atónita.

“¿Amin?”

El personal que custodiaba el laboratorio estaba formado solo por los allegados más leales a Giesel. A pesar de su gran contribución al éxito del viaje al Inframundo, Amin no había sido incluido en el grupo que vigilaba el círculo mágico. Él no era un mago real de Oldenlandt ni había jurado lealtad a Giesel. Al contrario, cuando se conocieron eran enemigos, y la opinión general era que, aunque su hostilidad hubiera desaparecido, no era apto para esa misión. El propio Amin lo había aceptado. Y sin embargo…

“¡Amin! ¡¿Qué crees que estás haciendo?!” Rensley alzó la voz. 

Amin estaba de pie en medio del círculo mágico, sosteniendo su báculo y una daga mientras recitaba un conjuro.

¿Acaso Amin todavía odia a Giesel? pensó Rensley. 

Prácticamente ellos lo habían rescatado de las garras de Felyx. La benevolencia de Giesel al confiar en su talento parecía haber sido devuelta con una traición. Mientras Rensley callaba por el impacto, Amin le gritó:

“¡No te acerques, Rensley Mallosen!”

El alboroto nocturno había despertado no solo el laboratorio, sino a todo el castillo. Tanto los caballeros que seguían a Rensley como todo el personal de guardia convergían hacia el laboratorio. La expresión de Amin se volvió ansiosa.

Rensley entró en el círculo mágico. Vio que la mano de Amin sangraba. 

¿Un hechizo que usa sangre? 

Sus intenciones eran oscuras, pero al recordar que Amin era un mago negro, el rostro de Rensley se endureció.

“¡Bájate de ahí, Amin!”

“¡Te dije que no te acerques!”.

“¡Explícame qué está pasando! ¡¿Qué estás…?!” La frase de Rensley se cortó. 

“Maldición, ya es tarde.” creyó escuchar la voz de Amin en un murmullo frustrado.

Su conciencia comenzó a nublarse y sintió su cuerpo pesado como el plomo. La mano que Rensley extendió para arrebatarle la daga falló y sintió un dolor punzante, pero pronto incluso el dolor se anestesió. Una debilidad desconocida lo envolvió por completo, como si lo arrastraran al fondo de un pantano sin fin.

¿Qué demonios estás haciendo? gritó Rensley en su mente, incapaz de articular palabra, mientras se hundía en una oscuridad absoluta. Sin tener la menor idea de lo que acababa de suceder.

“¡Rensley!”

“¡Rensley Mallosen!”

Alguien gritaba su nombre desesperadamente. 

Ah, qué molestia. Quiero dormir un poco más… Rensley frunció el entrecejo y negó con la cabeza.

“Déjame en paz…”

“¡Reacciona, Mallosen! ¡Abre los ojos ahora mismo!”

Ante la insistencia de alguien que lo sacudía por los hombros, no tuvo más remedio que abrir los ojos. Al incorporarse tambaleante, Rensley miró con fastidio a la persona frente a él.

“… ¿Amin?”

Al oírlo, Amin soltó un suspiro de alivio. Al ver a Amin frente a él, los eventos recientes que había olvidado por un momento regresaron de golpe a su mente.

Lo lógico habría sido agarrar a Amin por el cuello y exigirle una explicación, pero antes de eso, Rensley observó lentamente a su alrededor. El entorno era el mismo laboratorio de Giesel que vio antes de perder el conocimiento. Parecía que no había pasado nada grave y que solo se había desmayado un momento. Rensley soltó un suspiro de alivio, pero al segundo siguiente, una sensación extraña lo dejó petrificado.

¿A dónde se fueron todos?

Los magos y caballeros que estaban desmayados, los escoltas que lo seguían… No había nadie.

El paisaje también resultaba extraño. Claramente era el laboratorio de Giesel, pero había algo sutilmente diferente. No estaba el círculo mágico que emitía luz en el centro ni, lo más importante, Giesel, que debería estar recostado en la cama. Solo estaban Rensley y Amin. 

“¿Dónde estamos?” Rensley preguntó con el entrecejo fruncido.

“En el Inframundo.”

Rensley guardó silencio.

Ciertamente, este lugar desprendía una extrañeza mucho más intensa que el bosque de la Loba Blanca. Una diferencia difícil de expresar con palabras, pero que le hacía intuir que no era el mundo donde habitan los humanos. Rensley miró fijamente a Amin y dijo con calma:

“Amin, dime que esto es una broma.”

“¿Quién gastaría una broma así?”

“¿Si no es una broma, entonces qué? ¿Qué demonios hiciste? ¡¿Por qué hiciste esto?!”

“¡Este era mi objetivo original! He estado investigando el Inframundo desde que estaba en el instituto. Solo uní fuerzas con el Gran Duque porque nuestros objetivos coincidían por un momento. Mi contribución en esto fue enorme, ¡así que tengo derecho a usar el círculo mágico que ayudé a construir!”

Rensley balbuceó frente a un Amin que, para colmo, estaba indignado. No había otra razón, la situación era tan absurda y desconocida que no sabía qué decir.

“… ¿El Inframundo? ¿Aquí?”

“Sí. He estado investigando cómo venir aquí. Habría venido tarde o temprano, incluso sin el Gran Duque. Mallosen, si no me hubieras estorbado, habríamos llegado sin problemas.”

Amin se quejaba con resentimiento. Fue entonces cuando Rensley recuperó el juicio por completo y agarró a Amin por el cuello de la túnica.

“¿Estorbado? ¡Tú invadiste el círculo mágico de Su Alteza! ¡¿Qué intentabas hacer?! Los magos insistieron mil veces antes de que Su Alteza partiera que ese círculo era el vínculo entre este mundo y el Inframundo, ¡y que jamás debía ser alterado!”

“¡Te digo que si no hubieras interferido habríamos llegado sin incidentes! ¡Yo estaba perfectamente preparado, pero tú apareciste en ese momento…! ¿Tienes idea del papel que desempeñé para construir ese círculo? ¡El peligro surge cuando alguien que no sabe nada se mete, como tú! ¡Si yo hubiera venido solo, el círculo del Gran Duque no habría tenido ningún problema!”

“¡¿Quién no se metería en esa situación?! ¡Dejaste inconscientes a todos los guardias y magos!”

Rensley, que le gritaba a un Amin que le respondía con la misma intensidad, se calló de pronto y su rostro se endureció. Según las palabras de Amin, si él hubiera logrado venir solo no habría pasado nada, pero el problema surgió porque Rensley lo descubrió.

“¿A qué te refieres con eso?”

“¿A qué de qué?”

“Según lo que dices… ¿significa que la integridad de Su Alteza podría estar en peligro?”

Amin no respondió de inmediato. Se mordió el labio y contestó con voz apagada:

“No lo sé.”

Esta vez, Rensley sintió un verdadero mareo. Sus manos perdieron fuerza y soltaron el cuello de Amin. Ante el repentino silencio de Rensley, Amin continuó a modo de excusa:

“¡Tu intrusión no estaba en mis planes! A esa hora no suele haber nadie más que los guardias y magos del laboratorio. Por qué tenías que… Justo cuando apareciste con todos esos soldados, yo también me puse nervioso.”

“… Ya basta. Dime cuál es el peor de los escenarios.”

“¿Qué?”

“Dime qué es lo peor que podría pasarle a Su Alteza ahora mismo.”

La voz de Rensley, siempre brillante y amable, se hundió en una frialdad inusual. Tras dudar un largo rato, Amin habló:

“Podría no haber ningún problema…”

“……”

“… O el lazo de maná que ataba el alma de Su Alteza al mundo de los vivos podría haberse roto.”

Rensley no dijo nada. Amin, ansioso, continuó con su explicación:

“¡Pero eso no significa necesariamente la muerte! Un cuerpo sin alma puede mantener sus reacciones vitales. Sigue respirando, pero no tiene conciencia…”

“Ese es el estado en el que está Su Alteza ahora.”

“Sí. Esté o no cortada la conexión con el Inframundo, no significa que Su Alteza haya muerto. Solo que…”

“¿Hay alguna forma de comprobarlo desde aquí?”

Amin negó con la cabeza en silencio. Rensley continuó con las preguntas:

“¿Y nosotros? ¿En qué estado estamos nosotros?”

“… Eso tampoco es seguro. Mi intención original era entrar vinculando mi cuerpo y alma como hizo Su Alteza, pero hubo una interferencia. El hecho de que estés aquí conmigo significa que tu sangre también se mezcló cuando se activó la magia.”

Rensley recordó el dolor punzante de la daga rozando sus dedos. Soltó un quejido de agonía y preguntó una vez más:

“… Entonces, ¿qué es lo primero que debemos hacer para solucionar esto?”

Sus miradas se cruzaron. Rensley ya anticipaba la respuesta, y Amin confirmó sus sospechas:

“Encontrar el alma del Gran Duque.”

No hacían falta más palabras. El viaje al Inframundo, que progresaba sin problemas, se había torcido por una razón absurda, pero ya habían pasado suficiente tiempo lamentándose y culpándose mutuamente.

Ahora que las almas de los Grandes Duques habían caído repentinamente al Inframundo, el caos en Oldenlandt debía de ser total, y el deber de Rensley era encontrar pronto a Giesel para informarle de la situación. Giesel, que ya llevaba tiempo en el Inframundo, era la persona con más posibilidades de resolver este desastre.

Sin embargo, si realmente algo le había pasado al cuerpo físico de Giesel…

Rensley apretó los puños. Pensar en lo peor solo le quitaría energías. No sabía dónde estaba Giesel, a dónde ir o qué clase de lugar era realmente el Inframundo, pero no tenían más remedio que empezar a caminar. Amin y Rensley abrieron la puerta del laboratorio con cautela.

“Esto es…”

El paisaje fuera del laboratorio no era Laudken. Al abrir la puerta, solo se veía el cielo y la tierra. Rensley observó lentamente a su alrededor. A primera vista, no parecía diferente del mundo humano, pero sentía una extrañeza profunda en su corazón. En el bosque de la loba, la sensación de irrealidad provenía de los paisajes y el cielo fantásticos; pero aquí…

Quizás por la imagen que proyecta la muerte, muchos imaginan el Inframundo como un mundo lúgubre y oscuro. Pero era todo lo contrario: allí no existía la oscuridad. Una sensación de que el mundo había sido invertido en silencio envolvió a Rensley.

El cielo sobre ellos no era del color rojo oscuro que imaginaba, sino de un blanco plateado como la luz de las estrellas. No había fuentes de luz como el sol o la luna, ni nubes, pero todo el cielo brillaba suavemente, difundiendo una luz indirecta cuya fuente era imposible de identificar. Esa luz era tan constante y serena que daba la ilusión de que el tiempo no transcurría, sin importar cuánto se quedaran allí.

“La puerta desapareció.”

Ante las palabras de Amin, Rensley miró hacia atrás. La puerta del laboratorio que acababan de cerrar se había esfumado; ahora estaban de pie sobre una llanura vacía.

“¿Sabes a dónde debemos ir?”  Rensley preguntó con calma.

“Se dice que en el Inframundo también hay un castillo real. Puesto que el Gran Duque vino aquí tras pactar con el Inframundo, lo más rápido será ir al castillo y averiguar qué ha pasado.”

“¿Y sabes dónde está el castillo?”

“… Tendremos que buscarlo.”

Tras las palabras de Amin, Rensley soltó un breve suspiro y empezó a caminar. No tenían mapas y no sabía cómo encontrarían el castillo en medio de ese vacío, pero quedarse quietos no serviría de nada.

“Hay una bifurcación.”

Tras caminar un rato por un sendero recto, el camino se dividió en dos. Mientras dudaban qué hacer, una puerta apareció en uno de los lados, como dándoles la respuesta.

“¿Crees que sea seguro abrirla?” Rensley preguntó con desconfianza.

“Bueno, cuando llegamos también salimos por una puerta…” Amin dudó, pero pareció decidirse. “Yo entraré primero. Tú sígueme, Mallosen.”

“¿Qué?”

“El hecho de que cayeras aquí fue por mi culpa, así que yo iré delante.”

“Ah, olvídalo. Si yo fuera un hombre tan mezquino, ¿crees que te habría dejado vivir en primer lugar?”

Considerando lo que Amin le hizo mientras estaba en manos de Felyx, nadie se sorprendería si Rensley hubiera usado su poder como La Gran Duquesa para borrarlo del mapa. Pero Rensley no solo lo había perdonado, sino que mantenía una relación cercana con él. Por mucho que intentara ser frío, a los ojos de Rensley, Amin era una víctima que fue utilizada y desechada por Felyx, alguien que no era tan diferente de él mismo.

Al abrir la puerta, un lugar familiar apareció de nuevo ante sus ojos. La primera vez que despertaron fue el laboratorio de Giesel, pero esta vez era la sala de audiencias del Castillo de Laudken. Al cruzarla, la puerta volvió a desaparecer, y el proceso se repitió en la siguiente bifurcación.

Los paisajes aparecían al azar: los jardines del norte, el salón central de la torre principal de Laudken, a veces la torre de la muralla exterior donde Giesel solía recluirse, la biblioteca llena de libros e incluso la capilla donde celebraron su boda. Todos los espacios eran familiares, pero al observar con atención, se sentían diferentes a la realidad. 

En los rincones, las formas estaban distorsionadas de manera irreal. Al principio, ver paisajes conocidos le dio seguridad, pero al repetirse, empezó a resultarle siniestro. 

“¿Qué significa esto?” Rensley susurró.

Amin también parecía sentir la extrañeza. Observó a su alrededor en silencio y respondió con tono dubitativo:

“Creo que son… recuerdos.”

“¿Recuerdos?”

“Escuché que a medida que desciendes a las capas más profundas del Inframundo, la presión espiritual, que es diferente a la del mundo humano, devora los recuerdos de las personas. Si este es ese proceso…”

“¡¿Qué?! ¡¿Me estás diciendo que mis recuerdos están siendo devorados?!”

Incluso mientras explicaba, Amin parecía confundido.

“No lo sé. Estos son tus recuerdos, yo no tengo estas memorias… pero yo también puedo ver este paisaje.”

Si fuera un proceso de pérdida de memoria, Amin debería ver sus propios recuerdos. Sin embargo, solo aparecían paisajes de la memoria de Rensley. Amin ladeó la cabeza.

“El ecosistema del Inframundo es un misterio absoluto para nosotros. Pero si aquí también existen seres equivalentes a los espíritus… quizás esto sea posible gracias a tu habilidad.”

“¿Mi habilidad? ¿A qué te refieres?”

“En cada bifurcación aparece una puerta, ¿no? Es como si alguien te estuviera guiando. Yo nunca he estado aquí, pero… me parece extraño que nosotros, que no somos contratistas como Su Alteza, estemos caminando sin ninguna interrupción.”

Era algo que también intrigaba a Rensley. Giesel ya había pactado la entrega de su alma y era alguien a quien el Inframundo "necesitaba"; era un "invitado" que venía a negociar una situación injusta. En cambio, ellos dos eran seres extraños que no tenían ningún vínculo con el Inframundo ni habían muerto. Eran, por así decirlo, intrusos o visitantes inesperados.

Avanzar con tanta fluidez y sin obstáculos era ciertamente sospechoso. Nadie en el mundo de los vivos habría imaginado que alguien que no ha muerto pudiera pasear por el Inframundo como si diera una caminata.

Sin embargo, las dudas pronto se disiparon. Tras cruzar varias puertas en las bifurcaciones, el camino se ensanchó y empezaron a aparecer personas. O mejor dicho, almas, puesto que no eran seres vivos. 

Siguiendo a la gente, llegaron a lo que parecía una gran plaza como la de cualquier ciudad, donde las personas caminaban con normalidad. Se veía a gente conversando, riendo y charlando con tal serenidad que casi hacía olvidar que aquello era el Inframundo.

Todo parecía cotidiano. Amin y Rensley, incapaces de ocultar su asombro, observaban los alrededores con cautela y lentitud.

Entre los vivos predominaba la teoría de que el Inframundo era una tierra de muerte llena solo de oscuridad y melancolía. Pero tanto los transeúntes que hablaban con normalidad como los comercios alineados y la fuente labrada que decoraba la plaza estaban lejos de ser oscuros o lúgubres.

Así que el más allá es así, pensó Rensley. Ambos guardaron silencio por un momento ante la pura fascinación. Si el mundo que aguarda tras la muerte no es tan diferente del humano, quizás morir no sea algo tan aterrador.

Pero no podían quedarse embobados eternamente. Rensley decidió ponerse en marcha; tenían un objetivo y debían averiguar cómo llegar al castillo real.

“Buenos días, posadero.”

“Bienvenido.”

El dueño de un puesto ambulante respondió con amabilidad al alegre saludo de Rensley. Rensley se relajó un poco y preguntó:

“Todo se ve tan delicioso que no pude pasar de largo. ¿Cuánto cuestan dos brochetas?”

“Ja, ya que lo pone así, tendré que darle un descuento. Solo son 8 pinas.”

“Un momento.”

Rensley buscó afanosamente en sus bolsillos. Pero, por supuesto, no tenía dinero. En el Castillo de Laudken, Rensley tenía una fortuna que envidiaría cualquier miembro de la realeza, pero ahora mismo lo habían arrastrado al Inframundo mientras daba un paseo nocturno hacia la biblioteca. No venía preparado para un viaje, así que no tenía fondos. No tuvo más remedio que pedirle a su acompañante.

“Oye, Amin. ¿Tienes algo de dinero?”

Por suerte, parecía que Amin sí había preparado algo. Rebuscó en la bolsa que colgaba de su cinturón y sacó una moneda de plata. Pero el dueño negó con la cabeza frunciendo el ceño.

“Esa moneda no sirve aquí. Tienen que cambiarla. ¿No pasaron por el puerto? Hay una casa de cambio en la puerta principal, vayan a cambiar y vuelvan.”

Ambos parpadearon confundidos. Habían llegado de forma natural abriendo las puertas que aparecían, así que no sabían que hubiera una "puerta principal". Sin embargo, como el verdadero objetivo no eran las brochetas, Rensley aprovechó para cambiar de tema.

“Parece que nos hemos perdido un poco. ¿Sabe hacia qué dirección queda el castillo real?”

“¿El castillo? Llegar no es difícil, pero ¿para qué quieren ir?”

“Ah, bueno, si sabe dónde está, ¿podría decirnos?”

“¿Ven esa calle principal? Solo síganla recto. Hay carruajes que llevan hasta el castillo, así será más cómodo.”

Tras hablar, el dueño observó a Rensley con curiosidad. 

¿Dije algo malo?, pensó Rensley mientras sonreía como si nada.

“¿Pasa algo? ¿Dije algo extraño?”

“No. Solo me preguntaba por qué querrían ir al castillo. Llegar es fácil, pero ¿quién querría ir allá? A menos que reciban una citación oficial.”

“¿Ah, sí? ¿Por qué?”

“Vaya, ustedes no saben nada. Porque nada bueno sale de que los de arriba te llamen. Dicen que si entras te va muy mal, hasta dicen que nadie sale de allí por su propio pie.”

Rensley palideció. Giesel seguramente habría ido al castillo para negociar. Recordó lo que dijo la loba: que los humanos que entregan su alma al Inframundo se convierten en esclavos y pasan una existencia eterna llena de sufrimiento…

¿Acaso fuimos demasiado ingenuos?

Pensar que todo iba bien solo porque el círculo mágico estaba estable y el cuerpo de Giesel intacto quizás fue un error. ¿Cómo podían los habitantes de Laudken saber lo que ocurría en este mundo lejano?

No, calma. La loba también dijo que incluso los seres trascendentales no pueden ir contra las leyes universales. Puesto que el Inframundo rompió el contrato, Giesel tenía las de ganar. La loba y Giesel eran las personas más sabias que Rensley conocía, y si ambos eran optimistas respecto a la negociación, no servía de nada atormentarse con dudas.

“Entonces iremos a cambiar dinero y volveremos.”

“Como quieran. Pero ahora que lo pienso, ¿no tienen fondos para el viaje? Normalmente la gente viene preparada, ¿qué piensan hacer?”

El dueño habló con preocupación. Rensley sonrió con apuro.

“Cierto. No imaginé que se necesitara dinero en el Inframundo. No se me ocurrió que habría que cambiar divisas.”

“Dicen que cuando alguien muere, se le pone dinero en el ataúd para el viaje. Pensé que era solo una superstición, pero parece que no. Dicen que las costumbres populares existen por una razón.”

Amin también asintió fascinado. Rensley pensó en la suerte que tenían de que Amin hubiera traído dinero. 

Es un dolor de cabeza, pero no tengo más remedio que pegarme a él, pensaba Rensley, cuando de pronto…

“¿Posadero…?”

Rensley y Amin se callaron al sentir que el ambiente cambiaba drásticamente. El dueño del puesto, que hasta hace un momento era amable, ahora los miraba con un rostro aterrador. Con la boca cerrada y los ojos muy abiertos, no les quitaba la vista de encima.

¿Qué pasa? Rensley intuyó que algo iba mal y retrocedió con cautela. Miró a su alrededor y estuvo a punto de gritar. Las personas que hace un momento estaban en sus asuntos en la plaza, ahora estaban todas inmóviles, mirándolos con una furia asesina.

“¿Qué significa eso que dijo, viajero…?”

El dueño habló con una voz mucho más lúgubre. Rensley cerró la boca con fuerza.

“¿Inframundo? ¿Morir? ¿Gente que muere?”

“Ah, no. Fue un error al hablar…”

“¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir?”

El rostro del dueño, antes amenazante, se distorsionó hasta volverse irreconocible y empezó a repetir las mismas palabras como una caja de música averiada. No era solo él. Todos en la plaza empezaron a transformarse como si se contagiaran. Rensley, pálido, reaccionó y golpeó el hombro de Amin.

“¡Corre!”

En cuanto terminó de hablar, ambos empezaron a correr a toda velocidad hacia la dirección donde se suponía estaba el castillo. Los habitantes de la plaza parecían sumidos en el caos y el murmullo, y por suerte no parecían tener intención de atacarlos físicamente. Pero lo mejor era alejarse de allí.

¡Aaaaaaah!

Pero el alivio duró poco. Las almas de la plaza empezaron a perseguirlos soltando gritos desgarradores. Su velocidad era increíble. Al ser almas, quizás ya no tenían las limitaciones físicas de los vivos, porque todos corrían con una rapidez asombrosa. En cambio, Amin, que no destacaba por su capacidad física en el mundo humano, se quedaba atrás jadeando.

“¡Amin! ¡¿Por qué corres tan lento?!”

“Ah, tal vez… ufff… nosotros… uff… no estamos muertos de verdad… uff… y nos afectan las limitaciones físicas.”

“¡Entonces usa magia!”

Por un instante, Amin pareció dudar. Rensley, aunque no era mago, creyó entender sus dudas gracias a las lecciones de espiritismo. La magia consume maná y altera el flujo de energía del mundo. A veces es algo sutil como encender una cerilla, pero otras veces es masivo como un terremoto. Amin seguramente temía que el flujo de maná delatara su presencia como intrusos. No sabían cómo funcionaba la magia en el Inframundo y no quería llamar la atención. Pero…

“¡Ya llamamos toda la atención posible!”

Ante el grito de Rensley, Amin pareció decidirse y alzó su báculo.

“¡Directo al castillo… uff!

“¡Entendido!”

“¡No sé qué… uff… pasará!”

“¡Solo hazlo!”

A Amin le costaba incluso recitar el conjuro mientras corría para escapar de las almas. Pero finalmente el báculo emitió una luz azulada. Gracias a que ya habían corrido un buen trecho, el castillo real se veía a lo lejos. Al igual que la plaza, el castillo no tenía nada de especial; era similar a los palacios del mundo humano.

“¿Morir? ¿Morir? ¿Morir? ¿Morir?”

Justo antes de que las voces de los muertos los alcanzaran, Rensley y Amin desaparecieron de la plaza. Las almas continuaron repitiendo lo mismo y gritando, transformando la pacífica plaza en un escenario de caos absoluto, habiendo olvidado ya qué era lo que perseguían.

¡Pum!

Tras el hechizo de teletransportación, Rensley cayó al suelo desde el aire. Por suerte no fue desde mucha altura, así que solo terminó con un poco de dolor en el trasero. Se incorporó y revisó sus alrededores. No había nadie. El lugar estaba lleno de objetos diversos sin orden alguno, por lo que parecía ser un ático o un almacén.

Fue una suerte inmensa. Amin tampoco conocía la estructura interna del castillo, así que debió fijar el destino por instinto. Y a pesar de ello, llegaron a un lugar desierto.

“¿Amin?”

Rensley llamó a Amin en voz baja. Pero no hubo respuesta. Amin no estaba por ninguna parte.

¿Nos separamos?

Parecía que, aunque viajaron juntos, cayeron en lugares distintos. Amin había recitado el conjuro a toda prisa y su magia era del mundo humano; no había garantía de que funcionara igual allí. No sería extraño que hubiera un error, y ya era un milagro que el hechizo hubiera funcionado.

Había una puerta en un lado de la pared. Para confirmar si estaba en el castillo real y encontrar a Giesel, debía cruzarla. Lo sabía, pero le costaba extender la mano. La escena aterradora de la plaza seguía fresca en su mente. ¿Qué encontraría afuera?

“Tú eres mi luz.”

De pronto, le pareció escuchar la voz de Giesel. Rensley respiró hondo.

“Y eres mi primavera.”

Debo ser valiente. No es momento de dudar.

Rensley giró el pomo con cautela. Por la rendija de la puerta que se abría sin ruido, le llegó de inmediato un ambiente ajetreado. Había gente moviéndose de un lado a otro afuera.

“Intrusos… humano no registrado… no apto…”

Escuchar esas palabras le heló la sangre. Era obvio a quién se referían. Estaban buscando a Rensley y a Amin.

¿Qué pasará si me descubren? ¿Servirá de algo pedir que me dejen ver a Su Alteza? ¿Podremos volver a salvo al mundo humano?

Decidió abandonar el optimismo de que todo se resolvería hablando y prepararse para lo peor. Cerró la puerta en silencio y pensó en su siguiente paso. Empezó a revisar los objetos de la habitación. ¿Habría algo útil para salir de allí?

Rensley tomó una de las prendas que colgaba al azar. Parecía la ropa de los trabajadores del castillo; sería ideal para pasar desapercibido. Mientras se cambiaba, sintió un dejà vu.

Se parece a cuando llegué a Laudken por primera vez.

En aquel entonces, también se puso la ropa de un trabajador de la cocina para investigar. Recordó el pánico que sintió pensando que Giesel lo descubriría. En aquel momento pensó que moriría, pero lejos de ser ejecutado, terminó enamorándose de él y convirtiéndose en su esposo.

No debía perder el juicio, pero tenía un buen presentimiento. Al igual que en aquel entonces encontró la felicidad, quizás ahora pasara lo mismo. Tenía que ser así.

“Bien, vamos allá. Rensley Mallosen.”

Respiró hondo una vez más y abrió la puerta. Afuera seguía el alboroto. Al caminar por el corredor, vio un gran salón donde estaban reunidos caballeros con armaduras negras. A su alrededor, personas que parecían trabajadores de bajo rango observaban y murmuraban. Por suerte, su vestimenta era idéntica a la que Rensley había encontrado en el almacén.

[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

Los caballeros de armadura negra recitaban sus consignas con voces graves antes de desaparecer uno por uno; era una imagen que erizaba la piel. Más que humanos, parecían formas creadas a partir de humo denso y oscuro; se veían siniestros a primera vista. Los trabajadores que murmuraban pegados a las paredes parecían aterrorizados, lo que indicaba que esos caballeros eran temidos incluso en el Inframundo. Rensley se acercó sigilosamente para escuchar.

“¿Intrusión ilegal? ¿Cómo es posible algo así?”

“Dicen que usaron algún truco para causar el caos afuera y luego huyeron. Los atraparán pronto ahora que los caballeros están en ello.”

Prisioneros… se refieren a mí y a Amin.

Rensley tragó saliva sin querer. Si lo atrapaban, estaba acabado. Los murmullos de los trabajadores continuaron.

“Hace poco también entró un prisionero a las celdas. Después de mucho tiempo.”

“¿Escuchaste sobre ese prisionero? Dicen que antes de venir aquí era el rey que gobernaba un país.”

El corazón de Rensley dio un vuelco. Olvidó la precaución y alzó la voz:

“¿Un… un rey?”

“¿No lo escuchó? Hacía mucho que no entraba nadie a las celdas, y dicen que ese era su rango antes de llegar aquí.”

Al usar la expresión “antes de venir aquí”, parecía que las almas del Inframundo no veían este lugar como el más allá, sino como "otro espacio" al que llegaron por alguna razón.

Pero eso no era lo importante. Un prisionero que acababa de entrar y que era un rey. Así como era obvio que los caballeros buscaban a Amin y a Rensley, era evidente de quién estaban hablando los trabajadores.

Las expectativas de Giesel y los demás de que la negociación sería posible estaban equivocadas. La loba tenía razón: quienes entregan su alma al Inframundo por voluntad propia sufren una vida miserable.

Debía ir a las celdas. Giesel debía estar allí. Rensley estuvo a punto de echar a correr, pero se detuvo al recordar que no sabía dónde estaban las celdas. Apretó los dientes. Su corazón latía con tal fuerza que todo su cuerpo temblaba, pero no podía perder los nervios ahora.

“¿No se necesita ayuda en las celdas?”

“¿Ayuda en las celdas? ¿Acaso piensas ir allá?”

“Bueno, si puedo ayudar…”

“Cielos, querer ir a ese lugar horrible… No vas porque te obliguen, sino por voluntad propia. Eres alguien muy tenaz.”

“Jaja, bueno, hay que ser útil de alguna forma.”

“Pregúntale al supervisor. A aquel de allá.”

En un lado de una gran columna que sostenía el salón, estaba un hombre con una ropa ligeramente distinta a la de los trabajadores. Rensley corrió hacia él sin dudarlo.

“Supervisor, escuché que han llegado nuevos prisioneros a las celdas. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?”

“Ciertamente nos falta personal. ¿Te ofreces como voluntario?”

“Sí, yo lo haré.”

“Limpiar las celdas es un trabajo duro y nadie quiere hacerlo. Ofrecerte te dará puntos extra. ¿Cuál es tu nombre? Te daré 20 puntos ahora mismo.”

¿Nombre? Rensley se quedó sin palabras. No esperaba que le preguntaran su nombre de repente. El supervisor golpeó sus papeles con la pluma, apurándolo.

“Ah, bueno…”

“Rápido.”

Empezó a sudar frío. En un momento en que se hablaba de intrusos ilegales y humanos no registrados, decir su nombre sería delatarse. 

¿Qué hago? Rensley apretó los puños. Podría intentar huir, pero si no encontraba a Giesel, huir no serviría de nada. Sería mejor convertirse en prisionero e ir a las celdas con él…

“Es que…” De pronto, Rensley recordó las palabras de Amin. No perdía nada con intentarlo. “Lo olvidé.”

Ante eso, el supervisor soltó una risita burlona como si no fuera nada nuevo y guardó sus papeles en el cinturón.

“Vaya, parece que eres un recién llegado.”

“Sí, sí, así es.”

Amin dijo que en el Inframundo se devoraban los recuerdos. Aunque Rensley no estaba muerto y sus recuerdos estaban intactos, pensó que esa excusa podría funcionar si lo que dijo Amin era cierto… Y funcionó.

“Sígueme. Las celdas están en otro sector.”

“Entendido.”

En ese momento, el salón central, que se había calmado tras la partida de los caballeros, volvió a agitarse. Los caballeros que habían salido del castillo estaban regresando.

[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

Rensley abrió los ojos con horror. Uno de los caballeros negros traía a un prisionero atado con una soga. El prisionero era, sin duda, Amin. Rensley estuvo a punto de gritar, pero logró contenerse.

Amin también lo vio y puso cara de asombro. Pero el contacto visual fue solo un instante. Ambos fingieron no verse para no delatarse. Si las cosas habían llegado a ese punto, al menos uno de ellos debía quedar libre para cumplir su objetivo. Sin embargo, por mucho que intentara mantener la calma, era difícil engañar a quien estaba cerca. El supervisor que estaba junto a Rensley preguntó con burla:

“Oye, ¿por qué te tiemblan tanto las manos de repente? Pareces un criminal.”

Ante esas palabras, las miradas de todos se clavaron en Rensley. 

No puede ser. Rensley sonrió rápidamente y respondió:

“Ah, es que no he comido nada desde la mañana y me faltan las fuerzas.”

La expresión del supervisor se endureció. Rensley miró a su alrededor rápidamente. Todos lo miraban con la misma frialdad que la gente de la plaza.

¿Qué dije mal esta vez? Vio que vendían brochetas en la plaza. Aunque fueran almas del Inframundo, no era posible que no comieran, así que ¿por qué otra vez esa reacción?

“¡Mallosen, huye!”

Gritó Amin. Tenía razón. No importaba por qué sus rostros se habían endurecido. Lo importante era que había cometido un error al hablar y debía irse de allí antes de que descubrieran quién era. En cuanto Amin recitó un conjuro, Rensley apareció instantáneamente en lo alto de las escaleras del segundo piso. Los caballeros negros estaban cerca, pero Amin le había ganado unos segundos valiosos.

[Preparen las celdas. Debemos encerrar a los prisioneros.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

[El lugar está listo, debe ser ocupado.]

Las voces que resonaban en el primer piso empezaron a moverse. Venían tras él. Rensley no miró atrás. Mientras corría, vio un carro cargado de barriles de licor.

Lo siento, pero mi vida es lo primero. Rensley saltó sobre el carro y derribó todos los barriles. Entre los gritos de sorpresa de la gente, los pesados barriles rodaron rápidamente por el pasillo. Los caballeros negros los esquivaron como si nada, pero en ese intervalo, Rensley cruzó una puerta. Atravesó a la gente que trabajaba y corrió sin mirar atrás hasta salir de nuevo a otro pasillo.

Era un corredor de la planta baja, con un techo tan bajo que casi rozaba su cabeza. El pasillo trasero de las cocinas, por donde solo pasaban los sirvientes. El suelo de piedra era irregular y las paredes estaban llenas de tinajas y cajas de madera.

Escuchó las voces lúgubres de los caballeros detrás de él; estaban entrando en el pasillo. No creía que pudiera despistarlos simplemente corriendo.

Estaba en el castillo y no quería huir hacia afuera. En un castillo de ese tamaño, debía de haber algún rincón donde esconderse. Al revisar las paredes con desesperación, finalmente encontró un pequeño hueco por donde cabía su cuerpo.

Sin dudarlo, Rensley se metió en el agujero y gateó por el estrecho conducto. Por fortuna, los caballeros negros no parecieron notar el escondite, pues escuchó cómo pasaban de largo recitando sus consignas.

Aunque los había despistado, no podía relajarse. Normalmente, esos agujeros en las murallas eran desagües o, en el peor de los casos, conductos de humo o ceniza. Podría terminar muy mal. Gateó por el suelo con todas sus fuerzas, rogando salir de allí sin incidentes. Finalmente, vio la salida.

“¡Uff!”

Al salir con prisa, Rensley soltó un suspiro de asombro. El techo de la habitación a la que llegó era muchísimo más alto que el de los pasillos anteriores. Pensó que podría saltar fácilmente, pero el suelo estaba muy abajo.

Se detuvo justo antes de lanzarse. Por suerte, cerca de sus pies había un mueble que parecía una estantería; saltó con cuidado sobre él y fue descendiendo usando los salientes hasta llegar al suelo.

Cuando sintió que el suelo estaba cerca, saltó con agilidad. Aterrizó con la elegancia de un gato, casi sin hacer ruido. Rensley alzó la vista para observar el lugar.

“Esto es…”

Era el lugar más silencioso de todos los que había recorrido en el castillo. No se veía a ningún caballero ni sirviente. Sin embargo, no parecía un lugar abandonado. Era un salón inmenso, con un techo en forma de cúpula que le daba un aire majestuoso. A diferencia de otros lugares del Inframundo donde la luz y la sombra eran tenues, este lugar era algo oscuro. Pero la luz plateada del exterior caía desde el centro del techo como una cortina, por lo que no se sentía tenebroso.

Comprendió el propósito de la habitación tras caminar unos pasos. Las paredes del amplio salón estaban cubiertas de estanterías llenas de libros, con escaleras apoyadas aquí y allá para alcanzar los niveles altos. En el centro, una estantería cilíndrica se elevaba como una torre, indicando claramente la función del lugar.

Un despacho o una biblioteca… Al darse cuenta de dónde estaba, la añoranza se hizo más fuerte. Aquel lugar le recordaba inevitablemente a la persona que más amaba.

Creeeck.

No tenía tiempo para sentimentalismos. En aquel lugar silencioso, de repente se escuchó un ruido. El sonido de una puerta abriéndose fue seguido por pasos firmes. Rensley contuvo el aliento y agudizó el oído. Eran los pasos de una sola persona. Como los caballeros solían moverse en grupo, era probable que no fuera uno de ellos.

Rensley subió rápidamente por una de las escaleras. Pensaba esconderse sobre una de las estanterías. Pero antes de que pudiera subir por completo, el dueño de los pasos apareció.

Rensley se quedó sin respiración.

¿Es un sueño o una ilusión?

Estaba en el Inframundo. No debía creer en todo lo que veía. Podía haber magia, ilusiones, almas… cualquier cosa. Sabía que debía desconfiar, pero estaba demasiado desesperado para ser racional. Sin quitarle la vista de encima a la figura que había aparecido, bajó la escalera a toda prisa.

“¡Ah!”

Lo normal era que resbalara. A mitad de la escalera, Rensley perdió el equilibrio y cayó al suelo. 

¡Pum! 

Aterrizó de sentón, pero no tenía tiempo para quejarse del dolor. Antes de levantarse, alzó la cabeza y se encontró con la mirada del hombre que lo observaba desde arriba. Él también parecía muy sorprendido y miraba a Rensley con los ojos muy abiertos.

Era la imagen que tanto había buscado. El largo cabello negro que caía por su espalda, los ojos color ámbar, la capa negra que lo cubría de los hombros a los pies. Aquel rostro elegante y frío era el de Giesel Zvendard, sin ninguna duda.

“Su Alteza.”

Rensley fue el primero en hablar. Sintió un nudo en la garganta y sus ojos se humedecieron. Al ver a la persona que creía encerrada en una celda frente a él, luciendo como siempre, sintió una oleada inmensa de alivio. La alegría y el alivio se mezclaron de tal forma que sintió ganas de llorar. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia él.

“¡Su Alteza! ¡Su Alteza!”

Aunque por fuera podía parecer frío e incluso aterrador, sabía que era la persona más dulce del mundo. Había extrañado sus brazos fuertes y su pecho cálido durante todo ese mes. Y en ese momento, lo necesitaba más que nunca.

Rensley corrió hacia él sin ninguna duda, pero no fue recibido por el abrazo de su esposo. Giesel detuvo a un Rensley que se lanzaba hacia él con una sola mano, frunciendo levemente el entrecejo.

“¿Cómo entraste aquí?”

Rensley se quedó con la boca abierta. Tenía mucho que explicarle sobre cómo llegó allí. Quería contarle el desastre que causó Amin, cómo terminó él también en el Inframundo y todo lo que pasó hasta encontrarlo… Pero Giesel no le estaba pidiendo una explicación por su bienestar. Sus palabras y su expresión eran, claramente, un reproche por estar en un lugar donde "no debía" estar. Un escalofrío recorrió su espalda.

“Su Alteza.”

“Nadie puede entrar aquí sin mi permiso. ¿Nadie te lo enseñó?”

“¡Su Alteza! ¡¿De qué está hablando?!”

No puede ser.

Es imposible, no puede estar pasando, se repetía Rensley en su mente, pero las palabras de Amin volvieron a resonar en su cabeza: “Escuché que a medida que desciendes a las capas más profundas del Inframundo, la presión espiritual devora los recuerdos de las personas. Si este es ese proceso…”

“¡Soy yo, Rensley! Rensley Mallosen. ¡Soy tu Gran Duquesa!”

Gritó con voz temblorosa, pero la expresión de Giesel no cambió. Al contrario, su entrecejo se frunció aún más con una molestia evidente. Giesel habló con frialdad:

“Hubo un alboroto afuera, parece que la razón estaba escondida aquí.”

Rensley sintió que el mundo se desmoronaba tras haber escapado de tantos peligros. No servía de nada negar la realidad. Tuvo que aceptarlo.

La persona que más amaba en el mundo, y la que más lo amaba a él, lo había olvidado por completo.