Campo de Invierno

CAPÍTULO 21

Una Primavera sin Fin

“No tiene idea de lo afligida que estoy. Si hubiera sabido que algo así ocurriría, habría acompañado a Su Alteza a Pereira sin dudarlo. Me quedé porque el Gran Duque se marchaba y alguien debía cuidar el hogar, además de que la Princesa Freeda necesitaba a alguien que la atendiera, pero aun así…”

Habían pasado casi dos semanas desde su regreso a Oldenlandt.

Samlet seguía quejándose con la misma historia. Rensley se giró hacia ella con una sonrisa traviesa.

“El año que viene iremos simplemente de vacaciones. Pienso pasar por Cornia antes de volver, así que esa vez, Samlet, estás invitada a venir con nosotros.”

“Le agradezco profundamente, Su Alteza, Gran Duquesa.”

“Ah... ¿Cuándo será que podré acostumbrarme a ese título?”

“Se acostumbrará pronto. A mí solo me produce alegría poder servirle finalmente y de forma oficial como la Gran Duquesa. En el futuro, tal vez la Princesa Freeda tenga hijos, o si no, alguno de los descendientes de la familia real será el heredero. No se preocupe por lo que digan los demás; al final, todos terminarán aceptándolo.”

“Nunca antes había sentido tanto tu amabilidad como en estos días…”

Mientras Rensley, conmovido, permitía que el eco de aquellas cálidas palabras acariciara su alma, Samlet hizo una señal y un grupo de sirvientes se acercó. Tras lavarse el rostro y peinarse, Rensley se puso de pie y, siguiendo las instrucciones, levantó los brazos, estiró las piernas, se giró y volvió a ponerse de frente una y otra vez.

Un sastre, que había llegado escoltado por los sirvientes, se dedicaba a tomar medidas de cada rincón de su cuerpo con una precisión casi coreográfica. Era ya el quinto sastre que lo visitaba ese mismo día. Por fin, aquellas telas de calidad excepcional que Giesel le había regalado en abundancia tenían la oportunidad de salir y ver la luz del sol.

Faltaba muy poco para que se celebrara la nueva ceremonia nupcial. Aunque solía ser el valiente Rensley Mallosen —aquel que, incluso tras prometer que se quedaría quieto, no dudaba en saltar por la ventana y trepar muros para escapar— últimamente le aterraba dar un solo paso fuera de sus aposentos.

La razón era evidente. Lo que antes solo veía como un suceso histórico remoto o una anécdota ajena —la existencia de una Gran Duquesa varón— estaba a punto de convertirse en una realidad palpable en Oldenlandt.

Los habitantes de la región se encontraban divididos en una disputa ardiente sobre si debían o no aceptar a Rensley Mallosen como la Gran Duquesa. En medio de aquel torbellino, Giesel había manifestado su firme intención de celebrar una boda nueva y grandiosa; mientras que, en contraposición, varios nobles y miembros de la realeza ya habían enviado avisos informando de su tajante inasistencia.

Al menos, el único consuelo residía en que el Sumo Sacerdote veía la unión con buenos ojos. La Iglesia declaró que no había necesidad de oponerse a algo que ya contaba con precedentes históricos, otorgando así su bendición oficial al matrimonio.

“Después de todo, fue demasiado impulsivo…” murmuró Rensley para sí mismo, apoyado contra el marco de la ventana mientras observaba el gélido paisaje exterior.

Debido a que la reacción del público era tan apasionada y hostil, Rensley ni siquiera podía participar en los entrenamientos de la caballería, de la cual aún no tenía la menor intención de retirarse. Giesel le había prometido que, incluso después de la boda y de convertirse oficialmente en la Gran Duquesa, conservaría su estatus de caballero; sin embargo, tal como estaban las cosas, parecía una odisea incluso cruzar el umbral de su habitación, mucho menos presentarse ante el escuadrón.

En el Castillo de Laudken, los sirvientes, acatando las órdenes de su señor, ya lo trataban con la deferencia debida a un superior, llamándolo Su Alteza, Gran Duquesa. No obstante, Rensley no quería ni imaginar lo que murmurarían a sus espaldas. Habiendo crecido entre los sirvientes, sabía perfectamente cuán mordaces podían llegar a ser las lenguas cuando los amos no estaban presentes.

“El caballero Stann Symonne solicita una audiencia.”

“¡Dile que pase!” respondió Rensley de inmediato.

Al encontrarse confinado, se sentía profundamente agradecido con cualquiera que se tomara la molestia de visitarlo.

“El caballero Stann Symonne presenta sus respetos. Su Alteza, Gran Duquesa.”

“Por favor, Stann... ¿No puedes llamarme por mi nombre al menos hasta que llegue el día de la boda?”

“Bueno... si Su Alteza así lo ordena…”

“Es una orden.”

Ambos se sentaron con una botella de vino de por medio, ignorando que apenas era pleno día. Rensley, inclinando su copa, hundió el rostro en el brazo de su silla y murmuró con profunda aflicción:

“Todos me odian.”

“Eso no es cierto.”

“Para alguien como yo, que siempre ha buscado el afecto de los demás, esta es la prueba más grande de mi vida... He sido maltratado por gente malvada en el pasado, pero nunca antes tanta gente me había rechazado de forma tan unánime.”

“No es que te odien,” Lo consoló Stann. “es solo que tu historia no tiene precedentes y la gente no sabe cómo reaccionar.”

“Stann, eres un verdadero amigo. Siento que nuestra amistad se ha fortalecido en medio de esta crisis. Estoy conmovido. Cuando sea oficialmente la Gran Duquesa, no olvidaré este gesto.”

“Su Alteza el Gran Duque no suele dar marcha atrás una vez que toma una decisión, y mucho menos si se trata de su matrimonio. Es un hecho consumado. Tarde o temprano la gente entenderá que no sirve de nada gastar energías oponiéndose. Además, debes admitir que tanto tú como el Gran Duque tuvieron parte de culpa; siendo sinceros, todo fue demasiado repentino, ¿No crees?”

Ante esa réplica, Rensley no tuvo nada que decir.

El protocolo para un matrimonio real era similar en todo el continente. Cuando se pactaba una unión política con una familia noble o una casa real extranjera, una de las partes viajaba al país correspondiente para la ceremonia. Antes de la ceremonia, se informaba al Sumo Sacerdote y al Emperador sobre quiénes contraerían matrimonio; aunque estas figuras tenían el poder de oponerse, rara vez sucedía.

Normalmente, el Gran Duque de Oldenlandt aceptaba a la pareja elegida por el Emperador, a menos que tuviera a alguien en mente y lo comunicara con antelación. Este era un gesto simbólico para demostrar que el ducado, que mantenía un poder militar colosal para contener a los monstruos, no tenía intención de desafiar la autoridad imperial.

Giesel, quien jamás había mostrado interés en el matrimonio ni siquiera en su época de príncipe, terminó pasando por este proceso mucho después de ascender al trono. El resultado, sin embargo, era algo que nadie habría podido prever: Rensley Mallosen convirtiéndose, de manera insólita, en la Gran Duquesa de Oldenlandt.

Giesel Zvendard, un hombre que rara vez retrocedía en sus decisiones, gestionó los trámites ante la Corte Imperial con una celeridad asombrosa. Lidiar con el Emperador no resultó tan arduo como se preveía. Giesel presentó una versión de los hechos matizada con sutiles engaños: alegó que el difunto Rey de Cornia, reacio a enviar a su hija a las gélidas tierras del norte, había enviado a Rensley Mallosen en su lugar. Explicó que, tras la confusión inicial, optó por ocultar la situación y tratarlo simplemente como un invitado, pero que el amor terminó floreciendo entre ellos, haciendo imposible continuar una vida basada en la mentira.

Añadió que Yvette, descontenta con el matrimonio concertado por su padre, había huido de casa para trabajar en un gremio mercantil antes de visitar Oldenlandt. Giesel confesó, con una falsa modestia, que le había costado reunir el valor para presentar a un Gran Duquesa varón ante Su Majestad, y que por ello utilizó a Yvette como fachada. Concluyó solicitando que, si el Emperador decidía enfurecerse por el engaño, dirigiera toda su ira exclusivamente hacia él, asumiendo la total responsabilidad.

Dado que el antiguo Rey —quien inició toda la farsa— y Felyx habían fallecido, ya era demasiado tarde para buscar culpables. Además, para el Emperador, ¿No resultaba esto un asunto conveniente? Siempre vigilante ante el creciente poder de Oldenlandt, no encontró motivos para impedir que el Gran Duque se uniera a un hombre que no podría darle herederos directos y que, además, era un noble de menor rango. Cuando Rensley se presentó junto a Giesel, el monarca pareció genuinamente divertido; reía con la calidez de un abuelo amable mientras sentenciaba: «¿Qué se puede hacer cuando los jóvenes se aman tan intensamente?».

El verdadero conflicto estalló después. Giesel, en lugar de dedicar tiempo a persuadir a la opinión pública, convocó a la caballería y a la delegación para proclamar de forma unilateral que tomaría a Rensley Mallosen como su Gran Duquesa.

“Debió de perder el juicio. Debería haberlo detenido, pero en ese instante yo también estaba demasiado emocionado.” se lamentó Rensley.

“Había que revelarlo tarde o temprano.” respondió Stann.

Naturalmente, la delegación de Oldenlandt se sumió en el caos. Mientras unos se preguntaban qué estaba pasando, otros enviaban mensajes urgentes de vuelta al ducado.

En medio de aquel torbellino, el baile del Palacio Imperial se celebró sin demora, y fue entonces cuando Rensley recuperó el sentido de la realidad. Si ni siquiera habían sido capaces de convencer a sus propios aliados, ¿Cómo pretendía presentarse como la primera Gran Duquesa varón en siglos ante el salón más imponente del Imperio? Frente a las figuras más influyentes del continente, aquello no se sentía como una presentación oficial, sino como entregarse a sí mismo para ser exhibido como la mayor curiosidad del mundo.

Las secuelas del secuestro y el cautiverio habían dejado a Rensley en un estado de vulnerabilidad emocional. Ahora, se lamentaba amargamente de aquel «yo» del pasado que, conmovido por la determinación de Giesel, había aceptado tan impulsiva resolución. 

La situación ya era irreversible. Rensley, que ni siquiera contaba con la vestimenta de gala adecuada para la ocasión, caminó al lado de Giesel vistiendo un traje confeccionado a toda prisa. 

Hizo lo imposible por parecer solemne ante un Emperador que fingía seriedad a pesar de conocer toda la verdad, y agotó sus últimas fuerzas tratando de mantener la compostura mientras el soberano desvelaba la historia ante los presentes. Fue un debut en la alta sociedad que, solo de recordarlo, le daban ganas de esconderse bajo las mantas y patearlas de pura vergüenza.

“No puedo permitirme arruinar la boda también.” sentenció Rensley con determinación.

“¿A qué te refieres con eso?” preguntó Stann.

“En el baile del Palacio Imperial estaba totalmente fuera de mí. Sabes lo bien que bailo, ¿Verdad? Pues ese día pisé a Su Alteza dos veces... Fue bochornoso. Al menos la mayoría de los asistentes eran desconocidos, así que tendré oportunidad de compensarlo después. Pero la boda oficial no puede fallar. Debe ser una ceremonia que grabe una imagen positiva en el pueblo de Oldenlandt; que acepten el hecho de que soy su Gran Duquesa.”

“¿Por qué no lo consultas con la Princesa Yvette?” sugirió Stann. “Ella estuvo en el gremio mercantil, seguro que sabe un par de cosas sobre cómo manejar la imagen pública.”

Ese era precisamente su plan. Además, tanto a Rensley como a Yvette les apasionaban las celebraciones y los grandes eventos.

El Emperador, a quien Yvette le había caído en gracia, le sugirió que se quedara en la corte para ayudar en los asuntos imperiales ahora que dejaba su puesto como "Gran Duquesa", pero ella declinó la oferta pidiendo tiempo para reflexionar. Era evidente que temía que el monarca intentara arreglarle un matrimonio a su antojo.

Por el momento, permanecería en Oldenlandt tras explicar su situación al gremio. Para Yvette, esto significaba encontrarse, una vez más, en una encrucijada vital.

“Por cierto, Stann, bailaste con Yvette en el baile, ¿No es así?”

“Ah, sí. Pensaba que era la Gran Duquesa, pero al resultar que no... bueno, no había razón para no invitarla a la pista.” respondió Stann, rascándose la nuca.

En aquel baile donde Rensley se sentía aturdido, Yvette se había movido como pez en el agua, bailando con varios caballeros en su lugar. 

Primero fue ella quien, rompiendo el protocolo que dicta que una dama no toma la iniciativa, invitó a Anton. El comandante, aunque desconcertado, aceptó. Después, Stann le pidió el segundo baile. A partir de ahí, los pretendientes hicieron fila, permitiéndole a Yvette disfrutar de una velada emocionante.

“¿La Princesa planea quedarse aquí de forma permanente?”

“¿Mmm? No lo sé aún. Está sopesando sus opciones. Podría volver al gremio, trabajar en el palacio de Pereira o, si nada de eso le convence, vivir aquí como mencionaste. A mí me encantaría que se quedara con nosotros, pero lo importante es lo que ella decida.”

“En fin, Rensy, yo estoy de tu lado. Somos amigos y compañeros. Como caballero de Oldenlandt, quiero apoyarte hasta el final. Si necesitas cualquier cosa, solo dímelo.”

“Gracias, Stann... Siempre has sido un gran apoyo.”

Stann, con una expresión extrañamente tímida, se puso de pie de inmediato. Evitaba la mirada de Rensley, como si tuviera una prisa repentina por marcharse.

“Bueno, me retiro. Pasé a verte porque imaginé que estarías deprimido. Tus compañeros de la caballería te ven con buenos ojos, a pesar de todo el revuelo.”

“Stann.”

“¿Sí?”

“Creo que Yvette está interesada en el Comandante Anton.”

“¡¿Qué?! ¡No! ¿A qué viene eso ahora? ¡No pregunté por ella porque tuviera otras intenciones!” exclamó Stan, excesivamente alterado.

“Solo era un comentario.” añadió Rensley, encogiéndose de hombros mientras veía a su amigo huir.

Al caer la noche, Giesel y Rensley se reunieron con Freeda e Yvette. Rensley hizo una pequeña inclinación, un tanto cohibido.

“No esperaba que incluso la Princesa Freeda viniera a esta reunión…”

“Me pareció que sería entretenido, así que aquí estoy. Espero no ser un estorbo para sus planes.” respondió Freeda.

“De ninguna manera. Si no fuera por su apoyo, no habríamos llegado hasta aquí. Es solo que... me da un poco de vergüenza.” admitió Rensley.

“¿A estas alturas todavía sientes vergüenza?” bromeó Freeda.

Tenía razón, así que Rensley solo pudo soltar un suspiro. Yvette dio unos golpecitos en la mesa para centrar la atención del grupo.

“Hay muchas formas de vender un producto.” comenzó Yvette. “Lo básico suele ser el precio, pero lo que queremos promocionar aquí no es un objeto, sino a la Gran Duquesa Rensley Mallosen, así que no podemos ponerle una etiqueta. Al final, no queda más remedio que difundir sus virtudes especiales de forma amplia y entusiasta.”

“Virtudes especiales le sobran.” intervino Giesel con firmeza. “Lord Mallosen posee una apariencia destacada, un temperamento dulce y un carácter intachable. A diferencia de otros miembros de la realeza, es diligente, inteligente y capaz en múltiples tareas.”

“No es eso, Su Alteza. No me refiero a ese tipo de virtudes.” interrumpió Yvette. “Por supuesto que acepto que Ren es un buen hombre, pero siendo sincera, con ser guapo y amable no se gana el primer puesto en popularidad de un pueblo. Una sola característica impactante es mucho más valiosa que cien virtudes comunes.”

Fue una evaluación dolorosa, pero Rensley asintió sin poder refutar ni una sola palabra. 

Ciertamente, él era un hombre sin defectos evidentes, pero si se le preguntaba en qué destacaba de forma excepcional... no tenía una respuesta clara. Vivir de manera moderada y pasar desapercibido había sido su mayor talento vital hasta ahora; nunca imaginó que llegaría el día en que necesitaría exactamente lo contrario.

“En comparación, las desventajas son muy marcadas.” continuó Yvette. “Existe un rechazo natural de muchos hacia el matrimonio entre hombres, y en una casa real, la incapacidad de dar herederos es un golpe fatal para la percepción general. Rensley, debes presentar algo que eclipse esas dos debilidades.”

“¿Y de dónde voy a sacar yo algo así?...” murmuró.

En realidad, no es que careciera de herramientas. Poseía el talento de un mago espiritual, un don que se decía legendario. Pero, ¿Podía demostrarlo ahora mismo? No. Aún le quedaba un camino inmenso de entrenamiento por recorrer y apenas había recibido unas pocas lecciones de la loba. Además, para la gente común que no entiende de magia, "mago espiritual" era solo un término exótico; si lo anunciaba ahora, lo más probable es que dijeran: "¿Y eso qué es? ¿Tan importante se cree?"

“Además, el problema más grave ahora no es el hecho de que sea un hombre.” concluyó Rensley con gravedad.

Aunque los nobles y ministros se oponían mediante argumentos teóricos —sosteniendo que las historias sobre Gran Duquesas varones no eran más que leyendas apócrifas o señalando la inminente falta de sucesores— para el pueblo de Oldenlandt el conflicto era puramente sentimental.

"¿Cómo pudiste engañarnos de esta manera?" Esa fue la frase punzante que le lanzó el mozo de los establos con el que solía charlar, justo después de que se oficializara el anuncio.

La "princesa" del sur, que había llegado en una gélida noche de invierno oculta tras un velo, se había ganado el afecto de todos. La nueva Gran Duquesa, la primera en siete años, era descrita como una mujer hermosa, dulce y de salud frágil; una imagen que despertó la compasión y protección de los ciudadanos. 

Descubrir que la figura tras el velo fue, desde el primer momento, un hombre —y uno tan robusto e incluso algo impertinente como el caballero Rensley Mallosen— resultó un choque brutal para quienes lo conocían y un profundo sentimiento de traición para el resto.

“¿Qué tal si hubiéramos seguido el plan original? Divorciarse de Yvette y celebrar un nuevo matrimonio conmigo después.”

“Eso solo habría alimentado los rumores de adulterio y las consecuencias habrían sido peores.” sentenció Freeda. “Te habrían tildado de ser el seductor infame que le arrebató el esposo a su propia hermana.”

Rensley asintió con desánimo. Al enfrentarse a la cruda realidad, comprendió que el obstáculo no radicaba en el Emperador ni en los ministros. Había subestimado la gravedad de haber engañado a la gente. Los habitantes de Oldenlandt ya le profesaban un cariño genuino a la falsa identidad que él había construido, y no era sencillo aceptar que ese afecto se basaba en un engaño.

Él esperaba que la relación con sus compañeros se volviera tensa y que algunos se negaran a reconocerlo, pero no previó un rechazo de esta magnitud. En definitiva, el muro más alto que debía escalar no era la legalidad del matrimonio ni la sucesión, sino la ofensa moral por el engaño.

“Aun así, ¿No te estás recluyendo demasiado?” intervino Yvette. “Deberías acercarte a ellos y empezar a limpiar tu imagen.”

“Es que no sé cómo proceder. El otro día, al cruzar la puerta del castillo, alguien me lanzó un huevo; ni siquiera pude ver quién fue.”

“¿Es eso cierto?” la voz de Giesel se tornó gélida.

Rensley guardó silencio de inmediato, maldiciéndose por haber revelado un detalle que pretendía ocultarle. Giesel le tomó la mano con una firmeza protectora.

“Lord Mallosen. Permití que manejaras esto a tu manera porque así lo pediste, pero este es nuestro matrimonio. Yo mismo me encargaré de silenciar la oposición; no te preocupes más por ello.”

“No, Su Alteza... Ese es precisamente el método que deseo evitar…” insistió Rensley.

Sabía que si Giesel lo decidía, podría aplastar cualquier disidencia mediante la presión política, pero eso solo confirmaría la peor de las narrativas: que un extranjero astuto había engañado a todos como Gran Duquesa y convertido a un soberano ejemplar en un tirano.

Freeda le ofreció una copa al abatido Rensley.

“Hablemos mientras bebemos algo. Lo hecho, hecho está, y lamentarse no cambiará nada en este momento, ¿Verdad?”

Princesa... sé que esto afecta a su familia, pero se nota que se divierte porque, en el fondo, le es ajeno, pensó Rensley con una sonrisa melancólica. Pero al tomar la copa, se detuvo en seco.

“Es verdad. Es algo ajeno... y divertirse es la clave.”

“¿A qué te refieres?” preguntó Yvette.

“Al igual que yo, todo el mundo es vulnerable ante algo que resulte entretenido. Además, a los habitantes de Oldenlandt les fascinan los rumores.”

Yvette asintió, captando la idea de inmediato.

“Se me acaba de ocurrir quién puede ayudarnos.”

“¿Quién?”

“Alguien que conocí en mi etapa con el gremio mercantil. Trataré de contactarlo; suele viajar mucho, así que por estas fechas debe andar cerca. Solo se queda en el norte durante la primavera y el verano porque detesta el frío. Estoy segura de que será de gran utilidad. Ren, anímate. Tu carisma es tu mayor activo; si te escondes, los prejuicios solo se harán más fuertes. No fingiste ser la Gran Duquesa por maldad, y con el tiempo, el pueblo sabrá apreciar tu sinceridad.”

Rensley asintió con renovada energía. Tenía razón: quedarse encerrado no iba a solucionar absolutamente nada.

El Comandante de los caballeros de Oldenlandt, Anton Sorrell, entró en el estudio de Giesel con el semblante serio. La expresión del Gran Duque, quien acababa de librar una agotadora guerra de nervios con sus ministros, tampoco era precisamente radiante.

“¿Tiene un momento, Su Alteza?”

“Dime.”

Anton, tras una breve tos para aclarar su garganta, le tendió un fajo de documentos. Giesel los recibió y comenzó a hojearlos con rapidez.

“¿Qué es esto?”

“Confisqué estos papeles a varios soldados; parece que están circulando con mucha fuerza últimamente.”

Giesel regresó a la primera página y leyó los versos escritos:

  ¡Oh, destino cruel! El príncipe Rensley Mallosen, abandonado incluso por su propio progenitor, llegó a los confines del norte, a las llanuras yermas y gélidas. En la profundidad de la noche, ni el leve susurro de la nieve podía brindarle consuelo. La noble belleza plateada forjada por los elfos del hielo solo se le antojaba un terror desconocido. Si su verdadera identidad era revelada, sería desterrado a morir en los páramos helados... El destino de Rensley Mallosen pendía ahora de los dados del dios Adriel…

Giesel terminó la lectura y, sin alterar su expresión impasible, preguntó:

“¿Quién es el autor de estos versos?”

“Dicen que un bardo de renombre, que se alojaba en la residencia del Conde Grundel, ha llegado a Laudken. Al parecer, se propuso componer una balada sobre el matrimonio de Su Alteza y se ha dedicado a recolectar testimonios por doquier. Ahora actúa en tabernas y plazas con un éxito arrollador. Eso que tiene en sus manos es una transcripción de la letra. Seguiremos vigilando, pero, por lo que hemos verificado, no hay pasajes que resulten ofensivos o calumniosos.”

Giesel continuó pasando las páginas. La última no contenía versos, sino un texto distinto acompañado de una ilustración satírica:

  ¿De qué color creen que será el traje de novia que la Gran Duquesa usará en la boda?

1. Blanco

2. Azul

3. Rojo

4. Plateado

5. Ninguno de estos

¡Cualquiera puede participar en la apuesta por solo 1 bronin! ¡Habrá dividendos para quienes acierten el color del traje! ¡Esperen la próxima trivia!

“Al parecer, es un panfleto de apuestas que se ha puesto de moda.” comentó Anton. “No parece que se manejen sumas exorbitantes ni que suponga una amenaza real, así que planeaba simplemente observar, ¿Cuál es su opinión?”

“Sí. Será mejor mantenerse a la expectativa por ahora.”

“Aún no hemos identificado al grupo detrás de esto. Al estar utilizando un asunto de Estado para el azar, si la escala aumenta, tal vez sea necesario iniciar un rastreo.”

“No, no creo que haga falta.” sentenció Giesel mientras organizaba los papeles. Luego, miró al Comandante. “Permite que circulen libremente. Y si consigues más, no los destruyas; tráemelos personalmente.”

“Sí, Su Alteza. Entendido.”

Giesel abandonó el estudio tras la audiencia. Al recorrer el pasillo que conducía al jardín trasero, fue recibido por la estructura de cristal del invernadero, que relucía bajo la luz solar.

Entró con sigilo por la rendija de la puerta entreabierta. El dueño del recinto ya se encontraba allí, de pie frente a una tomatera, observando con extrema atención un fruto que acababa de recolectar. Giesel intentó no hacer ruido, pero su presencia no pasó desapercibida; el joven giró la cabeza casi al instante.

“Su Alteza, ¿Ha concluido ya con sus deberes?”

“¿Te he interrumpido?”

“Para nada. Mire esto.”

Giesel observó el tomate que Rensley sostenía. Era un fruto pequeño, verde y todavía demasiado agrio para el paladar.

Rensley bajó la mirada y, acariciando el tomate con suavidad, comenzó a susurrar palabras en una lengua arcana. Era un idioma verdaderamente místico que incluso Giesel, versado en múltiples artes mágicas, era incapaz de descifrar. Atraído por aquel conjuro que oscilaba entre el canto y la respiración, el pequeño fruto verde comenzó a hincharse y a teñirse de un rojo vibrante entre los dedos de Rensley. Finalmente, le entregó el tomate, ahora perfectamente maduro, con una sonrisa triunfal.

“Ya soy capaz de hacer, al menos, esto. Parece que aprender de un maestro de verdad ofrece resultados muy distintos.”

La técnica de emplear magia para acelerar el crecimiento vegetal se utilizaba ocasionalmente en la agricultura, pero el método de Rensley difería por completo de lo que Giesel conocía. El Duque tomó el tomate, genuinamente impresionado.

“La magia para hacer crecer seres vivos requiere un entrenamiento considerable. Los magos espirituales pueden lograrlo incluso desde sus etapas básicas, ya veo.”

“¿De verdad? Su Alteza devolvió la vida a unas flores marchitas hace tiempo, ¿No es así?”

“Ni siquiera con magia se puede otorgar vida a lo que ya ha muerto.” aclaró Giesel. “Simplemente les devolví vitalidad a unas que estaban marchitando. Eso es algo que puede lograrse incluso por medios físicos, no solo mágicos; por lo tanto, lo que Lord Mallosen acaba de demostrar es una magia mucho más compleja.”

“Pruébelo, a ver si el sabor es el adecuado.”

Giesel se llevó el tomate a la boca. Tras un pequeño crujido, un sabor que evocaba la vida misma se extendió por su paladar. Era una esencia rica y dulce, con una acidez fresca que no envidiaba en nada a un tomate criado bajo la plenitud del sol. ¿No sería porque quien recitó el conjuro poseía la calidez de un astro? Giesel pensó en ello mientras compartía su impresión:

“Es excelente. Está delicioso.”

“Tocar un poco la tierra me ha devuelto los ánimos. Parece que Yvette tenía razón y he pasado demasiado tiempo recluido. Definitivamente, no va conmigo.”

“¿Progresa adecuadamente el plan que trazó con la Princesa Yvette?”

“Mmm... No sé si va "bien" en toda la extensión de la palabra, pero parece que no hay grandes contratiempos.” Rensley continuó hablando mientras recolectaba algunos frutos maduros más. 

Amin le había explicado que un mago espiritual era alguien capaz de entrar en comunicación con todas las cosas del mundo. No obstante, esa capacidad de comunicación solo garantizaba la posibilidad de obtener resultados, no aseguraba que los elementos cumplieran su voluntad de forma obligatoria. Y el hecho de poder transmitir sus intenciones a los espíritus no significaba, en absoluto, que pudiera descifrar los secretos de los corazones humanos.

“Esta noche les prepararé un manjar con esto. No me sentía con fuerzas para ir a la cocina últimamente, pero voy a armarme de valor y presentarme allí.”

“¿Mantendrás tu hábito de cocinar incluso después de ser la Gran Duquesa?”

“¿Qué tendría de malo? Existen relatos de reinas que difundieron la cultura culinaria de sus tierras, ¿No cree? Su Alteza, entiéndame en esto, yo no me crié originalmente como un noble. Deseo seguir realizando las tareas que me hacen feliz incluso cuando asuma mi cargo.”

“Haz lo que desees. Si tu voluntad es seguir cocinando, no tendré inconveniente en construir una cocina exclusiva para la Gran Duquesa.”

Rensley rió ante sus palabras, sintiéndose algo avergonzado. Sería una comodidad, desde luego, pero si se edificaba una cocina para la "reina", llegarían utensilios costosos e ingredientes exóticos, y se le asignarían sirvientes para asistirlo. Él no deseaba cocinar siendo escoltado por asistentes cada vez que tomara un cucharón.

Antes de dirigirse a la cocina tras tan larga ausencia, Rensley preparó un equipaje de dimensiones considerables. Merodeó unos instantes antes de entrar y, tras respirar hondo, llamó a la puerta.

“Hola.”

Rayna, que se encontraba frente a una olla de cobre, le dedicó una mirada fugaz, pero eso fue todo. Volvió a concentrarse en su tarea mientras saludaba con una voz carente de alma: 

“¿A qué se debe su visita en esta humilde cocina, Su Alteza, Gran Duquesa?”

“Solo tomaré prestado un fogón, Rayna.”

“¿Acaso no son todos los fogones del Castillo de Laudken propiedad de Su Alteza? Utilícelos con absoluta libertad. Si nuestra presencia le incomoda, todos podemos retirarnos de inmediato.”

“Rayna, por favor, todavía no se ha celebrado la boda, no seas así…”

“¡Muchachos!” gritó la jefa de cocina. “Su Alteza va a cocinar en persona, así que este espacio resultará demasiado estrecho. Le será más cómodo si despejamos el área.” En cuanto dio la orden, los cocineros y ayudantes interrumpieron sus labores y retiraron ollas y sartenes del fuego al unísono. 

La forma en que desfilaron hacia la salida fue tan disciplinada que recordaba a un regimiento. Sucedió antes de que Rensley pudiera articular palabra. Al verse solo en la cocina vacía en cuestión de segundos, no pudo evitar encogerse de hombros.

“Ni siquiera me dan la oportunidad de hablar; así no hay forma de enmendar nada.”

Se sintió culpable por entorpecer el ritmo de la cocina. ¿Había sido una imprudencia no conformarse con cocinar algo sencillo en su habitación como de costumbre? Aún sumido en el desánimo, Rensley murmuraba para sí mismo.

Gran Duquesa, Gran Duquesa… solo son palabras. Si de verdad pensaran que soy la Gran Duquesa, ¿Se atreverían a despreciarme de esta manera tan abiertamente?”

Era evidente que, en su interior, seguían viéndolo como el caballero de bajo rango que frecuentaba la cocina para robar algún bocado. No obstante, quizá aquello fuera preferible. Rensley deshizo el equipaje y depositó los objetos envueltos sobre el estante de uso común. Ya que les había caído en gracia, al menos no desperdiciaría lo que había adquirido.

Rensley, que inicialmente planeaba quedarse para vigilar la situación, cambió de parecer y decidió regresar a su habitación. No había otra opción; los verdaderos dueños de la cocina solo retomarían sus puestos cuando él se hubiera marchado.

Pensó entonces en las plantas que florecían en el invernadero. Mientras él sufría el cautiverio de Felyx, mientras era objeto de todas las miradas en el palacio imperial, e incluso ahora que enfrentaba el rechazo de su pueblo, la vegetación crecía frondosa y ajena a los pesares humanos. Los seres humanos no son más que piedras en una gran corriente. ¿Por qué le venían a la mente aquellas palabras de Giesel?

Extrajo un papel doblado de su bolsillo; era el que le había entregado Stann. Según decía, la balada de Giesel y Rensley compuesta por el bardo se estaba convirtiendo en un fenómeno popular no solo en Laudken, sino en todos los alrededores del castillo.

“Es curioso. Jamás se me ocurrió pensar que mi destino fuera cruel.”

Los dos hermanos, que siempre habían sido amantes de los líos y el alboroto, idearon sus propias tácticas. Rensley propuso un juego en el que la gente pudiera participar directamente, para que así tuvieran un interés positivo en la boda. La idea de convertir su romance en una canción para que todos la escucharan fue de Yvette; ella decía que un matrimonio por contrato y un amor secreto entre hombres era el chisme perfecto para ser un éxito, ¡Sobre todo porque era verdad!

A Rensley también le gustaba curiosear en la biblioteca de Giesel y leer esas novelas de aventuras o de amor que el Duque ni tocaba. Por eso entendía bien la estrategia de su hermana. No estaban inventando mentiras, así que no había ningún problema de conciencia.

Sin embargo, verse a sí mismo como el protagonista de una historia exagerada, ya fuera como tragedia o comedia, le daba más pena que risa. Al final, no pudo terminar de leer la letra y se guardó el papel en el bolsillo.

Seguro que a la gente que no me conoce le gustará este tipo de historias o apuestas, pero...

Dentro del Castillo de Laudken, las personas que convivían a diario con él no se dejarían convencer tan fácil. Para ellos, Rensley no era un personaje de cuento, sino un vecino, un amigo y un compañero. Él quería disculparse de corazón y hablar con ellos, pero se sentía frustrado al no tener ni siquiera la oportunidad.

A pesar de la rotunda oposición de la gente, los preparativos para la ceremonia continuaban su marcha. Tal como Giesel había dicho con firmeza, el matrimonio era un asunto que les pertenecía solo a ellos dos.

Lo en serio que se estaba tomando Giesel esta boda quedaba a la vista de todos con solo mirar el traje nupcial. Sastres de diversas casas de moda, contratadas por la familia real, competían entre sí preparando varios conjuntos para Rensley. Este procedimiento seguía la idea de Giesel de confeccionar múltiples opciones para luego elegir la que más les complaciera. El Gran Duque de Oldenlandt estaba poniendo una verdadera pasión académica incluso en la elección de un simple traje de boda.

Rensley finalmente abandonó la cocina cargando con sus ingredientes. Tras caminar apenas unos pasos, pudo percibir un movimiento rápido, como el de un conejo asustado al encontrarse con alguien en el bosque, escondiéndose en un rincón del pasillo.

“¡Tia!” Rensley no pasó de largo y llamó por su nombre a la amiga que acababa de huir. 

Era Tia, una ayudante de cocina que a menudo había sido su compañera de charlas y bebidas. Al parecer, a pesar de haber salido con todos siguiendo las órdenes de Rayna, no pudo evitar sentirse preocupada y se había quedado cerca para vigilar los alrededores.

Sin embargo, por mucho que esperó, no recibió respuesta de su amiga escondida. Como no tenía intención de sacarla a la fuerza, si ella prefería evitarlo no había nada que hacer. Al final, Rensley solo pudo soltar un suspiro.

“Ya terminé de usar la cocina, así que entra pronto. No quiero que su trabajo se retrase por mi culpa.”

Se sintió bastante desanimado, aunque en el fondo no esperaba mucho más. Rensley apresuró el paso con su cesta de ingredientes. Solo cuando dobló la esquina del pasillo, escuchó el sonido de la gente entrando de nuevo en tropel a la cocina. A este paso, más que como a una persona, sentía que lo estaban tratando casi como a una plaga.

Tal vez por ese mismo desánimo, sus pasos se volvieron pesados y lentos. Subía las escaleras sin ninguna prisa cuando, de repente, escuchó un grito a lo lejos.

“¡Ren!”

Rensley, que ya casi había terminado de subir un tramo de escaleras, se detuvo en seco. Al quedarse allí parado, Tia, su amiga de la cocina que había llegado corriendo a toda prisa y casi sin aliento, lo miró desde abajo.

“Ren, espera un momento.”

Él pudo adivinar de inmediato por qué lo llamaba. Solo se sintió un poco desconcertado por recibir una reacción mucho más intensa de lo que había esperado.

“Tia, cálmate. Te vas a quedar sin aliento.”

“¡Gracias por esto!” exclamó ella.

Tia saludó mostrando de repente el objeto que tenía en la mano. Era uno de los regalos que estaban dentro del equipaje que él había dejado; obsequios que había comprado en la tienda de variedades de la Plaza de Morvesa para sus compañeros de la cocina.

Como cualquier plebeyo en cualquier lugar del mundo, entre los habitantes de Oldenlandt, en este extremo del continente, abundaban las personas que terminaban sus vidas sin haber visitado jamás otras regiones. Moverse largas distancias usando magia era un privilegio reservado para unos pocos: funcionarios del estado, mercaderes de grandes gremios o nobles adinerados.

Para emprender un viaje, primero era necesario contar con tiempo y recursos económicos, además de obtener un permiso de las autoridades antes de partir, por lo que para la gente común, ocupada con sus tareas diarias, aquello era como hablar de nubes inalcanzables en el cielo.

Como deseaba compartir recuerdos con sus amigos que difícilmente viajarían en el futuro, Rensley había comprado muchísimos regalos en esta ocasión. Sin embargo, al regresar, el ambiente se había vuelto un desastre total, por lo que no había podido repartirlos y se vio obligado a conservarlos guardados.

“¿Te gusta?” Rensley preguntó.

“Es demasiado hermoso. Nunca en mi vida había recibido algo tan bonito. Muchas gracias, de verdad…”

“No es nada caro. Las piedras que tiene son falsas de todos modos. ¿No es un regalo demasiado sencillo viniendo de la Gran Duquesa?”

“¡Qué dices!” replicó ella. “Solo por el hecho de tener un vidrio de color ya es algo muy costoso.”

El regalo que había preparado para Tia era un pasador para el cabello adornado con piedras falsas. Aunque solía llevar el pelo recogido o trenzado para trabajar, Tia, cuyo mayor orgullo era su cabello largo y frondoso cuando lo soltaba, adoraba decorarlo con lazos o flores bonitas cuando salía a convivir con la gente.

Como la jefa de cocina, Rayna, era una conocida bebedora, Rensley le había comprado varias botellas de licor local en frascos pequeños; para los sirvientes que lavaban platos a menudo, trajo cosméticos hechos de grasa de caballo que evitaban que las manos se agrietaran; para un compañero que amaba las flores, compró adornos de flores secas que solo crecían en el sur; y para un cocinero que sentía curiosidad por los utensilios de Morvesa, le regaló exactamente el utensilio que deseaba.

Tampoco se olvidó de traer bocadillos para compartir entre todos. Originalmente, su intención era entregarlos en mano uno por uno, pero como la situación se había complicado tanto, decidió dejar cada objeto con una etiqueta con el nombre de su destinatario.

“Todos se sienten tan culpables ahora que no saben ni cómo actuar... Vine porque sentí que, al menos yo, debía hablar contigo.”

“El hecho es que yo mentí.” respondió él. “Ni tú ni los demás tienen por qué sentirse culpables por nada.”

Rensley dejó la cesta con ingredientes sobre la barandilla y bajó unos escalones.

“Veamos qué tal te queda. Deja que te lo ponga yo mismo.”

Tomó el pasador de las manos de Tia. Observando la coronilla donde se juntaba su espeso cabello castaño, colocó el pin en un mechón lateral. Luego, Rensley bajó un par de escalones más para quedar por debajo de ella y mirarla desde esa perspectiva. Tia, luciendo el brillante pasador, sonreía con timidez.

“Definitivamente tengo buen ojo para elegir cosas. Te queda realmente bien. Te aseguro que ni las princesas de este mundo podrían ganarte ahora, Tia.”

“Siempre tienes las palabras adecuadas.” Tia rió. “Ren, ¿Te acuerdas del día de la ceremonia de ingreso a la caballería, cuando nos pusimos a bailar sobre la mesa? Ese día fue realmente divertido.”

“Claro que sí. Aunque ahora que seré la Gran Duquesa, me temo que ya no podré subirme a las mesas sin perder el decoro. Parece que los buenos tiempos se acabaron, ¿No?” comentó Rensley con una pequeña carcajada, que terminó convirtiéndose en una sonrisa algo amarga.

“Tú siempre admiraste a la Gran Duquesa oculta tras el velo. Que resultara ser yo debe haber sido un choque enorme. Aun así, si lo deseas, puedo hablar con Samlet para que pases de la cocina al servicio de doncellas. Al final, todos deberían poder trabajar en lo que les gusta.”

“No es eso. Lo de imaginar a la Gran Duquesa era como un juego para mí. Aunque me queje de vez en cuando, no odio mi trabajo; me gusta cocinar. Lo que me sorprendió no fue eso, sino…” Tia vaciló por un momento y luego cambió su expresión, como si acabara de recordar algo entretenido. “La razón por la que Rayna está tan enojada contigo ahora no es solo por la mentira.”

“¿Entonces?”

“Es que mientras no estabas, la Princesa Freeda comparó tu comida con la de Rayna, y le ordenó que aprendiera de ti a cocinar de nuevo. Desde ese momento, Rayna estaba decidida a darte una buena lección en cuanto volvieras, ¡Pero ahora resulta que no puede hacerlo! Conociendo el carácter de Rayna, ¿Te imaginas cuánta rabia debe tener acumulada por dentro?”

“¡Ah…!” exclamó Rensley, comprendiendo por fin.

“Además, todas las cosas que te confesamos en este tiempo... Te contamos todos los rumores sobre el Gran Duque e incluso nuestras quejas sobre los superiores, y resulta que desde el principio eras la Gran Duquesa. ¿No crees que es normal que la gente intente evitarte? No es porque te odien... es simplemente que nadie sabe cómo reaccionar.”

Sus palabras eran totalmente lógicas.

Yvette también tenía razón. Si el mentiroso Rensley Mallosen quería ser comprendido, no debía esconderse en su habitación evitando a la gente ni andar con rodeos pidiendo hablar; más bien, debía tomar la iniciativa, gritar o incluso poner un cartel para explicar su postura.

Había traído regalos para la gente de los establos y el criadero, obsequios para los trabajadores de la lavandería, para los de los talleres y almacenes, e incluso juguetes para los niños con los que se cruzaba a menudo. Hoy solo había dejado los presentes para los trabajadores de la cocina, pero pensaba ir repartiendo el resto mañana mismo. Sin embargo, ¿Era este el momento de andar vigilando con cautela la reacción de la gente?

“Tia, tengo que volver a la cocina ahora mismo.”

“¿Ahora?”

“Sí. Ya que salió el tema, iré en este mismo instante.”

Rensley se dirigió a la cocina acompañado por Tia. Otros sirvientes que pasaban por el pasillo lo miraban de reojo con mucha curiosidad, al verlo caminar charlando con alguien después de tanto tiempo fuera de vista.

Al abrir la puerta de golpe, la cocina se sumió en un silencio apresurado. Era evidente que las personas que hasta ese momento charlaban animadamente con los regalos en la mano, escondieron los objetos en los bolsillos de sus delantales a toda prisa y trataron de recomponer su expresión para parecer serios.

Rensley, con una expresión firme y rígida, se acercó sin vacilar un segundo hasta quedar frente a Rayna.

“¿Qué se le ofrece ahora, Su Alteza?”

“Rayna, la comida del sur y la del norte son muy diferentes.”

Rayna parpadeó confundida.

“Eso es obvio, supongo. Incluso dentro de Oldenlandt, el sabor cambia según la región, según la familia, y el sabor de una casa común es muy distinto al del Castillo del Gran Duque. La comida del Castillo tiene un rango y una elegancia que le corresponden.”

“Así es. Yo no sé preparar comida de banquete de alto nivel. Empecé a mostrarle al Gran Duque el sabor de la comida de Cornia y la tarea se alargó más de la cuenta. A Su Alteza parece que le gustó bastante el sazón de mi tierra.”

“¿Qué es lo que intenta decir con eso?”

“En este momento, voy a preparar sopa de tomate al estilo de Cornia. Saquen la olla más grande que tengan. Pero no la haré aquí adentro, sino afuera, al aire libre.”

“¿Afuera?” Reina frunció el ceño con extrañeza. 

Rensley preguntó al notar su expresión de duda:

“¿Acaso no se puede?”

“¿Es una orden?”

“Sí. Si es necesario, es una orden.”

“Si Su Alteza lo ordena, no tengo más remedio que obedecer.”

De repente, una enorme olla fue colgada en el amplio espacio abierto del centro del Castillo de Laudken. Aquella olla de gran capacidad para exteriores, que solo se usaba para ir de caza a lugares lejanos o para acampar durante batallas de varios días, no se había sacado mucho desde que Giesel ascendió al trono, por lo que hacía bastante tiempo que se había usado por última vez.

Mientras la gente encendía el fuego y colgaba la olla, Rensley volvió al invernadero y recolectó todas las verduras que pudo cargar. Los ojos de Rayna se abrieron de par en par ante las hortalizas frescas del sur que nunca antes había visto.

“¿De dónde salió todo esto? No son cosas que tengamos en nuestra cocina ni en el huerto.”

“Son cultivos nuevos que el Gran Duque está criando en el patio interior como una prueba. Son cosas que crecen mucho allá en el sur.”

Rayna soltó una risita burlona.

“¡Claro, como los ingredientes son diferentes, el sabor tiene que ser diferente! ¡Sin saber eso, la gente le echa la culpa al cocinero! ¡Por eso digo que no hay que escuchar lo que dice la gente que nunca ha trabajado en una cocina!”

No mencionó nombres, pero Rensley no pudo evitar saber que se refería a Freeda. Vaya lío. Por su culpa, Freeda estaba a punto de ganarse el rencor de la cocinera. Y por regla general, uno nunca debe ganarse el odio de quien prepara la comida que se comerá.

Rensley puso mantequilla en la olla gigante y echó primero la cebolla picada. El fuego de leña ardiendo, la olla enorme, la mantequilla en cubos y la cebolla en abundancia; era una armonía perfecta. Cuando la cebolla empezó a dorarse como si hirviera, el delicioso aroma que surgió de golpe recorrió el castillo como un rumor que vuela sin pies.

Gente que hacía sus tareas por aquí y por allá empezó a detenerse y a lanzar miradas curiosas o a merodear por los alrededores. ¿Habrá en el mundo un cebo mejor que una comida que parece deliciosa? La comida que consuela la lengua también es capaz de derretir los corazones congelados. Tal vez ser un buen cocinero sea una profesión más grandiosa incluso que ser un mago espiritual.

Rensley murmuró mientras salteaba los ingredientes:

“Ah, me gustaría que tuviera un poco más de carne. Tocino o jamón estarían muy bien.”

“¿Jamón? Si se trata de jamón, acaba de llegar uno de buena calidad al almacén... bueno, si la jefa de cocina lo permite, podría traer un poco.” El encargado del almacén añadió su comentario en voz alta para que lo oyeran. 

Rayna soltó una risita y respondió:

“¿Por qué me mencionas a mí si Su Alteza lo necesita? ¡Yo no tengo la responsabilidad! ¡Tráelo o no, haz lo que quieras!”

Poco después, un trozo de jamón bien curado, cuyo aroma ya sugería su delicia, pasó a manos de Rensley. Al cortarlo grueso y echarlo a la olla, el sonido del jamón dorándose ya estimulaba incluso los oídos de los presentes.

Las verduras de formas desconocidas avivaron la curiosidad de la gente. Uno de los que se habían acercado a mirar le preguntó a Rensley:

“¿No sabría mejor si le ponemos algunos nabos... Su Alteza?”

“¡Claro! De todos modos es una sopa de mezcla. ¡Cuanto más ingredientes tenga, mejor sabrá!”

Ante las palabras de Rensley, llegaron de inmediato unas cuantas raíces de nabo fresco. Al trocearlas y echarlas, el líquido en la olla empezó a hervir, desprendiendo un aroma aún más intenso.

“Si es una mezcla, ¿No sería bueno poner también esto?”

“¿Qué tal si añadimos esto otro?”

Salchichas, zanahorias, papas, calabazas grandes, espinacas, trozos de pescado... De repente, todo tipo de ingredientes empezaron a llover sobre la olla. El interior del enorme recipiente se volvía cada vez más rico y variado.

Existe un cuento antiguo que narra algo parecido. A un pueblo muy pobre llegó un extranjero que se había quedado sin dinero para el viaje. Tenía muchísima hambre y pidió comida, pero nadie quiso compartir sus víveres con él. Al borde de morir de hambre, el extranjero difundió el rumor de que tenía una piedra mágica capaz de hacer una sopa deliciosa, y pidió prestada una olla grande para colgarla en medio de la plaza del pueblo.

El viajero, que hervía la piedra en la olla llena solo de agua, fingía probarla una y otra vez mientras murmuraba: «Si tan solo tuviera un poco de carne, si tan solo tuviera un poco de zanahoria, si tan solo tuviera un poco de cebolla, si tan solo tuviera un poco de sal y pimienta, esta sopa sabría mucho mejor...»

Entonces, los habitantes del pueblo, que observaban con curiosidad cómo se completaba la "sopa de la piedra mágica", empezaron a traer carne, zanahorias, cebollas y demás especias, uno tras otro. Al final, la sopa hervida a fuego lento con todos esos ingredientes se convirtió en un manjar que no se encontraba en ningún otro rincón del mundo. Se dice que, desde aquel día en que todos compartieron la sopa que llenó la olla gigante, los habitantes del pueblo se volvieron más amables entre sí, y la receta se convirtió en la especialidad local que nadie podía dejar de probar.

Para cuando la sopa en la gran olla se hubo hervido lo suficiente como para desprender todo su sabor, ya había caído la noche y se acercaba la hora de la cena. Rensley tomó un cuenco y sirvió varios cucharones generosos de la sopa que soltaba un vapor irresistible.

“¡Bien! ¡El primer cuenco es para...!”

Los trabajadores que ya habían terminado sus labores se reunieron también para descansar. Todas las miradas se concentraron en las manos de Rensley.

“¡La Jefa de cocina Rayna! Si no lo hubiera permitido, hoy no habríamos podido preparar esta sopa.”

“Qué cosas dice una persona de tan alto rango.” respondió ella. “Esta humilde cocinera solo ha seguido las órdenes de Su Alteza.”

Aunque sus palabras sonaban distantes, su expresión al recibir el cuenco y la cuchara era de una solemnidad absoluta. Estaba a punto de probar una comida del sur que jamás había catado; una receta con métodos totalmente distintos a los suyos.

Rayna probó un poco del caldo, que lucía un tono rojizo vibrante por el tomate. Luego, tomó un bocado que incluía la carne y las verduras. Su expresión se volvió compleja, reflejando la diversidad de sabores de la sopa. 

Ante su silencio, Rensley se apresuró a hablar:

“Sé que le resultará extraño, es el sabor típico de Cornia. Lo que yo preparo es comida de gente común, así que entiendo que tal vez no encaje con el gusto refinado de una experta como tú, Rayna.”

Justo en ese momento, Tia puso una copa de vino en la mano de la jefa. Tras beber el licor de un solo trago, Rayna le devolvió la copa vacía a Tia, le entregó el cuenco limpio a Rensley y esbozó una sonrisa.

“Ciertamente, no es de mi gusto personal. El sabor es demasiado sencillo y el aroma es simple. Tiene profundidad, es verdad, pero sería absurdo que una sopa hervida durante tanto tiempo no tuviera al menos eso.”

Rensley guardó silencio, esperando el veredicto final.

“Sin embargo…” continuó Rayna. “El deber de una cocinera del Castillo es cocinar según el paladar de la persona a la que sirve. Si me toca servir a una Gran Duquesa de origen sureño y con gustos populares, no me queda más remedio que aprender yo también a preparar la comida de esa región.”

“¡Ohhh!” exclamaron varios.

Aunque no conocían los detalles de la tensión previa, muchos sintieron instintivamente que algo se había sellado. Estallaron los aplausos y, tomando las palabras de Rayna como señal, Rensley y los demás cocineros empezaron a repartir sopa diligentemente. La gente competía por recibir su cuenco y probar la novedad.

“¿Qué es esto? Es un sabor que no conocía.”

“Bah, a mí me parece demasiado ácida.”

“¡A mí me encanta! Es diferente, pero encaja perfectamente con mis gustos.”

“Por cierto, ¿Qué celebramos hoy? ¿A qué viene repartir comida tan de repente?”

Mientras la gente compartía sus opiniones con entusiasmo, un sirviente del castillo apareció rodando tres o cuatro barriles de madera llenos de vino y gritó a pleno pulmón:

“¡Es vino otorgado por el Gran Duque! ¡Todos beban con gratitud!”

La multitud, ya animada por la comida, estalló en vítores de alegría. ¿Qué importaba la razón exacta? Beber vino directamente del barril era un lujo que solo se experimentaba en los festivales más grandes.

Lo que empezó como una simple degustación de sopa se transformó en un banquete oficial autorizado por el Gran Duque. Pronto encendieron una gran fogata y empezaron a asar carne y verduras sobre las brasas. Las copas iban y venían, y antes de que el sol terminara de ocultarse, los cantos y bailes ya hacían vibrar el patio.

“¡Oh, destino cruel!”

“Su Alteza, ¿Es verdad lo que dice esa canción?” preguntaban algunos con cautela, tarareando los versos que habían oído fuera del castillo.

Rensley, de pie ante la olla que había causado un impacto mucho mayor al esperado, se quedó pensativo un momento y luego levantó la vista hacia la torre principal, buscando la ventana del dormitorio del Gran Duque. Por supuesto, desde su posición era imposible ver el interior del piso más alto.

“¡Su Alteza, Gran Duquesa!”

“Hoy solo llámenme por mi nombre, por favor.”

“¡Está bien, Rensy! ¡Tómate una copa con nosotros! Cuando te cases, ya no habrá muchas oportunidades para esto, ¿Verdad?”

Uno de los mozos de los establos le tendió una copa rebosante de vino. Rensley la aceptó y bebió de un trago, sin detenerse a respirar. Tras vaciar varias copas seguidas, lanzó la última lejos y gritó con valentía:

“¡Tienen razón! Después de la boda, estas oportunidades se acabarán. ¡¿Quién quiere bailar conmigo?!”

“¡Yo! ¡Yo, yo!”

Las mujeres que disfrutaban de la fiesta levantaron las manos de inmediato. Rensley tomó primero la mano de Tia, que lucía con orgullo el pasador de vidrio que él le había regalado.

“¿Me concedería esta pieza, señorita?”

Tia soltó una carcajada sonora y, tras darle una palmada juguetona en la espalda a Rensley, aceptó su mano. Ambos avanzaron hacia la fogata que crecía en intensidad.

La música de los artistas se volvió más profunda y la tarde dio paso a una noche profunda. Desde la alta ventana de la torre principal, alguien observaba el banquete que no parecía tener fin. Soltó una risita seca y levantó la cabeza.

“Realmente está en su elemento. Ya ha bailado con docenas de personas... ¿De verdad te parece bien alentarlo repartiendo vino de tus bodegas?”

Giesel, que permanecía sentado frente a la chimenea bebiendo vino en solitario, respondió sin siquiera dignarse a mirar por la ventana:

“Si eso sirve para solucionar la crisis actual, no me importa en lo más mínimo.”

“Es sorprendente.” comentó Freeda. “Después de ver cómo defendiste esta boda contra todo el mundo, pensé que serías mucho más posesivo con tu Gran Duquesa.”

“Freeda, yo también estoy desesperado a mi manera.” Giesel inclinó su copa de nuevo. “Últimamente, por culpa de los problemas de la boda, toda la atención de Lord Mallosen está centrada en los demás. Si cooperar ayuda a superar este bache, lo haré sin dudar.”

Ante su respuesta, Freeda rodó los ojos, visiblemente harta del dramatismo de su primo. Le tendió su copa vacía.

“Deja de estar ahí sentado con ese aire lúgubre y sírveme un poco a mí también.”

Giesel se puso de pie y se acercó. Sirvió el vino en la copa de metal finamente labrada y ambos primos permanecieron un momento mirando hacia el jardín con rostros inexpresivos. Abajo, la gente bailaba alrededor de un fuego que se alzaba tan alto como un hombre. Aquel banquete improvisado parecía haber liberado toda la energía contenida de los habitantes de Oldenlandt con la llegada de la primavera.

Entre los que bailaban, por supuesto, se encontraba Rensley. Como si se lo hubiera propuesto como una misión, tras terminar una pieza con una persona, vaciaba una copa de vino y, sin tiempo siquiera para recuperar el aliento, ya estaba bailando con alguien más. 

Giesel, que observaba la escena en un silencio absoluto, finalmente habló:

“A decir verdad, cuando estuve en Pereira, estuve a punto de abandonar por completo mis deberes como rey.”

“Lo sé.”

Ante la respuesta indiferente de Freeda, Giesel continuó, abriendo su corazón más de lo habitual.

“Pero, extrañamente... sentí que podía hacerlo. Tuve la sensación de que, si te explicaba la situación en aquel momento, me dirías que hiciera lo que mi voluntad dictara. Tú, Anton, e incluso el Sumo Sacerdote o el escuadrón de magos...

“¿Qué tiene eso de extraño?” replicó Freeda. “Eres una persona sumamente diligente; creo que, a veces, está bien dejar las cosas en manos de los demás y hacer lo que te dicte el corazón. Aunque seas el rey, el rey también es un ser humano, ¿No crees?”

Las palabras de Giesel fueron inusualmente largas, hilando una excusa tras otra, pero la actitud de Freeda permaneció inalterable. Ante el perfil de su prima, que respondía con esa calma y expresión tosca tan suya, Giesel asintió y fijó la vista al frente.

“Sí. Por eso... me di cuenta de nuevo de que he recibido suficiente afecto de muchas personas y que puedo apoyarme en ellas mucho más de lo que pensaba.”

“Mmm.”

“Siempre pensé que el no haberme convertido en alguien alegre y divertido como Lord Mallosen se debía a que mi entorno fue muy diferente al suyo... pero parece que no es solo eso, sino también una diferencia en nuestro carácter innato.”

“Eso es obvio.” sentenció Freeda. “Desde niño fuiste alguien peculiar. No es algo de lo que debas culpar solo a los demás.” Freeda señaló a Rensley con el mentón, observándolo en el centro del patio. “Mira a quien será tu Gran Duquesa. ¿Crees que alguien con esa energía se habría vuelto como tú aunque lo hubieran encerrado en una biblioteca desde la infancia?”

Giesel esbozó una pequeña sonrisa ante el comentario. Freeda, que observó el paisaje tras el cristal en silencio durante un rato más, sonrió frunciendo levemente el entrecejo.

“Vaya, hasta Anton ha sido arrastrado a la pista.”

“Ah, parece que la Princesa Yvette lo trajo.” comentó Giesel. “En el baile del Palacio Imperial, la princesa también fue la primera en pedirle un baile y ambos bailaron juntos.”

“¿Ah, sí?” Freeda soltó un breve quejido, pero no añadió nada más.

Cada vez que la fogata amagaba con apagarse, se arrojaba leña nueva para avivar las llamas. Aunque la noche se profundizaba, el banquete en el jardín central no mostraba signos de terminar pronto, tiñendo incansablemente la noche de primavera de Oldenlandt.

Fue mucho después de la medianoche cuando Rensley regresó finalmente a la torre principal.

Al abrir con cuidado la puerta del dormitorio del Gran Duque, Rensley asomó primero la cabeza para tantear el terreno y miró el interior. Entre las velas y lámparas que aún permanecían encendidas, junto a la chimenea que mantenía llamas mucho más discretas que durante el invierno, el dueño de la habitación seguía sentado en un sillón, despierto.

“Su Alteza, ¿Todavía no se ha acostado?” Rensley entró sonriendo con un aire algo distraído tras la fiesta. 

Giesel cerró el libro que sostenía, como si acabara de percatarse de su regreso.

“No es inusual que permanezca despierto hasta estas horas, así que no deberías sorprenderte tanto.”

“¿No le molestó el alboroto de afuera para su lectura?” preguntó Rensley acercándose. “Quería volver un poco antes... pero al intentar deshacer los malentendidos con la gente, la charla se alargó más y más.”

“¿Y se han solucionado ya todos esos malentendidos?”

“Más o menos. Al menos parece que podré volver a llevarme bien con las personas cercanas. Ahora que las cosas se han arreglado con ellos, ¿No cree que la opinión pública fuera del castillo irá mejorando poco a poco?”

Giesel se puso de pie con calma. Aunque Rensley sonreía, sus ojos recorrían afanosamente el rostro del Duque, tratando de adivinar su estado de ánimo. 

Giesel preguntó con cierta tosquedad: “¿Has bebido mucho?”

“Sí. Un poco más de lo habitual, supongo... ¿Huelo demasiado a vino?”

“¿Cenaste lo suficiente?”

“Sí. La gente no dejaba de traer una cosa tras otra para que probara. ¿Y Su Alteza…?”

“Yo también comí algo ligero.” respondió Giesel, entornando los ojos mientras desviaba la mirada. “Básicamente porque alguien que prometió prepararme una cena deliciosa no cumplió con su palabra.”

“¡Su Alteza!” exclamó Rensley. “Las cosas se dieron de esa forma y no pude evitarlo. Sentí que no podía dejar pasar la oportunidad de hoy.”

Parecía que, en su interior, a Rensley le preocupaba exactamente lo mismo, pues respondió sin dar tregua. Al ver que Giesel no respondió de inmediato, sus palabras se volvieron más rápidas y atropelladas:

“Sé que estuvo mal de mi parte no pedir permiso previo e incumplir la promesa, y lo siento. Pero gracias a eso, ¿No se solucionó lo que tanto nos angustiaba? Debo ganarme el corazón de la gente como sea antes de la boda. Sé muy bien que Su Alteza se está encargando de aplacar la insatisfacción de los nobles y ministros, pero no puede controlar lo que sienten los sirvientes o los plebeyos. Si Su Alteza mismo intentara reprimir hasta las quejas más pequeñas de sus subordinados, ¿Qué sería eso sino tiranía?”

Giesel, que observaba a su prometido mientras este protestaba con tal fervor, finalmente no pudo contener la risa y curvó la comisura de los labios. Cuando la expresión de Giesel se relajó, Rensley también le devolvió la sonrisa al instante. Una mano grande y pulcra acarició la mejilla de Rensley, que estaba encendida por el efecto del alcohol.

“Es cierto. Aunque deseaba ayudar, me sentía frustrado porque no querías que interviniera.”

“Habría sido mucho peor si lo hubiera hecho.” insistió Rensley. “Estoy seguro de que habríamos sido recordados como la peor pareja en la historia de Oldenlandt. Su Alteza habría pasado a los libros como un tirano necio manipulado por una Gran Duquesa astuta, y yo como la Gran Duquesa malvada que arruinó a un soberano ejemplar. Nos habrían insultado por los siglos de los siglos.”

“Me alegra, entonces, que las cosas se hayan resuelto según tu deseo.”

Cuando Giesel se inclinó, Rensley levantó la cabeza de forma natural. En cuanto sus labios se unieron, el dormitorio, que había estado lleno de palabras, se sumió en el silencio. Cada vez que el fuego de la chimenea oscilaba, las sombras danzantes rodeaban a la pareja como espectadores mudos de aquel beso.

El beso, impregnado de un ligero aroma a alcohol, fue profundo y pausado. Ante el contacto de los labios suaves y la lengua que acariciaba cada rincón, Rensley, que ya estaba más ebrio de lo normal, sintió un dulce vértigo. Los brazos de Giesel lo sostuvieron con fuerza cuando su cuerpo se tambaleó y se inclinó hacia un lado. Sintió que lo levantaban con ligereza. Al abrir los ojos, Rensley se encontró sentado sobre la mesa de servicio.

Rensley parpadeó, sorprendido, mirando el lugar donde estaba sentado. La mayoría de los reyes son extremadamente estrictos con el protocolo al comer; lo habitual es disfrutar de cenas formales en grandes comedores o mesas larguísimas. Pero cuando Giesel estaba concentrado en sus investigaciones, detestaba perder tiempo y solía resolver sus comidas de forma rápida en el Santuario o habitación. 

En esas ocasiones, los sirvientes traían la comida en bandejas sobre esa mesa de servicio. Muchas veces, el Duque terminaba de comer directamente allí, sin siquiera pasar los platos a una mesa real. Un rey que comía como un campesino merendando en el campo; era una escena que difícilmente se vería en cualquier otra casa real del continente.

“Hoy también ha comido aquí.” murmuró Rensley distraídamente mientras sentía las manos de su pareja sobre él.

Giesel asintió con tranquilidad mientras comenzaba a desatar, uno a uno, los nudos de la camisa de Rensley.

“¿Cómo pretendías que tuviera apetito?” replicó Giesel. “Mi prometido no solo incumplió su promesa conmigo, sino que además se dedicó a bailar con una persona tras otra justo frente a mi ventana.”

“¿Está muy enojado?. Lo siento, Su Alteza…”

“No diría que estoy enojado. Simplemente, como soy una persona mezquina por naturaleza, me sentí un poco dolido. Es propio de mí.”

“Hoy es de verdad la última vez.” prometió Rensley con urgencia. “Como hubo tantos problemas tras el anuncio de que sería la Gran Duquesa, era necesario dar tiempo a la gente para que lo asimilara. Le juro que no volveré a asistir a este tipo de banquetes de esa forma.”

“Vaya, esta vez ni siquiera te atreves a empeñar tu honor. ¿Es que finalmente se te agotó?”

“No... todavía me queda un poco, pero…” Rensley apartó la mirada, sintiéndose acorralado.

 Giesel finalmente esbozó una leve sonrisa antes de susurrar:

“Yo también lo sé.”

Cuando la parte delantera de la camisa se desabrochó por completo, la tela cayó holgada, revelando el cuerpo firme, esbelto y bien tonificado del joven. Bajo la luz dorada de la habitación, su piel blanca parecía emitir un brillo propio, mientras las sombras se acurrucaban en los surcos de sus músculos como un patrón delicado. Giesel se inclinó, recorriendo con la yema de sus dedos aquellas manchas de penumbra.

“Al igual que el trono, el lugar de la reina tampoco es para una sola persona.” sentenció Giesel con voz ronca.

“Su Alteza…”

“Como les has cedido tu tiempo a los demás hasta esta hora, a partir de ahora, este tiempo es enteramente mío.”

“¡Ah…!”

Los labios de Giesel se hundieron profundamente en su cuello, succionando la piel tibia y suave con una avidez que arrancaba chasquidos húmedos; luego, clavó los dientes con firmeza. No llegaba a ser doloroso, pero para el cuerpo ya acalorado de Rensley, fue un estímulo punzante. Pronto, su cuerpo comenzó a temblar ligeramente y su voz adquirió un tinte de excitación.

“Si va a hacerlo... por favor, que sea en la cama…”

Pero Giesel, ignorando la petición, continuó succionando la piel con fuerza, dejando marcas de dientes allá por donde pasaba. Al insistir con tanta tenacidad en el mismo punto, el estímulo, que al principio era soportable, empezó a transformarse en un dulce dolor. Incapaz de aguantar más, Rensley extendió la mano e intentó empujarlo por el hombro.

“Duele…” gimió.

Entonces, Giesel desvió ligeramente el rostro y volvió a clavar los dientes justo al lado. Esta vez, Rensley abandonó cualquier intento de resistencia y, sollozando, se aferró al hombro del Duque. Su cuello ardía, pero comprendió que, si aquel era el capricho del rey a quien le habían arrebatado a su prometido durante toda la noche, no le quedaba más remedio que ceder.

Aquellas caricias, que distaban mucho de ser convencionales, continuaron durante largo tiempo, lamiendo y mordiendo con insistencia hasta que la piel se tornó de un rojo encendido. Giesel descendió por la línea del cuello y, en un movimiento audaz, mordió uno de sus pezones ya erectos. Ante la sensación de la areola siendo masticada con tal firmeza, Rensley soltó un fuerte gemido, incapaz de contenerse por más tiempo.

“¡Ah... ugh!”

Sus piernas, que colgaban hacia abajo, se tensaron de golpe mientras un escalofrío le recorría la cintura. Como si aquella fuera la señal esperada, Giesel le despojó del pantalón y la ropa interior. Incluso mientras era devorado sobre aquella improvisada mesa de servicio, su miembro, ya rojo y rígidamente erecto, se alzó.

A continuación, al ver cómo Giesel dirigía su boca hacia la parte inferior de su cuerpo sin mediar palabra, Rensley se sobresaltó de verdad y trató de cubrirse apresuradamente con ambas manos.

“¡Ahí no puede morder, Su Alteza!”

A estas alturas, era difícil calificar aquellas acciones simplemente como caricias. Giesel, que parecía concentrado en su particular forma de marcarlo, levantó la cabeza para mirar a Rensley a los ojos.

El cuerpo blanco y terso del joven estaba cubierto de marcas carmesí. En su cuello, los hematomas se dispersaban como si le hubieran succionado la vida misma, mientras que en los hombros y el pecho, las huellas de los dientes quedaban grabadas como estigmas. Giesel sonrió con satisfacción y soltó un cumplido carente de contexto.

“Te ves bien así.”

“¿Qué... qué cosa dice?”

Aquellas palabras marcaron el final de su tregua. Las manos de Rensley, cuya guardia se había debilitado por el desconcierto, fueron apartadas con facilidad. Giesel comenzó a lamer el miembro erecto con lentitud, recorriéndolo desde la base hasta el glande.

Por fortuna, no parecía tener intención de morder allí también. Rensley se estremecía, sobresaltado, cada vez que los dientes rozaban ligeramente el glande o el cuerpo de su miembro, pero la alarma duró poco. En cuanto la lengua suave empezó a acariciar el centro de su sensibilidad y la boca húmeda engulló el tronco rígido, Rensley, que hasta entonces había estado asustado, se sumergió en un placer que hizo vibrar cada fibra de su ser.

“Ah... ah, ah, ah…”

Entre el recuerdo del vino, la música y el alivio de saber que la situación política mejoraba, Rensley se sentía flotar. Aquella fiesta que parecía ser su última noche como el "amigo de todos" se fundía ahora con un acto de placer que se sentía como un sueño febril.

Como si quisiera apremiarlo, Rensley enredó sus dedos en el largo cabello de Giesel y subió las piernas, que antes colgaban, hasta apoyarlas sobre los hombros del Duque. Giesel respondió succionando con más fuerza, moviendo la cabeza con un ritmo frenético que arrancaba sonidos húmedos. La respiración de Rensley se volvió errática y los gemidos, ahora incontenibles, llenaron la estancia. Con cada sacudida de su cuerpo, la mesa de servicio chirriaba y se balanceaba peligrosamente bajo él.

No tardó mucho en alcanzar el límite. Cuando el líquido blanco y espeso brotó, Giesel no retiró la boca ni un instante; por el contrario, hizo vibrar su garganta y lo tragó todo por completo. Rensley solo recuperó un poco de cordura para reprocharle cuando sintió que el Duque lamía incluso el rastro de semen que quedaba en el glande.

“¡Ah!... No tenía que... tragárselo. ¡Ah!...”

Sin embargo, Giesel no permitió que Rensley descansara tras la eyaculación. Retiró la boca solo para envolver el miembro con su mano, frotando el pene todavía sensible y empapado en una mezcla de saliva y semen.

Bajo la presión de aquella mano grande, el miembro sufrió una fricción implacable que producía sonidos húmedos. La zona, todavía hipersensible por el clímax reciente, volvió a calentarse con rapidez, endureciéndose hasta el punto de sentir que iba a estallar.

“¡Ah, Su Alteza! Su Alteza, por favor... ¡Deténgase, ya basta!”

El ruego de Rensley se tornó desesperado. Intentó incorporarse para detenerlo, pero al tratar de levantar el torso, la mesa de servicio con ruedas amenazó con deslizarse, haciéndole perder el equilibrio. Agarró la muñeca de Giesel con fuerza, intentando apartarla, pero le resultó imposible vencer la fuerza del Duque.

Su cuerpo, ya encendido, subió de temperatura drásticamente. Una sombra profunda se dibujó en la parte interna de sus muslos blancos mientras estos temblaban violentamente. Rensley, sin poder evitarlo, arañó la madera pulida sobre la que yacía, tratando de contener una segunda e inminente descarga. Todo su ser se sacudía en una agonía de placer.

“¡Ah, no, no puede ser…!”

Había una razón por la que se resistía con tanto ahínco después de haber eyaculado en la boca del Duque. El deseo de esta segunda eyaculación se sentía menos como un orgasmo y más como una necesidad imperiosa de orinar.

Como no era la primera vez que experimentaba aquella misma sensación, Rensley se sentía aún más inquieto. Se mordió los labios con fuerza y soportó el embate retorciendo su cuerpo sobre la madera. Incluso intentó apartarlo de alguna manera, agitando sus piernas que seguían sujetas tras la espalda de Giesel, pero fue inútil.

“No te contengas, Rensley.”

Ante aquella voz que le susurró al oído mientras se inclinaba de repente, toda su concentración y su paciencia se hicieron pedazos.

“¡Ah, ah, ah…!”

Soltando un gemido que sonó como un largo suspiro, la fuerza abandonó el cuerpo de Rensley de golpe. Solo sus piernas temblorosas y su vientre y cintura, que convulsionaban afanosamente, se movían ahora a su antojo.

El miembro de Rensley, todavía atrapado en la mano de Giesel, soltó gotas transparentes una tras otra y, finalmente, el fluido empezó a brotar a chorros. Giesel observaba a un Rensley que ya no podía emitir voz alguna y solo jadeaba, mirándolo como si estuviera admirando algo fascinante; luego, volvió a bajar su cuerpo y presionó su lengua contra el miembro que todavía goteaba.

“Ah, Su Alteza... por favor, no use la boca ahí…”

Intentó detenerlo con lo que le quedaba de voz, pero sus protestas fueron en vano. Giesel lamía lo que fluía de la uretra con la misma naturalidad con la que se bebe agua de una fuente. Tras haber agotado todas sus fuerzas en gestionar la reacción desconocida de su cuerpo y la vergüenza que esto le producía, Rensley ya no tenía energía para oponerse al Duque. 

Finalmente, tras haber succionado a su gusto a Rensley, Giesel levantó la vista sonriendo de una forma más radiante que de costumbre y soltó un comentario inesperado.

“Este fluido aparece principalmente cuando eyaculas por segunda vez. Al parecer, lo expulsas solo cuando te sientes sumamente bien.”

“¡En medio de un momento así... ah!... ¡No haga experimentos conmigo, Su Alteza!...”

“Eres realmente lindo, Rensley.”

En tal situación, Rensley no fue capaz de responder con descaro, ni siquiera ante aquel cumplido. Habiendo eyaculado dos veces —y soltando en la segunda aquel extraño fluido cuya naturaleza prefería no meditar profundamente— agotó sus últimas fuerzas y giró la cabeza con debilidad.

Fue entonces cuando sus ojos captaron algo que no había notado hasta ese instante. Bajo la mesa situada frente a la chimenea, ocultas entre las sombras, se distinguían numerosas botellas de vino vacías. Rensley, tratando de estabilizar su respiración agitada, cruzó rápidamente su mirada con la de Giesel.

“Su... Su Alteza... ¿Por casualidad está ebrio?”

“¿Que si estoy ebrio? No.”

“Pero bebió vino, ¿No?”

“Compartí unas copas con Freeda... pero ella bebió mucho más que yo.”

Rensley extendió la mano con brusquedad y atrajo a Giesel hacia sí. Hundió la nariz en su cuello para comprobar su olor corporal; aunque él mismo había bebido bastante y le costaba distinguir con certeza, le pareció que del cuerpo de Giesel emanaba, efectivamente, un ligero aroma a alcohol.

Aunque el Duque solía beber durante las comidas o acompañar de forma normal en los banquetes, Giesel era habitualmente una persona que prefería el té antes que el vino. Si entre los dos habían vaciado tantas botellas, por mucho que Freeda hubiese bebido, era evidente que la cantidad que Giesel tomó no había sido pequeña.

“Es momento para que descanse, ah, ah…”

Intentó detenerlo, sintiéndose un poco preocupado, pero Giesel deslizó su mano directamente entre sus nalgas y, finalmente, comenzó a acariciar la parte interna que no había rozado hasta ese momento.

Esa zona, ya empapada de todo tipo de fluidos corporales, engulló sin dificultad los dedos largos y gruesos de Giesel incluso sin necesidad de aceites. Mientras Rensley se entregaba al placer, su interior se calentó intensamente. Lejos de sentir dolor por la invasión, sus paredes internas se contraían y se estremecían, apretando los dedos como si estuviera succionando un dulce caramelo.

“Ah, ah, ah…”

“Por alguna razón, emites sonidos mucho más placenteros que cuando toco tu parte delantera.”

Ante el señalamiento de Giesel, Rensley soltó una sonrisa amarga a pesar de sus jadeos.

“¿No fue Su Alteza quien, mmm... me puso en este estado…?”

En cuanto terminó de hablar, los dedos se hundieron aún más profundamente. Cada vez que los dedos húmedos se movían en su interior, el sonido de la fricción se escuchaba con una claridad casi obscena. Al presionar y frotar la carne interna ardiente, la sensación se extendía hasta lo más profundo de su vientre, atormentando a Rensley antes incluso de que el Duque llegara allí.

“¡Ah, ah, ah!... ¡Ah... ah!”

Aquellas manos elegantes empujaban su interior de una forma sumamente lasciva y húmeda. Rensley, sin tiempo siquiera para cerrar la boca, gemía y tiraba de sus propios muslos con las manos. Debido a la intensidad del placer, aplicaba fuerza en las yemas de sus dedos, dejando marcas rojas sobre su propia piel.

En el rostro pulcro y noble de Giesel también se hizo evidente la excitación acumulada. Él también comenzó a desordenar su propia ropa. Al despojarse de la prenda superior negra que le cubría hasta el cuello, la luz vacilante de la habitación se convirtió en un cincel que esculpió con mayor claridad las curvas y la forma de su cuerpo grande y firme.

Inclinando su espalda ancha para cubrirlo como si fuera un techo, Rensley no pudo evitar albergar una duda mientras abría sus piernas aún más para el hombre, ¿Podría soportar una vez más después de haber eyaculado dos veces? Sin embargo, tras aquella pregunta inquietante, acechaban también una excitación y una expectación inevitables.

Era evidente cómo se aplicaba la fuerza en los músculos del torso de Giesel mientras se inclinaba entre sus piernas abiertas. Su miembro, con las venas marcadas con claridad, presionó con fuerza la entrada de Rensley y, poco después, se hundió en su cuerpo.

“¡Ah…!”

Se le escapó un gemido corto, como si el aire fuera empujado fuera de sus pulmones. Su cuerpo se sacudió violentamente y su entrada se contrajo repetidamente, apretando con firmeza el pene de Giesel.

Su cuerpo, saturado de placer, tembló sin saber qué hacer ante la simple penetración. Las paredes internas de Rensley se cerraron apresuradamente alrededor del objeto extraño que entraba arañando sus sensibles paredes. Cada vez que se contraía por instinto y apretaba el grueso miembro, sentía un cosquilleo doloroso en el vientre. Sobre su piel, las sensaciones brotaban como pequeños pinchazos de dolor.

A diferencia de Rensley, que había perdido el habla y solo intentaba recuperar el aliento tras los clímax anteriores, Giesel, que apenas comenzaba a liberar su excitación, no mostraba ninguna calma. Tras moverse lentamente unas cuantas veces, pronto aplicó fuerza y, con un empuje seco, se hundió en el fondo de Rensley.

“Uff, está... demasiado apretado…”

“No lo hago, ah... no lo hago a propósito…”

“Relájate un poco… más…” Dijo aquello mientras volvía a embestir con fuerza. 

Le pedía que se relajara, pero no le concedía el menor respiro para hacerlo, encadenando una embestida tras otra. Ante la pesada presión del miembro duro que se clavaba cada vez más profundo, Rensley fue incapaz de decir nada más; estaba demasiado ocupado soltando gemidos que sonaban a medio camino entre el llanto y el grito.

Envolvió apresuradamente sus piernas tras la espalda de Giesel. Cruzándolas con esfuerzo para anclarse a él y tratar de contener el movimiento, Rensley luchó por calmar su respiración entrecortada.

Entonces, Giesel inclinó repentinamente el torso y acercó su rostro. Antes de que Rensley pudiera recuperar la conciencia plena, sus labios volvieron a sellarse. La carne húmeda se abrió paso para lamer la lengua blanda de Rensley, recorriendo el interior de sus mejillas y cada rincón de su boca con una insistencia húmeda. Bajo aquel beso tan crudo, Rensley sintió que su boca terminaba por derretirse.

“Mmm…”

Cada vez que el aliento ardiente y las lenguas se enredaban, su parte inferior parecía imitar el movimiento, fundiéndose y succionando el grueso miembro del Duque. Con cada embestida, un placer punzante recorría las paredes internas y se extendía como una ola desde su cabeza hasta la punta de los pies.

El beso de Giesel se volvió aún más feroz como respuesta. Rensley temblaba de forma casi imperceptible en todo su cuerpo. Finalmente, la fuerza abandonó las piernas que rodeaban la cintura de Giesel y estas se deslizaron pesadamente hacia abajo.

“¡Ah, mmm… sí!”

Como si hubiera estado esperando ese momento, ante el movimiento de empuje que subía pegajosamente por abajo y luego salía, brotaron gemidos mezclados con sonidos nasales. Pero con sus labios todavía atrapados en el beso, Rensley oscilaba sin poder emitir sonidos libremente. Tras sentir cómo su interior era empujado con lentitud por un largo rato, sintió que casi se le escapaba el alma, y solo entonces pudo finalmente respirar de forma adecuada.

“¡Ah, ah…!”

Su límite ya estaba cerca. Cuando el placer que lo abrumaba se volvía insoportable, como hacía ocasionalmente en la cama, Rensley agarró el asa de la mesa de servicio que estaba sobre su cabeza y tiró de su cintura hacia arriba. Era un acto de huida instintivo para intentar evitar, aunque fuera por un instante, el miembro que pretendía apoderarse de su cuerpo sin piedad.

Pero ahora no se encontraban sobre la cama. Cada vez que Giesel agarraba firmemente la cintura de Rensley y tiraba de él, la mesa de servicio con ruedas se movía con ellos, produciendo un chirrido de deslizamiento. El cuerpo que apenas había logrado tirar un poco hacia arriba se deslizaba en vano hacia abajo, y sus nalgas chocaban como si se clavaran contra la parte inferior excitada de Giesel.

“¡Ah, ah! Es muy rápido... despacio... ¡Ah, por favor, ah, ah!”

“Entiendo… Ah, despacio…” Giesel repitió las palabras de Rensley como si estuviera dispuesto a cumplir su petición, pero solo fueron palabras. 

Hoy, de por sí, resultaba difícil asimilar aquel movimiento de cintura tan intenso, y para colmo, el cuerpo que se deslizaba hacia abajo no dejaba de ganar velocidad.

Este acto íntimo, que se volvía cada vez más violento, no permitía el descanso. Cuanto más suplicaba Rensley que lo hiciera despacio, la velocidad con la que Giesel penetraba en su interior, por el contrario, no hacía más que aumentar. Rensley, que suplicaba como si estuviera a punto de romper a llorar, finalmente no pudo aguantar más y derramó algunas lágrimas. Sentía que perdería la razón ante aquel placer continuo y arrollador.

Esta vez, Rensley extendió sus brazos. Cuando atrajo el cuerpo de Giesel sobre sí, el Duque se dejó llevar dócilmente y abrazó a Rensley con fuerza. Mientras apenas lograba tragar sus sollozos incontenibles, Rensley clavó sus dientes con firmeza en el cuello de Giesel como si fuera una pequeña venganza; Giesel, por el contrario, soltó un sonido de bestia y empujó su cintura hacia arriba con más ímpetu. 

“¡Ah, ah! Me duele, duele…” El gemido de Rensley se mezcló con una súplica desgarradora.

Giesel detuvo su movimiento, sobresaltado por el lamento. Aprovechando ese breve respiro, Rensley continuó apresuradamente sus palabras:

“La espalda, ah... me duele ahí. Yo... yo lo haré arriba. Arriba…”

En lugar de empujarlo para apartarlo, Rensley lo abrazó como si quisiera acortar aún más la distancia y aplicó fuerza en sus brazos. Entonces, Giesel gimió con fuerza y levantó a Rensley de golpe.

Sin sacar su miembro del interior de Rensley, Giesel lo cargó y se dirigió no hacia la cama, sino hacia el sillón donde había estado sentado hacía apenas un momento. Rensley se sentó sobre las piernas de Giesel, dándole la espalda en lugar de mirarlo de frente. Lo hizo porque temía que su pezón, que ya había sido mordido y succionado hasta hincharse de color rojo, fuera atacado de nuevo, y porque sentía que le resultaría más sencillo moverse sentado de esa forma para controlar el ritmo y hacerlo despacio.

“Yo... ah, me moveré… Su Alteza... por favor quédese quieto.”

“Entendido.”

Los labios de Giesel tocaron su nuca. Pequeños sonidos de besos se deslizaban desde su nuca hacia su hombro. Rensley, que se quedó aturdido por un momento ante aquel contacto tan suave, apoyó sus manos en los muslos firmes de Giesel y levantó su cintura lentamente.

“Ufff…”

En cada momento en que la carne interna ardiente rozaba densamente el glande contorneado, ante aquel placer dulcísimo, ni siquiera lograba articular bien los gemidos y solo soltaba alientos entrecortados. Volvió a bajar su cintura lentamente, recibiendo el grueso pene hasta lo más profundo de sus paredes internas.

Tras levantarse y sentarse así unas cuantas veces, frotando repetidamente su interior, sus piernas —que no conocían el cansancio aunque corriera largas distancias— empezaron a temblar violentamente. La mano que acariciaba silenciosamente la cintura de Rensley, en un instante, se cerró con fuerza alrededor de su pelvis.

“¿Ya te has cansado?”

“¡Ah, no, ah, ah!”

Como si no pudiera soportar más aquel movimiento lento y cauteloso, Giesel agarró la pelvis de Rensley y lo obligó a sentarse profundamente sobre él de un tirón.

“¡Ah, ah, ah!... ¡Ah, ah, ah!”

Tal vez porque entró con un ángulo diferente al habitual, Rensley sintió un pinchazo especialmente agudo en algún lugar sobre el ombligo que fue golpeado de repente. Su miembro, que se había calmado un poco ante el placer más pausado, volvió a erguirse rígidamente y a moverse. Aplicó fuerza por sí mismo en sus muslos blancos y los músculos se tensaron a lo largo de su piel mientras se estremecía.

Giesel ni siquiera se estaba moviendo, pero Rensley solo, como si se volviera loco de placer, echó la cabeza hacia atrás sobre el hombro ancho y firme del Duque y tembló violentamente. Intentó apoyarse en los muslos de Giesel para intentar levantarse, pero aquellas manos decididas no soltaron a Rensley ni un centímetro.

Los labios de Giesel tocaron el cabello de Rensley y el lado de su frente donde ya brotaba el sudor. Lamió su cuello y su barbilla, y depositó besos en sus sienes y mejillas. Aunque estaban sentados mirando en una misma dirección en lugar de estar frente a frente, los alientos de ambos se enredaban con una cercanía asfixiante.

Cada vez que las manos grandes de Giesel agarraban su pelvis, presionándola con fuerza, cambiando de dirección y sacudiéndola poco a poco, los temblores y los llantos de Rensley se volvían más sonoros. A continuación, una de las manos de Giesel frotó el pezón erguido y bajó por el pecho, presionando su vientre como si tirara de él. Ante aquella sensación de presión interna, su mente se nubló por completo.

“No presione… ahí… ¡Ah, ah…!”

“Aquí... lo mío, uff… se siente bajo mi mano…”

La mano grande presionaba y acariciaba con firmeza la piel del vientre de Rensley. Él, mientras temblaba sin control, bajó la cabeza. Giesel realmente estaba moviendo su mano, palpando a través de la piel la forma del miembro que llenaba el interior de su vientre.

Su vientre sobresalía de forma diferente a la habitual. Como lo había insertado, era natural que estuviera dentro, pero al confirmar directamente con sus propios ojos la forma de aquella unión, su respiración se agitó aún más ante una exaltación desconocida. Giesel abrazó la cintura de Rensley mientras mordía ligeramente su oreja y lamía con calma las curvas internas.

“Rensley... quiero seguir unido a ti por siempre.”

“¿Siem... pre…?”

“Incluso el día entero... ya sea en la cama, en la mesa, en el sillón o en cualquier lugar... Está bien si abres sus piernas bajo de mí o si te sientas encima. Está bien si te pones sobre tus rodillas o si me miras de frente... Ah, me vuelvo loco cada vez…”

Aquella voz baja, cargada de calor, como si estuviera recitando un pasaje de un libro, susurró palabras lascivas sumamente corteses directamente en su oído. Ante la sensación de que su mente y su vientre se derretían ardientemente al mismo tiempo, Rensley gimió como si estuviera sollozando.

“Está bien, ah... a mí también me gusta mucho, todo... me gusta…”

Agarró las manos de Giesel que abrazaban su vientre y movió su cintura primero de forma rápida. En cuanto Rensley se movió, Giesel también empujó su cintura hacia arriba desde abajo.

“¿Te gusta?”

“Ah, uff, sí... me, ah, gusta, ¡ah, ah!”

La respiración de Giesel, que lanzó aquella pregunta corta, se desordenó con rapidez. Gemidos bajos fluyeron de su garganta como si estuviera ansioso. Ante los gemidos de Giesel que le hacían cosquillas en el oído y su voz cargada de calor, la excitación de Rensley subió cada vez más.

“Entonces, ¿Qué tal si, como antes... solo me esperas en la habitación? A veces, uff, extraño aquel tiempo…”

“Ah, yo... ah, si Su Alteza... lo desea, ah…”

“Ah... ¿También te gusta? Tu entrada se contrae aún más.”

Cuando la piel y la carne volvieron a unirse haciendo ruidos de succión, las puntas de los pies de Rensley que tocaban el suelo se tensaron sin que se diera cuenta. El peso de aquel placer tan denso, que parecía aplastar lo más profundo de su vientre, resonó hasta la coronilla de su cabeza, por lo que pronto le resultó imposible seguir soportándolo.

Rensley, que había estado sentado con la espalda erguida moviendo su cintura, no pudo vencer la sensación que lo invadía y fue bajando su torso poco a poco. Al final, quedó en una postura con las nalgas bien alzadas, apoyando las manos en el suelo mientras seguía sentado sobre Giesel.

“¡Ah! ¡Ah, ah, ah, ah!”

Cada vez que Rensley sentía los golpes profundos y fuertes por detrás, con su cintura y pelvis bien sujetas, le parecía que el interior de su vientre vibraba. El sonido de la carne chocando era tan fuerte que resultaba impactante.

La saliva resbalaba de sus labios entreabiertos y el semen se filtraba de la punta de su miembro, cayendo gota a gota sobre la alfombra. Su visión se volvió borrosa. Tras eyacular por tercera vez, sintiendo como si una corriente eléctrica lo atravesara por completo, todo su cuerpo empezó a temblar violentamente, como una hoja al viento.

“Su Alteza... ah, espere... un momento, por favor…”

Aunque sus clímax eran constantes y agotadores, pidió un respiro, pero su voz salió como un simple jadeo. Giesel, como si no lo hubiera escuchado, continuó clavándose en él con fuerza y profundidad.

Rensley, que aguantaba el peso de Giesel apoyado sobre sus cuatro extremidades, no pudo resistir más; dobló las rodillas y se dejó caer sobre la alfombra mullida. Naturalmente, Giesel también bajó del sillón y ambos quedaron estrechamente pegados en el suelo.

Giesel embistió la parte posterior de un Rensley que ahora estaba acostado boca abajo. El grueso miembro entraba y se movía de forma vertical. Ante la sensación de ser presionado sin descanso, cuando un clímax apenas terminaba y su cuerpo seguía muy sensible, Rensley golpeaba la alfombra con las manos y, de vez en cuando, echaba la cabeza hacia atrás mientras se le escapaban las lágrimas. Ya ni siquiera intentaba pedirle que se detuviera.

El hombre se movía con una fuerza que parecía no tener fin, y en un momento dado, abrazó a Rensley con ambos brazos. El cuerpo de Giesel también temblaba por el placer mientras estaban unidos.

Con el pecho pegado a la alfombra y cargando el peso de Giesel en su espalda, Rensley recibió todo el semen en su interior. Esa sensación de calor extremo inundándolo se convirtió en un placer que ya no podía faltar en sus encuentros.

Giesel no se detuvo de inmediato incluso después de terminar; se quedó dentro de Rensley un buen rato mientras eyaculaba. Cada vez que el grueso miembro salía lentamente y volvía a entrar en aquel interior empapado de semen, Rensley simplemente lloraba porque se sentía demasiado bien.

Finalmente, Giesel detuvo el movimiento de su cintura y se acostó de lado, abrazando a un Rensley que aún sollozaba. Se quedaron en silencio por un momento, tratando de recuperar el aliento. Rensley miraba al vacío, aturdido. Pum, pum, pum. Los latidos rápidos del corazón de Giesel se pasaban a su propio pecho a través de su espalda. Sentir que sus corazones latían como uno solo era una sensación extraña, así que Rensley sonrió lentamente sin preocuparse por limpiar su rostro mojado.

“Aunque no cambie de forma... Su Alteza puede ser bastante salvaje…”

Giesel lo abrazó con más fuerza mientras seguía jadeando.

“Lamento... haber sido tan rudo contigo.”

“A mí también me gustó, así que está bien…” respondió Rensley. “Si ya terminó de comer, por favor, ayúdeme a limpiar.”

“¿Comer?”

Ante la queja de Rensley, que se sentía como la comida que habían dejado en la mesa de servicio, Giesel soltó una risita baja. La protesta de Rensley no tardó en salir:

“¿Por qué se ríe? Realmente me devoró. Dicho de forma elegante parece una cena, pero me sentí como una presa.”

“Lo siento.”

Giesel levantó a un Rensley que seguía refunfuñando y lo llevó en brazos. Caminó hasta la tina y lo sentó con cuidado. Echó agua tibia varias veces para lavar su cuerpo y limpió incluso el interior donde se habían derramado los fluidos. Rensley se quedó un poco dormido ahí sentado. Al ponerse la bata cómoda para interiores con el cuerpo ya limpio, se sintió relajado y soñoliento; parecía mentira que hace un momento hubiera sido devorado.

Sin embargo, las marcas rojas en su piel seguían ahí y, por supuesto, no se quitaban con el agua.

“Su Alteza, ¿Cómo va a arreglar esto? Si tenemos mala suerte, no se habrán quitado ni para el día de la boda.”

Tal vez sintiéndose un poco avergonzado por las marcas que dejó, Giesel no respondió de inmediato y prefirió abrazar a Rensley ocultando la mirada.

“Si no se han ido para entonces, prepararé una medicina.”

“Si hay medicina para quitarlas, no hace falta esperar. Me la pondré mañana mismo.”

“Si soy el único que va a verte, ¿Qué prisa hay por quitarlas?”

“Si están así, no podré ponerme mi ropa de siempre. Tendré que taparme hasta el cuello.”

“Parece como si hubieran brotado flores en tu cuerpo; se ve bien, déjalas un poco más.”

Ante esa ocurrencia, Rensley se quedó sin palabras. Suspiró, apoyó la frente en el hombro de Giesel y murmuró:

“Si muerde demasiado fuerte, duele. No vuelva a hacerlo.”

“Lo siento.”

“Parece que Su Alteza se molestó mucho porque me quedé divirtiéndome hasta tarde. No es común que Su Alteza beba de más... ¿Ya se le pasó el efecto?”

Giesel, ya bañado y más relajado, parecía haber recuperado su calma habitual. Pero como no quería admitir que estaba ebrio, no respondió y dijo sin mirarlo directamente:

“No fue exactamente por eso. Como vi que las cosas se estaban arreglando, mi ánimo no era tan malo.”

“Ya veo. Entonces brindó con la Princesa Freeda y también bebió por el enojo. Como bebió por dos razones, es normal que se haya pasado.”

Cuando Rensley rió para burlarse un poco, Giesel no lo negó. En su lugar, lo miró fijamente y le preguntó con un tono travieso:

“¿De verdad estás dispuesto a esperarme solo a mí en la habitación?”

“Ah, bueno... Si Su Alteza lo desea, yo lo haré con gusto.” respondió Rensley riendo por la broma. 

Giesel también sonrió levemente. Con esa sonrisa, arrugó un poco el entrecejo y le acarició el cabello.

“Dices eso sabiendo que no será así. Sí que eres realmente astuto.”

“Pero estoy de acuerdo en que hay momentos que se extrañan. Ahora que lo pienso, en aquel entonces parecía que lo único importante en el mundo éramos nosotros dos. Quizá para Su Alteza no era tan así, pero para mí sí.”

“Siento que para mí, tú eres cada vez más lo único importante.”

“Entonces tendré que estar más atento. No me quedará de otra que cumplir mis tareas como Gran Duquesa frente a todos.”

La sonrisa de Giesel se hizo más profunda y abrazó a Rensley con fuerza.

Después de un encuentro tan intenso, siempre llega un cansancio agradable. Al estar así abrazados, parece que no hay problemas en el mundo y que la paz durará para siempre. Dan ganas de alargar ese momento compartiendo charlas sencillas mientras el tiempo pasa.

“De verdad, el poder de una buena comida es increíble. Quizá ser un cocinero sea más importante que ser un mago espiritual. Porque aunque puedas controlar a los espíritus, eso no significa que puedas cambiar lo que la gente siente.”

“Si es así, tú, que eres mago espiritual y además cocinero, eres invencible.”

Ante eso, Rensley miró a Giesel con seriedad.

“Hablando de eso, hay algo en lo que he estado pensando.”

“¿En qué piensas?”

“Dicen que si un mago espiritual maneja bien sus habilidades, puede crear mana de forma casi infinita, ¿No? En Oldenlandt se necesita mucha magia para todo, así que podría ayudar mucho. Y…” Rensley dudó un poco, como si no estuviera seguro de lo que iba a decir. 

Giesel esperó con paciencia y lo animó a seguir.

“¿Y…?”

“...Al final, el mayor problema del norte siempre es la invasión de los demonios ¿Verdad? Su Alteza dijo una vez que si se pudiera poner una barrera en todo el muro, los demonios no podrían atacar. Pero que era imposible.”

“Rensley, por muy buen mago espiritual que seas, no puedes poner ese tipo de barrera. Crear energía mágica es una cosa, pero mantener una magia de barrera funcionando todo el tiempo es algo mucho más difícil. No es un problema tan sencillo.”

“Sí, no digo que vaya a hacer exactamente eso.”

En medio de la noche, los ojos de Rensley brillaban con ganas de aventura, algo poco común para estar en una cama. Giesel lo miró, atrapado por su mirada.

“Dicen que un mago espiritual talentoso puede comunicarse con todo lo que hay en el mundo. Entonces... ¿No podría hablar también con los demonios que están al otro lado del muro?”

“...”

Hasta ese momento, no se había descubierto ningún sistema de comunicación entre los demonios del norte que los humanos pudieran aprovechar o reconocer. No tenían nada que pudiera llamarse lenguaje y los órganos que emitían sonidos eran diferentes para cada criatura. 

Se les llamaba demonios de forma general, pero sus tipos eran tan variados que, al igual que los animales de diferentes especies no pueden hablar entre sí, no estaba claro si existía algún intercambio que pudiera llamarse comunicación entre ellos mismos.

Se sabía que cuando aparecían demonios gigantes de rango líder, esto afectaba a los otros, pero eso era todo. La historia de intentar varias cosas usando monstruos capturados vivos también era larga, pero nunca se habían obtenido resultados particularmente notables. 

Giesel también solo había leído sobre las habilidades de los magos espirituales en documentos antiguos. En este tipo de historias, con el paso del tiempo, es común que se añadan exageraciones y retórica, por lo que él sabía que no debía creer todo al pie de la letra.

“¿Será una idea demasiado descabellada?” preguntó Rensley. “Aun así, creo que podemos intentarlo. Si lográramos comunicarnos un poco y aprender a convivir de otra forma, quizá el invierno dejaría de ser una fuente de angustia.”

“Es cierto. Si tan solo fuera posible…”

Giesel deslizó sus dedos con suavidad por el cabello rubio de Rensley, acariciándolo con ternura. Si aquel anhelo onírico se hiciera realidad, la vida en las tierras del norte, donde el invierno reclama más de la mitad del año, se transformaría en una existencia incomparablemente más plácida. El vasto presupuesto y el incansable personal que hasta ahora se consumían en la vigilancia y la defensa contra las invasiones podrían destinarse a otros fines, haciendo que Oldenlandt floreciera con prosperidad.

Sin embargo, el verdadero cambio no era una cuestión de productividad. En primavera y verano, cuando el temor a los demonios se disipa, los rostros de la gente se iluminan y el territorio entero parece cobrar una nueva vida. Esa paz absoluta, en la que el alivio es una constante permanente, era algo que Giesel Zvendard, forjado en el rigor del norte, jamás había podido imaginar plenamente.

“Lo descubriremos cuando llegue el primer invierno en el que ejerzas como mago espiritual.” concluyó Giesel.

Era una visión que infundía felicidad incluso si por ahora solo contaba con la fuerza de la imaginación. Giesel asintió con una sonrisa y Rensley se refugió en sus brazos, riendo con suavidad.

“Dicen que en la antigüedad existían los llamados Caballeros Espirituales. Solo el nombre suena imponente, ¿No cree? Pienso fijarme eso como mi próximo objetivo.”

“No permitiré que te involucres en nada que sea demasiado peligroso.”

“No son cosas peligrosas, son cosas increíbles.”

Siguieron charlando en voz baja hasta que, finalmente, apagaron la última luz. Incluso si aquella conversación era un sueño ilusorio e inalcanzable, nada rompería la paz de esa noche. Aquello, por sí solo, ya era una historia suficiente.

Finalmente, llegó la mañana del día de la boda y Rensley abrió los ojos muy temprano. En lugar de quedarse holgazaneando en la cama, saltó de ella de un brinco y se fue directo a la ventana. Al descorrer las cortinas y abrirla, el aire fresco y frío de la mañana entró de golpe en la habitación.

Como ya era primavera, los días empezaban antes y el exterior ya estaba iluminado por la luz del sol. Al ser el día de un gran evento en el Castillo del Gran Duque, ya se podía ver a mucha gente afuera moviéndose de un lado a otro.

Rensley apoyó la barbilla en el marco de la ventana y miró hacia abajo. Al tener la ventana abierta, también se escuchaban las voces de las personas que gritaban instrucciones. Las voces de quienes preparaban la nueva boda se oían ajetreadas pero alegres. Había gente yendo y viniendo con cosas en carros pequeños, personas cruzando el jardín con ramos de flores o jarrones de agua, grupos moviéndose a prisa sosteniendo telas anchas, alguien llevando una jarra de leche y otros haciendo rodar barriles de vino.

Y hoy también estaban los niños jugando en un rincón, ajenos a lo ocupados que estaban los adultos. Un niño que estaba agachado con sus amigos haciendo dibujos en el suelo levantó la cabeza de golpe, como si hubiera sentido que alguien lo miraba. El pequeño se levantó de un salto y saludó a Rensley con la mano. Rensley también se asomó un poco más por la ventana y le devolvió el saludo con alegría.

“Su Alteza, Gran Duquesa, ¿Ya se levantó?”

Era un paisaje que veía siempre, pero hoy el sentimiento era totalmente nuevo. Mientras miraba fijamente hacia afuera, se escuchó un golpe en la puerta y luego esa voz que ya conocía tan bien. Rensley se giró con una sonrisa.

“Se levantó temprano. ¿Pudo dormir bien anoche?”

“Sí, Samlet. ¿Y tú?”

"Yo descansé bien para no cometer ningún error hoy. No tenemos mucho tiempo, así que es mejor prepararse rápido. No importa qué tan temprano se empiece con una boda, al final siempre termina faltando tiempo."

En la habitación de la Gran Duquesa, en donde antes solo la jefa de doncellas entraba a escondidas, hoy entraron varios sirvientes. Al cambiar las flores de los jarrones, el olor de las flores frescas recién cortadas perfumó el aire con suavidad.

Los sirvientes se habían preparado muy bien para atender a la primera Gran Duquesa varón. Rensley se bañó mientras lo ayudaban detrás de las cortinas y luego salió con una bata ligera para empezar a arreglarse. Le parecía muy extraño tener a tantas personas encima de él para ponerlo guapo; era algo a lo que no estaba acostumbrado para nada. Rensley se quejó un poco con Samlet.

"Solo porque hoy es la boda estoy aceptando esto, pero normalmente puedo hacer todo esto yo solo."

"Pensemos en cómo será el servicio de todos los días una vez que termine la boda." respondió Samlet con calma.

El traje de boda que finalmente habían elegido ya estaba listo, esperando a Rensley perfectamente arreglado.

Al contrario del traje formal negro de Giesel, el de Rensley se hizo con una tela blanca impecable. Giesel había dicho que el blanco puro haría que resaltaran mucho más su cabello rubio y sus ojos color púrpura azulados, y Rensley estuvo de acuerdo con él. Pensó que el negro y el blanco se verían muy bien uno al lado del otro. Además, con algunos bordados y adornos azules en ciertas partes, el traje blanco no se veía nada simple, sino bastante elegante a su manera.

Esta vez no hubo ningún velo que le tapara la cara. La capa larga tenía bordado el mismo escudo de la familia real de Oldenlandt que el que llevaba la capa de Giesel en su traje.

Rensley pensó que arreglarse sería un poco más fácil que con un vestido, pero como el traje masculino tiene muchos botones, nudos y partes que hay que acomodar a mano para que luzcan bien, tardó incluso más tiempo que en la primera boda, donde podía taparse un poco bajo el largo velo. 

Pensó que estaría tranquilo por ser la segunda vez, pero al ser la primera vez que se presentaba oficialmente como Rensley Mallosen en el puesto de Gran Duquesa, admitió que estaba un poco nervioso.

"Su Alteza, ha llegado una visita."

“¿Una visita?”

"Dicen que si le menciono que vienen del bosque, sabrá quiénes son."

El sirviente miró a Rensley con una cara de no entender nada. ¿Cómo era posible recibir a gente del bosque el día de la boda del Gran Duque, en lugar de a algún conde o a un marqués importante? Pero Rensley, lejos de extrañarse, respondió con muchísima alegría.

“Hazlos pasar de inmediato.”

Poco después, los invitados entraron en la habitación. La loba, que hoy también lucía su hermoso cabello blanco plateado en su forma humana, le dedicó una sonrisa llena de elegancia.

"¡Maestra! Qué bueno que han venido."

“He venido para comprobar los resultados de tus lecciones.”

"Se lo agradezco. Y también..."

La loba no venía sola. Trajo con ella a dos invitados más; uno de ellos era un desconocido para Rensley: un niño de unos diez años, de piel oscura y cabello gris. La otra persona era...

"¿Cómo has estado, Amin? ¿Van bien tus estudios?"

"Por supuesto. Fui el mejor de la clase en el primer examen también."

"¡Vaya, qué increíble! Bueno, es normal, ya que hasta el Gran Duque reconoció que eres un genio."

El Amin que volvía a ver después de tanto tiempo se veía completamente sano. Aunque todavía le quedaba una pequeña cicatriz en el cuello, no era algo que llamara la atención.

La loba del bosque se había interesado en Amin al ver cómo manejaba con tanta libertad una magia difícil de encontrar en el mundo humano a su corta edad, así que decidió hacerse cargo de él. Al principio, Rensley pensó que si se lo llevaba al bosque no volvería a verlo, pero la loba lo llevó a una escuela de magos dirigida por un viejo erudito que ella conocía desde hace tiempo.

Rensley ya había recibido un par de cartas de Amin desde aquel lugar. El niño se quejaba de que el sitio era tan aburrido como un convento, pero se le veía feliz. Era mucho mejor para el futuro de Amin estar bajo la guía de un maestro estricto y estudiar de verdad que ser explotado por un villano como Felyx.

Parecía que sus sentimientos hacia Felyx seguían siendo complicados. Era natural que no pudiera olvidar tan fácil la traición de alguien a quien siguió con tanta sinceridad. Rensley pensó que el niño tardaría mucho en encontrar una respuesta, pero que al final terminaría sanando a su manera. Después de todo, Rensley, que fue dejado de lado por su propia familia durante toda su vida, conocía muy bien ese sentimiento de estar atrapado entre el afecto y el rencor.

Al principio, a Rensley le preocupó dejar al niño solo en un lugar tan lejano, pero tras entender las intenciones de la loba, se quedó tranquilo. Ella prefirió observar el gran talento mágico de Amin en lugar de seguir investigando a Giesel. En este mundo, cuando se da algo, siempre se recibe algo a cambio; y si el resultado era bueno para todos, había que saber estar satisfecho.

Rensley dirigió entonces su mirada hacia el niño que veía por primera vez.

“Y también...”

“Es la primera vez que se ven con este aspecto, ¿Verdad? Es mi hijo, Auron.”

“¡Ah!”

Rensley abrió mucho los ojos, totalmente sorprendido. ¿Aquel pequeño cachorro de lobo de entonces ya había crecido tanto? Rensley, que parpadeó desconcertado, pronto soltó una carcajada llena de alegría.

"Realmente creces muy rápido. Gracias por su ayuda en aquel entonces, Príncipe Auron."

“Felicidades por tu matrimonio, Rensley.”

El niño se veía algo tímido mientras entregaba un gran ramo de flores con mucha cortesía. ¿Se habría vuelto más reservado que cuando tenía aspecto de cachorro? Quizás era porque ya estaba un poco más grande. El pequeño, cuyo rostro apenas le llegaba a la cintura a Rensley, era simplemente adorable. Rensley tomó las flores riendo.

"¡Incluso un regalo! Muchas gracias de verdad."

“Más adelante, cuando crezca más, por favor, tómeme como su segundo compañero.”

“¿Mmm?” Cuando Rensley parpadeó ante lo absurdo del comentario, la loba blanca soltó una risita burlona.

“A veces dice cosas como estas porque todavía es muy joven. Déjalo ser, ya querrá retirar sus palabras por sí mismo cuando crezca un poco más.”

"¡Ja, ja! Ciertamente, yo también les pedía a varias doncellas del castillo que se casaran conmigo cuando fuera grande. Me trae muchos recuerdos. Yo también solía proponer matrimonio entregando flores."

Rensley le susurró a la loba blanca y acarició la cabeza del príncipe, despeinándolo con cariño.

"El ramo es realmente hermoso. Son todas flores que no florecen por aquí."

“¿Ya puedes distinguirlas con solo verlas?”

"Sí. Lo que dicen es diferente de las flores de estas tierras."

La loba se acomodó en el sillón más cómodo incluso antes de que se lo ofrecieran. Observó a Rensley de arriba abajo, quien ya lucía impecable en su traje de boda.

“Se nota que ya tienes cierto estatus. Hace poco estabas llorando porque la gente se oponía a tu boda, ¿Ya se resolvió ese problema?”

"Tal vez no por completo, pero ha llegado a un punto en el que no hay obstáculos para la ceremonia. El problema de los hijos es algo que no podemos resolver por nuestra cuenta, así que tendremos que seguir cargando con ello en el futuro."

“¿El problema de los hijos?”

"Al ser un matrimonio entre hombres no podemos tener hijos. Normalmente el pueblo espera un heredero directo del rey, pero eso no es algo que se logre por voluntad humana."

“¿Y por qué dices que no se puede? Yo tampoco tuve hijos apareándome con un macho.”

"Eso es porque es la Soberana del Bosque, es un ser superior. Nosotros los humanos somos animales mucho más... físicos."

Mientras Rensley respondía riendo con timidez, los sirvientes que esperaban afuera lo apuraron.

"Su Alteza, ya debe terminar de prepararse."

“Ah, ¿Ya es hora?”

Sin terminar la charla con la loba, Rensley miró a sus invitados.

"Vamos. El Gran Duque también debe estar esperando."

El grupo salió de la habitación de la Gran Duquesa. Los guardias que estaban en el pasillo saludaron a Rensley con una sonrisa. Él les devolvió el gesto y bajó las escaleras mientras el bullicio de la gente congregada en el salón ya se escuchaba con fuerza.

Al entrar en el salón central, donde ya todo estaba listo para la boda, todas las miradas se dirigieron hacia él. La gente se apresuraba por saludar al joven rubio y Rensley también saludaba con la mano, sonriendo a todos. Vio con alegría cómo Giesel, que ya estaba abajo esperando, se abría paso entre la multitud para caminar hacia él.

“Luces realmente imponente y hermoso.”

Al escuchar a su prometido darle su opinión nada más ponerse a su lado, Rensley no pudo evitar soltar una risita baja. Se acercó un poco más y le susurró:

“Primero hay que tomarnos de la mano.”

Ante sus palabras, Giesel extendió su mano rápidamente y Rensley puso la suya encima. La mano del soberano del norte estaba tibia hoy también. Fue entonces cuando Rensley notó el broche de madera con forma de oso prendido en su solapa y abrió los ojos de par en par, sorprendido.

"¿De verdad se puso esto en su traje de boda?"

"Es un regalo tuyo, así que no hay día más adecuado que hoy."

Rensley se encogió de hombros y sonrió, dándose por vencido a medias ante el gesto de su prometido.

Aunque la primera boda había sido una farsa, no había precedentes de casarse dos veces con la misma persona. Entre los nobles que al principio dijeron que no vendrían, había bastantes que finalmente estaban presentes; parece que no pudieron aguantar la curiosidad por ver a la Gran Duquesa varón. Por supuesto, también hubo quienes no cedieron en su oposición y decidieron no mostrarse.

La canción de felicitación del coro resonó hasta lo más alto del techo. En el centro del salón lleno de gente, el Sumo Sacerdote los esperaba. Los dos, que pronto serían esposos oficialmente, caminaron hacia él con sus manos fuertemente entrelazadas. El sonido de una copa de metal vibró majestuosamente en el salón una vez más.

Cuando los dos se inclinaron ante el sacerdote, finalmente comenzó la boda.

"Giesel Zvendard, Guardián de Oldenlandt. Aquel que gobierna el Bosque Negro y el Río de Plata. ¿Consientes la unión de almas que se llevará a cabo hoy?"

“Lo consiento.”

Cuando el Gran Duque respondió, el sacerdote giró la cabeza hacia Rensley.

"Rensley Mallosen, Compañero de Laudken. Aquel que cuida las Montañas de Hielo y la Tierra Firme. Quien acompañara al Guardián en su camino ¿Consientes la unión de almas que se llevará a cabo hoy?"

“Lo consiento.”

A diferencia de la vez anterior, esta vez respondió con su propia voz, clara y firme. Rensley soltó una sonrisa algo amarga al recordar por un segundo aquel invierno pasado, cuando juró en falso oculto tras un velo y con una voz alterada por la magia.

Siguieron varios rituales y, como aquella vez, colocaron ante ellos el jarrón donde danzaba el Fuego de la Pureza. Ahora, Rensley pudo meter su mano en las llamas sonriendo con total naturalidad, sintiendo el calor real de su compromiso.

Tras terminar con los ritos, llegó el momento final: redactar de nuevo el acta matrimonial. Con esa firma, el nombre de Rensley Mallosen quedaría grabado para siempre en la historia de Oldenlandt. Giesel tomó la pluma y escribió primero su nombre con una tinta negra y decidida.

<Giesel Zvendard>

Al recibir la pluma, Rensley escribió su nombre con una caligrafía que ya no intentaba imitar a nadie más; era su propia letra, libre y orgullosa.

<Rensley Mallosen>

Al mirar el papel con su nombre escrito, sintió que su corazón latía con una fuerza renovada. 

Rensley Mallosen. Un nombre que le dieron como una excusa, diciendo que a un hijo ilegítimo no se le podía dar el apellido real. Siempre pensó que era el apellido de su madre, aunque nunca estuvo seguro y tuvo miedo de preguntar para no sentirse más vacío.

Pero ahora nada de eso importaba. Ese nombre ya no sería el de un príncipe olvidado de Cornia, sino el de la Gran Duquesa que uniría su destino al del soberano de Oldenlandt, Giesel Zvendard.

“¡Abran las puertas!”

Las enormes puertas principales del castillo se abrieron de par en par. La canción del coro que los felicitaba sonaba ahora más suave y luminosa que al principio.

Afuera, los ciudadanos se habían reunido en cantidades nunca antes vistas para ser testigos de la leyenda. Sin embargo, no hubo los gritos de alegría como en la primera boda. En su lugar, el aire se llenó de susurros, de miradas llenas de duda y de gente que hablaba entre sí con curiosidad.

Pero Rensley no se dejó intimidar. Recibió el colgante en forma de trompeta y lo prendió en su ropa. Sus ojos de color púrpura recorrieron a la multitud, luego el cielo azul y todo lo que los rodeaba. Solo después de conectar con las miradas de su gente, sus palabras fluyeron con una calma asombrosa.

"La primera vez que estuve en este lugar, les dije que solo había escuchado que Oldenlandt era un país muy frío."

"¡Cielos, de verdad es la voz de un hombre!" se escuchó murmurar a alguien entre la multitud, sorprendido.

"Pero también les dije que, gracias a su bienvenida, no sentí ese frío. Les dije que sentía que este sería el país más cálido de todo el continente para mí. Durante este invierno, esas palabras se volvieron una verdad absoluta."

“...”

"No tengo un talento tan grande como el de Su Alteza, pero quiero devolverles ese calor que me dieron con todo mi agradecimiento. Ahora mismo, aquí mismo."

Dicho esto, Rensley levantó ambas manos hacia el cielo. Mientras cerraba los ojos y susurraba a los espíritus, la gente, que seguía el movimiento de sus manos, soltaron gritos de puro asombro.

“¡Miren eso! ¡Miren las paredes!”

"¿Qué está pasando? ¿La Gran Duquesa también hace magia?"

El murmullo creció hasta volverse un rugido de asombro. La gente reía y miraba a su alrededor maravillada, estallando finalmente en aplausos mientras gritaban el nombre de su Gran Duquesa. Rensley, entonces, abrió los ojos.

Sobre el balcón, las murallas de piedra, las columnas y las enredaderas que antes eran solo ramas secas, empezaron a estallar en flores. Miles de capullos hermosos y de todos los colores brotaron en un segundo, creando un paisaje tan variado que era imposible contar tantas especies.

El Castillo de Laudken, cubierto de flores que vibraban de vida, dejó de ser una fortaleza fría para convertirse en un templo a la primavera. Con cada brisa suave, el perfume dulce y espeso de los pétalos se mezclaba con el viento. Los ciudadanos, que jamás habían visto flores tan grandes y bellas en el norte, olvidaron sus dudas y se dejaron llevar por el entusiasmo. Algunos incluso gritaban que era un milagro divino.

Lo logré. El peso que Rensley sentía en su pecho desapareció por completo. 

Lo que acababa de hacer era una técnica que había practicado muchísimo con la Loba del bosque. Aunque se esforzó, nunca había guiado a tantos espíritus al mismo tiempo y el miedo a fallar era real.

Pensó que si florecía aunque fuera la mitad, ya sería un triunfo, pero florecieron casi todas. Sintiendo que hasta los espíritus del norte celebraban su unión, Rensley recuperó toda su confianza. Esperó a que los vítores, que hacían vibrar la ciudad entera, se calmaran un poco para volver a hablar.

"He oído que nuestra historia se ha vuelto una canción que viaja por las calles. Aunque no la he escuchado, dicen que a la gente le gusta. Imagino que muchos quieren saber cómo termina." Rensley volvió a mirar a la multitud con una sonrisa radiante. "¡A partir de ahora, todo Oldenlandt escribirá ese final junto a nosotros!"

"¡Bendición eterna para el Guardián y su compañero!"

La multitud respondió con un estallido de alegría. En sus voces, ahora potentes, se sentía una mezcla de lealtad y un afecto genuino. Aunque fuera un sentimiento que pudiera desvanecerse con el tiempo, por hoy, aquello era más que suficiente. 

Rensley, manteniendo esa sonrisa radiante, terminó su saludo con una elegancia natural y dio un paso atrás.

Mientras saludaba a los ciudadanos, alcanzó a oír las risitas de algunos caballeros que hacían guardia; parecían divertidos y felices, incapaces de contener la emoción. Rensley se acercó a Giesel y, ocultando su rostro un poco, le susurró:

"¿Fui demasiado informal? ¿Cree que debería haber mantenido más la dignidad como Gran Duquesa?"

"Tu encanto natural se habrá transmitido mejor que cualquier protocolo." respondió Giesel, mirándolo con una devoción que no necesitaba palabras.

La música empezó a fluir, llenando cada rincón del castillo con notas alegres. El banquete había comenzado oficialmente.

Dentro de aquellas murallas donde Rensley había hecho brotar la primavera, la gente comenzó a bailar. Sus sonrisas parecían pétalos abriéndose al sol. Los nobles rodearon a la pareja para llenarlos de felicitaciones.

"¡Rensley, muchas felicidades! De ahora en adelante, solo tienes que dedicarte a ser feliz."

"Dejamos el futuro de Oldenlandt en sus manos, Su Alteza."

Yvette y Freeda, que lucían más hermosas que nunca, se acercaron para darles sus bendiciones. Rensley ya estaba planeando buscar un momento a solas después para agradecerles de verdad todo lo que habían hecho por él, al igual que a Anton y al fiel Stann.

"¿No vas a bailar hoy, Yvette?" preguntó Rensley.

"¡Claro que lo haré! Pero como ves, el Comandante Sorell todavía está muy ocupado dirigiendo a los guardias. No hay prisa, esperaré lo que haga falta."

Rensley notó que Yvette no ocultaba para nada su interés, así que miró de reojo a la princesa Freeda para ver su reacción. Sin embargo, ella parecía no haber escuchado nada, o quizás simplemente no le importaba, pues ya estaba charlando animadamente con otro invitado.

Tras cumplir con los saludos obligatorios, Giesel y Rensley decidieron tomarse un respiro. En lugar de unirse de inmediato al baile, se sentaron juntos a observar el salón. Rensley necesitaba un momento de calma después de haber gastado tanta energía haciendo florecer el castillo.

Era hermoso simplemente ver a la gente tan emocionada. Mientras Rensley seguía el ritmo de la música con la punta del pie y tarareaba bajito, Giesel se inclinó hacia su oído.

"Deberíamos llamar a ese poeta algún día para que actúe solo para nosotros. Al menos deberíamos escuchar nuestra propia historia una vez, ¿No crees?"

"¿De verdad? ¿No le daría un poco de vergüenza que la escuchemos siendo los protagonistas?"

Giesel se encogió de hombros con calma.

"¿Qué importa? Ese hombre ayudó a que nuestra boda fuera un éxito, se merece una recompensa. Aunque el título que le puso era realmente largo."

"Es 'La historia del matrimonio por contrato del Duque del Norte y el príncipe del sur, Rensley Mallosen, que llegó al Campo de Invierno'. Yvette dice que mi nombre destaca más porque el plan era que todo el mundo me conociera."

"Nunca me interesó mucho la poesía, así que no lo sabía, pero por lo visto les gusta poner títulos largos."

"Es porque les pagan por el tiempo que dura la función." explicó Rensley riendo. "Por eso decoran y alargan cada frase."

"Vaya... y yo que pensaba que era porque eran personas románticas, pero al final resulta que era por dinero."

"Bueno, con el tiempo la gente le pondrá un nombre más corto. Siempre pasa. Eso también es ahorro de tiempo, ¿No?" 

Rensley extendió su mano y buscó la de Giesel sobre el reposabrazos, entrelazando sus dedos con suavidad.

"¿Bailamos nosotros también? Seguro todos mueren por ver cómo baila la gran pareja de Duques."

Cuando se levantaron y caminaron hacia el centro, la multitud se abrió de par en par, dejándoles el escenario solo para ellos.

Ya habían bailado en ese mismo lugar antes, pero aquella vez Rensley era una falsa duquesa oculta bajo mentiras. En cuanto la orquesta empezó a tocar la pieza que Rensley les había hecho ensayar, ambos se movieron con una confianza perfecta.

No fue un baile lleno de movimientos extravagantes, pero había una elegancia y una sincronía en los dos jóvenes que cortaba la respiración. Incluso los invitados que esperaban ver algo extraño al ver a dos hombres bailar, terminaron hipnotizados, incapaces de apartar la vista.

Rensley se sentía pleno. Ya no le importaban las miradas; después de lo vivido en el palacio imperial, estaba inmunizado. Además, este era su hogar. Aunque era apenas la segunda vez que bailaba con un hombre en público, se movía con una fluidez exquisita, guiando a Giesel con sutil maestría.

Mientras daban vueltas por el salón, Rensley empezó a soñar despierto con el futuro. Imaginó salir cabalgando con Giesel montando a su querida Marilyn; se sentía tan conectado a ella ahora que era un mago espiritual. Pensó en llevar la alegría de este día a cada rincón de Laudken.

La voz de Giesel lo trajo de vuelta a la realidad.

"Parece que estás pensando en algo muy lejano mientras bailas conmigo."

"Lo siento... es que me siento demasiado conmovido."

"¿Y en qué piensas exactamente?"

“Pensaba en qué haremos Su Alteza y yo después de que termine el banquete.”

Podrían salir a recibir el cariño de la gente, o quedarse charlando hasta el amanecer. O quizás, simplemente huir de todos y volver a su habitación para sentir que, por fin, esta era su verdadera noche de bodas.

Como privilegio de recién casados, mañana podrían dormir hasta tarde y desayunar en la cama. Pensaba retener a Giesel, que intentaría ir al Santuario incluso en su día libre, para disfrutar juntos del sol desde temprano. Después de cepillar a Marilyn en los establos, podrían ir a la biblioteca a leer libros juntos. También tendrían que planear las visitas a los territorios de los nobles antes de que llegara el invierno.

A partir de ahora, la vida simplemente fluiría. Después de esta primavera vendría un verano corto, y luego el eterno invierno del norte. Hasta que llegara el día en que Rensley probara sus poderes como mago espiritual, ambos seguirían siendo el escudo inquebrantable de Oldenlandt.

Mientras tanto, en el invernadero crecerán frutos y verduras bajo el sol, el fuego de la chimenea seguirá encendido, la gente seguirá con sus tareas diarias y Rensley recorrerá las tierras de Oldenlandt siempre a lado de Giesel.

Al final, las historias humanas son como pequeñas piedras en un río enorme. Pero cada piedra cambia de forma, se mueve y ayuda a darle su apariencia al mundo entero.

Su primera boda fue en el corazón del invierno, pero esta vez era primavera. Por las ventanas abiertas entraba un viento tibio, y las flores que Rensley había despertado brillaban más que cualquier joya. Rensley se inclinó y le susurró a Giesel:

"Algún día, quiero que estas flores no solo llenen el castillo, sino que cubran todo el reino por fuera."

Como si recordara aquel beso que aprendió hace tiempo, Giesel rozó los dedos de Rensley con sus labios, con la delicadeza con la que se besa el pétalo más frágil.

"Yo solo te construí un pequeño invernadero... pero tú me has traído la primavera entera."

“¿Acaso eso no es también un logro de Su Alteza?”

Si es así, ruego que nuestra estación no termine nunca. 

Mientras el soberano del hielo y del invierno, el mago del trueno, pedía un deseo en silencio en lo más profundo de su corazón, la primavera, que por fin descansaba en sus brazos tras un viaje tan largo y difícil, le regaló la más hermosa de sus sonrisas.

< Winterfield, Fin >