Rensley Mallosen se despertó hoy también con el cuerpo completamente desnudo.
Como de costumbre, se pasó la mano por el cabello rubio
alborotado por el sueño y, al incorporarse, un collar que colgaba de su hombro
se deslizó con un tintineo sobre su pecho firme.
“Ah, qué frío.”
Aunque el metal se había entibiado un poco con el calor de su
piel, seguía siendo frío por naturaleza. Al contacto con su cuerpo, todavía
caliente por el sueño, el roce del collar le provocó un respingo.
Rensley recogió la joya que se había deslizado hasta quedar
entre sus muslos; era una pieza valiosa, decorada con un enorme zafiro y
diamantes de un corte perfecto. Era un objeto tan valioso que, en el pasado,
jamás se habría atrevido a tocar, y que ahora brillaba con un resplandor que le
parecía casi insultante.
“Uff, usar de esta manera algo tan valioso…”
Rensley suspiró y comenzó a recoger, una por una, las joyas
que habían quedado desparramadas por la enorme cama. Eran gemas de verdad, así
que no perderían su valor por usarlas de vez en cuando, pero... aun así, no
sentía que fuera correcto tratarlas con tanto descuido.
Anoche, Giesel había pasado la noche con él tras adornarlo con
todo tipo de piedras preciosas. Primero, le colocó unos brazaletes gruesos de
granates y rubíes sobre su piel desnuda; luego, un cinturón hecho de esmeraldas
y, finalmente, el collar de zafiros. Todas eran piezas grandes y ostentosas,
diseñadas para ceremonias o banquetes reales.
Llevar aquello sin nada de ropa encima le hacía sentir como si
estuviera cometiendo una travesura prohibida. Quizás por esa extraña sensación
de sentirse un objeto valioso más entre las posesiones del Gran Duque, se había
sentido incluso más excitado de lo normal.
Había oído rumores de que en el norte abundaban las minas y
que a la gente de allí le encantaban las cosas brillantes, pero pensó que
Giesel sería la excepción, ya que parecía no tener ningún interés en los lujos.
Pero qué equivocado estaba. Cuando Giesel lo movía de un lado a otro haciendo
que las joyas tintinearan, mientras comparaba el brillo de las piedras con el
color de sus ojos, su cabello y su piel, Rensley no sentía que estuviera con un
mago que solo sabía investigar, sino con un poeta apasionado.
Y pensar que, al principio, era un hombre que ni siquiera
sabía cómo besar y solo parpadeaba confundido.
De verdad... no sé si decir que tiene gustos muy refinados
o que simplemente es un pervertido con clase...
Rensley se sintió un poco avergonzado al recordar cómo terminó
llorando sin falta la noche anterior, cuando de pronto se abrió la puerta.
Giesel, que ya se había arreglado un poco, entraba en la habitación.
“¿Ya te has despertado?”
“No debería haberme dejado durmiendo así, ¿Por qué no me
despertó?”
“¿Cómo podría despertar a mi antojo a alguien que ha quedado
sumido en el cansancio por mi culpa?”
Hasta se atrevía a decir cosas pícaras ahora. Rensley
entrecerró los ojos mirando a Giesel. En sus manos traía una tetera de cobre
labrada y una taza vacía. El agua caliente, que le ayudaría a espabilarse, cayó
en la taza formando un arco elegante. Rensley se estiró con ganas.
“Su Alteza no tiene que servirme el té. Llamaré a un
sirviente.”
“No es posible, puesto que aún no te has vestido.”
“¿Y qué importa? Si de todos modos son otros los que me
visten.”
“Tu apariencia desaliñada en la cama dista mucho a la de un
cuerpo listo para el aseo.” El Gran Duque, imponiendo sus propios criterios, se
acercó a Rensley con la taza.
El té, que soltaba un vapor suave, estaba caliente hasta en el
asa, calentando las manos de Rensley al recibirlo. Cuando vivía en el sur, ni
siquiera miraba el té caliente; siempre estaba bebiendo alcohol o bebidas
frías, pero desde que llegó aquí, se había vuelto un amante del té.
Aunque fuera primavera, las mañanas en Oldenlandt seguían
siendo gélidas. Rensley se envolvió los hombros con una manta suave, hundiendo
su cuerpo desnudo en ella, y disfrutó del té que el mismo Gran Duque le había
preparado.
Tanto la noche como la mañana estaban siendo un verdadero
lujo.
✦
“Prepararemos su atuendo, Su Alteza Gran Duquesa.”
Tras terminar el té, el día comenzó oficialmente. Rensley
permaneció de pie, observando cómo los sirvientes se apresuraban por
arreglarlo. Le pusieron la camisa, los adornos del cuello, el chaleco y,
encima, el abrigo.
Mientras los criados preparaban los pantalones, las medias,
los zapatos e incluso los diversos accesorios que usaría ese día, Rensley no
tenía mucho que hacer. Solo movía los brazos y las piernas según se lo
indicaban o se miraba al espejo para comprobar el resultado.
“Hoy también luce deslumbrante, Su Alteza.”
No podía dudar de que aquel cumplido fuera sincero. La
expresión de Samlet, la jefa de doncellas que seguía a su lado tras la boda,
era de puro orgullo, como si estuviera viendo a un hijo que ha crecido
bien.
Ella era quien lo había cuidado desde que llegó a este lugar
en pleno invierno, transportado en un carruaje que parecía de carga, casi como
un exiliado que la gente del norte apenas podía tolerar. Rensley respondió con
una sonrisa:
“Es porque me haces brillar todos los días. Siento que me voy
a desgastar de tanto arreglo.”
“No todos brillan por mucho que se arreglen.” replicó ella con
amabilidad. “Servirle a Su Alteza vale la pena, por eso nos esforzamos tanto.”
Ante las palabras de Samlet, los sirvientes cercanos
asintieron dándole la razón. Rensley terminó soltando una risita. A veces el
tiempo que tardaban en arreglarlo cada mañana le resultaba molesto, pero bueno,
¿A quién no le gustaría despertar y escuchar halagos desde el primer momento?
Rensley siempre se había considerado alguien común y algo
materialista. Nunca había tenido grandes cosas, pero no era por falta de deseo;
le encantaban el dinero, los lujos, las joyas y hasta la calidad de las telas costosas
o las pieles suaves que llevaba ahora. Al principio se sorprendió mucho. Sabía
que convertirse en el cónyuge de un soberano no sería cualquier cosa y, aunque
ya lo trataban como el compañero de Giesel desde hacía tiempo de forma no
oficial, le tomó tiempo acostumbrarse a que los sirvientes lo atendieran de esa
manera y a llevar prendas tan lujosas a diario.
La mañana en que se preparó para su primera audiencia oficial
como Gran Duquesa tras la boda, el Rensley Mallosen que veía en el espejo no se
parecía en nada al hijo ilegítimo despreciado.
Brillaba como si hubiera nacido para ser el compañero del
soberano del norte, y hasta se veía digno y elegante.
¿Cómo se sentía? De maravilla, por supuesto. Además, como ya
conocía a casi todos los que iban y venían por Laudken, no tuvo que esforzarse
en aprenderse nombres o caras nuevas.
Asistía con Giesel a las reuniones y discusiones sobre el
estado, cumpliendo sus tareas como Gran Duquesa sin problemas. Como a Giesel no
le gustaba mucho recibir visitas, Rensley se encargaba de las audiencias o de
organizar banquetes adecuados, por lo que la reputación del «Gran Duquesa varón
venido del sur» subía cada día más dentro y fuera del castillo.
“¿Te sucede algo?”
Rensley estaba tan acostumbrado a su vida que no supo qué
responder cuando Giesel le hizo esa pregunta de repente mientras almorzaban
juntos. Parpadeó recordando los últimos días y negó con la cabeza.
“No. ¿Parezco tener algún problema?”
“El médico me ha informado que tu salud es perfecta; no
obstante, te he notado un poco decaído últimamente.”
“¿Ah, sí? Mmm... bueno, comparado con antes, ahora paso más
tiempo encerrado en el palacio. No es que esté decaído, es que me he vuelto más
formal. Ahora que todos saben que soy la Gran Duquesa, no puedo andar
comportándome como un loco todo el tiempo.” Rensley rió, bromeando a medias.
Sin embargo, había cosas que Rensley había tenido que
sacrificar a cambio de su nueva vida de comodidad y lujos. Ahora le resultaba
difícil montar a Marilynn y quedarse fuera hasta tarde con la gente hasta que
sonara la campana del cierre de las puertas; tampoco podía andar por todo el
castillo ayudando en cualquier tarea mientras bromeaba con los sirvientes, o
pasar la noche entera con los cuidadores de los establos cantando mientras
trenzaban cuerdas.
Aunque Giesel no le prohibiría intentar realizar el trabajo de
los sirvientes, los trabajadores se sentirían incómodos con su presencia allí.
Lo único que se le permitía como pasatiempo para una "Gran Duquesa
sencilla" era cuidar el invernadero o cocinar de vez en cuando.
A veces le entristecía sentir esa distancia con las personas
con las que antes hablaba sin reservas, pero Rensley comprendía que no se podía
tener todo en la vida. Al ganar algo, siempre se perdía otra cosa. Aunque
extrañaba esos pequeños placeres cotidianos de su vida anterior, no se
arrepentía; nada de lo que el antiguo Rensley Mallosen había poseído era más
valioso que la presencia de Giesel.
“Hoy deseo revisar un asunto contigo.” dijo Giesel tras
finalizar el almuerzo.
El Gran Duque hizo una señal a un sirviente, quien extendió un
gran pergamino sobre una mesa vacía. Rensley observó el mapa con curiosidad;
era la representación completa de Oldenlandt, donde figuraban no solo la
capital, Laudken, sino también las extensas regiones del norte.
“¿A dónde vamos a ir?”
“Te he mencionado anteriormente que visitaríamos otras
regiones antes de que concluya el verano. Considero que ha llegado el momento
de iniciar los preparativos.”
“¿Ya decidió el lugar?”
“Puesto que no es posible acudir a todos, he planeado visitar
uno de estos tres territorios. Aprovecharemos el trayecto para evaluar el ánimo
del pueblo y la situación actual.”
Rensley calculó la distancia entre las marcas de Giesel y
Laudken y arqueó una ceja.
“Incluso usando los dispositivos de transporte, nos tomaría al
menos quince días en volver. ¿Está bien ausentarse tanto tiempo? No hace mucho
que hemos regresado de Pereira.”
“Es un viaje que solo podemos permitirnos realizar durante el
verano. Es necesario recorrer los otros feudos de manera periódica.”
Tenía razón. Aunque un rey debía ser cauteloso al dejar su
puesto, muchos gobernantes aprovechaban las épocas seguras para recorrer sus
tierras o visitar otros países. Al fin y al cabo, para que el pueblo comprenda
que su señor es una presencia real y no un mito distante, nada es tan efectivo
que presentarse ante ellos cara a cara.
Rensley sonrió de oreja a oreja.
“Bueno... después de todo, todavía no hemos tenido nuestra
luna de miel.”
“Tras nuestro regreso, Freeda también partirá hacia algunas
regiones. Una vez el verano finalice, ella volverá a la barrera.”
“Ya veo…”
No sentía que hubiera transcurrido mucho tiempo desde la boda,
pero la corta primavera ya se estaba escapando. Rensley miró por la ventana; el
cielo estaba azul y el paisaje se veía bastante verde.
Ya no quedaba rastro de aquel aspecto desolado y triste que
presenció al llegar al norte. Oldenlandt, que desde lejos parecía ser el reino
del hielo eterno, también poseía estaciones.
Con la primavera, el palacio se encontraba bastante animado y
gracias a la Gran Duquesa, a quien le encantaba la música, el baile y
divertirse con los demás, el palacio organizaba banquetes con más frecuencia
que nunca, aprovechando esta época de paz. Con la princesa Freeda y su séquito
permaneciendo en el castillo, había mucha más vida que en invierno. Pero
incluso esa etapa ruidosa y alegre tenía un final.
“Ya me da nostalgia.” murmuró Rensley.
Aunque no explicó el motivo, Giesel pareció comprenderlo
perfectamente y sonrió de forma sutil mientras volvía a organizar el mapa.
“Por tal razón, debemos asegurarnos de pasar el tiempo
restante de una manera que no nos cause arrepentimiento alguno.”
“¡Me parece perfecto! ¡No me esperaba un viaje tan largo, me
encanta la idea!”
Aquel hombre que antes era tan reservado había mejorado mucho
su elocuencia últimamente. Rensley olvidó enseguida su nostalgia y le devolvió
la sonrisa. Solo con pensar en el viaje, su ánimo, que según Giesel se había
mostrado algo decaído, recuperó toda su energía y vitalidad.
“Tengo una propuesta adicional que hacerte.”
¿Otra propuesta además del viaje? Rensley se extrañó de
verdad. Giesel continuó explicando el asunto mientras enrollaba el mapa.
“No siempre es estrictamente necesario anunciar la partida del
Rey para abandonar el palacio.” continuó Giesel. “A mi difunto tío le placía,
durante su juventud, vestir ropajes comunes y salir del castillo para mezclarse
con el pueblo. Hasta este momento, yo no había sentido la necesidad de hacerlo,
pero...
“¿Te refieres a ir de incógnito? ¡Lo sé!” Rensley asintió y,
de repente, miró a Giesel abriendo mucho los ojos. Antes de que el Duque
pudiera añadir algo más, Rensley exclamó. “¿No me diga que nosotros...?”
“Es una temporada caracterizada por riesgos mínimos. Dado que
aún perteneces a la orden de caballeros, no te resultará difícil ocultar tu
identidad. Una vez que nos alejemos del Castillo Real, apenas habrá personas
capaces de reconocer los rostros de los monarcas, a menos que se trate de
miembros de la nobleza.”
Tenía razón; en todo Oldenlandt, las personas que habían visto
el rostro del Gran Duque en persona podían contarse con los dedos de una mano.
A menos que fueran residentes de Laudken o mercaderes que frecuentaran el
castillo, casi nadie conocía la apariencia real del soberano, quien rara vez se
dejaba ver en público.
Era una propuesta totalmente inesperada. Rensley se quedó
aturdido por un instante, pero luego, con una sonrisa que mezclaba la alegría con
una pizca de amargura, corrió hacia Giesel. Se hundió en su amplio pecho y
Giesel lo estrechó entre sus brazos sin importarle lo más mínimo las miradas de
los presentes. Rensley susurró:
“Por mucho que lo piense, no creo que un plan de viaje así sea
de su estilo. ¿Su Alteza lo ha planeado por mí?”
“Puesto que has llevado una vida caracterizada por la
libertad, es natural que requieras un cambio de aires de vez en cuando.”
Rensley no se arrepentía de nada. Si podía permanecer al lado
de este hombre, no le importaba sacrificar un poco de su autonomía de
movimiento. En realidad, la "libertad" a la que Giesel se refería no
había sido más que una época en la que Rensley vagaba sin rumbo; un periodo que
parecía carecer de restricciones, pero donde nada de lo que realmente deseaba
le era permitido, marchitándose tras una barrera invisible.
Sin embargo, ahora Rensley se encontraba en ese lugar por su
propia voluntad.
✦
El destino elegido para esta primavera era el Marquesado de
Eyborn, una extensa región al suroeste de Oldenlandt. Los marqueses que
residían allí debían haber asistido a la ceremonia nupcial; no obstante, un
severo brote de tos afectó a la zona en esa misma época y ambos enfermaron, lo
que les impidió acudir.
Giesel decidió aprovechar este periodo de descanso para
recorrer el marquesado. Emplearon los dispositivos de transporte para alcanzar
las zonas próximas a Laudken, pero dado que el séquito de acompañantes era
numeroso y deseaban supervisar no solo el destino, sino también el trayecto,
optaron por viajar por vía terrestre a partir de cierto punto.
Rensley disfrutó al máximo de la consideración de Giesel para
que cambiara de aires; hacía mucho tiempo que no cabalgaba al aire libre
durante un periodo tan prolongado. Montado sobre Marilynn, vestido con ropa
común y sintiendo el viento en el rostro mientras galopaba, Rensley no
recordaba en lo más mínimo a la Gran Duquesa de una nación. Sin embargo, nadie
en el grupo lo miraba con desaprobación ni se quejaba de su falta de decoro.
“¡Su Alteza! Mire, hay otra manada de renos allá.” exclamó
Rensley con entusiasmo.
“Se debe a que, durante la primavera, los grupos migratorios
son más frecuentes.” respondió Giesel.
“En el sur también hay ciervos, pero son mucho más pequeños…”
La escolta del Gran Duque se detenía ocasionalmente en las
villas para presenciar festivales locales o degustar dulces típicos,
disfrutando del trayecto con serenidad. En ocasiones, cabalgaban junto a
enormes manadas de renos que atravesaban los campos, ya teñidos de verde por la
estación.
Rensley se preguntaba si el frío poseía el poder de aumentar
el tamaño de los seres vivos. Los renos, con sus cornamentas vastas y cuerpos
que parecían más robustos que los de cualquier fiera, abrumaban a los humanos
al desplazarse en grupos de decenas; eran como la viva imagen de la tierra
helada del norte.
Al inicio, a Rensley le ilusionaba abandonar Laudken para
alojarse fuera o visitar posadas lejanas; no obstante, hacia el final del
viaje, quedó cautivado por la belleza natural del camino. Durante el invierno
solo se había desplazado por los alrededores de la capital, e incluso cuando
dejó el castillo brevemente, cruzó el Bosque de la Loba directamente hacia la
frontera, por lo que no había tenido oportunidad de pasear con calma. El
Oldenlandt que ahora contemplaba era verdaderamente asombroso.
Montañas colosales y acantilados donde la nieve permanecía
eterna, llanuras infinitas, el ancho río Vals dividiéndolo todo y los bosques
de coníferas que se mantenían firmes...
Curiosamente, en ese instante en que su presencia se sentía
más diminuta, Rensley se percibió como la persona más fuerte del mundo. Quizás
el orgullo de quienes habitaban allí, luchando contra el frío y los monstruos
como pequeñas criaturas en una tierra inmensa, nacía de ese mismo sentimiento.
“Considero que ha sido una excelente idea viajar por tierra.”
“¿Qué aspecto te ha complacido más?” preguntó Giesel.
“No sabría señalar algo en especial... es solo que me siento
un poco más como un auténtico habitante del norte.”
Giesel se limitó a sonreír de forma leve, sin expresar si
comprendía o no el significado de aquellas palabras.
Tras varios días de trayecto, finalmente divisaron su
objetivo. Se decía que en el marquesado proliferaban las frambuesas y las uvas
silvestres desde la primavera hasta el verano, por lo que sus productos
frutales eran célebres, incluyendo sus licores. Por supuesto, eran delicias que
podían obtenerse en el castillo, pero degustarlas en su lugar de origen poseía
un encanto especial. Además del propósito político de supervisar el feudo,
Rensley estaba emocionado por la perspectiva de comer y beber manjares locales.
“¿Eso no son frambuesas? ¿Ya se empiezan a ver los campos?”
Rensley, desde el lomo de Marilynn, escudriñó el horizonte.
Los terrenos que se veían a lo lejos eran, sin duda, cultivos de frambuesas.
Giesel, que cabalgaba a su lado, observó en la misma dirección.
“Lo que contemplas han de ser campos de frambuesas silvestres.
Tengo entendido que originalmente solo se recolectaban los frutos de
crecimiento natural, pero ante la insuficiencia de la producción, se
desarrollaron tierras agrícolas para su cultivo.”
“De verdad Su Alteza es como una enciclopedia. ¿Cómo es que
conoce tan bien los asuntos agrícolas de un pueblo tan remoto?”
“A pesar de la distancia, el marquesado es una región de suma
importancia. Es imperativo que la Gran Duquesa también posea este
conocimiento.”
“No se preocupe, mi memoria es bastante buena."
Rensley lucía muy satisfecho tras confirmar la presencia de
los campos.
“En el invernadero del castillo cultivamos algunas, pero ver
tal extensión es un espectáculo. Al ser de campo abierto, el dulzor y el aroma
han de ser superiores. Cuando vivía en Cornia solía recolectar frambuesas
silvestres, pero en Laudken no abundan ni en primavera. Aprovecharé esta
oportunidad para comer hasta el cansancio.”
Giesel observó en silencio a Rensley, quien parloteaba con una
expresión que sugería que ya estaba saboreando las frutas hasta el cansancio.
Ante esa mirada fija, Rensley se sintió un poco cohibido.
“¿Por qué me mira de esa forma, Su Alteza? Ni que ya tuviera
la boca manchada de fruta.”
“En absoluto. Me causa satisfacción verte feliz. No siempre
será posible realizar trayectos así, pero intentaremos salir con frecuencia
aunque sea a lugares cercanos.”
“¿Tan bien me he portado últimamente?”
Él no lo había notado, pero al parecer, ante los ojos de
Giesel, Rensley se había mostrado algo desanimado. Era cierto que el cambio de
vida era drástico, pero él creía estar disfrutando de su rol como Gran
Duquesa... Rensley estaba algo confundido.
No obstante, pronto pareció comprender, sonrió con picardía y
tiró de las riendas de Marilynn para acercarse más a su esposo.
“Ya entiendo. ¿Es que Su Alteza se sentía solo porque me he
vuelto más reservado?”
“Por supuesto que no.”
“Seguro que sí. He estado tan concentrado en ser una Gran
Duquesa elegante para que nadie me critique, que supongo que lo descuidé sin
querer. Ahora que lo pienso, la semana pasada hubo tantas visitas que solo
pudimos pasear tres veces. Si lo dejo solo, Su Alteza permanece anclado al
escritorio y no sale a que le dé el sol, así que debo acompañarlo
obligatoriamente... Comprendo que se sintiera solo. De ahora en adelante,
aunque esté ocupado, reservaré tiempo para caminar con Su Alteza.”
Giesel, que lo negaba con insistencia, mostró un rostro de
confusión tras escuchar a Rensley, como si se preguntara internamente: «¿Habrá
sido por eso?» Ante esa expresión tan inocente, Rensley soltó una carcajada
y señaló la entrada del pueblo con el dedo.
“¡Descuide, que esta Gran Duquesa se encargará de entretenerlo
sin falta! Su Alteza, ¿Desea realizar una competencia para ver quién alcanza
primero aquel punto?”
“... ¿Existe alguna recompensa para el vencedor?”
“¡Por supuesto!”
Sin revelar cuál sería el premio, Rensley sacudió las riendas
de Marilynn. La yegua, como si hubiera comprendido cada palabra de la
conversación, aumentó la velocidad al instante.
“¡Arre!”
Giesel también partió al galope sin vacilar. Tras ellos, los
caballeros de la escolta iniciaron la carrera, haciendo que el estruendo de los
cascos de los caballos retumbara de pronto en el tranquilo campo. Los grandes
cultivos de frambuesas estaban cada vez más cerca.
✦
Al llegar al inicio de los esperados campos, Rensley puso una
expresión de extrañeza. Lo mismo les sucedió a los acompañantes que venían tras
él. Rensley tomó una frambuesa, le dio vueltas y revisó los arbustos cercanos.
No tardó mucho en llegar a una conclusión.
“La cosecha se ve muy mal.”
“Es cierto.” coincidió Giesel.
En los arbustos que deberían estar rebosantes de frutos rojos
y jugosos, solo había piezas negruzcas, arrugadas y marchitas.
Rensley se metió una frambuesa en la boca; no tenía dulzor ni
aroma, solo una textura endurecida al masticar. «Qué decepción», pensó
Rensley mientras se quejaba para sus adentros, cuando de repente alguien
apareció entre los surcos del campo que parecía desierto.
“¿Quiénes son ustedes?”
Era un granjero que llevaba un pañuelo en la cabeza y tenía
tierra por todas partes, como si hubiera estado trabajando arduamente. Rensley
le dedicó una sonrisa inmediata y lo saludó.
“Hola. Disculpe la molestia. Somos una caravana de
comerciantes que ha venido con la intención de adquirir una gran cantidad de
frambuesas de esta región.”
“¿Comerciantes?” El granjero escudriñó al grupo de Rensley con
desconfianza.
Sin embargo, al notar que vestían con pulcritud, montaban
caballos finos y eran un número considerable de personas, pareció aceptar la
presentación. Era evidente que se trataba de un grupo con recursos; si no eran
nobles, debían ser mercaderes de alto rango.
En realidad, Rensley solo parecía un miembro más de la
caravana. Como deseaba estar cómodo durante el trayecto, utilizó el viaje como
excusa para vestir de forma mucho más sencilla que en el palacio. Giesel
también había optado por una prenda de lana negra y unos pantalones de piel de
oveja en tono café oscuro para intentar pasar desapercibido.
Si alguien tuviera un ojo extremadamente detallista, notaría
que cada prenda que portaba Rensley era de una calidad excepcional que una
persona común difícilmente poseería, pero la probabilidad de que alguien allí
tuviera tal perspicacia era mínima.
“¿De dónde vienen?”
“Nuestra base se encuentra cerca de Pereira. Viajamos a
cualquier rincón del continente si encontramos mercancía que valga la pena.”
“¿Acaso no abundan las frutas en el Imperio? Las de nuestro
pueblo son célebres, pero no producimos lo suficiente como para vender a otras
tierras y, además, como ve, este año la cosecha se ha malogrado; no tenemos ni
para nuestro propio sustento.”
“¿Acaso hubo escasez de lluvia?”
Cuando Rensley preguntó, el granjero desvió la mirada por
alguna razón. Hizo un gesto con la mano, como si de pronto la presencia de los
mercaderes le resultara una carga.
“¿Quién sabe el motivo? La mitad de la cosecha es obra de
Dios, así que hay que aceptarlo. La situación es mala, pero aún no está perdida
del todo, así que estamos más atareados que el año pasado. Como ve, no es
momento para negociaciones, así que pueden marcharse.”
El hombre volvió a tomar sus herramientas y se perdió entre
los arbustos de frambuesas. Mientras Rensley permanecía aturdido por haber sido
echado tan bruscamente, escuchó otra voz.
“Dicen que es debido a una maldición.”
Rensley miró hacia un lado. Un niño que parecía haber estado
jugando en las copas de los árboles, y que no se había dejado ver hasta
entonces, bajó deslizándose por un tronco. Rensley le preguntó sin mostrar
sorpresa:
“¿Una maldición?
“Eso dijo el mago que visitó el pueblo. Dijo que el fracaso de
la cosecha de este año es culpa de una maldición.”
“¿Y por qué los maldijeron?”
“Dijo que Su Alteza el Gran Duque cometió un error al elegir a
su Gran Duquesa. Por eso la Diosa que protege Oldenlandt se ha enfurecido.”
Al oír aquello, Rensley abrió los ojos de par en par. No fue
el único; los rostros de Giesel y de los escoltas, que permanecían sobre sus
monturas, se tensaron al unísono.
Antes de que Giesel o cualquier otro interviniera, Rensley
alzó el brazo con rapidez. Su gesto firme indicaba claramente que no debían
interferir.
“¡Oye, los adultos te advirtieron que no dijeras eso en otros
lugares!”
Acto seguido, otros niños de mayor edad que bajaron tras él le
dieron un pequeño golpe en la cabeza al pequeño que hablaba con Rensley y lo
reprendieron. Rensley, sintiendo cómo el ambiente a sus espaldas se volvía
gélido, mantuvo una sonrisa suave.
“¿Y de dónde han sacado esa historia?” preguntó Rensley.
“De todas partes. Todos en el pueblo lo saben.”
“¿Y saben dónde vive ese mago?”
“Ahora no sé. Hace como un mes todavía estaba por aquí.”
Mientras conversaban, otras personas se aproximaron al camino.
Ellos también parecían regresar de sus labores, cargando herramientas al
hombro. Al ver al grupo de extraños junto a los niños del pueblo, adoptaron una
actitud agresiva de inmediato.
Empuñaron sus hoces y sacos como si fueran armas y los
observaron con profunda desconfianza.
“¿Quiénes son ustedes?”
“Dicen que han venido a comprar frambuesas.” respondieron los
niños por ellos.
Al oír aquello, los granjeros se calmaron un poco, aunque
suspiraron con pesadumbre.
“Este año no será posible, regresen por donde vinieron. Ni
siquiera contamos con suficientes frambuesas para entregar al Marqués; no hay
nada que vender.”
“¿Vino un mago por aquí?” insistió Rensley.
Que un mercader recién llegado mencionara al mago significaba
que el secreto se había divulgado. Los granjeros comprendieron de inmediato de
dónde provenía la información y les dieron unos golpecitos en la espalda a los
niños.
“¡Estos niños! ¡Vayan a ayudar al trabajo! ¡Si uno les quita
el ojo de encima un momento, se juntan para jugar y terminan metiendo la pata!”
“No los reprendan tanto.” intervino Rensley. “Aunque los niños
no lo hubieran mencionado, lo habríamos notado con solo observar un poco. En
nuestra caravana también contamos con un mago.”
Rensley tomó otra frambuesa marchita y se la entregó a Giesel,
quien permanecía montado sobre el caballo. El Duque la recibió con semblante
serio, la examinó brevemente y asintió.
“Es un trabajo tosco, pero, efectivamente, posee vestigios de
magia.”
“¿Lo ven?” dijo Rensley con aire de triunfo.
Ahora fueron los granjeros quienes empezaron a murmurar
nerviosos. Uno de los ancianos se acercó apresuradamente, adoptando una postura
humilde y juntando las manos para preguntar con desesperación:
“¡Señor mago! ¿Entonces es capaz de disipar la maldición de
las frambuesas? En la agricultura, la voluntad divina es lo primordial, y hemos
perdido la cosecha debido a esa maldición.”
Giesel contrajo levemente el entrecejo, desvió la mirada hacia
el horizonte y soltó un suspiro contenido. Era evidente que la conversación le
resultaba tediosa y desagradable.
Rensley sabía que, en condiciones normales, el Gran Duque
jamás escucharía las súplicas de unos granjeros con tal desdén; pero Giesel
estaba genuinamente furioso por lo que los niños habían relatado. Solo se
contenía porque Rensley le había indicado previamente que guardara la calma.
“Eso es algo que nuestro mago deberá evaluar con detenimiento.
Acabamos de llegar, por lo que no podemos resolverlo de inmediato.”
“En... entonces, ¿Dónde tienen previsto quedarse hoy? Si les
place, podrían alojarse en la mejor posada de la región. El posadero los
recibirá con entusiasmo.”
Eso resultaría complicado. Rensley se encogió de
hombros. Aquellas tierras ya pertenecían al marquesado. Durante el trayecto se
habían divertido cambiando de identidad —a veces como jóvenes nobles de paseo,
otras como mercaderes prósperos o caballeros escoltando a su señor— y todo
había marchado sobre ruedas. Sin embargo, debían apresurarse para llegar a la
mansión del Marqués esa misma tarde y presentarse oficialmente como los Grandes
Duques. Se estaban demorando más de lo previsto, pero pronto deberían partir.
“Para poder brindarles ayuda, necesito conocer mejor los
hechos.” dijo Rensley. “Hace un momento, los niños mencionaron que el mago les
habló de una maldición, ¿A qué se refieren con eso?”
El granjero miró a su alrededor con cautela y se aproximó a
Rensley para susurrarle al oído:
“Como son forasteros, les daré un aviso, pero es un asunto
sumamente grave y no puede mencionarse en voz alta. Por favor, guarden el
secreto.”
“Sí, dígame con confianza, solo yo lo sabré.”
“A finales del año pasado, un mago llegó a este lugar. Existen
magos que viajan recolectando ingredientes para pociones o piedras mágicas, ¿No
es así? Pues él decía encontrarse en uno de esos viajes. Era un hombre
sumamente hábil en la elaboración de medicinas, por lo que nos beneficiamos
mucho de su estancia.”
“¿Y qué sucedió después?”
“Ese mago elaboró una pócima para fortalecer la tierra y
asegurar una cosecha abundante; nos dijo que la esparciéramos por los campos.
Nosotros obedecimos de inmediato y tal como dijo, funcionó. Parecía que
obtendríamos más frutos que nunca y que madurarían espléndidamente; todos
estábamos muy ilusionados. Pero, de repente, al llegar el tiempo de la cosecha,
empezaron a marchitarse hasta quedar como las ve ahora. Y pasa que el mago
sentenció…”
El granjero bajó aún más la voz. Rensley se inclinó para no
perder detalle.
“Dijo que se trataba de la ira divina. Él afirma que usa el
poder de la Diosa de la Tierra, y aseguró que la Diosa de Oldenlandt está
enfurecida. Dijo que el soberano del país ha contraído matrimonio en una unión
de la que no podrán nacer herederos, así que, ¿Cómo no se enojaría la Diosa de
la cosecha y la fertilidad? ¡Y al escucharlo, nos pareció que tenía sentido! De
hecho, la tierra comenzó a secarse y las frambuesas a marchitarse justo por la
época de la boda de Su Alteza.”
“Vaya... ¿Por tratarse de dos hombres?” preguntó Rensley
“Que sea un hombre es un problema, pero según los rumores…”
El hombre le relató a Rensley un compendio de los chismes que
corrían por la zona. Y la historia no hacía más que complicarse.
“Dicen que la nueva Gran Duquesa es una belleza fatal y
peligrosa. Dicen que con solo cruzar la mirada hechiza a los hombres. Y que le
encantan las joyas de las minas del norte, así que se gasta una cantidad
exorbitante de impuestos en ellas.”
“Eso suena realmente impactante.”
“Y no solo cautiva a los varones. Dicen que en la capital, las
lágrimas de las damas que lo amaban formaron un océano. Si pretendía desposar a
un hombre, ¿No debería haber dejado tranquilas a las jovencitas por mera
ética?”
“Parece que ha frecuentado a mucha gente. Es una persona muy
sociable y diligente.” añadió Rensley.
“Resulta que llegó a Oldenlandt suplantando a su hermana y
fingiendo ser mujer, y hay quienes afirman que desde el principio su intención
fue seducir al Gran Duque. Dicen que Su Alteza es célebre por dedicarse
exclusivamente a sus investigaciones mágicas, ¿Qué iba a saber él de estos
asuntos? Debió de ser una presa fácil en esas manos.”
“En parte tengo que estar de acuerdo con eso.”
Rensley escuchó cada susurro del granjero sin que su expresión
vacilara lo más mínimo. Al concluir el relato, se enderezó y preguntó con una
sonrisa:
“¿Aquel mago les obsequió la medicina por pura benevolencia?
¿Fue gratuita?”
“No, resultó bastante costosa. Pero como anteriormente muchas
personas habían sanado con sus remedios, todos en el pueblo reunimos nuestros
ahorros y la adquirimos de forma colectiva.”
“¿Y dice que el mago ya no se encuentra en el pueblo?”
“Así es. Alegó que no podía permanecer más tiempo en una
tierra maldita por la Diosa, pues su poder mágico se vería mermado en un lugar
así.”
“... Entiendo. Bien, tomaremos algunas de estas frambuesas.
Nuestro mago es excepcional en su oficio, así que realizaremos una
investigación.”
Ante las palabras de Rensley, los granjeros se apresuraron a
traerle frutos. Mientras les indicaba que con unos pocos sería suficiente, de pronto
los aldeanos palidecieron y se apartaron apresuradamente a la orilla del
camino, despojándose de sus pañuelos y sombreros mientras agachaban la cabeza
con temor.
¿Qué pasa? Rensley notó el cambio súbito en el ambiente
y dirigió su mirada hacia el sendero.
Otro grupo se aproximaba. Una estandarte con el escudo de una
familia noble ondeaba majestuosamente en lo alto. Era el blasón que Rensley
había memorizado antes de partir. Un hombre de mediana edad que cabalgaba al
frente desmontó, se acercó con urgencia y realizó una profunda reverencia. Sus
acompañantes imitaron el gesto al unísono. La capa con el escudo bordado ondeó
levemente a su espalda.
“¡Gloria al Protector del norte y del continente! Sea
bienvenido, Su Alteza el Gran Duque.”
“Hacía tiempo que no coincidíamos.” respondió Giesel.
“He acudido a recibirle en cuanto se me ha informado que hoy
alcanzaría la frontera de mi feudo. Ruego disculpe mi demora.”
Rensley abrió mucho los ojos al escuchar el intercambio. ¿Entonces
aquel hombre era el Marqués de Eyborn en persona? Desvió la mirada
rápidamente hacia los granjeros; ellos ya se habían percatado de la verdadera
identidad del hombre al que habían confundido con un simple mago mercader.
Al comprender la magnitud de su imprudencia, sus rostros
habían palidecido por el terror.
Mientras tanto, Giesel y el Marqués intercambiaban los saludos
protocolares. Tras presentar sus respetos al Gran Duque, el Marqués miró a su
alrededor en busca de otra figura.
“También desearía presentar mis respetos a Su Alteza la Gran
Duquesa.”
Al oír aquello, Giesel dirigió su mirada de forma instintiva
hacia Rensley.
«¡No!»
Rensley le envió una señal de auxilio mediante un gesto rápido
y una mirada cargada de intención. En una situación ordinaria, le habría
encantado revelar su identidad de golpe y disfrutar del asombro de todos, pues
era una de sus bromas predilectas; no obstante, la situación se había tornado
demasiado seria para juegos.
Giesel observó con frialdad a los granjeros durante un breve
instante antes de desviar la vista hacia el Marqués.
“La Gran Duquesa ha contraído un resfriado durante el trayecto
y se ha visto obligado a detenerse. Puesto que estimamos que se recuperará en
un par de días, me instó a que me adelantara; por ello, he arribado en
solitario. Ahora que hemos llegado a salvo, procederé a enviarle un mensaje.”
“Vaya. ¿Se encuentra Su Alteza muy indispuesto?”
“No es de gravedad, pero no deseaba que su estado empeorara
debido al esfuerzo del viaje. Ha quedado bajo el cuidado de un médico
competente y de sus sirvientes, por lo que llegará a la brevedad.”
“Ya comprendo... Tenía grandes deseos de conocerle, es una
verdadera lástima.”
“La Gran Duquesa albergaba grandes expectativas por probar las
frambuesas de esta región, por lo que nos hemos detenido en los campos durante
el trayecto; no obstante, he observado que la cosecha no ha sido favorable este
año.”
“Es lamentable, Su Alteza. El clima no ha sido malo, pero el
resultado es este. Según los granjeros, se ha debido a un cambio en el
fertilizante, aunque sospecho que hay otros factores. Pero no se preocupe, nos
aseguraremos de que haya suficientes frutos de excelente calidad para que Sus
Altezas puedan degustarlos.”
El Marqués parecía ignorar por completo lo que acababa de
ocurrir entre los granjeros; se comportaba como cualquier otro noble. Era
evidente que gobernantes como Giesel, que se involucraban en los detalles
técnicos de cada industria de su tierra, eran una rareza.
Giesel alzó la mano y llamó a Anton, que esperaba unos pasos
por detrás. Rensley también se aproximó al notar el gesto. Ambos se envolvieron
un poco en sus capas y saludaron al Marqués con una inclinación, mientras
Giesel los presentaba.
“Le presento al Comandante Anton, líder de mi guardia
personal, y a Ren, el Subcomandante. Ambos se encargarán de mi protección
durante nuestra estancia en su feudo. Se los encomiendo de manera especial.”
“Al Comandante Anton ya he tenido el placer de conocerle
anteriormente. Respecto al Subcomandante, me parece que es la primera vez que
coincido con él.”
Rensley sonrió con suma cortesía y le sostuvo la mirada. Al
entrecerrar ligeramente los ojos, su iris azul con matices rojizos le otorgaba
el aspecto de un joven rebosante de salud y alegría.
“Es un honor conocerlo, Marqués.”
“El gusto es mío, muchacho.”
Hasta que la comitiva —que ahora había duplicado su tamaño—
abandonó los cultivos de frambuesas, los granjeros permanecieron arrodillados y
con la cabeza gacha, sin atreverse a levantar la vista ni una sola vez. Rensley
los observaba con sentimientos encontrados.
No es que le hiciera gracia lo que habían dicho, pero
comprendía que no lo habían hecho con malicia, sino por puro desconocimiento.
Él mismo, en sus días en Cornia, solía reunirse con la gente para hablar pestes
de la corona. Si hubiera nacido en la alta nobleza, quizás habría exigido un
castigo por la falta de respeto de aquellos hombres, pero como no hacía mucho
que era el "Rensley Mallosen que no poseía nada", entendía mejor a la
gente común; aquellos que prefieren culpar a los de arriba de sus desgracias
para aliviar sus propias penas.
Se sentía algo inquieto mientras retomaban el sendero, hasta
que divisó a los niños ocultos entre la maleza, parecidos a pequeños ratones
asustados. Rensley detuvo su montura un momento y el niño que había bajado
primero del árbol corrió hacia él. Con los ojos anegados en lágrimas, se aferró
a su bota y le suplicó en un susurro que apenas llegó a sus oídos:
“Señor caballero, por favor, no le cuente a la Gran Duquesa lo
que dije.”
Si solo lo hubiera escuchado él, podría haber fingido que nada
sucedió; sin embargo, Giesel y varios escoltas también lo habían oído, por lo
que no era un asunto que Rensley pudiera resolver simplemente guardando
silencio. No obstante, al ver la expresión tan inocente y afligida del pequeño,
Rensley asintió y le dedicó una sonrisa reconfortante.
“Está bien. No diré ni una sola palabra al respecto. No te
preocupes.”
✦
La mansión del Marqués era tan vasta como el castillo de algún
pequeño reino, pero carecía de la majestuosidad inherente al Castillo de
Laudken. Quizás por encontrarse más al sur, la atmósfera resultaba más festiva
que en la capital, aunque poseyera menos porte.
Una hilera de personas aguardaba al pie de las escaleras del
patio central para recibir al Gran Duque Giesel. La esposa del Marqués y sus hijos
se hallaban presentes, inclinándose ante el soberano que honraba sus tierras
con su visita.
El Marqués guió personalmente a la comitiva hacia los mejores
aposentos. Mientras Giesel avanzaba al frente conversando con el anfitrión,
Anton y Rensley caminaban unos pasos por detrás en el extenso pasillo. La luz
solar, que se filtraba por los amplios ventanales, iluminaba todo el corredor.
Rensley miró a su alrededor antes de hablar.
“El castillo también luce distinto al de Laudken.”
“Oldenlandt es muy extenso y el estilo de vida varía
según la región.” respondió Anton con solemnidad. “Laudken se sitúa en el
extremo norte de las tierras habitables; es inevitable que sea más inhóspito.
Bajo circunstancias normales, nadie erigiría un castillo real en un sitio así,
pero nosotros debemos confrontar a los monstruos.” Anton hablaba con seriedad,
pero luego carraspeó con incomodidad, se cubrió la boca y susurró bajito. “Por
cierto, Su Alteza. Le ruego que hable con mayor naturalidad. ¿Hasta cuándo
pretende mantener este trato?”
“Pero si el Gran Duque dijo que conservaría mi rango de
caballero. En la orden, el Comandante sigue siendo mi superior, así que no se
sienta cohibido. Además, ahora he sido presentado oficialmente como
subcomandante.”
A medida que avanzaban, los sirvientes y residentes de la
mansión pasaban a su lado. Era imposible ignorar las miradas que les dirigían
desde todos los ángulos. Anton, tras guardar silencio un instante, bajó la voz,
visiblemente desconcertado.
“Por alguna razón, percibo que hoy somos objeto de demasiadas
miradas. No considero que hayan descubierto la identidad de Su Alteza todavía…”
“¡Ah, bueno! Es natural que dos hombres tan apuestos como
nosotros capten la atención al caminar juntos, ¿No cree? Todas las damas nos
están observando en este preciso momento.”
Rensley era un subcomandante improvisado, pero Anton era un
joven Comandante, apuesto y soltero de gran renombre. No resultaba extraño que
despertara tal interés.
«Aunque ya hay alguien que le ha echado el ojo», pensó
Rensley con una sonrisa, recordando a su hermana Yvette. Mientras cuchicheaban,
alcanzaron las habitaciones y las grandes puertas dobles se abrieron de par en
par.
Se trataba, sin duda, de la estancia más acogedora de la
mansión. Probablemente se esforzaron por recibir a los "recién
casados", pues la habitación era espaciosa, luminosa y estaba ornamentada
con flores por doquier. El Marqués se hizo a un lado y anunció:
“Hemos dispuesto todo para que Su Alteza se encuentre a gusto,
aunque sé que no es comparable al Castillo del Gran Duque. Si requiere
cualquier cosa, no dude en comunicárselo al servicio.”
“Mmm. Por ahora, deseo retirarme a descansar.”
“Entendido. Me retiro de inmediato.”
Tras la marcha del Marqués y su criado, solo quedaron Giesel,
los caballeros y los sirvientes leales que habían viajado desde Laudken. Al
final, uno de los sirvientes no pudo contenerse y soltó una risita. Cuando
Rensley se unió a la risa, el criado se explicó:
“Le pido disculpas, Su Alteza. Es que me resulta hilarante que
todos en esta mansión estén siendo cautivados por el engaño de Su Alteza la
Gran Duquesa…”
“Es comprensible. Dicen que la Gran Duquesa de Oldenlandt es
un hombre de un encanto fatal, ¿No es así? Admito que soy guapo, pero no estoy
seguro de si llego a ser "fatal".”
La ocurrencia de Rensley provocó que las risas se
intensificaran. Parecían deleitarse con la situación de mantener el secreto en
la mansión.
“Nadie debe pronunciar palabra alguna hasta que yo lo ordene.”
sentenció Rensley. “Si nos descubren prematuramente, se arruinará la diversión.
¿Cuento con su discreción?”
“¡Por supuesto, Su Alteza!”
Más que recurrir a amenazas, apelar al compañerismo resultaba
más efectivo para salvaguardar el secreto. Los sirvientes se dispersaron para
cumplir sus tareas y solo quedaron Rensley, Giesel y Anton.
Rensley extrajo las frambuesas que portaba en una pequeña
bolsa de seda. Los diminutos frutos que cayeron en su palma carecían casi de
jugo, por lo que no se habían estropeado durante el trayecto. Rensley las
examinó y preguntó:
“¿De verdad la cosecha se arruinó por culpa de la magia?”
“He empleado magia para el desarrollo de cultivos en diversas
ocasiones, y acelerar el crecimiento de las plantas no representa una gran
dificultad.” explicó Giesel. “El inconveniente surge después. Al forzar un
desarrollo ajeno a su ritmo natural, sobrevienen múltiples efectos adversos, y
parece que no han tomado precaución alguna para mitigarlos. Un estafador que
solo codicia el dinero no tiene motivos para preocuparse por las consecuencias
futuras.”
“Y usó la excusa de la maldición para cubrirse.”
“Además, aunque necesito un análisis más exhaustivo, es
altamente probable que haya aplicado el hechizo sobre el suelo de los campos en
lugar de las plantas mismas. Resulta más eficaz para que el efecto se propague
por todo el cultivo.”
“... ¿Entonces la tierra misma está arruinada? ¿Se puede
recuperar?”
“Tendría que inspeccionar el sustrato, pero habitualmente no
es una tarea sencilla de realizar.”
El pronóstico era desalentador. Rensley adoptó un semblante
serio mientras contemplaba las frambuesas ennegrecidas y marchitas.
“Si lo dejamos así, quizás vuelva a hacer lo mismo en otro
lugar. Hay que atrapar a ese estafador y castigarlo.”
“Pondré en marcha su búsqueda de inmediato.”
“Por favor, haga eso. No me preocuparían tanto los rumores si
no fuera porque el perjuicio que está causando es muy real. Aunque deseara ser
indulgente, no puedo ignorar esto.”
Rensley se levantó de golpe, con determinación.
“Si el problema puede ser la tierra, tengo que ir a ver los
campos otra vez. Vi que los cultivos se extienden hasta las proximidades de la
mansión, así que solo iré a los que están cerca.”
Giesel no accedió de inmediato; se limitó a observarlo
fijamente. Ante la confusión de Rensley, Giesel suspiró y formuló otra
pregunta:
“¿Realmente piensas ocultar que eres la Gran Duquesa incluso
en este lugar?
“Mmm... solo será por un momento. No sé qué mentiras habrá
dicho ese estafador, pero si se divulga que soy la Gran Duquesa, me temo que la
investigación se tornará complicada, ¿No cree Su Alteza?”
El ímpetu de Rensley decayó ligeramente. Según lo planeado,
debían haber revelado su identidad apenas arribaron al marquesado. La
responsabilidad de Rensley era presentarse formalmente ante los marqueses,
concluir la visita real y retornar a Laudken. Giesel prosiguió:
“Si deseamos conocer los detalles y la naturaleza de los
rumores, lo idóneo sería aprehender a esos granjeros y someterlos a
interrogatorio. Para el análisis de la tierra, puedo comisionar a expertos; no
es necesario que acudas tú mismo.”
“¿Interrogarlos...? No deseo llegar a tales extremos. Una
indagación ordinaria será suficiente. Ellos han de ser los más afligidos por lo
sucedido; buscaron prosperar y el resultado fue desastroso. Si yo me angustio
cuando algo sale mal en mi pequeño huerto del invernadero, imagine cómo se
sentirán ellos al perder el sustento de todo un año. Por ello intentan hallar
culpables externos.” Rensley miró a Giesel y terminó confesando sus verdaderos
sentimientos. “Sé que podría delegar la tarea, pero me inquieta la simple
espera. No me demoraré. Solo deseo observar el terreno y dialogar una vez más
con la gente. Quién sabe... tal vez exista algo que yo pueda realizar, aun sin
ser un mago.”
Giesel comprendía mejor que nadie que Rensley Mallosen era una
persona imbuida de curiosidad, que atesoraba el contacto humano y necesitaba
actuar por cuenta propia para hallar paz. Si él no fuera así, Giesel —que
siempre había habitado bajo la penumbra— jamás habría experimentado la
sensación de que el sol descendía ante sus ojos.
Tras meditarlo, Giesel asintió.
“Está bien. Procede según tu voluntad hasta que te sientas
satisfecho. No obstante, por más que ocultes tu condición, no permitiré que
vayas solo. Esto no es Laudken. Anton.”
“Sí, Su Alteza.”
“Cuida debidamente de la Gran Duquesa. Dado que los presenté
como Comandante y Subcomandante, nadie considerará inusual que anden juntos.”
Incluso sin este contratiempo, Rensley habría deseado explorar
el lugar en vez de limitarse al papel de noble reservado en una región
desconocida. Giesel aún sentía que el cargo de Gran Duquesa había impuesto una
leve restricción a la libertad de Rensley, por lo que decidió complacerse en
que esta situación le permitiera disfrutar del viaje con mayor autonomía.
“No te lo impediré, pero te ruego que lleves esto contigo.”
“¿Qué es esto?”
Giesel le colocó personalmente un collar a Rensley. Al
observar la joya con una piedra mágica azul, Rensley entrecerró los ojos con
una sensación de déjà vu.
“¿Va a vigilarme de nuevo, Su Alteza?”
“No es vigilancia, sino una medida de seguridad. Aunque nos
hallemos cerca de la mansión, es preciso estar prevenidos ante cualquier
eventualidad.”
Rensley pareció querer replicar, abrió la boca, la cerró
nuevamente y finalmente asintió, dándose por vencido.
“Está bien. Iré con mucho cuidado.”
“Me parece adecuado.”
Giesel esbozó una sonrisa, mostrando ahora una expresión
satisfecha.
✦
Al salir a las tierras agrícolas cercanas, Rensley se sentó a
la orilla de un campo, tomó un puñado de tierra y dejó que se le escapara entre
los dedos. Estaba seca y se deshacía con facilidad. Para alguien que no supiera
de magia, parecería simplemente tierra reseca por la falta de agua. Rensley se
levantó y le preguntó a un granjero que andaba por ahí:
“¿Entonces dice que no ha llovido menos que otros años?”
“Así es. Nevó mucho en invierno y el clima fue bueno. No sabe
cuánto esperábamos tener una gran cosecha este año.”
La investigación no tenía mucha ciencia. En el marquesado
había campos de frambuesas por todas partes y el estafador se había encargado
de pasar por todos y cada uno de ellos. Dicen que los estafadores que buscan un
gran golpe se esfuerzan desde antes; ese tipo anduvo desde finales del año
pasado curando enfermedades leves o ayudando en el campo para ganarse la
confianza de todos, y al final dio el golpe y se largó tranquilamente.
La gente, que estuvo meses fascinada con los trucos del mago,
no podía creer que los hubiera engañado. O quizás no querían aceptarlo.
“¿No se lo han enseñado a otro mago?” preguntó Rensley.
“¡Qué va! Claro que trajimos a un par. Pero lo que dijeron no
sirvió de nada. Dijeron que la fuerza de la tierra murió del todo y que ni
siquiera la cosecha del año que viene está segura. Pidieron un pago enorme para
intentar algo, pero parecían otros estafadores, así que no pudimos confiar.”
«El verdadero estafador fue el otro, señor», pensó
Rensley. Entendía cómo se sentían; ya era difícil aceptar que perdieron la
cosecha de este año como para aceptar que la del próximo también estaba en
riesgo. Nadie querría creer algo tan horrible.
Mientras Rensley miraba la tierra sin importarle ensuciarse
las manos, una de las damas nobles que los había seguido en el paseo le habló
con amabilidad:
“Señor caballero, ¿le gustan mucho las frambuesas?”
“Me gustan, pero a la Gran Duquesa le interesa mucho cuidar
las plantas. Al servirle de cerca me enteré.”
“¡Vaya! ¿A la Gran Duquesa?”
“Sí. Tiene un invernadero en el castillo y él mismo cultiva
las hortalizas.”
“¿La Gran Duquesa hace el trabajo del campo con sus propias
manos?”
Tanto las damas como los sirvientes y los granjeros abrieron
los ojos como platos. En esta región, donde la Gran Duquesa debía ser el
símbolo del lujo, les costaba imaginarlo trabajando la tierra por su cuenta.
“Sí. Como vino de un país lejano del sur, cultiva plantas que
no crecen bien en el norte para calmar su nostalgia.”
“Es asombroso. Aunque sea en un invernadero, debe ser difícil
por el cambio de clima.”
“Así es. Tiene un gran talento para cultivar plantas.”
Haciéndose cumplidos a sí mismo sin que le temblara la voz,
Rensley se metió caminando al centro del campo. La gente, en vez de seguirlo,
se quedó ocupada charlando sobre la nueva información que tenían de su
"misteriosa" soberana.
Rensley cerró los ojos y respiró hondo. Luego, abrió la boca
con suavidad. Sus labios se movían como si dijera algo, pero casi no salía
sonido. La gente común no puede entender el lenguaje de un mago espiritual; sus
canciones solo llegan a los espíritus.
Al principio Rensley tenía problemas con la respiración y
soltaba sonidos extraños, pero tras entrenar con la Loba, ahora lo hacía mucho
mejor.
Según ella, el talento de mago espiritual es algo con lo que
se nace, pero lo importante es la capacidad de conectar y la habilidad de
expresar su voluntad en un lenguaje que no es humano. La Loba le decía que un
mago espiritual es como un traductor entre los humanos y lo que no es humano.
Lo había felicitado porque aprendía rápido, pero todavía no llegaba el segundo
invierno y Rensley nunca había usado su poder de verdad en una situación real.
Bueno, "situación real" es un decir. En el mundo
humano, que siempre está en guerra, los magos espirituales solían hacerse
famosos en las batallas, pero en realidad su poder no existe para la guerra.
Igual que el de los magos.
Tras quedarse allí parado como si hiciera una oración en
silencio, Rensley abrió los ojos un momento después. Puso un puñado de tierra
en la bolsa de lino donde traía las frambuesas y se dio la vuelta.
“Comandante, volvamos al castillo.”
“¿Terminó la investigación?” preguntó Anton.
“Más o menos.”
Stann, su amigo de cuando era caballero, que lo había estado
observando con atención, se acercó con curiosidad.
“¿Qué hizo allá en el campo? Se quedó ahí parado sin moverse.”
“Nada especial, solo charlé un poco con las frambuesas.”
“Su Alteza siempre tiene bromas divertidas.” Stann se rió
pensando que Rensley solo bromeaba haciéndose el tonto.
Como el entrenamiento de Rensley era un secreto que solo
sabían Giesel y muy pocos, su reacción era normal. La gente pensaba que, tras
tomar clases con Su Alteza, la Gran Duquesa ahora sabía un poco de magia.
Nunca se sabe cuándo aparecerá otro ambicioso como Felyx.
Algún día todo el continente sabrá del talento de la Gran Duquesa del norte,
pero para entonces será imposible ponerle las manos encima a Rensley Mallosen.
Mientras se preparaban para volver, se escuchó de pronto el
galope de un caballo acercándose rápido. Una mujer con pantalones cómodos para
cabalgar y botas de cuero se acercaba con su cabello rojo al viento. Frenó al
caballo y saltó al suelo frente a ellos.
“¡Aquí están! Fui a la mansión y me dijeron que andaban en los
campos, así que vine para acá.”
Rensley miró sorprendido a la dueña del caballo.
“¿Yvette? ¿Cómo llegaste aquí?”
“Ya terminé mis asuntos. Iba directo a Laudken, pero por si
acaso pregunté y me dijeron que todos andaban por aquí. Tenía curiosidad por
saber qué pasaba y por eso vine. Además, me quedaba más cerca.”
“¿Te fue bien con tus asuntos?”
“Sí. Me encontré con la gente del gremio después de mucho
tiempo. Me pidieron ayuda con unas rutas comerciales del norte y les di una
mano.”
Al terminar de hablar, Yvette notó a la multitud cuchicheando
y miró a su alrededor. Vio a la gente vestida con lujos que no encajaba en un
camino de tierra, y luego miró a Anton y a Rensley; pareció entender la
situación y soltó un "Ah" bajito. Luego, se acercó a Anton y le
sonrió como si fuera una dama que no sabía nada.
“Comandante, volvamos pronto a la mansión. ¿Sabe lo cansado
que fue el viaje? Tengo muchas cosas que contarle.”
“Ah, sí. Me alegra que haya regresado bien.”
Anton, aunque desconcertado, empezó a caminar guiado por
Yvette. Cuando se alejaron un poco, Rensley le susurró a Yvette al oído:
“¿No eres demasiado obvia?”
“Bastante tengo con la Princesa Freeda como para andar
preocupándome por gente que ni conozco.” respondió ella.
La respuesta fue directa, muy al estilo de los hermanos.
«Bueno, si ella lo dice...» pensó Rensley, encogiéndose
de hombros y mirando de reojo a Stann. Por supuesto, la cara de Stan estaba
triste, pero no parecía tener el valor de meterse entre Anton e Yvette.
“Ren, ven tú también. Eres un hombre casado, no andes
ilusionando a la gente y hazte el que ya tiene dueño por conciencia.”
“Como Su Alteza mande.” respondió Rensley.
Rensley se puso al lado de su hermana. Aunque uno era su
hermano y el otro alguien que aún no le hacía mucho caso, Yvette se veía
contenta caminando con dos hombres guapos a los lados.
✦
Aunque el asunto de la supuesta maldición de los campos de
frambuesas los distrajo un poco, el motivo principal de la visita era
socializar con la familia del Marqués. Como la Gran Duquesa “tenía un
resfriado” y aún no llegaba oficialmente, Giesel tuvo que asistir solo al
banquete nocturno, y solo pudo estar a solas con Rensley después de que terminó
la cena.
En cuanto se quedaron solos en la habitación, Giesel frunció
un poco el ceño y le advirtió con seriedad:
“Mañana, sin demora, debes revelar que eres la Gran Duquesa.
No deseo asistir a otro banquete en solitario.”
“Yo tampoco quiero alargar esto. Estas bromas, si duran
demasiado, terminan molestando a la gente.”
Rensley sacó la bolsa de lino y dejó caer la tierra en un
plato de té vacío. Aunque Rensley dijo aquello, Giesel también sentía
curiosidad, así que se sentó a la mesa y frotó la tierra con los dedos. El
suelo brilló débilmente donde él lo tocaba. Tras quedarse callado un momento,
Giesel asintió.
“Es cierto que la fuerza de la tierra se encuentra muy
agotada. El empleo de hechizos para acelerar el crecimiento o potenciar las
plantas es una práctica común; yo mismo utilicé una magia similar cuando
construí tu invernadero. No obstante, para evitar el posterior agotamiento del
suelo, es preciso regular la intensidad con delicadeza y mantener el equilibrio
mediante otros recursos mágicos. Este individuo no tomó precaución alguna.”
“¿Su Alteza puede arreglarlo?”
“Es posible, pero requeriría tiempo. Como te he mencionado
anteriormente, no soy particularmente diestro con los hechizos de restauración
o curación. Son distintos a los encantamientos que solo alteran la forma o el
estado. Esta tierra ha sufrido un daño considerable y necesita ser sanada…”
Tras dudar un momento, Giesel miró a Rensley a los ojos y le dio su conclusión.
“Le seré sincero, Lord Mallosen. No puedo dedicar tanto tiempo y esfuerzo
exclusivamente a los campos de un feudo. Tampoco es factible otorgar un apoyo
oficial del Gran Ducado para este asunto.”
Fue una respuesta fría, pero Rensley la entendió. Aunque las
frambuesas fueran el producto famoso de aquí, no todo el marquesado vivía solo
de eso. No eran un alimento básico como el grano o el ganado, así que el daño
se limitaría a algunos problemas con los impuestos de este año. El estafador
seguro calculó eso para elegir a los granjeros de frutas como sus víctimas.
Si el Marqués pidiera ayuda formalmente las cosas cambiarían,
pero ¿acaso no habían visto hoy mismo que ni el dueño de estas tierras parecía
tomarse muy en serio la mala cosecha?
Hay muchas zonas en el norte con problemas agrícolas. Si el
Gran Duque Giesel, el mejor mago que gobierna todo Oldenlandt, se esforzara
personalmente por los campos de un noble en particular, sería una historia
bonita, pero como él dijo, no sería algo «equilibrado». Rensley, aunque llevaba
poco tiempo en su cargo, ya entendía eso.
“He emitido la orden de búsqueda para ese mago; será capturado
a la brevedad. Lo castigaremos por estafa y por calumniar a la Gran Duquesa;
servirá de escarmiento para todo el norte.” dijo Giesel para consolarlo.
Rensley jugueteó con la tierra en silencio y luego miró
fijamente a Giesel.
“... Parece que tienes algo más que decir.” observó el Duque.
“Verá, hay algo que quiero intentar…”
Giesel asintió para que continuara.
“Cuando fui al campo, revisé un poco la situación.
Normalmente, en un campo donde crecen plantas, debería haber tantos espíritus
que casi hacen ruido aunque yo no les hable... pero estaba todo en silencio.”
“Es comprensible; se trata de una tierra carente de
vitalidad.”
“Como sabe, el mundo de los
espíritus es diferente al mundo físico; no se trata solo de quitar algo de un
lado para llenar otro, ni de que uno más uno sean dos. La restauración de la
que habla también funciona diferente para mí. Todavía no estoy seguro, pero...
si le dedico algo de tiempo, creo que yo podría recuperarlo.”
Rensley sentía que su poder mejoraba con el entrenamiento y su
maestra lo había felicitado varias veces, pero nunca lo había usado de verdad.
En una batalla contra monstruos, un error puede costar la vida, así que hay que
ser muy cuidadoso. No era algo que se pudiera «intentar» así como así. Pero
ahora era primavera, los monstruos dormían y esto era solo un campo de
frambuesas. Si lograba revivir los campos sería lo mejor para todos, y si
fallaba, quedaría como un secreto entre Giesel y él; nadie se enteraría.
... No había razón para no intentarlo. Giesel pareció llegar a
la misma conclusión y se enderezó en su silla. Él, que deseaba poseer todo el
conocimiento, aún no sabía mucho sobre los magos espirituales, así que en sus
ojos ámbar se notaba la curiosidad.
“¿Cuánto tiempo necesitas?”
“Con esta noche bastará.” Rensley acercó su silla y miró a
Giesel a los ojos. “Seguro que aquí nadie sabe lo que es un mago espiritual,
pero por si acaso... todavía me cuesta manejar a los espíritus si tengo que
estar pendiente de lo que me rodea, así que, por favor, ponga una barrera para
que pueda concentrarme.”
“Está bien.”
Así cerraron el trato en el marquesado, sin que el Marqués
supiera nada.
Si el Gran Duque dijera que iba a salir a esa hora, el Marqués
saldría corriendo a preguntar qué pasaba y los caballeros no dormirían
queriendo acompañarlo. Rompiendo un poco la regla de que el Rey siempre debe ir
escoltado, los dos decidieron tener una salida nocturna secreta.
“La luna brilla bastante.”
Una lámpara creada con magia de luz flotaba frente a ellos
guiándolos. Rensley tomó la mano de Giesel y este entrelazó sus largos dedos
con los de él. Rensley susurró riendo:
“Parece que hace mucho que no salimos los dos solos.
Últimamente siempre tenemos a un sirviente o a un caballero cerca.”
“¿Te agrada?”
“Claro. Hasta me pongo nervioso sin motivo.”
Giesel sonrió satisfecho al oír eso. Se miraron, compartieron
una sonrisa y apuraron el paso. Rensley entró entre las filas de arbustos de
frambuesas. Aunque estaban secos y marchitos por el engaño, los arbustos bien
cuidados le llegaban a la cintura. Las hojas se sentían tristes al contacto,
pero si tenía éxito, recuperarían la vida pronto.
Llegaron al centro del campo. Solo la luz de la lámpara de
Giesel y el brillo de la luna y las estrellas iluminaban las sombras del campo
y a ellos dos.
“Empecemos aquí.”
Rensley se detuvo. Giesel y su luz también se quedaron
quietos. El Duque recitó un breve hechizo y una barrera invisible se extendió
desde ellos hasta los bordes del campo. No hacía falta cubrir todo el terreno,
pero sí lo suficiente para ocultar lo que Rensley iba a hacer.
Rensley respiró hondo. Se sentía un poco tímido porque nunca
había mostrado su poder espiritual frente a otros de verdad. Aunque los magos
espirituales y los magos son diferentes, sentía que Giesel notaría enseguida
cualquier torpeza.
«Es normal ser torpe, acabo de empezar. Está bien,
concéntrate» se dijo Rensley a sí mismo y cerró los ojos. Empezó a susurrar
palabras que parecían solo para él.
Giesel se quedó cerca observándolo. La Loba no dejaba que
nadie entrara a las clases de Rensley, así que Giesel casi no lo había visto
usar su poder. La boca de Rensley decía palabras en un idioma que Giesel no
conocía; sonaban como un poema, una canción o un susurro. Parecía un mago
diciendo un hechizo, pero si se observaba con atención, era totalmente
diferente.
Para un mago, un hechizo es una orden para ejecutar una
fórmula. Siempre se usa el mismo para la misma magia, y todos los magos que
usan el mismo principio se aprenden el mismo comando. Claro, eso solo si es el
lenguaje de un mago. Una persona normal que no sepa manejar la energía mágica
no logrará nada aunque diga las palabras. Un mago excelente puede crear
hechizos nuevos o mejorar los que ya existen para que sean más potentes. Con la
práctica, los magos usan sus propios métodos para que nadie note sus intenciones,
y llega un momento en que no necesitan decir las palabras, pero al principio
todos tienen que repetir los enunciados una y otra vez.
Los hechizos de magia baja son cortos y fáciles, pero los
difíciles son tan complicados de memorizar que los principiantes suelen empezar
por ahí. Giesel también empezó a aprender magia así antes de cumplir los diez
años, pero el lenguaje de Rensley era diferente a un hechizo.
Sus palabras tenían expresión y matices. Aunque Giesel no
entendía nada, a veces era un susurro, luego un grito firme; pasaba de ser una
oración solemne a una canción alegre.
Mientras Giesel escuchaba la voz de Rensley, miró a su
alrededor. En el campo que estaba oscuro —salvo por su pequeña luz mágica—
empezaron a aparecer luces como si fueran luciérnagas. Se dice que la gente
común no puede ver a los espíritus.
¿Sería por estar dentro de la barrera de Giesel, o porque el
Duque no era una persona común? Él también se quedó fascinado al ver aquello
por primera vez en su vida y no podía dejar de mirar esa escena tan mística.
Las luces tenían una especie de estela semitransparente,
flotaban y se movían por el aire como si nadaran. El número de esferas
luminosas aumentaba en silencio hasta que iluminaron todo el campo dentro de la
barrera. Parecía que volaban sin rumbo, pero al observar bien, Giesel notó que
giraban alrededor de Rensley, alejándose y acercándose una y otra vez.
¿Qué son los espíritus? A veces los magos discuten
sobre este tema. Algunos incluso niegan que existan, dependiendo de la teoría
que sigan.
Un mago que maneja un poder invisible tan vasto a veces
sucumbe a la arrogancia, creyéndose por encima de todas las cosas, y ese
orgullo termina por arruinarlo. No obstante, un mago espiritual, de aquellos
que nacen solo una vez cada cientos o miles de años, jamás podría ser así.
¿Cuántas maravillas que el ojo humano es incapaz de percibir conforman este
mundo y lo hacen girar?
Las luces que orbitaban se congregaron alrededor de Rensley.
En la oscuridad de la noche, solo él resplandecía con una luminiscencia blanca.
Su cabello rubio, agitado por el viento, semejaba ahora hilos de plata pura.
Lucía como un ser de otro mundo, y Giesel sintió, por un instante, que no sería
extraño que su compañero se desvaneciera junto con los espíritus en ese preciso
momento.
Sin darse cuenta, apretó los puños con fuerza.
El idioma desconocido que Rensley susurraba llegaba con
nitidez a los oídos de Giesel. Poseía la cadencia de una canción, o quizás la
de aquella risa que el Duque tanto amaba. Giesel percibió que Rensley estaba
intercambiando saludos con los espíritus.
Entonces, comenzó a escuchar sonidos que no emanaban de
Rensley. Las esferas luminosas que giraban se agruparon súbitamente y
ascendieron hacia el firmamento, formando una masa vasta como una nube. Giesel
entrecerró los ojos ante el intenso brillo; entonces, aquella masa se disgregó
en gotas, y cada una de ellas comenzó a estallar como si de una pequeña
explosión se tratara.
Los fragmentos de luz descendieron en silencio, brillando con
una intensidad renovada y repitiendo el ciclo varias veces, hasta que
finalmente cayeron como lluvia sobre la tierra, bañando todo el interior de la
barrera con un matiz plateado. Giesel permaneció absorto observando a Rensley,
quien, inmerso en tal resplandor, se veía casi níveo.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido? La luz que lo impregnaba
todo se fue disipando gradualmente, como si el suelo la absorbiera, y el campo
retornó a la penumbra de la noche.
Cuando Rensley recuperó sus colores naturales y abrió los ojos
con tranquilidad, Giesel finalmente habló:
“¿Has terminado ya?”
“Uff…” Rensley exhaló un largo suspiro, miró a Giesel y
sonrió. “Sí. Eso creo.”
Se mostraba visiblemente exhausto. Giesel se aproximó, le
rodeó los hombros con el brazo para sostenerlo y Rensley se reclinó en él sin
oponer resistencia alguna.
“¿Te encuentras fatigado?”
“Un poco. Pensaba que este tipo de labor sería mucho más
sencilla que combatir... Pelear es más peligroso, desde luego, pero revivir un
campo no parece ser una tarea más liviana.”
“No poseo un conocimiento profundo sobre el manejo de los
espíritus... pero para restaurar una tierra que ha perdido su vitalidad, es
lógico que el proceso resulte complejo.”
“Su Alteza mencionó que era imperativo mantener el equilibrio,
¿no es así? No bastaba con convocar únicamente a los espíritus de la tierra.”
Giesel depositó un beso en el cabello de Rensley. Aquella
melena rubia y suave emanaba, por alguna razón, un aroma a viento gélido, a
pesar de que no debería oler así en esta estación. Giesel cerró los ojos y
susurró:
“Quizás se deba a la barrera, pero he podido ver vagamente la
presencia de los espíritus.”
“¿De verdad? ¡Pero me han dicho que nadie que no sea un mago
espiritual es capaz de verlos! ¿Acaso Su Alteza también posee ese talento?”
“Si así fuera, me habría percatado durante mis años de
instrucción mágica. Las circunstancias actuales eran excepcionales y, además,
puesto que albergo una bestia mágica en mi interior, es difícil establecer una
comparación con una persona ordinaria.”
Rensley mostró una expresión de desconcierto. No lograba
discernir si lo que Giesel decía le complacía o le disgustaba. El Duque lo
contempló con una sonrisa sutil.
“Jamás me había alegrado de poseer esta habilidad, salvo en
los enfrentamientos contra monstruos... no obstante, en una noche como esta,
considero que es una fortuna.”
“¿Y qué le ha parecido? ¿Lucía bien?”
“Ha sido místico. Y profundamente hermoso.”
“Ah... ¿se refiere a mí?”
“Sí. A ti.”
Rensley había formulado la pregunta en tono de broma, pero al
recibir una respuesta tan seria, se sonrojó y rió con timidez.
En lugar de proseguir con la charla, se acuclilló. Lo que
ahora iluminaba el campo de frambuesas —ya sin la presencia de los espíritus—
era nuevamente la lámpara mágica de Giesel.
“Mire esto. Las hojas se ven mucho más vivas.”
“El aroma también ha cambiado.”
De la tierra, los tallos y las hojas que antes permanecían
marchitos, emanaba ahora una fragancia fresca de vida. Era perceptible incluso
en la penumbra, por lo que, al salir el sol, el paisaje que presenciaría la
gente sería similar a un milagro.
La sonrisa de Rensley al examinar las frambuesas rebosaba
entusiasmo. Era la primera ocasión tras la boda que emprendía un acto de tal
magnitud sin la guía de su maestra, y por fortuna había resultado un éxito.
Aquella sensación de lograr sus propósitos por cuenta propia siempre hacía que
su corazón palpitara con fuerza.
Giesel no le quitaba la vista de encima, mostrándose
plenamente satisfecho.
“Por ahora solo se restaurará esta zona.” explicó Rensley. “No
obstante, con el transcurso del tiempo, todos los campos vinculados por las
venas de la tierra recuperarán su vigor.”
“¿Existe algo más en lo que pueda ayudarte?”
“Sí. Por favor, elabore una poción mágica. Una de naturaleza
sencilla que pueda prepararse incluso aquí en la mansión.”
“¿Una medicina?”
“Dijo que no era muy hábil en la magia de restauración, pero
sé que algo de menor escala no representa un problema para Su Alteza. Una
medicina que surta efecto en un área reducida, como bajo los pies. Yo no soy
tan honesto como para realizar buenas acciones en el anonimato. Ya que he
brindado mi ayuda, deseo que se me reconozca debidamente.”
¿Para qué querría una poción en un campo que ya había
revivido? Giesel lo observó con extrañeza y Rensley rió con picardía.
“Toda la gente del feudo debe presenciar con sus propios ojos
cómo la "Gran Duquesa maldita" devuelve la vida a los cultivos.”
“Ya comprendo.”
Giesel captó finalmente su intención y sonrió con él.
“Pero de nada sirve que los arbustos recuperen su fortaleza si
el sabor no es bueno. Veamos... ¿tendrán un gusto adecuado?”
Rensley recolectó dos frambuesas. Bajo la luz de la lámpara,
los frutos, ahora firmes, lucían frescos y desprendían una fragancia agridulce.
“Mmm.” Rensley se introdujo una frambuesa en la boca, abrió
los ojos con sorpresa y acto seguido colocó la otra en los labios de
Giesel.
El Duque la aceptó por sorpresa, la masticó y asintió.
“No está nada mal.”
“Las frutas que crecen a la intemperie poseen un aroma más
intenso, por eso me agradan tanto. Con razón son tan populares. Puesto que yo
las he restaurado, considero que tengo el derecho de consumirlas gratis.”
Rensley recolectó unas cuantas más y se las llevó todas a la
boca al mismo tiempo. Al sentir el sabor fresco y dulce de la primavera
inundando su paladar, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.
“¡Están riquísimas! Solo he invertido una noche y siento como
si yo mismo las hubiera cultivado, me causa un gran orgullo. El licor que
elaboren este año será, sin duda, exquisito.”
“¿Te gustan?”
“¡Claro que sí!”
Los espíritus convocados por Rensley no solo habían
revitalizado los arbustos de frambuesas, sino también las flores silvestres y
la hierba que permanecía oculta entre los surcos. Rensley, que se había sentado
directamente sobre la hierba mullida entre los arbustos para examinar los
frutos, fue imitado por Giesel, quien se agachó para quedar a su altura.
Rensley le extendió una frambuesa.
“Su Alteza, coma más. Ah.”
No obstante, Giesel, en lugar de aceptar la fruta, permaneció
observando fijamente a Rensley, ignoró su mano y acercó su rostro. Le dió un
beso que resonó suavemente.
“Mmm.”
Rensley se sobresaltó ligeramente ante el ataque inesperado,
pero solo fue un instante. El aire nocturno del norte conservaba poco de la
calidez primaveral. Al percatarse de aquel frío que no había notado antes del
beso, el calor de Giesel le resultó reconfortante. Rensley extendió los brazos,
rió entre dientes y se refugió en el interior de la capa de su esposo.
Sus labios se unían y separaban con un sonido dulce y breve,
como el de las frambuesas recién cortadas, pero paulatinamente el beso se tornó
profundo y denso, evocando la fruta madura. Sin determinar quién había
comenzado, sus lenguas se buscaron y se exploraron mutuamente con calma y
suavidad.
A diferencia de las frutas, en lo que a los besos respectaba,
Giesel se mostraba como un comensal mucho más paciente. Mientras que los
pequeños frutos los engullía al instante, la lengua de Rensley no la liberaba
con tal facilidad. Exploraba cada rincón, mordisqueaba y succionaba con calma,
deleitándose en cada segundo.
“Ah... mmm.”
Rensley, que ahora le entregaba su lengua en lugar de los
frutos, fue incapaz de contener un gemido entrecortado al sentir que su
sensibilidad se agudizaba. A pesar de que la oscuridad lo envolvía todo, cerró
los ojos.
Las yemas de los dedos de Giesel recorrieron el cuello blanco
que asomaba por la camisa. Los labios y la mandíbula de Rensley temblaron
simultáneamente.
“Ah…”
Giesel acarició sus mejillas y finalmente liberó sus labios.
Continuó lamiendo el contorno de la boca de Rensley, quien exhalaba suspiros
cálidos, y le susurró con voz baja:
“Sabes a frambuesa.”
“Pero si ni siquiera ha degustado las frutas adecuadamente…”
Giesel hundió el rostro en la apertura de la camisa y rozó su
nariz contra la piel de Rensley. Aquel contacto le provocaba cosquillas y ganas
de reír, pero el prolongado beso había comenzado a encender el cuerpo de
Rensley.
En lugar de una carcajada, soltó un gemido bajo y encogió los
hombros, provocando que Giesel aproximara aún más su rostro.
“Tu cuerpo también emana un aroma a frambuesas.”
“No soy yo. Es porque hay muchos frutos alrededor y por eso le
parece.” respondió Rensley sintiéndose algo tímido, aunque sabía perfectamente
que Giesel lo decía con intención.
El Duque se despojó con rapidez de su capa azul oscuro
mientras se besaban y la dejó caer sobre la hierba.
“Personalmente, prefiero los tomates que tú cultivas antes que
estas frambuesas.”
“Pero si... Su Alteza los come todos los días…”
“En efecto; no obstante, la primera vez que los degusté, me
sorprendió gratamente ese sabor tan distintivo.”
Mientras sentía el roce de la piel, Rensley no lograba
discernir si Giesel hablaba de tomates reales o de otra cosa. Los dedos largos
y blancos del Duque se deslizaron bajo la camisa de Rensley y comenzaron a
acariciar su piel desnuda. Rensley apretó los labios para que no se le escapara
ningún sonido de excitación.
Como a Rensley le gustaba la ropa holgada que no restringiera
sus movimientos, incluso después de convertirse en Gran Duquesa solía usar
camisas tipo túnica. Gracias a ello, Giesel podía tocar su piel suave siempre
que lo deseara.
“Ah…”
Giesel pellizcó suavemente sus pezones, que ya se encontraban
erectos bajo la tela. Cada vez que Giesel le recordaba la existencia de esos
puntos sensibles con sus dedos o sus labios, detalles que Rensley solía pasar
por alto, él se sonrojaba intensamente sin que nadie lo viera. Como Giesel lo
buscaba con frecuencia, día y noche, sus pezones se sentían ahora más sensibles
e hinchados que en el pasado.
“Ya están prominentes.”
Rensley pensó que Giesel lo decía para molestarlo, pero lo
siguiente que pronunció no tenía relación alguna.
“¿Has sentido frío?”
“No tanto como para decir que tengo frío.”
Rensley respondió riendo bajito, y Giesel lo estrechó con
fuerza como si quisiera aprisionarlo para luego dejarse caer sobre él, usando
su peso. El suelo estaba cubierto de hierba fresca, pero Rensley aterrizó sobre
la capa de Giesel, por lo que el contacto fue suave. El Duque le subió la
camisa hasta el cuello y comenzó a besar y acariciar su pecho, que resplandecía
blanco bajo la luz de la luna.
Rensley levantó un poco la cabeza, observó a Giesel con duda y
susurró:
“Espere... ¿Su Alteza planea continuar aquí?”
“¿No puedo?”
Los labios de Giesel atraparon su pezón. Su lengua lo
presionaba con firmeza y lo succionaba simultáneamente, provocando que a
Rensley se le escapara un sonido similar a un sollozo mientras se cubría la
boca.
A Giesel no le importó el esfuerzo de su compañero y continuó
perturbando su piel sensible. Producía sonidos de succión que resultaban
demasiado audibles en el silencio de la noche, mordiendo y chupando como si
quisiera extraer algo de donde no había nada.
Solo sintió frío el instante en que le subieron la camisa.
Mientras las manos y los labios de Giesel recorrían su anatomía perturbando su
piel tersa, el cuerpo de Rensley se caldeó tanto que el aire nocturno dejó de
importar. La mano que acariciaba su pecho se trasladó a su espalda y comenzó a
deslizarse por su columna.
“Ah…”
Rensley experimentó un escalofrío. Sujetó los hombros de
Giesel e intentó detenerlo, aunque sin aplicar verdadera fuerza.
“Ni siquiera es el jardín... estamos fuera de la mansión, Su
Alteza.”
“La barrera permanece activa; nadie puede vernos.”
“Aun así me siento... ¿Por qué de repente, ah, le han dado
ganas?”
“Quería sentir que estás aquí.”
Fue una respuesta inusual. No percibía que hubiera ocurrido
nada excitante antes, ¿Por qué en este sitio? Giesel dio una respuesta
ambigua ante la duda de Rensley, le acarició la parte interna del muslo y pegó
los labios a su oído. Rensley le dio un leve golpe en el hombro.
“Si no me he marchado a ningún lado, ¿Por qué Su Alteza se
pone así?”
“Quién sabe.”
“La mansión del Marqués se encuentra justo al lado…”
“Deseo hacerlo ahora.”
“¿Habla en serio?”
“¿Tú no lo deseas?”
“No he dicho que no quiera.”
“Entonces, ¿Cuál es el impedimento?” La expresión de Giesel al
preguntar era de absoluta seriedad.
«¿Seré yo el extraño?» pensó Rensley. El Duque se
mostraba tan seguro y firme que Rensley no supo qué replicar. Giesel, al notar
su silencio, intentó persuadirlo.
“Lord Mallosen, aunque nos hallemos en el feudo del Marqués,
todo el territorio de Oldenlandt se encuentra bajo tu dominio. Tienes la
potestad de hacer lo que desees, en el momento y lugar que elijas. En esta
tierra no existe nada que nos esté vedado.”
“No es eso... me refiero a que es vergonzoso.”
“Es importante que comiences a preocuparte menos por la
opinión ajena. ¿Quién osaría avergonzar a la Gran Duquesa de Oldenlandt?
“¡Es Su Alteza quien me está avergonzando en este momento!”
“Cierto. Es un privilegio que me pertenece exclusivamente a
mí.”
Al oír aquello, a Rensley se le encendieron las orejas.
Comprendió que nada de lo que dijera surtiría efecto. Giesel era alguien que
había nacido para ser Rey.
Como no le importaba la mirada de los demás, tampoco le
importaba donde. Para él era indistinto la cama de seda del piso más alto de
Laudken que un campo de frambuesas bajo el firmamento. Poseía la corona y la
reputación del mago más poderoso; con tal poder, ¿A qué habría de temer Giesel
Zvendard?
La única razón por la que el Gran Duque solía buscar
privacidad era porque Rensley aún conservaba el pudor de una persona común; a Giesel
no le importaba su propia imagen, pero detestaba que otros contemplaran a
Rensley en la intimidad.
Ese deseo de posesión tan privado era lo único que no parecía
propio de un rey, y Rensley atribuía ese rasgo a la falta de instrucción
adecuada en su familia antes de tener pareja.
“Considerémoslo una recompensa.” añadió Giesel de pronto.
“¿Una recompensa?”
“He resultado vencedor en la carrera ecuestre de hoy, ¿No es
así? Ciertamente, esto me resulta mucho más atrayente que las frambuesas.”
Giesel improvisó una excusa para permanecer allí, le
mordisqueó el lóbulo de la oreja, lamió el cartílago interno y continuó
moviendo sus manos sobre la tela.
“Ah... mmm.”
A Rensley se le entrecortó la respiración. Con los labios tan
próximos a su oído, hasta el aliento le provocaba vértigo. Giesel le acarició
la mejilla con los labios y volvió a capturar su boca. El beso, ahora que
estaban tendidos, era mucho más húmedo que el anterior.
Cuando el calor dulce comenzó a recorrerlo de la cabeza a los
pies, Rensley perdió la voluntad de apartar al hombre que lo besaba y lo
succionaba.
«Si esto es parte del poder, pues a disfrutarlo» pensó.
Aunque todavía le resultaba extraño estar entregándose allí fuera, Rensley
cambió de parecer.
Enredó los dedos en el largo cabello negro de Giesel y lo
acarició con lentitud. Al rozar el cuello robusto que permanecía oculto, Giesel
soltó un quejido de satisfacción desde lo más profundo de su garganta. Se
separaron ligeramente y se contemplaron.
A medida que la noche avanzaba, la luna brillaba con más
fuerza. Rensley observó los ojos ámbar de Giesel, que lo miraba con el cabello
revuelto cayéndole hasta el suelo y sus ropajes desordenados tras haber
arrojado la capa real, y sintió que ya nada importaba.
Con las mejillas encendidas, Rensley sonrió con serenidad,
enredó un mechón del suave cabello negro de Giesel en sus dedos y le dio un
beso.
“¿Sabe una cosa, Su Alteza? La gente común a veces se une
íntimamente en los campos de cebada o trigo durante la cosecha.”
“... En tal caso, consumar nuestra unión en un campo de
frambuesas no resulta una práctica tan inusual.”
“Mmm... aunque jamás escuché que lo hicieran en un campo de
frambuesas.”
Giesel le despojó de los pantalones. Los campos de trigo son
altos y ocultan a las personas, pero el de frambuesas no ofrecía tal refugio.
Bajo los arbustos bajos, sobre la hierba bañada por la luna, Rensley quedó
semidesnudo y rió sintiéndose extraño.
Giesel no rió; en su lugar, colocó la pierna desnuda de
Rensley sobre su hombro y comenzó a besarlo desde el tobillo. Eran besos secos,
sutiles, pero dada la situación, la piel de Rensley ardía. Cuando los labios
ascendieron hasta el interior de la rodilla y el muslo, y Giesel lo mordisqueó
levemente, Rensley no pudo evitar sacudir la cintura.
A pesar de la excitación, una pequeña preocupación cruzaba la
mente de Rensley. A diferencia de sus aposentos, aquí no disponían de
preparativos; ¿Podría recibirlo sin el aceite perfumado?
Como si le leyera el pensamiento, Giesel desprendió un
colgante de su cinturón. Era un pequeño frasco de aceite perfumado que los
nobles portaban como fragancia. No había sido creado para tal fin, pero los
objetos no siempre se emplean según su diseño original. Rensley rió entre
dientes.
“Qué bien preparado viene.”
“Es una mera coincidencia.”
Experimentó una sensación inusual cuando el aceite resbaló
entre sus nalgas, expuestas al aire nocturno. Aunque el fluido estaba tibio,
Rensley tembló ligeramente.
En la cama, a Giesel le complacía calentar el cuerpo de
Rensley con extrema lentitud, tanto que a veces Rensley quería protestar. A
menudo pasaba largo tiempo empleando solo manos y labios hasta que Rensley,
casi en llanto, le suplicaba que entrara.
No obstante, parecía que el Duque tampoco deseaba permanecer
allí, pues llevó la mano atrás de inmediato. Rensley inspiró profundamente y
miró hacia el firmamento. Las estrellas se distinguían con nitidez en el cielo
azabache. Al cerrar los ojos, percibía con total claridad los dedos de Giesel
acariciando su piel humedecida.
“Ah... mmm.”
Había menos aceite de lo normal, pero su cuerpo reaccionó más
rápido que siempre con esas pocas caricias. Los dedos empezaron a abrirlo poco
a poco.
Rensley, temblando por el placer que empezaba a sentir, no
quería ser el único que perdiera la calma, así que le abrió la ropa a Giesel.
Acarició su pecho fuerte y sus hombros desnudos, intentando compartir con él el
calor que sentía.
Como respuesta, los dedos de Giesel entraron más profundo. El
interior, que ya estaba caliente, se abrió sintiéndose un poco apretado.
Rensley respiró fuerte y se tragó el gemido que casi se le escapa. Giesel le
susurró al oído con voz excitada:
“No es necesario que te contengas.”
“Ya... ya lo sé, pero…”
Saberlo no era lo mismo que sentirlo. Rensley apretó los
labios y Giesel, aún más excitado, lo abrazó con fuerza. El Duque no intentó
abrirlo bruscamente; movía los dedos lentamente por dentro, acariciando para
despertar su interior que aún estaba cerrado.
“Ah... mmm... Su Alteza... no me toque... así…”
Los dedos presionaban con suavidad su punto más sensible,
sacándole chispas de placer, y cuando sentía que esa sensación se le subía por
el vientre, los dedos salían. Como se retiraban antes de que pudiera
disfrutarlo bien, su interior se contraía solo intentando atrapar el
placer.
Su abdomen se puso tenso.
“Mmm... ah…”
Se sentía perfectamente cómo su entrada se apretaba fuerte
intentando retener los dedos cada vez que salían. A Rensley se le pusieron las
puntas de las orejas rojas en la oscuridad. Giesel repitió eso varias veces
para acostumbrarlo y luego metió otro dedo; se notaba una sonrisa en su voz.
“Si no lo hago de esta manera, dirás que te duele.”
“Ah... aunque me duela un poco... lo... lo aguantaré... ah...
mmm…”
Giesel no respondió, sus movimientos seguían siendo pausados y
suaves. Pero cada vez tardaba más en entrar y salir; entraba más profundo y se
quedaba más tiempo.
“Ah... mmm... ah…”
Sentía como si le hicieran cosquillas de placer por dentro y
su cintura no dejaba de moverse. Rensley dejó de hablar y se tapó la boca con
el dorso de la mano para aguantar los gemidos que cada vez eran más fuertes.
Pero no podía controlar su respiración; sus jadeos eran tan fuertes como
gemidos bajos. Aunque el aire de la noche era fresco, el lugar donde estaban
parecía calentarse más y más.
Giesel no le quitaba la vista de encima a la cara de Rensley
mientras lo preparaba con la mano. Ver a Rensley tapándose la boca con las
manos y arrugando la capa para aguantar el placer parecía excitarlo más, y sus
movimientos se volvieron un poco más bruscos. El miembro de Rensley, que estaba
apoyado contra su vientre, empezó a moverse como si estuviera a punto de soltar
algo sin que nadie lo tocara.
“Ah... Su Alteza... ya... basta…”
Giesel entendió perfectamente lo que quería decir con ese
"basta". Soltó un suspiro caliente y se incorporó un poco. Se bajó un
poco la ropa y su pene, que ya estaba tenso desde hacía rato, apareció. Era
imposible no notar su tamaño incluso en la oscuridad.
“Ah…”
En cuanto salieron los dedos, el miembro se pegó a su entrada.
Rensley se tragó un gemido al sentir el glande grueso rozando su entrada,
sintiéndose abrumado desde ya.
Giesel tomó los brazos de Rensley e hizo que lo abrazara por
la espalda. Se metió entre sus piernas abiertas, le agarró la cadera y empezó a
meter su miembro duro lentamente en ese interior que aún estaba apretado.
“Ah... mmm... ah... ¡ah!”
“Mmm…”
Mientras su interior tragaba ese grueso miembro, Rensley no
podía ocultar que le costaba y su cuerpo se estremecía como si tuviera dolor.
Apretó los brazos alrededor de la espalda de Giesel y sus dedos arrugaron la
tela de su ropa en vez de la capa.
Aunque él mismo había pedido que entrara por la excitación,
estar allí fuera desnudo de cintura para abajo se sentía raro y su cuerpo no
respondía igual. Su interior, que ya estaba preparado, se contraía rápido y
apretaba lo de Giesel tanto que casi dolía.
“Está... demasiado estrecho.”
La voz de Giesel, que siempre era calmada, también temblaba.
Rensley tenía la cara roja por esa sensación tan fuerte que estaba entre el
placer y el dolor. Giesel detuvo el movimiento de su cintura para darle un
respiro, pero Rensley susurró negando con la cabeza.
“Siga... mmm... siga, por favor... Ah... yo... lo aguantaré
bien…”
Aunque sabía que estaban solos, esa sensación de estar en un
lugar nuevo se mezclaba con la excitación y los nervios, y su corazón latía con
muchísima fuerza. Sentía que le faltaba el aire solo de estar ahí acostado.
Como los nervios y el placer eran tan fuertes, no podía tomárselo con calma
como siempre.
Giesel empujó su cintura de golpe. Rensley no pudo evitar
levantar la voz al sentir ese peso hundiéndose en su vientre.
“¡Ah! ¡Ah!”
Sin darse cuenta, apretó con fuerza la capa que tenía debajo.
Sus muslos y nalgas se pusieron tensos por instinto y todo su cuerpo, desde la
cintura a los hombros, empezó a temblar. La mano grande de Giesel acarició
suavemente la parte de afuera de sus muslos tensos. Le pegó los labios al oído
y le susurró con cariño para calmar su dolor:
“Bien sé que eres capaz de soportarlo todo, pero…”
“Ah... mmm... ah... ah…”
“No deseo que tengas que aguantar nada, ahora que hemos venido
de viaje para que te distraigas.”
Se oyó el ruido de los arbustos de frambuesas moviéndose con
el viento, y Rensley abrió los ojos. Pero no fue el viento lo que movió los
arbustos, sino un hechizo de Giesel. Con un gesto de su mano, las frambuesas
rojas se soltaron de las ramas, volaron por el aire y cayeron sobre el pecho de
Rensley.
«¿Qué va a hacer?» se preguntó Rensley con la mirada,
viendo las frutas caer sobre su ropa y su piel. Giesel, sin decir nada, atrapó
con la boca una frambuesa que estaba cerca de su pezón. Sus labios suaves
rozaron el pezón levantado de Rensley y él soltó un gemido corto.
Giesel, con la frambuesa en la boca, se incorporó y bajó la
cara hacia él. Cuando sus labios se juntaron profundamente, la frambuesa pasó
de su boca a la de Rensley.
“Mmm…”
El fruto estaba tan maduro que se deshacía con la mínima
presión. Ante el roce de la lengua, se rompía liberando todo su jugo. Ya no era
posible distinguir si era la lengua de Giesel explorando su boca o la frambuesa
deshaciéndose. Rensley también movió su lengua con ímpetu para corresponder a
aquel beso tan dulce.
“¡Ah!”
Mientras permanecía distraído por el sabor dulzón, aquello que
lo llenaba por debajo se hundió una vez más con fuerza. Rensley contrajo el
entrecejo y tembló, pero continuó con la boca ocupada.
“¿Cuál es tu juicio sobre su sabor?” preguntó Giesel al soltar
sus labios con naturalidad.
Rensley no pudo responder de inmediato, se quejó un poco y
finalmente logró articular:
“Dulces…”
Giesel volvió a bajar los labios a su pecho. Esta vez atrapó
el pezón de Rensley con los labios de forma muy clara, fingiendo que se había
equivocado al intentar agarrar una frambuesa.
“Ah... mmm.”
La segunda frambuesa pasó de boca a boca y se deshizo entre
sus lenguas. El aroma fresco y el sabor dulce llenaron su nariz y su boca. Mientras
los sentidos de Rensley estaban concentrados solo en el olor y el sabor, Giesel
empujó su cintura con fuerza para meter el resto de su miembro. Para cuando
recibió la tercera, cuarta y quinta frambuesa, Rensley ya ni siquiera podía
tragarlas bien y gemía casi llorando. Con cada trago de jugo, el miembro de
Giesel entraba más profundo hasta llegar al fondo de su vientre, donde sentía
que palpitaba con fuerza.
“Ah... mmm... muy... profundo…”
Antes de terminar de hablar, lo que lo llenaba salió
lentamente. Rensley retorció la cintura y apretó su interior. Tenía la comisura
de la boca manchada de jugo pegajoso. Sentir la forma del glande rozando sus
paredes internas mientras salía resultaba más dulce que el sabor de las frutas
en su lengua.
“Ah... ah... ah…”
Rensley no podía parar de gemir mientras jadeaba y todo su
cuerpo temblaba. Por el placer, su abdomen se hundía y su espalda se arqueaba.
Giesel sujetó su cadera con sus manos grandes para estabilizarlo.
“Relájate... Rensley.”
“Ah... mmm... ah…”
“Vamos... mírame.”
La paciencia de Giesel también se agotaba. Se contuvo de
acelerar el ritmo y se movió pausadamente unas cuantas veces, y en cada ocasión
Rensley intentaba fijar la mirada en él pese a tener la visión nublada. Ver a
su Gran Duquesa intentando no sucumbir ante el placer y esforzándose por
sostenerle la mirada, hacía que Giesel se sintiera plenamente satisfecho antes
de entregarse al movimiento frenético.
Le gustaba el Rensley serio del trabajo, el de la sonrisa
alegre, el que bromeaba sin asustarse de nada, y también el místico que
gobernaba a los espíritus envuelto en luz blanca... pero el Rensley Mallosen
que no sabía cómo reaccionar, que sollozaba y se desmoronaba sin poder
articular palabra, pertenecía únicamente a Giesel Zvendard.
“Ah... mmm... ¡ah! ¡ah!”
Giesel no esperó más y empezó a mover su cintura con toda la
fuerza que sentía. Con cada golpe fuerte contra su interior, Rensley soltaba
gritos que no podía controlar. En el silencio de la noche, donde solo imperaba
el viento, los jadeos de ambos hombres y el sonido húmedo de sus cuerpos
chocando se escuchaban con absoluta nitidez.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”
“Mmm... Rensley.”
Giesel susurró su nombre y se inclinó aún más. Sus pechos se
pegaron por completo. Rensley, aguantando el peso del hombre encima, jadeaba
con más fuerza. Las frambuesas que aún quedaban en su piel y en su camisa
terminaron de aplastarse; su pecho se mojó y sus cuerpos resbalaban uno contra
el otro. Cuanto más peso sentía, más se apretaba su interior alrededor de aquel
miembro firme.
“Mmm…”
Giesel soltó un gemido bajo y abrazó a Rensley por el cuello y
la espalda al mismo tiempo para levantarlo. Al quedar sentados cara a cara, la
penetración fue aún más profunda.
“¡Ah!”
Rensley levantó la voz y echó la cabeza hacia atrás. Su cara,
que antes estaba en la sombra de Giesel y los arbustos, quedó bajo la luz de la
luna; su cabello rubio brillaba suavemente en la oscuridad. Giesel se detuvo un
momento para mirar a su amante bajo la luz de la luna.
Rensley, que intentaba recuperar el aliento tras tanto placer,
miró a Giesel y le sonrió con travesura. Le agarró los hombros, le dio unos
besitos y empezó a mover él mismo su cintura.
“¿Quiere... ah... que me mueva yo? ¿Se... cansó?”
“¿Eso te parece?”
Rensley se rió de su propia broma tonta. Con las rodillas
apoyadas, empezó a mover la cintura cada vez más rápido.
Su torso se movía como cuando montaba a caballo. Al dejar de
ser Giesel el que marcaba el ritmo y empezar a moverse él, Rensley dejó de
sonreír y se concentró solo en lo que sentía por dentro.
Giesel no le quitaba la vista de encima mientras Rensley gemía
distraído; le acariciaba la cintura, el pecho y la espalda para animarlo a
seguir.
“Ah... ah... ah…”
Cada vez que sentía un calambre de placer por todo el cuerpo,
se detenía un momento a jadear y luego volvía a moverse hacia arriba, hacia
abajo, hacia adelante y hacia atrás. La cintura y la cadera de Rensley
temblaban como olas. Giesel suspiró y dijo su nombre:
“Rensley…”
“Su... Alteza... ¿se siente... ah... bien...?”
Giesel, en vez de responder a la pregunta que Rensley hacía
con la cara arrugada por el placer, le agarró las nalgas firmes con las dos
manos. Lo movió con fuerza sobre él y Rensley se agarró al cuello de Giesel
soltando ruiditos de llanto.
“Ah... mmm... espere... está muy... muy profundo... ah...
¡ah!”
Estaba oscuro y no se veía bien, pero seguro que su abdomen se
veía un poco hinchado por el miembro de Giesel. Giesel había visto a Rensley
así muchas veces.
Al no poder verlo bien debido a la falta de luz, le entraban
todavía más ganas. Abrazó la cintura del hombre que se quejaba de que estaba
muy profundo y, al contrario, aumentó la fuerza con la que empujaba desde
abajo. Le mordió la oreja a Rensley, que temblaba deshecho, y le preguntó:
“¿Te disgusta... mmm... que esté tan profundo?”
“Ah... no es que... no me guste... ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”
Aún quedaban restos de frambuesas por su pecho y sus
clavículas. Giesel seguía embistiendo fuerte mientras sacaba la lengua para
lamer los restos. Al succionar el jugo de la fruta que ahora era más dulce, los
gemidos de Rensley se volvieron puro llanto.
Justo cuando Rensley empezó a soltar lágrimas de verdad,
Giesel se detuvo en seco. Su miembro latía dentro de Rensley, y al detenerse el
movimiento de golpe, el interior de Rensley tuvo un espasmo. Su cuerpo empezó a
apretarse solo, pidiendo que siguiera. Aunque le daba vergüenza reaccionar así,
Rensley no paraba de mover la cintura desesperado.
Giesel respondió apretándole las nalgas y empujando un poco
con su miembro, pero no era el movimiento fuerte de antes.
“Ah... mmm…”
¿Querría desesperarlo a propósito? Mientras Rensley
movía la cintura con impaciencia, se escuchó un crujido; los arbustos de
frambuesas se movieron. Al principio pensó que era el viento, pero no. Algo que
se movía con ritmo estaba rozando las plantas.
“¿A dónde habrán ido los dos?”
“Parece que han salido a caminar…”
Se oyeron las voces de los caballeros a lo lejos. El cuerpo de
Rensley se puso rígido por la sorpresa.
“Mmm…”
Giesel frunció ligeramente el ceño y soltó un gemido bajo. El
interior de Rensley, debido a los nervios, se apretó tanto que parecía que iba
a cortar su miembro.
“Tranquilo... Rensley. No hay por qué asustarse... son
nuestros caballeros.”
“¡Es que... ah... son los caballeros! ¡Ese es el problema!”
Parecía que habían ido a ver si los Grandes Duques estaban
bien y, al no encontrarlos en su habitación, salieron a buscarlos. Si los
encontraban haciendo esto tan lejos, preferiría que fuera un extraño y no los
caballeros a los que veía todos los días.
“Ah... ¡se lo dije! ¡Hagámoslo rápido...!” susurró Rensley
apoyando la cara en el hombro de Giesel muy apurado.
Pero Giesel seguía muy tranquilo mientras le acariciaba el
cuello.
Volvió a mover la cintura hacia arriba lentamente, metiéndose
cada vez más profundo. Rensley temblaba, pero se mordía los labios contra el
hombro de Giesel para no hacer ruido.
“Ya sabes... mmm... que hasta que no quite la barrera... nadie
podrá vernos... ni oírnos.”
“Pero... me pone nervioso.”
“Confía en mi magia, Rensley. Nadie nos verá.”
“Ah... pero es que... mmm... ¡yo sí los veo!”
“... Si cierras los ojos, dejarás de verlos.” De pronto, el
tono de Giesel se volvió algo cortante.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”
Y sin aviso, empezó a golpear su interior sin piedad. Rensley
soltó un grito fuerte antes de poder evitarlo y se puso rojo de vergüenza.
Giesel empezó a ir cada vez más rápido y el sonido de sus
cuerpos chocando se oía mucho; Rensley no podía detenerse y se tapó la boca con
sus propias manos. Mientras temblaba en silencio, Giesel le preguntó:
“Si dejas… mmm… de hacer ruido... ¿te sentirás menos
nervioso?”
Ante su pregunta, Rensley asintió rápido. Aunque no los vieran
ni los oyeran, para él era una cuestión de cómo se sentía.
Giesel estaba molesto porque Rensley se distrajera con otras
cosas cuando debían estar concentrados el uno en el otro. Pero pedirle que no
le importara la gente era fácil de decir, pero difícil de cumplir. Si
estuvieran en su habitación, Rensley solo tendría ojos para Giesel, pero...
Mientras Rensley pensaba en sus excusas, Giesel le acarició
suavemente la garganta. Se vio una luz corta y sintió un calor suave un
momento, pero no pasó nada más. Rensley intentó llamarlo extrañado.
«¿Su Alteza?»
Pero aunque movió los labios, no salió ningún sonido. Rensley
abrió mucho los ojos al darse cuenta de la magia que le había puesto.
“¿Ya estás mejor?”
Giesel dijo eso y le agarró fuerte la cintura. Levantó un poco
el cuerpo de Rensley y lo dejó caer con fuerza sobre él.
«¡...!»
Rensley pensó que había gritado, pero no. Tenía la boca
abierta pero no se oía nada.
Se entregó a los brazos de Giesel, temblando por el placer que
sentía hasta en las puntas de los dedos, y solo se oían sus respiraciones
rápidas.
Lo hicieron dos, tres veces más. Sus cuerpos chocaban con
fuerza. Aunque Rensley echaba la cabeza hacia atrás y se retorcía por el
placer, no se oía ni un quejido.
“Si no puedes soportarlo más... mmm... golpéame.”
Tras decir eso, Giesel empezó a mover su cintura con mucha
fuerza.
«¿Cómo se le ocurre decir que lo golpee? ¿Cómo voy a
golpear al Gran Duque?» pensó Rensley, pero como no tenía voz, no podía
quejarse.
Su interior, que ya estaba muy caliente y sensible, era
golpeado con brusquedad. Giesel presionaba y rozaba una y otra vez su punto más
sensible, que ya estaba hinchado por tanto estímulo.
Normalmente Rensley pedía que parara o que esperara un poco
cuando el placer era demasiado, pero hoy, aunque lo pedía por costumbre, las
palabras no tenían sonido y no servían de nada.
Al no haber palabras que lo detuvieran, los movimientos de
Giesel fueron mucho más fuertes y decididos que de costumbre. Giesel volvió a
acostar a Rensley sobre la capa, le subió las piernas y se apoderó por completo
de su cuerpo.
Rensley intentaba mover la cintura para escapar de ese peso
que le recorría por dentro, pero eso solo parecía excitar más a Giesel.
Al final, Rensley abrazó la espalda de Giesel. En vez de
gritar, se agarró fuerte y le mordió el hombro. Como el placer era tan fuerte
al estar cerca del final, no podía evitar que se le escaparan las lágrimas y
que intentara gritar con todas sus fuerzas. Como no se oía nada más que sus
jadeos, ya no tenía que contenerse. Se dejó llevar por el placer y, como dijo
Giesel, ya no pudo pensar en nada más.
Sin saber cuántas veces Giesel se había hundido en su
interior, llegó un momento en que el cuerpo de Rensley se puso tenso y empezó a
tener espasmos. De su miembro saltó un líquido blanco que resbaló por su piel.
Aunque llegó al clímax, no pudo ni sollozar. Solo lloraba y
soltaba gemidos sin sonido. Su interior también se contraía desesperado. Al
sentir eso, Giesel también apuró el paso.
“Ah... mmm... Ren... sley.”
Giesel pronunció su nombre con voz queda y Rensley solo pudo
negar con la cabeza, incapaz de articular palabra. Tenía los ojos empañados en
lágrimas. Giesel, con un gesto suave, le acarició las mejillas húmedas.
“Mmm... ¿estás cansado?”
Rensley movió los labios para responder. No se escuchó sonido
alguno, pero por la forma de su boca se entendía perfectamente lo que
decía.
Giesel exhaló un suspiro tembloroso y alcanzó también su
propio final. Al liberar todo su calor en el interior de su compañero, Rensley
volvió a echar la cabeza hacia atrás, jadeando con fuerza. Su pecho blanco,
ahora manchado por el jugo de las frambuesas aplastadas, subía y bajaba con
rapidez.
Giesel envolvió a Rensley con la capa, protegiéndolo del frío,
y lo abrazó fuertemente entre sus brazos.
“Ah... mmm... ah…”
Mientras Rensley lloriqueaba suavemente refugiado en su pecho,
el encantamiento se disipó. Soltaba pequeños quejidos, como si tuviera hipo, y
poco a poco su respiración recuperó la calma. Los caballeros que los buscaban
se habían marchado ya; no se percibía rastro de nadie más en los alrededores.
Tras serenarse un poco, Rensley asomó el rostro por encima de
la capa y rió bajito. Giesel lo contempló, preguntándole con la mirada de qué
se reía, y Rensley frotó su mejilla contra el cuello del Duque. Aunque su voz
conservaba el rastro del llanto, parecía haber recuperado la energía.
“Pensé que Su Alteza tardaría más tiempo.”
“Mira quién lo dice; precisamente aquel que no paraba de
sollozar hace un instante.”
“Es que, como Su Alteza me dejó sin voz, por un momento creí
que nos quedaríamos aquí perdidos el uno en el otro hasta que saliera el sol.”
“... Sucede que, si expresas lo bien que te sientes mientras
lo hacemos, me excito con demasiada rapidez.”
“¡Pero si ni siquiera salió sonido alguno!”
“No fue necesario; lo he comprendido perfectamente.”
Giesel, sintiéndose un tanto apenado por la expresión traviesa
de Rensley, le dio un beso. Le besó la mejilla derecha, y Rensley le devolvió
el gesto en la mejilla derecha. Hizo lo propio en la izquierda y en la frente.
A pesar de los besos, Rensley era un completo desastre: tenía el cabello
enmarañado y el rostro, el cuello, el pecho y la camisa estaban manchados con
el jugo de las frambuesas.
Con los ojos enrojecidos por las lágrimas y riendo de esa
manera, parecería un loco a la luz de la luna para cualquiera que no supiera
qué pasó.
Tras intercambiar numerosos besos y reírse de su propio
aspecto, los Grandes Duques decidieron que era momento de regresar.
“¿Puedes caminar?”
“Sí, estoy bien.”
Se arreglaron los ropajes y Rensley se peinó el cabello con
los dedos. Gracias a la magia, al menos exteriormente, no parecía que acabaran
de tener un encuentro tan apasionado a la intemperie.
De pronto, Giesel alzó a Rensley en brazos. Antes de que este
pudiera protestar, ya se encontraban de vuelta en sus aposentos de la mansión
del Marqués. Rensley, sujeto en los brazos de Giesel, parpadeó sorprendido sin
intentar bajar.
“... Pensé que volveríamos caminando.”
“He considerado que estarías cansado.”
Rensley se limitó a sonreír. Como bien decía el Duque, se
sentía algo fatigado. No había empleado su poder espiritual por cuenta propia
en muchas ocasiones y el nerviosismo de estar fuera con Giesel lo había dejado
más agotado de lo habitual.
Pese a lo avanzado de la hora, solicitaron agua caliente y se
asearon. Ya renovado y sentado en el lecho, Rensley sintió que aún no deseaba
conciliar el sueño; se sentía mucho más animado que antes de partir hacia los
campos de frambuesas. Miró por el ventanal y luego se volvió hacia Giesel.
“Mmm... ¿no desearía Su Alteza contemplar la luna un poco más?
En el jardín de la mansión, por ejemplo.”
“¿Te encuentras bien para ello?”
“Descuide, no caminaremos demasiado. Solo deseo que me dé un
poco el aire. Y, de paso, que los sirvientes constaten que nos hallamos
tranquilamente en la mansión.”
Salieron al jardín, pero la oscuridad era tal que apenas se
distinguía nada. Seguramente el diseño era distinto al de Laudken, pero en la
penumbra la diferencia resultaba imperceptible. No le importó; el aire era puro
y la luna lucía hermosa. Rensley solo buscaba despejarse, así que caminó
pausadamente bajo el cielo gélido, sintiéndose más sereno.
No obstante, el paseo fue breve. Antes de avanzar más,
mientras disfrutaban del aire en silencio, escucharon voces que conversaban en
susurros.
“Parece que no somos los únicos que han salido a caminar esta
noche.” susurró Rensley con una sonrisa.
Al fin y al cabo, los jardines nocturnos son el escenario de
los encuentros secretos.
Intentaron desviarse para no interrumpir, pero inevitablemente
el contenido de la charla llegó a sus oídos.
“Comandante, ¿acaso existe alguien que sea de su interés?”
“No se trata de eso, Princesa. Es solo que... por el momento,
deseo concentrarme en asistir a Su Alteza y proteger el norte.”
“Pero si incluso el Gran Duque ya tiene a su compañero. No
considero que deba separar su deber de la vida privada de esa manera.”
“Tiene razón, Princesa. Simplemente no percibo que posea la
capacidad de desempeñar ambas facetas adecuadamente ahora mismo.”
Giesel abrió mucho los ojos al percatarse de quiénes se
trataba. Rensley, con rapidez, le cubrió la boca con la mano.
«¡Shhh!» le indicó con la mirada, y comenzaron a
retroceder con sigilo. Se alejaron sin hacer ruido hasta que las voces dejaron
de percibirse, y solo entonces Rensley lo soltó. Giesel preguntó desconcertado.
“¿No eran acaso Anton y la Princesa Yvette?”
“Así es.”
“Qué sorpresa. No tenía constancia de que existiera algo entre
ellos.”
“¿De verdad? ¿No tenía ni idea?”
A Rensley le asombró más que el Duque no hubiera notado los
sentimientos de sus allegados. Giesel asintió y, de pronto, habló como si
tuviera una idea brillante.
“Tu hermana y Anton formarían una pareja excelente;
representaría una gran ayuda para nosotros. En cuanto regresemos a Laudken,
hablaré con ellos para concertar su matrimonio.”
“¡No, Su Alteza! ¿Es que no ha escuchado lo que dijeron? El
Comandante aún no está preparado.”
“Si su reticencia se debe a su deber en el norte, le diré
personalmente que no tiene que esperar.”
“No, Su Alteza. El Comandante no... a ver, está la Princesa
Freeda, ¿no lo recuerda?”
“Eso no representa inconveniente alguno; rompieron su
compromiso hace tiempo.”
“Que no, Su Alteza. Es preferible que finja no haber visto
nada. No diga ni una sola palabra al respecto, se lo ruego.”
“¿Y por qué no?”
Giesel se mostraba algo decepcionado; parecía que genuinamente
le ilusionaba actuar como mediador entre su oficial de confianza e Yvette.
Rensley suspiró al verlo tan confuso. Un jardín oscuro no era el sitio idóneo
para impartir una lección sobre las complejidades del corazón. Rensley se apoyó
en su pecho.
“Su Alteza, regresemos a la habitación.”
“¿Tan pronto? Si acabamos de salir.”
“Sí. Es que deseo estar a solas con Su Alteza.”
Al escuchar aquello, Giesel dejó de dar importancia a la
charla anterior y sonrió levemente. Asintió, depositó un beso en su frente y lo
rodeó por la espalda mientras emprendían el regreso.
✦
A la mañana siguiente, la mansión del Marqués bullía de
actividad. Rensley, que ya estaba listo y salía junto a Giesel, se detuvo a
conversar con algunos residentes con los que había hablado el día anterior.
“¡Buenos días! ¿A qué se debe tanto alboroto?” preguntó
Rensley.
Los presentes se sobresaltaron, se inclinaron ante Giesel y
relataron las nuevas con gran entusiasmo.
“¡Gloria al Protector! Han sucedido cosas maravillosas gracias
a que Su Alteza nos ha visitado.”
“¿Qué clase de acontecimientos?” quiso saber Giesel.
“¿Recuerda los campos de frambuesas que observó ayer? Todos
dábamos la cosecha por perdida, pero esta mañana, de repente, lucen mucho
mejor. Los granjeros vinieron a dar el aviso, fuimos a comprobarlo y es la
verdad. Todo el pueblo habla de ello; dicen que es gracias a su presencia, Su
Alteza.”
«Las noticias vuelan» pensó Rensley fingiendo sorpresa.
“¡Qué alegría! Entonces este año también habrá frambuesas
deliciosas, ¿no es así?”
“¡Desde luego! Qué fortuna que todo se remediara justo con la
llegada de Su Alteza. Gracias a eso, podremos ofrecerles frutos de la mejor
calidad.”
Rensley les sonrió con amabilidad y siguió los pasos de
Giesel. Cuando el Duque entró al comedor, el Marqués lo saludó con sumo
respeto; había dispuesto un desayuno sumamente detallado para el
soberano.
Parecía que al Marqués, que ayer no se mostraba muy alegre por
las frambuesas, ahora sí le regocijaba la noticia de la recuperación de los
campos. En cuanto Giesel tomó asiento, el Marqués le refirió lo mismo.
“En cuanto Su Alteza pone un pie en esta tierra, solo
acontecen cosas favorables. Dicen que los cultivos de frambuesas que estaban
malogrados están recobrando la vida.”
“Me satisface escucharlo. La Gran Duquesa se alegrará
sobremanera.”
“Es un honor poder ofrecerles frutos dignos a Sus Altezas. ¿A
qué hora está prevista la llegada de la Gran Duquesa?”
“Hoy mismo.”
“En tal caso, acudiré personalmente a recibirlo.”
“Tras el desayuno, me desplazaré hasta el campo donde me
recibió ayer. Podría escoltarme.”
El Marqués se mostró complacido y se apresuró a impartir
órdenes. Mientras todos se movilizaban para el recibimiento, Giesel y el
Marqués concluyeron su comida. Normalmente, Rensley debería haber estado allí,
pero como "aún no llegaba", ya había tomado algo sencillo en sus
aposentos.
Tras el desayuno, una nutrida comitiva partió de la mansión
para recibir a la Gran Duquesa. El ambiente era extraordinario. Además del
Marqués, nobles, caballeros y sirvientes, se unió una gran multitud de
aldeanos. Había tal curiosidad por conocer a la Gran Duquesa varón que incluso
instalaron puestos de comida en el camino; parecía un festival.
«¿Cómo imaginarán que soy?» pensó Rensley conteniendo
la risa mientras desviaba la mirada. Observó los campos desde su montura; los
que rodeaban la mansión ya estaban totalmente restablecidos, pero a medida que
se alejaban, aún se percibía la tierra árida. Los espíritus se desplazarían
gradualmente y, en unos días, todo el terreno y las frambuesas rebosarían
salud.
“Sea bienvenido, Su Alteza el Gran Duque.”
Alcanzaron las tierras de la gente que Rensley conoció
primero, donde el cambio aún no era visible. El jefe de la aldea, un hombre de
avanzada edad, se inclinó junto a los vecinos. Giesel sentía inclinación por
interrogar a quienes habían difamado a la Gran Duquesa, pero Rensley lo había
disuadido; aun así, los granjeros no se atrevieron a huir y aguardaban su
castigo, luciendo pálidos tras una noche de vigilia.
El granjero que le había contado los chismes a Rensley también
se encontraba allí, con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos. Mientras
todos permanecían montados, Giesel habló con serenidad.
“Mi benevolente Gran Duquesa ha decidido perdonarlos. Yo
también daré por olvidado lo ocurrido, considerándolo un incidente del viaje;
por tanto, muestren gratitud ante la clemencia de la Gran Duquesa.”
Los granjeros comenzaron a sollozar e inclinaron aún más la
cabeza. El Marqués no comprendía la situación y observó a Giesel con
desconcierto, pero este cambió de tema.
“La Gran Duquesa procede de Cornia, en el lejano sur, y siente
predilección por las plantas de su tierra. Puesto que es difícil obtenerlas
aquí, erigí un invernadero en el Castillo de Laudken. Él mismo se encarga del
cuidado de las plantas a diario.”
“¿Su Alteza la Gran Duquesa en persona?” preguntó el Marqués
asombrado.
“Así es.” respondió Giesel.
Rensley saltó del caballo.
“Es cierto. No poseo grandes talentos, pero se me da bien el
cuidado de los cultivos. He logrado que frutos que se encontraban marchitos
recobren su frescura.”
El Marqués abrió mucho los ojos al oír a un caballero de la
guardia hablar con tanta confianza y falta de respeto. No sabía qué hacer y
miraba a Giesel y a Rensley alternadamente. Pero Giesel ni se inmutó y solo
seguía a Rensley con la mirada.
Los demás murmuraban entre sí, creyendo que el caballero había
perdido el juicio. Rensley se plantó ante el jefe de la aldea, extrajo un
frasco con un líquido brillante de su chaqueta.
“Si la Diosa del norte se hubiese irritado con la Gran
Duquesa, ¿por qué habría de ensañarse únicamente con los campos de frambuesas
del Marqués de Eyborn? ¿No les parece un castigo insignificante para ser una
maldición divina?”
“Eso…” el jefe del pueblo no supo qué responder.
Rensley no esperó y se adentró unos pasos en el campo de
frambuesas. Destapó el frasco y esparció la medicina que Giesel le había
preparado.
Todos observaban con expectación. Al principio no ocurrió
nada, pero al poco tiempo el lugar se transformó: la tierra grisácea y
endurecida recuperó un tono fértil, y las ramas secas recobraron la vida.
“¡La tierra!”
Los nobles no apreciaron tanto el matiz, pero los granjeros
gritaron sorprendidos y se internaron en el campo. Rensley se apartó para
permitirles observar su tierra, cerró el frasco y suspiró.
“Jamás existió maldición alguna. Simplemente fueron víctimas
de un estafador.”
“Pe... pero ¿entonces cómo pasó esto ahora?”
“Ya se lo he dicho. A nuestra Gran Duquesa se le da bien el
campo y ya ha restaurado frutos anteriormente. Si alguien arruina las cosas,
siempre hay alguien capaz de enmendarlas. Esto es un tónico elaborado con el
poder del Gran Duque, por lo que resultará efectivo.”
Los granjeros se miraban entre sí sin comprender del todo. No
obstante, el Marqués, que seguía junto a Giesel, observó al Duque con una
expresión de asombro absoluto.
“... Su Alteza, ¿cuándo está prevista la llegada de la Gran
Duquesa?”
“¿Acaso no lo has comprendido? La Gran Duquesa ya se encuentra
aquí.” Giesel respondió con calma y desmontó.
En cuanto el soberano pisó el suelo, todos los demás lo
imitaron con rapidez. Giesel caminó entre la multitud que permanecía atónita,
se detuvo a la orilla del campo y extendió su mano.
“Ya es suficiente, sal de ahí, Gran Duquesa. El anonimato ha
sido grato, pero hemos llegado a nuestro destino y es hora de que ocupes el
lugar que te corresponde.”
“Sí, Su Alteza.”
Rensley caminó con paso firme y tomó la mano de Giesel. Al
mirar alrededor, vio que todos los presentes mantenían la cabeza inclinada.
Giesel los observó a todos y declaró:
“Lo presento formalmente. Rensley Mallosen. Caballero
honorario de mi guardia y mi Gran Duquesa.”
El Marqués, que estaba en shock, reaccionó rápido, se acercó y
saludó primero.
“¡Bendiciones para el Protector y su compañero! ¡Ruego que
disculpe mi falta de tacto de ayer, Su Alteza la Gran Duquesa!”
“¿Falta de tacto? Fui yo quien recurrió al engaño, por lo que
la descortesía fue mía.” respondió Rensley sonriendo con dulzura. Luego miró
hacia el campo; los granjeros, que por fin habían comprendido la situación,
estaban más pálidos que el día anterior. “Levántense todos.” Rensley
ordenó.
Los granjeros se levantaron con las piernas temblando.
Pensaron que sus chismes habían sido seguros porque la Gran Duquesa no estaba,
pero resultó que sí estaba allí. Y peor aún, a diferencia de Giesel que solo
oyó un resumen por los niños, Rensley había escuchado cada detalle de los
rumores feos de la zona. En el peor de los casos, podrían haberlos castigado
por traición.
Pero Rensley no dijo nada de los rumores. Se paró al lado de
Giesel, miró a cada granjero y solo dijo esto:
“Este es un favor personal de la Gran Duquesa, quien deseaba
probar las frambuesas de este lugar y que también conoce el esfuerzo de
trabajar la tierra. No habrá una segunda oportunidad, así que, de ahora en
adelante, no se dejen embaucar por las mentiras de cualquier extraño.”
La gente, sorprendida, levantó la cabeza poco a poco. Rensley
abandonó su seriedad y les dedicó una pequeña sonrisa.
“He venido con la esperanza de degustar mucho licor de
frambuesa, así que espero que más tarde me hagan llegar una botella.”
“¡Le enviaremos todas las que desee ahora mismo, Su Alteza!”
gritó una mujer, y su marido le hizo señas rápido para que se callara. Pero
Rensley se puso alegre y soltó una carcajada.
“Qué impacientes son. ¿Y si ahora soy yo el que los engaña?
Por ahora solo ha revivido la zona donde vertí la medicina, pero en unos días
todo el campo sanará. Cuando comprueben el resultado, entonces aceptaré el
licor.”
“¡Gracias! ¡Muchas gracias, Su Alteza!”
Varios agradecieron al mismo tiempo. Algunos hasta lloraban de
puro alivio. Rensley tomó la mano de Giesel y montó en su caballo.
“Partamos, Su Alteza.”
El grupo que salió a recibir a la Gran Duquesa cumplió su
objetivo de una forma muy rara y empezaron a volver por donde vinieron. Todos
tenían una cara de tontos, dándose cuenta de que Rensley Mallosen era el famoso
hombre que se convirtió en Gran Duquesa.
Rensley cabalgaba al lado de Giesel cuando miró hacia un lado.
Los niños que estaban antes entre la hierba ahora estaban escondidos en los
árboles como ardillas.
El niño que le pidió que no le contara nada a la Gran Duquesa
no entendía muy bien qué pasaba aunque escuchó a los adultos, y miraba al grupo
confundido hasta que cruzó la mirada con Rensley. Rensley sonrió y se puso el
dedo en los labios haciendo el gesto de silencio; el niño lo imitó y se rió con
ganas. Rensley dijo sintiéndose liberado:
“Me alegra que todo terminara bien.”
“Eres demasiado clemente al perdonar tales faltas de respeto.”
se quejó Giesel.
“Dijo que veníamos para que yo me distrajera, Su Alteza. No
deseo pasar momentos amargos aquí. No sabían lo que hacían, así que es justo
darles una oportunidad. Esos rumores se disiparán pronto.”
Giesel refunfuñó un poco, pero no parecía estar en desacuerdo
y terminó sonriendo. Rensley se inclinó desde el caballo y le susurró:
“¿Qué le ha parecido? ¿Se ha notado mi encanto fatal?”
“Demasiado. Me temo que ahora todos en este feudo te
adorarán.”
“¿Acaso está celoso, Su Alteza? No se preocupe. En el banquete
de esta noche, le concederé el honor de bailar con esta Gran Duquesa
peligrosa.”
“Hace tiempo que participo en un baile, no estoy seguro de
hacerlo bien…” comentó Giesel frunciendo el ceño, genuinamente
preocupado.
Rensley se rió de haberle puesto una tarea difícil a Giesel
mientras miraba los enormes campos de frambuesas.
Esa noche, en el banquete, Rensley probó varias botellas del
mejor licor de frambuesa que los granjeros le enviaron, y el licor era
increíble: dulce, ácido y más fuerte de lo que parecía.
Parece que les gustó tanto el licor que los Grandes Duques se llevaron varias botellas a su habitación; esa historia se contó con orgullo durante mucho tiempo entre la gente del marquesado de Eyborn, junto con las alabanzas a la Gran Duquesa que hizo el milagro.