A las gélidas tierras del norte, que parecían estar bajo el dominio perpetuo de un invierno eterno, llegó sin falta una nueva estación. Atrás quedaron aquellos días en los que el sol apenas alcanzaba el cenit antes de ser devorado por la oscuridad; lentamente, las noches retrocedieron y los días comenzaron a ganar terreno.
Los forasteros, desacostumbrados al rigor del clima
septentrional, seguían envueltos en gruesos abrigos sin importar la hora, pero
los nativos de Oldenlandt ya comenzaban a vestir ropajes más ligeros durante
las horas de sol.
Las señales de la primavera eran el recordatorio inevitable
del paso del tiempo. Y esa era, precisamente, la razón por la que Rensley
—quien normalmente habría sido el primero en celebrar un cambio de estación— no
podía alegrarse sinceramente en estos días.
“¿Dónde se encuentra la Gran Duquesa?” preguntó Giesel al
salir de su despacho, buscando un breve respiro de los asuntos de Estado.
Un sirviente respondió con una respetuosa inclinación de
cabeza.
“Su Alteza se encuentra en el invernadero.”
Desde el día en que Giesel le obsequió aquel refugio de
cristal donde era posible cultivar tomates, Rensley lo visitaba varias veces al
día, aprovechando cualquier momento libre.
Ese lugar funcionaba, simultáneamente, como un pequeño huerto
para plantas exóticas del sur y como un santuario donde podía disfrutar de su
soledad sin interrupciones. Era el único sitio donde lograba despojarse de las
pesadas obligaciones de su título como Gran Duquesa para existir, simplemente,
como Rensley Mallosen.
Para Giesel, compartir tiempo allí con su consorte
representaba una de las mayores alegrías de su rutina; sin embargo, hoy, al
saber que Rensley estaba allí, su expresión se tornó más sombría de lo
habitual.
“Iré hacia allá.” sentenció Giesel.
Sus pasos fueron seguidos apresuradamente por sus subordinados
hasta que salieron al exterior, donde la luz del sol caía deslumbrante sobre
sus cabezas. Los alrededores del pequeño invernadero estaban custodiados por un
despliegue considerable de guardias, a quienes Giesel ordenó detenerse cerca de
la entrada para poder cruzar la puerta a solas.
El interior estaba tapizado de plantas exuberantes y frutos de
diversos colores que desafiaban el clima externo, recreando un bosque en
miniatura. Aunque la figura de Rensley no era visible de inmediato entre la
espesura, Giesel avanzó con paso firme, como alguien que conoce de memoria el
paradero de su tesoro.
“De nuevo estás aquí.”
“Su Alteza…”
Rensley, acurrucado en un amplio sillón, se sobresaltó al
girar la cabeza. Parecía haber estado tan sumido en sus pensamientos que no
percibió que alguien se acercaba. Giesel lo reprendió con suavidad.
“No es necesario que vengas cada día. Hay dispositivos de
detección de maná funcionando las veinticuatro horas; si ocurriera el más
mínimo cambio, tanto el cuerpo de magos reales como yo recibiríamos una señal
de inmediato.”
“Lo sé.” respondió Rensley, buscando las palabras adecuadas
antes de continuar. “Es solo que... quería verlo.”
Ante esa confesión, Giesel guardó silencio, sintiendo que no
había nada más que pudiera añadir.
Lo que Rensley custodiaba no era una planta. En aquel rincón
donde solo existía el agua, la hierba y la luz, él estaba criando algo
nuevo: un capullo esférico de un delicado color crema. Sobre un soporte en
forma de nido, confeccionado con terciopelo de la más alta calidad, la esfera
blanca reposaba inmóvil.
Giesel observó aquello con una mirada cargada de
emociones complejas. Desde el momento en que Rensley llamó a aquella esfera capullo,
él había adoptado el término, aunque desde la perspectiva técnica de un mago,
el nombre más apto habría sido: esfera desconocida con flujo de maná y
reacción vital.
A mediados del invierno, en medio de los preparativos contra
los ataques de los monstruos, Rensley había capturado a una criatura marina
para intentar comunicarse con ella. Como mago espiritual —capaz, según las
leyendas, de hablar con todos los espíritus de la naturaleza— mantenía la
esperanza de establecer un diálogo incluso con las bestias de más allá de la
frontera.
Aunque no hubo resultados tangibles, durante sus esfuerzos
Rensley cayó en una alucinación provocada por la criatura y perdió el
conocimiento. En ese estado, su sistema de maná sufrió una violenta distorsión
y estalló; tras pasar la noche con Giesel bajo esas condiciones, ambos
obtuvieron este misterioso capullo.
Si alguien preguntara por qué lo pusieron en el invernadero,
la respuesta sería que no siempre estuvo allí. Al principio, el capullo
permaneció oculto en las profundidades del laboratorio del castillo bajo
estricta observación, pero con el tiempo decidieron que lo mejor era
trasladarlo a un lugar donde Rensley pudiera visitarlo siempre que lo deseara.
“Dicen que las mujeres embarazadas suelen cantarle al bebé en
su vientre o leerle cuentos. Como yo solo puedo verlo si vengo aquí, pues... lo
hago a menudo.” comentó Rensley con una sonrisa, pero Giesel fue incapaz de
devolverle el gesto.
Si Rensley se limitara a cantar o leer como cualquier madre,
Giesel no estaría tan preocupado; el problema era que, cada vez que se acercaba
en silencio, lo encontraba contemplando el capullo con un rostro melancólico,
perdido en una tristeza profunda.
Por supuesto, no siempre había sido así. Durante un tiempo,
ambos se entregaron a la ilusión de compartir sus sueños. Hablaban durante
horas sobre los preparativos para el nacimiento, sobre cuándo informar al
pueblo y qué clase de padres querían ser. Pero, a medida que los días pasaban
sin novedad, el tema simplemente dejó de mencionarse.
“El clima se ha vuelto cálido.” dijo Giesel. “No es bueno que
pases tanto tiempo encerrado aquí.”
“Acabo de entrar hace poco. Escuché que hoy tendría una
reunión larga, ¿ya terminó? ¿le gustaría dar un paseo?”
“Aún no termina, pero es mi hora de descanso. Un paseo suena
bien, hagámoslo.”
Rensley, que estaba hundido en el sillón, finalmente se puso
en pie. Giesel lo observó de reojo, recordando cómo el año pasado, durante su
primera primavera en Oldenlandt, Rensley no paraba de hablar emocionado sobre
el viento cálido y la suavidad del sol.
Esta era su segunda primavera en el norte. Aunque debería
haber nuevas impresiones tras un año, el corazón de Rensley parecía estar en
otro lugar mientras caminaban bajo el sol.
“Lord Mallosen, no hay necesidad de impacientarse.” murmuró
Giesel.
Rensley no pidió explicaciones; se limitó a asentir en
silencio, habituado ya a ese consuelo. Habían obtenido el capullo en el corazón
del invierno, y ahora ya era primavera.
Un niño humano tarda unos diez meses en desarrollarse antes de
ver la luz, pero el capullo que surgió entre ellos seguía igual que el primer
día, sin mostrar ninguna reacción de crecimiento a pesar de los meses
transcurridos. No solo los magos reales, sino también académicos, magos
externos y chamanes invitados habían observado el capullo, pero ninguno pudo
dar una respuesta clara.
Los únicos hechos ciertos eran dos: que se trataba de una
forma de vida desconocida generada por una reacción de unión de maná, y que en
su interior latía un núcleo de vida que se presumía era un corazón.
Sin embargo, nadie podía asegurar qué era lo que respiraba
allí dentro. Giesel había pensado en más de una ocasión —aunque jamás se
atrevió a decírselo a Rensley— que tal vez aquello solo era materia con una
mínima reacción vital, desprovista del potencial para albergar vida real.
“Incluso un feto tarda al menos ocho meses en salir al mundo.
Está bien esperar con calma.”
“No es impaciencia. Es solo que... ¡tengo curiosidad! Me
pregunto si hoy habrá algún cambio. Aunque dijo que no hace falta comprobarlo
personalmente pero, al final, yo no puedo recibir la señal mágica directamente.
Tal vez Su Alteza no tenga esa experiencia, pero cuando era niño, incubé huevos
de aves en el bosque muchas veces. He visto cómo salen las mariposas o los
insectos de sus capullos. Es más conmovedor de lo que imagina. Por eso no puedo
evitar venir a mirar.”
A pesar de sus explicaciones, Rensley no podía ocultar su
inquietud.
“Ya veo.” respondió Giesel con una breve sonrisa, aunque por
dentro sus pensamientos eran sombríos.
Desde hacía un tiempo, Giesel esperaba el momento adecuado. El
momento para decirle que, en realidad, esa esfera no era un hijo de ambos, sino
solo un objeto insignificante creado por la unión de maná.
Por supuesto, si la situación cambiara y pudieran tener otra
conversación, sería lo ideal, pero Giesel había decidido internamente que era
hora de prepararse para lo peor. Prepararse para aceptar que el sueño místico
que compartieron era, después de todo, una ilusión.
✦
La esperanza de que un niño naciera entre ellos era un secreto
absoluto de la pareja. El hecho de que una unión de maná hubiera creado vida
era algo sin precedentes, y el nacimiento de un descendiente de los Grandes
Duques tendría repercusiones en los asuntos de Estado. Era más seguro
mantenerlo en secreto hasta estar seguros.
Los caballeros que custodiaban la esfera y los académicos que
la estudiaban solo sabían que era una amalgama de maná, y realizaban su trabajo
considerándolo parte de una investigación sobre un monstruo extraño.
Por ello, independientemente de los complejos sentimientos de
la pareja, Oldenlandt disfrutaba de una primavera más pacífica que nunca.
Gracias a la actuación de Rensley el invierno pasado, los daños causados por
los monstruos disminuyeron drásticamente. La gente no se cansaba de elogiar a
la nueva Gran Duquesa diciendo que trajo bendiciones, y se apresuraban con los
preparativos para banquetes y festivales.
“Su Alteza, ¿qué le parece esta tela? Si hacemos una capa
nueva, resaltará mucho su rostro.”
“Oh, el color es bueno, pero la textura es única. Me gusta, prepárala,
Samlet.”
“¡Sabía que tenía buen gusto! Se la entregaré a los sastres de
inmediato. En el próximo banquete, todos los ojos estarán puestos en usted.”
Tanto Rensley como la jefa de doncellas, Samlet, estaban
entusiasmados con la primavera. Al verlos elegir telas como si fueran madre e
hijo, una leve sombra de satisfacción cruzó los labios de Giesel, quien los
observaba a un lado.
En ese momento, Rensley tomó una de las telas extendidas y se
acercó a Giesel. Con una risita, puso la tela justo debajo de la barbilla de
Giesel, que estaba sentado tranquilamente.
“¿Por qué está ahí sentado como un espectador? Parece que yo
fuera el único que asistirá al banquete. Ya es primavera, Su Alteza también
debería renovar su vestuario.”
“Yo solo tengo que pedirle a los sastres que me hagan ropa
nueva siguiendo el estilo de siempre.”
“No hay ninguna ley nacional que diga que deba vestir siempre
de negro, ¿verdad? Hay muchos banquetes programados para esta primavera. No
está mal intentar algo nuevo de vez en cuando.”
A Giesel no le gustaban los banquetes. Que hubiera tantos
planes para este año era mérito de Rensley, quien amaba el baile y las
canciones.
Debido al temperamento inusualmente serio del Gran Duque,
incluso para los estándares del norte, el Castillo de Laudken solía ser un
lugar silencioso comparado con otros castillos reales o mansiones de grandes
nobles. Pero el nuevo viento que soplaba desde el sur lo había cambiado todo.
Los nobles dispersos por los territorios siempre querían conocer a la Gran
Duquesa, y por eso los banquetes habían aumentado.
“Está bien.”
Giesel sonrió levemente mientras miraba el rostro radiante de
Rensley. Cosas que antes le habrían parecido tediosas, ahora no le resultaban
molestas en absoluto. Lo que más alegraba a Giesel era que, al estar más activo
y conocer a más gente, Rensley ya no pasaba tanto tiempo encerrado en el
invernadero.
“¿Qué cosa está bien?” preguntó Rensley.
“Verte feliz.”
Ante esas palabras, la sonrisa de Rensley se hizo aún más
brillante. Cuando se sentaron a conversar, la perspicaz Samlet se retiró
discretamente para dejarlos solos. Rensley, mirando alrededor, bajó la voz y
susurró:
“Por cierto, hace unos días la gente de la caravana me enseñó
un nuevo baile que está de moda en la capital imperial. Quiero practicarlo, ¿me
ayudaría?”
“Cuando quieras.”
Aprender un nuevo baile tampoco era algo que Giesel
disfrutara, pero ahora lo haría con gusto todas las veces necesarias. Cualquier
cosa que le devolviera la vitalidad a Rensley, quien había estado aferrado a un
sueño estéril durante todo el invierno, era bienvenida.
“Si lo mostramos en este banquete, el baile se pondrá de moda
también en el norte.”
“A todos les gustará. Bailar siempre lo mismo debe ser
aburrido.”
“Oldenlandt solía ser el último lugar en recibir las modas de
otras regiones. Cualquiera que ame el baile y la música en el norte me lo
agradecerá.”
“Lo hacen incluso si no fuera solo por el baile o la
música."
Aunque Rensley lo decía centrado en lo social, su capacidad
para obtener información era a veces de gran ayuda para el Estado. Aunque
Giesel vigilaba los movimientos del continente por diversos medios, la
información que circulaba a través de las caravanas solía ser más fresca y
directa, detectando a veces puntos ciegos de la gente del castillo que solo
miraba la política.
Por supuesto, noticias como un baile de moda, una nueva receta
de un restaurante famoso o el nombre de un licor ganador de un concurso no
podían considerarse triviales. Esas pequeñas y alegres noticias enriquecían el
invierno, que solía volverse desolado rápidamente.
“Ah.”
Como era de esperar de alguien sin talento natural, los
primeros pasos de un baile nuevo resultaron torpes. Giesel pisó accidentalmente
el pie de Rensley, interrumpiendo el movimiento fluido. Siguió una disculpa
algo apenada.
“Lo siento.”
“No se disculpe. Así es cuando uno practica.”
Rensley, en lugar de retomar el baile, miró fijamente a Giesel
y apoyó la cabeza en su amplio pecho. Como si escuchara los latidos de su
corazón, respiró con calma antes de hablar.
“Lo sé.”
“... ¿A qué te refieres?”
“Sé que ha estado preocupado.”
“¿Preocupado?”
“Por el capullo del invernadero. Porque paso todos los días
mirándolo... o mirándola.”
En lugar de responder, los largos dedos de Giesel acariciaron
el cabello rubio de Rensley. Antes de que Giesel pudiera explicarse, Rensley
continuó con un tono de quien ya lo ha comprendido todo.
“De pronto tuve un pensamiento. Que entre todas las vidas que
crecen en el invernadero, no hay ninguna que se quede quieta. Al ser plantas
vivas, cambian día tras día, florecen, dan frutos, y si mi cuidado falla, se
marchitan o mueren. Siempre ocurre un cambio, para bien o para mal. Esa es la
prueba de que están vivas.”
“......”
“Solo hay una cosa que no cambia en absoluto. Está exactamente
igual que la primera vez que la vi. Por suerte no se ha marchitado, pero...
parece que no tiene intención de crecer más.”
Como siempre, Rensley Mallosen era un hombre más perspicaz e
inteligente de lo que Giesel temía.
Giesel no había sido capaz de mencionar la realidad del
capullo hasta que el invierno se fue y la primavera se hizo presente. Pero
incluso sin que él dijera nada, Rensley ya lo estaba aceptando, el hecho de que
ya no se podían esperar más cambios.
Sería mejor si se marchitara por completo en lugar de
quedarse así, atormentando su corazón, pensó Giesel para sus adentros. Era
su deseo sincero, aunque Rensley se horrorizaría si lo escuchara.
“Pienso reducir el tiempo que paso allí. El invierno ya pasó,
y siendo la Gran Duquesa, no puedo quedarme aferrado a una sola cosa para
siempre. Tal como Su Alteza dijo, si ocurre un cambio, recibiré la señal de
inmediato... así que intentaré no impacientarme.”
“Sí. Me alegra escuchar eso.”
La sonrisa de Rensley se volvió agridulce. Al ver que Giesel
no contradecía sus palabras, supo que compartían la misma opinión. Giesel
susurró para consolarlo:
“Esta también será una primavera ocupada, Rensley.”
Rensley asintió. Giesel bajó la cabeza en silencio y Rensley
la alzó con naturalidad. Sus labios se unieron y pasaron largo tiempo
abrazados.
Así como el sueño que albergaron durante el invierno fue un
secreto de ambos, el sentimiento de pérdida que empezaba a extenderse también
era un secreto compartido.
Tras terminar su tiempo libre, los Grandes Duques debían
regresar a sus puestos por la tarde. Giesel se dirigió a su laboratorio y
Rensley a una audiencia programada.
Al mediodía, la luz del sol caía sobre los muros de piedra del
castillo. A diferencia de la pálida luz del invierno, esta tenía un calor
acogedor.
Caminando mientras miraba por la ventana, Giesel se dio cuenta
de que se había convertido en alguien que esperaba la primavera. Para él, las
estaciones solían ser periodos de preparación para cosas distintas, y si
alguien le preguntaba qué estación prefería, le parecían todas tan similares
que no entendía por qué debería tener una favorita. Pero la primavera pasada,
al pasarla junto a Rensley en su primera primavera en el norte, comprendió el
placer que traen los cambios de estación. Este año también pensaba pasar una
primavera sin arrepentimientos.
Como el año pasado, pensó que sería bueno hacer un viaje a
algún lugar lejano, donde la comida fuera deliciosa y el licor aromático. En
realidad, para curar las secuelas de perder algo que nunca tuvo, ese vacío
cercano a la pérdida, salir de Laudken por un tiempo era el mejor método.
“Durante las próximas dos horas, no me interrumpan a menos que
sea una urgencia.”
“Entendido.”
Dejando atrás el exterior luminoso, Giesel entró en su oscuro
laboratorio. Recientemente estaba inmerso en el desarrollo de una nueva fórmula
mágica cada vez que tenía tiempo. Hoy acababan de llegar los libros que había
encargado. Se hundió en un sillón forrado de seda y comenzó a pasar las
páginas.
Debido al carácter de Giesel, que podía sumergirse en el
trabajo o el estudio sin importar si era de día o de noche, las luces de su
biblioteca personal o laboratorio nunca se apagaban. Las lámparas de cristal en
las paredes no usaban velas, sino dispositivos luminosos que funcionaban con
maná. Esa luz no vacilaba con el viento o el agua; solo se apagaba al cortar el
flujo de maná.
Había pasado varias páginas cuando, sin ruido alguno, las
luces de las lámparas se extinguieron una tras otra. Al detectar el cambio en
la iluminación, Giesel levantó la mirada tranquilamente.
Laudken estaba construido con la roca más dura de las tierras
heladas, y este era el espacio del rey, el lugar con la seguridad más estricta.
¿Quién se atrevería a apagar las luces sin permiso?
Las lámparas se apagaron en orden, hasta que finalmente solo
quedó encendida una frente a Giesel. La sombra proyectada por esa única fuente
de luz ondeó en el laboratorio como llamas negras.
“¿Quién eres?” preguntó Giesel sin alterarse. El riesgo de una
intrusión, ya fuera de un monstruo o de un humano, nunca podía descartarse.
Revisó rápidamente los alrededores, pero el intruso no era
visible. ¿Sería un accidente o un error? ¿Debería llamar a los guardias?
Mientras lo pensaba brevemente, las sombras de los objetos que oscilaban se
fusionaron en una sola, volviéndose tan grandes que cubrieron toda una
pared.
Claramente, una voz surgió de esa dirección:
[Giesel Zvendard, el único rey de este mundo que gobierna
tanto a humanos como a la raza demoníaca.]
Giesel se irguió en su asiento. Mirando a la sombra, preguntó:
“¿De dónde vienes?”
[De un lugar que ya conoces.]
“¿Cuál es tu propósito?"
[El juramento que tu sombra hizo en lo más profundo del
universo.]
Giesel guardó silencio por un momento, sin comprender de
inmediato. La voz de la sombra continuó.
[Ha llegado el momento de cumplir el contrato.]
Fue entonces cuando Giesel comprendió la identidad del
visitante inesperado.
Cuando Rensley estuvo cautivo en manos de Felyx, Giesel
realizó un ritual para entregar su alma al Inframundo. Por suerte, no necesitó
usar ese poder gracias a la intervención de la Loba Blanca, pero el efecto de
un contrato realizado no desaparece.
Su alma, tras su muerte, seguía perteneciendo al Inframundo.
Pero aún no era el momento. Giesel estaba vivo y la muerte aún estaba lejos de
él.
La creencia común era que el cuerpo físico se queda en el
mundo material y se descompone, mientras el alma viaja al mundo de los dioses a
través del Inframundo. Pero como Giesel había dado su alma como garantía, debía
quedar vinculada allí para siempre.
En el mundo circulaban historias advirtiendo que las almas
atrapadas en el Inframundo pasaban la eternidad como esclavos. La Loba Blanca
también le advirtió que su destino tras la muerte sería miserable.
Pero Giesel no sentía miedo. Lo más importante para él no era
el "después", sino recuperar a Rensley como el ser que respiraba en
este mundo en ese preciso instante. Se le podría tachar de arrogante, pero no
creía que hubiera algo que no pudiera resolver simplemente por tratarse de un
asunto de más allá de la muerte.
“El contrato que firmé estipula que se cumplirá tras mi
fallecimiento.”
[Se ha preparado un lugar. Aceptamos el valor de tu alma y
sellamos un pacto, por lo tanto, debes ocupar ese espacio.]
“¿Estás sugiriendo que vas a asesinar a un hombre vivo para
llevártelo?”
[Humano astuto y brillante. El Inframundo solo accedió a
reclamar tu alma tras tu muerte; en ningún momento prometió no intervenir para
que esta ocurra.]
Giesel soltó una breve carcajada cargada de mofa. Era bien
sabido que los seres divinos solían engañar a los hombres con juegos de
palabras, pero esto era una violación flagrante del contrato. Giesel entrecerró
los ojos con frialdad.
“En ese caso, mi respuesta será la misma. Yo solo accedí a
entregar mi alma tras mi muerte; jamás dije que aceptaría interferencia.”
Las luces que se habían extinguido volvieron a encenderse de
golpe, iluminando la estancia mientras la sombra se reducía de tamaño. Giesel
recitó un conjuro con rapidez y extendió la mano hacia la figura que oscilaba
ante él.
La sombra esquivó el ataque con una agilidad sobrehumana y
alteró su forma hasta adoptar una apariencia casi idéntica a la de un hombre.
Era un Segador de Almas, tal como describían las antiguas crónicas. A pesar de
la gravedad de la situación, el lado erudito y mago de Giesel no pudo evitar
maravillarse ante la aparición.
“Es tal como dicen las leyendas. He oído que el Inframundo es
el reflejo especular del mundo humano, y que por ello sus deidades poseen
formas similares a las nuestras.”
[Rey de humanos y demonios, ¿estás rechazando nuestra
propuesta?]
“¿Propuesta? Tú no has venido a proponer nada. Has quebrado
una promesa y has amenazado mi seguridad y la estabilidad de mi reino; solo te
he dado el trato que mereces por tal insolencia.”
[El lugar ha sido dispuesto y alguien debe ocuparlo.]
El Segador, con su rostro carente de toda emoción, guardó
silencio un instante y murmuró para sí mismo, como si evaluara una alternativa.
[Si no es Giesel Zvendard, entonces alguien que comparta su
misma sangre. Esa persona también poseería el derecho de ocupar el sitio.]
“¿Qué has dicho?”
Antes de que Giesel pudiera siquiera replicar, el Segador
azabache se desvaneció en el aire como si nunca hubiera estado allí. En el
laboratorio nuevamente iluminado, Giesel permaneció inmóvil apenas un segundo
antes de echar a correr con urgencia.
“¡Confirmen el estado de la Comandante Freeda! ¡Ahora mismo!”
rugió.
Abrió la puerta de golpe y su orden resonó como un trueno en
los pasillos, sumiendo al Castillo de Laudken en un caos súbito. El Comandante
de los Caballeros, Anton, informó con premura.
“Alteza, la Comandante Freeda aún no ha regresado de la
muralla defensiva.”
“¡Por eso mismo ordeno que confirmen su estado de inmediato!
¡Dense prisa!”
Tras concluir su guardia invernal, se esperaba que ella
regresara a Laudken con la llegada de la primavera. Como era costumbre, tras
las fastuosas celebraciones de bienvenida, partiría hacia su propio feudo para
atender a sus ciudadanos y las labores administrativas.
Aunque el riesgo de ataques de monstruos disminuía con el fin
del invierno, cerrar la barrera y organizar el repliegue requería tiempo; por
ello, aunque su regreso era inminente, aún custodiaba el muro del norte.
"Alguien que comparta la sangre de Giesel
Zvendard". En ese momento, la única persona que encajaba con esa
descripción era su prima, Freeda. La barrera del extremo norte se encontraba a
una distancia considerable del castillo, pero para un Segador, el espacio
carecía de sentido. Giesel dudaba seriamente de si, por muy rápido que actuara,
su magia podría competir con la velocidad de un espíritu.
Fue entonces cuando una voz enérgica y cristalina cortó el
aire entre la multitud de sirvientes y soldados confundidos.
“¿Ha sucedido algo? Es la primera vez que veo al Castillo de
Laudken sumido en semejante desorden.”
La gente, que corría de un lado a otro, se detuvo en seco para
mirar hacia la entrada.
“¡Comandante Freeda!” exclamó uno de los oficiales, dejando
escapar un suspiro de alivio tras haber sido arrastrado por la alarma general
sin comprender el motivo.
Giesel, al verla entrar ilesa, se quedó lívido, como si
acabara de ver a un espectro.
“Ayer, mientras cabalgaba, me hice un pequeño rasguño. Como mi
regreso oficial estaba programado para dentro de una semana, los muchachos de
la guardia insistieron tanto en que regresara que acabaron por convencerme.”
explicó ella con naturalidad. “Lamento no haber avisado con antelación; solo
pretendía darles una pequeña sorpresa.”
Freeda recorrió el lugar con la mirada y volvió a preguntar:
“¿Realmente está pasando algo grave?”
“... ¿No has experimentado ningún percance extraño en el
camino?”
“¿Un percance?” Freeda arqueó las cejas con sorpresa y negó
con la cabeza. “Todo lo contrario, el viaje ha sido tan placentero como una
excursión. Al descender de la barrera, noté que el clima se ha vuelto muy
cálido. Anton, espero que te encuentres bien.”
“Gracias a su bienestar, el castillo ha permanecido en paz.”
respondió el capitán.
Gracias al retorno imprevisto de Freeda, la tensión en el
castillo se disipó en un instante, pero el rostro de Giesel seguía rígido, como
tallado en piedra. Un Segador no lanzaría una advertencia en vano. Un ser que
trasciende las leyes físicas no concedería una tregua sin razón. Eso
significaba que, desde el inicio, el objetivo nunca había sido Freeda.
Entonces...
En un instante, un escalofrío punzante le recorrió la columna
vertebral. Las pupilas de Giesel, el hombre que rara vez perdía la compostura,
temblaron con violencia.
Sin mediar palabra ni dar más instrucciones, desapareció de la
vista de todos. Los presentes, estupefactos, comenzaron a susurrar entre ellos.
En el castillo se sabía que el Gran Duque dominaba la magia de
teletransportación, pero apenas recurría a ella fuera de sus horas privadas; la
ubicación del soberano era una información de Estado que siempre debía ser
transparente.
“¡Alteza!” gritó Anton, mientras ordenaba a sus hombres
reorganizarse.
El comportamiento de Giesel era alarmante. En la época del año
con menos amenazas externas, ¿qué motivo podría existir para que el Duque
luciera una palidez mortal?
Sin embargo, su rey era el mago más poderoso del continente y
un erudito sin igual; si mostraba tal premura, la razón debía ser
trascendental, y el capitán no podía evitar sentir que el aire se volvía pesado
por la angustia.
Lejos del tumulto, Giesel se materializó en el interior del
invernadero de cristal. El recinto, aunque vacío de personas, seguía rebosante
de la luz cálida de la tarde, el murmullo del agua, el aroma verde de la
vegetación en crecimiento y la fragancia de las flores primerizas. Giesel
siempre había considerado aquel invernadero como el rincón más sereno y hermoso
de todo Laudken; quizás de toda Oldenlandt.
Aunque él lo había construido, fue su Gran Duquesa quien le
infundió esa vida exuberante. Era un espacio resplandeciente, impregnado de su
esencia y su cuidado en cada rincón.
La urgencia que lo había empujado a teletransportarse se
esfumó de pronto. Giesel comenzó a caminar con una lentitud agónica, como
alguien que presiente una tragedia y se resiste a que sus ojos la confirmen. Su
mano, de dedos largos y fuertes, apartó suavemente una hoja que le impedía ver
el centro del lugar. Allí se encontraba el nido de terciopelo que ya conocía.
El escenario era idéntico al de siempre. Salvo por un detalle...
La mano que sostenía la hoja cayó inerte a su costado. Giesel clavó la mirada en el vacío que se extendía ante él. Todo permanecía intacto, pero el capullo de color crema que había custodiado aquel sitio durante meses, como una reliquia inmutable, había desaparecido por completo.