El breve verano de Oldenlandt comienza a finalizar cuando las naciones más allá de la frontera aún disfrutan de la plena canícula. Los habitantes del norte saben que esperar a que el invierno esté encima para prepararse es un error; por ello, en cuanto el aire matutino se torna gélido, sacan sus ropajes de piel para retocarlos. Al llegar el otoño, las chimeneas y braseros ya están encendidos, y las sopas calientes presiden las mesas al caer la noche.
El "accidente" ocurrió precisamente en otoño, cuando
las temperaturas empezaban a descender.
Tras concluir los asuntos de Estado por la mañana, Giesel y
Rensley disponían de tiempo para sus labores personales.
La rutina del Gran Duque era casi inmutable: terminadas sus
obligaciones oficiales, se trasladaba a la biblioteca o al laboratorio para
sumergirse en la lectura o en la investigación mágica. Por el contrario, la
agenda de Rensley variaba cada día; podía estar en el invernadero cuidando los
cultivos, visitando a los sacerdotes, acudiendo al cuerpo de caballeros para
participar en los entrenamientos o recibiendo a los invitados que solicitaban
audiencia.
Dado que Giesel no era propenso a las interacciones sociales y
Rensley poseía una destreza superior para la hospitalidad, con el tiempo,
incluso los invitados del Gran Duque terminaron buscando a Rensley. Los salones
del Castillo de Laudken, antes sumidos en el silencio, ahora rebosaban de vida
con frecuencia.
Giesel, como de costumbre, cumplía con su agenda. Como
soberano del norte y mago de renombre, poseía diversos intereses, pero
últimamente su mayor desvelo era la tecnología de transporte de suministros. El
norte es una tierra yerma de inviernos prolongados, lo que obliga a depender de
las importaciones para obtener alimentos y recursos; por tanto, los costos de
transporte representaban una carga financiera que no se podía ignorar.
Cuanto más alto era el costo de transporte, más difícil
resultaba no solo importar, sino también exportar los recursos del norte. Por
ello, Giesel realizaba experimentos constantes, sin permitirse un ápice de
pereza, buscando la forma de reducir el esfuerzo y el gasto de movilizar
mercancías.
“Comencemos entonces.”
“Sí, Su Alteza.”
Ese día, Giesel había completado los preparativos para probar
un nuevo encantamiento. El objetivo era nítido: si lograba reducir
drásticamente el volumen y peso de un objeto y luego restaurarlo, el dinero y
esfuerzo del transporte disminuirían en igual medida.
A simple vista parecía sencillo, pero una magia que ajustara
únicamente el tamaño conservando la integridad cualitativa de los objetos jamás
se había logrado con éxito total. No obstante, Giesel esperaba una alta
probabilidad de triunfo con la nueva fórmula que había diseñado. Con un
entusiasmo inusual en él, se posicionó frente al círculo mágico.
Cerró los ojos para concentrarse. Su voz baja, recitando el
hechizo a un ritmo constante con las manos extendidas, flotó por el
laboratorio. Cuando el círculo mágico comenzó a resplandecer, los magos reales
que observaban vitorearon en voz baja. La luz se intensificó hasta volverse
cegadora, inundando la estancia con un fulgor blanco azulado. Todos se
cubrieron el rostro con las manos o las mangas.
Al terminar el encantamiento, la luz se disipó. Los presentes
abrieron los ojos ansiosos por ver el estado del objeto. Giesel también fijó la
mirada en lo que tenía enfrente. Tras un breve silencio, murmuró para sí mismo.
“... ¿Acaso ha sido un fracaso?”
Su tono era dubitativo. El objeto no se había reducido tanto
como esperaba, pero tampoco parecía estar exactamente igual que antes.
«¿Qué ha cambiado?» Giesel contrajo el entrecejo
intentando hallar la diferencia. Sin embargo, pronto notó una atmósfera
extraña. Los magos que rodeaban el círculo no miraban el objeto, sino que lo
miraban fijamente a él.
Giesel observó a su alrededor y comprendió que algo andaba
mal; su ángulo de visión respecto a todas las cosas se había alterado. Larkov,
el jefe de los magos, fue el primero en hablar.
“Su Alteza, usted…”
Giesel se miró las manos. Sus dedos eran notablemente más
cortos que antes de recitar el hechizo.
“No ha sido el objeto... es Su Alteza quien se ha encogido.”
“... Ya veo.”
Incluso su voz había cambiado. Un sirviente trajo
apresuradamente un espejo. Giesel contempló su reflejo sin expresar emoción
alguna.
El Giesel Zvendard que le devolvía la mirada era, en todos los
sentidos, un niño de apenas cinco o seis años con expresión huraña.
✦
Giesel permanecía sentado en una silla alta, con los pies
colgando sin alcanzar el suelo, reflexionando en un silencio absoluto sobre el
experimento fallido. Aunque su mente analítica intentaba clasificarlo como un
simple error, la situación resultaba sumamente engorrosa.
«Solo pretendía reducir el volumen del objetivo, ¿cómo es
que el estado biológico del ejecutor se ha visto alterado? ¿En qué punto exacto
ocurrió el error?»
¿Debería considerar una fortuna, en medio de la desgracia, el
haber retrocedido a una etapa donde aún conservaba el raciocinio y la capacidad
de comunicación? Un mago de alto nivel puede alterar su apariencia con magia de
transformación, pero aquello no es más que un velo para engañar al ojo. Alterar
la longevidad real o retroceder el tiempo es una hechicería peligrosa que no
debe tocarse a la ligera. Por ello, los magos concluyeron que se trataba de una
anomalía fortuita; de haber sido un fallo más severo, Giesel podría haber
envejecido súbitamente o haberse convertido en un lactante.
Ahora, la prioridad absoluta de los magos reales era restaurar
a Giesel Zvendard a su estado original. Tras discutir el manejo de la crisis,
concluyeron que ocultarse sería contraproducente. Decidieron explicar a quienes
desconocían las artes místicas que se trataba de un accidente común, mientras
buscaban una solución bajo cuerda.
Giesel, sumido en sus pensamientos con la barbilla apoyada en
su pequeña mano, preguntó al sirviente a su lado:
“¿Se le ha informado ya a la Gran Duquesa?”
“Sí, Su Alteza. Puesto que se encontraba en el invernadero,
debe estar en camino.”
Al pensar en Rensley, Giesel soltó un leve suspiro. La imagen
de un infante con el rostro del Gran Duque suspirando con aire solemne
resultaba cómica para los presentes, aunque él no fuera consciente de
ello.
Todo problema posee una respuesta, y en el proceso de
hallarla, el éxito y el fracaso suelen cruzarse. Giesel confiaba en encontrar
la solución, pero no había forma de ocultar el error inmediato. ¿Cómo
reaccionaría Rensley? Tras haber aceptado su propuesta de matrimonio creyendo
que era un hombre en quien confiar de por vida, resultaba mortificante
presentarse ante él tras un error tan absurdo.
Frente a Rensley, Giesel deseaba ser el consorte y soberano
perfecto, alguien sin fisuras. Por ello, experimentaba una vergüenza inédita en
su vida, aunque su pequeño rostro no revelara tal agitación interna.
“¡Su Alteza!”
No pasó mucho tiempo antes de que una voz angustiada resonara
por todo el palacio, seguida por el eco de pasos que corrían a toda velocidad.
Los sirvientes que escoltaban a la Gran Duquesa también corrían tras él,
provocando un pequeño alboroto en los pasillos. Rensley entró en el despacho,
jadeando, y se detuvo en seco frente a Giesel. Su cabello rubio, impecable por
la mañana, estaba ahora desordenado. Giesel compuso una expresión serena y alzó
la mirada hacia su esposo.
El rostro de Rensley, que normalmente estaba un nivel por
debajo del suyo, ahora quedaba muy por encima. Sin parpadear y con una
expresión de desconcierto absoluto, Rensley lo contempló fijamente antes de
hablar con cautela:
“¿Su Alteza… es…?
“Soy el Giesel Zvendard que conoces.”
“¿No hay ningún problema con su salud? ¿Se encuentra bien?”
“Estoy bien. Simplemente mi cuerpo ha rejuvenecido de forma
temporal debido a la influencia de la magia.”
Tras el breve intercambio, se produjo un silencio tenso.
Rensley se cubrió lentamente la boca con las manos y, finalmente, exclamó
conmovido.
“¡Cielos! ¿Qué clase de magia es esta? ¡Su Alteza es demasiado
adorable!”
Rensley se arrodilló para quedar a la altura de sus ojos.
Giesel pudo ver con nitidez la expresión de Rensley; sus ojos violetas con
matices rojizos brillaban como joyas, rebosantes de emoción.
“Vine corriendo pensando que había ocurrido una tragedia, y me
encuentro con que se ha vuelto así de lindo... ¿Acaso ha sido una broma para
sorprenderme? No sabía que Su Alteza poseía un ingenio tan encantador.”
Al oír aquello, Giesel observó rápidamente a los sirvientes a
su alrededor. Solo los magos que participaron en el experimento y sus allegados
más cercanos conocían la verdad; los demás aún esperaban una explicación.
Giesel decidió no negar la suposición de Rensley y preguntó en voz baja:
“¿Acaso mi broma ha tenido éxito?”
“¡Un éxito rotundo! Me he llevado un susto enorme, pero es que
es demasiado lindo. ¡Ay! Estaría encantado de ser víctima de una broma así
varias veces al año. Su Alteza, ¿puedo abrazarlo?”
“Por supuesto.”
“¡Guau!”
Rensley extendió los brazos y alzó a Giesel de golpe. El
pequeño Duque abrió mucho los ojos al sentir que su cuerpo era elevado en el
aire.
«¿Cuándo fue la última vez que alguien me tomó en brazos?
Probablemente cuando estaba al cuidado de mi nodriza.» Era un recuerdo tan
remoto que la sensación le resultó completamente nueva. Rensley, inquieto de
alegría, no dejaba de expresar su asombro.
“Qué ligero... Pensar que el Gran Duque, que parecía un
gigante, se ha vuelto así de pequeño... La magia es realmente increíble.”
“... ¿Tanto te agrada?”
“¡Claro que sí! Yo lo conocí cuando ya tenía veinte años, así
que nunca vi su aspecto de niño. ¿Acaso Su Alteza no desearía ver cómo era yo
de pequeño?”
Giesel asintió de inmediato. Un pequeño Rensley Mallosen
habría sido, sin duda, la criatura más adorable del mundo.
A pesar de las penurias causadas por sus parientes en la
familia real de Cornia —especialmente por aquel medio hermano al que Giesel ya
se había encargado de despachar— Rensley afirmaba con orgullo que se había
convertido en quien era gracias al afecto de quienes lo rodeaban.
Si Giesel lo hubiera conocido en aquel entonces, lo habría
traído de inmediato a Oldenlandt para comprometerse con él. Habrían dormido en
la misma cama cada noche para que Rensley nunca más tuviera que buscar refugio
en habitaciones ajenas o en los establos por miedo a los truenos.
“De ser posible, me gustaría volver a aquel tiempo.”
“Jajaja, retroceder el tiempo es imposible, pero me siento de
maravilla al poder ver este aspecto de Su Alteza gracias a la magia. ¿Y cuánto
tiempo durará este estado?”
Como no había una fecha clara, Giesel respondió con evasivas.
“Tanto como tú lo desees.”
Al oír eso, uno de los ministros presentes no pudo contenerse
y carraspeó. Rensley rió con timidez, abrazó a Giesel con más fuerza y susurró:
“Incluso siendo pequeño, su elocuencia sigue intacta.”
Giesel se sintió un tanto confundido, pues no pretendía ser
elocuente, sino simplemente hacer pasar el accidente por una magia
“intencionada”. No obstante, decidió no dar explicaciones y mantenerse en su
papel de niño en los brazos de Rensley.
“Por ahora, deseo conversar contigo en privado, así que
vayamos a la habitación.”
“Vaya, en pleno día... Veo que solo su cuerpo ha rejuvenecido.
¿Pero quiere retirarse ya? Yo aún quiero contemplar este aspecto un poco más.”
Rensley rió con picardía, como si imaginara una situación
disparatada ante la mención de la habitación. Giesel no negó la suposición y se
dejó llevar por el paso de Rensley.
Una vez en la habitación y tras despedir a los sirvientes,
Giesel señaló la mesa de té.
“Sentémonos a conversar allí.”
“¿De verdad solo quería conversar?”
Rensley acomodó a Giesel en la silla con naturalidad. No
obstante, era un mueble diseñado para un hombre de gran estatura; al sentarse,
el rostro del niño apenas alcanzaba el borde de la mesa.
“Es adorable, pero así será incómodo charlar.”
Inevitablemente, Giesel terminó sentado de nuevo en el regazo
de Rensley en el sillón. Normalmente, era Rensley quien se sentaba sobre las
piernas de Giesel, pero hoy los papeles se habían invertido.
Como el clima empezaba a refrescar, los criados habían
encendido la chimenea temprano para mantener la temperatura. Sentados frente al
fuego, se miraron el uno al otro, obviando el hecho de que uno de ellos se
había encogido.
“Bien, ¿qué es lo que desea decirme?” preguntó Rensley.
Incluso el tono de Rensley se había vuelto extrañamente
protector, como quien arrulla a un infante. Giesel había despejado la estancia
para informarle sobre la realidad de la situación; la Gran Duquesa era su
aliado más cercano y debía conocer cualquier contratiempo del soberano por
razones de Estado.
Sin embargo, al estar allí sentado, recibiendo la mirada dulce
de Rensley que lo contemplaba como a un niño, el pensamiento de Giesel cambió.
Él siempre había poseído una gran confianza en sus habilidades
como mago. Aunque la fórmula había fallado, confiaba en hallar la solución
pronto. Su mente y su magia permanecían intactas; el error se corregiría
rápido.
«¿Es necesario inquietar a Rensley con la verdad?» Si
no hallaba la solución tan rápido como esperaba, siempre podría decírselo
después. Al ver a la Gran Duquesa tan genuinamente complacido, el hombre que
jamás había conocido lo que era una broma decidió regalarle precisamente eso:
una "broma".
“¿Cómo va la cosecha en el invernadero?”
“Va bien. He traído algunas semillas nuevas para sembrar según
la temporada, pero habrá que ver si germinan adecuadamente. A veces se
estropean en el trayecto hacia el norte.”
“Ya veo... Semillas. Aunque su volumen es pequeño, su estado
es frágil; tendré que investigar más sobre eso.”
Rensley lo miró con curiosidad y ladeó la cabeza.
“¿Me pidió venir para hablar del invernadero?”
“No. Es que me resultaba incómodo que todos me miraran de esa
forma.”
“¡Eso es inevitable! ¡Es que es demasiado lindo!”
Rensley rió mientras pellizcaba suavemente las mejillas de
Giesel y luego le daba besitos alternos en cada una. Las mejillas, antes
firmes, ahora estaban regordetas, y la mandíbula angulosa se había redondeado.
Giesel parpadeó con sus ojos ahora más grandes.
“¿Cómo se le ocurrió hacerme una broma así?” Rensley preguntó
risueño.
“Estoy realizando experimentos para reducir el tamaño de los
objetos manteniendo su esencia. Simplemente decidí aplicarlo en mí mismo como
prueba.”
Un mago se habría escandalizado ante tal explicación, pues
reducir objetos inanimados y alterar seres vivos son disciplinas distintas,
pero Rensley preguntó sin sospechas:
“¿De verdad no le importa estar así hasta que yo diga que es
suficiente?”
Ocultando el hecho de que no podía volver a la normalidad de
inmediato aunque quisiera, Giesel asintió con calma.
“Mi labor es principalmente intelectual, así que no hay
inconveniente en que mi físico sea inmaduro por ahora.”
“¿Ha almorzado ya? Ya es casi la hora.”
“Aún no.”
En su afán por resolver el error, Giesel había olvidado
alimentarse. Rensley se puso en pie cargándolo en brazos.
“Hoy mismo prepararé su almuerzo. He estado tan ocupado que
solo he podido cocinar la cena de vez en cuando; hace tiempo que no me encargo
del almuerzo.”
“Ya hemos conversado, así que puedes volver al invernadero si
tienes tareas pendientes.”
“No, no. De todos modos hay que comer. Espere un poco,
prepararé un menú especial para Su Alteza.”
✦
Pronto, todos en el Castillo del Gran Duque supieron que
Giesel se había encogido.
Anton, que acababa de llegar de un asunto externo; Freeda, que
preparaba su partida hacia la barrera en dos semanas; e Yvette, más ocupada que
nunca reuniéndose con gente, observaban con expresiones singulares a Giesel
sentado en su silla. Freeda contrajo el entrecejo.
“¿Qué clase de gusto tan espantoso es este? Un hombre hecho y
derecho pretendiendo ser un niño... ¿Acaso te han dado ganas de que te mimen a
estas alturas?”
“¿Espantoso? No sea así, Princesa. A mí me parece encantador.”
intervino Rensley, rodeando a Giesel con sus brazos para protegerlo de las
críticas. “Su Alteza, no le haga caso. Con que a mí me complazca es suficiente,
¿no cree?”
Rensley no soltaba al pequeño Giesel de su regazo,
deleitándose con su nueva apariencia, mientras los demás reaccionaban con menos
entusiasmo.
“Seguro que recuperará su forma original pronto. Supongo que
ejercer el mando en el cuerpo de un niño debe resultar sumamente incómodo.”
Anton añadió con una sonrisa algo forzada.
“Pienso permanecer en este estado mientras la Gran Duquesa así
lo desee.” sentenció Giesel con voz infantil pero tono firme.
Anton guardó silencio ante la tajante respuesta. Yvette, la
hermana de Rensley, se mostró un poco más diplomática.
“La magia permite cosas realmente variadas. Puesto que el Gran
Duque tiene una imagen algo distante, quizá sea una buena oportunidad para
ganar la simpatía de la gente.”
«La simpatía de la multitud no es más que un estorbo para
un soberano», pensó Giesel, aunque prefirió no prolongar una conversación
que consideraba innecesaria.
“Bien, comamos todos. Hacía tiempo que no me encargaba
personalmente de la cocina.”
Mientras charlaban, se sirvieron los platos. El estofado de
pollo con tomate —la especialidad de Rensley— una sopa picante y reconfortante
aromatizada con pimentón, vegetales al vapor, patatas asadas, salchichas
sazonadas y un licor suave para acompañar. Era una comida sencilla pero digna
de un banquete.
No obstante, el plato frente a Giesel era radicalmente
distinto. El pequeño observó su servicio y luego buscó la mirada de Rensley,
quien le dedicó una sonrisa radiante.
“Lo he preparado especialmente para Su Alteza. Aunque su mente
sea la misma, su paladar ahora es el de un niño; la comida habitual le
resultaría demasiado fuerte.”
Frente a Giesel reposaba una crema suave elaborada con
abundante leche, salchichas picadas mezcladas con huevo cocido triturado y unas
vistosas brochetas de tomate, pimentón, coliflor, berenjena y olivas del
invernadero, ensartadas en pequeñas varas de madera. Más que comida, parecían
juguetes de colores. Mientras Giesel las observaba con curiosidad, Rensley le
ofreció un pequeño cuenco con salsa y le susurró.
“Si se lo termina todo, habrá postre.”
Freeda, observando la escena con creciente impaciencia,
intervino de nuevo.
“A este paso, parecen padre e hijo en lugar de esposos.”
“Al menos diga que parecemos hermanos…” protestó Rensley
mientras comenzaban a comer.
Giesel nunca se había considerado un gourmet; solía comer para
saciar el hambre sin importar demasiado el sabor. Sin embargo, los vegetales
asados que normalmente ingeriría de forma mecánica, hoy le resultaban
exquisitos. Rensley, como si leyera sus pensamientos, explicó:
“El sentido del gusto de un niño es mucho más agudo que el de
un adulto. Incluso un plato sencillo para nosotros se convierte en un manjar
para ellos si se prepara con la delicadeza adecuada.”
“¿Cómo es que posees tal conocimiento si jamás has criado a un
niño?” preguntó Giesel con curiosidad.
“Ya le mencioné que solía frecuentar las cocinas reales. En el
castillo abundaban los niños de toda clase social, y fui testigo de sus
caprichos con la comida en innumerables ocasiones.”
Yvette ladeó la cabeza, observando el plato del Duque con
envidia.
“Yo también desearía probar esas brochetas tan bonitas.”
“De ninguna manera. Esto es exclusivo para niños. Para los
adultos ya preparé otra cosa.”
“Qué mezquino. ¿Acaso los gustos deben estar estrictamente
divididos por la edad? ¿No opina lo mismo, Comandante?”
Anton, que comía en absoluto silencio, se mostró desconcertado
ante la inesperada pregunta de Yvette. Freeda respondió en su lugar antes de
que él pudiera articular palabra:
“La Gran Duquesa lo está malcriando en exceso. No hay
necesidad de elaborar platos especiales solo por su apariencia. Tanto el Gran
Duque como yo crecimos consumiendo los mismos alimentos que nuestros padres
desde la infancia.”
“Lo dudo mucho, Princesa. Me atrevería a apostar que los
cocineros reales tenían cuidados especiales con ustedes sin que lo notaran.”
Mientras los adultos sostenían esa discusión improductiva, el
pequeño Giesel continuaba comiendo en silencio. Rensley se inclinó hacia él con
dulzura.
“¿Verdad que prefiere su comida especial, Su Alteza?”
Giesel asintió sin mediar palabra. Cuando Rensley acarició sus
mejillas regordetas con una sonrisa, Freeda volvió a refunfuñar.
“Es una escena verdaderamente indignante. ¿No estás de
acuerdo, Anton?”
“Ah... ¿le resulta incómodo?” respondió Anton, quien se
encontraba en la encrucijada de no saber a quién apoyar.
Freeda parecía estar inusualmente irritable con Giesel, casi
como si estuviera celosa. Rensley, observador, no tardó en descifrar el
motivo.
«La Princesa también desearía que la mimaran.» Faltaba
poco para su partida hacia la barrera. Por mucho que fuera una carga aceptada
voluntariamente, el invierno que se cernía sobre ellos no dejaba de ser
temible. Los habitantes del norte estaban condenados a repetir este ciclo de
frialdad toda su vida.
«Ojalá el Comandante fuera un poco más receptivo» pensó
Rensley con un suspiro interno. Anton Sorrell era un hombre íntegro y
responsable, pero sumamente torpe en los asuntos del corazón. Su sentido del
deber le impedía entablar relaciones ligeras, y más aún frente a una mujer con
la que tuvo un compromiso roto y una marcada diferencia de rango. Rensley creía
que tanto para Freeda como para Yvette, sería mucho más sano que Anton las
tratara con la misma naturalidad que a sus propios caballeros.
Tras el almuerzo, salieron al patio central para disfrutar de
los últimos rayos de sol. Freeda observó a Anton e Yvette, que caminaban unos
pasos por delante, y comentó con una sonrisa melancólica.
“Es gratificante que la Princesa Yvette resida aquí. Así, la
soledad de la Gran Duquesa es menor.”
“Es posible que la Princesa Yvette parta pronto de Laudken.”
respondió Anton.
Freeda abrió mucho los ojos, sorprendida.
“¿De verdad? ¿No se trata de un viaje de negocios temporal,
sino de una partida definitiva?”
“Menciona que está considerando retomar sus labores con el
gremio en el Imperio. Regresará si la situación lo requiere, pero por ahora...
parece que también vigila los movimientos en Cornia y lo está consultando con
Sus Altezas.”
Freeda asintió comprensiva.
“Entiendo... Si no se ha establecido en Oldenlandt como la
Gran Duquesa y no tiene otros lazos que la aten, no hay motivo para padecer el
invierno en el norte.”
Tras murmurar aquello para sí misma, miró fijamente a Anton.
“No obstante, resulta algo inesperado. Tenía la impresión de
que ella albergaba sentimientos por ti.”
“¿Eso le parecía?”
“La Princesa Yvette sería un excelente partido. Aunque su
posición en su país sea débil, su capacidad es enorme y cuenta con el favor del
Emperador. ¿No deberías ser más proactivo en lugar de dejar que se marche?”
“No considero que su afecto fuera de esa naturaleza.”
“Tu padre no lo dice, pero está preocupado. El primogénito de
la familia no puede estar solo para siempre.”
Anton continuó caminando medio paso detrás de Freeda, envuelto
en un silencio respetuoso. Tras un breve lapso, ella retomó la palabra.
“Nuestro compromiso se disolvió por mi voluntad, así que no
tienes por qué guardarme lealtad alguna. Si es necesario, cásate antes que yo.”
“No se confunda. Al igual que usted se sacrifica en la barrera
por la seguridad de Oldenlandt, yo solo deseo cumplir con mi deber como
Comandante por el momento.”
“... El invierno siempre retorna, Anton; debes hallar el
momento adecuado para tu propia vida.”
“Es una satisfacción personal cumplir con mi juramento. No se
angustie por mí.”
Freeda no volvió a pronunciar palabra. Su sonrisa habitual se
tornó amarga, cargada de una sutil melancolía. Anton tampoco añadió nada más.
En el patio, las hojas doradas por el otoño se desprendían de los árboles,
cayendo perezosamente una a una.
✦
Aunque su intelecto permanecía intacto, el cuerpo infantil de
Giesel comenzó a sucumbir a la somnolencia tras el almuerzo. A pesar de que
habitualmente dormía poco y se mantenía activo hasta altas horas, ahora el
sueño lo vencía sin remedio.
Rensley no pudo evitar reír internamente al ver al Gran Duque
cabecear con solemnidad; lo tomó en brazos con delicadeza, le dio unas
palmaditas en la espalda y comenzó a cantar una antigua nana de Cornia. Giesel,
al verse tratado enteramente como un infante, primero puso una expresión severa
e indicó que lo bajaran, pero pronto sus párpados pesaron demasiado y se quedó
profundamente dormido.
“Gran Duquesa, ha llegado una visita. Menciona que tiene una
audiencia pactada para esta hora.”
“¿Una visita?”
“Es el joven señor que suele venir con frecuencia.”
Rensley abrió mucho los ojos. Había olvidado por completo la
cita por estar pendiente de los cuidados del pequeño Giesel.
“Hazlo pasar de inmediato.”
El sirviente regresó poco después escoltando al invitado. Un
niño que aparentaba unos diez años humanos entró con una amplia sonrisa y
realizó un saludo elegante, digno de un príncipe. Rensley lo recibió con
afecto, pues el pequeño ya comenzaba a visitarlo por cuenta propia de vez en
cuando.
“Bienvenido, Auron. ¿Cómo está tu madre?”
“Bien. Hoy tenía asuntos pendientes y no pudo acompañarme,
pero ya soy capaz de venir solo, así que no hay inconveniente.”
“¿Tienes noticias de Amin? Recibo sus cartas ocasionalmente,
pero hace mucho que no nos vemos.”
“Coincidí con él hace poco en la escuela. Dice que estudia con
esmero, aunque parece que tuvo un altercado con sus compañeros de dormitorio y
le obligaron a redactar un ensayo de reflexión.”
Auron respondía educadamente, pero sus ojos estaban fijos,
casi hipnotizados, en el niño que Rensley acunaba en sus brazos. Giesel, que
parecía sumido en un sueño profundo, abrió los ojos ante la presencia del
extraño y observó al invitado desde su posición privilegiada. Rensley,
juguetón, lo acomodó mejor.
“¿Sabes quién es él?”
“... No estoy seguro…” Auron puso cara de preocupación y
preguntó. “Rensley, ¿acaso has tenido un hijo en este tiempo?”
Rensley estalló en carcajadas ante la inesperada ocurrencia y
acarició con ternura el cabello de Auron.
“Los hombres no pueden dar a luz, pequeño.”
“Eso no es cierto. Mi madre asegura que, si se desea, se puede
tener descendencia sin importar el sexo.”
“Eso es porque tú y tu madre son seres divinos, Auron. Los
humanos somos distintos. Además, aunque hubiese tenido un hijo, sería imposible
que creciera tanto en tan poco tiempo.”
Auron hizo un puchero, pero no rebatió más. Al haber convivido
con humanos desde muy pequeño, le costaba procesar esas diferencias
biológicas.
Giesel no intervino en la charla; se limitó a observar a Auron
con una indiferencia gélida. Ante esa mirada, el rostro del niño se fue
transformando hasta que estuvo a punto de romper en llanto, olvidando por
completo su saludo formal de adulto.
“¿Qué ocurre, Auron? ¿Te sucede algo?”
“¡Yo también deseo que me abraces! ¡Se supone que cuando vengo
a jugar, solo debes prestarme atención a mí! ¿Quién es este niño?”
Auron extendió los brazos haciendo un berrinche en toda regla,
lo que desconcertó a Rensley. No obstante, Giesel permaneció impasible en los
brazos de su consorte, mirando con superioridad al pequeño que pataleaba a sus
pies.
Rensley decidió que era momento de bajar a Giesel y le susurró
al oído.
“Su Alteza, lo bajaré ahora. Había olvidado por completo la
visita de Auron; si desea continuar con su siesta, ¿prefiere que lo lleve a la
cama?”
“No quiero.”
“¿Cómo dice?”
“Podemos conversar así. No considero necesario que abraces a
otros niños.”
“Ah, pero Auron es un niño de verdad y Su Alteza es…”
“En términos humanos, él ya ronda los diez años. Ha superado
la edad de pedir que lo carguen.”
«¿Acaso la severidad con los mimos es un rasgo común de los
Zvendard?» pensó Rensley divertido. Soltó un suspiro y se acomodó en el
sofá.
“Como ves, hoy tengo a otro amigo a mi cargo y tendremos que
jugar todos juntos. Es un niño que está bajo mi cuidado temporalmente.”
“... ¿Va a vivir aquí para siempre?”
“No. Es solo por poco tiempo.”
“¿Y dónde está el Gran Duque? ¿En su laboratorio otra vez?”
“Eh... sí. Está ocupado en el laboratorio hoy también.”
Rensley prefirió mantener el engaño para no complicar la
situación explicando que aquel niño era, de hecho, el duque. Abrazó a Giesel
con un brazo y extendió el otro hacia Auron para atraerlo.
“Ven, siéntate aquí. El clima se ha vuelto gélido, así que en
lugar de salir, ¿qué tal si charlamos y jugamos aquí dentro?”
“Yo no sé lo que es tener frío. Deseo jugar a las escondidas
con Rensley. O a la pelota.”
Auron se sentó junto a él refunfuñando, y Rensley lo rodeó con
el brazo. Auron y Giesel se miraron con hostilidad. Cuando Auron estiró el pie
para empujar la pierna de Giesel, este contrajo el entrecejo.
Una nuez que estaba sobre la mesa voló súbitamente y golpeó la
frente de Auron con un seco "¡clac!", para luego rodar por la
alfombra.
“¡Ay!”
“Su Alteza.” susurró Rensley en tono de reproche.
Pero Giesel fingió demencia con rostro huraño. A Rensley ya le
costaba creer que solo su cuerpo hubiese regresado a la infancia. Rió entre
dientes y abrazó a ambos.
“Ya es suficiente. Deben llevarse bien. Auron, ahora eres hijo
único, pero quizá en el futuro tengas un hermano menor.”
“Rensley, me duele mucho aquí.” se quejó Auron, aprovechando
la oportunidad para pedir atención.
Rensley se acercó a su frente y sopló con suavidad.
“Así el dolor desaparecerá. Auron es un niño valiente,
¿verdad?”
Rensley se puso en pie cargando a ambos, uno en cada brazo. Al
salir al jardín, todas las miradas se centraron en ellos. Puesto que se asumía
que el Gran Duque y su consorte jamás tendrían descendencia, ver aquella
escena, aunque fuera ficticia, resultaba un espectáculo único en Laudken.
Rensley, consciente de las miradas, salió al jardín con una
sonrisa interna. El jardín este del Castillo de Laudken es tan extenso como un
bosque. En otoño las flores habían desaparecido, pero las hojas teñidas de ocre
y escarlata decoraban el paisaje con una belleza melancólica. Rensley indicó a
los sirvientes que aguardaran a una distancia prudencial.
“Su Alteza, ¿está seguro de querer jugar? Auron disfruta de
estos juegos, pero temo que le resulten tediosos. Si prefiere retirarse a
descansar, es libre de hacerlo.”
“No hay inconveniente. Puesto que hemos recibido a un
invitado, lo atenderé con la cortesía debida.”
Su rostro, sin embargo, no reflejaba que viera a Auron como un
invitado grato. Ante esa hostilidad apenas disimulada, Rensley le susurró al
oído.
“¿Por qué es tan severo con el pequeño? No es una actitud
propia de un adulto.”
“Persiste en declarar que se convertirá en tu segundo
consorte; no es de extrañar que no me resulte agradable.”
“Es solo un niño, Su Alteza. Los niños dicen esas cosas todo
el tiempo. ¡Yo mismo le propuse matrimonio a todas las damas del palacio cuando
era pequeño!”
“No es un niño humano común; en unos pocos años habrá crecido
de forma irreconocible.”
Parece que, al haberse convertido en niño, Giesel sentía la
libertad de desquitarse por los comentarios que normalmente solo le hacían
arquear una ceja. Rensley rió y lo bajó al suelo.
“¡Bien, juguemos a las escondidas! Contaré hasta treinta y
tienen que esconderse bien. Si los encuentro, el siguiente en buscar será el
primero al que encuentre.”
Rensley apoyó el rostro en el tronco de un árbol y comenzó a
contar en voz alta. Auron salió disparado de inmediato; Giesel, que jamás había
participado en un juego semejante, permaneció un instante estático antes de dar
media vuelta justo cuando Rensley alcanzaba el número cinco.
El verdor casi se había extinguido en el jardín de Laudken.
Las hojas carmesíes y doradas se desprendían con cada racha de viento. La voz
de Rensley, contando con entusiasmo, se iba desvaneciendo en la
distancia.
Giesel corrió sobre el manto de hojarasca, atravesando setos y
arcos de piedra ornamentales. Hacía una eternidad que no corría hasta sentir
que el aliento le faltaba. El aire puro y gélido le acariciaba las mejillas y
el cabello, refrescando sus pulmones de una manera que no recordaba.
Para Giesel, ocultarse era una tarea trivial; podría haberse
vuelto invisible a espaldas de Rensley si así lo hubiera deseado. No obstante,
consideró que emplear magia en un juego infantil sería una falta de honor, y él
siempre respetaba las reglas. Finalmente halló el sitio ideal: un hueco natural
en el tronco de un árbol, del tamaño exacto para un niño de su estatura.
Se adentró en él. El interior resultaba acogedor, protegido de
las corrientes de aire, con un mullido lecho de hojas secas en el fondo. El
tronco era robusto, pero el centro estaba hueco, permitiendo que finos hilos de
luz solar se filtraran desde lo alto. Se sentía como si estuviera en el fondo
de un pozo contemplando el firmamento. Unas ardillas y un par de polillas
huyeron despavoridas ante la intrusión del pequeño Duque.
«¿Existía un rincón así en el jardín?» Giesel había
vivido en el Castillo de Laudken como si estuviera atrapado, sin haber viajado
demasiado lejos desde su nacimiento. Sin embargo, ahora recorría con una mirada
lenta y extrañada el tronco añejo y las hojas acumuladas a sus pies, como un
visitante en tierras desconocidas. Inspiró profundamente el aroma del otoño que
lo envolvía.
“¡Treinta! ¡Preparados o no, allá voy!” la voz de Rensley
llegó como un eco lejano.
A pesar de que el propósito de las escondidas es el misterio
del hallazgo, Giesel no sentía la más mínima inquietud por ser descubierto.
Se encontraba de pie dentro del hueco del árbol, pero pronto
decidió tomar asiento sobre la hojarasca acumulada. El montón de hojas secas,
que aún conservaba rastro de sus colores originales, era tan mullido como una
almohada y exhalaba un profundo aroma a otoño.
“¿Por dónde andarán? ¡Ya verán que los encuentro ahora mismo!”
Las palabras de Rensley, quien hablaba consigo mismo a
propósito para ser escuchado —como si marcara el compás del juego para
animarlos— resonaban con una alegría que se fundía con el trino de los pájaros.
Giesel había salido al jardín de manera repentina, justo
cuando estaba a punto de entregarse a la siesta. Mientras aguardaba en absoluto
silencio a que Rensley lo hallara, luchó profundamente por mantener abiertos
sus párpados, que pesaban cada vez más; sin embargo, pronto sus sentidos
comenzaron a nublarse ante la somnolencia. Se acurrucó sobre el lecho de hojas
y se cubrió el pequeño cuerpo con su capa.
«¿Y si me he ocultado demasiado bien y es incapaz de
encontrarme?» Por un instante, aquella duda lo asaltó, pero al mismo tiempo
llegó el convencimiento de que tal cosa era imposible. No tardó nada en quedar
sumido en un sueño ligero.
“Te encontré.”
¿Cuánto tiempo habría vagado por sus sueños? Giesel abrió los
ojos al escuchar una voz cargada de risas. Rensley estaba inclinado, asomándose
al interior del hueco del árbol.
“Su Alteza, aquí estaba. ¿Se quedó muy dormido?”
“...”
“Es demasiado estrecho, así que yo no puedo entrar. Vamos.
Rensley extendió ambos brazos hacia el interior del tronco.
Giesel, como si aún no hubiera despertado del todo, no se movió; permaneció
acostado y se limitó a observar a la persona que había ido a buscarlo. Entornó
los ojos, como alguien que se deslumbra al mirar directamente los rayos de sol
que se filtraban entre la madera.
“Venga pronto. Si se queda en un lugar así por mucho tiempo,
sentirá frío.”
Ante su falta de reacción inmediata, Rensley lo apremió una
vez más. Giesel extendió la mano lentamente; una mano cálida lo sujetó y lo
guió con dulzura hacia el exterior. Rensley lo tomó en brazos de inmediato.
Frotó su mejilla contra la de Giesel, que estaba un poco fría, mientras soltaba
una risita.
“¿Cómo se le ocurrió esconderse en un sitio así? Qué adorable
es. Hace un momento parecía realmente un pequeño oso hibernando.”
Giesel, todavía somnoliento, en lugar de responder, apoyó el
rostro en el hombro de Rensley. Este, cargando al pequeño Gran Duque, caminó
con paso firme mientras alzaba de nuevo la voz.
“¡Auron! Ya los encontré a los dos, ¡así que ahora debemos
decidir quién busca de nuevo!”
“Es que Rensley se esconde demasiado bien, es difícil
encontrarte.” se quejó Auron.
Incluso el sonido de las quejas de Auron le resultó a Giesel
menos molesto que antes. Bajó dócilmente de los brazos de Rensley y, tras
lanzar piedras para elegir al buscador, observó en silencio y con admiración
cómo Rensley trepaba por los árboles como una ardilla voladora para ocultarse.
Tras varias rondas cambiando de buscador, el día comenzó a
oscurecer. Al regresar al castillo, los tres se sentaron de nuevo en el sillón;
los dos niños ocuparon los costados de Rensley, adueñándose de sus brazos.
Rensley comenzó a hablar, proponiendo contarles una historia.
“¿Qué les contaré hoy? Auron se aburre con las historias de
fantasmas que les gustan a otros niños…”
“Continúe con la de antes. Se quedó en la parte donde el
príncipe comprometido y la dama de la corte comprometida se entregan a un amor
prohibido.” pidió Auron.
Ante aquello, Giesel levantó la mirada hacia Rensley con
fijeza.
“¿Qué clase de historias le estás contando a un niño?”
“Es que... conforme hablábamos, la conversación fluyó por ese
camino…”
Rensley, avergonzado, evitó la mirada de Giesel, pero solo fue
por un instante. Con ambos niños en sus brazos, sonrió y comenzó el relato
según se le iba ocurriendo. Al ser una historia improvisada y trivial, Giesel
—que solo tenía el cuerpo de un niño— debería haberla encontrado aburrida;
incluso si se quedaba dormido, Rensley lo habría aceptado con indulgencia. Sin
embargo, Giesel escuchó con atención la disparatada historia de Rensley hasta
el final, sin mostrar rastro de aburrimiento.
Como uno de ellos ahora necesitaba dormir más, la noche de la
pareja ducal también llegó antes de lo habitual. Acostados en la misma cama,
como siempre, Rensley extendió su brazo para que Giesel lo usara de almohada.
Acomodó la pequeña cabeza sobre su brazo, lo rodeó con un abrazo y, tras besar
alternadamente sus suaves mejillas, rió.
“Si alguien no nos conociera, realmente pensaría que soy un
padre durmiendo a su hijo.”
“Ciertamente es un tanto extraño haberme vuelto más pequeño
que tú.”
“Pero parece que lo está disfrutando lo suficiente, ¿no cree?”
“¿Qué opinas tú? ¿Consideras que ya es momento de que regrese
a mi estado original?”
Rensley emitió un sonido pensativo, meditándolo un momento
antes de preguntar:
“Si vuelve, ¿podría regresar a este aspecto de niño cuando
quisiera?”
“Es imposible. Esta es una ocasión única.”
“¿De verdad?” Rensley negó con la cabeza sin dudarlo.
“¡Entonces permanezca así un poco más! Puesto que es una oportunidad única,
quiero ver este aspecto suyo hasta que me canse. Yo mismo le avisaré cuando
desee que regrese.”
“Te gustan los niños.”
“¿A Su Alteza le desagradan?”
“No me provocan agrado ni aversión. Simplemente considero que
son los seres que heredarán el futuro de Oldenlandt y, por ende, es nuestro
deber protegerlos y educarlos.”
“Con que un adulto piense de esa forma es más que suficiente.
Bien, Su Alteza, ahora déme un beso a mí también.”
Giesel depositó un beso en la mejilla de Rensley. Este sonrió
y comenzó a darle palmaditas en la espalda para dormirlo. Auron los había
mantenido tan ocupados que Giesel no había podido dormir su siesta, por lo que
debía estar exhausto.
“¿Se ha divertido hoy?”
“... Es un lugar por el que transito a diario, pero hoy me ha
parecido un sitio completamente distinto. Ha sido asombroso.”
“Me alegra mucho que así fuera.”
Giesel permaneció en silencio un momento antes de cruzar su
mirada con la de Rensley.
“A veces, cuando estoy contigo, tengo la sensación de que todo
se renueva ante mis ojos.”
Rensley abrió mucho los ojos ante la confesión y sonrió.
“Qué fortuna... A mí me sucede exactamente lo mismo.”
En circunstancias normales, a esa hora ya se habrían despojado
de sus vestiduras para que sus manos y labios recorrieran cada rincón de su
piel bajo la luz de la chimenea. Sería una noche de besos profundos, donde el
calor de sus cuerpos encendidos haría olvidar el gélido clima exterior. Sin
embargo, hoy la habitación estaba en paz y silencio. Giesel, agotado tras sus
correrías otoñales, se durmió más rápido de lo habitual. Rensley, mientras
acariciaba el sedoso cabello negro del pequeño Duque, también sintió que el
sueño lo invadía.
Niño, un niño... Sin un propósito claro, Rensley
repitió esa palabra mentalmente como un balbuceo antes de perder la conciencia.
✦
Había transcurrido más de una semana desde que el cuerpo de
Giesel se transformó en el de un niño.
Puesto que la reputación del soberano del norte como un
excéntrico que no reparaba en medios para sus investigaciones mágicas
permanecía inalterable, nadie consideró particularmente extraño que el
"experimento" de Giesel se prolongara. Aunque su cuerpo fuera el de
un infante, su vasto poder mágico y su mente brillante seguían intactos, por lo
que no hubo inconvenientes para gobernar el reino ni para su vida cotidiana.
Durante este periodo, que podía parecer corto o largo según se
mire, Giesel se adaptó por completo a su vida como niño. Incluso cuando discutía
asuntos políticos con los ministros en su despacho, lo hacía acurrucado en los
brazos de la Gran Duquesa —donde normalmente debería haber estado sentado a su
lado— parloteando con severidad. Se sentía satisfecho con los platos especiales
y los dulces postres que su consorte le preparaba personalmente; a veces comía
sentado sobre su regazo y, en ocasiones, disfrutaba de bocadillos en la cama.
Incluso en las horas en que normalmente saldrían a caminar con
tranquilidad, Rensley cargaba a Giesel sobre sus hombros y corría de un lado a
otro. Giesel, por su parte, disfrutaba cuidando a los animales del cercado bajo
el viento fresco junto a su pareja o jugando a lanzar la pelota. Al regresar a
la habitación, se sentaba dócilmente para que la Gran Duquesa trenzara su largo
cabello o le colocara cintas, recibiendo mimos; y si el sueño lo vencía durante
el día, dormía plácidamente en sus brazos. Cuando Freeda le regañaba diciéndole
que ya era hora de volver a la normalidad, él simplemente lo escuchaba por un
oído y lo dejaba salir por el otro.
La premisa de "solo mientras sea un niño" volvió a
Giesel más perezoso de lo que jamás había sido en su vida. Puesto que era
alguien que disfrutaba de la lectura en un solo lugar y solía enclaustrarse en
su laboratorio, a ojos de los demás nunca había parecido especialmente
diligente, pero Giesel Zvendard era un hombre que siempre había vivido bajo sus
propias reglas. Sin embargo, durante estos diez días, fue rompiendo esas reglas
poco a poco, deleitándose plenamente en una dulce pereza.
Era una noche en la que, tras terminar los asuntos de Estado y
la cena, normalmente estaría sentado solo frente a su escritorio leyendo. Hoy,
Giesel también leía un libro denso en su biblioteca, pero la diferencia
radicaba en que lo hacía en el regazo de Rensley. Mientras Giesel leía tratados
de investigación, Rensley pasaba lentamente las páginas de una novela traída de
la biblioteca; ambos estaban absortos disfrutando de un momento de paz
absoluta.
En esa velada, la visita del mago Larkov fue repentina.
Rensley cerró su libro y lo recibió.
“Larkov, hacía tiempo que no nos veíamos. ¿Qué te trae por
aquí a estas horas?”
Cuando Larkov estaba a punto de responder, Giesel alzó su
pequeña mano para interrumpir la conversación. Levantó la vista, cruzó su
mirada con la de Rensley y dijo:
“Gran Duquesa, ¿podría dejarnos a solas un momento?”
“¿Cómo? ¿Acaso pretende echarme para decir algo en secreto?”
Rensley rió y le dio varios besitos a Giesel. Aunque un beso
entre esposos, por breve que sea, suele incomodar a los testigos, Larkov los
observó con naturalidad, pues en ese momento parecía simplemente un adulto
besando a un niño.
“Está bien, me retiraré primero a la habitación.”
“Ve y descansa.”
Larkov se despidió de Rensley mientras este se levantaba.
“Le ruego que me disculpe, Gran Duquesa; me temo que la charla
con Su Alteza se prolongará.”
“Seguro que planean pasarse la noche hablando de magias
complicadas, ¿verdad? Entiendo.”
Una vez que Rensley salió de la biblioteca y el sonido de sus
pasos se desvaneció, Giesel miró a Larkov, instándolo a hablar. Las palabras de
Larkov fueron exactamente las esperadas:
“Su Alteza, finalmente hemos completado la fórmula mágica para
que regrese a su forma original.”
Frente al resultado por el que el cuerpo de magos había
trasnochado durante días, Giesel, contra todo pronóstico, no mostró gran
reacción.
“¿Es seguro?” Preguntó con cierta indiferencia.
“Si hubiera sido resultado de magia negra, habría sido difícil
hacerlo tan rápido, pero al ser una situación fortuita causada por un error,
afortunadamente podemos revertirlo. Ah, yo también he investigado la magia por
mucho tiempo, pero un accidente como este es la primera vez que lo veo.”
Giesel revisó el extenso informe que traía Larkov, pasando las
páginas con sus pequeñas manos. Aunque el cuerpo de magos hizo el ordenamiento,
la base de la magia de restauración había sido diseñada bajo el liderazgo de
Giesel. Con solo una lectura, terminó la revisión.
“Si ya lo ha confirmado, Su Alteza, realicémoslo de inmediato.
Los magos aún no se han retirado y están esperando.”
“... Se ha hecho tarde. No hay ningún inconveniente en seguir
así por ahora, por lo que elegiré un día adecuado dentro de poco para llevarlo
a cabo.”
Ante esa respuesta, Larkov parpadeó sorprendido.
“¿No se dice que el flujo de maná es más fluido por la noche?
Puesto que es tarde, eso ayudaría a elevar la perfección de la fórmula.”
“Yo tomaré la decisión.”
La voz de Giesel al sentenciar el final de la charla era la de
un niño pequeño, pero la firmeza que contenía permanecía inalterable. Larkov se
encogió de hombros, pero se retiró haciendo una pequeña reverencia.
“Entendido. Si requiere mi fuerza o la de los otros magos,
solo tiene que decírnoslo.”
Giesel asintió y cerró el informe detallado sobre la magia de
restauración. No era alguien que repitiera el mismo error varias veces, por lo
que la probabilidad de que la fórmula fallara era casi inexistente.
Podía regresar en ese mismo instante, pero no quería hacerlo.
Al principio, deseaba recuperar su forma original cuanto antes, pero...
"¿De verdad? ¡Entonces permanezca así un poco más!
Puesto que es una oportunidad única, quiero ver este aspecto suyo hasta que me
canse. Yo mismo le avisaré cuando desee que regrese."
Rensley aún no le había pedido que volviera a su forma
original. A su Gran Duquesa le gustaba mucho este aspecto de Giesel niño, uno
que jamás volvería a ver una vez que regresara.
A Giesel tampoco le desagradaba la vida de estos últimos días.
Incluso en su infancia real, nunca lo habían abrazado para dormir, ni había
escuchado una voz contándole historias hasta tarde, ni había sentido casi nunca
el roce de unos labios en su mejilla. No había corrido mucho bajo el viento
fresco, y aunque había mucha gente que inclinaba la cabeza ante él, nadie se
arrodillaba para mirarlo a los ojos, conversar o jugar con él.
Por supuesto, no es que sintiera nostalgia por no haber tenido
esas experiencias. Si la pareja no fuera Rensley, no habría sentido esta paz.
Sin embargo, el Giesel que había regresado en el tiempo fue fiel a sus deseos
de niño: dormir cuando quería, jugar cuando quería, comer cosas dulces con más
frecuencia de lo habitual y recibir los besos de la Gran Duquesa frente a los
demás sin inmutarse.
En realidad, puesto que solo su cuerpo era joven, Giesel
Zvendard no necesitaba tiempo de juego. No obstante, Rensley, como si fuera lo
más natural del mundo, intercalaba esos momentos en la agenda del Gran Duque, y
Giesel se dejaba cuidar por las manos de su consorte, quien lo trataba como a
un verdadero infante.
Así era. No solo Rensley era quien no se cansaba de esta
situación.
Giesel también quería disfrutar de este privilegio temporal, a
ser posible, unos días más. Ya pensaba que era amado en exceso por Rensley
cuando tenía su cuerpo adulto, pero la actitud de Rensley hacia el niño era de
alguna manera más tierna, suave y sin restricciones. Sentía que, con solo
respirar cada día, estaba constantemente saboreando el dulce sabor de los
pasteles de miel o las frutas en conserva que él le preparaba.
Dos o tres días más no harían daño. No habría problema en
disfrutar un poco más, sobre todo porque Rensley aún no parecía aburrido de
este estado.
«Hablando de eso...»
Giesel metió la mano en su ropa y sacó el espejo de mano que
siempre llevaba consigo, incluso después de haberse convertido en niño.
Desde que se transformó, ambos habían estado pegados
prácticamente todo el día. Normalmente, tras las audiencias y el desayuno
compartido, cada uno atendía a sus invitados o pasaba tiempo a solas, pero
ahora Rensley cuidaba personalmente desde las meriendas hasta las comidas de
Giesel, y compartía con él las siestas, los juegos y las lecturas. Aunque era
una dinámica más parecida a la de un generoso protector y un niño que a la de
un matrimonio.
Como si estuviera de vacaciones, Giesel apenas visitaba el
laboratorio, por lo que Rensley rara vez estaba solo últimamente. Giesel,
sintiendo curiosidad por lo que estaría haciendo Rensley en su primer momento a
solas en mucho tiempo, sacó el espejo por hábito.
Al acariciar la superficie de cristal, el espejo no mostró el
paisaje frente a él, sino a la persona que el ejecutor buscaba. Rensley, tal
como había dicho, estaba de vuelta en la habitación. Giesel pensó que, al ser
temprano para dormir, estaría terminando de leer su libro o bebiendo un té con
licor frente a la chimenea como solía hacer, pero ya estaba acostado en la
cama.
No parecía tener sueño. Además, a pesar de su intención de
dormir, las lámparas y velas no estaban apagadas, sino que permanecían
encendidas por todas partes, lo que creaba una extraña sensación de
incongruencia. Giesel frunció ligeramente el ceño y observó el espejo más de
cerca.
Entonces, la voz de Rensley llegó a él.
“... Ah, mmm…”
Era una voz tenue pero nítida.
Era una voz que había escuchado incontables veces y le era
sumamente familiar; no había forma de confundir lo que Rensley estaba haciendo
en ese momento.
Giesel observó el espejo sin hacer el menor movimiento. A
diferencia de Giesel, que estaba petrificado como una estatua, el Rensley del
espejo se volvía cada vez más ferviente.
“Mmm, ah…”
Nunca había tenido motivos para dudar, pero observar los
alrededores era una cuestión de instinto. Sin embargo, no había rastro de
ninguna otra persona dentro de la habitación.
Solo. Rensley Mallosen estaba solo, acostado en la cama. Se
había quitado la bata que llevaba en la biblioteca y vestía solo una camisa
holgada y suave. Era una camisa que Giesel conocía bien, pues había subido sus
bordes o metido las manos bajo ella para acariciar su piel incontables veces.
Una de las manos de Rensley estaba bajo la camisa. El
movimiento de su mano acariciando su propio pecho era evidente incluso bajo la
tela. Su otra mano también estaba bajo sus pantalones y no se veía, pero
parecía estar tocando sus genitales, ya que su muñeca se asomaba justo por
encima de la cintura de los pantalones.
Rensley jadeaba bajo, soltando gemidos ocasionales que no
podía contener. Mientras se frotaba su propia piel intentando generar calor por
sí mismo, parecía avergonzado de su propio acto incluso en la habitación vacía,
pues sonrojaba ligeramente y giraba la cabeza, evitando una mirada que no
existía.
Giesel observó la escena sin siquiera parpadear. Rensley, a
quien la mano dentro de los pantalones parecía incomodarle para moverse,
terminó por quitarse la prenda inferior por completo y la arrojó a un lado.
Junto con sus piernas desnudas, su miembro, sostenido por la mano de Rensley
bajo la camisa blanca, quedó totalmente expuesto. Entre sus muslos blancos, su
miembro erguido y rojizo destacaba intensamente.
Rensley abrió las piernas y, mirando hacia abajo, acarició su
miembro tenso. El miembro parecía a punto de eyacular, hinchado al máximo, pero
a pesar de su toque algo rudo, no alcanzaba el clímax fácilmente y se mantenía
en ese estado.
Rensley soltó un suspiro de frustración. Era un aliento cuya
humedad se sentía incluso a través del espejo. Se quedó mirando su propio
miembro y luego deslizó lentamente la mano para acariciar la zona del perineo.
Era un movimiento que denotaba vacilación. Entonces, con una expresión
ligeramente compungida, susurró con voz anhelante:
“Su Alteza…”
Antes de que los labios de Rensley terminaran de cerrarse,
Giesel despertó de su parálisis como si recibiera una descarga y activó de
inmediato la magia de transporte.
Algunas personas que aún no habían abandonado el laboratorio
se giraron al ver aparecer repentinamente al pequeño Giesel. Larkov se le
acercó.
“Su Alteza, ¿qué ocurre? Hace un momento dijo que era muy
tarde.”
“Ejecutaremos el ritual de restauración ahora mismo.”
“¿Cómo? Pero si acaba de decir…”
“No hay tiempo para charlas triviales. Es una emergencia, así
que apresúrense.”
Incluso con su apariencia de niño, el apremio de Giesel era
tan afilado como la escarcha. Los magos restantes, deduciendo que había surgido
algún asunto urgente, dejaron de preguntar y se apresuraron a ejecutar la
magia.
Puesto que ya habían terminado la disposición esperando que se
realizara hoy, los preparativos concluyeron rápido. Giesel se situó en el
centro del círculo mágico y, cerrando los ojos, comenzó a recitar el hechizo.
Los otros magos también se posicionaron en sus lugares y entonaron el conjuro.
El círculo mágico, construido con una forma compleja, comenzó
a llenarse de luz desde los extremos. Las voces que recitaban el hechizo se
volvieron cada vez más potentes.
✦
¿Qué sucedería si un joven que solía tener intimidad dos o
tres veces al día se viera privado de cualquier acto sexual durante más de una
semana? No sería extraño que decidiera aprovechar un momento de soledad para
intentar satisfacerse por su cuenta.
Rensley no lo había planeado desde el principio, pero al
encontrarse solo en la silenciosa habitación, sus deseos ocultos asomaron la
cabeza. Al fin y al cabo, estaba en la flor de la juventud y rebosaba
vitalidad; era algo inevitable. Tampoco era cuestión de pedirle a Giesel que
regresara a su forma adulta solo por eso, así que pensó que podría resolverlo
discretamente aprovechando su tiempo libre.
Con ese pensamiento tan simple, Rensley comenzó a acariciar su
perineo, que ya empezaba a calentarse, mientras soltaba jadeos entrecortados.
No tenía por qué sentir vergüenza; la masturbación común era algo que hacía
desde su adolescencia y sería más difícil encontrar a alguien que no lo
hiciera. Sin embargo, lo que el cuerpo de Rensley anhelaba en este momento era
algo completamente distinto.
«Realmente, mi cuerpo se ha vuelto extraño…»
Al darse cuenta de ello, su rostro se encendió de forma
inevitable, a pesar de su habitual desparpajo. Se sintió avergonzado incluso
estando solo en la habitación, por lo que cerró los ojos y giró la cabeza.
En el pasado, le bastaba con estimular su miembro con la mano
para alcanzar el clímax y no sentía que le faltara nada. Pero ahora, cuanto más
se tocaba por delante, más lejos se sentía del éxtasis; en su lugar, un calor
punzante y ansioso se acumulaba en lo profundo de su vientre. No había pasado
tanto tiempo, apenas una semana sin recibirlo, pero, independientemente de su
voluntad, su cuerpo ya empezaba a sentir sed. Había comenzado a exigir por
cuenta propia aquel placer que no conocía hasta antes de unirse a Giesel.
En esta noche de soledad, Rensley intentó aplacar por sí mismo
el ardor que dominaba su cuerpo. No obstante, parecía haber fracasado. Creyó
que se calmaría tras tocarse un poco y liberar la tensión, pero su cuerpo, ya
acostumbrado a otra forma de coito, no alcanzaba el clímax con facilidad.
Aunque un poco de fluido preseminal se deslizaba, el calor estancado no daba
señales de querer marcharse. Parecía que, al manosearse torpemente, solo había
logrado empeorar las cosas.
“Su Alteza…”
Llamó sin esperanza a aquel hombre que, hasta hace poco, solía
llenarlo cada noche sin descanso. Por supuesto, no hubo respuesta ni caricia
alguna. De hecho, si él hubiera estado a su lado, jamás se habría atrevido a
mostrarle este aspecto.
Rensley tragó saliva. Su corazón latía con fuerza, como el de
un ladrón planeando un gran golpe en secreto. Sacó un frasco de aceite
perfumado del interior de la mesa de noche. Jamás imaginó que llegaría a
masturbarse de esta manera en el Castillo de Laudken, pues cuando se quedaban a
solas, el joven Rey solía liberar todos los deseos que ocultaba bajo su rostro
severo y pulcro, por lo que Rensley nunca tenía tiempo para sentirse vacío.
Aunque se había estimulado atrás con su propia mano en Pereira mientras Giesel
lo sujetaba, como él mismo dijo, aquello no fue masturbación, sino más bien un
juego previo.
Incluso con los dedos mojados apoyados en su entrada, Rensley
vaciló, incapaz de introducirlos.
«¿De verdad voy a hacerlo?» La duda lo asaltó un
momento. Pero no tardó en reafirmar su decisión. Ya que había empezado, debía
al menos hacer el intento. Se mordió el labio e introdujo la punta de sus dedos
en su cerrada entrada.
“… Uh…”
Solo había introducido dos falanges y su interior ya se
contraía de forma defensiva. Antes de poder juzgar si la sensación era
agradable, una molestia similar a la de un cuerpo extraño atormentó su
anatomía. Rensley aguantó y empujó sus dedos un poco más, pero incluso tras
insertarlos casi por completo, la sensación era ambigua.
Sentía demasiado una presencia extraña, pero la presión
ejercida sobre el punto que realmente quería sentir era débil. Más que placer,
lo que percibía era el tacto nítido de sus dedos hurgando en sus paredes suaves
y resbaladizas.
Cuando estaba con él en el palacio, se sentía muchísimo mejor.
Por mucho que fuera un acto solitario, la diferencia era abismal. Cuando su
cuerpo estaba encendido por la excitación, a Rensley le bastaba con que Giesel
insertara su miembro hasta el fondo para sentir que estaba a punto de eyacular.
Su cuerpo temblaba por sí solo y los gemidos se le escapaban sin que pudiera
contenerlos. En esos momentos, lo habitual era que tuviera que pedirle a
Giesel, quien ya quería empezar a moverse, que esperara solo un poco.
“Mmm…”
Al imaginar esos momentos con Giesel, el calor pareció
extenderse finalmente desde la punta de sus dedos. Rensley cerró los ojos con
fuerza y evocó al Gran Duque en la cama: su voz baja susurrando palabras que a
veces resultaban sorprendentemente obscenas con su habitual tono educado, su
cuerpo sólido y terso como una escultura que ocultaba bajo sus impecables
vestiduras durante el día, el movimiento desordenado de sus dedos largos y
elegantes, y los momentos en que su largo cabello rozaba suavemente su piel
desnuda.
“Ah, ah…”
El aliento se le fue calentando poco a poco. La sed en lo más
profundo, donde sus dedos apenas llegaban, se volvió más vívida que antes de
empezar. Rensley empezó a arrepentirse de haber comenzado y, sin darse cuenta,
giró la cabeza como buscando algo.
Antes de que su mirada se moviera demasiado, un objeto sobre
la mesa de noche captó su atención. Rensley, vacilante, lo tomó entre sus
manos. Era una daga ornamental. En el palacio rara vez se usaba una espada
real, pero muchos nobles portaban pequeñas dagas preciosas como accesorio. La
que estaba sobre la mesa era de ese tipo, la funda que cubría la hoja tenía
grabados intrincados y antiguos con pequeñas gemas incrustadas.
Sin embargo, lo que atrajo la mirada de Rensley no fue la
hermosa funda ni la hoja plateada que ocultaba. Se quedó mirando fijamente la empuñadura
de la daga, algo en lo que nunca antes había reparado. El artesano que la
fabricó no había descuidado ni el más mínimo detalle. Para satisfacer tanto el
tacto como la estética, la empuñadura bajo la hoja era de una piedra preciosa
pulida hasta brillar. La parte central era plana y el extremo terminaba en una
forma redondeada con un borde de oro, procesada con protuberancias como si
tuviera varios anillos pequeños engarzados.
«La veo todos los días y nunca lo había pensado… pero hoy,
su forma se ve un poco…»
Comparada con la de Giesel, el grosor era notablemente
inferior y la longitud también se quedaba corta, pero parecía más útil que sus
propios dedos. Rensley manoseó el cilindro frío y suave. Recordó vagamente
haber oído rumores de que las dagas ornamentales eran usadas por algunas
personas para "esos" propósitos.
«Aun así, me da reparo introducir un objeto… No, ¿cómo he
acabado teniendo estos pensamientos…?» La balanza en la mente de Rensley
oscilaba entre el deseo que dominaba su cuerpo y el sentido común que había
mantenido hasta ahora. Pero la curiosidad por probar algo nuevo no dejó de
crecer.
«¿Cuándo volveré a tener una oportunidad así? Será solo
esta vez»
Tras llegar a esa conclusión de forma furtiva, la mano de
Rensley se acercó lentamente a su entrepierna. Fue justo cuando la empuñadura
de la daga, redondeada y sin partes afiladas, rozó su entrada humedecida por el
aceite.
“¿Acaso es de tu agrado aquel objeto?”
“¡Aaaah!”
Rensley gritó del susto ante la voz repentina que interrumpió
el silencio. Su corazón, que latía con anticipación, se aceleró aún más por el
sobresalto. Se giró rápidamente. Para su sorpresa, Giesel estaba de pie junto a
la cama. Rensley, olvidando incluso la vergüenza de haber sido descubierto en
una situación tan comprometedora, abrió mucho los ojos.
“¡Su Alteza!”
Y allí estaba él, en su forma más familiar. El niño pequeño
que no le llegaba ni a la cintura había desaparecido como un espejismo, y en su
lugar, un hombre imponente, que parecía esculpido con la misma solidez que las
murallas de la fortaleza de Laudken, se alzaba frente a él. Rensley, todavía
sentado de lado en la cama, recorrió con la mirada a aquel hombre que se erguía
como una columna.
“¿C-cómo…? ¿Cuándo ha crecido tanto?”
“Te dije que podía regresar en cualquier momento, siempre que
así lo decidiera.”
“Pero dijo que se quedaría como niño hasta que yo se lo
pidiera…”
Antes de que terminara de hablar, Giesel extendió la mano. Esa
mano esculpida que no veía en días pasó frente a Rensley y se dirigió hacia sus
piernas. Giesel recogió la daga que había quedado olvidada cerca de la ingle de
Rensley. Al recobrar la conciencia de la situación, el rostro de Rensley
comenzó a hervir. Juntó las piernas rápidamente y bajó el borde de su camisa
para cubrirse, pero Giesel se limitó a observar la empuñadura de la daga y
comentó con un tono apático, casi como si estuviera ofendido:
“Parece que tenías deseos de realizar el acto sexual.”
“¡Ah, no! No es que lo planeara así desde el principio, es
que… al estar solo en la habitación después de tanto tiempo… me sentí un poco
aburrido y…”
“Ahora que lo pienso, mientras fui un niño, ni siquiera pude
besarte adecuadamente.”
Creyó que solo su cuerpo había rejuvenecido, pero ¿acaso se
puede separar la mente humana de su envase físico? Durante los cortos días en
los que volvió a su infancia y se conformó con besos en la mejilla y abrazos
cálidos, el Giesel de veinticuatro años había olvidado la lujuria que sentía
naturalmente por su pareja.
“Pero tú has permanecido igual, así que nada habrá cambiado en
ti…”
“¿Eh? ¿Qué cosa?”
“He sido negligente en mi responsabilidad como esposo.”
Giesel dejó caer la daga al suelo. ¡Clanc!. Al ver cómo
la costosa daga era descartada sin cuidado, Rensley tragó saliva sin saber por
qué.
“Permíteme compensar mis errores de estos días.”
“Errores… ¿por qué dice eso…?”
Mientras Rensley deambulaba en una bruma de confusión, incapaz
de procesar la situación, Giesel se subió a la cama. Se apoyó sobre sus
rodillas e, inmovilizando las muñecas de Rensley con su propio peso, lo obligó
a tumbarse por completo antes de que este pudiera reaccionar. Giesel murmuró
entonces con un matiz de pesar en su voz.
“Y yo sin ser consciente de que te sentías tan solo.”
Dicho esto, la lengua de Giesel delineó sus labios con una
lentitud deliberada. Rensley, aunque permanecía aturdido, cerró los ojos. El
mero roce pausado de su lengua provocó que su cuerpo experimentara una sacudida
eléctrica. Aquel beso suave le resultó casi doloroso debido a la extrema
sensibilidad de su piel. Su anatomía, que él mismo había calentado previamente,
recibió al dueño del placer con un entusiasmo desvergonzado.
Giesel mordisqueó y tiró de sus labios humedecidos. Cuando
Rensley cedió sin oponer resistencia, la lengua se deslizó hacia el interior.
El contacto de la mucosa sensible contra la lengua hizo que Rensley sintiera
que hasta su juicio se nublaba. Ante el primer beso de adulto a adulto en mucho
tiempo, Rensley soltó un jadeo dulce mientras su cuerpo se estremecía de forma
involuntaria.
“Ah, mmm…”
Sus alientos agitados se entrelazaban entre sus labios.
Rensley estiró los brazos con la intención de rodear la espalda de Giesel, pero
el Duque, que aún apresaba sus muñecas, no cedió su fuerza con facilidad. Tras
interrumpir el beso profundo por un instante, Giesel alzó la cabeza. Su oscura
cabellera cayó en cascada a ambos lados del rostro de Rensley. Mientras
intentaba recuperar el aliento, Rensley observó aquellos ojos ámbar que lo
escrutaban desde arriba y notó algo inquietante.
“¿Qué ocurre, Su Alteza?”
Ante la pregunta de Rensley, Giesel respondió inexpresivo.
“¿A qué te refieres?”
“Parece que… Su Alteza está de mal humor…”
No era la frase más oportuna para susurrar mientras se
acariciaban con los labios húmedos tras un encuentro intenso, pero era el
sentimiento sincero de Rensley. Giesel apartó el cabello de la frente de
Rensley con un gesto impregnado de su afecto habitual.
“¿Mi humor? No me ocurre nada.”
“Su Alteza mismo aseguró que besarme lo ponía de buen humor
incluso si estaba molesto.” insistió Rensley con timidez. “Así que, si dice que
no le ocurre nada, es que está de mal humor.”
Los ojos de Giesel se entornaron levemente. Parecía un poco
admirado por la agudeza de Rensley. Carraspeó una vez y cambió de tema.
“Somos esposos, Lord Mallosen.”
“Sí.”
“Daba por sentado que siempre eras sincero conmigo respecto a
tus deseos.”
“Lo soy. Siempre lo hago.”
“Si anhelabas tener intimidad, debiste pedirme que regresara a
mi forma original.”
“Es… es que… fue un pensamiento fugaz que me asaltó al entrar
en la habitación. El resto del tiempo me complacía que Su Alteza fuera un niño
adorable.”
Mientras se excusaba, Rensley sintió que algo no encajaba y
frunció el ceño.
“Un momento. Si yo estaba solo en la habitación… ¿cómo supo
que yo estaba… haciendo eso para venir así?”
“Fue una casualidad. Larkov acudió a mi precisamente para
recomendarme la magia de restauración. Aunque deseaba mantener ese aspecto
hasta que tú lo dispusieras, las peticiones oficiales también son
prioritarias.”
“¿De verdad es solo eso?”
Rensley le dirigió una mirada cargada de sospecha, pero el
semblante de Giesel permaneció impasible. Simplemente entrelazó sus dedos con
los de Rensley y hundió el rostro en su cuello. Sus labios mordisquearon y
tiraron de la piel desnuda con cierta aspereza. La duda en los ojos de Rensley
se disipó al instante.
“Ah…”
“Incluso si esa idea surgió de repente al entrar aquí… podrías
habérmelo comunicado después.”
Giesel lanzó una mirada de reojo a la daga que yacía en el
suelo.
“Me resulta increíble que lo primero que consideraras fuera
introducir un objeto tan ajeno en tu cuerpo.”
“Es que… una vez que empecé, me resultó difícil… ah…
detenerme…”
“Unos instantes más y ese objeto habría penetrado en tu
interior.”
Giesel mordió la camisa blanca de Rensley y la subió hasta el
cuello para luego quitársela por completo. El cuerpo de Rensley, que no había
sido reclamado en días, se veía terso y carente de las habituales marcas rojizas;
lucía como un papel en blanco que incitaba a dejar huella. Giesel bajó la
cabeza con voracidad.
“Ah… no… es peligroso…”
Rensley forcejeó débilmente y apoyó las manos en los hombros
de Giesel cuando este succionó la unión entre su cuello y su hombro.
Seguramente se refería a que era una zona difícil de ocultar con el cuello de
la vestimenta. Pero ¿qué importancia tenía que quedaran rastros de la noche en
el cuerpo de la Gran Duquesa ya desposada?
Tras teñir de rojo varios puntos de su cuello, sus labios se
deslizaron desde la clavícula. Giesel fue dejando su marca por todo el cuerpo
blanco: acariciando con los dedos y labios, mordiendo y succionando con fuerza,
y lamiendo hacia abajo por ambos pezones, su cintura firme, la zona de la
pelvis y los muslos. El cuerpo desnudo, antes inmaculado, comenzó a llenarse de
manchas rojizas como si se derramara pintura sobre él.
En un parpadeo, Giesel hizo que Rensley se girara de costado y
lo abrazó por la espalda. Desde la nuca hasta las orejas, los hombros, los
omóplatos y recorriendo la columna vertebral, presionó sus labios por toda su
espalda y succionó la piel sin llegar a lastimarlo. Sus manos no daban tregua,
acariciando desde las axilas hasta la cintura.
“Ah, ah…”
A pesar de recibir un preámbulo tan sutil, Rensley se agitaba
como quien se ahoga en aguas profundas. La lengua, adherida con insistencia a
la piel delicada que solía estar protegida por la ropa, provocaba una sensación
escalofriante entre el cosquilleo y el éxtasis absoluto. Sus dedos descendieron
lentamente por la zona del coxis, que lucía dos pequeños hoyuelos, hasta
alcanzar la entrada.
Con el solo contacto de sus dedos sobre la entrada cerrada,
una descarga de placer similar a la electricidad recorrió su columna. Rensley
se estremeció emitiendo un sonido inusual entre la risa y el llanto. Giesel le
susurró al oído.
“Es asombroso.”
“¿Qué… ah… qué cosa?”
“Que haya transcurrido tanto tiempo sin contemplar este
aspecto tuyo.”
“¿Se refiere a mi estado lamentable, como un jabalí atrapado
por la cola…?”
Ante la broma autocrítica, Giesel no pudo evitar soltar una
risa baja.
Con el esmerado cortejo, la tensión de Rensley se había
disipado totalmente. Giesel aplicó abundante aceite perfumado en sus dedos y en
la entrada, y comenzó a palparla. Al acariciar el orificio que ya se encontraba
medio predispuesto, Giesel soltó un suspiro de insatisfacción a pesar de ser
incapaz de ocultar su propia excitación.
“Ah, ah, Su Alteza…”
Rensley llamó a Giesel mientras dirigía la mirada hacia atrás,
entre sus piernas. Giesel sabía perfectamente qué implicaba aquel llamado
urgente. Sin embargo, en lugar de introducir sus dedos de inmediato, se quedó
observando la entrada que ya empezaba a enrojecerse y preguntó de improviso.
“¿Por qué elegiste ese objeto?”
“¿E-ese…?”
La daga que descansaba en el suelo levitó de repente y se
posicionó entre Rensley y Giesel. Giesel la examinó con meticulosidad, como si
fuera una prueba incriminatoria. Rensley se quejó, asumiendo que ese tema ya
estaba zanjado.
“No es que me agradara especialmente, es que simplemente
estaba a la vista.”
“Su tamaño es discreto, pero es sólida y posee una textura
suave. La piel humana no puede emular este tacto. Da la impresión de que
entraría con facilidad incluso sin demasiado aceite.”
“No hace falta que sea tan específico.”
El rostro de Rensley se encendió aún más. Sin embargo, Giesel,
sin concederle importancia, acarició el cilindro de la empuñadura y luego
deslizó sus dedos por el extremo tallado con relieves.
“Y esta sección definitivamente capta la atención. No existe
nada semejante en la anatomía humana.”
Por algún motivo, Rensley se sintió inquieto. Se concentró en
las palabras de Giesel para tratar de adivinar sus intenciones en lugar de
replicar.
«No me digas que… ¿pretende que la usemos ahora?»
Rensley tragó saliva. Momentos antes lo había intentado por curiosidad al
encontrarse solo, pero teniéndolo a él presente, no sentía el menor deseo de
emplear un objeto.
“Ven aquí, Rensley.”
Afortunadamente, Giesel descartó la daga de nuevo y llamó a
Rensley. Este se aproximó de rodillas y pegó su cuerpo al de Giesel. Al
sentarse frente a él sobre sus piernas, como solía hacer a menudo en las
sillas, las manos de Giesel acariciaron sus nalgas que llevaban tiempo
expuestas. Sus labios volvieron a unirse repetidamente.
La lengua, que recorría con suavidad cada rincón de su boca
como si buscara derretirlo todo, se retiró, y entonces los dientes de Giesel
mordisquearon y succionaron la lengua de Rensley. Aunque su lengua sensible
vibraba por la intensidad de la sensación, obedeció dócilmente al cortejo de
Giesel. Debido a la saliva acumulada, se escuchaba un sonido húmedo y poco
decoroso.
Mientras tanto, la magia de Giesel movía a su voluntad los
objetos de la habitación. En los aposentos del soberano siempre se ocultan
tesoros. Sin intervención física, un cajón se abrió y un estuche de terciopelo
que aguardaba en el fondo flotó en silencio hasta detenerse justo al lado de
ellos.
“Ah…”
Cuando el prolongado beso concluyó y sus labios quedaron
libres, el estuche ya había aterrizado junto a ellos. Rensley, percatándose de
que acababa de aparecer un objeto que no estaba allí, bajó la mirada. Giesel
tomó el estuche y lo abrió. ¡Clac! En su interior, se revelaba una
hilera ordenada de anillos y joyas que, a simple vista, ostentaban un valor
incalculable.
“¿Por qué saca esto ahora…?”
Aunque inquirió extrañado, Rensley parecía intuir las
intenciones de Giesel. El acaudalado monarca del norte tenía, en ocasiones, la
afición de adornar a su Gran Duquesa con toda clase de joyas preciosas para
pasar la noche, así que supuso que hoy no sería distinto.
Giesel extrajo varios anillos del estuche. Eran piezas
sencillas y pulidas, confeccionadas únicamente con piedras preciosas talladas,
sin ornamentos adicionales. Rompiendo las expectativas de Rensley, Giesel
comenzó a colocárselos en sus propios dedos.
Uno, dos, tres… Rensley observaba sus manos mientras
parpadeaba. Se puso cuatro en el dedo medio y otros cuatro en el anular,
cubriéndolos tanto que sus largos nudillos parecían incómodos. Entonces, fijó
su mirada en la de Rensley.
“¡Ah, Su Alteza!”
Los dedos de Giesel rozaron la piel entre sus nalgas desnudas.
Rensley, al comprender finalmente su propósito, exclamó con sorpresa. Pero el
otro brazo de Giesel ciñó la cintura de Rensley con firmeza, atrayéndolo contra
sí. Sus dientes atraparon el lóbulo de su oreja.
“Ah, ah…”
“Pongamos a prueba aquello que deseabas intentar.”
“Yo… ah… solo quería estar con Su Alteza…”
“No será exactamente igual, pero…”
Giesel se movió antes de que pudiera terminar la frase. El
orificio, brillante y empapado en aceite, acogió la punta de sus dedos sin
dificultad, y sus largos dedos se abrieron paso entre la carne interior que ya
palpitaba por el preámbulo y la masturbación fallida.
“Mmm, ah…”
Rensley, en lugar de emitir un gemido completo, hundió sus
labios en el hombro de Giesel mientras su cuerpo temblaba. Solo habían sido unos
pocos días de abstinencia, pero la sensación de sus dedos penetrándolo lo dejó
aturdido. Se sentía insoportablemente bien. El cuerpo robusto y firme contra su
pecho, el brazo que lo rodeaba impidiendo su escape, la voz baja resonando en
su oído y hasta el aliento entrecortado; todo resultaba embriagador.
Era un calor que incluso a Rensley le resultó desconcertante.
No faltaba a la verdad al decir que cada momento de los días previos le resultó
adorable, pero ¿acaso había existido un vacío que ni él mismo reconocía? Un
vacío que no podía consolar con sus propias manos.
“Ha pasado tiempo.”
Giesel también parecía complacido por recuperar el contacto
tras el intervalo. La forma en que sus dedos exploraban el interior se sentía
menos como un juego sexual y más como una confirmación de que su lugar
predilecto seguía allí, inalterado. Por supuesto, eso no restaba ni un ápice a
la excitación de Rensley.
“¡Ah… ah…!”
Rensley, que inicialmente estaba sentado frente a Giesel,
acabó en algún momento postrado sobre sus muslos, ofreciendo sus nalgas como
quien espera un castigo. El dedo medio, deslizándose con calma, se hundió
finalmente hasta la raíz. De la boca de Rensley, que padecía en silencio,
escapó un gemido deshecho que fue incapaz de retener. Se debió a una sensación
de cuerpo extraño que jamás había experimentado al final de la inserción. Era
suave, frío y, sobre todo, las irregularidades formadas por el contacto entre
los anillos rozaron con dulzura su entrada frágil y sensible.
Una sensación punzante recorrió su bajo vientre y sus muslos,
haciendo que su pelvis y nalgas temblaran violentamente. Su cintura se tensó y
sus músculos abdominales, largos y definidos, se marcaron y se agitaron con
claridad.
“¿Qué te parece?”
Antes de que su cuerpo pudiera habituarse a ese nuevo tipo de
placer, el dedo que se había hundido profundamente se retiró. Los relieves que
habían estado sepultados cambiaron de dirección al deslizarse y estimularon la
entrada una vez más.
“¡Ah… ah!”
"La sensación debe ser distinta a la de la piel humana.
Deseo saber qué te parece.”
“Ah… f-frío… está frío…”
“Tu interior está ardiendo, así que se calentará pronto.
¿Alguna otra diferencia?”
Giesel no realizaba movimientos extensos con sus dedos.
Desplazaba los anillos con recorridos breves para que entraran y salieran con
rapidez, atormentando con insistencia únicamente la entrada que se abría y
cerraba.
“Ah… mmm… ¡ah!”
“Dímelo pronto, Gran Duquesa.”
“E-está rugoso… irregular…”
“¿Y qué más?”
“Ah… no lo sé… es extraño…”
No es que rehuyera la respuesta, es que realmente era
insólito. Era un placer difícil de definir. No debería ser para tanto, pero el
vaivén de los dedos hacía que sus nalgas se sacudieran y sus pies se
retorcieran. Tal como él dijo, las piedras frías pronto se caldearon con su
temperatura, pero la sensación de los relieves raspando las paredes sensibles y
dilatando el orificio al salir era algo a lo que no podía acostumbrarse.
Eran solo unos anillos pequeños. Comparado con el placer
intenso y sordo de tener algo del tamaño de un mazo clavado en lo más profundo,
debería haber sido algo trivial; sin embargo, un placer eléctrico ascendía por
su columna con tal fuerza que le resultaba agónico, y era incapaz de contener
el movimiento errático de su cintura.
“D-deténgase… ya…”
“¿Tan pronto?”
“¡Ah! ¡Ah! ¡Mmm! Ah…”
Giesel no se detuvo. Los cuatro anillos, que no eran
precisamente finos y estaban alineados en sus largos dedos, entraron y salieron
lentamente una y otra vez, dilatando y cerrando el orificio. Rensley jadeaba
mientras se aferraba a la tela de la ropa de Giesel que colgaba sobre las
sábanas. La voz de Giesel, siempre firme y educada, se filtró en su oído.
“¿Acaso no tenías curiosidad por saber qué se sentía al frotar
algo así ahí atrás?”
“Y-ya lo sé… ya lo entendí… ¡ah…!”
“Creo que no estaría mal probar con una hilera de perlas en
lugar de anillos… Al poseer tantos relieves, ¿no crees que se sentiría mejor?
¿Cuál es tu opinión?”
“Ah… no… no bromee con tal cosa…”
“O quizá debería ponérmelos en el miembro en lugar de los
dedos. Así podría frotar más profundo.”
A pesar de las súplicas de Rensley para que parara, Giesel no
solo persistió, sino que se mantuvo impasible mientras profería palabras que
lindaban con lo obsceno. En lugar de retirarse, el dedo anular, que aún no
había entrado, comenzó a presionar para ensanchar la entrada y sumarse al otro.
“Ah… ¡ah!”
Los anillos de ambos dedos chocaron y tintinearon entre sí al
frotarse. El extraño placer que sentía Rensley aumentó proporcionalmente al
diámetro ensanchado. Aquel goce creado por las protuberancias resbaladizas y
sin fricción entrando y saliendo repetidamente era, sin duda, una sensación
nueva. El miembro de Rensley se agitaba y de su punta brotaba un líquido
transparente que caía gota a gota sobre las sábanas.
“¿Qué tal, Gran Duquesa?”
“Mmm… ah… ah…"
A pesar de que solo se estimulaba la parte superficial y el
placer de la penetración profunda ni siquiera había llegado, Rensley no dejaba
de sacudir la cintura y contraer su interior con espasmos. El calor que nacía
en la entrada subía por su vientre y calentaba todo su cuerpo.
“¿Se ha resuelto un poco tu curiosidad?”
“Sí… sí… ah…”
Rensley asintió con docilidad por instinto. Su voz sonaba sin
fuerzas.
“¿Cómo te sientes?”
“B-bien…”
“¿Bien? ¿Te gusta que los anillos te froten ahí?”
“No es por los anillos… es porque Su Alteza me está tocando…”
Rensley giró la cabeza. Sus ojos, algo empañados por las
lágrimas acumuladas, miraron hacia arriba a Giesel. Al ver esa expresión,
Giesel hundió repentinamente sus dedos hasta la raíz. Presionó con fuerza el
punto más sensible, que ya estaba hinchado por la constante fricción, tanto que
se marcaron los tendones en su muñeca. Un sonido húmedo y desordenado de
contacto se mezcló con el llanto de Rensley.
“¡Ah! ¡Aaaaaah! ¡Ah! ¡Su Alteza…!”
“Aprietas demasiado. A este paso se me van a salir los
anillos. Relájate más.”
“¡Ah… mmm!”
A pesar de la advertencia de Giesel, su interior, que apretaba
los dedos, se agitaba con espasmos. Tanto la entrada como el fondo se contraían
con fuerza. De la punta de su miembro rígido, que llevaba rato sacudiéndose,
brotó un chorro de fluido opaco. Las nalgas de Rensley se tensaron al máximo.
Los músculos lisos de su vientre y muslos se marcaron por un momento y
sufrieron convulsiones visibles.
“Ah… ah… mmm…”
Solo después de que Rensley eyaculara tras agitarse con
frenesí, Giesel exhaló un largo suspiro y retiró la mano con lentitud. Lo hizo
con extrema cautela para evitar que los anillos se deslizaran debido a las
fuertes contracciones internas. Mientras las protuberancias de las joyas
raspaban las paredes de su entrada al salir, Rensley se retorció, sollozando.
A pesar de la suavidad del material, la zona —raspada
repetidamente por objetos rígidos e irregulares tan distintos a la piel humana—
lucía roja e inflamada cuando los dedos finalmente la abandonaron. Giesel, que
lo había sometido a su antojo, lo acomodó boca arriba y acarició su mejilla con
un gesto de leve pesar y el ceño fruncido.
“¿Te duele?”
Rensley negó con la cabeza lentamente, respondiendo con voz
húmeda y quebrada.
“Solo… arde un poco.”
Ante aquellas palabras, Giesel inclinó la cabeza hacia la zona
íntima de su consorte. Elevó las piernas de Rensley y acercó sus labios a la
entrada, que ahora se exponía con total claridad ante él.
“Parece que te duele.” Susurró Giesel para sí mismo.
Al verlo observar de aquel modo, Rensley se sintió morir de
vergüenza, pero fue incapaz de apartar la vista. Recibir caricias bucales en
ese lugar siempre le resultaba vergonzoso, pero al mismo tiempo era un placer
tan inmenso que no podía rechazarlo.
Giesel asomó un poco la lengua; el solo verlo provocó que el
orificio de Rensley se contrajera por instinto, presintiendo el estímulo. Sin
embargo, en lugar de lamerlo, Giesel retiró la lengua y sopló aire cálido un
par de veces entre sus nalgas. El rostro del desconcertado Rensley se encendió
aún más, pero antes de que pudiera articular palabra, la lengua húmeda entró
finalmente en contacto con la entrada.
“Ah…”
La cintura de Rensley tembló. La masa de carne suave y húmeda
recorrió la entrada hinchada con delicadeza, como si buscara consolarla. Un
escalofrío lo recorrió por completo, pero el alivio duró poco. Cuando Giesel
volvió a soplar aire cálido sobre la zona, Rensley no pudo aguantar más;
incorporó medio cuerpo de la cama y forcejeó débilmente.
“¿Q-qué está haciendo… ahí…?”
Giesel, que mantenía los labios casi pegados a su piel, alzó
la mirada y respondió.
“¿No le aseguraste al pequeño lobo que si le hacías eso el
dolor remitiría?”
“¿Qué? ¿A qué viene eso ahora…?”
La vergüenza trabó sus palabras, pero la lengua húmeda lamió
de pronto y con tranquilidad desde la entrada hasta el perineo. Rensley fue
incapaz de gritar; solo pudo estremecerse y retorcer la cintura.
“Ah… mmm.”
“Solo he puesto en práctica lo que aprendí…”
Las caricias lentas y sutiles desesperan a quien conoce el
ritmo habitual. Su cuerpo, sensibilizado justo después de alcanzar el clímax,
sintió un erotismo extremo ante el roce de los labios y volvió a encenderse con
más fuerza que al principio. La espalda de Rensley se arqueó y la cara interna
de sus muslos se puso rígida. Sin saber qué hacer, jadeando y agitando las
piernas cerca de la cabeza de Giesel, Rensley finalmente suplicó.
“Ah… m-me equivoqué… ah… lo admito…”
“¿En qué te equivocaste?”
“En tratar… así a Auron…”
Entonces, los ojos de Giesel se entornaron con una pizca de
sonrisa.
“Auron es solo un niño. Me haces parecer un hombre mezquino
una vez más.”
“¡Ah… pero…! ¡Mmm!”
Antes de que Rensley pudiera protestar diciendo que sus
palabras de antes habían sido distintas, la lengua de Giesel se adentró entre
los pliegues. Tras haber sido hurgado durante tanto tiempo por los dedos, el
contacto de la lengua —suave y húmeda para calmar la piel ardiente— hizo que su
vista diera vueltas y un placer repentino lo cubriera todo. La vergüenza de
haber sido objeto de una broma se evaporó; ya no se le ocurría nada más que
decir. Rensley solo podía jadear con rapidez, como si hubiera perdido la voz.
Sentir que su interior hinchado por el castigo de los anillos
duros era frotada por la suave carne de la lengua le pareció un sueño lascivo
más que la realidad. Su parte trasera fue explorada durante un largo rato y su
entrada fue chupada hasta que se escucharon sonidos húmedos. Aunque el estímulo
era en un solo punto, todo su cuerpo se sentía flojo, como si hubiera entrado y
salido entero de la boca de Giesel. Antes de que Giesel insertara su miembro,
el cuerpo de Rensley ya estaba empapado en sudor.
Observando la anatomía de su consorte, que lucía aún más
resbaladiza por la humedad, Giesel finalmente se despojó de toda su ropa. Sobre
el abrigo y la capa que ya había tirado antes, cayeron la prenda superior negra
que le cubría hasta el cuello y los pantalones del mismo color. Los anillos que
llevaba en los dedos cayeron sobre la cama con un tintineo y rodaron por la
cama.
El cuerpo desnudo de Giesel que se ocultaba tras la ropa negra
y gruesa quedó al descubierto. Solo con la forma de sus clavículas, largas y
gruesas como un arco bajo sus anchos hombros, se podía intuir el tamaño del
resto de su cuerpo. Su pecho firme, su caja torácica y sus abdominales marcados
como un gran relieve, y bajo ellos, su miembro erguido mostraba venas hinchadas
que parecían más gruesas que los anillos que habían atormentado a Rensley
momentos antes.
“Ah…”
El aliento de Giesel, que había tenido el rostro pegado a la
parte trasera de Rensley durante tanto tiempo, también estaba desordenado.
Colocó los blancos tobillos de Rensley sobre sus hombros y, finalmente, apoyó
la punta de su pene contra la entrada esmeradamente humedecida.
Para ser los movimientos de un hombre que se había tomado su
tiempo en el juego previo, el gesto resultó impaciente. Sin que se dieran
cuenta, la noche se había vuelto profunda, el tiempo que Rensley había sido
atormentado también había sido largo. Entrelazando sus dedos con los de
Rensley, que estaban sobre las sábanas, Giesel presionó lentamente su peso
entre las nalgas que estaban elevadas, tal como cuando las humedecía con la
boca.
La entrada, hinchada y húmeda como gelatina, se dilató ante el
grosor del glande, y el miembro grueso se sumergió lentamente en su interior
con un sonido húmedo.
“¡Ah… uh… ah…!”
A pesar de haber recibido un largo juego previo con dedos y
boca, la entrada —que no había recibido al miembro en varios días— pareció
olvidar su función original en ese corto tiempo y no pudo relajarse de
inmediato, tensándose con torpeza.
Cada vez que el miembro grueso y firme empujaba lentamente,
las paredes internas lo apretaban como queriendo impedir la entrada. Sin
embargo, esa ligera reacción de rechazo del cuerpo de Rensley pareció inflar
aún más el placer tras la larga espera. Giesel se concentró en cada pequeña
reacción mientras empujaba su cintura, y Rensley, aunque gemía de dolor, abrió
las piernas con todas sus fuerzas. Durante toda la inserción, Giesel no contuvo
su respiración agitada.
“Ah, mmm…”
“Ah… ah… ¡ah! Ah…”
Aunque los dedos de Giesel eran largos, no podían alcanzar la
profundidad de su vientre. Cuando se abrió la carne interna que solo podía ser
dilatada por su pene, el éxtasis se extendió por todo su cuerpo como fuegos
artificiales. Las paredes internas, que no habían tocado nada, fueron
aplastadas por el pesado miembro, haciendo brotar un placer húmedo.
El miembro de Rensley, que acababa de eyacular hace poco,
volvió a erguirse con dificultad. Incluso el cuerpo de un joven entrenado, que
nunca se dejaba vencer fácilmente, se volvía pequeño bajo el soberano del
norte.
El cuerpo del duque, sólido como un acantilado fue devorando
la anatomía blanca y esbelta que yacía debajo. El miembro pesado, que entró
desgarrando las paredes internas sin detenerse ni una vez, llenó por completo
su interior, y cuando el grueso glande alcanzó la pared más profunda al fondo
de su vientre, Rensley, que no había dejado de estremecerse, sufrió un pequeño
espasmo en todo el cuerpo.
Giesel se mantuvo hundido profundamente sin moverse. Apartó
con sus labios el cabello dorado pegado a la mejilla de Rensley y besó el ceño
fruncido de su compañero, quien aguantaba la profunda inserción. Rensley gemía
de dolor con el rostro compungido, pero habló con una sonrisa amarga.
“Debe ser porque… ha pasado tiempo… ah… es un poco… difícil de
asimilar…”
“Ah… ¿te disgusta?”
La cintura de Giesel trazó un círculo lento. Rensley frotó su
rostro contra el cuello de Giesel.
“No… ah… para nada…”
El cuerpo ardiente que lo aplastaba, el volumen del miembro
que llenaba su interior y el éxtasis que afloraba con una claridad peligrosa en
los ojos ámbar que siempre solían estar en calma.
Era precisamente el momento que había imaginado mientras se
tocaba a solas. Rensley pegó su rostro al cuerpo de Giesel como queriendo
ocultar la vergüenza de haber recordado la noche anterior en secreto, e inhaló
profundamente como queriendo llenar sus pulmones con su aroma.
“La verdad es que… lo imaginé.”
“¿Qué imaginaste?”
“A Su Alteza abrazándome así… y estando así… aquí dentro…
¡ah!”
“¿Cómo has podido… ah… aguantar hasta ahora… teniendo tales
pensamientos?”
Giesel apretó los dientes y movió su cintura hacia atrás,
haciendo que el cuerpo de Rensley temblara violentamente.
Las paredes internas, que se habían estrechado al máximo para
sujetar el grosor, fueron aplastadas sin piedad por miembro ancho e irregular.
Por un momento, los ojos violetas de Rensley perdieron el enfoque y se
nublaron.
“¡Ah…! ¡Ah… mmm…!”
“¿No habrás… mmm… consolado ya tu interior con aquel objeto
sin que yo lo supiera?”
“No… ah… no es eso… hoy fue… la primera vez… ¡aaaaah! ¡Ah!”
El miembro, había salido hasta el glande volvió a clavarse en
su vientre y volvió a salir. Giesel puso fuerza en su cintura y comenzó a
empujar hacia abajo de forma totalmente vertical. El sonido de sus pelvis y
nalgas chocando resonó de forma desvergonzada por la habitación.
“¡Ah! ¡Ah…! ¡Mmm!”
Rensley no pudo aguantar mucho tiempo las embestidas que
alcanzaban lo más profundo de sus paredes internas y aplastaban su carne una y
otra vez. Él, que no había llorado cuando los dedos lo hurgaban, ni cuando las
joyas rugosas raspaban su entrada, ni cuando la lengua húmeda lo lamió y
succionó, no pudo resistir más y comenzó a derramar lágrimas sin control.
Antes incluso de recuperarse de la primera descarga, un
segundo clímax lo invadió. Sentía su cuerpo derretido, pero su vientre estaba
entumecido por el placer. En cuanto se acostumbró a la sensación de pesadez de
la penetración, el goce que derretía sus paredes internas fue como una
llamarada.
Su cuerpo temblaba tanto que sentía dolor en todas partes; la
semana de descanso había vuelto sus sentidos peligrosamente agudos.
“Su Alteza… ya basta… deténgase…” pidió Rensley sin fuerzas,
sabiendo que Giesel aún no había terminado.
Como era de esperar, a diferencia de Rensley, los ojos ámbar
parecían estar aún lejos de alcanzar el punto máximo.
“¿Ya es suficiente?”
“¡Ah… mmm…!”
Tras susurrar en tono de reproche, Giesel volvió a mover su
cintura y se deslizó profundamente. Rensley soltó un jadeo urgente y echó el
cuello hacia atrás. Su cuello largo, con las venas marcadas, temblaba con
desesperación. Al ver aquello, la mano grande del duque acarició la zona del
ombligo y luego presionó con fuerza.
“Parece que has estado muy solo, así que hoy… ah… pensaba
llenarte aquí todo lo posible durante toda la noche.”
“Ah… ahí… por favor…”
Ante la punzante presión en su punto más sensible, Rensley se
aferró a la muñeca de Giesel sollozando. Giesel se inclinó profundamente, casi
cubriendo a Rensley por completo. Los movimientos de su cintura, que habían
disminuido de velocidad, continuaron con un sonido húmedo.
Quizá por consideración a Rensley, los movimientos eran
notablemente más lentos, pero la fuerza con la que empujaba cada vez seguía
siendo la misma. Al ser los movimientos pausados, la sensación de roce por las
paredes internas sensibilizadas se volvió cruelmente nítida. Los labios de
Giesel acariciaron su oreja y su barbilla en besos que parecían querer
calmarlo.
“Su Alteza… ah… mmm… Su Alteza…” Rensley lo llamó como si
suplicara. El nombre, pronunciado entre sollozos, rebosaba de calor.
Ante la voz temblorosa que lo llamaba, los tendones del cuello
de Giesel se tensaron. Su espalda y hombros se estremecieron como si respirara
con todo el cuerpo. Rensley sacó fuerzas de donde no tenía para rodear su
espalda con los brazos y frotar sus labios contra su mejilla.
“Ah… no diré… que paremos… así que… espere solo un poco…”
“¡Mmm…!”
Los brazos gruesos rodearon la cintura de Rensley con firmeza.
El movimiento, que apenas se había ralentizado, recuperó la velocidad. Con
sonidos de impacto seco, sus nalgas redondas vibraron.
La súplica pareció tener el efecto contrario; Giesel sujetó la
cintura de Rensley, que estaba medio suspendido en el aire, y continuó las
embestidas sin mediar palabra de burla.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”
La voz de Rensley, que gritaba de placer, estaba un poco
ronca. Ante el placer despiadado que golpeaba sus paredes internas bajo el
ombligo hasta dejarlo entumecido, las puntas de los pies de Rensley apenas
tocaban las sábanas antes de volver a levantarse y ponerse rígidas.
Rensley lloraba y temblaba sin cesar. No pudo resistir más
cuando otro orgasmo violento lo invadió antes de que la sensación anterior se
disipara. De su miembro erguido ya no salía semen, sino un líquido transparente
que fluía a chorros. Al ver cómo abría las piernas exponiendo su entrepierna
empapada mientras todo su cuerpo convulsionaba, Giesel finalmente sonrió
levemente, satisfecho.
“Ufff… sí. Realmente… ah… ha pasado mucho tiempo…”
Giesel succionó una a una la oreja, el cuello y los pezones
del estremecido Rensley, y finalmente liberó su propio placer. Los gemidos
húmedos de Rensley fluyeron de forma inestable. La sensación de contraer su
interior por instinto alrededor del miembro palpitante y la sensación del
fluido caliente llenándolo hasta lo más profundo también resultaron intensas
tras la espera.
“Me alegra volver a verte de esta forma… Gran Duquesa.” El
saludo de regreso de Giesel llegó a su oído, cálido y profundo.
“Ah… mmm… yo también… estoy feliz… de que haya vuelto… ah…”
Incluso con la pronunciación deshecha por el temblor de todo su cuerpo, Rensley
respondió.
La sonrisa de Giesel se acentuó ligeramente y bajó la cabeza
para unir sus labios. Siguió un beso tan profundo y denso como la penetración
húmeda que ocurría por detrás. Rensley cerró sus ojos húmedos y se hundió en la
codicia del hombre que parecía querer devorarlo por completo.
Mientras sus nalgas elásticas continuaban temblando levemente,
Giesel no separó su cuerpo y, manteniendo su miembro clavado hasta la raíz,
movió su cintura de imprevisto o continuó con embestidas ligeras mientras
esperaba que el interior se llenara con su semen.
El llanto de Rensley aumentaba y disminuía cada vez. Aunque el
clima exterior se volvía más frío cada día, las sábanas de la cama donde yacían
ambos estaban húmedas de sudor y totalmente arrugadas. La noche de paz, en la
que dormían juntos tras compartir solo unos besos cortos en una cama templada,
había llegado a su fin.
Aún mojado por los fluidos y sin haberse aseado, Rensley soltó
un largo suspiro. Con el rostro aún marcado por el llanto, yacía aturdido al
lado de Giesel; le dio un par de palmaditas en el pecho firme con la palma de
la mano y murmuró como una queja.
“Ya creció del todo.”
Giesel soltó una risa baja y besó el dorso de esa mano.
Rensley continuó con su queja.
“Hasta ayer era así de pequeñito y cabía perfectamente en mis
brazos…”
“¿Acaso te disgusta que haya regresado a la normalidad?”
“Es que fue demasiado repentino, ni siquiera pude prepararme
mentalmente. ¿Por qué no me avisó antes de volver? Dijo que volvería cuando yo
se lo pidiera.”
Giesel no dio ninguna respuesta. Sin embargo, Rensley tampoco
parecía estar esperando una, pues de repente empezó a reír entre dientes.
“¿De qué te ríes?”
“Es que es gracioso. Lo primero que hizo Su Alteza nada más
volver fue esta salvajada.” Rensley acarició la mejilla de Giesel con una sonrisa.
“Está bien. Me encantaba el niño porque era adorable, pero… parece que para mí,
el Su Alteza de ahora es el mejor.”
“Es una suerte. Por un momento, al ver a Lord Mallosen llorar
tan desconsoladamente, dudé si fue un acierto regresar.”
“Ya empezó de nuevo. Llorar en ese momento no es llorar de
verdad.”
Al ver cómo Rensley se sonrojaba y lo regañaba, Giesel mostró
esa sonrisa amable que solo tenía frente a él y acarició la blanca mejilla que
aún conservaba el rubor.
Mientras sus labios le daban besitos en la mejilla, Rensley
fingió estar indignado.
“Se pasó un poco, la verdad. Con lo bien que lo cuidé todo
este tiempo, vuelve y lo primero que hace es ser un malvado…”
“¿Malvado? Solo he cumplido fielmente mi papel de asistente en
tu experimento.”
Tras decir eso, Giesel hizo un gesto rápido y la daga
ornamental que estaba bajo la cama flotó en el aire.
“Si vuelves a tener curiosidad por algo, dímelo sin reparos.
Te ayudaré en todo lo necesario para que halles la respuesta sin tener que
esforzarte a solas con objetos como ese.”
En cuanto terminó de hablar se escuchó un pequeño estallido y
la daga que flotaba en el aire se convirtió instantáneamente en polvo fino y se
dispersó. El rostro sonriente de Rensley se quedó rígido. Giesel, tras terminar
el sencillo hechizo, miró a Rensley con naturalidad y le dio un beso en la
mejilla.
“Haré que preparen una daga nueva y mejor.”
“… Sí…” Respondió Rensley, pensando que menos mal que era solo
un objeto, preguntándose qué habría sido del destino de otra persona si, por
casualidad o error, él hubiera protagonizado una situación similar con alguien
más.
Por alguna razón, sintió que su propio miembro, que ni
siquiera había usado, empezaba a dolerle, así que apretó los labios y tiró de
la manta que estaba a los pies de la cama para cubrirse bien la entrepierna.
“¿Ya piensas dormir? ¿No crees que esta noche debo seguir
redimiendo mis faltas por el tiempo de ausencia?”
“¿Qué dice? Ya es suficien… ah… mmm…”
A pesar de sus palabras, la manta le fue arrebatada
rápidamente por el Gran Duque, quien estaba decidido a arrepentirse de sus
pecados, y Rensley tuvo que quedar desnudo de nuevo.
Contrario a su boca que decía que ya era suficiente, su
entrada ya estaba relajada y tragó el miembro que empujaba hacia adentro casi
succionándolo. Esta vez, con las nalgas elevadas y en posición fetal para
recibirlo, Rensley tuvo que llorar desconsoladamente otra vez al no poder
controlar su cuerpo que se encendió de inmediato.
La noche prometía ser muy larga.
✦
Los habitantes de Laudken, que durante un tiempo habían
cuidado de su pequeño soberano, se adaptaron con rapidez al regreso del Gran
Duque original. Como si el encantamiento mágico de aquellos días jamás hubiera
ocurrido, ahora nadie mencionaba el incidente en el que Giesel rejuveneció.
Rensley observaba por la ventana la procesión de Giesel y sus
ministros que pasaba por el exterior, antes de volver la mirada hacia su
hermana, sentada frente a él.
“Que una persona regrese a su infancia... la magia es cada vez
más asombrosa cuanto más la conoces. Aunque dicen que yo he adquirido
facultades similares hasta cierto punto, no podría ni soñar con algo así.”
“Es cierto. Pero quienes pueden usar la magia son una ínfima
minoría; la gente común no puede retroceder el tiempo ni desplazarse
instantáneamente a lugares remotos. Hay que hacer lo que uno puede con lo que
tiene.”
Eran palabras ordinarias, pero ocultaban cierto trasfondo.
Rensley, notando que el ánimo de Yvette no era el habitual, se inclinó un poco
hacia la mesa.
“¿Ocurre algo?”
Yvette sostuvo su taza de té mientras contemplaba el exterior
por la ventana antes de responder:
“Pienso regresar al gremio comercial.”
“Ah, ¿finalmente lo has decidido?
Desde que llegó a Laudken con Rensley la primavera pasada,
Yvette había estado meditando constantemente sobre su futuro. Había recibido
una propuesta del Emperador para colaborar en el palacio imperial de Pereira, y
su antiguo gremio también insistía en persuadirla para que volviera a trabajar
con ellos.
Rensley sabía que Yvette había permanecido en Laudken sin
tomar una decisión no solo porque deseara pasar tiempo con su hermano tras tanto
tiempo separados, sino también por otros motivos. Él preguntó con cautela.
“¿Estarás bien con eso?”
“¿Con qué?”
“Sabes perfectamente a qué me refiero.”
La mirada de Yvette se detuvo de repente en un punto fijo.
Rensley también miró por la ventana. Anton y Freeda caminaban por el patio
central mientras conversaban sobre algo. Yvette, observándolos desde arriba, se
encogió de hombros.
“Aferrarse a algo que consume tiempo sin dar resultados no va
con mi personalidad. ¿No eres tú igual?”
“Mmm, bueno…” Al pensarlo, Rensley sintió que tenía razón. Sin
negarlo, asintió levemente con la cabeza.
Yvette continuó con su relato:
“El Comandante siente una profunda culpa hacia la Princesa
Freeda. Ella está entregando su vida en la barrera. Él piensa que sería
inaceptable encontrar una pareja o ser feliz por su cuenta antes de que la
Princesa regrese definitivamente a Laudken.”
“... ¿Te lo dijo el Comandante directamente?”
“No lo expresó con esas palabras, pero era prácticamente lo
que quería decir.”
“Me pareció que él sentía una clara simpatía por ti.”
“Por supuesto que la siente. Sería difícil que no la tuviera
después de lo mucho que me he expresado. Pero la simpatía es solo simpatía. Soy
como una hermana cercana para él. Además, al ser tu hermana, es natural que el
Comandante me trate con amabilidad.”
“...”
“¿De qué serviría quedarme aquí merodeando a su lado en una
situación así? Prefiero marcharme. Si llega a sentir aunque sea un poco de
vacío ante mi ausencia, significará que mi esfuerzo de medio año no fue del
todo en vano. Hay cosas que solo se aprecian cuando pones distancia de por
medio.”
Ante aquellas palabras, Rensley recordó su situación con
Giesel el año anterior. Aunque no había actuado ni pensado exactamente como
Yvette, el resultado fue que Giesel solo admitió sus verdaderos deseos después
de que Rensley se marchara de su lado.
La observación de Yvette no era errada. Deber,
responsabilidad, culpa. En los corazones de los dos hombres que protegían el
norte, esas cargas se habían acumulado capa tras capa hasta petrificarse; el
deseo de buscar la felicidad propia apenas lograba asomar la cabeza en lo más
profundo. A menos que se sacudieran bruscamente, era probable que jamás se
dieran cuenta de que poseían tal anhelo. Seguramente le ocurría lo mismo a la
Princesa Freeda, quien partía hacia el extremo norte cada año ante la llegada
del invierno.
Al reflexionar sobre ello, aunque su corazón se sentía
inquieto, Rensley comprendió que no había espacio para que un tercero
interviniera. Freeda, la prima de Giesel y ex prometida de Anton; Yvette, su
propia hermana y amiga insustituible. Ambas eran buenas personas. No deseaba
inclinarse por un bando ni tampoco presionar a Anton con consejos apresurados.
“Está bien, te deseo lo mejor.”
Ante su respuesta convencional, Yvette soltó una risa suave e
inclinó su taza de té como si fuera una copa de licor.
“¿Y tú cómo estás?” Tras un breve silencio, le preguntó a
Rensley.
“¿Yo? ¿A qué te refieres?”
“¿Eres feliz en tu matrimonio? Supongo que ya no tienes
preocupaciones como las mías.”
«Claro que soy feliz. Después de todo lo que nos costó
casarnos»
Rensley estuvo a punto de responder con naturalidad, pero
guardó silencio un instante.
“Soy feliz. Aunque las preocupaciones parecen ser un tema
aparte.”
“¿Ah, sí? ¿Qué te preocupa?”
“Son solo pensamientos triviales. Al fin y al cabo, terminé
ocupando una posición elevada que no estaba en mi destino.”
Aparentemente, Rensley era el único que echaba de menos a
aquel niño que le exigía afecto en silencio mientras se acurrucaba en sus
brazos. Tanto el propio Giesel como todos en el castillo celebraban el regreso
—o más bien, la restauración— del Gran Duque.
Rensley también se alegraba del regreso del Giesel adulto, por
supuesto. Aquel juego de "casita" solo pudo disfrutarse porque
existía la garantía de que podía terminar en cualquier momento. Si hubiera
tenido que vivir para siempre con un Giesel convertido totalmente en niño, el
ciudadano de Oldenlandt que se habría visto en mayores aprietos habría sido el
propio Rensley.
Por lo tanto, su preocupación no era sobre Giesel. Al
contrario de los hombres del norte, que eran ciegos a sus propios deseos,
Rensley —quien había sobrevivido buscando siempre su lugar con astucia— sabía
perfectamente lo que quería, tanto que prefería ignorarlo.
Un niño pequeño e inocente que creciera con la exuberancia de
la primavera y el verano; y sobre todo, un niño que se pareciera a la persona
que amaba.
Sin embargo, no había tiempo para distracciones ni
preocupaciones inútiles. La temperatura descendía día tras día. En una época
donde todos en Oldenlandt comenzaban a tensar el cuerpo y el alma para
prepararse ante el ataque de las bestias mágicas, entregarse a fantasías
banales se sentía como una muestra de la ignorancia de una Gran Duquesa
extranjera.
“¿Cuándo partirás con el gremio?”
“Antes de que el frío se intensifique. Me han dicho que aquí
todos se vuelven muy huraños cuando llega el invierno, así que lo mejor será
que esta huésped se marche para entonces.”
“No digas eso y regresa cuando quieras. Mantendré tu
habitación siempre lista para que puedas usarla.”
“Gracias. Tener un hermano que ha ascendido tanto me da mucha
seguridad.”
Rensley continuó la charla trivial con Yvette mientras servía más té. Después de todo, aún era otoño, y la nueva estación en Oldenlandt era hermosa.