En las tierras del norte, el amanecer llegaba más tarde y el atardecer más temprano que en Cornia, y la gente comenzaba su día mientras aún estaba oscuro.
Rensley se agitó bajo la tenue luz de la mañana, cuando el sol
aún no asomaba por el horizonte. No acostumbrado a las mañanas de invierno, se
levantó lentamente, dándose cuenta de lo difícil que era abandonar la calidez
de su cama después de sólo unos pocos días.
A su lado, Samlet organizaba las prendas con mano experta. Lo
saludó con una suave sonrisa. "¿Dormiste bien?"
Reprimiendo un bostezo, Rensley se limpió la humedad que se
acumulaba en las comisuras de sus ojos y respondió: "Sí, tú también te has
levantado temprano."
"Temo haber perturbado tu sueño. Podrías descansar un
poco más."
"No, está bien. Tenía que levantarme temprano de todos
modos."
Samlet manipulaba un vestido adornado con decoraciones
recargadas. El terciopelo azul profundo y los detalles de seda blanca se
mezclaban elegantemente, con mangas abullonadas y capas exteriores decoradas
con joyas y perlas; claramente hecho para alguien de estatus noble. Este era el
vestido de novia destinado a la futura Gran Duquesa de Oldenlandt.
"Rensley, tu baño te espera. He organizado todo para que
esté listo aquí en tus aposentos."
"Estoy en deuda contigo, Samlet. Gracias."
"No es ninguna molestia. Te dejaré con tu baño. Llámame
cuando estés listo." Samlet le dedicó una sonrisa amable y salió de la
habitación.
Ella misma habría atendido a la princesa, asegurándose de que
estuviera pulcra y perfumada con el mayor de los cuidados. Ahora ayudaba a un
hombre extranjero a asumir el papel de Gran Duquesa, una tarea que Rensley
sospechaba que seguramente le resultaba angustiante a pesar de su actitud
amistosa. Sintiendo una pizca de culpa, Rensley entró en la pequeña y profunda
bañera de madera.
Bañarse a primera hora de la mañana era algo nuevo para él,
pero encontró la experiencia inesperadamente relajante. El agua caliente,
fragante con hierbas, combinada con el aire ligeramente húmedo y el crepitar
del fuego a su lado, alivió la tensión que se acumulaba en su interior mientras
el preocupante día se avecinaba.
Había aprendido apenas la noche anterior que Laudken tenía
instalaciones para extraer agua de una gran fuente termal cercana. Esto
permitía que no solo la realeza y la nobleza, sino también los residentes del
castillo usaran agua caliente libremente. Habiendo conocido solo las aguas
frías del mar, los ríos y los valles, la idea de que el agua caliente brotara
de la tierra le parecía tan mística como el «viento cortante» sobre el que solo
había leído en los cuentos.
A medida que se acercaba el día del matrimonio, el Gran Duque
decidió cómo manejar la situación en adelante. Solo unos pocos elegidos estaban
al tanto de la verdadera identidad de Rensley: el propio Gran Duque, Samlet, el
jefe de los magos, Larkov, y el comandante de los caballeros, Anton Sorrell. El
Gran Duque había mantenido el secreto deliberadamente oculto de los altos
funcionarios de la corte e informó sólo a sus confidentes más cercanos, cuya
participación era inevitable. Inicialmente estaban sorprendidos y
desconcertados pero, tras escuchar las razones, finalmente prometieron su
apoyo.
Cuando Rensley lamentó su situación con un toque de
exageración para ganarse su simpatía, Samlet incluso derramó lágrimas,
exclamando: "Cuánto habrás tenido que soportar solo y en silencio."
Cuando se conocieron, Rensley pensó que ella era solo una doncella
experimentada y educada, pero se dio cuenta de cuán profundamente compasiva
era.
Él había hecho una petición a los confidentes del Gran Duque,
que lo trataran no como a la Gran Duquesa o como a un noble, sino como a un
igual durante su estancia en esta tierra. El Gran Duque se dirigía a él como
‘Lord Mallosen’, pero Rensley encontraba tales títulos y tratos incómodos.
Incluso los sirvientes de la Familia Real Corniana lo habían llamado por su
primer nombre sin ningún título de respeto. Él había servido a otros antes pero
nunca había mandado ni tenido asistentes personales propios, y no estaba
dispuesto a asumir un papel de autoridad aquí.
Al sonar el mediodía, el Gran Duque Giesel Zvendard se casaría
con la ‘Princesa’ Yvette de Cornia según lo planeado.
Aunque Oldenlandt no tenía leyes que prohibieran los
matrimonios entre personas del mismo sexo, tales uniones eran raras y
mayormente precedentes históricos anticuados. El consenso entre los
involucrados fue que no había necesidad de revelar la verdadera identidad de
Rensley en esta coyuntura. En su lugar, crearon una princesa ficticia; una
imagen tan alejada de la realidad que la verdadera Yvette se habría entretenido
mucho con la idea.
La historia oficial era que la Princesa Yvette Albanes, siendo
naturalmente frágil y debilitada aún más por el largo viaje y el implacable
frío del norte, permanecería en cama y fuera de la vista después de la
ceremonia, demasiado enferma para hacer apariciones públicas. La Gran Duquesa
sería una figura envuelta en misterio.
Para la ceremonia, Rensley Mallosen debía usar un velo y un
vestido, tal como lo había hecho al llegar por primera vez al castillo. Esta
vez, sin embargo, usaría el vestido de novia tradicional de Oldenlandt.
Rensley se sumergió por completo en el agua del baño, haciendo
burbujas bajo la superficie, permitiendo que el calor se filtrara en sus
huesos. Cuando finalmente emergió, se sentía más alerta y completamente
reconfortado. Sin embargo, la ansiedad por el día que tenía por delante
amenazaba con helar su corazón.
"Contrólate." susurró para sí mismo, fortaleciendo
su resolución.
Tras secarse y ponerse una túnica, Rensley se dirigió a la
cama y tiró de la cuerda junto a ella, listo para proceder con las pruebas
inevitables del día.
✦
"Cielos." jadeó Samlet, con su voz cargada de una
admiración que ya resonaba en la habitación desde hacía bastante tiempo.
Para Rensley, que tenía que sentarse quieto en la silla,
aquello era una pura tortura. Cada vez que ella expresaba su asombro, sentía un
hormigueo insoportable recorrerle la espalda.
Pero la admiración de Samlet no flaqueaba, ajena a la
incomodidad de él. "Es una verdadera lástima que yo sea la única en ver
esto. Ordinariamente, la preparación de los adornos y el vestido de novia de la
Gran Duquesa sería un gran acontecimiento, asistido por varias doncellas."
"Ciertamente, debo disculparme por poner esta carga
únicamente sobre ti..."
"Oh, no me refería a eso. Simplemente desearía que más
gente pudiera verte," dijo Samlet, dando un paso atrás para observar su
trabajo después de aplicar unos toques a sus labios. Con los ojos fijos en su
rostro, soltó otro suspiro de asombro. "Te ves realmente radiante,
Rensley. ¡Si tan solo no fueras un hombre...!"
Los dedos de los pies de Rensley se encogieron bajo las capas
de sus enaguas. "Me disculpo por eso... por todo..."
"Oh, no seas tan duro contigo mismo. Debemos aceptar
quiénes somos. No es culpa tuya haber nacido hombre. Al verte así, no puedo
evitar pensar que eres la pareja perfecta para Su Alteza."
Qué noción tan aterradora. Rensley se estremeció, con
sus hombros temblando sutilmente. Ante las instrucciones de Samlet, cerró los
ojos, sintiendo el pincel recorrer sus párpados. Justo cuando pensó que ella
había terminado, el proceso comenzaba de nuevo, poniendo a prueba su paciencia.
"Abre los ojos solo un poco. Bien."
Cada vez que el pincel danzaba a través de sus párpados
abiertos, a Rensley le entraba un sudor frío. Había esquivado hojas mortales
dirigidas hacia él varias veces antes, pero al menos entonces podía moverse
libremente.
Ahora, Samlet empuñaba el pincel amenazadoramente cerca de sus
ojos, diciéndole que no parpadeara ni se moviera. Rensley apretó los puños,
soportando el calvario, hasta que la punta del pincel pinchó la delicada piel
bajo su párpado.
"¡Ay! ¡Eso arde!"
"¿Un hombre adulto quejándose por esto? Solo aguanta un
poco más. La perfección toma tiempo." dijo Samlet, descartando su
protesta.
Su tono se volvió cortante. "El velo oscurecerá mi
rostro. ¿Podrías quizás ser menos precisa?"
"No hay lugar para menos que la perfección en la
ceremonia de matrimonio de la Gran Duquesa."
"Si realmente me consideras la Gran Duquesa, ¿No deberías
hacerme caso?"
"Oh, ¿Pero no insististe en ser tratado con
familiaridad?"
Rensley no tuvo respuesta para eso. Cerró la boca, esperando
que los preparativos terminaran pronto.
Samlet continuó retrocediendo para admirar su obra, solo para
regresar y añadir más polvo y colorete repetidamente.
Después del exhaustivo proceso de bañarse, soportar un
desayuno insípido y otra ronda de lavarse la cara y cepillarse los dientes, el
adorno nupcial le pareció interminable. Rensley refunfuñó para sus adentros
pensando que la ceremonia podría comenzar antes incluso de que tuviera un
momento para calmarse.
Finalmente, Samlet anunció el final con una mirada de profunda
satisfacción, similar a la de un pintor que acaba de completar una obra
maestra. Lo ayudó a ponerse el vestido de novia, abrochando cada cinta con
minuciosa precisión.
Como toque final, peinó cuidadosamente su cabello y luego lo
llevó ante un espejo cercano. "Mírate, Rensley. Eres la viva imagen de una
belleza exquisita, ¿No crees?"
En el espejo alto que se alzaba entre las ventanas, Rensley
vio su apariencia nupcial casi completa. Parpadeó, apenas reconociendo la
figura que le devolvía la mirada.
El cepillado meticuloso convirtió sus mechones rubios en
hebras de oro reluciente y, bajo la pálida luz que se filtraba por las
ventanas, sus ojos violetas parecieron adquirir un tono más profundo y
fascinante. El vestido, una impresionante mezcla de zafiro profundo y blanco
puro, estaba embellecido con joyas que centelleaban como la escarcha en una
mañana de invierno. Cualquier rastro de su masculinidad fue ocultado
expertamente bajo las capas de rica tela y el diseño intrincado.
Incluso el propio Rensley no podía negar el atractivo de la
figura ante él; si imaginara el reflejo como el de otra persona, podría haberla
considerado una belleza que valía una segunda mirada. Sin embargo, sin importar
cuán bellamente adornado estuviera, Rensley sabía mejor que nadie que, debajo
de todo, seguía siendo un hombre. El pensamiento de que el Gran Duque viera a
través de esta fachada lo llenó de una nueva ola de vergüenza.
Podía enumerar cien razones válidas para acceder a este falso
matrimonio, pero la verdad era que simplemente quería sobrevivir. Comparado con
Yvette, quien había escapado audazmente de aquellos que la habían atormentado
toda su vida, Rensley sentía que su intento de asegurar su vida engañando a
otros estaba lejos de ser digno.
El Gran Mago Larkov, jefe de la Orden Arcana de Oldenlandt,
entró en la habitación justo antes de que Rensley se pusiera el velo.
"¿Han terminado sus preparativos?"
Al posar su mirada en la apariencia transformada de Rensley,
abrió mucho los ojos tras sus anteojos y rio entre dientes. "¡Vaya, apenas
te reconozco! Vestido así, realmente haces una pareja impactante para Su
Alteza."
"¿No está deslumbrante?" intervino Samlet con una
sonrisa. "Quizás deberíamos encargar un retrato de la Gran Duquesa más
bella en la historia de Oldenlandt."
Rensley solo pudo suspirar, demasiado agotado para rebatir sus
comentarios burlones.
Pronto, Larkov se le acercó sosteniendo un pequeño frasco
lleno de un líquido que cambiaba lentamente entre tonos verdes y azules.
"Toma, bebe esta poción. Mantendrá tu voz alterada durante algún tiempo
después de la ceremonia. No te preocupes, tenemos más si el efecto
desaparece."
Rensley no pudo ocultar su expresión de sospecha al preguntar:
"Definitivamente volverá mi voz original, ¿verdad?" Larkov aseguró
que era un hechizo sencillo y le instó a beberlo todo.
Rensley nunca había probado un brebaje mágico. Al descorchar
el frasco, emanó un olor picante y amargo. Cerrando los ojos con fuerza y
frunciendo el ceño, apuró la poción de un solo trago. El sabor era
indescriptible, amargo, agrio y astringente a la vez, cubriendo su boca
mientras un calor hormigueante bajaba por su garganta. La sensación le recordó
a una travesura de la infancia, cuando se tragó una raíz extraña por una
apuesta y sufrió días de hinchazón y picazón en la garganta.
"Siento un cosquilleo en la garganta... ¿Oh?"
murmuró Rensley, sorprendido por el sonido desconocido de su propia voz.
Larkov asintió con satisfacción. "Perfecto. Nadie
sospechará que eres un hombre."
Rensley se frotó el cuello, sintiendo una sensación extraña,
diferente a verse adornado con polvos y pintura y vestido con un traje de
novia. Su prominente nuez de Adán permanecía intacta, un recordatorio
silencioso de su verdadero ser.
"No habrá que hablar mucho durante la ceremonia,"
continuó Larkov. "El oficiante administrará los votos y hará algunas
preguntas a las que solo necesitas responder con un 'sí'. Después, saludarás a
los invitados y residentes."
"Sí." respondió Rensley por reflejo, y luego cerró
la boca sorprendido. La voz melodiosa que escapó de sus labios se sentía ajena
a sus oídos.
Larkov rio de buena gana. "Bien, muy bien. La gente de
Oldenlandt no alarga las ceremonias matrimoniales, ni siquiera para la realeza
o la nobleza. Después de la ceremonia, habrá un banquete que durará hasta la
mañana siguiente, pero no se espera que los recién casados se queden todo el
tiempo."
Rensley parpadeó, desconcertado.
¿No debería la pareja ser el centro del banquete nupcial?
se preguntó.
Larkov, notando su confusión, explicó: "Porque deben
retirarse a pasar la noche para consumar su unión."
"¡¿Perdón?!" exclamó Rensley.
"¿Por qué tanta sorpresa? ¿Qué pareja de recién casados
no pasa su primera noche juntos? Especialmente en los matrimonios reales, la
consumación es de suma importancia. Los sirvientes prepararán el dormitorio,
así que podrán retirarse cuando estén listos después de los saludos."
Rensley lo miró en estado de shock.
¿De qué estaba hablando este anciano?
Samlet, sin embargo, permaneció impasible. "No hay
necesidad de alarmarse, Rensley. Incluso si eres una novia falsa, es importante
mostrarle a la gente que se dirigen a la habitación nupcial. Todo es por las
apariencias, no por la consumación real. Afortunadamente, en Oldenlandt, no
tenemos la costumbre de presenciar el acto en sí. He oído que en algunas
regiones lo hacen."
Larkov asintió pensativamente, "Ciertamente, donde yo
solía trabajar, se requería que la novia y el novio probaran su unión ante
testigos de ambas familias." Samlet se horrorizó ante la idea de pasar la
noche con otros mirando.
¿Se están burlando de mí? se preguntó Rensley,
frunciendo el ceño y rodando los ojos con molestia en lugar de expresar sus
pensamientos. Parecía que lo estaban molestando, ya que la risa estruendosa de
Larkov llenó la habitación de nuevo.
"Pongamos fin a esto. Me retiro. Su Alteza espera mi
consejo."
Samlet trajo el largo velo de novia y la capa ceremonial. A
diferencia del velo anterior que cubría todo su rostro excepto los ojos, este
era transparente y delicado, lo que insinuaba sus rasgos en lugar de
ocultarlos. La capa azul profundo estaba bordada con el escudo de armas de
Oldenlandt, haciendo eco del que figuraba en el atuendo del Gran Duque.
"Baja un poco la cabeza." instruyó Samlet
suavemente.
Rensley obedeció, y una suave bruma lechosa descendió sobre su
visión mientras el delicado velo cubría su rostro. Luego, el peso de una
ornamentada corona ceremonial se asentó sobre su cabeza. Con su rostro oculto
tras el velo, una sensación de alivio finalmente se estableció en él. Respiró
hondo, tratando de calmar sus nervios.
Samlet agitó la mano frente a su cara. "¿Cómo está,
Rensley? ¿Puedes ver lo suficiente?"
"Sí." respondió él, aunque su voz alterada todavía
le sonaba extraña.
Ella asintió con aprobación y lo tomó de la mano. "Ven
ahora, Su Alteza está esperando."
Aunque su visión no estaba totalmente bloqueada, el velo
transparente hacía que todo se viera borroso, y los pesados dobladillos de su
vestido hacían que cada paso fuera engorroso. Notando sus pasos vacilantes,
Samlet pidió ayuda. Varias doncellas se acercaron rápidamente, levantando los
dobladillos de la capa y el vestido, permitiendo finalmente que Rensley
caminara con más facilidad.
Descendió la escalera de caracol lentamente hasta llegar al
gran salón central, ya rebosante de invitados. El salón, más iluminado de lo
habitual, bullía con el murmullo de las conversaciones. Entre la multitud,
Rensley divisó fácilmente al Gran Duque, de pie, alto y envuelto en una capa
negra.
En Oldenlandt, parecía que incluso las galas de boda del
gobernante eran negras. Excepto por las decoraciones ornamentadas en el cuello
y los hombros, la capa del Gran Duque con bordados plateados en el centro era
muy parecida a su atuendo habitual. Sin embargo, su cabello, típicamente suelto
sobre su frente, ahora estaba peinado hacia atrás con aceite perfumado, dándole
un aire más aristocrático. Su expresión era impasible, aparentemente
indiferente a la celebración, mientras intercambiaba formalidades con los que
lo rodeaban.
No se hizo ningún anuncio, pero tan pronto como Rensley entró
solo en el salón, todos los ojos se volvieron hacia él. La mirada del Gran
Duque también se posó en él.
Rensley observó desde detrás de su velo cómo el Gran Duque
despedía a las personas a su alrededor y se acercaba. Cuando el Gran Duque le
extendió la mano, Rensley recordó los momentos que habían compartido,
comunicándose a través de mensajes escritos con los dedos.
El Gran Duque había mostrado amabilidad a la princesa Yvette a
su llegada. Aunque siempre había sido reservado, había habido una calidez sutil
en su comportamiento hacia su prometida. Ahora, esa calidez parecía haberse
desvanecido. Rensley sintió una punzada de soledad, al recordar su estatus de
extranjero en esta tierra.
"Su mano, princesa Yvette." dijo el Gran Duque,
devolviendo a Rensley al presente. Él colocó rápidamente su mano sobre la del
Gran Duque. La expresión de este permaneció estoica y distante, pero su mano
estaba cálida.
"Por aquí." el Gran Duque guio a Rensley hacia
adelante.
Todos los ojos los siguieron mientras se movían por el salón.
Un coro de pie junto a la pared comenzó a cantar un himno matrimonial lento y
solemne, llenando el gran espacio con una melodía reverente.
En el centro del salón, donde los invitados habían formado un
amplio círculo, estaba un sacerdote con vestiduras ceremoniales, esperando ante
un altar. Giesel Zvendard y Rensley Mallosen caminaron lentamente hacia
adelante, con las manos entrelazadas.
El sacerdote golpeó una vara de metal contra un cáliz sobre el
altar. El sonido agudo resonó por todo el salón, haciendo que los oídos de
todos vibraran.
El Gran Duque apretó suavemente la mano de Rensley mientras se
agachaba, indicándole que se arrodillara. Rensley hizo lo mismo, cayendo de
rodillas ante el altar.
La ceremonia de matrimonio había comenzado.
Antes de que la suave reverberación del cáliz se hubiera
extinguido por completo, el sacerdote lo golpeó unas cuantas veces más; cada
nota permanecía en el aire como un delicado carillón. Curiosamente, la
resonancia melódica pareció calmar el ansioso corazón de Rensley.
Como si leyera sus pensamientos, el sacerdote finalmente
entonó: "Guardián de Oldenlandt, Giesel Zvendard."
El Gran Duque inclinó la cabeza en una solemne reverencia.
Aunque Rensley sabía que debía moverse al unísono con él, se
encontró distraído por lo desconocido de la ceremonia extranjera. Sus ojos se
desviaron hacia el sacerdote, vestido con túnicas distintas a las que había
visto en Cornia.
"Gobernante del Bosque Negro y del Río de Plata, quien
obedece el sagrado deber del dominio, ¿Consientes la unión de almas que será
santificada hoy?"
"Lo consiento." respondió el duque, con voz
resonante y firme.
El sacerdote se volvió entonces hacia Rensley, quien bajó
rápidamente la mirada, sintiendo como si el clérigo pudiera ver a través de su
propio ser.
"Compañera de Laudken, Yvette Albanes, quien cuidará de
las montañas heladas y la tierra firme, y acompañará al Guardián en su camino.
¿Consientes la unión de almas que será santificada hoy?"
"Lo consiento." respondió Rensley, parpadeando
confundido por el sonido de su propia voz alterada. Sintiendo la mirada del
duque sobre él, se giró ligeramente para encontrarse con sus ojos.
Sí, la voz suena extraña, ¿verdad? Rensley dedicó una
sonrisa tímida detrás del velo.
La mirada del Gran Duque permaneció un momento más en el
rostro de Rensley antes de apartarse.
Tal como Larkov le había informado, el sacerdote continuó con
una serie de preguntas convencionales, principalmente relacionadas con votos de
verdad y promesas de servicio inquebrantable a Oldenlandt con cuerpo y alma
hasta el final. Cuando se le preguntó si diría solo la verdad, Rensley encontró
divertida la ironía, pero respondió con un suave "Sí."
Tras su respuesta, varios sacerdotes jóvenes se acercaron y
comenzaron a entonar oraciones en un idioma que Rensley no podía entender, casi
como encantamientos. Aunque sabía que debía permanecer alerta, la monotonía de
escuchar esos cánticos incomprensibles hizo que casi se quedara dormido.
"Yvette Albanes, por favor, levántate."
"¡Sí!" sobresaltado por el repentino llamado de su
nombre asumido, Rensley se puso de pie de un salto, como un estudiante
sorprendido soñando despierto en clase.
Un silencio inusual cayó sobre la asamblea.
Se le ocurrió a Rensley que, tal vez, su vigorosa respuesta
desentonaba con la imagen frágil de Yvette Albanes, quien se suponía era una
figura delicada que rara vez salía de su habitación. Rápidamente bajó la cabeza
en un gesto de recatada humildad.
El sacerdote, aparentemente ajeno a cualquier incongruencia,
continuó, "Si has dicho solo la verdad, pasarás esta prueba ilesa."
¿Una prueba? pensó Rensley, desconcertado. No tenía
idea de a qué se refería el sacerdote.
En ese momento, surgieron otros cuatro sacerdotes jóvenes
cargando un gran brasero de patas curvas. Al mirar más de cerca, Rensley notó
que estaba apagado y su superficie tenía intrincados patrones tallados con
delicadeza.
El sacerdote se paró frente al brasero, entonando un
encantamiento y trazando un sigilo mágico en el aire. De repente, una llama
amarilla brotó del brasero previamente vacío; su brillo era penetrante incluso
a través del velo que cubría el rostro de Rensley. Sobresaltado, cerró los ojos
por instinto. Aunque no había humo, el fuego era real.
La voz del sacerdote resonó de nuevo. "Yvette Albanes,
coloca tus manos en la llama sagrada y demuestra tu verdad."
Los ojos de Rensley se abrieron de par en par por el shock.
¿Colocar mis manos en qué?
Su mirada revoloteó entre el fuego ardiente y el rostro
tranquilo del sacerdote, luego se desplazó hacia Giesel Zvendard, quien
permanecía arrodillado a su lado con una expresión inescrutable. Su rostro no
mostraba signos de preocupación, como si Rensley fuera un extraño en lugar de
su prometida.
La boca de Rensley se secó mientras las dudas comenzaban a
filtrarse, ¿Había sido todo esto una trampa desde el principio ideada por el
Gran Duque? ¿Estaban Samlet y Larkov metidos en el plan, conspirando para
quemarlo vivo por sus transgresiones?
Parecía seguro que la multitud reunida estaba ansiosa por
presenciar y brindar por su ardiente desaparición; después de todo, no había espectáculo
más fascinante que una ejecución pública. En Cornia, el día de tales eventos,
especialmente las quemas, se permitía a la gente salir temprano del trabajo
para reunirse y observar la ejecución. Al cruel príncipe heredero le gustaba
particularmente dar a los prisioneros condenados falsas esperanzas, fingiendo
que podrían salvarse, solo para arrebatárselas en el último momento entregando
la sentencia de muerte con una sonrisa retorcida.
Rensley casi podía oír la risa escalofriante del príncipe
resonando en sus oídos, mientras recordaba el placer sádico del príncipe al ver
los rostros de los prisioneros contorsionarse de desesperación en sus momentos
finales.
La voz del sacerdote interrumpió sus pensamientos, esta vez
más insistente. "Yvette Albanes, da un paso adelante y demuestra tu verdad
en la llama sagrada.”
El pánico se apoderó de Rensley. Había mentido; ¿Y si la llama
exponía su engaño, convirtiendo la ceremonia en una ejecución espantosa?
Mientras permanecía rígido de miedo, los murmullos se
extendieron entre la multitud; sus susurros crecían con cada segundo que
pasaba.
Finalmente, el Gran Duque se levantó y se acercó a él.
Parándose detrás de Rensley, se inclinó y susurró: "Coloca tus manos en el
brasero."
"Pero... está ardiendo." le susurró Rensley de
vuelta, lanzándole una mirada dubitativa. A estas alturas, no confiaba en
nadie, ni siquiera en el Duque.
"¿No fuiste informado de antemano? Le ordené a Larkov que
te explicara los procedimientos de la ceremonia con anticipación."
Ciertamente, Larkov había mencionado que habría unas pocas
preguntas sin importancia a las que solo necesitaba responder con un
"sí". Sin embargo, Larkov convenientemente omitió este ritual
aterrador que involucraba fuego. Rensley sintió un repentino resentimiento
hacia él, quien había desperdiciado tiempo precioso discutiendo cosas
innecesarias como la noche de bodas en lugar de prepararlo para este momento
crucial.
El Gran Duque soltó un suave suspiro y tomó suavemente las
muñecas de Rensley.
El sacerdote pareció un poco desconcertado por la intervención
inesperada, pero permaneció en silencio, limitándose a observar la escena.
Incapaz de articular una protesta, Rensley susurró
desesperadamente, "Su Alteza."
"Prometiste tu lealtad, ¿No es así?"
Las mejillas de Rensley se encendieron cuando el recuerdo de
su propio gesto galante pasó por su mente. Se había hecho pasar por un
caballero en camisón hace apenas unos días. No debí haber fingido.
Los labios secos del Gran Duque flotaron tan cerca de la oreja
enrojecida de Rensley que casi la rozaron mientras susurraba, en una voz tan
baja que solo Rensley podía oír, "Lord Mallosen, yo no traiciono a quienes
confían en mí."
A través del velo, Rensley se encontró con los silenciosos
ojos ámbar que lo observaban. ¿Qué estoy haciendo? Los pensamientos
inquietantes que lo habían aterrorizado momentos antes se disiparon,
dispersándose como polvo en el viento.
Este era el hombre que había extendido su generosidad hacia
él. El duque incluso había sugerido que, si Rensley tenía un amante, sería más
seguro encontrarse dentro de los muros del castillo en lugar de arriesgarse a
escapar. Si existía algún engaño entre ellos, ciertamente era por parte de
Rensley. Él se había disfrazado de la Princesa Yvette, dormido en la habitación
nupcial preparada para la prometida del Duque, se había escabullido para
encontrar una forma de escapar y había mentido diciendo que era el asistente de
la princesa cuando casi lo atrapan.
Las preguntas y votos en esta ceremonia no tenían importancia
para Rensley, pero quería mantener su solemne promesa al Gran Duque.
Rensley asintió, indicando que estaba listo. El Gran Duque no
soltó las muñecas de Rensley; en su lugar, se paró cerca detrás de él, guiando
sus manos lentamente hacia las llamas que lo esperaban.
El fuego ardiente envolvió las manos de ambos. Rensley apretó
los dientes, apenas reprimiendo un jadeo de terror.
Pero no sintió ningún dolor; toda su tensión se derritió.
Finalmente comprendió que el fuego no era una fuerza mágica para discernir la
verdad; era simplemente una elaborada ilusión.
Después de un momento tenso, el sacerdote se aclaró la
garganta y golpeó el cáliz de metal vacío una vez más; el sonido resonó por el
salón como una campana.
"Yvette Albanes, tu verdad ha sido demostrada."
Padre, he estado mintiendo todo el tiempo, murmuró
Rensley para sus adentros. Observando las llamas parpadeantes que no emitían ni
calor ni frío, se sintió completamente tonto. Resistió el impulso de maldecirse
a sí mismo por haber estado tan asustado.
"Ahora, sus almas se unirán como una sola, unidas y
completas." declaró el sacerdote, entonando un nuevo encantamiento.
A medida que las palabras resonaban, las llamas en el brasero
comenzaron a disminuir hasta que se transformaron en un delgado hilo dorado. El
hilo flotó ligeramente, tan delicado como una semilla de diente de león, hacia
Rensley y el Gran Duque. Se envolvió alrededor de sus muñecas como un frágil
brazalete antes de fundirse aparentemente en su piel y desaparecer.
Esto debe ser otra ilusión más, pensó Rensley, mirando
su muñeca con una mirada fría y distante.
Las palabras de Larkov habían resultado ser ciertas,
Oldenlandt no permitía ceremonias extensas, y hoy no fue la excepción. Al
concluir el ritual mágico, la ceremonia de matrimonio se acercaba a sus
momentos finales.
El sacerdote desabrochó los cierres de un grueso tomo, donde
yacían los votos sagrados de los antiguos duques y duquesas de Oldenlandt.
Había llegado el momento de que los novios estamparan sus firmas, haciendo su
unión vinculante e indiscutible ante los ojos de la ley y las tradiciones
ancestrales del reino.
El Gran Duque tomó primero la pluma de ave, con su punta
brillando con tinta negra azabache. Su elegante caligrafía dejó una marca
inconfundible en el pergamino: Giesel Zvendard.
Rensley aceptó la pluma a continuación, recordando la
caligrafía de su hermana, Yvette, y dejó su propia marca: Yvette Monte
Albanes. La firma falsificada de la falsa duquesa parecía casi auténtica,
adornada con papel ornamentado y un sello oficial.
El sacerdote cerró el tomo y su voz profunda resonó por el
salón con autoridad. "¡Que se abran las puertas!"
Mientras los guardias abrían de par en par las puertas del
pabellón, el coro comenzó su himno, llenando el aire de sagrada reverencia.
A través de las puertas abiertas, Rensley vio a los guardias y
a una multitud de personas reunidas más allá, ansiosas por vislumbrar a los
recién casados. La música, ahora más alegre que antes, acompañó sus pasos
mientras caminaba junto al Gran Duque hacia el umbral.
La atmósfera cambió al salir al aire libre. A diferencia de la
nobleza, que había observado la ceremonia con solemne decoro dentro del salón
de banquetes, la gente común fuera del castillo estalló en vítores exuberantes.
Aplausos y el sonido agudo de trompetas dieron la bienvenida a los recién
casados, celebrando la unión con un deleite sin restricciones.
En medio de la cacofonía, algunas voces llegaron a los oídos
de Rensley.
"¡Vaya, la duquesa es una verdadera belleza!"
"Incluso con el velo, su belleza brilla. Por fin,
Oldenlandt ha encontrado a su Duquesa..."
"Qué radiante, quita el aliento. Se parece a la diosa
Adriel de las antiguas leyendas."
Al escuchar sus palabras, Rensley reflexionó que, con
suficiente cuidado y artificio, casi cualquier persona podría transformarse en
una figura de belleza. Imaginó tomar a una de las mujeres de la multitud,
bañarla al amanecer, peinar su cabello, aplicarle pintura y polvos, vestirla
con galas, cubrirla de joyas y ocultar su rostro con un velo. Seguramente, ella
parecería mucho más hermosa de lo que él lucía ahora.
Uno de los cortesanos que estaba junto a Rensley dio un paso
adelante con una reverencia, extendiendo con cuidado un pequeño colgante con
forma de trompeta. "Su Alteza, ahora que los ritos matrimoniales han
terminado, complacería mucho al pueblo que se dirigiera a ellos."
Rensley había presenciado incontables discursos reales, así
que reconoció de inmediato el colgante por lo que era, un dispositivo mágico
diseñado para llevar la voz a grandes distancias.
Se lo sujetó al pecho y se irguió, proyectando una pose real
que ocultaba la incertidumbre en su interior. El viaje hasta este momento no
había sido nada fácil, pero la cálida recepción de la gente alivió parte de la
tensión que se le había anudado en el estómago.
Rensley nunca se había dirigido a una multitud de tal
magnitud, salvo por los alardes ocasionales en una taberna, pero las palabras
le surgieron con la misma naturalidad que un suspiro.
"Siempre he oído que Oldenlandt es una tierra de frío
implacable," comenzó, con su voz viajando sin esfuerzo sobre el mar de
rostros expectantes.
Antes de que pudiera terminar, un jadeo colectivo de
admiración recorrió a la multitud.
"¡Hasta su voz es hermosa!" gritó alguien, y el
sentimiento se repitió desde todas direcciones.
La sonrisa de Rensley se amplió. "Pero con una bienvenida
tan apasionada, apenas he sentido el frío. Para mí, Oldenlandt bien podría ser
la tierra más cálida del continente."
Sus palabras apenas tuvieron tiempo de asentarse antes de que
la multitud estallara en un rugido de aprobación; sus vítores reverberaban en
las paredes como olas rompiendo. Cuando Rensley levantó la mano para saludar,
la gente respondió con un fervor aún mayor, con sus gritos elevándose hasta un
tono febril.
Sorprendido por la intensidad de su admiración, Rensley sintió
el impulso de unirse a ellos en su exultación. ¡Aman a la Gran Duquesa!
Aunque sabía que la adulación era para la Princesa Yvette Albanes y no para el
propio Rensley Mallosen, una chispa de alegría se encendió en su pecho.
Si no hubiera estado con un velo, la multitud habría visto el
brillo de emoción en sus ojos pero, tal como estaba, la delicada tela suavizaba
sus rasgos, permitiendo que solo su sonrisa serena fuera visible para los más
cercanos al frente. Sin embargo, eso solo fue suficiente. La noticia de la
sonrisa benévola y elegante de la nueva Gran Duquesa se extendió por la
multitud y más allá como un incendio forestal.
Para su decepción, el tiempo de Rensley con el pueblo fue
efímero.
Los cortesanos y sacerdotes pronto lo escoltaron a él y al
Gran Duque de regreso al corazón de la torre. A pesar del tirón del deber,
Rensley se encontró mirando hacia atrás por encima del hombro, reacio a dejar
atrás aquel mar de rostros ansiosos.
Al regresar al gran salón, incluso los invitados nobles,
normalmente reservados, se acercaron a los recién casados con cálidas sonrisas.
"Felicidades por su unión, Sus Altezas."
"¡Que los muros de Oldenlandt y Laudken sean bendecidos
por siempre!"
La pareja ofreció sonrisas corteses y asentimientos en
respuesta mientras se dirigían a los asientos de honor. Al tomar sus lugares,
Rensley se permitió un breve suspiro; el ruido de la multitud todavía resonaba
dulcemente en sus oídos.
El banquete comenzó en serio. La música lenta y solemne que
había acompañado la ceremonia de matrimonio dio paso a una cascada animada de
melodías de ritmo rápido que establecieron un tono más festivo. Aunque la
comida no fuera la más deliciosa, las mesas estaban cargadas con incontables
platos extravagantes, y las copas de cerveza y vino parecían rellenarse
infinitamente.
El salón pronto bulló con una animada orquesta de sonido y
celebración. Los invitados entablaban conversaciones animadas, el tintineo de
los cálices llenaba el aire y la risa alegre de quienes bailaban al ritmo de la
música reverberaba en los techos altos. Las capas vibrantes y los vestidos
voluminosos giraban y daban vueltas en la pista de baile, transformando el
salón de banquetes en un caleidoscopio de colores y movimiento, como un campo
de flores silvestres en plena floración.
Rensley observaba el festejo con un anhelo silencioso en sus
ojos. Bajo las capas de su vestido, sus pies seguían el ritmo de la música
contra el suelo, como si ellos también desearan unirse al baile.
"Deberíamos retirarnos a nuestros aposentos."
susurró el Gran Duque.
Rensley, perdido en el espectáculo frente a él, no registró de
inmediato las palabras del Duque. Su mirada permanecía fija en los bailarines,
con su mente a la deriva en la música alegre y las risas.
Un latido después sintió la mirada del duque en su rostro y
dirigió su atención hacia él de golpe. "¿Perdón?"
"No hay más necesidad de que permanezcamos aquí.
Retirémonos a nuestra habitación."
Una ola de decepción inundó a Rensley y no pudo reprimir un
suave suspiro. Deseaba quedarse, aunque solo fuera para observar a los
bailarines un poco más. Sin embargo, sabía que no estaba en posición de
discutir por lo que quería, y la expresión del Gran Duque dejaba pocas dudas de
que no tenía interés en la celebración que se desarrollaba a su alrededor.
Con el corazón reacio, Rensley alisó el dobladillo de su
vestido y se levantó lentamente de su asiento.
Mientras los dos se ponían de pie, los comensales detuvieron
su diversión y todos los ojos se volvieron hacia la pareja con una mezcla de
curiosidad y reverencia.
Sin previo aviso, el Gran Duque se acercó más, rodeando la
espalda de Rensley con su brazo en un gesto que lo dejó momentáneamente
atónito. Antes de que Rensley pudiera expresar su confusión, el Duque se
inclinó y luego levantó rápidamente a Rensley en sus brazos, alzándolo del
suelo con facilidad. Una salva de vítores y aplausos resonó por todo el salón.
Rensley se congeló, su cuerpo se puso rígido por el shock. Las
luces parpadeantes del salón de banquetes lastimaban sus ojos y el techo giraba
mareado sobre él. Nunca en su vida lo habían alzado así; él siempre había sido
el que levantaba, nunca el levantado. Podía sentir el sudor brotando en su
frente y un par de gotas bajando por su espalda.
"Su-Su Alteza, ¿Qu-qué está haciendo...?" tartamudeó
en un susurro.
"Es la tradición." respondió el duque, con voz baja
y firme.
"Ah... sí, por-por supuesto..." logró responder
Rensley, aunque sus palabras tropezaban entre sí.
Su mente corría, recordando las incontables ceremonias de
matrimonio que había presenciado donde, sin importar el rango de uno, el novio
llevaba a la novia a su habitación. Es solo la tradición, nada más, se
dijo Rensley a sí mismo, tratando de calmar la creciente marea de ansiedad,
pero sus esfuerzos fueron en vano.
Tal vez... no, no puede ser... él no tiene la intención de
consumar el matrimonio, ¿Verdad? Aunque esté en un vestido de novia y hable con
voz de mujer, él debe saber que, debajo de todo, sigo siendo un hombre. No
puede haberlo olvidado… ¿Es que simplemente no le importa?
La incertidumbre lo carcomía. Aunque Rensley nunca había oído
rumores de que el Gran Duque favoreciera a los hombres, la naturaleza
impredecible del hombre, tan alejada de las especulaciones salvajes que Rensley
alguna vez creyó, lo dejaba aterrorizado por lo que podría venir después. No se
atrevió a preguntar directamente, temiendo que la respuesta no deseada cayera
de los labios severos del Duque.
El Gran Duque, aparentemente ajeno a la creciente ansiedad de
Rensley, caminó con paso decidido hacia la salida, sin prestar atención a las
bendiciones y buenos deseos que los seguían. A los ojos de Rensley, el Duque,
vestido con su túnica ceremonial, parecía aún más imponente.
Un pequeño séquito de sirvientes los seguía, silenciosos
mientras acompañaban a la pareja por la escalera de caracol hacia la habitación
del Duque. Cada paso parecía estirarse infinitamente. Los pensamientos de
Rensley daban vueltas y su corazón latía más fuerte que el eco de las pisadas.
Finalmente, llegaron a la cima de la torre. Los sirvientes se
adelantaron apresuradamente para abrir de par en par las enormes puertas del
gran cuarto.
La habitación del Gran Duque recordaba a los aposentos de la
Gran Duquesa, pero en una escala mucho más imponente, el espacio, las ventanas,
la cama, la chimenea, incluso los sillones. Un enorme estandarte con el escudo
de armas de Oldenlandt colgaba en la pared del fondo. Era una estancia que
equilibraba la comodidad con un innegable aire de majestad, aunque Rensley
apenas registró nada de ello.
Lo único que quería era que el Gran Duque lo bajara.
Pero el Duque, todavía cargando a Rensley en sus brazos, se
volvió hacia los sirvientes y dio una orden firme: "Déjennos. Nadie debe
entrar hasta que yo los llame."
"En seguida, Su Alteza."
La puerta se cerró con un suave golpe, dejando solo el
silencio a su paso.
El Gran Duque caminó con decisión hacia la cama, donde
depositó cuidadosamente a Rensley sobre las mullidas mantas. La extraña
sensación de ser bajado, con su cuerpo hundiéndose en la suave y flexible ropa
de cama, hizo que Rensley soltara un pequeño sonido de sorpresa mientras
aterrizaba con un suave golpe seco.
La mano del Duque se dirigió de inmediato a la cabeza de
Rensley; su toque fue suave mientras retiraba la corona dorada que lo había
adornado durante toda la ceremonia. Luego se inclinó para quitar el fino velo
que había cubierto el rostro de Rensley.
Con la visión clara, Rensley se encontró mirando los rasgos
marcadamente definidos del hombre ante él. Su voz salió en un susurro: "Su
Alteza..."
Se tomó la garganta con sorpresa al escuchar que su voz
original había regresado.
¿Acaso Larkov lo había cronometrado tan perfectamente,
calculando que su voz volvería solo después de dejar el salón de banquetes?
El Gran Duque se enderezó hasta alcanzar toda su altura.
"Regresaré al Santuario."
"¿Al Santuario? ¿Se refiere a la habitación
subterránea?" La incredulidad de Rensley era evidente mientras miraba al
Gran Duque, luchando por entender por qué, de todos los lugares, el Duque
elegiría ir allí en lugar de volver al salón.
Sin embargo, el Duque respondió en su tono habitual y calmado,
"Hay asuntos que requieren mi atención. Me gustaría recuperar el tiempo
perdido por la ceremonia de matrimonio. Esta noche, como dicta la tradición,
deberíamos pasar la primera noche juntos, pero tú deberías descansar aquí, Lord
Mallosen."
"¿Y usted, Su Alteza?"
"Hay una cama en el Santuario. Dormiré allí. Imagino que
preferirás la comodidad de la soledad. Si necesitas ayuda para desvestirte o
requieres cualquier otra cosa, comida, tal vez, solo infórmale a Samlet y ella
se encargará. Me aseguraré de que nadie más te moleste, para que puedas
descansar sin preocupaciones."
Mientras hablaba, comenzó a desabrochar los adornos de sus
hombros y cuello. El atuendo formal parecía irritarlo, ya que arrojó los
artículos descuidadamente sobre una mesa cercana y pasó sus dedos por su
cabello meticulosamente peinado, despeinándolo deliberadamente.
"Mañana podrás regresar a los aposentos de la Gran
Duquesa. Es mejor que permanezcas allí como planeamos, hasta que determinemos
nuestro próximo curso de acción."
"Ah, sí... entiendo."
El Duque no dio más reconocimiento y terminó la conversación,
que fue más bien un anuncio. Sin siquiera lanzar una mirada en dirección a
Rensley, subió a una plataforma de roca circular en una esquina de la
habitación. "Entonces, buenas noches." Mientras estaba de pie sobre
la plataforma, inscrita con un círculo mágico brillante, hizo un pequeño gesto
y una luz azul se encendió brevemente. Al instante siguiente, el Duque había
desaparecido de la habitación.
Aunque existían puertas arcanas en el Castillo de Cornia, la
habitación de Rensley no tenía ninguna, y rara vez había presenciado su uso.
Por un momento parpadeó, mirando el espacio vacío donde había estado el Duque,
antes de girar lentamente la mirada para observar el resto de la habitación. Se
sentó en el borde de la cama, escuchando el silencio que lo envolvía, con los
ojos fijos en la nada.
La habitación, situada en el piso más alto de la torre
principal, estaba en absoluto silencio, sin ningún rastro del mundo exterior
filtrándose. El animado banquete y las voces excitadas de los comensales que
había observado brevemente ya se sentían como un sueño lejano. En la vasta e
imponente estancia, estaba verdadera y completamente solo.
Un escalofrío repentino recorrió su cuerpo y Rensley se aferró
a las mantas debajo de él. Así que estaré confinado en una habitación como
esta de ahora en adelante, ¿verdad? El pensamiento pesaba sobre él, pero
sacudió la cabeza rápidamente.
¿Cómo podía ser tan desvergonzado de abrigar tales
pensamientos? Solo habían pasado unos días desde que había luchado por
sobrevivir. Debería estar agradecido; esto era simplemente una pausa hasta que
se decidieran los siguientes pasos.
Rensley miró fijamente sus pies por un momento antes de
ponerse de pie. Como en las otras habitaciones, un cordón de seda colgaba junto
a la cama. Le dio un tirón.
Al poco tiempo, la puerta chirrió al abrirse y Samlet entró
con una brillante sonrisa. "¡Rensley!" Se acercó a él con los ojos
brillando de admiración. "Estuviste absolutamente magnífico hoy. Realmente
una Gran Duquesa perfecta. Estaba tan orgullosa observando desde lejos."
Notó su expresión agotada y dijo "Debes estar hambriento. ¿Hago que te
preparen una comida?"
"Sí. Me muero de hambre." admitió Rensley con un
toque de timidez en su voz. "Debí estar más nervioso de lo que
creía."
"Pero primero, quitémonos ese vestido, limpiemos el polvo
y la pintura de tu cara y toma un baño caliente para lavar el cansancio del
día. ¿Necesitas algo más?"
Rensley asintió y le sonrió, respondiendo sin dudar un
momento: "Licor."
Samlet enarcó una ceja divertida. "¿Licor? ¿Quieres un
trago?"
La sonrisa de él se amplió. "Sí. Trae suficiente para que
no se me acabe. Cerveza, vino, ron... no me importa. Ver a todos los demás
disfrutar me dio muchísimas ganas. Tengo curiosidad por el sabor de las bebidas
de Oldenlandt.”
Samlet rio entre dientes y asintió, con su sonrisa volviéndose
aún más cálida. "Por supuesto. La cerveza de Oldenlandt es excepcional. El
clima hostil dificulta la agricultura pero, gracias a las aguas termales, tenemos
áreas con alto calor geotérmico donde el suelo no se congela, por lo que aún
podemos cultivar la tierra incluso en lo profundo del invierno. Estamos cerca
del mar, somos ricos en minas y vastos bosques, lo que nos ayuda a suministrar
la mayor parte de lo que necesitamos nosotros mismos. Importamos algunos
alimentos, pero cuando se trata de elaborar cerveza, es la habilidad lo que
cuenta, y en eso nos sentimos muy orgullosos. La gente de Oldenlandt ama tanto
su bebida que podrían saltarse una comida, pero nunca se pierden su cerveza. En
invierno, es el mayor consuelo."
"Samlet, si no estás demasiado ocupada, ¿Me acompañarías
a tomar un trago?”
"¿Justo ahora? Hum, el banquete todavía está en pleno
apogeo, así que probablemente debería ir a revisar cómo van las cosas allá.
Pero volveré rápido mientras estés comiendo. ¿O preferirías la compañía de
Larkov? Probablemente se esté divirtiendo en el banquete."
Rensley sacudió la cabeza rápidamente. "No, está bien.
Ahora que lo pienso, todos están ocupados y no debí preguntar. Probablemente
debería retirarme temprano esta noche. Puedo encargarme de desvestirme yo mismo
desde aquí."
"Está bien entonces. Prepararé tu baño y haré que te
traigan la comida en breve. Descansa tranquilo, volveré pronto." Con eso,
Samlet salió de la habitación y sus pasos se desvanecieron en el silencio.
Si hubiera sido la verdadera Gran Duquesa, las doncellas
habrían atendido cada una de sus necesidades, desvistiéndolo y vistiéndolo de
nuevo hasta la ropa interior. Pero por muy experta que fuera Samlet, estaba
fuera de discusión que lo ayudara con tareas tan íntimas. Después de todo,
Rensley seguía siendo un hombre bajo el disfraz. Tampoco podía un sirviente
varón entrar y salir libremente de los aposentos de la Duquesa sin acompañante.
Nunca podría convertirse verdaderamente en la Gran Duquesa y
encarnar el papel de consorte legítima de Giesel Zvendard.
¿Cuánto tiempo más debo mantener mi disfraz, sin ser
totalmente hombre ni mujer, ni verdaderamente presente ni ausente?
Los pensamientos de Rensley regresaron a la primera noche en
que puso un pie en esta tierra del norte. El recuerdo del viento cortante que
lo había hecho llorar volvió a él. Casi podía sentir ese viento implacable
rozando su nariz una vez más. El mismo sentimiento de desesperanza descendió
sobre él como una nube oscura. Se susurró a sí mismo que esto era sólo
temporal, una breve pausa antes de que se pudiera encontrar un curso más
prudente, pero la inquietud que se había arraigado en su corazón se negaba a desaparecer.
Pronto, Samlet regresó empujando un carrito cargado con comida
humeante y botellas de bebida. El aroma llenó el aire, una distracción
bienvenida de la tormenta interna.
Se quedó a charlar con él por un tiempo; su presencia era
cálida y reconfortante. Habló de asuntos ligeros, ofreciéndole a Rensley un
respiro de sus pensamientos. Pero finalmente el deber la llamó de vuelta al
banquete y, con una sonrisa amable, lo dejó con el deseo de un buen descanso
nocturno.
Una vez más, Rensley se encontró solo. Abrió las altas y
anchas ventanas de la habitación del Gran Duque, dejando entrar el aire frío de
la noche. Se quitó la ropa y entró en el baño junto a la chimenea. Mientras su
cuerpo se hundía en el agua humeante, un suspiro de alivio escapó de sus
labios.
El frío del exterior rozaba su rostro, pero el calor del baño
lo protegía de su alcance. Rensley alcanzó una jarra de peltre con cerveza y
tomó un sorbo lento mientras se sumergía, saboreando el contraste entre la
bebida helada y el calor del agua.
Quizás porque esta tierra era rica en hielo, la cerveza de
Oldenlandt estaba tan fría que le entumecía los labios. A diferencia de las
mezclas que conocía en Cornia, tenía una riqueza de sabor y una profundidad de
aroma que Rensley nunca había probado antes. Samlet había tenido razón al
presumir de ella. Pensando que solo unos pocos vasos podrían ser suficientes
para emborracharlo, continuó bebiendo la cerveza helada mientras el sudor
brotaba en su piel en el baño caliente.
Calor y frío, frío y calor. La emoción de experimentar tales
extremos a la vez era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido en el
clima templado de su tierra natal. Una sonrisa asomó a sus labios mientras
pensaba que quizás pronto llegaría a encariñarse con esta tierra del norte,
incluso a volverse adicto a estas sensaciones que Oldenlandt tenía para
ofrecer.
"Ah, tengo hambre."
Rensley alcanzó la bandeja de plata junto al baño y tomó una
cuña de queso. Probó los platos de carne también, pero eran tal como recordaba,
dejándole pocas opciones. Como era de esperar, solo el pan y el queso eran de
su agrado. La cerveza estaba buena, pero se sintió un toque melancólico por la
falta de platos para saborear.
Después de lavarse las manos, salió del baño con el agua
goteando de su cuerpo. Cerró la ventana y se puso una bata suave, la cual no
sabía si pertenecía al Gran Duque o a él mismo, y luego se desplomó en la ancha
y mullida cama.
Pero la ventana que había estado abierta tanto tiempo había dejado la cama fría. El calor que había absorbido del baño comenzó a desvanecerse, dejándolo, temblando. Se subió las gruesas mantas y pieles hasta la barbilla, pero el frío persistía, negándose a dejarlo ir.