Campo de Invierno

CAPÍTULO 20

Todo en su Lugar

Debido al placer excesivo, Rensley terminó perdiendo el conocimiento.

Lo primero que hizo al despertar fue soltar un largo suspiro. Tenía mucha sed. Recordaba que había una jarra de agua cerca de la cama, pero antes de que pudiera empezar a buscarla con la mano, escuchó una voz sobre su cabeza.

"Aquí tienes."

Rensley abrió los ojos por completo. Giesel estaba sentado a su lado, sosteniendo un vaso de agua cristalina cerca de su rostro.

"No puedo levantarme..."

Ante sus palabras, Giesel se llevó el vaso a los labios, tomó un sorbo y se inclinó sobre él. El agua fluyó de labios a labios, fresca y dulce. Tras recibir y tragar el agua varias veces de esa manera, Rensley lo miró con una sonrisa cálida.

"¿Ya amaneció?".

"No. Aún no amanece."

"¿Cuándo piensas dormir?"

"Solo necesito cerrar los ojos un momento. Dormiré como es debido una vez se resuelva todo."

Rensley dio unas suaves palmaditas a la almohada a su lado, invitándolo. Giesel la miró distraído por un instante, como si procesara el gesto, y finalmente se acostó junto a él.

El cuerpo de Rensley, que antes estaba pegajoso y húmedo por los fluidos de la noche, ahora se sentía seco y suave bajo las sábanas. No sabía si había sido obra de la magia o si Giesel se había tomado el tiempo de limpiarlo con cuidado mientras dormía. Por si acaso, tanteó ligeramente su parte trasera y notó que el orificio, antes ensanchado por la intensidad del encuentro, ahora estaba cerrado con calma y en paz.

Sentía el cuerpo lánguido y la cintura entumecida. Aunque todavía percibía un ligero dolor sordo en su parte baja, se sentía infinitamente mejor que cuando estaba encerrado en aquella torre, solo y en alerta.

"Su Alteza."

"Dime."

La noche, que antes había sido ruidosa con el roce de sus cuerpos, jadeos y sollozos, ahora estaba en completo silencio. En esa calma, incluso sus voces bajas al llamarse y responderse sonaban con una claridad cristalina.

"Quiero continuar con mi entrenamiento como mago espiritual."

"…"

"La Soberana del bosque me dijo que, si yo lo deseaba, vendría a Laudken a menudo para ayudarme. Dice que será difícil, pero que no será tan doloroso como lo que viví con el mago de Felyx. Ese tipo intentaba enseñar a otros sin tener la menor idea de lo que hacía..."

"Aun así, será agotador para ti".

"Dicen que es una habilidad extremadamente rara y no quiero desperdiciar un talento natural. Además, tengo curiosidad por saber si realmente podré hablar con los espíritus. Aunque fue por poco tiempo, sentí una conexión mientras estaba en la torre; fue una sensación fascinante.”

Giesel guardó silencio por un momento y luego asintió, con esa parsimonia que le era propia.

"Está bien. Hablaremos de ello en detalle en cuanto este incidente termine por completo.”

"¿Por qué no tiene ninguna ambición? Felyx armó un escándalo e incluso llegó a secuestrarme solo para tener a un mago espiritual bajo su mando... Si logro despertar mis poderes correctamente, ¿No sería de gran ayuda para Su Alteza?”

Aunque Rensley bromeó con una sonrisa ligera, el rostro de Giesel se mantuvo solemne.

"Por supuesto que es un gran poder. Pero no estoy seguro de si es una fuerza por la que debas pasar por tanto sufrimiento para obtenerla.”

"Bueno... si duele demasiado, yo tampoco estoy seguro de ser capaz. Pero como aún no he probado el entrenamiento de la loba, tal vez sea más llevadero de lo que imagino.”

"Dime, Rensley, ¿Acaso tú también tienes una ambición como la de Felyx? ¿Deseas un territorio cálido y fértil en lugar de las tierras frías y estériles de Oldenlandt?”

Rensley abrió mucho los ojos y negó con la cabeza con convicción.

"Para nada. Incluso en una batalla ganada, siempre hay gente que sale herida o muere. Soy lo suficientemente feliz ahora, no hay necesidad de buscar nada más. Además, no creo que Oldenlandt sea solo una tierra fría y estéril. Al contrario, me sorprende que Su Alteza no tenga ninguna ambición. Si se lo propusiera, podría lograr mucho más que el tonto de Felyx, ¿No cree?”

"…Todo en este mundo tiene sus ciclos de plenitud y de vacío." respondió Giesel con una sonrisa algo tímida y amarga. "Al estudiar, uno llega a sentir que los humanos no somos más que pequeñas piedras en una corriente gigante. Así como las naciones antiguas perecieron y las razas que vivían con los humanos desaparecieron del continente, algún día Pereira, Oldenlandt, Cornia y todos los demás países dejarán de existir, y surgirá un mundo nuevo. Mientras viva, solo deseo el lujo de leer esa corriente; no tengo otros anhelos.”

"¿Piedras?"

"No me malentiendas. No significa que desprecie a las personas. Es solo que es difícil explicar esto a los demás, por eso no suelo hablar de ello..."

Rensley miró fijamente a Giesel, quien dejó la frase en el aire con un gesto de incomodidad. Sus ojos parecían querer decir algo más, así que Giesel, en lugar de preguntar, le devolvió la mirada esperando a que hablara.

"…Al principio, intenté no doblegarme ante Felyx. Antes quizá habría sido distinto, pero en ese momento no quería ceder ante él ni un milímetro.”

Giesel asintió en respuesta.

"Pero sabía que eso solo me causaría más dolor.” Rensley continuó. “Cuanto más me resistiera, más intentaría quebrarme. Estaba claro que no podía escapar solo... Si hubiera sido el Rensley de antes, me habría roto por resistir o me habría rendido para arrastrarme ante él. Y lamentablemente, lo segundo era lo más probable.”

El entrecejo de Giesel se frunció ligeramente. Ante esa expresión que mostraba dolor por solo imaginarlo, Rensley esbozó una sonrisa amarga.

"Esta vez no hice eso. Aunque me secuestraron y el entrenamiento fue un infierno por culpa de ese inepto, me cuidé mientras esperaba. Porque creía que Su Alteza vendría a buscarme. Pensaba: 'Si Su Alteza viene y me encuentra destrozado, se pondría muy triste'. Por eso me propuse resistir y mantenerme íntegro.”

Giesel no respondió, solo miró a Rensley. El sentimiento en sus ojos al observar a su prometido pasó del simple afecto a algo cercano al respeto y el orgullo. Tomó la mano de Rensley, que estaba junto a la almohada, y le dio un beso en el dorso mientras confesaba:

"Gracias por esperarme y mantenerte a salvo.”

"¿Pero qué hay de Su Alteza?”

Rensley, en lugar de responder al tierno agradecimiento, puso una expresión melancólica. Giesel parpadeó sin entender.

"La loba me lo contó. Me dijo que Su Alteza se lanzó al río por mí... Que puso su vida como garantía con una magia prohibida y que le prometió que, si esto tenía éxito, estaría a su disposición como ella quisiera.”

"Rensley."

"Lo sé. Sé que por mi culpa, por dejarme atrapar como un tonto, Su Alteza tuvo que correr riesgos innecesarios. Sé que todo es mi culpa y que no tengo derecho a quejarme…”

Aunque intentaba hablar con calma, Rensley respiró hondo, abrumado por la emoción. Evitó la mirada de Giesel hundiendo medio rostro en la almohada.

"…Yo también quiero ser más fuerte. Saber blandir una espada no es suficiente. Voy a ser el compañero del Rey del Norte y del mejor mago del continente. Seguramente vendrán más problemas en el futuro. Aunque no pueda igualarlo, no quiero volver a poner a Su Alteza en peligro por mi culpa, jamás.”

"Ya te lo dije, esto ocurrió por mi descuido. Si no hubiera sido arrogante y te hubiera protegido mejor desde el principio, no te habrían llevado.”

"Sea cual sea la razón, si yo hubiera tenido poder, habría sido más fácil salir de allí. Lo habría hecho con mi propia fuerza, sin que Su Alteza tuviera que arriesgar su vida ni inclinar la cabeza ante la loba.”

Rensley apretó la mano de Giesel.

"No vuelva a hacer eso. No se descuide a sí mismo, ni por mí ni por nada más.”

"…"

"Le dije que intenté protegerme pensando en Su Alteza. Espero que haga lo mismo de ahora en adelante. Si algo le pasara... piense al menos una vez en lo triste que me pondría…”

La voz de Rensley se desvaneció, perdiendo la confianza. Al verlo esconderse más en la almohada, Giesel se pegó más a él y lo abrazó. Su voz baja susurró una disculpa.

"Lo siento."

"…Pero al final, gracias a que lo hizo, estoy aquí a salvo. Supongo que ahora mis palabras no son más que caprichos. Por eso, quiero tener mis propias armas. Para protegerme a mí mismo, por supuesto, pero también para poder ir a rescatar a Su Alteza si alguna vez está en peligro. Por eso me alegra haber nacido con este poder extraño.”

"Ya me has salvado.”

"¿Yo? ¿Cuándo?" Rensley levantó la vista para mirar a Giesel. 

Giesel ladeó la cabeza, pensó un momento y respondió:

"Sea como sea, pero lo hiciste."

"¡Ay, por favor! Está inventando cosas solo para animarme.”

"Si no te hubiera conocido, seguiría encerrado en mi estudio leyendo libros hasta llenarme de moho.”

"Bueno, si lo ve así, yo me habría podrido en el Palacio Real de Cornia si no fuera por Su Alteza.”

Ambos soltaron una risita involuntaria y se besaron. En algún momento, terminaron compartiendo la misma almohada, mirándose de cerca. Giesel, mientras continuaba con besos cortos, observó el rostro de Rensley con curiosidad.

"Es extraño. No pareces tan feliz."

"¿Eh? ¿Yo?"

"Dices que te alegra saber que eres un mago espiritual, pero no pareces muy convencido. Si es por miedo a que el entrenamiento sea duro, no te fuerces. Como dijiste, yo también me cuidaré más a partir de ahora.”

"No, no es por el entrenamiento..."

Rensley negó con la cabeza, pero Giesel no apartó la mirada hasta que Rensley suspiró en señal de derrota.

"De verdad que no puedo ocultarle nada. Es que me siento extraño desde lo de Felyx. Mientras estaba encerrado, su mago no dejaba de alabarme. Decía que soy un ser elegido, que tengo una habilidad especial que solo aparece cada pocos siglos.”

"¿Es algo que te disguste?"

"No es que no me guste... Es solo que yo pensaba que tenía talento para diversas cosas y que me había esforzado a mi manera, pero ahora me hacen sentir que todo fue solo porque nací siendo un mago espiritual.”

Rensley recordó la calidez que sentía al cuidar de las vacas y ovejas en el establo, o de los caballos en las caballerizas; la afinidad con la vida y el mundo que lo llenaba al dejarse llevar por el agua tibia o al correr envuelto por el viento; los frutos abundantes que parecían brotar bajo sus manos al labrar la tierra y cuidar los cultivos. Momentos hermosos que, en su momento, disipaban cualquier palabra cruel o sentimiento de tristeza.

Aunque Amin insistía en que debía estar orgulloso, a Rensley no le agradaba que sus pequeñas alegrías fueran atribuidas únicamente a su capacidad como mago espiritual. Para él, la naturaleza no era siempre amable, pero tampoco era un ser injusto que solo sonreía a los elegidos. Sin embargo, ahora temía que incluso esa percepción fuera solo una ilusión provocada por su naturaleza.

"No es nada importante. Es solo que no me acostumbro a que me digan que tengo una habilidad tan grandiosa; no siento que encaje conmigo.”

"Yo tampoco estoy de acuerdo con esa visión. Probablemente ese mago mezcló demasiado sus propias emociones al investigar sobre los magos espirituales.”

"… ¿De verdad?"

"Los magos espirituales son seres raros elegidos por los espíritus, pero al final solo son personas con la capacidad de comunicarse directamente con ellos. Tener un talento natural, incluso antes de despertar, no significa que puedas manejar a todos los seres vivos o elementos naturales con destreza por arte de magia. No es que los espíritus te eligieran porque eres un mago espiritual, sino porque eres la clase de persona que eres. Aunque es probable que tu talento natural te haya ayudado un poco a lo largo de tu vida.”

Giesel habló con total naturalidad, mirándolo a los ojos.

"Incluso si no hubieras tenido talento como mago espiritual, serías exactamente el mismo Rensley.”

Ante su firmeza, Rensley lo miró en silencio y luego sonrió lentamente. Se acurrucó un poco más en el pecho de Giesel, cerró los ojos e inhaló su aroma. Aquel aroma tenue, algo amargo como la hierba de los campos del norte o las plantas secas, que le infundía una paz profunda y que no había desaparecido ni siquiera al llegar a Pereira, con su clima y agua distintos.

"Gracias por decir eso, Su Alteza."

"No lo dije para que me dieras las gracias."

"Entonces le diré que lo amo.”

Aunque Giesel puso una expresión de no entender del todo la lógica de la respuesta, pareció complacido y sus ojos se suavizaron. Su mano grande acarició el cabello de Rensley. Este disfrutó del gesto, pero pronto volvió a mostrar preocupación.

"Por cierto, ¿qué vamos a hacer? ¿Se puede romper esa magia prohibida?”

"Tenemos mucho tiempo, así que lo investigaré con calma. Hasta ahora, nunca ha habido algo que no haya podido resolver tras dedicarle tiempo de estudio, así que esta vez también encontraré la solución.”

"Entiendo lo que dice, pero de ahora en adelante, no vuelva a tratarse a sí mismo con indiferencia. Me molesta que otros traten lo que es mío como si fuera una insignificante piedra.”

"No te molestes. Aunque todos los demás humanos sean piedras, para mí tú eres una joya.”

"No, no me refería a eso…”

El cielo tras la ventana empezaba a teñirse de un azul pálido. Pronto, el palacio y todo el continente estarían sumidos en el caos.

Sin embargo, Giesel y Rensley continuaron charlando durante lo que quedaba de madrugada, evitando a propósito los temas serios. Hablaron de lo hermoso que se veía el mar de día, de lo que harían los próximos días, de si podrían pasar aunque fuera un momento por las playas de Cornia... Tenían muchísimo de qué hablar compartiendo solo planes alegres.

Rensley, que había dicho que quería ver el amanecer ya que se habían quedado despiertos, parpadeó un par de veces tras decir eso y se quedó profundamente dormido de inmediato, como si se hubiera desmayado.

Era de esperarse que su cuerpo se rindiera al sueño tras haber soportado el encierro y aquellos crueles experimentos, sumados al agotamiento de una noche en la que ambos se entregaron sin reservas. Giesel lo cubrió con la manta hasta los hombros con suma delicadeza y salió de la cama para cerrar las cortinas del dosel, protegiendo su descanso. Solo tras ponerse la túnica y recuperar su aire solemne, abrió la puerta, provocando que los guardias que custodiaban el pasillo dieran un respingo de pura sorpresa.

"Gran... Gran Duque. ¿Cuándo regresó?”

"Regresé anoche."

Como la puerta nunca se había abierto, los soldados lo miraron como si hubieran visto a un fantasma. ¿Entonces de qué sirvió hacer guardia? pensaron, temiendo ser reprendidos. Pero Giesel, en lugar de dar explicaciones, dio las órdenes necesarias.

"Iré a ver al Emperador de inmediato. Llamen a los sirvientes para que me ayuden con mi aseo y llamen al Comandante Anton. Muévanse en silencio.”

"Entendido."

Los caballeros y soldados de Oldenlandt ya estaban acostumbrados a la forma de hablar y a las excentricidades de Giesel, así que cumplieron las órdenes sin cuestionar.

Poco después, los sirvientes entraron en el dormitorio. Giesel señaló la cama con un gesto y bajó la voz.

"Alguien está durmiendo, así que quiero prepararme en silencio.”

A través de las cortinas cerradas de la cama, solo se vislumbraba vagamente la silueta de alguien acostado. Los sirvientes contuvieron una sonrisa a duras penas.

El joven y apuesto Gran Duque del Norte, un hombre frío y reservado que despertaba la curiosidad de todos por sus escasas apariciones públicas y los rumores que lo rodeaban, había regresado de sus asuntos y, al parecer, no pudo contener su vigor, pasando toda la noche con su Gran Duquesa en el Palacio Imperial. Esto sería el chisme perfecto para entretener a los criados durante todo el día.

Pero eso sería después. Por ahora, los sirvientes mantuvieron el silencio y siguieron las órdenes del Gran Duque, limitándose a lo estrictamente necesario. Solo se escuchaba el sonido del agua al servirse, el roce de las telas y el suave cepillado del cabello.

Con el aseo completo y luciendo sus vestiduras más formales, cualquier rastro de la noche anterior quedó oculto bajo la elegancia regia del Gran Duque. Giesel se acomodaba la capa con sus característicos bordados de plata y ajustaba los gemelos de sus puños con parsimonia, justo en el instante en que la puerta se abría para dar paso a un nuevo invitado.

"Su Alteza, presento mis respetos.”

"Shh. No alces la voz."

Giesel se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio. Anton, sintiendo la atmósfera inusualmente callada, miró alrededor de la habitación y cerró la boca con gesto incómodo.

"Es suficiente. Pueden retirarse.”

Tras despedir a los sirvientes, Giesel llamó a Anton. Sentados frente a frente, comenzaron la revisión final antes de la audiencia con el Emperador.

"¿Y el mago?"

"Aún no ha recuperado el conocimiento. Pero el médico dice que despertará pronto. Recibió buenos primeros auxilios, así que su recuperación será rápida.”

"Entonces, por ahora, la única prueba útil es aquel que se transformó en Lord Mallosen. Aunque solo con eso debería bastar para convencer al Emperador.”

"Ese sujeto seguía resistiéndose, pero al mostrarle al mago que trajiste ayer, perdió toda voluntad de luchar. Ha admitido que el plan fracasó, así que no habrá inconvenientes para presentarlo como testigo.”

Giesel apoyó la barbilla en su mano, pensativo, y continuó con el interrogatorio.

"¿Alguna novedad del gremio de mercaderes?”

"Sí. Estuvimos investigando junto a la Princesa Yvette y hallamos pistas mucho más rápido de lo previsto. Parece que Felyx estuvo orquestando la guerra desde que era príncipe, y entre los involucrados encontramos a alguien descontento por el reparto de las recompensas. Como ya han ejecutado a varios de forma interna, estaba aterrorizado y no encontraba cómo escapar. Prometió testificar si Oldenlandt le garantiza seguridad y una compensación futura.”

"Bien."

Su tono seco indicaba que la información era suficiente. Giesel tomó papel y pluma de la mesa, redactó unas notas veloces y se las entregó a Anton mientras bajaba aún más la voz.

"Ahora solo queda aguardar la reacción de la familia real de Cornia. Sin importar lo que decida su Rey o las noticias que lleguen, debemos estar listos para responder al instante.”

"Entendido."

Aquello era una advertencia clara: el conflicto entre Pereira y Cornia podría estallar de forma visible en cualquier momento. Anton recibió el mapa estratégico de Cornia y esbozó una sonrisa amarga. Giesel arqueó una ceja al notar su gesto.

"¿Ocurre algo?”

"No es nada. Sé muy bien que Su Alteza es alguien excepcionalmente brillante, pero esta vez la ineptitud de nosotros, sus súbditos, me duele profundamente. Me siento avergonzado por no haber podido serle de mayor utilidad.”

"No digas tonterías. Si ustedes no hubieran cubierto mi retaguardia, jamás habría podido dejar el Palacio Imperial para rescatar a Lord Mallosen.”

Giesel bajó la mirada hacia la mesa y añadió con voz grave:

"Cualquier rey, de cualquier nación, podría actuar por su cuenta si se lo propusiera. La razón por la que no lo hacen no es por falta de capacidad, sino porque su deber se lo prohíbe.”

"…"

"Esta vez, hice a un lado mis responsabilidades como soberano y actué movido únicamente por mis propios intereses. Soy yo quien debería pedirles disculpas.”

"¿Qué está diciendo? Aunque aún no se haya proclamado de forma oficial, para nosotros Lord Mallosen ya es la Gran Duquesa. No existe un solo rey que se quede de brazos cruzados cuando la seguridad de su reina está en juego. Si el anuncio ya se hubiera realizado, este agravio habría sido motivo de guerra total, y Su Alteza lo resolvió por su propia mano.” Tras decir esto, Anton se sintió repentinamente cohibido y carraspeó. "Aunque soy mayor que Su Alteza, sigo siendo soltero, así que quizás no sea el más indicado para decir esto... pero tras el matrimonio, todos adquieren deberes sagrados hacia su cónyuge. Da igual si se es rey, caballero, canciller o un simple granjero; la lealtad es la misma para todos.”

"¿Acaso estás considerando casarte pronto?”

"No... no lo decía con esa intención.”

Anton dobló el mapa que Giesel le había dibujado y lo guardó con cuidado. Ambos se pusieron en pie. En la cama, Rensley parecía sumido en un sueño tan profundo que ni siquiera el murmullo de la conversación lograba perturbarlo.

"He convocado a todos los caballeros aquí. Deje que Lord Mallosen descanse y marche a la audiencia con el Emperador.”

"De acuerdo."

"Ah, y aquí tiene. Traje el objeto que me solicitó.”

Giesel recibió el brazalete adornado con gemas mágicas azules y, sin mediar palabra, volvió a entrar tras las cortinas del lecho. Anton observó de reojo la silueta de Giesel inclinándose sobre el durmiente Rensley, moviendo sus manos grandes con una delicadeza inaudita, pero pronto desvió la mirada con un ligero carraspeo.

"Ya es momento de marcharnos."

Solo después de conjurar poderosos hechizos de protección sobre la cama y toda la habitación, Giesel se decidió a salir. Al abrir la puerta, los caballeros de la guardia y el servicio ya lo aguardaban en formación. Giesel insistió con severidad en que no despertaran a la Gran Duquesa y que lo custodiaran con su propia vida; tras dudar un último segundo, finalmente se dio la vuelta para cumplir con su deber.

Cuando Rensley despertó, el cielo comenzaba a teñirse de un rojo vibrante con la llegada del amanecer.

Parece que no dormí tanto como pensaba, razonó para sus adentros.

La habitación de Giesel en el Palacio Imperial gozaba de una vista privilegiada. Al tener un ventanal orientado hacia el este, Rensley había deseado vivir la experiencia de ver la salida del sol desde el corazón del Palacio Imperial, y parecía haber despertado justo en el momento preciso.

Se sentía renovado, como si aquel descanso hubiera reparado cada fibra de su ser, a pesar de que solo sentía haber dormido unas pocas horas. No obstante, un hambre voraz comenzaba a hacerse notar. Con una pereza deliciosa que no recordaba haber experimentado jamás, bostezó y se giró hacia el otro lado de la cama. Al hacerlo, dio un respingo y retrocedió por puro instinto.

¿Acaso los magos tenían la facultad de ver incluso con los ojos cerrados? Aunque Rensley se había movido con sigilo, un brazo firme rodeó su cintura con agilidad y lo atrajo hacia un pecho sólido. Los ojos ámbar de Giesel se revelaron tras sus párpados.

"¿Por qué te alejas? ¿Todavía te asusta mi rostro?”

"Para nada. Pensé que estaba solo; me sorprendió encontrarlo justo a mi lado.”

Rensley, perdiendo cualquier rastro de timidez, tomó la iniciativa y se pegó más a Giesel. Sus ojos de un púrpura azulado, rebosantes de curiosidad, buscaron los del Duque.

"¿Durmió conmigo todo este tiempo? Pensé que Su Alteza había ido a ver al Emperador.”

"La audiencia terminó hace mucho. Ya arreglé lo más urgente y dejé instrucciones para los asuntos pendientes.”

"¿Tan pronto? Pero si apenas está amaneciendo... ¿Cuándo tuvo tiempo de hacer todo eso?”

Giesel soltó una risa amarga y, con ternura, apoyó su frente contra la de Rensley.

"Lord Mallosen, has dormido dos días enteros.”

"¡¿Qué?!" Rensley giró la cabeza bruscamente, estupefacto. Miró el cielo, que se aclaraba con una calma casi burlona, y volvió a encarar a Giesel.

"¿Entonces… desde aquella madrugada hasta ahora?”

"Al principio me preocupé; pensé que te habían lanzado un hechizo o que habías enfermado, pero el médico aseguró que era puro agotamiento y que lo mejor era dejarte dormir. Luego recordé haber leído que los magos espirituales recién despertados a menudo caen en letargos prolongados. ¿Te duele algo?”

"En absoluto. Me siento como si hubiera dormido una eternidad, pero…”

En realidad, no era de extrañar. Mientras estuvo en la torre, sus sueños eran breves y plagados de ansiedad; rara vez lograba bajar la guardia. Era natural que, al sentirse finalmente a salvo en los brazos de Giesel, todo el cansancio acumulado cayera sobre él de golpe.

"Y... ¿Qué ha pasado con los asuntos pendientes?”

Rensley asumía que todo se había resuelto favorablemente; de lo contrario, Giesel no estaría allí compartiendo la cama con tanta serenidad. Sin embargo, los detalles lo inquietaban. Giesel le alcanzó un vaso de agua antes de comenzar su explicación.

"El mago llamado Amin sigue inconsciente, así que estamos esperando su evolución mientras recibe tratamiento. En cuanto despierte, se convertirá en nuestro testigo clave. Al igual que tú.”

"¿Todavía no despierta? ¿Está muy malherido?”

"Perdió una cantidad considerable de sangre, pero los informes dicen que se recupera bien, así que no te preocupes.”

El rostro de Rensley, que se había tensado por la preocupación, se relajó gradualmente. Giesel le acarició el cabello con suavidad mientras continuaba.

"Tenemos bajo custodia al otro mago. Además, logramos que alguien del círculo íntimo de Felyx accediera a testificar. Podría parecer que contamos con pocos testigos, pero el Emperador no tiene razones para dudar de su palabra. Ahora que las denuncias internas empezarán a surgir, los planes de guerra de Cornia quedarán expuestos por completo.”

"¿Y qué hay de la familia real de Cornia?”

"El Rey ha sido declarado desaparecido y hay una búsqueda en curso. Probablemente huyó al comprender que su conspiración había sido descubierta. Tanto el palacio como nuestras propias fuerzas hemos desplegado personal para localizarlo.”

"…Si Felyx es destituido debido a esto, el trono pasará a manos de uno de los hijos de la reina viuda actual. El mayor apenas tiene quince años; es demasiado joven para cargar con el peso de una nación.”

"Yo heredé el trono a los dieciséis.” Le recordó Giesel. “Si su madre vive, podrá ejercer la regencia; de lo contrario, si cuenta con la gente adecuada, podrá salir adelante.”

A pesar de la lógica de las palabras de Giesel, Rensley no podía evitar un sentimiento de pesimismo. Aunque se había marchado de su patria casi como un exiliado, su amor por Cornia permanecía intacto. Le resultaba doloroso darle la espalda por culpa de los maltratos de la estirpe real; extrañaba la calidez de sus amigos, el sol radiante, el susurro del mar, la gastronomía y los ruidosos recuerdos de las noches festivas en la plaza. Cornia siempre sería, en su corazón, como un primer amor.

Si Felyx no hubiera poseído esa naturaleza tan ruin, Rensley quizá habría apoyado sus ambiciones. Siempre y cuando, por supuesto, no amenazaran a Oldenlandt.

Le inquietaba pensar si el Emperador aprovecharía este incidente como pretexto para intervenir en la soberanía de Cornia. La idea del caos en un palacio que cambiaba de monarca poco después de una coronación lo perturbaba, a pesar de que ya no pertenecía a ese mundo.

"¿Está preocupado?” preguntó Giesel.

"Lo estoy. Mi rencor era hacia Felyx y ciertos miembros de la familia Albanes, pero jamás le desearía el mal a mi país.”

"No te angusties tanto. El Emperador no fue capaz de gestionar esto por sus propios medios, así que no podrá manipular la situación a su antojo. Si esa hubiera sido su intención, me habría obligado a doblegarme para marchar contra Cornia. Pero él es pragmático; sabe que una resolución pacífica es lo más rentable. En cuanto hallen a Felyx, fabricarán una excusa diplomática y todo se acallará.”

Una guerra abierta entre naciones era una realidad muy distinta a ejecutar a unos pocos criminales que hubieran desobedecido órdenes, o someter mediante la fuerza a familias nobles que hubieran cometido traición para darles un escarmiento.

En la estabilidad actual, si el Imperio decidiera enemistarse con Cornia y, por extensión, con Oldenlandt, el conflicto no se limitaría a una escaramuza local. Sería desatar una gran guerra bajo el pretexto de haber intentado evitar otra, provocando un derramamiento de sangre de proporciones considerables. Dependiendo del resultado, el Emperador no tendría forma de escapar al juicio y al estigma de la historia por haber provocado tal desastre.

"¿Su Alteza dice eso porque... acaso piensa tomar partido por Cornia si la situación escala?”

"Mi Gran Duquesa es de Cornia, ¿No es esa una razón más que suficiente?”

"Vaya... El Gran Duque de Oldenlandt, el mago más poderoso del continente, es mi respaldo político... Como Su Alteza está tan perdidamente enamorado de mí, si yo quisiera, podría despilfarrar el tesoro real en caprichos, instigar guerras y pedirle cada noche, en la cama, que destierre a cualquiera que me mire mal, ¿No es así?” Rensley rió y se subió encima de Giesel. Tomó sus mejillas con ambas manos y susurró: "Increíble. Con que así se siente ser la Gran Duquesa. Nada mal."

Giesel permitió que una sonrisa asomara en sus labios. Cosechar la alegría de su Gran Duquesa era, después de todo, un privilegio exclusivo de su pareja. Rensley se inclinó primero para besarlo. En la quietud de la habitación, solo se escuchaba el murmullo de sus labios encontrándose en una danza lenta, hasta que Giesel rompió el silencio nuevamente.

"Le conté al Emperador sobre ti."

"¿Qué...? ¿Sobre mí?"

"Al explicar este incidente era imposible no hablar de ti. Además, es mejor que el Emperador lo sepa antes de que se anuncie oficialmente a todo el mundo. Le dije que, en cuanto te recuperaras, iríamos juntos a presentarle nuestros respetos.”

Giesel lo explicó con una naturalidad absoluta, como si estuviera hablando de un asunto cotidiano. Rensley se incorporó de golpe en la cama, estupefacto.

"¿Y… y qué dijo él? ¿Qué respondió el Emperador?”

"Al principio no entendió bien y se sorprendió; pensó que yo estaba ambos hermanos al mismo tiempo. Quizás gracias a eso, cuando le aclaré que te tomaría a ti como mi Gran Duquesa, reaccionó de forma relativamente tranquila.”

Rensley frunció el ceño ante aquellas palabras. No pudo evitar recordar todos los rumores que había escuchado de sus compañeros en la caballería.

"La gente pone cara de ser respetable, pero quién sabe qué demonios pensarán realmente... Bueno, supongo que con una guerra a punto de estallar, el hecho de que sea un matrimonio entre hombres no les parecerá la gran cosa. Al final, resultó ser un momento oportuno para anunciarlo.”

Aun así, la expresión de Rensley conservaba un rastro de incomodidad. Giesel acarició su mejilla con el pulgar, notando su inquietud.

"Parece que algo todavía te preocupa.”

"…Es que no sé cómo reaccionarán los muchachos de la caballería.” admitió Rensley. “Me da escalofríos pensar que me hablarán con honoríficos de ahora en adelante. Además, si lo anunciamos aquí sin haber discutido nada en casa, los ministros de Oldenlandt se opondrán muchísimo, ¿No cree?”

"¿Necesitas más tiempo para considerarlo?”

Rensley sonrió y negó con la cabeza con determinación ante la pregunta de Giesel.

"No. Ya tomé una decisión. Aunque me preocupe, voy a seguir adelante con Su Alteza.”

"Excelente.”

"También tengo que decírselo a Yvette."

"Ya le enviaron el aviso. Ya que estás bien descansado, ¿Qué te parece si desayunamos juntos? La Princesa también ha estado muy inquieta por ti.”

"¡Me encantaría! Con razón sentía tanta hambre. Es normal después de tanto tiempo sin probar bocado.”

Rensley saltó de la cama con una energía renovada. Debido al ímpetu del movimiento, la túnica que apenas llevaba anudada se resbaló por completo de sus hombros. 

Al quedar frente a la ventana por donde se filtraba el sol matutino, la luz anaranjada perfiló su cuerpo firme y desnudo, pues no llevaba nada debajo.

"Entonces, naturalmente Su Alteza y yo tendremos que bailar juntos.” comentó Rensley. “El baile que Su Alteza planeaba bailar con Yvette se vería extraño entre dos hombres, así que habrá que practicar uno nuevo.”

"¿Existen bailes diseñados para dos hombres?”

"No es que existan específicamente, pero hay algunos que se ven adecuados. Verá, los bailes de salón se crean teniendo en cuenta la vestimenta y el calzado de quienes bailan. Un baile con vestido es muy distinto a uno con traje de hombre. ¡Su Alteza, venga aquí! Si le parece bien, practiquemos ahora.”

"Dijiste que tenías hambre... ¿Acaso no estás cansado?”

"Ya estoy bien. Practiquemos un poco y luego comeremos. Después de dormir tanto, aún tengo energías.”

Giesel salió de la cama y recogió la túnica de Rensley. Se la colocó sobre los hombros, le ayudó a meter los brazos en las mangas y anudó el frente con firmeza antes de situarse frente a él.

"Los pasos básicos son los mismos. Vamos, tome mi mano.”

En el vasto Palacio Imperial, rebosante de vida, no hacía falta que el Emperador abriera oficialmente el gran salón de banquetes para que la música y el baile llenaran cada rincón; por doquier se celebraban reuniones de nobles, grandes y pequeñas, donde los instrumentos nunca dejaban de sonar. Desde algún lugar remoto, llegaba débilmente el eco de unos instrumentos de cuerda, como si alguien hubiera comenzado a tocar una nueva melodía.

Rensley sintió el impulso de preguntarle a Giesel qué estaba pensando en ese preciso instante. Se preguntaba si él también estaría recordando, al igual que él, aquella noche de hace tiempo cuando todavía no se habían besado; cuando, de pie junto a la ventana del dormitorio del Gran Duque en el Castillo de Laudken, practicaron aquellos primeros pasos de baile apoyándose en la música del banquete que se filtraba desde el exterior.

Anhelaba saber si Giesel recordaba el momento en que, irremediablemente atraído por la atmósfera de una noche que lo conmovía de forma extraña y por aquella sonrisa melancólica de Giesel, fue el mismo Rensley quien se atrevió a dar el primer beso...

Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, alguien llamó a la puerta desde fuera. Rensley y Giesel giraron la cabeza al unísono hacia la entrada.

"Su Alteza, soy Mads, del segundo grupo de la Orden de Caballeros.”

Era la voz de uno de los oficiales. Rensley soltó rápidamente la mano de Giesel y este caminó hacia la entrada con paso firme.

"Espera un momento.”

Rensley se vistió a toda prisa, abotonando su camisa con dedos ágiles. Aunque pronto su unión se haría pública ante todos, no deseaba que los encontraran en una situación comprometedora antes de tiempo. En cuanto terminó de arreglarse, la puerta se abrió.

"¿Qué sucede?” preguntó Giesel.

"Ha llegado un mensaje urgente desde Cornia."

El oficial lanzó una mirada de reojo a Rensley, cargada de una incomodidad evidente. Parecía dudar sobre si debía revelar la noticia frente a él. Rensley, intuyendo la gravedad del asunto, se acercó.

"Líder, ¿ocurrió algo malo?

"Es sobre el Rey Felyx de Cornia…”

"¿Lo encontraron?” intervino Giesel con voz gélida.

"Dicen que ha sido hallado muerto.” El oficial agachó la cabeza con un gesto amargo.

Los ojos de Rensley se abrieron de par en par. Sus labios, entreabiertos por la sorpresa, se apretaron con fuerza y comenzaron a temblar. El sol ya se elevaba rápido en el cielo de la capital. En la habitación de invitados, en donde el sol brillaba más, se instaló un silencio denso. Rensley no lograba decidir si aquella muerte inesperada era una bendición o una tragedia.

Sabiendo que Rensley Mallosen era, en realidad, un hijo ilegítimo de la familia Albanes, el oficial no continuó con el informe detallado y observó el ambiente con pesar. Rensley parpadeó varias veces antes de lograr preguntar:

"¿Está muerto...? ¿Cómo ha podido pasar?”

"Aún no han llegado los detalles. No fuimos nosotros quienes confirmamos el cuerpo, sino que recibimos la noticia por parte del grupo de búsqueda de Cornia... No obstante, Su Alteza, hay una orden directa del Emperador; debemos acudir personalmente para confirmar el fallecimiento.”

Giesel asintió con gravedad. Sabía que pasaría tiempo antes de recibir información adicional, así que dio una nueva instrucción.

"La Princesa ya debe estar despierta. Infórmenle de la situación y tráiganla aquí de inmediato.”

En cuanto el oficial salió, Rensley se desplomó en una silla, aturdido. Miró a Giesel con el ceño fruncido, buscando respuestas con su mirada llena de confusión.

"¿Estás bien?"

"Sí, estoy bien. Es solo que es una noticia tan inesperada que me ha sorprendido.”

"Parece que hubo una disputa interna cuando el plan falló.” comentó Giesel. “Seguramente se vio envuelto en una pelea.” Giesel se arrodilló frente a Rensley y tomó sus manos entre las suyas. Rensley intentó que se levantara, sorprendido por el gesto, pero la siguiente pregunta lo dejó sin palabras. "¿Estás triste?"

Rensley frunció el ceño con más fuerza. Ladeó la cabeza como si se cuestionara a sí mismo y respondió con firmeza:

"No lo estoy."

"¿De verdad?"

"Ese bastardo solo recibió su castigo divino. No estoy triste. Incluso si hubiera sobrevivido, su destino habría sido el mismo... Es solo que me siento extraño. Al fin y al cabo, es mi medio hermano; crecimos en el mismo palacio y estuvimos frente a frente hace apenas unos días.”

Sin embargo, a pesar de sus palabras mordaces, su expresión era atribulada. Giesel besó las manos de Rensley y murmuró, casi como una disculpa.

"Lo entiendo. Eres una persona amable, así que aunque te haya maltratado, no puedes alegrarte por la muerte de un hermano con el que compartiste tanto tiempo.”

"Bueno, no es como si fuera a ponerme a cantar de alegría, pero…”

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Alguien entró con urgencia, ignorando cualquier protocolo.

"¡Ren!"

"¡Yvette!"

Las damas de compañía intentaron entrar tras ella, pero Yvette las despidió con un gesto imperioso. Le hizo una rápida reverencia a Giesel y corrió a sentarse junto a Rensley. Los hermanos se tomaron de las manos, reflejando en sus rostros la preocupación mutua.

"Ren, ¿Estás bien? ¿No te hicieron daño?”

"Estoy bien de verdad. Digamos que simplemente me obligaron a tomarme un retiro involuntario en una habitación bastante pequeña.”

"¡Ese maldito bastardo de Felyx!” exclamó Yvette con amargura. “Seguro que él también mató al anterior Rey. ¡Quién sabe cuántas pruebas aparecerían si investigáramos de nuevo!”

Tras descargar su ira, la expresión de Yvette se tornó en una de lástima.

"Pero supongo que ya no sirve de nada. Ren, dicen que Felyx ha muerto.”

"Lo sé... me acabo de enterar.”

"No entiendo qué está pasando. Dos reyes muertos seguidos en Cornia... He deseado su muerte tantas veces, pero ahora que es real, me siento... extraña.”

"Yo igual.” asintió Rensley.

Los hermanos se quedaron sentados en silencio, con la mirada perdida. Rensley, cabizbajo, habló en voz baja:

"Cuando me contaste que el Rey anterior había muerto, no sentí nada. A pesar de que era mi padre.”

"Yo tampoco. Al contrario, lo primero que pensé fue: Por fin.”

"Tanto el Rey anterior como Felyx me trataron mal, entonces... ¿Por qué esta vez me siento tan extraño?”

Yvette se recostó en el sofá, dejando que sus rizos pelirrojos cayeran sobre sus hombros. Miró al vacío y arqueó las cejas con pesadez.

"Felyx era un bastardo, pero el Rey anterior fue el bastardo que creó a ese monstruo. Felyx fue quien más nos insultó y maltrató, pero el Rey anterior lo sabía y nunca lo detuvo. Sabía que Felyx era sospechoso de matar a sus otros hijos y no hizo nada. Solo porque era el hijo de su reina favorita y quería dejarle el trono, le dio demasiados privilegios. A ti, por ser ilegítimo, ni siquiera te dio un apellido y te usó a su antojo, mientras que a él le perdonaba incluso asesinatos. Todos estábamos bajo su mando... Al final, él fue quien convirtió a Felyx en lo que era y quien destruyó nuestra relación.”

Rensley bajó la mirada, asimilando sus palabras. Sus pestañas temblaron bajo la luz del sol. Giesel no intervino, limitándose a observar el perfil de Rensley en silencio. Tras un momento, Rensley levantó la cabeza con una pequeña sonrisa.

"Yvette, ¿Tienes hambre?"

"¿Eh? Pues sí, ya va siendo hora de desayunar.”

"Su Alteza, ¿podríamos desayunar hoy en la habitación de Yvette? ¿Le parece bien?”

Giesel asintió con suavidad.

"Si la Princesa no tiene inconveniente, por supuesto.”

"¡Ah, entonces mandaré a preparar todo en mi habitación! Vine corriendo en cuanto supe que podía verte, ni siquiera he terminado de arreglarme.” Yvette se levantó y Rensley hizo lo mismo. "Bajaré un momento. Nos vemos en un rato." Con un breve saludo, Yvette regresó a sus aposentos, dejando a Giesel y Rensley solos de nuevo.

"Gracias, Su Alteza. Mandó a llamar a Yvette a propósito porque pensó que yo estaría deprimido, ¿Verdad?”

"Sentí que no era un tema del que yo, que no conozco bien las circunstancias, pudiera hablar contigo.”

Rensley se acercó y apoyó el rostro en el pecho de Giesel. Un pequeño suspiro rozó la ropa del Duque. Con ese gesto pareció liberar parte de su pesadez y, al levantar la vista, lucía su sonrisa de siempre. Giesel lo observó en silencio.

"La verdad es que, cuando me di cuenta de que venía a buscarme, le solté a Felyx todo lo que quería decirle.”

"¿Qué le dijiste?"

"Me dijo que yo le daba lástima, y yo le respondí que su vida era mucho más lamentable. Bueno, no lo dije por verdadera compasión, pero…” Rensley dudó un momento. “Ese puesto era algo natural para él, pero para otros es un sueño inalcanzable. Podría haber sido una mejor persona, pero terminó así... Supongo que siento un poco de vacío al pensar en eso.”

"Ya veo."

Ante la respuesta corta y algo torpe de Giesel, Rensley no pudo evitar soltar una carcajada, olvidando su tristeza. Giesel mantenía su rostro inexpresivo habitual, pero Rensley podía sentir su incomodidad y esa mirada que preguntaba: ¿Por qué te ríes?

"Sé que no es algo por lo que deba recibir consuelo, pero... Su Alteza, realmente no se le da nada bien consolar a la gente.”

"Lo siento... no he tenido mucha práctica en ello.”

"No se disculpe, Su Alteza. Es reconfortante saber que hay algo que no sabe hacer a la perfección. Vamos, que realmente me muero de hambre.”

Aunque Giesel podía resultar torpe al intentar ofrecer palabras de consuelo por mero compromiso, Rensley ya se había sentido confortado en innumerables ocasiones gracias a su honestidad. Le fascinaba ese contraste en su carácter; esa sinceridad que valía más que cualquier frase ensayada.

Rensley, sintiéndose ya totalmente recuperado, tiró con entusiasmo de la mano de Giesel para invitarlo a salir. Tras ellos, la habitación quedó sumergida en el silencio, inundada por la deslumbrante y cálida luz del sol.

En la cama donde antes yacía el mago que se había hecho pasar por Rensley, ahora descansaba otra persona.

El paciente tosió con una dificultad desgarradora. Quien lo custodiaba lo miró con sorpresa al notar que finalmente recobraba el sentido. El joven intentó pedir agua, pero su voz se negó a salir; su garganta era un desierto de dolor. En lugar de responder, el cuidador abrió la puerta y llamó a alguien que esperaba en el exterior.

Por puro instinto, el paciente intentó ponerse en guardia. Buscó desesperadamente el bastón que siempre lo acompañaba, pero no estaba por ninguna parte. Incluso si lo hubiera tenido, pronto comprendió que carecía de fuerzas hasta para incorporarse, mucho menos para canalizar su magia. Además, sus muñecas estaban sujetas por esposas talladas en una piedra mágica especial: grilletes diseñados para bloquear el flujo de maná tanto en magos como en bestias. Era un objeto tristemente célebre en Cornia, vestigio de las antiguas purgas de magos.

"Ya despertaste."

El hombre que entró le resultaba familiar. Vestía una armadura ligera que lucía con orgullo el emblema de los caballeros de Oldenlandt. El joven se tensó, aferrando la manta con nudillos blancos, pero el hombre solo le ofreció un vaso de agua con serenidad.

"¿Puedes beber?"

Tras incorporarse con un esfuerzo titánico, el muchacho aceptó el vaso con ambas manos y bebió con avidez. Lo hizo de forma tan accidentada que el agua empapó su ropa y parte de la cama. Sus ojos rojos, cargados de confusión, escudriñaron al hombre y la estancia.

"¿Dónde…?" Amin, el joven mago, guardó silencio súbitamente. Su garganta estaba tan dañada que el sonido que emergió fue una sombra irreconocible de su voz. El hombre tomó asiento en una silla cercana y le dedicó una sonrisa amable.

"No te asustes. Como ves, no porto armas y no soy un mago; solo soy una persona normal.”

"…"

"Te llamas Amin, ¿Verdad? Mago de Cornia y confidente del Rey Felyx. ¿Cuántos años tienes?”

Tras un silencio sepulcral, llegó la respuesta apenas audible.

"Dieciséis."

Antes de que pudiera añadir algo más, el hombre se presentó formalmente.

"Soy Anton Sorrell, Comandante de los Caballeros de Oldenlandt. Estoy aquí para cuidarte por orden del Gran Duque.”

"¿Por qué el Gran Duque de Oldenlandt querría...?”

"Tus planes han sido expuestos ante el Emperador.” explicó Anton con calma. “Si Oldenlandt no te brinda protección, no podrás escapar de la ejecución. Sin embargo, Lord Mallosen le pidió personalmente a Su Alteza que te protegiera, y él accedió.”

Amin levantó la cabeza de golpe. Su mirada defensiva vaciló, dejando al descubierto una vulnerabilidad que no había mostrado hasta entonces.

"¿Rensley Mallosen… está a salvo?"

"Está perfectamente, sin un solo rasguño.”

"¿Y… el Rey Felyx?"

"Ha muerto."

El joven mago no se inmutó por la noticia; simplemente se sumió en el silencio. Su expresión se tornó inmensamente solitaria, cargada de un pesar demasiado profundo para alguien de apenas dieciséis años. Anton le concedió el tiempo necesario para procesar el duelo.

"Parece que fue atacado por animales salvajes. Lo encontraron en lo más profundo del bosque.”

Amin frunció el ceño. Podía aceptar la muerte de Felyx, pero no aquel motivo tan mundano.

"Imposible. El Rey Felyx poseía varios artefactos que yo mismo le entregué. Además, es un espadachín excepcional. No pudo haber caído ante simples animales…”

"Si no fueron animales, quizá fue una bestia mágica. Dicen que solo habitan en el norte, pero existen registros antiguos de avistamientos en el mar del sur.”

"¿Me estás diciendo que una bestia mágica, que no se ha visto en el sur en cien años, apareció de la nada solo para matar al Rey Felyx y luego se desvaneció?”

Amin empezó a toser con fuerza. Anton volvió a ofrecerle agua.

"Esa es la versión que más te conviene para sobrevivir.” sentenció Anton. “Como testigo, debes declarar que Felyx planeaba una invasión y que tú solo lo seguiste bajo coacción. Su Alteza el Gran Duque ya ha realizado los arreglos necesarios; si dices eso, vivirás.”

"No lo haré.” Amin negó con la cabeza, con la voz quebrada. “Él no me obligó. Lo seguí porque así lo quise. Aunque me haya abandonado, eso no altera la verdad.”

"¿Entonces pretendes morir con él?”

"Daba mi vida por perdida desde el principio.”

"El Rey Felyx reconoció tu talento y te hizo su confidente a pesar de tu corta edad. Su Alteza también valora ese don. Dijo que, probablemente, no exista nadie en el continente capaz de usar magia de ese calibre a tu edad. Te llamó genio.”

Amin abrió los ojos de par en par, desbordando desconfianza.

"Mentira... Engañé al Duque y luché contra él. No hay forma de que me elogiara.”

"Su Alteza no juzga a las personas basándose en sus sentimientos. Elogió tu habilidad como mago porque es objetivamente brillante, incluso si fuiste su enemigo.”

"…"

"Fue Su Alteza quien te salvó cuando estabas a punto de morir desangrado. Tienes dieciséis años, ¿No es así? Sería una lástima desperdiciar una vida entera de esa manera.”

Amin bajó la mirada hacia la manta, incapaz de articular palabra. Tras su rabia y su tristeza, comenzaba a asomar la duda. Sus manos temblaban visiblemente. Fue entonces cuando la puerta se abrió de nuevo. Al ver quién entraba, el rostro de Amin recuperó un destello de vitalidad.

"Rensley Mallosen."

"¡Amin! Por fin has despertado, qué alivio. Veo que tu garganta y tu cabeza funcionan bien, ya que me has reconocido a la primera.” Rensley se sentó junto a Anton, dirigiendo una sonrisa radiante a ambos. "Qué ambiente tan tenso. ¿De qué estaban hablando?”

"Intentaba convencerlo de que testificara que actuó bajo las amenazas del Rey de Cornia, para que pueda quedar libre de cargos.” explicó Anton.

"Hazlo, Amin. Si no, el Emperador no te dejará marchar. Eras el confidente de Felyx; si no cooperas, ni siquiera yo podré salvarte.”

Amin frunció el ceño ante la insistencia.

"¡¿Me pides que traicione al Rey Felyx?! ¡Tú mejor que nadie sabes lo que él hizo por mí!”

"Su Alteza mencionó que Felyx intentó deshacerse de ti en el último momento, ¿Es cierto? Todo indica que murió en medio de esa misma disputa. Si hubieras permanecido a su lado, quizá se habría salvado, pero él prefirió jugar sucio y acabó cayendo en su propia trampa.”

El mago, que hasta hace un segundo sostenía la mirada con rebeldía, se sobresaltó y desvió la vista. No articuló palabra, pero aquel silencio sepulcral lo confirmó todo. Rensley soltó un largo suspiro.

"¿Traicionarlo, dices? ¡La única traición aquí fue la que él te hizo a ti! Déjame adivinar: ¿Te apuñaló por la espalda e intentó cargarte con toda la culpa? Lo sé porque ese hombre siempre ha sido así. Es un ser carente de afecto y lealtad. Te lo advertí desde el principio, Amin. Tuviste la desgracia de cruzarte con una basura como él. Reacciona de una vez. Te usó de principio a fin y, aun así, has sobrevivido a la muerte en dos ocasiones; eso es una suerte increíble. No busques tu propia perdición.”

"No me importa. Yo mismo acepté ser su herramienta. No me importaba que me usara.”

"Claro que no te importaba entonces. Pero, Amin, eres demasiado joven. Te aseguro que en el futuro agradecerás haber sobrevivido. Algún día encontrarás a alguien que merezca tu lealtad mucho más de lo que Felyx la mereció jamás. Eres un genio, ¿acaso no valoras tu propio talento? No tiene nada de malo querer ser el instrumento de alguien, ¿Pero crees que es una tarea sencilla? Solo digo que, en este mundo tan vasto, debe haber alguien que sepa apreciarte y darte el valor que mereces. No tienes por qué rendirte a los dieciséis años.”

Amin agachó la cabeza, derrotado. Sus ojos rojos temblaban empañados por las lágrimas. 

Rensley le hizo una sutil señal a Anton para que los dejara a solas, pero el Comandante negó con la cabeza; no podía permitir que Rensley se quedara sin protección frente a un aliado de Felyx que aún no se había rendido por completo. Tras un largo rato, Amin habló en un susurro.

"Si vivo… ¿A dónde iré?"

"¿Eh?"

"No tengo nada sin el Rey Felyx. Los magos nos movíamos siempre en las penumbras y yo era su confidente más cercano. Casi nadie en el palacio de Cornia conoce mi rostro y no tengo un hogar fuera de lo que él me otorgó. Además, mi estatus social…”

"Habrás acumulado una buena fortuna trabajando como un mago de ese calibre, ¿No? Con dinero puedes establecerte donde quieras, no tiene por qué ser en Cornia. En otros reinos valoran muchísimo a los magos talentosos. Incluso el Rey anterior de Cornia los trataba mejor que a cualquier otro para asegurarse de que no se marcharan.”

Amin lo miró sin comprender, con una expresión vacía. Rensley, al captar el significado de esa mirada, hizo un gesto de absoluta indignación.

"¡Ese bastardo! Incluso después de muerto sigue siendo una escoria…”

"¡Le dije que no necesitaba dinero!” exclamó Amin. “Él me proporcionaba todo lo necesario, no tenía en qué gastar en nada…”

Rensley se sentó en el borde de la cama y, con suavidad, tomó las manos de Amin. El joven lo miró sobresaltado.

"Hablaré con Su Alteza. Él reconoce tu talento; quizá conozca alguna organización de magos donde puedas encajar. Pero no te hagas falsas ilusiones; aunque admire tu habilidad, no te tiene demasiado aprecio, pues no olvida que fuiste tú quien me secuestró.”

"…"

"No te preocupes. Con tu nivel, podrás establecerte en cualquier lugar aunque ahora no poseas ni un centavo. Me inquieta un poco dejarte solo porque no conoces nada del mundo real, pero bueno, hay chicos de tu edad que ya se ganan la vida por su cuenta.”

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Amin. El mago se la limpió con un movimiento brusco. Ni Rensley ni Anton hicieron comentario alguno, respetando aquel momento.

"Descansa esta noche, Amin. Espero que mañana aceptes nuestra propuesta con el corazón más ligero.”

Cuando Rensley se puso en pie, Anton llamó a los guardias. Rensley sentía una profunda lástima por el muchacho y deseaba darle espacio, pero comprendía que Anton no lo permitiría bajo ninguna circunstancia.

Todo comenzó a resolverse con una rapidez y discreción asombrosas. El fallecimiento de Felyx se reportó oficialmente como un trágico accidente de caza sin escolta, y los principales cabecillas de su conspiración fueron dispersados y exiliados bajo diversos pretextos diplomáticos.

La sucesión en Cornia resultó ser más fluida de lo previsto. La cuarta reina del Rey anterior supo aprovechar el vacío de poder para sentar en el trono a su hijo mayor, acordando con los ministros ejercer la regencia hasta que el joven cumpliera los diecisiete años. De ese modo, la oscura conspiración contra el Imperio quedó sepultada bajo el velo del silencio.

Rensley caminaba hacia la torre principal con un sentimiento agridulce, seguido de cerca por Anton, quien se movía como su propia sombra. Desde su regreso al palacio, nunca se encontraba solo si estaba fuera de los aposentos de Giesel.

"Lord Mallosen."

Giesel lo esperaba al pie de la torre, sabiendo de antemano que había ido a visitar a Amin. Rensley aceleró el paso con una sonrisa que iluminó su rostro.

"¿Hubo algún inconveniente?” preguntó Giesel al verlo llegar.

"Para nada. Tal como sospechaba, ha cedido pronto. Para mañana, todo estará decidido.”

El Palacio Imperial lucía una decoración exquisita, con flores y árboles embelleciendo cada rincón. Ambos comenzaron a pasear lentamente mientras conversaban en voz baja.

"Me alegra oírlo. A decir verdad, el chico no me interesa en absoluto, pero como a ti sí, prefiero que las cosas se resuelvan según tus deseos.”

"Parece que Felyx realmente intentó deshacerse de él, tal como Su Alteza sospechaba. Es un hombre despreciable. Vi de cerca cuán leal era ese niño... y al final, no es más que eso, un niño. Imagino cuán traicionado debe sentirse; es natural que decida cambiar de lado.”

Anton los seguía a una distancia prudencial, guardando silencio. Observaba con atención cómo su señor miraba a su prometido con una sonrisa suave y una devoción absoluta; una expresión que tiempo atrás le habría resultado inconcebible, pero que ahora le parecía la imagen más familiar del mundo.

"Imposible. El Rey Felyx poseía varios artefactos que yo mismo le entregué. Además, es un espadachín excepcional. No pudo haber caído ante simples animales…”

Anton había viajado personalmente a Cornia para confirmar la identidad del cadáver. Incluso él, un veterano acostumbrado a la crudeza de la guerra, se había estremecido ante el estado del cuerpo. Resultaba imposible explicar tal carnicería sin recurrir a la teoría del ataque de una bestia salvaje o un monstruo sediento de sangre; el forense imperial también había concluido que aquello no parecía, bajo ninguna circunstancia, obra de manos humanas.

Pero, tal como señalaba Amin, no se habían avistado monstruos en el sur desde hacía un siglo, y carecía de toda lógica que uno apareciera de la nada solo para aniquilar a Felyx y luego desvanecerse sin dejar rastro. Sin embargo, todos aceptaron la versión oficial de los animales; el Emperador no profundizó en la investigación, mostrándose inusualmente generoso para favorecer la estabilidad de Cornia.

Si alguien a quien deseaban eliminar discretamente moría en un oportuno accidente, no había razón para indagar más. Aun así, Anton no podía evitar sospechar la verdadera causa detrás de aquella muerte tan conveniente.

Giesel lo había nombrado personalmente como Comandante, compartiendo con él secretos tanto políticos como personales. No era solo una cuestión de confianza, sino de deber, el Comandante debía conocer la verdad absoluta por si algo le ocurriera al Gran Duque. No obstante, aquel invierno en el que Rensley abandonó Laudken y vio al Duque consumirse por un primer amor frustrado, Anton comprendió algo crucial: Giesel no compartía todo por mera responsabilidad, sino porque, hasta ese momento, simplemente nunca había tenido un secreto que deseara ocultar a los demás. Hasta ahora.

Llegaron finalmente a la puerta de los aposentos de Giesel. Anton realizó una solemne reverencia.

"Me retiro por ahora."

"¡Ah, Comandante! Muchas gracias por lo de hoy.” exclamó Rensley con una sonrisa radiante. “Gracias a que usted logró convencerlo al principio, Amin se abrió mucho más rápido conmigo…”

Anton observó fijamente al hombre que le sonreía con tanta calidez. Tras un breve silencio, Rensley comenzó a sentirse algo cohibido bajo su mirada.

"¿Pasa algo malo?”

"No es nada. Que descansen, Su Alteza, Gran Duquesa.”

"¡Ay! Por favor, no me llame así todavía, me da mucha vergüenza.”

"Yo también debo practicar el trato adecuado, ¿No cree?”

"Esto va a ser difícil de asimilar... Su Alteza, entremos pronto.” pidió Rensley.

"Entra primero. Tengo que darle unas últimas instrucciones a Anton.”

Rensley asintió y entró rápidamente para escapar del bochorno. Cuando el eco de sus pasos se desvaneció en el interior, Giesel bajó la voz.

"Anton."

"Sí, Su Alteza.”

"Ese tal Amin ha despertado, así que iré a verlo personalmente. Lord Mallosen es sabio, pero a veces tiende a ver solo el lado bueno de las personas.”

"Entendido."

"Iré en cuanto Lord Mallosen se quede dormido.”

Anton observó la espalda de Giesel mientras este cruzaba el umbral de la puerta. Esbozó una sonrisa amarga, sin saber si sentirse triste o dichoso por el cambio en su joven Rey, aquel que finalmente poseía un secreto que ocultar, o que simplemente prefería que los demás fingieran no notar.