Campo de Invierno

Extra 1

Campo de Frambuesas

Rensley Mallosen se despertó hoy también con el cuerpo completamente desnudo.

Como de costumbre, se pasó la mano por el cabello rubio alborotado por el sueño y, al incorporarse, un collar que colgaba de su hombro se deslizó con un tintineo sobre su pecho firme.

“Ah, qué frío.”

Aunque el metal se había entibiado un poco con el calor de su piel, seguía siendo frío por naturaleza. Al contacto con su cuerpo, todavía caliente por el sueño, el roce del collar le provocó un respingo. 

Rensley recogió la joya que se había deslizado hasta quedar entre sus muslos; era una pieza valiosa, decorada con un enorme zafiro y diamantes de un corte perfecto. Era un objeto tan valioso que, en el pasado, jamás se habría atrevido a tocar, y que ahora brillaba con un resplandor que le parecía casi insultante.

“Uff, usar de esta manera algo tan valioso…”

Rensley suspiró y comenzó a recoger, una por una, las joyas que habían quedado desparramadas por la enorme cama. Eran gemas de verdad, así que no perderían su valor por usarlas de vez en cuando, pero... aun así, no sentía que fuera correcto tratarlas con tanto descuido.

Anoche, Giesel había pasado la noche con él tras adornarlo con todo tipo de piedras preciosas. Primero, le colocó unos brazaletes gruesos de granates y rubíes sobre su piel desnuda; luego, un cinturón hecho de esmeraldas y, finalmente, el collar de zafiros. Todas eran piezas grandes y ostentosas, diseñadas para ceremonias o banquetes reales. 

Llevar aquello sin nada de ropa encima le hacía sentir como si estuviera cometiendo una travesura prohibida. Quizás por esa extraña sensación de sentirse un objeto valioso más entre las posesiones del Gran Duque, se había sentido incluso más excitado de lo normal.

Había oído rumores de que en el norte abundaban las minas y que a la gente de allí le encantaban las cosas brillantes, pero pensó que Giesel sería la excepción, ya que parecía no tener ningún interés en los lujos. Pero qué equivocado estaba. Cuando Giesel lo movía de un lado a otro haciendo que las joyas tintinearan, mientras comparaba el brillo de las piedras con el color de sus ojos, su cabello y su piel, Rensley no sentía que estuviera con un mago que solo sabía investigar, sino con un poeta apasionado.

Y pensar que, al principio, era un hombre que ni siquiera sabía cómo besar y solo parpadeaba confundido.

De verdad... no sé si decir que tiene gustos muy refinados o que simplemente es un pervertido con clase...

Rensley se sintió un poco avergonzado al recordar cómo terminó llorando sin falta la noche anterior, cuando de pronto se abrió la puerta. Giesel, que ya se había arreglado un poco, entraba en la habitación.

“¿Ya te has despertado?”

“No debería haberme dejado durmiendo así, ¿Por qué no me despertó?”

“¿Cómo podría despertar a mi antojo a alguien que ha quedado sumido en el cansancio por mi culpa?”

Hasta se atrevía a decir cosas pícaras ahora. Rensley entrecerró los ojos mirando a Giesel. En sus manos traía una tetera de cobre labrada y una taza vacía. El agua caliente, que le ayudaría a espabilarse, cayó en la taza formando un arco elegante. Rensley se estiró con ganas.

“Su Alteza no tiene que servirme el té. Llamaré a un sirviente.”

“No es posible, puesto que aún no te has vestido.”

“¿Y qué importa? Si de todos modos son otros los que me visten.”

“Tu apariencia desaliñada en la cama dista mucho a la de un cuerpo listo para el aseo.” El Gran Duque, imponiendo sus propios criterios, se acercó a Rensley con la taza. 

El té, que soltaba un vapor suave, estaba caliente hasta en el asa, calentando las manos de Rensley al recibirlo. Cuando vivía en el sur, ni siquiera miraba el té caliente; siempre estaba bebiendo alcohol o bebidas frías, pero desde que llegó aquí, se había vuelto un amante del té.

Aunque fuera primavera, las mañanas en Oldenlandt seguían siendo gélidas. Rensley se envolvió los hombros con una manta suave, hundiendo su cuerpo desnudo en ella, y disfrutó del té que el mismo Gran Duque le había preparado. 

Tanto la noche como la mañana estaban siendo un verdadero lujo.

“Prepararemos su atuendo, Su Alteza Gran Duquesa.”

Tras terminar el té, el día comenzó oficialmente. Rensley permaneció de pie, observando cómo los sirvientes se apresuraban por arreglarlo. Le pusieron la camisa, los adornos del cuello, el chaleco y, encima, el abrigo. 

Mientras los criados preparaban los pantalones, las medias, los zapatos e incluso los diversos accesorios que usaría ese día, Rensley no tenía mucho que hacer. Solo movía los brazos y las piernas según se lo indicaban o se miraba al espejo para comprobar el resultado.

“Hoy también luce deslumbrante, Su Alteza.”

No podía dudar de que aquel cumplido fuera sincero. La expresión de Samlet, la jefa de doncellas que seguía a su lado tras la boda, era de puro orgullo, como si estuviera viendo a un hijo que ha crecido bien. 

Ella era quien lo había cuidado desde que llegó a este lugar en pleno invierno, transportado en un carruaje que parecía de carga, casi como un exiliado que la gente del norte apenas podía tolerar. Rensley respondió con una sonrisa:

“Es porque me haces brillar todos los días. Siento que me voy a desgastar de tanto arreglo.”

“No todos brillan por mucho que se arreglen.” replicó ella con amabilidad. “Servirle a Su Alteza vale la pena, por eso nos esforzamos tanto.”

Ante las palabras de Samlet, los sirvientes cercanos asintieron dándole la razón. Rensley terminó soltando una risita. A veces el tiempo que tardaban en arreglarlo cada mañana le resultaba molesto, pero bueno, ¿A quién no le gustaría despertar y escuchar halagos desde el primer momento?

Rensley siempre se había considerado alguien común y algo materialista. Nunca había tenido grandes cosas, pero no era por falta de deseo; le encantaban el dinero, los lujos, las joyas y hasta la calidad de las telas costosas o las pieles suaves que llevaba ahora. Al principio se sorprendió mucho. Sabía que convertirse en el cónyuge de un soberano no sería cualquier cosa y, aunque ya lo trataban como el compañero de Giesel desde hacía tiempo de forma no oficial, le tomó tiempo acostumbrarse a que los sirvientes lo atendieran de esa manera y a llevar prendas tan lujosas a diario.

La mañana en que se preparó para su primera audiencia oficial como Gran Duquesa tras la boda, el Rensley Mallosen que veía en el espejo no se parecía en nada al hijo ilegítimo despreciado. 

Brillaba como si hubiera nacido para ser el compañero del soberano del norte, y hasta se veía digno y elegante.

¿Cómo se sentía? De maravilla, por supuesto. Además, como ya conocía a casi todos los que iban y venían por Laudken, no tuvo que esforzarse en aprenderse nombres o caras nuevas. 

Asistía con Giesel a las reuniones y discusiones sobre el estado, cumpliendo sus tareas como Gran Duquesa sin problemas. Como a Giesel no le gustaba mucho recibir visitas, Rensley se encargaba de las audiencias o de organizar banquetes adecuados, por lo que la reputación del «Gran Duquesa varón venido del sur» subía cada día más dentro y fuera del castillo.

“¿Te sucede algo?”

Rensley estaba tan acostumbrado a su vida que no supo qué responder cuando Giesel le hizo esa pregunta de repente mientras almorzaban juntos. Parpadeó recordando los últimos días y negó con la cabeza.

“No. ¿Parezco tener algún problema?”

“El médico me ha informado que tu salud es perfecta; no obstante, te he notado un poco decaído últimamente.”

“¿Ah, sí? Mmm... bueno, comparado con antes, ahora paso más tiempo encerrado en el palacio. No es que esté decaído, es que me he vuelto más formal. Ahora que todos saben que soy la Gran Duquesa, no puedo andar comportándome como un loco todo el tiempo.” Rensley rió, bromeando a medias.

Sin embargo, había cosas que Rensley había tenido que sacrificar a cambio de su nueva vida de comodidad y lujos. Ahora le resultaba difícil montar a Marilynn y quedarse fuera hasta tarde con la gente hasta que sonara la campana del cierre de las puertas; tampoco podía andar por todo el castillo ayudando en cualquier tarea mientras bromeaba con los sirvientes, o pasar la noche entera con los cuidadores de los establos cantando mientras trenzaban cuerdas. 

Aunque Giesel no le prohibiría intentar realizar el trabajo de los sirvientes, los trabajadores se sentirían incómodos con su presencia allí. Lo único que se le permitía como pasatiempo para una "Gran Duquesa sencilla" era cuidar el invernadero o cocinar de vez en cuando.

A veces le entristecía sentir esa distancia con las personas con las que antes hablaba sin reservas, pero Rensley comprendía que no se podía tener todo en la vida. Al ganar algo, siempre se perdía otra cosa. Aunque extrañaba esos pequeños placeres cotidianos de su vida anterior, no se arrepentía; nada de lo que el antiguo Rensley Mallosen había poseído era más valioso que la presencia de Giesel.

“Hoy deseo revisar un asunto contigo.” dijo Giesel tras finalizar el almuerzo.

El Gran Duque hizo una señal a un sirviente, quien extendió un gran pergamino sobre una mesa vacía. Rensley observó el mapa con curiosidad; era la representación completa de Oldenlandt, donde figuraban no solo la capital, Laudken, sino también las extensas regiones del norte.

“¿A dónde vamos a ir?”

“Te he mencionado anteriormente que visitaríamos otras regiones antes de que concluya el verano. Considero que ha llegado el momento de iniciar los preparativos.”

“¿Ya decidió el lugar?”

“Puesto que no es posible acudir a todos, he planeado visitar uno de estos tres territorios. Aprovecharemos el trayecto para evaluar el ánimo del pueblo y la situación actual.”

Rensley calculó la distancia entre las marcas de Giesel y Laudken y arqueó una ceja.

“Incluso usando los dispositivos de transporte, nos tomaría al menos quince días en volver. ¿Está bien ausentarse tanto tiempo? No hace mucho que hemos regresado de Pereira.”

“Es un viaje que solo podemos permitirnos realizar durante el verano. Es necesario recorrer los otros feudos de manera periódica.”

Tenía razón. Aunque un rey debía ser cauteloso al dejar su puesto, muchos gobernantes aprovechaban las épocas seguras para recorrer sus tierras o visitar otros países. Al fin y al cabo, para que el pueblo comprenda que su señor es una presencia real y no un mito distante, nada es tan efectivo que presentarse ante ellos cara a cara. 

Rensley sonrió de oreja a oreja.

“Bueno... después de todo, todavía no hemos tenido nuestra luna de miel.”

“Tras nuestro regreso, Freeda también partirá hacia algunas regiones. Una vez el verano finalice, ella volverá a la barrera.”

“Ya veo…”

No sentía que hubiera transcurrido mucho tiempo desde la boda, pero la corta primavera ya se estaba escapando. Rensley miró por la ventana; el cielo estaba azul y el paisaje se veía bastante verde. 

Ya no quedaba rastro de aquel aspecto desolado y triste que presenció al llegar al norte. Oldenlandt, que desde lejos parecía ser el reino del hielo eterno, también poseía estaciones.

Con la primavera, el palacio se encontraba bastante animado y gracias a la Gran Duquesa, a quien le encantaba la música, el baile y divertirse con los demás, el palacio organizaba banquetes con más frecuencia que nunca, aprovechando esta época de paz. Con la princesa Freeda y su séquito permaneciendo en el castillo, había mucha más vida que en invierno. Pero incluso esa etapa ruidosa y alegre tenía un final.

“Ya me da nostalgia.” murmuró Rensley.

Aunque no explicó el motivo, Giesel pareció comprenderlo perfectamente y sonrió de forma sutil mientras volvía a organizar el mapa.

“Por tal razón, debemos asegurarnos de pasar el tiempo restante de una manera que no nos cause arrepentimiento alguno.”

“¡Me parece perfecto! ¡No me esperaba un viaje tan largo, me encanta la idea!”

Aquel hombre que antes era tan reservado había mejorado mucho su elocuencia últimamente. Rensley olvidó enseguida su nostalgia y le devolvió la sonrisa. Solo con pensar en el viaje, su ánimo, que según Giesel se había mostrado algo decaído, recuperó toda su energía y vitalidad.

“Tengo una propuesta adicional que hacerte.”

¿Otra propuesta además del viaje? Rensley se extrañó de verdad. Giesel continuó explicando el asunto mientras enrollaba el mapa.

“No siempre es estrictamente necesario anunciar la partida del Rey para abandonar el palacio.” continuó Giesel. “A mi difunto tío le placía, durante su juventud, vestir ropajes comunes y salir del castillo para mezclarse con el pueblo. Hasta este momento, yo no había sentido la necesidad de hacerlo, pero...

“¿Te refieres a ir de incógnito? ¡Lo sé!” Rensley asintió y, de repente, miró a Giesel abriendo mucho los ojos. Antes de que el Duque pudiera añadir algo más, Rensley exclamó. “¿No me diga que nosotros...?”

“Es una temporada caracterizada por riesgos mínimos. Dado que aún perteneces a la orden de caballeros, no te resultará difícil ocultar tu identidad. Una vez que nos alejemos del Castillo Real, apenas habrá personas capaces de reconocer los rostros de los monarcas, a menos que se trate de miembros de la nobleza.”

Tenía razón; en todo Oldenlandt, las personas que habían visto el rostro del Gran Duque en persona podían contarse con los dedos de una mano. A menos que fueran residentes de Laudken o mercaderes que frecuentaran el castillo, casi nadie conocía la apariencia real del soberano, quien rara vez se dejaba ver en público.

Era una propuesta totalmente inesperada. Rensley se quedó aturdido por un instante, pero luego, con una sonrisa que mezclaba la alegría con una pizca de amargura, corrió hacia Giesel. Se hundió en su amplio pecho y Giesel lo estrechó entre sus brazos sin importarle lo más mínimo las miradas de los presentes. Rensley susurró:

“Por mucho que lo piense, no creo que un plan de viaje así sea de su estilo. ¿Su Alteza lo ha planeado por mí?”

“Puesto que has llevado una vida caracterizada por la libertad, es natural que requieras un cambio de aires de vez en cuando.”

Rensley no se arrepentía de nada. Si podía permanecer al lado de este hombre, no le importaba sacrificar un poco de su autonomía de movimiento. En realidad, la "libertad" a la que Giesel se refería no había sido más que una época en la que Rensley vagaba sin rumbo; un periodo que parecía carecer de restricciones, pero donde nada de lo que realmente deseaba le era permitido, marchitándose tras una barrera invisible.

Sin embargo, ahora Rensley se encontraba en ese lugar por su propia voluntad.

El destino elegido para esta primavera era el Marquesado de Eyborn, una extensa región al suroeste de Oldenlandt. Los marqueses que residían allí debían haber asistido a la ceremonia nupcial; no obstante, un severo brote de tos afectó a la zona en esa misma época y ambos enfermaron, lo que les impidió acudir.

Giesel decidió aprovechar este periodo de descanso para recorrer el marquesado. Emplearon los dispositivos de transporte para alcanzar las zonas próximas a Laudken, pero dado que el séquito de acompañantes era numeroso y deseaban supervisar no solo el destino, sino también el trayecto, optaron por viajar por vía terrestre a partir de cierto punto.

Rensley disfrutó al máximo de la consideración de Giesel para que cambiara de aires; hacía mucho tiempo que no cabalgaba al aire libre durante un periodo tan prolongado. Montado sobre Marilynn, vestido con ropa común y sintiendo el viento en el rostro mientras galopaba, Rensley no recordaba en lo más mínimo a la Gran Duquesa de una nación. Sin embargo, nadie en el grupo lo miraba con desaprobación ni se quejaba de su falta de decoro.

“¡Su Alteza! Mire, hay otra manada de renos allá.” exclamó Rensley con entusiasmo.

“Se debe a que, durante la primavera, los grupos migratorios son más frecuentes.” respondió Giesel.

“En el sur también hay ciervos, pero son mucho más pequeños…”

La escolta del Gran Duque se detenía ocasionalmente en las villas para presenciar festivales locales o degustar dulces típicos, disfrutando del trayecto con serenidad. En ocasiones, cabalgaban junto a enormes manadas de renos que atravesaban los campos, ya teñidos de verde por la estación.

Rensley se preguntaba si el frío poseía el poder de aumentar el tamaño de los seres vivos. Los renos, con sus cornamentas vastas y cuerpos que parecían más robustos que los de cualquier fiera, abrumaban a los humanos al desplazarse en grupos de decenas; eran como la viva imagen de la tierra helada del norte.

Al inicio, a Rensley le ilusionaba abandonar Laudken para alojarse fuera o visitar posadas lejanas; no obstante, hacia el final del viaje, quedó cautivado por la belleza natural del camino. Durante el invierno solo se había desplazado por los alrededores de la capital, e incluso cuando dejó el castillo brevemente, cruzó el Bosque de la Loba directamente hacia la frontera, por lo que no había tenido oportunidad de pasear con calma. El Oldenlandt que ahora contemplaba era verdaderamente asombroso.

Montañas colosales y acantilados donde la nieve permanecía eterna, llanuras infinitas, el ancho río Vals dividiéndolo todo y los bosques de coníferas que se mantenían firmes... 

Curiosamente, en ese instante en que su presencia se sentía más diminuta, Rensley se percibió como la persona más fuerte del mundo. Quizás el orgullo de quienes habitaban allí, luchando contra el frío y los monstruos como pequeñas criaturas en una tierra inmensa, nacía de ese mismo sentimiento.

“Considero que ha sido una excelente idea viajar por tierra.”

“¿Qué aspecto te ha complacido más?” preguntó Giesel.

“No sabría señalar algo en especial... es solo que me siento un poco más como un auténtico habitante del norte.”

Giesel se limitó a sonreír de forma leve, sin expresar si comprendía o no el significado de aquellas palabras.

Tras varios días de trayecto, finalmente divisaron su objetivo. Se decía que en el marquesado proliferaban las frambuesas y las uvas silvestres desde la primavera hasta el verano, por lo que sus productos frutales eran célebres, incluyendo sus licores. Por supuesto, eran delicias que podían obtenerse en el castillo, pero degustarlas en su lugar de origen poseía un encanto especial. Además del propósito político de supervisar el feudo, Rensley estaba emocionado por la perspectiva de comer y beber manjares locales.

“¿Eso no son frambuesas? ¿Ya se empiezan a ver los campos?”

Rensley, desde el lomo de Marilynn, escudriñó el horizonte. Los terrenos que se veían a lo lejos eran, sin duda, cultivos de frambuesas. Giesel, que cabalgaba a su lado, observó en la misma dirección.

“Lo que contemplas han de ser campos de frambuesas silvestres. Tengo entendido que originalmente solo se recolectaban los frutos de crecimiento natural, pero ante la insuficiencia de la producción, se desarrollaron tierras agrícolas para su cultivo.”

“De verdad Su Alteza es como una enciclopedia. ¿Cómo es que conoce tan bien los asuntos agrícolas de un pueblo tan remoto?”

“A pesar de la distancia, el marquesado es una región de suma importancia. Es imperativo que la Gran Duquesa también posea este conocimiento.”

“No se preocupe, mi memoria es bastante buena."

Rensley lucía muy satisfecho tras confirmar la presencia de los campos.

“En el invernadero del castillo cultivamos algunas, pero ver tal extensión es un espectáculo. Al ser de campo abierto, el dulzor y el aroma han de ser superiores. Cuando vivía en Cornia solía recolectar frambuesas silvestres, pero en Laudken no abundan ni en primavera. Aprovecharé esta oportunidad para comer hasta el cansancio.”

Giesel observó en silencio a Rensley, quien parloteaba con una expresión que sugería que ya estaba saboreando las frutas hasta el cansancio. Ante esa mirada fija, Rensley se sintió un poco cohibido.

“¿Por qué me mira de esa forma, Su Alteza? Ni que ya tuviera la boca manchada de fruta.”

“En absoluto. Me causa satisfacción verte feliz. No siempre será posible realizar trayectos así, pero intentaremos salir con frecuencia aunque sea a lugares cercanos.”

“¿Tan bien me he portado últimamente?”

Él no lo había notado, pero al parecer, ante los ojos de Giesel, Rensley se había mostrado algo desanimado. Era cierto que el cambio de vida era drástico, pero él creía estar disfrutando de su rol como Gran Duquesa... Rensley estaba algo confundido. 

No obstante, pronto pareció comprender, sonrió con picardía y tiró de las riendas de Marilynn para acercarse más a su esposo.

“Ya entiendo. ¿Es que Su Alteza se sentía solo porque me he vuelto más reservado?”

“Por supuesto que no.”

“Seguro que sí. He estado tan concentrado en ser una Gran Duquesa elegante para que nadie me critique, que supongo que lo descuidé sin querer. Ahora que lo pienso, la semana pasada hubo tantas visitas que solo pudimos pasear tres veces. Si lo dejo solo, Su Alteza permanece anclado al escritorio y no sale a que le dé el sol, así que debo acompañarlo obligatoriamente... Comprendo que se sintiera solo. De ahora en adelante, aunque esté ocupado, reservaré tiempo para caminar con Su Alteza.”

Giesel, que lo negaba con insistencia, mostró un rostro de confusión tras escuchar a Rensley, como si se preguntara internamente: «¿Habrá sido por eso?» Ante esa expresión tan inocente, Rensley soltó una carcajada y señaló la entrada del pueblo con el dedo.

“¡Descuide, que esta Gran Duquesa se encargará de entretenerlo sin falta! Su Alteza, ¿Desea realizar una competencia para ver quién alcanza primero aquel punto?”

“... ¿Existe alguna recompensa para el vencedor?”

“¡Por supuesto!”

Sin revelar cuál sería el premio, Rensley sacudió las riendas de Marilynn. La yegua, como si hubiera comprendido cada palabra de la conversación, aumentó la velocidad al instante.

“¡Arre!” 

Giesel también partió al galope sin vacilar. Tras ellos, los caballeros de la escolta iniciaron la carrera, haciendo que el estruendo de los cascos de los caballos retumbara de pronto en el tranquilo campo. Los grandes cultivos de frambuesas estaban cada vez más cerca.

Al llegar al inicio de los esperados campos, Rensley puso una expresión de extrañeza. Lo mismo les sucedió a los acompañantes que venían tras él. Rensley tomó una frambuesa, le dio vueltas y revisó los arbustos cercanos. No tardó mucho en llegar a una conclusión.

“La cosecha se ve muy mal.”

“Es cierto.” coincidió Giesel.

En los arbustos que deberían estar rebosantes de frutos rojos y jugosos, solo había piezas negruzcas, arrugadas y marchitas. 

Rensley se metió una frambuesa en la boca; no tenía dulzor ni aroma, solo una textura endurecida al masticar. «Qué decepción», pensó Rensley mientras se quejaba para sus adentros, cuando de repente alguien apareció entre los surcos del campo que parecía desierto.

“¿Quiénes son ustedes?”

Era un granjero que llevaba un pañuelo en la cabeza y tenía tierra por todas partes, como si hubiera estado trabajando arduamente. Rensley le dedicó una sonrisa inmediata y lo saludó.

“Hola. Disculpe la molestia. Somos una caravana de comerciantes que ha venido con la intención de adquirir una gran cantidad de frambuesas de esta región.”

“¿Comerciantes?” El granjero escudriñó al grupo de Rensley con desconfianza. 

Sin embargo, al notar que vestían con pulcritud, montaban caballos finos y eran un número considerable de personas, pareció aceptar la presentación. Era evidente que se trataba de un grupo con recursos; si no eran nobles, debían ser mercaderes de alto rango.

En realidad, Rensley solo parecía un miembro más de la caravana. Como deseaba estar cómodo durante el trayecto, utilizó el viaje como excusa para vestir de forma mucho más sencilla que en el palacio. Giesel también había optado por una prenda de lana negra y unos pantalones de piel de oveja en tono café oscuro para intentar pasar desapercibido. 

Si alguien tuviera un ojo extremadamente detallista, notaría que cada prenda que portaba Rensley era de una calidad excepcional que una persona común difícilmente poseería, pero la probabilidad de que alguien allí tuviera tal perspicacia era mínima.

“¿De dónde vienen?”

“Nuestra base se encuentra cerca de Pereira. Viajamos a cualquier rincón del continente si encontramos mercancía que valga la pena.”

“¿Acaso no abundan las frutas en el Imperio? Las de nuestro pueblo son célebres, pero no producimos lo suficiente como para vender a otras tierras y, además, como ve, este año la cosecha se ha malogrado; no tenemos ni para nuestro propio sustento.”

“¿Acaso hubo escasez de lluvia?”

Cuando Rensley preguntó, el granjero desvió la mirada por alguna razón. Hizo un gesto con la mano, como si de pronto la presencia de los mercaderes le resultara una carga.

“¿Quién sabe el motivo? La mitad de la cosecha es obra de Dios, así que hay que aceptarlo. La situación es mala, pero aún no está perdida del todo, así que estamos más atareados que el año pasado. Como ve, no es momento para negociaciones, así que pueden marcharse.”

El hombre volvió a tomar sus herramientas y se perdió entre los arbustos de frambuesas. Mientras Rensley permanecía aturdido por haber sido echado tan bruscamente, escuchó otra voz.

“Dicen que es debido a una maldición.”

Rensley miró hacia un lado. Un niño que parecía haber estado jugando en las copas de los árboles, y que no se había dejado ver hasta entonces, bajó deslizándose por un tronco. Rensley le preguntó sin mostrar sorpresa:

“¿Una maldición?

“Eso dijo el mago que visitó el pueblo. Dijo que el fracaso de la cosecha de este año es culpa de una maldición.”

“¿Y por qué los maldijeron?”

“Dijo que Su Alteza el Gran Duque cometió un error al elegir a su Gran Duquesa. Por eso la Diosa que protege Oldenlandt se ha enfurecido.”

Al oír aquello, Rensley abrió los ojos de par en par. No fue el único; los rostros de Giesel y de los escoltas, que permanecían sobre sus monturas, se tensaron al unísono. 

Antes de que Giesel o cualquier otro interviniera, Rensley alzó el brazo con rapidez. Su gesto firme indicaba claramente que no debían interferir.

“¡Oye, los adultos te advirtieron que no dijeras eso en otros lugares!”

Acto seguido, otros niños de mayor edad que bajaron tras él le dieron un pequeño golpe en la cabeza al pequeño que hablaba con Rensley y lo reprendieron. Rensley, sintiendo cómo el ambiente a sus espaldas se volvía gélido, mantuvo una sonrisa suave.

“¿Y de dónde han sacado esa historia?” preguntó Rensley.

“De todas partes. Todos en el pueblo lo saben.”

“¿Y saben dónde vive ese mago?”

“Ahora no sé. Hace como un mes todavía estaba por aquí.”

Mientras conversaban, otras personas se aproximaron al camino. Ellos también parecían regresar de sus labores, cargando herramientas al hombro. Al ver al grupo de extraños junto a los niños del pueblo, adoptaron una actitud agresiva de inmediato. 

Empuñaron sus hoces y sacos como si fueran armas y los observaron con profunda desconfianza.

“¿Quiénes son ustedes?”

“Dicen que han venido a comprar frambuesas.” respondieron los niños por ellos.

Al oír aquello, los granjeros se calmaron un poco, aunque suspiraron con pesadumbre.

“Este año no será posible, regresen por donde vinieron. Ni siquiera contamos con suficientes frambuesas para entregar al Marqués; no hay nada que vender.”

“¿Vino un mago por aquí?” insistió Rensley.

Que un mercader recién llegado mencionara al mago significaba que el secreto se había divulgado. Los granjeros comprendieron de inmediato de dónde provenía la información y les dieron unos golpecitos en la espalda a los niños.

“¡Estos niños! ¡Vayan a ayudar al trabajo! ¡Si uno les quita el ojo de encima un momento, se juntan para jugar y terminan metiendo la pata!”

“No los reprendan tanto.” intervino Rensley. “Aunque los niños no lo hubieran mencionado, lo habríamos notado con solo observar un poco. En nuestra caravana también contamos con un mago.”

Rensley tomó otra frambuesa marchita y se la entregó a Giesel, quien permanecía montado sobre el caballo. El Duque la recibió con semblante serio, la examinó brevemente y asintió.

“Es un trabajo tosco, pero, efectivamente, posee vestigios de magia.”

“¿Lo ven?” dijo Rensley con aire de triunfo.

Ahora fueron los granjeros quienes empezaron a murmurar nerviosos. Uno de los ancianos se acercó apresuradamente, adoptando una postura humilde y juntando las manos para preguntar con desesperación:

“¡Señor mago! ¿Entonces es capaz de disipar la maldición de las frambuesas? En la agricultura, la voluntad divina es lo primordial, y hemos perdido la cosecha debido a esa maldición.”

Giesel contrajo levemente el entrecejo, desvió la mirada hacia el horizonte y soltó un suspiro contenido. Era evidente que la conversación le resultaba tediosa y desagradable.

Rensley sabía que, en condiciones normales, el Gran Duque jamás escucharía las súplicas de unos granjeros con tal desdén; pero Giesel estaba genuinamente furioso por lo que los niños habían relatado. Solo se contenía porque Rensley le había indicado previamente que guardara la calma.

“Eso es algo que nuestro mago deberá evaluar con detenimiento. Acabamos de llegar, por lo que no podemos resolverlo de inmediato.”

“En... entonces, ¿Dónde tienen previsto quedarse hoy? Si les place, podrían alojarse en la mejor posada de la región. El posadero los recibirá con entusiasmo.”

Eso resultaría complicado. Rensley se encogió de hombros. Aquellas tierras ya pertenecían al marquesado. Durante el trayecto se habían divertido cambiando de identidad —a veces como jóvenes nobles de paseo, otras como mercaderes prósperos o caballeros escoltando a su señor— y todo había marchado sobre ruedas. Sin embargo, debían apresurarse para llegar a la mansión del Marqués esa misma tarde y presentarse oficialmente como los Grandes Duques. Se estaban demorando más de lo previsto, pero pronto deberían partir.

“Para poder brindarles ayuda, necesito conocer mejor los hechos.” dijo Rensley. “Hace un momento, los niños mencionaron que el mago les habló de una maldición, ¿A qué se refieren con eso?”

El granjero miró a su alrededor con cautela y se aproximó a Rensley para susurrarle al oído:

“Como son forasteros, les daré un aviso, pero es un asunto sumamente grave y no puede mencionarse en voz alta. Por favor, guarden el secreto.”

“Sí, dígame con confianza, solo yo lo sabré.”

“A finales del año pasado, un mago llegó a este lugar. Existen magos que viajan recolectando ingredientes para pociones o piedras mágicas, ¿No es así? Pues él decía encontrarse en uno de esos viajes. Era un hombre sumamente hábil en la elaboración de medicinas, por lo que nos beneficiamos mucho de su estancia.”

“¿Y qué sucedió después?”

“Ese mago elaboró una pócima para fortalecer la tierra y asegurar una cosecha abundante; nos dijo que la esparciéramos por los campos. Nosotros obedecimos de inmediato y tal como dijo, funcionó. Parecía que obtendríamos más frutos que nunca y que madurarían espléndidamente; todos estábamos muy ilusionados. Pero, de repente, al llegar el tiempo de la cosecha, empezaron a marchitarse hasta quedar como las ve ahora. Y pasa que el mago sentenció…” 

El granjero bajó aún más la voz. Rensley se inclinó para no perder detalle.

“Dijo que se trataba de la ira divina. Él afirma que usa el poder de la Diosa de la Tierra, y aseguró que la Diosa de Oldenlandt está enfurecida. Dijo que el soberano del país ha contraído matrimonio en una unión de la que no podrán nacer herederos, así que, ¿Cómo no se enojaría la Diosa de la cosecha y la fertilidad? ¡Y al escucharlo, nos pareció que tenía sentido! De hecho, la tierra comenzó a secarse y las frambuesas a marchitarse justo por la época de la boda de Su Alteza.”

“Vaya... ¿Por tratarse de dos hombres?” preguntó Rensley

“Que sea un hombre es un problema, pero según los rumores…”

El hombre le relató a Rensley un compendio de los chismes que corrían por la zona. Y la historia no hacía más que complicarse.

“Dicen que la nueva Gran Duquesa es una belleza fatal y peligrosa. Dicen que con solo cruzar la mirada hechiza a los hombres. Y que le encantan las joyas de las minas del norte, así que se gasta una cantidad exorbitante de impuestos en ellas.”

“Eso suena realmente impactante.” 

“Y no solo cautiva a los varones. Dicen que en la capital, las lágrimas de las damas que lo amaban formaron un océano. Si pretendía desposar a un hombre, ¿No debería haber dejado tranquilas a las jovencitas por mera ética?”

“Parece que ha frecuentado a mucha gente. Es una persona muy sociable y diligente.” añadió Rensley.

“Resulta que llegó a Oldenlandt suplantando a su hermana y fingiendo ser mujer, y hay quienes afirman que desde el principio su intención fue seducir al Gran Duque. Dicen que Su Alteza es célebre por dedicarse exclusivamente a sus investigaciones mágicas, ¿Qué iba a saber él de estos asuntos? Debió de ser una presa fácil en esas manos.”

“En parte tengo que estar de acuerdo con eso.”

Rensley escuchó cada susurro del granjero sin que su expresión vacilara lo más mínimo. Al concluir el relato, se enderezó y preguntó con una sonrisa:

“¿Aquel mago les obsequió la medicina por pura benevolencia? ¿Fue gratuita?”

“No, resultó bastante costosa. Pero como anteriormente muchas personas habían sanado con sus remedios, todos en el pueblo reunimos nuestros ahorros y la adquirimos de forma colectiva.”

“¿Y dice que el mago ya no se encuentra en el pueblo?”

“Así es. Alegó que no podía permanecer más tiempo en una tierra maldita por la Diosa, pues su poder mágico se vería mermado en un lugar así.”

“... Entiendo. Bien, tomaremos algunas de estas frambuesas. Nuestro mago es excepcional en su oficio, así que realizaremos una investigación.”

Ante las palabras de Rensley, los granjeros se apresuraron a traerle frutos. Mientras les indicaba que con unos pocos sería suficiente, de pronto los aldeanos palidecieron y se apartaron apresuradamente a la orilla del camino, despojándose de sus pañuelos y sombreros mientras agachaban la cabeza con temor.

¿Qué pasa? Rensley notó el cambio súbito en el ambiente y dirigió su mirada hacia el sendero. 

Otro grupo se aproximaba. Una estandarte con el escudo de una familia noble ondeaba majestuosamente en lo alto. Era el blasón que Rensley había memorizado antes de partir. Un hombre de mediana edad que cabalgaba al frente desmontó, se acercó con urgencia y realizó una profunda reverencia. Sus acompañantes imitaron el gesto al unísono. La capa con el escudo bordado ondeó levemente a su espalda.

“¡Gloria al Protector del norte y del continente! Sea bienvenido, Su Alteza el Gran Duque.”

“Hacía tiempo que no coincidíamos.” respondió Giesel.

“He acudido a recibirle en cuanto se me ha informado que hoy alcanzaría la frontera de mi feudo. Ruego disculpe mi demora.”

Rensley abrió mucho los ojos al escuchar el intercambio. ¿Entonces aquel hombre era el Marqués de Eyborn en persona? Desvió la mirada rápidamente hacia los granjeros; ellos ya se habían percatado de la verdadera identidad del hombre al que habían confundido con un simple mago mercader.

Al comprender la magnitud de su imprudencia, sus rostros habían palidecido por el terror.

Mientras tanto, Giesel y el Marqués intercambiaban los saludos protocolares. Tras presentar sus respetos al Gran Duque, el Marqués miró a su alrededor en busca de otra figura.

“También desearía presentar mis respetos a Su Alteza la Gran Duquesa.”

Al oír aquello, Giesel dirigió su mirada de forma instintiva hacia Rensley.

«¡No!»

Rensley le envió una señal de auxilio mediante un gesto rápido y una mirada cargada de intención. En una situación ordinaria, le habría encantado revelar su identidad de golpe y disfrutar del asombro de todos, pues era una de sus bromas predilectas; no obstante, la situación se había tornado demasiado seria para juegos.

Giesel observó con frialdad a los granjeros durante un breve instante antes de desviar la vista hacia el Marqués.

“La Gran Duquesa ha contraído un resfriado durante el trayecto y se ha visto obligado a detenerse. Puesto que estimamos que se recuperará en un par de días, me instó a que me adelantara; por ello, he arribado en solitario. Ahora que hemos llegado a salvo, procederé a enviarle un mensaje.”

“Vaya. ¿Se encuentra Su Alteza muy indispuesto?”

“No es de gravedad, pero no deseaba que su estado empeorara debido al esfuerzo del viaje. Ha quedado bajo el cuidado de un médico competente y de sus sirvientes, por lo que llegará a la brevedad.”

“Ya comprendo... Tenía grandes deseos de conocerle, es una verdadera lástima.”

“La Gran Duquesa albergaba grandes expectativas por probar las frambuesas de esta región, por lo que nos hemos detenido en los campos durante el trayecto; no obstante, he observado que la cosecha no ha sido favorable este año.”

“Es lamentable, Su Alteza. El clima no ha sido malo, pero el resultado es este. Según los granjeros, se ha debido a un cambio en el fertilizante, aunque sospecho que hay otros factores. Pero no se preocupe, nos aseguraremos de que haya suficientes frutos de excelente calidad para que Sus Altezas puedan degustarlos.”

El Marqués parecía ignorar por completo lo que acababa de ocurrir entre los granjeros; se comportaba como cualquier otro noble. Era evidente que gobernantes como Giesel, que se involucraban en los detalles técnicos de cada industria de su tierra, eran una rareza.

Giesel alzó la mano y llamó a Anton, que esperaba unos pasos por detrás. Rensley también se aproximó al notar el gesto. Ambos se envolvieron un poco en sus capas y saludaron al Marqués con una inclinación, mientras Giesel los presentaba.

“Le presento al Comandante Anton, líder de mi guardia personal, y a Ren, el Subcomandante. Ambos se encargarán de mi protección durante nuestra estancia en su feudo. Se los encomiendo de manera especial.”

“Al Comandante Anton ya he tenido el placer de conocerle anteriormente. Respecto al Subcomandante, me parece que es la primera vez que coincido con él.”

Rensley sonrió con suma cortesía y le sostuvo la mirada. Al entrecerrar ligeramente los ojos, su iris azul con matices rojizos le otorgaba el aspecto de un joven rebosante de salud y alegría.

“Es un honor conocerlo, Marqués.”

“El gusto es mío, muchacho.”

Hasta que la comitiva —que ahora había duplicado su tamaño— abandonó los cultivos de frambuesas, los granjeros permanecieron arrodillados y con la cabeza gacha, sin atreverse a levantar la vista ni una sola vez. Rensley los observaba con sentimientos encontrados.

No es que le hiciera gracia lo que habían dicho, pero comprendía que no lo habían hecho con malicia, sino por puro desconocimiento. Él mismo, en sus días en Cornia, solía reunirse con la gente para hablar pestes de la corona. Si hubiera nacido en la alta nobleza, quizás habría exigido un castigo por la falta de respeto de aquellos hombres, pero como no hacía mucho que era el "Rensley Mallosen que no poseía nada", entendía mejor a la gente común; aquellos que prefieren culpar a los de arriba de sus desgracias para aliviar sus propias penas.

Se sentía algo inquieto mientras retomaban el sendero, hasta que divisó a los niños ocultos entre la maleza, parecidos a pequeños ratones asustados. Rensley detuvo su montura un momento y el niño que había bajado primero del árbol corrió hacia él. Con los ojos anegados en lágrimas, se aferró a su bota y le suplicó en un susurro que apenas llegó a sus oídos:

“Señor caballero, por favor, no le cuente a la Gran Duquesa lo que dije.”

Si solo lo hubiera escuchado él, podría haber fingido que nada sucedió; sin embargo, Giesel y varios escoltas también lo habían oído, por lo que no era un asunto que Rensley pudiera resolver simplemente guardando silencio. No obstante, al ver la expresión tan inocente y afligida del pequeño, Rensley asintió y le dedicó una sonrisa reconfortante.

“Está bien. No diré ni una sola palabra al respecto. No te preocupes.”

La mansión del Marqués era tan vasta como el castillo de algún pequeño reino, pero carecía de la majestuosidad inherente al Castillo de Laudken. Quizás por encontrarse más al sur, la atmósfera resultaba más festiva que en la capital, aunque poseyera menos porte. 

Una hilera de personas aguardaba al pie de las escaleras del patio central para recibir al Gran Duque Giesel. La esposa del Marqués y sus hijos se hallaban presentes, inclinándose ante el soberano que honraba sus tierras con su visita.

El Marqués guió personalmente a la comitiva hacia los mejores aposentos. Mientras Giesel avanzaba al frente conversando con el anfitrión, Anton y Rensley caminaban unos pasos por detrás en el extenso pasillo. La luz solar, que se filtraba por los amplios ventanales, iluminaba todo el corredor. Rensley miró a su alrededor antes de hablar.

“El castillo también luce distinto al de Laudken.”

Oldenlandt es muy extenso y el estilo de vida varía según la región.” respondió Anton con solemnidad. “Laudken se sitúa en el extremo norte de las tierras habitables; es inevitable que sea más inhóspito. Bajo circunstancias normales, nadie erigiría un castillo real en un sitio así, pero nosotros debemos confrontar a los monstruos.” Anton hablaba con seriedad, pero luego carraspeó con incomodidad, se cubrió la boca y susurró bajito. “Por cierto, Su Alteza. Le ruego que hable con mayor naturalidad. ¿Hasta cuándo pretende mantener este trato?”

“Pero si el Gran Duque dijo que conservaría mi rango de caballero. En la orden, el Comandante sigue siendo mi superior, así que no se sienta cohibido. Además, ahora he sido presentado oficialmente como subcomandante.”

A medida que avanzaban, los sirvientes y residentes de la mansión pasaban a su lado. Era imposible ignorar las miradas que les dirigían desde todos los ángulos. Anton, tras guardar silencio un instante, bajó la voz, visiblemente desconcertado.

“Por alguna razón, percibo que hoy somos objeto de demasiadas miradas. No considero que hayan descubierto la identidad de Su Alteza todavía…”

“¡Ah, bueno! Es natural que dos hombres tan apuestos como nosotros capten la atención al caminar juntos, ¿No cree? Todas las damas nos están observando en este preciso momento.”

Rensley era un subcomandante improvisado, pero Anton era un joven Comandante, apuesto y soltero de gran renombre. No resultaba extraño que despertara tal interés. 

«Aunque ya hay alguien que le ha echado el ojo», pensó Rensley con una sonrisa, recordando a su hermana Yvette. Mientras cuchicheaban, alcanzaron las habitaciones y las grandes puertas dobles se abrieron de par en par.

Se trataba, sin duda, de la estancia más acogedora de la mansión. Probablemente se esforzaron por recibir a los "recién casados", pues la habitación era espaciosa, luminosa y estaba ornamentada con flores por doquier. El Marqués se hizo a un lado y anunció:

“Hemos dispuesto todo para que Su Alteza se encuentre a gusto, aunque sé que no es comparable al Castillo del Gran Duque. Si requiere cualquier cosa, no dude en comunicárselo al servicio.”

“Mmm. Por ahora, deseo retirarme a descansar.”

“Entendido. Me retiro de inmediato.”

Tras la marcha del Marqués y su criado, solo quedaron Giesel, los caballeros y los sirvientes leales que habían viajado desde Laudken. Al final, uno de los sirvientes no pudo contenerse y soltó una risita. Cuando Rensley se unió a la risa, el criado se explicó:

“Le pido disculpas, Su Alteza. Es que me resulta hilarante que todos en esta mansión estén siendo cautivados por el engaño de Su Alteza la Gran Duquesa…”

“Es comprensible. Dicen que la Gran Duquesa de Oldenlandt es un hombre de un encanto fatal, ¿No es así? Admito que soy guapo, pero no estoy seguro de si llego a ser "fatal".”

La ocurrencia de Rensley provocó que las risas se intensificaran. Parecían deleitarse con la situación de mantener el secreto en la mansión.

“Nadie debe pronunciar palabra alguna hasta que yo lo ordene.” sentenció Rensley. “Si nos descubren prematuramente, se arruinará la diversión. ¿Cuento con su discreción?”

“¡Por supuesto, Su Alteza!”

Más que recurrir a amenazas, apelar al compañerismo resultaba más efectivo para salvaguardar el secreto. Los sirvientes se dispersaron para cumplir sus tareas y solo quedaron Rensley, Giesel y Anton. 

Rensley extrajo las frambuesas que portaba en una pequeña bolsa de seda. Los diminutos frutos que cayeron en su palma carecían casi de jugo, por lo que no se habían estropeado durante el trayecto. Rensley las examinó y preguntó:

“¿De verdad la cosecha se arruinó por culpa de la magia?”

“He empleado magia para el desarrollo de cultivos en diversas ocasiones, y acelerar el crecimiento de las plantas no representa una gran dificultad.” explicó Giesel. “El inconveniente surge después. Al forzar un desarrollo ajeno a su ritmo natural, sobrevienen múltiples efectos adversos, y parece que no han tomado precaución alguna para mitigarlos. Un estafador que solo codicia el dinero no tiene motivos para preocuparse por las consecuencias futuras.”

“Y usó la excusa de la maldición para cubrirse.”

“Además, aunque necesito un análisis más exhaustivo, es altamente probable que haya aplicado el hechizo sobre el suelo de los campos en lugar de las plantas mismas. Resulta más eficaz para que el efecto se propague por todo el cultivo.”

“... ¿Entonces la tierra misma está arruinada? ¿Se puede recuperar?”

“Tendría que inspeccionar el sustrato, pero habitualmente no es una tarea sencilla de realizar.”

El pronóstico era desalentador. Rensley adoptó un semblante serio mientras contemplaba las frambuesas ennegrecidas y marchitas.

“Si lo dejamos así, quizás vuelva a hacer lo mismo en otro lugar. Hay que atrapar a ese estafador y castigarlo.”

“Pondré en marcha su búsqueda de inmediato.”

“Por favor, haga eso. No me preocuparían tanto los rumores si no fuera porque el perjuicio que está causando es muy real. Aunque deseara ser indulgente, no puedo ignorar esto.”

Rensley se levantó de golpe, con determinación.

“Si el problema puede ser la tierra, tengo que ir a ver los campos otra vez. Vi que los cultivos se extienden hasta las proximidades de la mansión, así que solo iré a los que están cerca.”

Giesel no accedió de inmediato; se limitó a observarlo fijamente. Ante la confusión de Rensley, Giesel suspiró y formuló otra pregunta:

“¿Realmente piensas ocultar que eres la Gran Duquesa incluso en este lugar?

“Mmm... solo será por un momento. No sé qué mentiras habrá dicho ese estafador, pero si se divulga que soy la Gran Duquesa, me temo que la investigación se tornará complicada, ¿No cree Su Alteza?”

El ímpetu de Rensley decayó ligeramente. Según lo planeado, debían haber revelado su identidad apenas arribaron al marquesado. La responsabilidad de Rensley era presentarse formalmente ante los marqueses, concluir la visita real y retornar a Laudken. Giesel prosiguió:

“Si deseamos conocer los detalles y la naturaleza de los rumores, lo idóneo sería aprehender a esos granjeros y someterlos a interrogatorio. Para el análisis de la tierra, puedo comisionar a expertos; no es necesario que acudas tú mismo.”

“¿Interrogarlos...? No deseo llegar a tales extremos. Una indagación ordinaria será suficiente. Ellos han de ser los más afligidos por lo sucedido; buscaron prosperar y el resultado fue desastroso. Si yo me angustio cuando algo sale mal en mi pequeño huerto del invernadero, imagine cómo se sentirán ellos al perder el sustento de todo un año. Por ello intentan hallar culpables externos.” Rensley miró a Giesel y terminó confesando sus verdaderos sentimientos. “Sé que podría delegar la tarea, pero me inquieta la simple espera. No me demoraré. Solo deseo observar el terreno y dialogar una vez más con la gente. Quién sabe... tal vez exista algo que yo pueda realizar, aun sin ser un mago.”

Giesel comprendía mejor que nadie que Rensley Mallosen era una persona imbuida de curiosidad, que atesoraba el contacto humano y necesitaba actuar por cuenta propia para hallar paz. Si él no fuera así, Giesel —que siempre había habitado bajo la penumbra— jamás habría experimentado la sensación de que el sol descendía ante sus ojos. 

Tras meditarlo, Giesel asintió.

“Está bien. Procede según tu voluntad hasta que te sientas satisfecho. No obstante, por más que ocultes tu condición, no permitiré que vayas solo. Esto no es Laudken. Anton.”

“Sí, Su Alteza.”

“Cuida debidamente de la Gran Duquesa. Dado que los presenté como Comandante y Subcomandante, nadie considerará inusual que anden juntos.”

Incluso sin este contratiempo, Rensley habría deseado explorar el lugar en vez de limitarse al papel de noble reservado en una región desconocida. Giesel aún sentía que el cargo de Gran Duquesa había impuesto una leve restricción a la libertad de Rensley, por lo que decidió complacerse en que esta situación le permitiera disfrutar del viaje con mayor autonomía.

“No te lo impediré, pero te ruego que lleves esto contigo.”

“¿Qué es esto?”

Giesel le colocó personalmente un collar a Rensley. Al observar la joya con una piedra mágica azul, Rensley entrecerró los ojos con una sensación de déjà vu.

“¿Va a vigilarme de nuevo, Su Alteza?”

“No es vigilancia, sino una medida de seguridad. Aunque nos hallemos cerca de la mansión, es preciso estar prevenidos ante cualquier eventualidad.”

Rensley pareció querer replicar, abrió la boca, la cerró nuevamente y finalmente asintió, dándose por vencido.

“Está bien. Iré con mucho cuidado.”

“Me parece adecuado.”

Giesel esbozó una sonrisa, mostrando ahora una expresión satisfecha.

Al salir a las tierras agrícolas cercanas, Rensley se sentó a la orilla de un campo, tomó un puñado de tierra y dejó que se le escapara entre los dedos. Estaba seca y se deshacía con facilidad. Para alguien que no supiera de magia, parecería simplemente tierra reseca por la falta de agua. Rensley se levantó y le preguntó a un granjero que andaba por ahí:

“¿Entonces dice que no ha llovido menos que otros años?”

“Así es. Nevó mucho en invierno y el clima fue bueno. No sabe cuánto esperábamos tener una gran cosecha este año.”

La investigación no tenía mucha ciencia. En el marquesado había campos de frambuesas por todas partes y el estafador se había encargado de pasar por todos y cada uno de ellos. Dicen que los estafadores que buscan un gran golpe se esfuerzan desde antes; ese tipo anduvo desde finales del año pasado curando enfermedades leves o ayudando en el campo para ganarse la confianza de todos, y al final dio el golpe y se largó tranquilamente. 

La gente, que estuvo meses fascinada con los trucos del mago, no podía creer que los hubiera engañado. O quizás no querían aceptarlo.

“¿No se lo han enseñado a otro mago?” preguntó Rensley.

“¡Qué va! Claro que trajimos a un par. Pero lo que dijeron no sirvió de nada. Dijeron que la fuerza de la tierra murió del todo y que ni siquiera la cosecha del año que viene está segura. Pidieron un pago enorme para intentar algo, pero parecían otros estafadores, así que no pudimos confiar.”

«El verdadero estafador fue el otro, señor», pensó Rensley. Entendía cómo se sentían; ya era difícil aceptar que perdieron la cosecha de este año como para aceptar que la del próximo también estaba en riesgo. Nadie querría creer algo tan horrible.

Mientras Rensley miraba la tierra sin importarle ensuciarse las manos, una de las damas nobles que los había seguido en el paseo le habló con amabilidad:

“Señor caballero, ¿le gustan mucho las frambuesas?”

“Me gustan, pero a la Gran Duquesa le interesa mucho cuidar las plantas. Al servirle de cerca me enteré.”

“¡Vaya! ¿A la Gran Duquesa?”

“Sí. Tiene un invernadero en el castillo y él mismo cultiva las hortalizas.”

“¿La Gran Duquesa hace el trabajo del campo con sus propias manos?”

Tanto las damas como los sirvientes y los granjeros abrieron los ojos como platos. En esta región, donde la Gran Duquesa debía ser el símbolo del lujo, les costaba imaginarlo trabajando la tierra por su cuenta.

“Sí. Como vino de un país lejano del sur, cultiva plantas que no crecen bien en el norte para calmar su nostalgia.”

“Es asombroso. Aunque sea en un invernadero, debe ser difícil por el cambio de clima.”

“Así es. Tiene un gran talento para cultivar plantas.”

Haciéndose cumplidos a sí mismo sin que le temblara la voz, Rensley se metió caminando al centro del campo. La gente, en vez de seguirlo, se quedó ocupada charlando sobre la nueva información que tenían de su "misteriosa" soberana.

Rensley cerró los ojos y respiró hondo. Luego, abrió la boca con suavidad. Sus labios se movían como si dijera algo, pero casi no salía sonido. La gente común no puede entender el lenguaje de un mago espiritual; sus canciones solo llegan a los espíritus. 

Al principio Rensley tenía problemas con la respiración y soltaba sonidos extraños, pero tras entrenar con la Loba, ahora lo hacía mucho mejor.

Según ella, el talento de mago espiritual es algo con lo que se nace, pero lo importante es la capacidad de conectar y la habilidad de expresar su voluntad en un lenguaje que no es humano. La Loba le decía que un mago espiritual es como un traductor entre los humanos y lo que no es humano. Lo había felicitado porque aprendía rápido, pero todavía no llegaba el segundo invierno y Rensley nunca había usado su poder de verdad en una situación real.

Bueno, "situación real" es un decir. En el mundo humano, que siempre está en guerra, los magos espirituales solían hacerse famosos en las batallas, pero en realidad su poder no existe para la guerra. Igual que el de los magos.

Tras quedarse allí parado como si hiciera una oración en silencio, Rensley abrió los ojos un momento después. Puso un puñado de tierra en la bolsa de lino donde traía las frambuesas y se dio la vuelta.

“Comandante, volvamos al castillo.”

“¿Terminó la investigación?” preguntó Anton.

“Más o menos.”

Stann, su amigo de cuando era caballero, que lo había estado observando con atención, se acercó con curiosidad.

“¿Qué hizo allá en el campo? Se quedó ahí parado sin moverse.”

“Nada especial, solo charlé un poco con las frambuesas.”

“Su Alteza siempre tiene bromas divertidas.” Stann se rió pensando que Rensley solo bromeaba haciéndose el tonto. 

Como el entrenamiento de Rensley era un secreto que solo sabían Giesel y muy pocos, su reacción era normal. La gente pensaba que, tras tomar clases con Su Alteza, la Gran Duquesa ahora sabía un poco de magia.

Nunca se sabe cuándo aparecerá otro ambicioso como Felyx. Algún día todo el continente sabrá del talento de la Gran Duquesa del norte, pero para entonces será imposible ponerle las manos encima a Rensley Mallosen.

Mientras se preparaban para volver, se escuchó de pronto el galope de un caballo acercándose rápido. Una mujer con pantalones cómodos para cabalgar y botas de cuero se acercaba con su cabello rojo al viento. Frenó al caballo y saltó al suelo frente a ellos.

“¡Aquí están! Fui a la mansión y me dijeron que andaban en los campos, así que vine para acá.”

Rensley miró sorprendido a la dueña del caballo.

“¿Yvette? ¿Cómo llegaste aquí?”

“Ya terminé mis asuntos. Iba directo a Laudken, pero por si acaso pregunté y me dijeron que todos andaban por aquí. Tenía curiosidad por saber qué pasaba y por eso vine. Además, me quedaba más cerca.”

“¿Te fue bien con tus asuntos?”

“Sí. Me encontré con la gente del gremio después de mucho tiempo. Me pidieron ayuda con unas rutas comerciales del norte y les di una mano.”

Al terminar de hablar, Yvette notó a la multitud cuchicheando y miró a su alrededor. Vio a la gente vestida con lujos que no encajaba en un camino de tierra, y luego miró a Anton y a Rensley; pareció entender la situación y soltó un "Ah" bajito. Luego, se acercó a Anton y le sonrió como si fuera una dama que no sabía nada.

“Comandante, volvamos pronto a la mansión. ¿Sabe lo cansado que fue el viaje? Tengo muchas cosas que contarle.”

“Ah, sí. Me alegra que haya regresado bien.”

Anton, aunque desconcertado, empezó a caminar guiado por Yvette. Cuando se alejaron un poco, Rensley le susurró a Yvette al oído:

“¿No eres demasiado obvia?”

“Bastante tengo con la Princesa Freeda como para andar preocupándome por gente que ni conozco.” respondió ella.

La respuesta fue directa, muy al estilo de los hermanos. 

«Bueno, si ella lo dice...» pensó Rensley, encogiéndose de hombros y mirando de reojo a Stann. Por supuesto, la cara de Stan estaba triste, pero no parecía tener el valor de meterse entre Anton e Yvette.

“Ren, ven tú también. Eres un hombre casado, no andes ilusionando a la gente y hazte el que ya tiene dueño por conciencia.”

“Como Su Alteza mande.” respondió Rensley.

Rensley se puso al lado de su hermana. Aunque uno era su hermano y el otro alguien que aún no le hacía mucho caso, Yvette se veía contenta caminando con dos hombres guapos a los lados.

Aunque el asunto de la supuesta maldición de los campos de frambuesas los distrajo un poco, el motivo principal de la visita era socializar con la familia del Marqués. Como la Gran Duquesa “tenía un resfriado” y aún no llegaba oficialmente, Giesel tuvo que asistir solo al banquete nocturno, y solo pudo estar a solas con Rensley después de que terminó la cena.

En cuanto se quedaron solos en la habitación, Giesel frunció un poco el ceño y le advirtió con seriedad:

“Mañana, sin demora, debes revelar que eres la Gran Duquesa. No deseo asistir a otro banquete en solitario.”

“Yo tampoco quiero alargar esto. Estas bromas, si duran demasiado, terminan molestando a la gente.”

Rensley sacó la bolsa de lino y dejó caer la tierra en un plato de té vacío. Aunque Rensley dijo aquello, Giesel también sentía curiosidad, así que se sentó a la mesa y frotó la tierra con los dedos. El suelo brilló débilmente donde él lo tocaba. Tras quedarse callado un momento, Giesel asintió.

“Es cierto que la fuerza de la tierra se encuentra muy agotada. El empleo de hechizos para acelerar el crecimiento o potenciar las plantas es una práctica común; yo mismo utilicé una magia similar cuando construí tu invernadero. No obstante, para evitar el posterior agotamiento del suelo, es preciso regular la intensidad con delicadeza y mantener el equilibrio mediante otros recursos mágicos. Este individuo no tomó precaución alguna.”

“¿Su Alteza puede arreglarlo?”

“Es posible, pero requeriría tiempo. Como te he mencionado anteriormente, no soy particularmente diestro con los hechizos de restauración o curación. Son distintos a los encantamientos que solo alteran la forma o el estado. Esta tierra ha sufrido un daño considerable y necesita ser sanada…” Tras dudar un momento, Giesel miró a Rensley a los ojos y le dio su conclusión. “Le seré sincero, Lord Mallosen. No puedo dedicar tanto tiempo y esfuerzo exclusivamente a los campos de un feudo. Tampoco es factible otorgar un apoyo oficial del Gran Ducado para este asunto.”

Fue una respuesta fría, pero Rensley la entendió. Aunque las frambuesas fueran el producto famoso de aquí, no todo el marquesado vivía solo de eso. No eran un alimento básico como el grano o el ganado, así que el daño se limitaría a algunos problemas con los impuestos de este año. El estafador seguro calculó eso para elegir a los granjeros de frutas como sus víctimas.

Si el Marqués pidiera ayuda formalmente las cosas cambiarían, pero ¿acaso no habían visto hoy mismo que ni el dueño de estas tierras parecía tomarse muy en serio la mala cosecha? 

Hay muchas zonas en el norte con problemas agrícolas. Si el Gran Duque Giesel, el mejor mago que gobierna todo Oldenlandt, se esforzara personalmente por los campos de un noble en particular, sería una historia bonita, pero como él dijo, no sería algo «equilibrado». Rensley, aunque llevaba poco tiempo en su cargo, ya entendía eso.

“He emitido la orden de búsqueda para ese mago; será capturado a la brevedad. Lo castigaremos por estafa y por calumniar a la Gran Duquesa; servirá de escarmiento para todo el norte.” dijo Giesel para consolarlo.

Rensley jugueteó con la tierra en silencio y luego miró fijamente a Giesel.

“... Parece que tienes algo más que decir.” observó el Duque.

“Verá, hay algo que quiero intentar…”

Giesel asintió para que continuara.

“Cuando fui al campo, revisé un poco la situación. Normalmente, en un campo donde crecen plantas, debería haber tantos espíritus que casi hacen ruido aunque yo no les hable... pero estaba todo en silencio.”

“Es comprensible; se trata de una tierra carente de vitalidad.”

“Como sabe, el mundo de los espíritus es diferente al mundo físico; no se trata solo de quitar algo de un lado para llenar otro, ni de que uno más uno sean dos. La restauración de la que habla también funciona diferente para mí. Todavía no estoy seguro, pero... si le dedico algo de tiempo, creo que yo podría recuperarlo.”

Rensley sentía que su poder mejoraba con el entrenamiento y su maestra lo había felicitado varias veces, pero nunca lo había usado de verdad. En una batalla contra monstruos, un error puede costar la vida, así que hay que ser muy cuidadoso. No era algo que se pudiera «intentar» así como así. Pero ahora era primavera, los monstruos dormían y esto era solo un campo de frambuesas. Si lograba revivir los campos sería lo mejor para todos, y si fallaba, quedaría como un secreto entre Giesel y él; nadie se enteraría.

... No había razón para no intentarlo. Giesel pareció llegar a la misma conclusión y se enderezó en su silla. Él, que deseaba poseer todo el conocimiento, aún no sabía mucho sobre los magos espirituales, así que en sus ojos ámbar se notaba la curiosidad.

“¿Cuánto tiempo necesitas?”

“Con esta noche bastará.” Rensley acercó su silla y miró a Giesel a los ojos. “Seguro que aquí nadie sabe lo que es un mago espiritual, pero por si acaso... todavía me cuesta manejar a los espíritus si tengo que estar pendiente de lo que me rodea, así que, por favor, ponga una barrera para que pueda concentrarme.”

“Está bien.”

Así cerraron el trato en el marquesado, sin que el Marqués supiera nada. 

Si el Gran Duque dijera que iba a salir a esa hora, el Marqués saldría corriendo a preguntar qué pasaba y los caballeros no dormirían queriendo acompañarlo. Rompiendo un poco la regla de que el Rey siempre debe ir escoltado, los dos decidieron tener una salida nocturna secreta.

“La luna brilla bastante.”

Una lámpara creada con magia de luz flotaba frente a ellos guiándolos. Rensley tomó la mano de Giesel y este entrelazó sus largos dedos con los de él. Rensley susurró riendo:

“Parece que hace mucho que no salimos los dos solos. Últimamente siempre tenemos a un sirviente o a un caballero cerca.”

“¿Te agrada?”

“Claro. Hasta me pongo nervioso sin motivo.”

Giesel sonrió satisfecho al oír eso. Se miraron, compartieron una sonrisa y apuraron el paso. Rensley entró entre las filas de arbustos de frambuesas. Aunque estaban secos y marchitos por el engaño, los arbustos bien cuidados le llegaban a la cintura. Las hojas se sentían tristes al contacto, pero si tenía éxito, recuperarían la vida pronto.

Llegaron al centro del campo. Solo la luz de la lámpara de Giesel y el brillo de la luna y las estrellas iluminaban las sombras del campo y a ellos dos.

“Empecemos aquí.”

Rensley se detuvo. Giesel y su luz también se quedaron quietos. El Duque recitó un breve hechizo y una barrera invisible se extendió desde ellos hasta los bordes del campo. No hacía falta cubrir todo el terreno, pero sí lo suficiente para ocultar lo que Rensley iba a hacer.

Rensley respiró hondo. Se sentía un poco tímido porque nunca había mostrado su poder espiritual frente a otros de verdad. Aunque los magos espirituales y los magos son diferentes, sentía que Giesel notaría enseguida cualquier torpeza.

«Es normal ser torpe, acabo de empezar. Está bien, concéntrate» se dijo Rensley a sí mismo y cerró los ojos. Empezó a susurrar palabras que parecían solo para él.

Giesel se quedó cerca observándolo. La Loba no dejaba que nadie entrara a las clases de Rensley, así que Giesel casi no lo había visto usar su poder. La boca de Rensley decía palabras en un idioma que Giesel no conocía; sonaban como un poema, una canción o un susurro. Parecía un mago diciendo un hechizo, pero si se observaba con atención, era totalmente diferente.

Para un mago, un hechizo es una orden para ejecutar una fórmula. Siempre se usa el mismo para la misma magia, y todos los magos que usan el mismo principio se aprenden el mismo comando. Claro, eso solo si es el lenguaje de un mago. Una persona normal que no sepa manejar la energía mágica no logrará nada aunque diga las palabras. Un mago excelente puede crear hechizos nuevos o mejorar los que ya existen para que sean más potentes. Con la práctica, los magos usan sus propios métodos para que nadie note sus intenciones, y llega un momento en que no necesitan decir las palabras, pero al principio todos tienen que repetir los enunciados una y otra vez.

Los hechizos de magia baja son cortos y fáciles, pero los difíciles son tan complicados de memorizar que los principiantes suelen empezar por ahí. Giesel también empezó a aprender magia así antes de cumplir los diez años, pero el lenguaje de Rensley era diferente a un hechizo. 

Sus palabras tenían expresión y matices. Aunque Giesel no entendía nada, a veces era un susurro, luego un grito firme; pasaba de ser una oración solemne a una canción alegre.

Mientras Giesel escuchaba la voz de Rensley, miró a su alrededor. En el campo que estaba oscuro —salvo por su pequeña luz mágica— empezaron a aparecer luces como si fueran luciérnagas. Se dice que la gente común no puede ver a los espíritus. 

¿Sería por estar dentro de la barrera de Giesel, o porque el Duque no era una persona común? Él también se quedó fascinado al ver aquello por primera vez en su vida y no podía dejar de mirar esa escena tan mística.

Las luces tenían una especie de estela semitransparente, flotaban y se movían por el aire como si nadaran. El número de esferas luminosas aumentaba en silencio hasta que iluminaron todo el campo dentro de la barrera. Parecía que volaban sin rumbo, pero al observar bien, Giesel notó que giraban alrededor de Rensley, alejándose y acercándose una y otra vez.

¿Qué son los espíritus? A veces los magos discuten sobre este tema. Algunos incluso niegan que existan, dependiendo de la teoría que sigan.

Un mago que maneja un poder invisible tan vasto a veces sucumbe a la arrogancia, creyéndose por encima de todas las cosas, y ese orgullo termina por arruinarlo. No obstante, un mago espiritual, de aquellos que nacen solo una vez cada cientos o miles de años, jamás podría ser así. ¿Cuántas maravillas que el ojo humano es incapaz de percibir conforman este mundo y lo hacen girar?

Las luces que orbitaban se congregaron alrededor de Rensley. En la oscuridad de la noche, solo él resplandecía con una luminiscencia blanca. Su cabello rubio, agitado por el viento, semejaba ahora hilos de plata pura. Lucía como un ser de otro mundo, y Giesel sintió, por un instante, que no sería extraño que su compañero se desvaneciera junto con los espíritus en ese preciso momento. 

Sin darse cuenta, apretó los puños con fuerza.

El idioma desconocido que Rensley susurraba llegaba con nitidez a los oídos de Giesel. Poseía la cadencia de una canción, o quizás la de aquella risa que el Duque tanto amaba. Giesel percibió que Rensley estaba intercambiando saludos con los espíritus.

Entonces, comenzó a escuchar sonidos que no emanaban de Rensley. Las esferas luminosas que giraban se agruparon súbitamente y ascendieron hacia el firmamento, formando una masa vasta como una nube. Giesel entrecerró los ojos ante el intenso brillo; entonces, aquella masa se disgregó en gotas, y cada una de ellas comenzó a estallar como si de una pequeña explosión se tratara.

Los fragmentos de luz descendieron en silencio, brillando con una intensidad renovada y repitiendo el ciclo varias veces, hasta que finalmente cayeron como lluvia sobre la tierra, bañando todo el interior de la barrera con un matiz plateado. Giesel permaneció absorto observando a Rensley, quien, inmerso en tal resplandor, se veía casi níveo.

¿Cuánto tiempo habría transcurrido? La luz que lo impregnaba todo se fue disipando gradualmente, como si el suelo la absorbiera, y el campo retornó a la penumbra de la noche. 

Cuando Rensley recuperó sus colores naturales y abrió los ojos con tranquilidad, Giesel finalmente habló:

“¿Has terminado ya?”

“Uff…” Rensley exhaló un largo suspiro, miró a Giesel y sonrió. “Sí. Eso creo.”

Se mostraba visiblemente exhausto. Giesel se aproximó, le rodeó los hombros con el brazo para sostenerlo y Rensley se reclinó en él sin oponer resistencia alguna.

“¿Te encuentras fatigado?”

“Un poco. Pensaba que este tipo de labor sería mucho más sencilla que combatir... Pelear es más peligroso, desde luego, pero revivir un campo no parece ser una tarea más liviana.”

“No poseo un conocimiento profundo sobre el manejo de los espíritus... pero para restaurar una tierra que ha perdido su vitalidad, es lógico que el proceso resulte complejo.”

“Su Alteza mencionó que era imperativo mantener el equilibrio, ¿no es así? No bastaba con convocar únicamente a los espíritus de la tierra.”

Giesel depositó un beso en el cabello de Rensley. Aquella melena rubia y suave emanaba, por alguna razón, un aroma a viento gélido, a pesar de que no debería oler así en esta estación. Giesel cerró los ojos y susurró:

“Quizás se deba a la barrera, pero he podido ver vagamente la presencia de los espíritus.”

“¿De verdad? ¡Pero me han dicho que nadie que no sea un mago espiritual es capaz de verlos! ¿Acaso Su Alteza también posee ese talento?”

“Si así fuera, me habría percatado durante mis años de instrucción mágica. Las circunstancias actuales eran excepcionales y, además, puesto que albergo una bestia mágica en mi interior, es difícil establecer una comparación con una persona ordinaria.”

Rensley mostró una expresión de desconcierto. No lograba discernir si lo que Giesel decía le complacía o le disgustaba. El Duque lo contempló con una sonrisa sutil.

“Jamás me había alegrado de poseer esta habilidad, salvo en los enfrentamientos contra monstruos... no obstante, en una noche como esta, considero que es una fortuna.”

“¿Y qué le ha parecido? ¿Lucía bien?”

“Ha sido místico. Y profundamente hermoso.”

“Ah... ¿se refiere a mí?”

“Sí. A ti.”

Rensley había formulado la pregunta en tono de broma, pero al recibir una respuesta tan seria, se sonrojó y rió con timidez. 

En lugar de proseguir con la charla, se acuclilló. Lo que ahora iluminaba el campo de frambuesas —ya sin la presencia de los espíritus— era nuevamente la lámpara mágica de Giesel.

“Mire esto. Las hojas se ven mucho más vivas.”

“El aroma también ha cambiado.”

De la tierra, los tallos y las hojas que antes permanecían marchitos, emanaba ahora una fragancia fresca de vida. Era perceptible incluso en la penumbra, por lo que, al salir el sol, el paisaje que presenciaría la gente sería similar a un milagro.

La sonrisa de Rensley al examinar las frambuesas rebosaba entusiasmo. Era la primera ocasión tras la boda que emprendía un acto de tal magnitud sin la guía de su maestra, y por fortuna había resultado un éxito. Aquella sensación de lograr sus propósitos por cuenta propia siempre hacía que su corazón palpitara con fuerza. 

Giesel no le quitaba la vista de encima, mostrándose plenamente satisfecho.

“Por ahora solo se restaurará esta zona.” explicó Rensley. “No obstante, con el transcurso del tiempo, todos los campos vinculados por las venas de la tierra recuperarán su vigor.”

“¿Existe algo más en lo que pueda ayudarte?”

“Sí. Por favor, elabore una poción mágica. Una de naturaleza sencilla que pueda prepararse incluso aquí en la mansión.”

“¿Una medicina?”

“Dijo que no era muy hábil en la magia de restauración, pero sé que algo de menor escala no representa un problema para Su Alteza. Una medicina que surta efecto en un área reducida, como bajo los pies. Yo no soy tan honesto como para realizar buenas acciones en el anonimato. Ya que he brindado mi ayuda, deseo que se me reconozca debidamente.”

¿Para qué querría una poción en un campo que ya había revivido? Giesel lo observó con extrañeza y Rensley rió con picardía.

“Toda la gente del feudo debe presenciar con sus propios ojos cómo la "Gran Duquesa maldita" devuelve la vida a los cultivos.”

“Ya comprendo.”

Giesel captó finalmente su intención y sonrió con él.

“Pero de nada sirve que los arbustos recuperen su fortaleza si el sabor no es bueno. Veamos... ¿tendrán un gusto adecuado?”

Rensley recolectó dos frambuesas. Bajo la luz de la lámpara, los frutos, ahora firmes, lucían frescos y desprendían una fragancia agridulce.

“Mmm.” Rensley se introdujo una frambuesa en la boca, abrió los ojos con sorpresa y acto seguido colocó la otra en los labios de Giesel. 

El Duque la aceptó por sorpresa, la masticó y asintió.

“No está nada mal.”

“Las frutas que crecen a la intemperie poseen un aroma más intenso, por eso me agradan tanto. Con razón son tan populares. Puesto que yo las he restaurado, considero que tengo el derecho de consumirlas gratis.”

Rensley recolectó unas cuantas más y se las llevó todas a la boca al mismo tiempo. Al sentir el sabor fresco y dulce de la primavera inundando su paladar, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.

“¡Están riquísimas! Solo he invertido una noche y siento como si yo mismo las hubiera cultivado, me causa un gran orgullo. El licor que elaboren este año será, sin duda, exquisito.”

“¿Te gustan?”

“¡Claro que sí!”

Los espíritus convocados por Rensley no solo habían revitalizado los arbustos de frambuesas, sino también las flores silvestres y la hierba que permanecía oculta entre los surcos. Rensley, que se había sentado directamente sobre la hierba mullida entre los arbustos para examinar los frutos, fue imitado por Giesel, quien se agachó para quedar a su altura. Rensley le extendió una frambuesa.

“Su Alteza, coma más. Ah.”

No obstante, Giesel, en lugar de aceptar la fruta, permaneció observando fijamente a Rensley, ignoró su mano y acercó su rostro. Le dió un beso que resonó suavemente.

“Mmm.”

Rensley se sobresaltó ligeramente ante el ataque inesperado, pero solo fue un instante. El aire nocturno del norte conservaba poco de la calidez primaveral. Al percatarse de aquel frío que no había notado antes del beso, el calor de Giesel le resultó reconfortante. Rensley extendió los brazos, rió entre dientes y se refugió en el interior de la capa de su esposo.

Sus labios se unían y separaban con un sonido dulce y breve, como el de las frambuesas recién cortadas, pero paulatinamente el beso se tornó profundo y denso, evocando la fruta madura. Sin determinar quién había comenzado, sus lenguas se buscaron y se exploraron mutuamente con calma y suavidad.

A diferencia de las frutas, en lo que a los besos respectaba, Giesel se mostraba como un comensal mucho más paciente. Mientras que los pequeños frutos los engullía al instante, la lengua de Rensley no la liberaba con tal facilidad. Exploraba cada rincón, mordisqueaba y succionaba con calma, deleitándose en cada segundo.

“Ah... mmm.”

Rensley, que ahora le entregaba su lengua en lugar de los frutos, fue incapaz de contener un gemido entrecortado al sentir que su sensibilidad se agudizaba. A pesar de que la oscuridad lo envolvía todo, cerró los ojos.

Las yemas de los dedos de Giesel recorrieron el cuello blanco que asomaba por la camisa. Los labios y la mandíbula de Rensley temblaron simultáneamente.

“Ah…”

Giesel acarició sus mejillas y finalmente liberó sus labios. Continuó lamiendo el contorno de la boca de Rensley, quien exhalaba suspiros cálidos, y le susurró con voz baja:

“Sabes a frambuesa.”

“Pero si ni siquiera ha degustado las frutas adecuadamente…”

Giesel hundió el rostro en la apertura de la camisa y rozó su nariz contra la piel de Rensley. Aquel contacto le provocaba cosquillas y ganas de reír, pero el prolongado beso había comenzado a encender el cuerpo de Rensley. 

En lugar de una carcajada, soltó un gemido bajo y encogió los hombros, provocando que Giesel aproximara aún más su rostro.

“Tu cuerpo también emana un aroma a frambuesas.”

“No soy yo. Es porque hay muchos frutos alrededor y por eso le parece.” respondió Rensley sintiéndose algo tímido, aunque sabía perfectamente que Giesel lo decía con intención. 

El Duque se despojó con rapidez de su capa azul oscuro mientras se besaban y la dejó caer sobre la hierba.

“Personalmente, prefiero los tomates que tú cultivas antes que estas frambuesas.”

“Pero si... Su Alteza los come todos los días…”

“En efecto; no obstante, la primera vez que los degusté, me sorprendió gratamente ese sabor tan distintivo.”

Mientras sentía el roce de la piel, Rensley no lograba discernir si Giesel hablaba de tomates reales o de otra cosa. Los dedos largos y blancos del Duque se deslizaron bajo la camisa de Rensley y comenzaron a acariciar su piel desnuda. Rensley apretó los labios para que no se le escapara ningún sonido de excitación.

Como a Rensley le gustaba la ropa holgada que no restringiera sus movimientos, incluso después de convertirse en Gran Duquesa solía usar camisas tipo túnica. Gracias a ello, Giesel podía tocar su piel suave siempre que lo deseara.

“Ah…”

Giesel pellizcó suavemente sus pezones, que ya se encontraban erectos bajo la tela. Cada vez que Giesel le recordaba la existencia de esos puntos sensibles con sus dedos o sus labios, detalles que Rensley solía pasar por alto, él se sonrojaba intensamente sin que nadie lo viera. Como Giesel lo buscaba con frecuencia, día y noche, sus pezones se sentían ahora más sensibles e hinchados que en el pasado.

“Ya están prominentes.”

Rensley pensó que Giesel lo decía para molestarlo, pero lo siguiente que pronunció no tenía relación alguna.

“¿Has sentido frío?”

“No tanto como para decir que tengo frío.”

Rensley respondió riendo bajito, y Giesel lo estrechó con fuerza como si quisiera aprisionarlo para luego dejarse caer sobre él, usando su peso. El suelo estaba cubierto de hierba fresca, pero Rensley aterrizó sobre la capa de Giesel, por lo que el contacto fue suave. El Duque le subió la camisa hasta el cuello y comenzó a besar y acariciar su pecho, que resplandecía blanco bajo la luz de la luna.

Rensley levantó un poco la cabeza, observó a Giesel con duda y susurró:

“Espere... ¿Su Alteza planea continuar aquí?”

“¿No puedo?”

Los labios de Giesel atraparon su pezón. Su lengua lo presionaba con firmeza y lo succionaba simultáneamente, provocando que a Rensley se le escapara un sonido similar a un sollozo mientras se cubría la boca. 

A Giesel no le importó el esfuerzo de su compañero y continuó perturbando su piel sensible. Producía sonidos de succión que resultaban demasiado audibles en el silencio de la noche, mordiendo y chupando como si quisiera extraer algo de donde no había nada.

Solo sintió frío el instante en que le subieron la camisa. Mientras las manos y los labios de Giesel recorrían su anatomía perturbando su piel tersa, el cuerpo de Rensley se caldeó tanto que el aire nocturno dejó de importar. La mano que acariciaba su pecho se trasladó a su espalda y comenzó a deslizarse por su columna.

“Ah…”

Rensley experimentó un escalofrío. Sujetó los hombros de Giesel e intentó detenerlo, aunque sin aplicar verdadera fuerza.

“Ni siquiera es el jardín... estamos fuera de la mansión, Su Alteza.”

“La barrera permanece activa; nadie puede vernos.”

“Aun así me siento... ¿Por qué de repente, ah, le han dado ganas?”

“Quería sentir que estás aquí.”

Fue una respuesta inusual. No percibía que hubiera ocurrido nada excitante antes, ¿Por qué en este sitio? Giesel dio una respuesta ambigua ante la duda de Rensley, le acarició la parte interna del muslo y pegó los labios a su oído. Rensley le dio un leve golpe en el hombro.

“Si no me he marchado a ningún lado, ¿Por qué Su Alteza se pone así?”

“Quién sabe.”

“La mansión del Marqués se encuentra justo al lado…”

“Deseo hacerlo ahora.”

“¿Habla en serio?”

“¿Tú no lo deseas?”

“No he dicho que no quiera.”

“Entonces, ¿Cuál es el impedimento?” La expresión de Giesel al preguntar era de absoluta seriedad. 

«¿Seré yo el extraño?» pensó Rensley. El Duque se mostraba tan seguro y firme que Rensley no supo qué replicar. Giesel, al notar su silencio, intentó persuadirlo.

“Lord Mallosen, aunque nos hallemos en el feudo del Marqués, todo el territorio de Oldenlandt se encuentra bajo tu dominio. Tienes la potestad de hacer lo que desees, en el momento y lugar que elijas. En esta tierra no existe nada que nos esté vedado.”

“No es eso... me refiero a que es vergonzoso.”

“Es importante que comiences a preocuparte menos por la opinión ajena. ¿Quién osaría avergonzar a la Gran Duquesa de Oldenlandt?

“¡Es Su Alteza quien me está avergonzando en este momento!”

“Cierto. Es un privilegio que me pertenece exclusivamente a mí.”

Al oír aquello, a Rensley se le encendieron las orejas. Comprendió que nada de lo que dijera surtiría efecto. Giesel era alguien que había nacido para ser Rey. 

Como no le importaba la mirada de los demás, tampoco le importaba donde. Para él era indistinto la cama de seda del piso más alto de Laudken que un campo de frambuesas bajo el firmamento. Poseía la corona y la reputación del mago más poderoso; con tal poder, ¿A qué habría de temer Giesel Zvendard?

La única razón por la que el Gran Duque solía buscar privacidad era porque Rensley aún conservaba el pudor de una persona común; a Giesel no le importaba su propia imagen, pero detestaba que otros contemplaran a Rensley en la intimidad. 

Ese deseo de posesión tan privado era lo único que no parecía propio de un rey, y Rensley atribuía ese rasgo a la falta de instrucción adecuada en su familia antes de tener pareja.

“Considerémoslo una recompensa.” añadió Giesel de pronto.

“¿Una recompensa?”

“He resultado vencedor en la carrera ecuestre de hoy, ¿No es así? Ciertamente, esto me resulta mucho más atrayente que las frambuesas.”

Giesel improvisó una excusa para permanecer allí, le mordisqueó el lóbulo de la oreja, lamió el cartílago interno y continuó moviendo sus manos sobre la tela.

“Ah... mmm.”

A Rensley se le entrecortó la respiración. Con los labios tan próximos a su oído, hasta el aliento le provocaba vértigo. Giesel le acarició la mejilla con los labios y volvió a capturar su boca. El beso, ahora que estaban tendidos, era mucho más húmedo que el anterior.

Cuando el calor dulce comenzó a recorrerlo de la cabeza a los pies, Rensley perdió la voluntad de apartar al hombre que lo besaba y lo succionaba. 

«Si esto es parte del poder, pues a disfrutarlo» pensó. Aunque todavía le resultaba extraño estar entregándose allí fuera, Rensley cambió de parecer.

Enredó los dedos en el largo cabello negro de Giesel y lo acarició con lentitud. Al rozar el cuello robusto que permanecía oculto, Giesel soltó un quejido de satisfacción desde lo más profundo de su garganta. Se separaron ligeramente y se contemplaron. 

A medida que la noche avanzaba, la luna brillaba con más fuerza. Rensley observó los ojos ámbar de Giesel, que lo miraba con el cabello revuelto cayéndole hasta el suelo y sus ropajes desordenados tras haber arrojado la capa real, y sintió que ya nada importaba.

Con las mejillas encendidas, Rensley sonrió con serenidad, enredó un mechón del suave cabello negro de Giesel en sus dedos y le dio un beso.

“¿Sabe una cosa, Su Alteza? La gente común a veces se une íntimamente en los campos de cebada o trigo durante la cosecha.”

“... En tal caso, consumar nuestra unión en un campo de frambuesas no resulta una práctica tan inusual.”

“Mmm... aunque jamás escuché que lo hicieran en un campo de frambuesas.”

Giesel le despojó de los pantalones. Los campos de trigo son altos y ocultan a las personas, pero el de frambuesas no ofrecía tal refugio. Bajo los arbustos bajos, sobre la hierba bañada por la luna, Rensley quedó semidesnudo y rió sintiéndose extraño.

Giesel no rió; en su lugar, colocó la pierna desnuda de Rensley sobre su hombro y comenzó a besarlo desde el tobillo. Eran besos secos, sutiles, pero dada la situación, la piel de Rensley ardía. Cuando los labios ascendieron hasta el interior de la rodilla y el muslo, y Giesel lo mordisqueó levemente, Rensley no pudo evitar sacudir la cintura.

A pesar de la excitación, una pequeña preocupación cruzaba la mente de Rensley. A diferencia de sus aposentos, aquí no disponían de preparativos; ¿Podría recibirlo sin el aceite perfumado?

Como si le leyera el pensamiento, Giesel desprendió un colgante de su cinturón. Era un pequeño frasco de aceite perfumado que los nobles portaban como fragancia. No había sido creado para tal fin, pero los objetos no siempre se emplean según su diseño original. Rensley rió entre dientes.

“Qué bien preparado viene.”

“Es una mera coincidencia.”

Experimentó una sensación inusual cuando el aceite resbaló entre sus nalgas, expuestas al aire nocturno. Aunque el fluido estaba tibio, Rensley tembló ligeramente. 

En la cama, a Giesel le complacía calentar el cuerpo de Rensley con extrema lentitud, tanto que a veces Rensley quería protestar. A menudo pasaba largo tiempo empleando solo manos y labios hasta que Rensley, casi en llanto, le suplicaba que entrara.

No obstante, parecía que el Duque tampoco deseaba permanecer allí, pues llevó la mano atrás de inmediato. Rensley inspiró profundamente y miró hacia el firmamento. Las estrellas se distinguían con nitidez en el cielo azabache. Al cerrar los ojos, percibía con total claridad los dedos de Giesel acariciando su piel humedecida.

“Ah... mmm.”

Había menos aceite de lo normal, pero su cuerpo reaccionó más rápido que siempre con esas pocas caricias. Los dedos empezaron a abrirlo poco a poco. 

Rensley, temblando por el placer que empezaba a sentir, no quería ser el único que perdiera la calma, así que le abrió la ropa a Giesel. Acarició su pecho fuerte y sus hombros desnudos, intentando compartir con él el calor que sentía.

Como respuesta, los dedos de Giesel entraron más profundo. El interior, que ya estaba caliente, se abrió sintiéndose un poco apretado. Rensley respiró fuerte y se tragó el gemido que casi se le escapa. Giesel le susurró al oído con voz excitada:

“No es necesario que te contengas.”

“Ya... ya lo sé, pero…”

Saberlo no era lo mismo que sentirlo. Rensley apretó los labios y Giesel, aún más excitado, lo abrazó con fuerza. El Duque no intentó abrirlo bruscamente; movía los dedos lentamente por dentro, acariciando para despertar su interior que aún estaba cerrado.

“Ah... mmm... Su Alteza... no me toque... así…”

Los dedos presionaban con suavidad su punto más sensible, sacándole chispas de placer, y cuando sentía que esa sensación se le subía por el vientre, los dedos salían. Como se retiraban antes de que pudiera disfrutarlo bien, su interior se contraía solo intentando atrapar el placer. 

Su abdomen se puso tenso.

“Mmm... ah…”

Se sentía perfectamente cómo su entrada se apretaba fuerte intentando retener los dedos cada vez que salían. A Rensley se le pusieron las puntas de las orejas rojas en la oscuridad. Giesel repitió eso varias veces para acostumbrarlo y luego metió otro dedo; se notaba una sonrisa en su voz.

“Si no lo hago de esta manera, dirás que te duele.”

“Ah... aunque me duela un poco... lo... lo aguantaré... ah... mmm…”

Giesel no respondió, sus movimientos seguían siendo pausados y suaves. Pero cada vez tardaba más en entrar y salir; entraba más profundo y se quedaba más tiempo.

“Ah... mmm... ah…”

Sentía como si le hicieran cosquillas de placer por dentro y su cintura no dejaba de moverse. Rensley dejó de hablar y se tapó la boca con el dorso de la mano para aguantar los gemidos que cada vez eran más fuertes. Pero no podía controlar su respiración; sus jadeos eran tan fuertes como gemidos bajos. Aunque el aire de la noche era fresco, el lugar donde estaban parecía calentarse más y más.

Giesel no le quitaba la vista de encima a la cara de Rensley mientras lo preparaba con la mano. Ver a Rensley tapándose la boca con las manos y arrugando la capa para aguantar el placer parecía excitarlo más, y sus movimientos se volvieron un poco más bruscos. El miembro de Rensley, que estaba apoyado contra su vientre, empezó a moverse como si estuviera a punto de soltar algo sin que nadie lo tocara.

“Ah... Su Alteza... ya... basta…”

Giesel entendió perfectamente lo que quería decir con ese "basta". Soltó un suspiro caliente y se incorporó un poco. Se bajó un poco la ropa y su pene, que ya estaba tenso desde hacía rato, apareció. Era imposible no notar su tamaño incluso en la oscuridad.

“Ah…”

En cuanto salieron los dedos, el miembro se pegó a su entrada. Rensley se tragó un gemido al sentir el glande grueso rozando su entrada, sintiéndose abrumado desde ya. 

Giesel tomó los brazos de Rensley e hizo que lo abrazara por la espalda. Se metió entre sus piernas abiertas, le agarró la cadera y empezó a meter su miembro duro lentamente en ese interior que aún estaba apretado.

“Ah... mmm... ah... ¡ah!”

“Mmm…”

Mientras su interior tragaba ese grueso miembro, Rensley no podía ocultar que le costaba y su cuerpo se estremecía como si tuviera dolor. Apretó los brazos alrededor de la espalda de Giesel y sus dedos arrugaron la tela de su ropa en vez de la capa. 

Aunque él mismo había pedido que entrara por la excitación, estar allí fuera desnudo de cintura para abajo se sentía raro y su cuerpo no respondía igual. Su interior, que ya estaba preparado, se contraía rápido y apretaba lo de Giesel tanto que casi dolía.

“Está... demasiado estrecho.”

La voz de Giesel, que siempre era calmada, también temblaba. Rensley tenía la cara roja por esa sensación tan fuerte que estaba entre el placer y el dolor. Giesel detuvo el movimiento de su cintura para darle un respiro, pero Rensley susurró negando con la cabeza.

“Siga... mmm... siga, por favor... Ah... yo... lo aguantaré bien…”

Aunque sabía que estaban solos, esa sensación de estar en un lugar nuevo se mezclaba con la excitación y los nervios, y su corazón latía con muchísima fuerza. Sentía que le faltaba el aire solo de estar ahí acostado. Como los nervios y el placer eran tan fuertes, no podía tomárselo con calma como siempre.

Giesel empujó su cintura de golpe. Rensley no pudo evitar levantar la voz al sentir ese peso hundiéndose en su vientre.

“¡Ah! ¡Ah!”

Sin darse cuenta, apretó con fuerza la capa que tenía debajo. Sus muslos y nalgas se pusieron tensos por instinto y todo su cuerpo, desde la cintura a los hombros, empezó a temblar. La mano grande de Giesel acarició suavemente la parte de afuera de sus muslos tensos. Le pegó los labios al oído y le susurró con cariño para calmar su dolor:

“Bien sé que eres capaz de soportarlo todo, pero…”

“Ah... mmm... ah... ah…”

“No deseo que tengas que aguantar nada, ahora que hemos venido de viaje para que te distraigas.”

Se oyó el ruido de los arbustos de frambuesas moviéndose con el viento, y Rensley abrió los ojos. Pero no fue el viento lo que movió los arbustos, sino un hechizo de Giesel. Con un gesto de su mano, las frambuesas rojas se soltaron de las ramas, volaron por el aire y cayeron sobre el pecho de Rensley.

«¿Qué va a hacer?» se preguntó Rensley con la mirada, viendo las frutas caer sobre su ropa y su piel. Giesel, sin decir nada, atrapó con la boca una frambuesa que estaba cerca de su pezón. Sus labios suaves rozaron el pezón levantado de Rensley y él soltó un gemido corto. 

Giesel, con la frambuesa en la boca, se incorporó y bajó la cara hacia él. Cuando sus labios se juntaron profundamente, la frambuesa pasó de su boca a la de Rensley.

“Mmm…”

El fruto estaba tan maduro que se deshacía con la mínima presión. Ante el roce de la lengua, se rompía liberando todo su jugo. Ya no era posible distinguir si era la lengua de Giesel explorando su boca o la frambuesa deshaciéndose. Rensley también movió su lengua con ímpetu para corresponder a aquel beso tan dulce.

“¡Ah!”

Mientras permanecía distraído por el sabor dulzón, aquello que lo llenaba por debajo se hundió una vez más con fuerza. Rensley contrajo el entrecejo y tembló, pero continuó con la boca ocupada.

“¿Cuál es tu juicio sobre su sabor?” preguntó Giesel al soltar sus labios con naturalidad. 

Rensley no pudo responder de inmediato, se quejó un poco y finalmente logró articular:

“Dulces…”

Giesel volvió a bajar los labios a su pecho. Esta vez atrapó el pezón de Rensley con los labios de forma muy clara, fingiendo que se había equivocado al intentar agarrar una frambuesa.

“Ah... mmm.”

La segunda frambuesa pasó de boca a boca y se deshizo entre sus lenguas. El aroma fresco y el sabor dulce llenaron su nariz y su boca. Mientras los sentidos de Rensley estaban concentrados solo en el olor y el sabor, Giesel empujó su cintura con fuerza para meter el resto de su miembro. Para cuando recibió la tercera, cuarta y quinta frambuesa, Rensley ya ni siquiera podía tragarlas bien y gemía casi llorando. Con cada trago de jugo, el miembro de Giesel entraba más profundo hasta llegar al fondo de su vientre, donde sentía que palpitaba con fuerza.

“Ah... mmm... muy... profundo…”

Antes de terminar de hablar, lo que lo llenaba salió lentamente. Rensley retorció la cintura y apretó su interior. Tenía la comisura de la boca manchada de jugo pegajoso. Sentir la forma del glande rozando sus paredes internas mientras salía resultaba más dulce que el sabor de las frutas en su lengua.

“Ah... ah... ah…”

Rensley no podía parar de gemir mientras jadeaba y todo su cuerpo temblaba. Por el placer, su abdomen se hundía y su espalda se arqueaba. Giesel sujetó su cadera con sus manos grandes para estabilizarlo.

“Relájate... Rensley.”

“Ah... mmm... ah…”

“Vamos... mírame.”

La paciencia de Giesel también se agotaba. Se contuvo de acelerar el ritmo y se movió pausadamente unas cuantas veces, y en cada ocasión Rensley intentaba fijar la mirada en él pese a tener la visión nublada. Ver a su Gran Duquesa intentando no sucumbir ante el placer y esforzándose por sostenerle la mirada, hacía que Giesel se sintiera plenamente satisfecho antes de entregarse al movimiento frenético.

Le gustaba el Rensley serio del trabajo, el de la sonrisa alegre, el que bromeaba sin asustarse de nada, y también el místico que gobernaba a los espíritus envuelto en luz blanca... pero el Rensley Mallosen que no sabía cómo reaccionar, que sollozaba y se desmoronaba sin poder articular palabra, pertenecía únicamente a Giesel Zvendard.

“Ah... mmm... ¡ah! ¡ah!”

Giesel no esperó más y empezó a mover su cintura con toda la fuerza que sentía. Con cada golpe fuerte contra su interior, Rensley soltaba gritos que no podía controlar. En el silencio de la noche, donde solo imperaba el viento, los jadeos de ambos hombres y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando se escuchaban con absoluta nitidez.

“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”

“Mmm... Rensley.”

Giesel susurró su nombre y se inclinó aún más. Sus pechos se pegaron por completo. Rensley, aguantando el peso del hombre encima, jadeaba con más fuerza. Las frambuesas que aún quedaban en su piel y en su camisa terminaron de aplastarse; su pecho se mojó y sus cuerpos resbalaban uno contra el otro. Cuanto más peso sentía, más se apretaba su interior alrededor de aquel miembro firme.

“Mmm…”

Giesel soltó un gemido bajo y abrazó a Rensley por el cuello y la espalda al mismo tiempo para levantarlo. Al quedar sentados cara a cara, la penetración fue aún más profunda.

“¡Ah!”

Rensley levantó la voz y echó la cabeza hacia atrás. Su cara, que antes estaba en la sombra de Giesel y los arbustos, quedó bajo la luz de la luna; su cabello rubio brillaba suavemente en la oscuridad. Giesel se detuvo un momento para mirar a su amante bajo la luz de la luna.

Rensley, que intentaba recuperar el aliento tras tanto placer, miró a Giesel y le sonrió con travesura. Le agarró los hombros, le dio unos besitos y empezó a mover él mismo su cintura.

“¿Quiere... ah... que me mueva yo? ¿Se... cansó?”

“¿Eso te parece?”

Rensley se rió de su propia broma tonta. Con las rodillas apoyadas, empezó a mover la cintura cada vez más rápido.

Su torso se movía como cuando montaba a caballo. Al dejar de ser Giesel el que marcaba el ritmo y empezar a moverse él, Rensley dejó de sonreír y se concentró solo en lo que sentía por dentro.

Giesel no le quitaba la vista de encima mientras Rensley gemía distraído; le acariciaba la cintura, el pecho y la espalda para animarlo a seguir.

“Ah... ah... ah…”

Cada vez que sentía un calambre de placer por todo el cuerpo, se detenía un momento a jadear y luego volvía a moverse hacia arriba, hacia abajo, hacia adelante y hacia atrás. La cintura y la cadera de Rensley temblaban como olas. Giesel suspiró y dijo su nombre:

“Rensley…”

“Su... Alteza... ¿se siente... ah... bien...?”

Giesel, en vez de responder a la pregunta que Rensley hacía con la cara arrugada por el placer, le agarró las nalgas firmes con las dos manos. Lo movió con fuerza sobre él y Rensley se agarró al cuello de Giesel soltando ruiditos de llanto.

“Ah... mmm... espere... está muy... muy profundo... ah... ¡ah!”

Estaba oscuro y no se veía bien, pero seguro que su abdomen se veía un poco hinchado por el miembro de Giesel. Giesel había visto a Rensley así muchas veces.

Al no poder verlo bien debido a la falta de luz, le entraban todavía más ganas. Abrazó la cintura del hombre que se quejaba de que estaba muy profundo y, al contrario, aumentó la fuerza con la que empujaba desde abajo. Le mordió la oreja a Rensley, que temblaba deshecho, y le preguntó:

“¿Te disgusta... mmm... que esté tan profundo?”

“Ah... no es que... no me guste... ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”

Aún quedaban restos de frambuesas por su pecho y sus clavículas. Giesel seguía embistiendo fuerte mientras sacaba la lengua para lamer los restos. Al succionar el jugo de la fruta que ahora era más dulce, los gemidos de Rensley se volvieron puro llanto.

Justo cuando Rensley empezó a soltar lágrimas de verdad, Giesel se detuvo en seco. Su miembro latía dentro de Rensley, y al detenerse el movimiento de golpe, el interior de Rensley tuvo un espasmo. Su cuerpo empezó a apretarse solo, pidiendo que siguiera. Aunque le daba vergüenza reaccionar así, Rensley no paraba de mover la cintura desesperado.

Giesel respondió apretándole las nalgas y empujando un poco con su miembro, pero no era el movimiento fuerte de antes.

“Ah... mmm…”

¿Querría desesperarlo a propósito? Mientras Rensley movía la cintura con impaciencia, se escuchó un crujido; los arbustos de frambuesas se movieron. Al principio pensó que era el viento, pero no. Algo que se movía con ritmo estaba rozando las plantas.

“¿A dónde habrán ido los dos?”

“Parece que han salido a caminar…”

Se oyeron las voces de los caballeros a lo lejos. El cuerpo de Rensley se puso rígido por la sorpresa.

“Mmm…”

Giesel frunció ligeramente el ceño y soltó un gemido bajo. El interior de Rensley, debido a los nervios, se apretó tanto que parecía que iba a cortar su miembro.

“Tranquilo... Rensley. No hay por qué asustarse... son nuestros caballeros.”

“¡Es que... ah... son los caballeros! ¡Ese es el problema!”

Parecía que habían ido a ver si los Grandes Duques estaban bien y, al no encontrarlos en su habitación, salieron a buscarlos. Si los encontraban haciendo esto tan lejos, preferiría que fuera un extraño y no los caballeros a los que veía todos los días.

“Ah... ¡se lo dije! ¡Hagámoslo rápido...!” susurró Rensley apoyando la cara en el hombro de Giesel muy apurado. 

Pero Giesel seguía muy tranquilo mientras le acariciaba el cuello.

Volvió a mover la cintura hacia arriba lentamente, metiéndose cada vez más profundo. Rensley temblaba, pero se mordía los labios contra el hombro de Giesel para no hacer ruido.

“Ya sabes... mmm... que hasta que no quite la barrera... nadie podrá vernos... ni oírnos.”

“Pero... me pone nervioso.”

“Confía en mi magia, Rensley. Nadie nos verá.”

“Ah... pero es que... mmm... ¡yo sí los veo!”

“... Si cierras los ojos, dejarás de verlos.” De pronto, el tono de Giesel se volvió algo cortante.

“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”

Y sin aviso, empezó a golpear su interior sin piedad. Rensley soltó un grito fuerte antes de poder evitarlo y se puso rojo de vergüenza.

Giesel empezó a ir cada vez más rápido y el sonido de sus cuerpos chocando se oía mucho; Rensley no podía detenerse y se tapó la boca con sus propias manos. Mientras temblaba en silencio, Giesel le preguntó:

“Si dejas… mmm… de hacer ruido... ¿te sentirás menos nervioso?”

Ante su pregunta, Rensley asintió rápido. Aunque no los vieran ni los oyeran, para él era una cuestión de cómo se sentía. 

Giesel estaba molesto porque Rensley se distrajera con otras cosas cuando debían estar concentrados el uno en el otro. Pero pedirle que no le importara la gente era fácil de decir, pero difícil de cumplir. Si estuvieran en su habitación, Rensley solo tendría ojos para Giesel, pero...

Mientras Rensley pensaba en sus excusas, Giesel le acarició suavemente la garganta. Se vio una luz corta y sintió un calor suave un momento, pero no pasó nada más. Rensley intentó llamarlo extrañado.

«¿Su Alteza?»

Pero aunque movió los labios, no salió ningún sonido. Rensley abrió mucho los ojos al darse cuenta de la magia que le había puesto.

“¿Ya estás mejor?”

Giesel dijo eso y le agarró fuerte la cintura. Levantó un poco el cuerpo de Rensley y lo dejó caer con fuerza sobre él.

«¡...!»

Rensley pensó que había gritado, pero no. Tenía la boca abierta pero no se oía nada.

Se entregó a los brazos de Giesel, temblando por el placer que sentía hasta en las puntas de los dedos, y solo se oían sus respiraciones rápidas.

Lo hicieron dos, tres veces más. Sus cuerpos chocaban con fuerza. Aunque Rensley echaba la cabeza hacia atrás y se retorcía por el placer, no se oía ni un quejido.

“Si no puedes soportarlo más... mmm... golpéame.”

Tras decir eso, Giesel empezó a mover su cintura con mucha fuerza.

«¿Cómo se le ocurre decir que lo golpee? ¿Cómo voy a golpear al Gran Duque?» pensó Rensley, pero como no tenía voz, no podía quejarse.

Su interior, que ya estaba muy caliente y sensible, era golpeado con brusquedad. Giesel presionaba y rozaba una y otra vez su punto más sensible, que ya estaba hinchado por tanto estímulo.

Normalmente Rensley pedía que parara o que esperara un poco cuando el placer era demasiado, pero hoy, aunque lo pedía por costumbre, las palabras no tenían sonido y no servían de nada.

Al no haber palabras que lo detuvieran, los movimientos de Giesel fueron mucho más fuertes y decididos que de costumbre. Giesel volvió a acostar a Rensley sobre la capa, le subió las piernas y se apoderó por completo de su cuerpo.

Rensley intentaba mover la cintura para escapar de ese peso que le recorría por dentro, pero eso solo parecía excitar más a Giesel.

Al final, Rensley abrazó la espalda de Giesel. En vez de gritar, se agarró fuerte y le mordió el hombro. Como el placer era tan fuerte al estar cerca del final, no podía evitar que se le escaparan las lágrimas y que intentara gritar con todas sus fuerzas. Como no se oía nada más que sus jadeos, ya no tenía que contenerse. Se dejó llevar por el placer y, como dijo Giesel, ya no pudo pensar en nada más.

Sin saber cuántas veces Giesel se había hundido en su interior, llegó un momento en que el cuerpo de Rensley se puso tenso y empezó a tener espasmos. De su miembro saltó un líquido blanco que resbaló por su piel.

Aunque llegó al clímax, no pudo ni sollozar. Solo lloraba y soltaba gemidos sin sonido. Su interior también se contraía desesperado. Al sentir eso, Giesel también apuró el paso.

“Ah... mmm... Ren... sley.”

Giesel pronunció su nombre con voz queda y Rensley solo pudo negar con la cabeza, incapaz de articular palabra. Tenía los ojos empañados en lágrimas. Giesel, con un gesto suave, le acarició las mejillas húmedas.

“Mmm... ¿estás cansado?”

Rensley movió los labios para responder. No se escuchó sonido alguno, pero por la forma de su boca se entendía perfectamente lo que decía. 

Giesel exhaló un suspiro tembloroso y alcanzó también su propio final. Al liberar todo su calor en el interior de su compañero, Rensley volvió a echar la cabeza hacia atrás, jadeando con fuerza. Su pecho blanco, ahora manchado por el jugo de las frambuesas aplastadas, subía y bajaba con rapidez. 

Giesel envolvió a Rensley con la capa, protegiéndolo del frío, y lo abrazó fuertemente entre sus brazos.

“Ah... mmm... ah…”

Mientras Rensley lloriqueaba suavemente refugiado en su pecho, el encantamiento se disipó. Soltaba pequeños quejidos, como si tuviera hipo, y poco a poco su respiración recuperó la calma. Los caballeros que los buscaban se habían marchado ya; no se percibía rastro de nadie más en los alrededores.

Tras serenarse un poco, Rensley asomó el rostro por encima de la capa y rió bajito. Giesel lo contempló, preguntándole con la mirada de qué se reía, y Rensley frotó su mejilla contra el cuello del Duque. Aunque su voz conservaba el rastro del llanto, parecía haber recuperado la energía.

“Pensé que Su Alteza tardaría más tiempo.”

“Mira quién lo dice; precisamente aquel que no paraba de sollozar hace un instante.”

“Es que, como Su Alteza me dejó sin voz, por un momento creí que nos quedaríamos aquí perdidos el uno en el otro hasta que saliera el sol.”

“... Sucede que, si expresas lo bien que te sientes mientras lo hacemos, me excito con demasiada rapidez.”

“¡Pero si ni siquiera salió sonido alguno!”

“No fue necesario; lo he comprendido perfectamente.”

Giesel, sintiéndose un tanto apenado por la expresión traviesa de Rensley, le dio un beso. Le besó la mejilla derecha, y Rensley le devolvió el gesto en la mejilla derecha. Hizo lo propio en la izquierda y en la frente. A pesar de los besos, Rensley era un completo desastre: tenía el cabello enmarañado y el rostro, el cuello, el pecho y la camisa estaban manchados con el jugo de las frambuesas. 

Con los ojos enrojecidos por las lágrimas y riendo de esa manera, parecería un loco a la luz de la luna para cualquiera que no supiera qué pasó.

Tras intercambiar numerosos besos y reírse de su propio aspecto, los Grandes Duques decidieron que era momento de regresar.

“¿Puedes caminar?”

“Sí, estoy bien.”

Se arreglaron los ropajes y Rensley se peinó el cabello con los dedos. Gracias a la magia, al menos exteriormente, no parecía que acabaran de tener un encuentro tan apasionado a la intemperie. 

De pronto, Giesel alzó a Rensley en brazos. Antes de que este pudiera protestar, ya se encontraban de vuelta en sus aposentos de la mansión del Marqués. Rensley, sujeto en los brazos de Giesel, parpadeó sorprendido sin intentar bajar.

“... Pensé que volveríamos caminando.”

“He considerado que estarías cansado.”

Rensley se limitó a sonreír. Como bien decía el Duque, se sentía algo fatigado. No había empleado su poder espiritual por cuenta propia en muchas ocasiones y el nerviosismo de estar fuera con Giesel lo había dejado más agotado de lo habitual.

Pese a lo avanzado de la hora, solicitaron agua caliente y se asearon. Ya renovado y sentado en el lecho, Rensley sintió que aún no deseaba conciliar el sueño; se sentía mucho más animado que antes de partir hacia los campos de frambuesas. Miró por el ventanal y luego se volvió hacia Giesel.

“Mmm... ¿no desearía Su Alteza contemplar la luna un poco más? En el jardín de la mansión, por ejemplo.”

“¿Te encuentras bien para ello?”

“Descuide, no caminaremos demasiado. Solo deseo que me dé un poco el aire. Y, de paso, que los sirvientes constaten que nos hallamos tranquilamente en la mansión.”

Salieron al jardín, pero la oscuridad era tal que apenas se distinguía nada. Seguramente el diseño era distinto al de Laudken, pero en la penumbra la diferencia resultaba imperceptible. No le importó; el aire era puro y la luna lucía hermosa. Rensley solo buscaba despejarse, así que caminó pausadamente bajo el cielo gélido, sintiéndose más sereno.

No obstante, el paseo fue breve. Antes de avanzar más, mientras disfrutaban del aire en silencio, escucharon voces que conversaban en susurros.

“Parece que no somos los únicos que han salido a caminar esta noche.” susurró Rensley con una sonrisa. 

Al fin y al cabo, los jardines nocturnos son el escenario de los encuentros secretos.

Intentaron desviarse para no interrumpir, pero inevitablemente el contenido de la charla llegó a sus oídos.

“Comandante, ¿acaso existe alguien que sea de su interés?”

“No se trata de eso, Princesa. Es solo que... por el momento, deseo concentrarme en asistir a Su Alteza y proteger el norte.”

“Pero si incluso el Gran Duque ya tiene a su compañero. No considero que deba separar su deber de la vida privada de esa manera.”

“Tiene razón, Princesa. Simplemente no percibo que posea la capacidad de desempeñar ambas facetas adecuadamente ahora mismo.”

Giesel abrió mucho los ojos al percatarse de quiénes se trataba. Rensley, con rapidez, le cubrió la boca con la mano.

«¡Shhh!» le indicó con la mirada, y comenzaron a retroceder con sigilo. Se alejaron sin hacer ruido hasta que las voces dejaron de percibirse, y solo entonces Rensley lo soltó. Giesel preguntó desconcertado.

“¿No eran acaso Anton y la Princesa Yvette?”

“Así es.”

“Qué sorpresa. No tenía constancia de que existiera algo entre ellos.”

“¿De verdad? ¿No tenía ni idea?”

A Rensley le asombró más que el Duque no hubiera notado los sentimientos de sus allegados. Giesel asintió y, de pronto, habló como si tuviera una idea brillante.

“Tu hermana y Anton formarían una pareja excelente; representaría una gran ayuda para nosotros. En cuanto regresemos a Laudken, hablaré con ellos para concertar su matrimonio.”

“¡No, Su Alteza! ¿Es que no ha escuchado lo que dijeron? El Comandante aún no está preparado.”

“Si su reticencia se debe a su deber en el norte, le diré personalmente que no tiene que esperar.”

“No, Su Alteza. El Comandante no... a ver, está la Princesa Freeda, ¿no lo recuerda?”

“Eso no representa inconveniente alguno; rompieron su compromiso hace tiempo.”

“Que no, Su Alteza. Es preferible que finja no haber visto nada. No diga ni una sola palabra al respecto, se lo ruego.”

“¿Y por qué no?”

Giesel se mostraba algo decepcionado; parecía que genuinamente le ilusionaba actuar como mediador entre su oficial de confianza e Yvette. Rensley suspiró al verlo tan confuso. Un jardín oscuro no era el sitio idóneo para impartir una lección sobre las complejidades del corazón. Rensley se apoyó en su pecho.

“Su Alteza, regresemos a la habitación.”

“¿Tan pronto? Si acabamos de salir.”

“Sí. Es que deseo estar a solas con Su Alteza.”

Al escuchar aquello, Giesel dejó de dar importancia a la charla anterior y sonrió levemente. Asintió, depositó un beso en su frente y lo rodeó por la espalda mientras emprendían el regreso.

A la mañana siguiente, la mansión del Marqués bullía de actividad. Rensley, que ya estaba listo y salía junto a Giesel, se detuvo a conversar con algunos residentes con los que había hablado el día anterior.

“¡Buenos días! ¿A qué se debe tanto alboroto?” preguntó Rensley.

Los presentes se sobresaltaron, se inclinaron ante Giesel y relataron las nuevas con gran entusiasmo.

“¡Gloria al Protector! Han sucedido cosas maravillosas gracias a que Su Alteza nos ha visitado.”

“¿Qué clase de acontecimientos?” quiso saber Giesel.

“¿Recuerda los campos de frambuesas que observó ayer? Todos dábamos la cosecha por perdida, pero esta mañana, de repente, lucen mucho mejor. Los granjeros vinieron a dar el aviso, fuimos a comprobarlo y es la verdad. Todo el pueblo habla de ello; dicen que es gracias a su presencia, Su Alteza.”

«Las noticias vuelan» pensó Rensley fingiendo sorpresa.

“¡Qué alegría! Entonces este año también habrá frambuesas deliciosas, ¿no es así?”

“¡Desde luego! Qué fortuna que todo se remediara justo con la llegada de Su Alteza. Gracias a eso, podremos ofrecerles frutos de la mejor calidad.”

Rensley les sonrió con amabilidad y siguió los pasos de Giesel. Cuando el Duque entró al comedor, el Marqués lo saludó con sumo respeto; había dispuesto un desayuno sumamente detallado para el soberano. 

Parecía que al Marqués, que ayer no se mostraba muy alegre por las frambuesas, ahora sí le regocijaba la noticia de la recuperación de los campos. En cuanto Giesel tomó asiento, el Marqués le refirió lo mismo.

“En cuanto Su Alteza pone un pie en esta tierra, solo acontecen cosas favorables. Dicen que los cultivos de frambuesas que estaban malogrados están recobrando la vida.”

“Me satisface escucharlo. La Gran Duquesa se alegrará sobremanera.”

“Es un honor poder ofrecerles frutos dignos a Sus Altezas. ¿A qué hora está prevista la llegada de la Gran Duquesa?”

“Hoy mismo.”

“En tal caso, acudiré personalmente a recibirlo.”

“Tras el desayuno, me desplazaré hasta el campo donde me recibió ayer. Podría escoltarme.”

El Marqués se mostró complacido y se apresuró a impartir órdenes. Mientras todos se movilizaban para el recibimiento, Giesel y el Marqués concluyeron su comida. Normalmente, Rensley debería haber estado allí, pero como "aún no llegaba", ya había tomado algo sencillo en sus aposentos.

Tras el desayuno, una nutrida comitiva partió de la mansión para recibir a la Gran Duquesa. El ambiente era extraordinario. Además del Marqués, nobles, caballeros y sirvientes, se unió una gran multitud de aldeanos. Había tal curiosidad por conocer a la Gran Duquesa varón que incluso instalaron puestos de comida en el camino; parecía un festival.

«¿Cómo imaginarán que soy?» pensó Rensley conteniendo la risa mientras desviaba la mirada. Observó los campos desde su montura; los que rodeaban la mansión ya estaban totalmente restablecidos, pero a medida que se alejaban, aún se percibía la tierra árida. Los espíritus se desplazarían gradualmente y, en unos días, todo el terreno y las frambuesas rebosarían salud.

“Sea bienvenido, Su Alteza el Gran Duque.”

Alcanzaron las tierras de la gente que Rensley conoció primero, donde el cambio aún no era visible. El jefe de la aldea, un hombre de avanzada edad, se inclinó junto a los vecinos. Giesel sentía inclinación por interrogar a quienes habían difamado a la Gran Duquesa, pero Rensley lo había disuadido; aun así, los granjeros no se atrevieron a huir y aguardaban su castigo, luciendo pálidos tras una noche de vigilia.

El granjero que le había contado los chismes a Rensley también se encontraba allí, con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos. Mientras todos permanecían montados, Giesel habló con serenidad.

“Mi benevolente Gran Duquesa ha decidido perdonarlos. Yo también daré por olvidado lo ocurrido, considerándolo un incidente del viaje; por tanto, muestren gratitud ante la clemencia de la Gran Duquesa.”

Los granjeros comenzaron a sollozar e inclinaron aún más la cabeza. El Marqués no comprendía la situación y observó a Giesel con desconcierto, pero este cambió de tema.

“La Gran Duquesa procede de Cornia, en el lejano sur, y siente predilección por las plantas de su tierra. Puesto que es difícil obtenerlas aquí, erigí un invernadero en el Castillo de Laudken. Él mismo se encarga del cuidado de las plantas a diario.”

“¿Su Alteza la Gran Duquesa en persona?” preguntó el Marqués asombrado.

“Así es.” respondió Giesel. 

Rensley saltó del caballo.

“Es cierto. No poseo grandes talentos, pero se me da bien el cuidado de los cultivos. He logrado que frutos que se encontraban marchitos recobren su frescura.”

El Marqués abrió mucho los ojos al oír a un caballero de la guardia hablar con tanta confianza y falta de respeto. No sabía qué hacer y miraba a Giesel y a Rensley alternadamente. Pero Giesel ni se inmutó y solo seguía a Rensley con la mirada.

Los demás murmuraban entre sí, creyendo que el caballero había perdido el juicio. Rensley se plantó ante el jefe de la aldea, extrajo un frasco con un líquido brillante de su chaqueta.

“Si la Diosa del norte se hubiese irritado con la Gran Duquesa, ¿por qué habría de ensañarse únicamente con los campos de frambuesas del Marqués de Eyborn? ¿No les parece un castigo insignificante para ser una maldición divina?”

“Eso…” el jefe del pueblo no supo qué responder. 

Rensley no esperó y se adentró unos pasos en el campo de frambuesas. Destapó el frasco y esparció la medicina que Giesel le había preparado. 

Todos observaban con expectación. Al principio no ocurrió nada, pero al poco tiempo el lugar se transformó: la tierra grisácea y endurecida recuperó un tono fértil, y las ramas secas recobraron la vida.

“¡La tierra!”

Los nobles no apreciaron tanto el matiz, pero los granjeros gritaron sorprendidos y se internaron en el campo. Rensley se apartó para permitirles observar su tierra, cerró el frasco y suspiró.

“Jamás existió maldición alguna. Simplemente fueron víctimas de un estafador.”

“Pe... pero ¿entonces cómo pasó esto ahora?”

“Ya se lo he dicho. A nuestra Gran Duquesa se le da bien el campo y ya ha restaurado frutos anteriormente. Si alguien arruina las cosas, siempre hay alguien capaz de enmendarlas. Esto es un tónico elaborado con el poder del Gran Duque, por lo que resultará efectivo.”

Los granjeros se miraban entre sí sin comprender del todo. No obstante, el Marqués, que seguía junto a Giesel, observó al Duque con una expresión de asombro absoluto.

“... Su Alteza, ¿cuándo está prevista la llegada de la Gran Duquesa?”

“¿Acaso no lo has comprendido? La Gran Duquesa ya se encuentra aquí.” Giesel respondió con calma y desmontó. 

En cuanto el soberano pisó el suelo, todos los demás lo imitaron con rapidez. Giesel caminó entre la multitud que permanecía atónita, se detuvo a la orilla del campo y extendió su mano.

“Ya es suficiente, sal de ahí, Gran Duquesa. El anonimato ha sido grato, pero hemos llegado a nuestro destino y es hora de que ocupes el lugar que te corresponde.”

“Sí, Su Alteza.”

Rensley caminó con paso firme y tomó la mano de Giesel. Al mirar alrededor, vio que todos los presentes mantenían la cabeza inclinada. Giesel los observó a todos y declaró:

“Lo presento formalmente. Rensley Mallosen. Caballero honorario de mi guardia y mi Gran Duquesa.”

El Marqués, que estaba en shock, reaccionó rápido, se acercó y saludó primero.

“¡Bendiciones para el Protector y su compañero! ¡Ruego que disculpe mi falta de tacto de ayer, Su Alteza la Gran Duquesa!”

“¿Falta de tacto? Fui yo quien recurrió al engaño, por lo que la descortesía fue mía.” respondió Rensley sonriendo con dulzura. Luego miró hacia el campo; los granjeros, que por fin habían comprendido la situación, estaban más pálidos que el día anterior. “Levántense todos.” Rensley ordenó. 

Los granjeros se levantaron con las piernas temblando. Pensaron que sus chismes habían sido seguros porque la Gran Duquesa no estaba, pero resultó que sí estaba allí. Y peor aún, a diferencia de Giesel que solo oyó un resumen por los niños, Rensley había escuchado cada detalle de los rumores feos de la zona. En el peor de los casos, podrían haberlos castigado por traición.

Pero Rensley no dijo nada de los rumores. Se paró al lado de Giesel, miró a cada granjero y solo dijo esto:

“Este es un favor personal de la Gran Duquesa, quien deseaba probar las frambuesas de este lugar y que también conoce el esfuerzo de trabajar la tierra. No habrá una segunda oportunidad, así que, de ahora en adelante, no se dejen embaucar por las mentiras de cualquier extraño.”

La gente, sorprendida, levantó la cabeza poco a poco. Rensley abandonó su seriedad y les dedicó una pequeña sonrisa.

“He venido con la esperanza de degustar mucho licor de frambuesa, así que espero que más tarde me hagan llegar una botella.”

“¡Le enviaremos todas las que desee ahora mismo, Su Alteza!” gritó una mujer, y su marido le hizo señas rápido para que se callara. Pero Rensley se puso alegre y soltó una carcajada.

“Qué impacientes son. ¿Y si ahora soy yo el que los engaña? Por ahora solo ha revivido la zona donde vertí la medicina, pero en unos días todo el campo sanará. Cuando comprueben el resultado, entonces aceptaré el licor.”

“¡Gracias! ¡Muchas gracias, Su Alteza!”

Varios agradecieron al mismo tiempo. Algunos hasta lloraban de puro alivio. Rensley tomó la mano de Giesel y montó en su caballo.

“Partamos, Su Alteza.”

El grupo que salió a recibir a la Gran Duquesa cumplió su objetivo de una forma muy rara y empezaron a volver por donde vinieron. Todos tenían una cara de tontos, dándose cuenta de que Rensley Mallosen era el famoso hombre que se convirtió en Gran Duquesa.

Rensley cabalgaba al lado de Giesel cuando miró hacia un lado. Los niños que estaban antes entre la hierba ahora estaban escondidos en los árboles como ardillas.

El niño que le pidió que no le contara nada a la Gran Duquesa no entendía muy bien qué pasaba aunque escuchó a los adultos, y miraba al grupo confundido hasta que cruzó la mirada con Rensley. Rensley sonrió y se puso el dedo en los labios haciendo el gesto de silencio; el niño lo imitó y se rió con ganas. Rensley dijo sintiéndose liberado:

“Me alegra que todo terminara bien.”

“Eres demasiado clemente al perdonar tales faltas de respeto.” se quejó Giesel.

“Dijo que veníamos para que yo me distrajera, Su Alteza. No deseo pasar momentos amargos aquí. No sabían lo que hacían, así que es justo darles una oportunidad. Esos rumores se disiparán pronto.”

Giesel refunfuñó un poco, pero no parecía estar en desacuerdo y terminó sonriendo. Rensley se inclinó desde el caballo y le susurró:

“¿Qué le ha parecido? ¿Se ha notado mi encanto fatal?”

“Demasiado. Me temo que ahora todos en este feudo te adorarán.”

“¿Acaso está celoso, Su Alteza? No se preocupe. En el banquete de esta noche, le concederé el honor de bailar con esta Gran Duquesa peligrosa.”

“Hace tiempo que participo en un baile, no estoy seguro de hacerlo bien…” comentó Giesel frunciendo el ceño, genuinamente preocupado. 

Rensley se rió de haberle puesto una tarea difícil a Giesel mientras miraba los enormes campos de frambuesas.

Esa noche, en el banquete, Rensley probó varias botellas del mejor licor de frambuesa que los granjeros le enviaron, y el licor era increíble: dulce, ácido y más fuerte de lo que parecía.

Parece que les gustó tanto el licor que los Grandes Duques se llevaron varias botellas a su habitación; esa historia se contó con orgullo durante mucho tiempo entre la gente del marquesado de Eyborn, junto con las alabanzas a la Gran Duquesa que hizo el milagro.