Rensley nunca había sentido el escozor de un viento frío en
toda su vida. Por supuesto, había oído ocasionalmente la expresión «viento
cortante» en los versos de los poetas y en la prosa de los escritores, pero
para él siempre había sido nada más que meras palabras en una hoja.
A lo largo de su vida, el viento había sido su compañero más
fiel. Era la caricia fresca que aliviaba su piel empapada en sudor y le
apartaba el cabello húmedo después de una intensa sesión de entrenamiento con
espada. En los rincones tranquilos de la biblioteca, con la ventana abierta, se
convertía en una brisa juguetona, pasando las páginas de su libro antes de
alejarse sin rumbo. Mientras deambulaba por el bullicioso mercado nocturno,
ligeramente ebrio por el dulce vino de frutas, era el tierno roce que refrescaba
sus mejillas sonrojadas.
En su juventud, Rensley compartió un vínculo aún más íntimo
con el viento. Cuando ya no podía soportar las burlas ni las palizas, y las
lágrimas corrían por su rostro, el viento llegaba suavemente como un cariñoso
hermano para secarle las mejillas. En el oscuro ático donde estaba encerrado
como castigo, era el leal compañero que se aseguraba de que no estuviera solo.
Mientras corría por la orilla del río o el bosque, el viento se unía a él,
volviéndose un juguetón rival en una carrera improvisada.
El viento siempre había sido gentil, tierno y cálido.
Hoy, sin embargo, Rensley fue testigo de un temible lado de su
viejo amigo. El feroz viento lo hizo llorar por primera vez en su vida, era tan
frío que le congeló las lágrimas de sus mejillas. Sin el velo que le cubría
todo el rostro, su cara se habría convertido en un bloque de hielo. El frío
viento del norte, cargado de nieve, atravesó las túnicas de algodón y la gruesa
capa de cuero de Rensley, mordiéndole la carne y helándole hasta los
huesos.
Ahora, Rensley sentía que podía componer versos sobre el
viento con expresiones más vívidas y variadas que cualquier poeta. El frío del
que solo había leído u oído hablar le estaba causando un tormento mucho más
insoportable que cualquier espada, flecha o látigo.
Si hubiera sabido que haría tanto frío, habría persuadido a
sus acompañantes para no emprender el viaje. No hubiese aceptado su ingenua
idea de que, si se daban prisa, podrían llegar a su destino antes del
atardecer.
Rensley maldijo entre dientes cuando finalmente llegó a la
puerta del castillo.
El guardia, que llevaba un grueso gorro de piel gritó: “¿Quién
se acerca?”
Uno de los asistentes de Rensley alzó la voz para que el
guardia lo oyera por encima del rugido del viento. “¡Somos invitados de Su
Alteza, el Gran Duque Giesel Zvendard!”
“¿A estas horas? ¿Qué asunto tiene ante Su Alteza?”
El asistente levantó una linterna para iluminar la bandera que
llevaban.
El guardia entrecerró los ojos, examinó el escudo de armas de
la bandera y lo comparó con un documento oficial que tenía en manos.
“¡Oh, Dios mío!” exclamó, haciendo una señal a sus
colegas.
Un momento después, se abrió la puerta exterior del castillo.
Una multitud se había reunido para recibir a Rensley junto a sus acompañantes.
“Los esperábamos mañana, no en medio de la noche. ¿Qué los
trae por aquí a estas horas?”
“Nosotros también lo lamentamos”, respondió el asistente.
“¿Han venido hasta aquí sin carruaje de escolta?”. preguntó
uno de los guardias, mirando la modesta carreta. Tirado por un robusto burro
del norte en lugar de un elegante caballo, no era precisamente lo adecuado para
el viaje de una princesa.
“Nuestro carruaje resbaló en el helado camino y se quebró una
rueda, además los caballos enfermaron y los tuvimos que dejar en una posada”,
explicó el asistente.
“Si hubieras enviado un mensaje desde la posada, habríamos ido
a buscarlos. Las llanuras del norte son peligrosas por la noche. Por favor
pasen y entren en calor.”
No nos imaginábamos que sería tan duro, pensó Rensley en
silencio. Y, para empezar, no tenían un lujoso carruaje de escolta.
Los guardias avivaron rápidamente el fuego y sirvieron sopa
caliente para los acompañantes, quienes se estiraron y revivieron como si
hubieran regresado del borde de la muerte.
Rensley, demasiado agotado y con el rostro cubierto, no podía
beber ni un sorbo de agua. Sin embargo, el calor del fuego era suficiente para
hacerle sentir que había escapado de un frío mortal.
Afortunadamente, los guardias no se demoraron más. Trajeron un
carruaje de escolta para llevar a Rensley y a sus acompañantes al interior del
castillo. Una vez dentro de un carruaje adecuado, con techo y paredes que lo
protegían del amenazante viento, se sintió un poco más relajado, pero el frío
que se le había metido hasta los huesos nos desaparecería fácilmente con solo
un poco de fuego.
Rensley contempló la luna, de un blanco brillante, cuya luz se
reflejaba en el hielo y en la nieve, bañando la noche del norte con un
resplandor azul. Las sombras del interminable bosque de coníferas más allá de
los campos azulados parecían gigantes dormidos, listos para despertar en
cualquier momento.
A pesar de lo tarde que era, varias personas se habían reunido
con linternas, esperando su llegada. A medida que Rensley y su acompañamiento
se acercaban, la noticia debió de haberse extendido por la fortaleza y hasta al
castillo del Duque.
Rensley observó cómo se acercaba la imponente muralla exterior
de la fortaleza. La enorme pared gris era tan sólida y fría como el propio
paisaje del norte. Cerró los ojos para alejar el miedo.
El carruaje cruzó un puente y entró por las puertas de la
muralla exterior. Continuó durante un rato hasta que finalmente se detuvo y la
puerta se abrió.
Los sirvientes se mantuvieron firmes, listos para recibir a su
estimado invitado.
“Su viaje debe de haber sido agotador”, comentó uno de ellos
con una reverencia respetuosa.
“El clima del norte debe de ser bastante duro para los que
vienen del sur”, añadió otro, con tono de sincera preocupación.
Rensley, con el rostro oculto por el velo, inclinó ligeramente
la cabeza en señal de respuesta, ocultando aún más sus rasgos.
Los sirvientes respondieron en su nombre: “Primero debemos
ocuparnos de la comodidad de la princesa. Debe estar pasando frío”
Sin demora, los sirvientes del castillo se apresuraron a
acompañar a Rensley al interior.
“Por favor, por aquí”
Rensley fue conducido directamente a una sala de baño, donde
lo esperaba una profunda tina de piedra rebosante de agua humeante. La
habitación estaba envuelta en calor y en el suave resplandor de un brasero en
la esquina.
Rensley, que apenas había sobrevivido al gélido viaje, sintió
que su cuerpo se adaptaba rápidamente al calor, gotas de sudor se formaban en
su piel. Exhaló un profundo suspiro de alivio.
Una sirvienta se acercó y dijo: “Permítame ayudarla con su
baño, mi señora.”
Asustado, Rensley se tensó, pero rápidamente recuperó la
compostura. Tomó suavemente la mano de la sirvienta y trazó un mensaje en su
palma: “En Cornia, una novia tiene prohibido hablar o revelarse ante cualquiera
antes de la ceremonia nupcial. Soy una doncella de Cornia y aún no me he
casado. Por favor, permítame estar sola”
Mientras esperaba ansiosamente su respuesta, las otras
sirvientas intercambiaron miradas inseguras y susurraron entre ellas.
Afortunadamente, la sirvienta a cargo pareció tomar una
decisión y asintió. “Como desee. Descanse cómodamente y llámenos tirando de
esta cuerda cuando esté lista. Entonces le atenderemos.”
La mirada de Rensley siguió la cuerda a lo largo de la pared
hasta el exterior, claramente destinada a tocar una campana.
Las sirvientas salieron de la sala de baño, dejando a Rensley
solo, tal y como lo había pedido. Permaneció de pie en el mismo lugar durante
un rato, ansioso por si volvían o entraba alguien más.
Solo cuando estuvo seguro de que estaba completamente solo,
comenzó a desvestirse. Se quitó el gorro de piel y el velo. El sudor que
perlaba su piel le parecía imposible, ya que hacía solo unos momentos había
derramado lágrimas en el frío glacial.
Con prisa, se quitó las prendas que le quedaban: guantes, una
capa de cuero, un abrigo grueso y acolchado, un vestido de terciopelo con
mangas abombadas que le cubrían los hombros y varias capas de ropa
interior.
Por fin, Rensley se quedó solo con un par de pantalones finos.
Al quitarlos, reveló su verdadera forma: el cuerpo de un joven, definido por
hombros rectos y anchos, un pecho firme y un abdomen plano, una espalda
ligeramente musculada y piernas largas. Era delgado y tonificado, no suave y
tierno.
Desde luego, era evidente que no era la “princesa” de Cornia.
Rensley se acercó a la tina y metió primero la mano en el
agua. No solo estaba tibia, sino casi hirviendo. Los manojos de hierbas secas
que colgaban dentro de la tina desprendían una fragancia intensa que le
cosquilleaba la nariz.
Esto era completamente nuevo para él. En Cornia, la gente
solía bañarse en agua tibia con una gota de aceite perfumado o con agua fría.
Sin pensarlo dos veces, Rensley comenzó a sumergir su cuerpo
desnudo en el agua humeante, empezando por los dedos de los pies. A medida que
su cuerpo se hundía lentamente en el agua, un escalofrío le recorrió todo el
cuerpo desde los dedos de los pies.
Completamente sumergido, excepto la cabeza, dejó escapar un
suspiro silencioso y abrió los labios con asombro.
¿Se suponía que bañarse era tan placentero?
Algo de agua se derramó por el borde de la tina cuando Rensley
se acomodó, mojando el piso arenoso. El viento aullante del exterior no podía
llegar a la gran sala de baño del castillo, dejando solo el sonido del agua goteando,
resonando en la habitación.
Rensley agitó el agua con la mano varias veces, las suaves
gotas disiparon gradualmente su tensión. Luego sumergió la cabeza, haciendo
burbujas bajo la superficie. Cuando salió, tenía el cabello empapado, dejando
al descubierto su tersa frente debajo de sus mechones dorados y húmedos.
Una vez terminado el baño, Rensley salió de la tina y se secó
con una toalla. Al ver las prendas que le habían preparado las sirvientas, se
sintió aliviado de no tener que volver a ponerse las capas de ropa interior y
el vestido.
Notó el grosor de las prendas, a pesar de que estaban pensadas
para uso en interiores, lo que reflejaba el gélido clima del norte. El vestido
estaba diseñado para abrocharse por delante y no por detrás. Rensley ató los
cordones desde la cintura hasta el pecho y se puso una bata interior. Por
último, se colocó un velo que le cubría el rostro excepto los ojos. Una vez
vestido, tras un largo baño en agua caliente, sintió que el calor volvía a
invadirlo casi de inmediato.
Tiró de la cuerda como le habían dicho las sirvientas.
Aunque no oyó nada, ellas entraron enseguida.
“Por favor, por aquí”, dijo una.
Rensley las siguió en silencio. Los asistentes que lo habían
acompañado no se veían por ninguna parte. Probablemente se habían ido a
descansar, tras cumplir con su deber de entregar a la novia sana y salva. Se
los imaginó emborrachándose en algún lugar.
Ojalá pudiera tomarme una jarra de cerveza frente a una cálida
chimenea ahora mismo, pensó.
Siguió a las sirvientas por una interminable escalera de
caracol. El calor del baño comenzó a desvanecerse y su cuerpo empezó a
entumecerse de nuevo.
Aunque nadie se lo dijera, Rensley sabía dónde se dirigía: al
Gran Duque de las tierras del norte, Giesel Zvendard.
Los rumores sobre el Gran Duque se habían extendido por todo
el continente y más allá. Decían que era un monstruo, un loco que gobernaba
esta tierra inhóspita y extensa. Algunos decían que era un soberano que se
negaba a reunirse con forasteros y pasaba todo el tiempo encerrado en su
castillo, inmerso en el estudio de la magia negra.
Los que lo habían visto lo describían como un cuervo gigante,
un enorme halcón negro o un lobo. Según ellos, el Gran Duque, envuelto en la
capa negra símbolo del señor del norte, tenía el cabello negro como la
medianoche, y solo sus ojos dorados brillaban en la oscuridad, lo que lo hacía
aterrador.
La gente rumoreaba que los del norte eran demasiado bárbaros
como para preocuparse por los linajes nobles, de ahí la creencia de que el
linaje del Gran Duque debía ser de ascendencia bárbara o demoníaca.
“Su Alteza, ha llegado la princesa Yvette Albanes de Cornia.”
anunció un mayordomo anciano en la puerta.
Cuando se abrió la puerta, la visión de Rensley se llenó
inmediatamente de rojo. La luz roja ondulante parecía un horno infernal, lo que
le hizo apretar los puños con tensión. Pero al mirar más de cerca, se dio
cuenta de que solo era el resplandor de una gran chimenea que proyectaba su luz
a través de la oscura habitación subterránea.
A continuación, vio una larga cabellera negra enmarcada por
pelaje oscuro y una capa negra bordada con el escudo de armas del norte en hilo
plateado.
Rensley recordó los rumores mientras contemplaba el
intimidante físico del Gran Duque.
“De todas las horas… a estas alturas de la noche.” murmuró el
Gran Duque, volteándose lentamente.
Rensley inclinó rápidamente la cabeza. No podía hablar en ese
momento, así que esperaba que su gesto transmitiera sus disculpas por la visita
tardía. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir del
pecho.
Todo era tal y como decían los rumores: el demente encerrado
en la fortaleza gris, estudiando magia día y noche, la enorme figura negra con
aspecto de bestia y los ojos dorados que brillaban en la oscuridad.
Rensley apretó los dientes para reprimir un grito. Dudaba que
los ojos humanos pudieran brillar así.
Normalmente, el espacio subterráneo de un castillo se
utilizaba como bodega para almacenar comida y vino, o como mazmorra. Era raro
que un noble baje a esas profundidades, excepto para inspeccionar los almacenes
u ocuparse de los prisioneros. Sin embargo, la zona subterránea del castillo
del Gran Duque tenía una función muy diferente.
La gran chimenea bañaba la habitación con una luz rojiza y
dorada. Los libros cubrían las paredes, y los mapas y diagramas adornaban los
espacios vacíos. También se podían ver losas de piedra cubiertas de cálculos
matemáticos.
Aunque ya no tenía frío, un escalofrío recorrió la espalda de
Rensley mientras miraba discretamente a su alrededor.
¿Todo esto es para estudiar magia negra? se preguntó.
Una de las sirvientas transmitió las palabras anteriores de
Rensley al Gran Duque, explicándole la costumbre de Cornia de no mostrar el
rostro ni hablar antes de la ceremonia nupcial.
Los brillantes ojos dorados del Gran Duque se fijaron en
Rensley cuando este se acercó.
Rensley nunca se había considerado bajito en Cornia. De hecho,
era bastante alto. Pero entre la gente alta de Oldenlandt, ni siquiera
destacaba entre las sirvientas. Consideraba que esto era una ventaja para
ocultar su género.
Sin embargo, ahora, frente a un hombre imponente que le
bloqueaba el paso como un muro, el corazón de Rensley se aceleró. En todos sus
años, nunca había visto a nadie de una estatura tan formidable. Llevar a este
hombre a la plaza Cellestine seguramente aterrorizaría a la multitud.
Rensley se consoló pensando que su rostro estaba cubierto por
un velo, ocultando su miedo, ansiedad y nerviosismo.
El Gran Duque habló lentamente: “Le pido disculpas…”
A Rensley le pareció que la voz del Gran Duque era fría y
grave, como el viento gélido que había oído al final de su viaje. De cerca,
sonaba aún más amenazante. Mantuvo la mirada fija en el suelo.
El Gran Duque continuó: “Le pido disculpas por no darle la
bienvenida antes. La noticia me llegó tarde, ya que es de noche.” Se produjo un
breve silencio.
Sorprendido por la inesperada cortesía, Rensley levantó
lentamente la cabeza. Quería evitar mirar directamente al Gran Duque, pero
ahora solo se le veían los ojos a través del velo.
La expresión del Gran Duque seguía siendo severa, pero si los
oídos de Rensley no le engañaban, había oído una disculpa. Rensley pronto
razonó que era un gesto propio del gobernante de una nación.
Aunque estaba situado en el frío y hostil norte, se decía que
Oldenlandt era más estable económica y políticamente que cualquier otra nación
del continente. Como gobernante de tal territorio, el Gran Duque podía tener
una personalidad inusual, pero seguía adhiriéndose a las normas de cortesía.
Rensley negó con la cabeza para indicar que no había problema.
Tras dudar un momento, el Gran Duque cruzó la sala a paso
firme hacia las escaleras. “Sígueme. Te mostraré tu habitación.”
Rensley se quedó quieto, sin saber qué hacer. Pensó que era
más que suficiente con que las sirvientas lo guiaran, pero no podía rechazar el
cortés gesto del Gran Duque.
Al percibir su vacilación, el Gran Duque regresó. “Por favor,
vaya usted primero. Podría ser peligroso si tropieza.”
Rensley no era tan torpe como para tropezar en las escaleras.
Incluso podía practicar esgrima en un balcón, un puente o el estrecho pasillo
de una torre si fuera necesario. Pero levantó ligeramente su falda e hizo una
pequeña reverencia antes de subir las escaleras primero.
Pronto sintió una sensación escalofriante e incómoda, como si
una bestia desconocida lo estuviera siguiendo, lo que le hizo arrepentirse de
no haber seguido al Gran Duque.
Afortunadamente, una vez que salieron del sótano, el Gran
Duque volvió a tomar la delantera y Rensley, casi conteniendo la respiración,
lo siguió como un fantasma.
El Gran Duque subió las escaleras, y sus pasos resonaron en el
pasillo hasta que llegó a una puerta de madera oscura. La abrió y condujo a
Rensley a través de un pequeño salón que también servía de antesala, hasta
llegar finalmente a una habitación con una imponente cama en el centro. Las
lámparas que colgaban de las paredes proyectaban una luz constante, y el
resplandor de una chimenea encendida bañaba la habitación.
“Este es el dormitorio de la Gran Duquesa.” dijo. Entonces, de
repente, frunció el ceño y se cubrió la boca con la mano antes de volver a
hablar. “Quizás sea prematuro utilizar ese título antes de la ceremonia. Mis
disculpas si le he incomodado.”
Rensley no se sintió avergonzado ni desconcertado por las
palabras del Gran Duque. En todo caso, sintió que él era quien estaba
ofendiendo al permitir que se le llamara por un título que no merecía.
Sacudió la cabeza y levantó un dedo. La doncella que lo había
guiado hasta el baño se acercó rápidamente y extendió la palma de la mano para
recibir su respuesta escrita.
“No es necesario utilizar la habitación de la Gran Duquesa
antes de la ceremonia. Cualquier habitación modesta donde pueda descansar será
suficiente.”
La doncella, que pareció sorprendida por un instante,
transmitió el mensaje de Rensley al Gran Duque.
Rensley la observó con admiración, fijándose en su
imperturbable compostura ante la intimidante figura del Gran Duque. Ella
encarnaba verdaderamente el espíritu del personal doméstico del Gran Duque.
Los fríos y brillantes ojos dorados del Gran Duque se posaron
en Rensley, quien respondió con tono indiferente: “Una ocurrencia de la región
sur, supongo.”
Aunque Rensley creía firmemente en cada palabra que había
escrito, decidió no insistir más y desvió la mirada hacia la cama.
La gran cama, sostenida por altos pilares, estaba cubierta con
unas cortinas gruesas, suaves y pesadas de color vino. La estructura era
similar a las de Cornia, pero con pilares más altos y cortinas más gruesas. En
Cornia, las cortinas de las camas eran lo suficientemente finas como para
permitir que entrara el aire fresco y mantener a raya a los insectos.
El Gran Duque comenzó a explicar: “Se colocan piedras
calientes entre el colchón y la cama, y se sitúa un brasero lleno de carbones
ardientes debajo de las mantas, que se retiran antes de dormir. El calor
debería durar hasta bien entrada la mañana.”
Pronto entraron las sirvientas, llevando un cubo con carbones
al rojo vivo y un brasero de mango largo.
Rensley nunca había visto una cama climatizada de esa manera.
Su curiosidad pudo más que él mientras escuchaba la explicación del Gran Duque,
olvidando por un momento su delicada situación.
“Como vienes del sur, es posible que el clima aquí te resulte
desconocido. Pero ten la seguridad de que tomamos medidas exhaustivas para
garantizar que el castillo se mantenga cálido.”, dijo el Gran Duque, y su voz
se fue apagando hasta quedar en silencio. Sin nada más que añadir, se quedó de
pie junto a Rensley, observando la escena.
Las sirvientas apagaron el brasero, que tenía el aspecto de
dos ollas de cobre de cocina colocadas boca abajo. Lo colocaron debajo de las
mantas y distribuyeron el calor de manera uniforme, como si estuvieran
planchando ropa.
“Esta es Samlet, la doncella de su señora. Ella se ocupará de
sus necesidades.” El Gran Duque señaló a la sirvienta de mediana edad que se
había encargado de transmitir los mensajes de Rensley.
Rensley la saludó con un ligero movimiento de cabeza y siguió
observando cómo las sirvientas preparaban la cama.
“Entonces, me retiraré.”
“Oh…” El sonido se escapó de los labios de Rensley antes de
que pudiera detenerse. Estaba tan absorto en el trabajo de las doncellas que
respondió por reflejo a la despedida del Gran Duque.
Su corazón se aceleró por el pánico. Levantó la vista hacia el
Gran Duque, tratando de evaluar su reacción. En una situación en la que su vida
podía correr peligro, sin posibilidad de escapar, se sentía como un ratón
frente a un gato.
Pero fue el Gran Duque quien rompió la mirada primero, sus
ojos dorados se encontraron brevemente con los de Rensley antes de apartarse.
Rensley esperaba que el Gran Duque no hubiera notado su breve exclamación ni la
hubiera reconocido como una voz masculina.
El bordado de fénix plateado en la capa del Gran Duque
brillaba intensamente mientras se alejaba. Las sirvientas, aún absortas en sus
tareas, parecían ajenas a Rensley.
Él dudó, con la mirada desplazándose entre la figura del Gran
Duque que se alejaba y las sirvientas que calentaban la cama, antes de dar
finalmente un paso adelante. Aunque los pasos del Gran Duque eran largos,
Rensley logró alcanzarlo levantándose el vestido y corriendo tras él.
Al sentir su cercanía, el Gran Duque se detuvo y miró a su
prometida con indiferencia. “¿Hay algo que quieras decir?”
Ver al Gran Duque pronunciar unas pocas palabras en lenguaje
humano hizo que Rensley se diera cuenta de que no era tan aterrador como
durante su primer encuentro. Una vez que su miedo se calmó un poco, Rensley se
permitió estudiar el rostro del Gran Duque.
Sus ojos dorados eran sobrenaturales y su actitud seguía
siendo distante, pero ahora Rensley podía ver lo sorprendentemente guapo que era.
Si no fuera por el inquietante brillo de sus ojos, podría incluso parecer más
refinado y elegante que la mayoría de la gente. Sus cejas gruesas y su nariz
recta le daban un aire de nobleza. Rensley podía sentir que el Gran Duque se
esforzaba por ser amable con la persona que creía que era su prometida.
Pero ¿qué pasaría si descubriera la verdad que se escondía
tras el velo? ¿Cuán aterradores serían esos inquietantes ojos dorados si se
encendieran de furia?
Si el Gran Duque decidía ejecutarlo por su engaño, Rensley
podría considerarlo una misericordia. Parecía muy posible que le esperaran
destinos mucho peores: ser utilizado como sujeto de pruebas para la magia
negra, o ser torturado y esclavizado hasta que la muerte lo reclamara.
Independientemente de su destino, Oldenlandt saldría ileso políticamente. Y
Cornia no ofrecería ninguna ayuda a Rensley, sin importar su situación.
Cuando Rensley levantó lentamente la mano, el Gran Duque,
recordando las acciones anteriores de la doncella, extendió la palma sin decir
palabra. Su mano era grande, pero conservaba la elegancia de la nobleza.
Rensley se sintió de repente cohibido por sus propias manos, ásperas por años
de tareas domésticas y entrenamiento de combate. Aunque las doncellas quizá no
lo hubieran notado, el Gran Duque, con sus manos delicadas, podría darse cuenta
de que esas manos no eran las de una princesa.
Tras una breve vacilación, Rensley trazó lentamente un mensaje
en la palma de la mano del Gran Duque: “Gracias. No olvidaré la amabilidad que
me ha mostrado hoy.”
Cada roce de su yema dejaba un rastro de calor y palabras que
solo la piel podía oír.
Rensley sabía que esa cálida cama podría ser el último lujo
que disfrutaría en su vida. Aunque fuera su último día con vida, decidió no
guardar rencor al Gran Duque que le había mostrado tanta amabilidad, sino a la
familia real de Cornia, que lo había desechado como un peón político.
Cuando Rensley bajó la mano, el Gran Duque se detuvo y luego
retiró lentamente la suya. El calor de la chimenea comenzó a calentar la
habitación y pareció que la fría actitud del Gran Duque se había suavizado un
poco.
“Descansa bien.” Con eso, el Gran Duque salió de la habitación
sin más preámbulos.
Rensley regresó a la cama. Las sirvientas, que habían
terminado sus preparativos, estaban retirando el brasero de debajo de las
mantas.
“Su Alteza, la cama está lista. ¿Posponemos ayudarle a
desvestirse hasta después de la ceremonia nupcial?” preguntó una de las
sirvientas.
Rensley asintió con la cabeza, agradeciendo en silencio a cada
una de ellas en su corazón. Gracias a todas. Pasaré la noche en una cama lujosa
que nunca antes había probado.
“Hay agua para lavarse la cara en la jarra junto a la
chimenea. Cuando esté lista por la mañana, tire de la cuerda junto a la cama
como hizo en la casa de baños y acudiremos a atenderla.”
Con una reverencia silenciosa, las sirvientas se despidieron y
salieron de la habitación.
La pesada puerta se cerró tras ellas, dejando la estancia en
un silencio sepulcral. Solo el crepitar ocasional de los leños ardiendo en la
chimenea y los lejanos aullidos de los animales salvajes rompían el
silencio.
Rensley se puso un camisón. Aunque estaba pensado para una
mujer, era lo suficientemente largo y holgado como para adaptarse cómodamente a
su complexión. La suave muselina contra su piel le hacía sentir como si la
propia habitación le diera la bienvenida.
Mientras se metía en la cama, Rensley no pudo reprimir un
suave gemido de satisfacción. La calidez seca y esponjosa de las gruesas mantas
lo envolvió como nunca antes había experimentado. Era una felicidad que solo
podía apreciar porque casi se había congelado hasta morir. Movió lentamente sus
extremidades bajo las mantas, saboreando la comodidad que nunca había conocido
en la siempre cálida Cornia.
La única vez que recordaba haber sentido frío en Cornia fue
después de pasar demasiado tiempo en un arroyo frío. Incluso entonces, tumbarse
sobre las rocas calentadas por el sol hacía que el frío desapareciera
rápidamente. Pero el frío en Oldenlandt era implacable, lo que hacía que el
calor que ahora sentía fuera aún más valioso.
A pesar de su mente inquieta, el cuerpo cansado de Rensley
pronto se relajó como el queso que se derrite sobre el fuego. Sabía que no
debía caer en un sueño profundo, que tenía que levantarse temprano y vestirse
antes de que alguien lo viera, pero no pudo resistir la tentación del sueño y
cerró los ojos, rindiéndose ante la comodidad.
Rensley se despertó de golpe, jadeando en busca de aire, en la
oscura habitación, protegida de la luz y las corrientes de aire por pesadas
cortinas.
Al observar su entorno, chasqueó los labios con torpeza. A
pesar del inminente peligro de una revelación potencialmente mortal, había
dormido profundamente, sin ni siquiera una pizca de pesadillas. Tenía la
intención de levantarse temprano, antes del amanecer, y vestirse, pero había
caído en un sueño profundo e ininterrumpido.
De repente, le invadió el miedo: ¿Y si alguien lo había
espiado durante la noche? Con el corazón latiéndole con fuerza, Rensley se
metió bajo las mantas, dejando solo los ojos al descubierto mientras observaba
cuidadosamente a su alrededor. Pero, al menos por ahora, estaba solo.
Tal y como le había asegurado el Gran Duque, el calor de las
mantas, combinado con el calor corporal de Rensley, lo había mantenido
cómodamente abrigado hasta la mañana. Sin embargo, el fuego de la chimenea se
había reducido a brasas y el aire de la habitación ahora era pesado y húmedo en
comparación con la noche anterior.
Rensley se levantó con cautela, se puso la bata y se cubrió
los hombros con una capa de piel. Con mano experta, se cubrió el rostro antes
de acercarse a la ventana. Tiró de la manija para descubrir las contraventanas
de madera que bloqueaban toda la luz. Detrás de ellas, apareció el cristal
decorado con intrincados trabajos en metal. La escarcha brillante sobre el
cristal, producto del frío del norte, parecía hojas de plata delicadamente
trabajadas.
Por un momento, olvidando su terrible situación, admiró la
belleza etérea que tenía ante sí. Frotó el cristal empañado con la manga, pero
este permaneció obstinadamente empañado. Sin otra opción, abrió la ventana,
dejando que la luz del mediodía inundara la habitación.
“Maldita sea…” murmuró Rensley, encogiendo los hombros.
Ya era mediodía. El sol del norte, aunque más pálido y frío
que el que conocía en el sur, seguía cumpliendo su función, proyectando una luz
invernal sobre la tierra. Suspirando, se apoyó en el alféizar de la ventana y
contempló el paisaje.
El paisaje del castillo de Laudken y los cielos de Oldenlandt
se extendían ante él, una vista que se había perdido en la oscuridad de la
noche anterior. La pálida luz del sol hacía que el cielo pareciera apagado y
nublado, y el manto de nieve sugería que los cielos despejados eran un lujo
poco común en esta tierra.
Le había emocionado ver la nieve por primera vez en su viaje
hacia el norte, a pesar de sus circunstancias. Pero ahora, mientras se
encontraba dentro de los muros de su destino, el paisaje nevado había perdido
su novedad.
¿Y si escapaba antes de la ceremonia nupcial? La idea pasó
fugazmente por su mente.
Las murallas traseras de Laudken servían de fortaleza para la
frontera norte del continente. Más allá se extendía un mundo del que no sabía
nada. Aunque lograra escapar del castillo antes de la inminente ceremonia
nupcial, probablemente perecería en la vasta extensión de hielo y desierto.
Permanecer dentro del castillo le daba al menos una pequeña esperanza, tal vez
la clemencia del Gran Duque, pero ya había probado el implacable frío del
norte.
Rensley observaba a la gente preparándose diligentemente para
el gran día. Los hombres se apresuraban, algunos llevando dos cubos de agua en
un yugo de madera, otros dirigiéndose a sus puestos con picos y palas, otros
con jarras y cestas. Pequeños carros circulaban por el patio y los niños
jugaban con peonzas y canicas, sus risas atravesando el aire frío.
Mientras observaba a los niños, se dio cuenta de que sus
juegos no eran muy diferentes de los de los niños del extremo sur del
continente. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Aunque el aire frío que
se colaba por la ventana le entumecía la nariz, siguió contemplando la animada
escena del exterior.
Uno de los niños que jugaba con canicas levantó la vista,
sintiendo su atención. Rensley no tuvo tiempo de esconderse antes de que sus
miradas se cruzaran, y el niño se puso de pie de un salto, mirando con los ojos
muy abiertos hacia la ventana.
Sorprendido, Rensley cerró apresuradamente la ventana y se
alejó, con el corazón latiéndole con fuerza. Se sintió agradecido de no haberse
quitado el velo, una idea que había considerado brevemente.
Tomó la vasija que estaba junto a la chimenea y vertió su agua
en la palangana que había sobre la mesa cercana para lavarse la cara. Después
de peinarse y arreglarse la ropa, se acercó al poste de la cama para tirar de
la cuerda que llamaba a las sirvientas, pero dudó.
¿Debo llamarlas?
Tras un momento de reflexión, decidió no hacerlo. Simplemente
pensarían que la princesa, agotada, se estaba tomando un largo descanso tras su
arduo viaje. Esa excusa le daría más tiempo para permanecer tranquilo sin
levantar sospechas. Las historias de princesas nobles que encontraban la
felicidad tras el matrimonio no eran para alguien como él, una novia falsa.
Decidido a encontrar una salida a su aprieto, Rensley se
arrastró hasta la puerta y la abrió silenciosamente, asomándose al pasillo a
través de la estrecha abertura.
El pasillo estaba vacío, salvo por dos guardias situados a
cierta distancia. Como era de esperar, la entrada principal no era una opción.
Cerró la puerta en silencio y se quitó rápidamente el vestido
de princesa para ponerse la ropa de hombre que había guardado en su equipaje.
Aunque la ropa de Cornia pudiera parecer fuera de lugar en las tierras del
norte, era más seguro que deambular con el vestido de princesa.
Incluso en el interior, la fina tela no servía para proteger
del frío.
“Hace mucho frío.” Temblando, se apresuró a volver a la
chimenea, añadió unos leños y avivó las brasas hasta que el fuego volvió a
cobrar vida.
Mientras se calentaba, un pequeño espejo sobre la repisa de la
chimenea le llamó la atención. El reflejo mostraba a un joven tenso que lo
miraba fijamente.
Rensley sonrió a su reflejo.
“Hola, guapo Rensley Mallosen. No te preocupes, con un poco de
suerte, quizá encuentres una vida mejor.” Ver su propia sonrisa le levantó el
ánimo.
A continuación, inspeccionó la habitación y comprobó las
vistas desde cada ventana. En el rincón más alejado, encontró una pequeña
ventana apartada. Era lo suficientemente pequeña como para no necesitar rejas
y, debajo de ella, no había niños jugando ni sirvientes trabajando.
Dobló cuidadosamente las prendas que había tirado y las colocó
entre la contraventana de madera y el cristal. A diferencia de Cornia, las
ventanas de doble capa de aquí ofrecían un amplio espacio para esconder
objetos. También se guardó un candelabro vacío en el cinturón, por si acaso.
“Todo listo.”
Rensley se agarró con fuerza al alféizar de la ventana y se
tumbó boca abajo sobre él. Deslizándose cabeza abajo por la abertura, miró
hacia abajo. La habitación de la Gran Duquesa estaba en el cuarto piso de la
torre principal. Era una altura considerable, pero podía manejarla.
Mientras que una persona normal se habría echado atrás ante
tal altura, Rensley utilizó hábilmente los ladrillos y las tallas decorativas
como puntos de apoyo para descender rápidamente. Cualquiera que lo hubiera
visto habría pensado que era un acróbata experimentado.
La tranquilidad que reinaba cerca de la habitación de la Gran
Duquesa pronto fue sustituida por el bullicio de la actividad exterior. Rensley
se dirigió hacia el ruido, mezclándose con la ajetreada vida del castillo.
El patio central rebosaba de vida, un hervidero de actividad
propia de un castillo a punto de celebrar una gran fiesta. Rensley se escondió
detrás de un pilar de piedra y observó la escena con mirada aguda.
“¿Cómo que aún no han terminado de teñir?”
“¿Alguien ha contado la platería? ¡No podemos permitirnos
ningún error!”
“Traigan más piedras calizas. Revisen a ver si quedan.”
“¡Basta de holgazanear! ¡Lleven estas cestas al lavadero
inmediatamente!”
“¡Ya casi hemos terminado aquí!”
Un chico, de no más de trece años, iba de un lado a otro
limpiando lo que habían ensuciado los artesanos y cargando con una cesta de la
ropa sucia que le quedaba grande.
Rensley vio su oportunidad y salió de entre las sombras,
siguiéndole los pasos al chico. Mantuvo la mayor parte de la cesta entre él y
el bullicioso patio, utilizándola como cobertura. Con manos hábiles, sacó de la
canasta una chaqueta gris gruesa y acolchada, un par de pantalones y un par de
guantes. Rápidamente se puso la chaqueta y esperó a que el niño doblara la
esquina y desapareciera en la sombra de una columna para ponerse los
pantalones.
Exhaló un suspiro de alivio.
“Casi me congelo aquí fuera.” Las prendas acolchadas no lo
protegían completamente del frío, pero lo protegían de la amenaza de la
congelación.
Afortunadamente, el viento salvaje que lo había azotado en las
llanuras del norte la noche anterior se había reducido a una brisa fría,
atenuada por las imponentes murallas del castillo y el tibio calor del sol.
Sintiéndose más relajado, Rensley se tomó un momento para observar su entorno.
Como fortaleza del norte, Laudken hacía honor a su formidable
reputación, con sus murallas altísimas e impenetrables. Ya había atravesado dos
fortificaciones de este tipo en su camino hacia allí, y la muralla exterior de
la fortaleza se erigía como la última barrera. En cada esquina, altas torres de
vigilancia se alzaban como centinelas vigilantes, supervisando la vasta
extensión de los terrenos del castillo. Varios otros edificios albergaban a
huéspedes, sirvientes y siervos dentro de la muralla que rodeaba la fortaleza.
Más allá se extendía el bullicioso barrio residencial de los ciudadanos.
Oldenlandt, el territorio más grande del continente era una
tierra de vastos bosques, montañas escarpadas y llanuras heladas, en su mayor
parte inhóspita e inhabitable. La escasez de tierras cultivables dificultaba la
agricultura, la ganadería y la apicultura, lo que obligaba a una mayor parte de
la población a buscar refugio dentro de las murallas del castillo en
comparación con otras naciones. Laudken no solo era el nombre del castillo del
Gran Duque, sino también la capital, el corazón mismo de Oldenlandt.
Rensley lamentó no haber prestado más atención en sus clases
de geografía, al darse cuenta de lo útil que le habría resultado ahora ese
conocimiento. Recordando fragmentos de sus lecciones infantiles, deambuló por
el patio central, pasando por los patios traseros, los establos, los gallineros
y la granja de cría.
Los animales no eran muy diferentes de los de Cornia, excepto
por los perros grandes y de pelaje espeso, casi del tamaño de caballos
pequeños. Estas criaturas no se parecían a ninguna que hubiera visto en su
tierra natal. En Oldenlandt, parecía que incluso los perros eran bestias de
carga, ya que los carros de madera que había junto a ellos tenían patines en
forma de cuchilla en lugar de ruedas.
Fascinado, Rensley se quedó observando la escena cuando una
voz aguda cortó el aire.
“¡Tú, ahí! ¿Por qué estás holgazaneando aquí en lugar de estar
en la cocina?”
Rensley no se dio cuenta de que el grito iba dirigido a él
hasta que una pequeña piedra le pasó silbando por la oreja, asustándolo. Se
volvió y vio a un hombre corpulento con un sombrero de piel y un grueso abrigo
que le hacía gestos airados.
“¡Sí, tú! Si no tienes nada mejor que hacer que holgazanear,
vete a casa ahora mismo.”
“Lo siento, señor” dijo Rensley, inclinándose profundamente
con humildad. “Solo vine a buscar unos huevos y me perdí.” Parecía que la ropa
que había robado pertenecía a alguien que trabajaba en la cocina.
“Espera un momento” dijo el hombre entrecerrando los ojos con
recelo. “Eres nuevo aquí, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?”
“Mallosen, señor.” respondió Rensley con voz mesurada y
respetuosa.
“Ah, una cara nueva, sin duda.” refunfuñó el hombre, con la
mirada fija en los rasgos de Rensley. “A juzgar por tu aspecto, debes de estar
intentando ganar algo de dinero con los preparativos de la ceremonia nupcial.
Pero escucha bien, si no pones de tu parte, te irás con las manos vacías.
¡Ahora, vuelve a tus tareas!”
El hombre no indagó más, probablemente debido a la llegada de
mano de obra adicional para los preparativos de la boda. Rensley sintió una
oleada de alivio mientras se alejaba apresuradamente.
Las grandes ocasiones siempre atraían a una multitud de
forasteros, entre los que se encontraban espías, asesinos y ladrones. En
Cornia, este tipo de eventos estaban estrictamente controlados, con
supervisores que registraban meticulosamente la identidad y el número de
siervos y mano de obra adicional contratada.
La actitud despreocupada del hombre insinuaba la naturaleza
pacífica de esta tierra, a pesar de su duro entorno. Rensley pensó que, si la
seguridad era tan laxa como parecía y los trabajadores contratados no eran
investigados a fondo, tal vez encontraría la oportunidad de escapar de la
fortaleza y esconderse en la aldea de plebeyos cercana.
Pero ¿y luego qué? Apartando ese pensamiento, decidió
centrarse en su papel por el momento.
Independientemente de las diferencias culturales, las cocinas
siempre atraían a la gente como una chimenea en invierno, y no tardó en
encontrar el camino hacia allí. Al acercarse a la cocina, el aire se llenó del
rico aroma del aceite para freír, las especias fragantes y el pan recién horneado.
Su estómago, ignorado durante mucho tiempo en medio de la tensión, de repente
rugió de hambre. Recordó su última comida: un simple tazón de gachas de
frijoles y unas pocas y escasas rebanadas de carne ahumada, consumidas
apresuradamente antes de salir de la posada la noche anterior.
En una esquina de la cocina, cerdos y pollos enteros se asaban
en largos espetones de metal sobre el fuego abierto; su grasa dorada goteaba
sobre las llamas con un siseo agudo. Los embutidos colgaban en racimos carnosos
de las vigas del techo, con sus pieles brillando bajo la luz del fuego. Un
cocinero pelaba y picaba con destreza un par de salchichas, arrojando los
trozos a una sartén chirriante con sal, pimienta y especias. El aire se volvía
denso con el aroma picante del pimentón seco triturado.
Rensley supuso que el cocinero preparaba una sustanciosa salsa
de salchichas. Incluso servida en un simple trozo de pan de pita caliente,
sería un plato delicioso. Con un poco de cilantro fresco, romero o perejil,
junto a una copa de vino o de cerveza, sería la comida perfecta.
Si me condenan a la horca, pediré una comida así como mi
última voluntad, pensó, lamiéndose los labios.
En otra parte de la cocina, los sirvientes estaban ocupados
preparando brochetas y ensaladas y, un poco más allá, diversas sopas hervían a
fuego lento en grandes calderos. Bandejas de pan blanco y tierno, recién salido
del horno, se apilaban en lo alto, listas para ser servidas. Rensley se quedó
hipnotizado ante la vista, incapaz de apartar la mirada.
“¿Por qué te quedas ahí parado? ¡Toma esta bandeja!” una
cocinera le puso una bandeja grande en las manos sin siquiera mirarlo.
Él parpadeó sorprendido, mirando a su alrededor para ver a
otros sirvientes llevando bandejas similares.
La cocinera chasqueó la lengua con exasperación. “Ten cuidado
de que no se te derrame ni se te caiga nada y llévaselo a Su Alteza de
inmediato. Se niega a cenar en cualquier lugar que no sea la habitación
subterránea. Esperaba que cambiara a medida que se acercara la ceremonia de
matrimonio, pero no, está tan gruñón como siempre. ¿Qué mujer querría vivir con
un hombre así?”
“No te molestes tanto, Rayna. Gracias a ese hombre gruñón,
nuestras vidas han mejorado, no empeorado.”
“Nunca dije que estuviera molesta. Es natural que la realeza y
los nobles se den buenos festines. ¡Un rey debe comer bien y engordar para
imponer respeto ante otras naciones!”
Nadie en este continente se atrevería a faltarle al respeto a
Oldenlandt ni a su temible señor, replicó Rensley para sus adentros. Incluso el
emperador siempre había sido cauteloso con el gobernante de Oldenlandt. Y el
Gran Duque Giesel Zvendard, con su temible reputación, era sin duda una figura
envuelta en misterio e intrigas.
A pesar de tener mucho que decir, Rensley se mordió la lengua
y siguió a los demás sirvientes hacia la habitación subterránea. Se sentía un
poco ansioso, pero se aseguró a sí mismo que el Gran Duque no lo reconocería,
ya que había mantenido su rostro oculto bajo un velo durante todo el día
anterior.
Los sirvientes, cargando sus bandejas, se dirigieron a las
escaleras que bajaban al sótano. Parecía que la habitación era el mismo lugar
en el que había estado la noche anterior.
Caminando en silencio, la mente de Rensley vagó de nuevo hacia
su primer encuentro con el Gran Duque. Los ojos del hombre, esos orbes dorados
y bestiales, permanecían en sus pensamientos. Se preguntó si la rumoreada
obsesión del Gran Duque con la magia oscura era la responsable de su peculiar
color de ojos. Quizás los rumores eran ciertos: que el Gran Duque estaba tan
absorto en el estudio de la magia oscura que descuidaba sus comidas, atrayendo
eventualmente una maldición sobre sí mismo.
Perdido en estas reflexiones, de repente notó que ya había
llegado a la pesada puerta que marcaba la entrada a la habitación subterránea.
Un sirviente se adelantó y llamó a la puerta.
“Su Alteza, su almuerzo está listo.”
Al abrirse la puerta, Rensley vio la misma escena que ayer.
Una gran chimenea rugiente bañaba la habitación subterránea con su resplandor,
proyectando una luz ambarina sobre los estantes llenos de libros, diagramas,
dibujos y mapas. El amplio escritorio en el centro estaba aún más desordenado
que antes, sembrado de pergaminos dispersos, plumas manchadas de tinta,
curiosos dispositivos mecánicos y varios viales y frascos que contenían
soluciones.
El Gran Duque estaba sentado, casi engullido, en un gran
sillón cubierto de pieles frente al fuego. No se molestó en mirar a los
sirvientes que entraban en la habitación, limitándose a gesticular con un
lánguido movimiento de mano.
"Déjenlo ahí."
Varios individuos de aspecto cansado estaban agrupados a su
alrededor. Su vestimenta sugería que no eran nobles supervisando asuntos de
estado, sino más bien eruditos. Parecían sumidos en una discusión, ajenos a la
presencia de los sirvientes.
Rensley ayudó a los demás sirvientes a colocar los platos en
una mesa con ruedas, aguzando el oído al captar fragmentos de la conversación
entre el Gran Duque y sus compañeros.
"Modificaremos la fórmula de nuevo, Su Alteza."
"Si la fórmula fuera defectuosa, no funcionaría en
absoluto. El desafío reside en la amplificación."
"No se desanime tanto, Su Alteza. La transmisión llegó a
la aldea en el borde de Tyrgabeim. Expandir el alcance es simplemente cuestión
de tiempo."
Mientras Rensley maniobraba la mesa cargada para acercarla al
sillón del Gran Duque, notó un largo pergamino desenrollado sobre el regazo de
este. La curiosidad pudo con él y estiró el cuello para vislumbrar el contenido
del pergamino mientras fingía ajustar la posición de los platos.
En ese instante, el Gran Duque levantó la vista y su mirada se
cruzó con la de Rensley. Rensley se quedó helado como un ratón ante un gato,
con el corazón dándole un vuelco al encontrarse mirando a los ojos del Gran
Duque. Extrañamente, el brillante dorado que había ardido en esos ojos la noche
anterior se había atenuado ahora a un ámbar suave. La mente de Rensley se
aceleró ¿Sería posible que el Gran Duque tuviera un hermano gemelo? Nunca había
oído mencionar nada al respecto.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz de regaño.
"¿Cómo te atreves a mirar con tanta insolencia?"
ladró uno de los hombres que conversaba con el Gran Duque.
Rensley, dándose cuenta de su transgresión, cayó de rodillas y
presionó su frente contra el suelo.
"He cometido una ofensa grave. ¡Ruego su perdón, mi
señor!"
Esta abrupta vida extranjera había convertido a Rensley
Mallosen en un tonto inepto. Desde que salió de su habitación, no había hecho
más que pedir disculpas.
Para su sorpresa, el Gran Duque no mostró signos de desagrado
o ira; su expresión era tan inescrutable como siempre. Fue el hombre que había
reprendido a Rensley quien parecía más inquieto, murmurando entre dientes:
"Bueno, eso es... no importa."
"Levántate" ordenó el Gran Duque, con su voz tan
baja e indiferente como antes. Sonaba casi lánguido.
Rensley se levantó lentamente, con movimientos tentativos.
A pesar del comportamiento despreocupado del Gran Duque, sus
ojos ámbar escudriñaban a Rensley.
"Acércate" dijo.
Rensley levantó la cabeza del suelo con cautela. El Gran Duque
no parecía particularmente enfadado, pero aquel enigmático llamado hizo que su
pulso se acelerara. Luchó por mantener firmes sus labios temblorosos mientras
se acercaba al sillón del Gran Duque. El calor de la chimenea crepitante rozó
sus mejillas, sumándose al rubor que ya subía por su rostro.
Los ojos del Gran Duque se clavaron en él desde cerca. Aunque
la extraña luz dorada había desaparecido, su mirada seguía siendo profunda y
penetrante. Las llamas parpadeantes parecían proyectar fugaces destellos de oro
dentro de las profundidades ambarinas de su mirada.
Rensley se dio cuenta de que no había duda sobre el hombre que
tenía delante. No se trataba de un gemelo imaginario, sino del mismísimo Gran
Duque. Era una situación similar a la de ayer, pero esta vez Rensley no tenía
ningún velo que lo protegiera.
La mirada del Gran Duque recorrió lentamente a Rensley de la
cabeza a los pies, como si lo estuviera midiendo. Rensley se sintió como una
presa ante un cazador, sin ningún lugar donde esconderse. A pesar de la gruesa
ropa acolchada, se sentía completamente expuesto.
Entonces, sin previo aviso, el Gran Duque extendió el brazo.
Rensley se estremeció instintivamente, pero logró quedarse quieto. La larga
manga negra del Gran Duque se deslizó sobre el apoyabrazos y colgó pesadamente
hacia el suelo. La misma mano que anoche había servido como pizarra para los
mensajes escritos con los dedos de Rensley se acercaba ahora a su rostro.
Incierto sobre la intención del Gran Duque, a Rensley se le
cortó la respiración y su pulso se aceleró mientras veía la mano acercarse más.
Cuando la mano se inclinó en el sentido de las agujas del reloj para ocultar su
rostro, dejando solo sus ojos visibles, Rensley sintió que su corazón se
desplomaba, casi dejando escapar un grito. El pánico surgió a través de él,
pero apretó los dientes, obligándose a mantener la compostura y sostener la
mirada del Gran Duque.
Después de un momento que pareció durar una eternidad, el Gran
Duque retiró lentamente la mano.
"Un rostro que no reconozco."
Uno de los sirvientes respondió antes de que Rensley pudiera,
"Su Alteza, muchos nuevos trabajadores contratados han entrado al castillo
para ayudar con los preparativos de la ceremonia de matrimonio."
"Tampoco lo he visto entre los residentes
exteriores." La mirada del Gran Duque exigía una explicación de Rensley.
Su afirmación hizo que todos los demás dirigieran su atención hacia Rensley
también.
La mente de Rensley volaba. ¿A qué se refiere con eso? Incluso
considerando la dura frontera de Oldenlandt, la población de la capital no era
pequeña. No había forma de que el Gran Duque pudiera memorizar el rostro de
cada sirviente y residente.
Rensley miró a su alrededor, pero nadie parecía dudar de las
palabras del Gran Duque. Decidió aceptar esta increíble situación por ahora. La
gravedad de la situación pesaba sobre él, y cualquier pensamiento de escapar a
la aldea de los plebeyos resultaba inútil.
Apretó sus manos con fuerza, agradecido por los guantes que
ocultaban sus dedos. Si el Gran Duque hubiera decidido examinarlos, podría
haber sido atrapado en ese mismo instante. Pero, para su alivio, el Gran Duque
no parecía inclinado a hacer tal demanda.
Rensley hizo una profunda reverencia y comenzó su actuación.
"Perdóneme, Su Alteza. Soy Mallosen, uno de los
asistentes de la princesa Yvette. Soy un vagabundo que no pudo encontrar
trabajo estable en el sur. Pero al ver las muchas oportunidades aquí, pensé en
establecerme, a pesar del frío."
Alguien refunfuñó, sumándose al regaño, "Incluso los
viajeros y comerciantes no pueden simplemente quedarse sin permiso. Necesitan
una aprobación oficial para convertirte en ciudadano de Oldenlandt."
Rensley asintió con expresión compungida.
"Lo entiendo y me disculpo por mi presunción. Buscaré el
permiso oficial de inmediato. Su Alteza, mis señores, les ruego que me perdonen
por esta vez."
El Gran Duque lo observó con una mirada mesurada, luego
asintió con calma.
"¿Es ese color común en el sur?"
Rensley parpadeó, tomado por sorpresa. "¿Perdón?"
"Ve y verifica con los otros asistentes de la princesa si
realmente hay alguien llamado Mallosen entre ellos" ordenó el Gran Duque.
Uno de los sirvientes habló con vacilación, "Su Alteza,
los asistentes de la princesa se fueron temprano esta mañana. Deseaban partir
rápido ya que la oscuridad del norte cae temprano, así que preparamos sus
comidas al amanecer."
Los sirvientes cornianos conocían la verdadera identidad de
Rensley y se habían retirado apresuradamente, ansiosos por cobrar su generosa
paga y descansar, evitando cualquier enredo. Aunque Rensley no podía
apreciarlos del todo, se sentía agradecido por su rápida partida en ese
momento.
Uno de los hombres que había estado conversando con el Gran
Duque se acercó a la mesa.
"Su Alteza, permítame inspeccionar la comida
primero." Pasó su mano sobre cada plato. Una tenue luz emanó de su mano,
envolviendo los platos en un suave resplandor.
Rensley se dio cuenta de que las personas en la habitación
eran magos y abrió un poco la boca. En Cornia, los plebeyos rara vez se
encontraban con magos, y los pocos que había visto en su infancia eran severos
y reservados, nada parecido a las figuras académicas que tenía ante él.
La inspección no duró mucho. El mago se volvió hacia el Gran
Duque e informó: "No hay nada malo con la comida." El veredicto
indicaba que Rensley estaba libre de cualquier conspiración política.
El Gran Duque reflexionó brevemente, pero no parecía
particularmente interesado en este asunto. Con un gesto de desdén con la mano,
habló a los sirvientes.
"Muy bien. Pueden retirarse. Cenaré más tarde."
Los sirvientes hicieron una reverencia y salieron de la
habitación. Rensley, ansioso por escapar del escrutinio del Gran Duque, se
mezcló con los demás, caminando a paso ligero sin mirar atrás.
✦
Sintiéndose como si hubiera escapado por poco de la muerte,
Rensley se encontró completamente agotado. En marcado contraste con su
cansancio, los ojos de quienes lo rodeaban brillaban de curiosidad mientras se
acercaban ansiosos a su lado.
"Con tantas caras nuevas en la cocina hoy, no te había
notado antes. ¿Realmente eres de Cornia?" preguntó uno.
"Eh, sí, así es" respondió Rensley.
"Entonces debes haber visto el rostro de la princesa
mientras le servías, ¿verdad?" intervino otro.
"Aunque se supone que no debe mostrar su rostro antes de
la ceremonia, seguramente la has visto al menos una vez. ¿Es una belleza sin
igual como dicen los rumores?" añadió alguien más, con la voz llena de
anticipación.
Rensley no pudo evitar reír a carcajadas ante la mención de la
supuesta "belleza sin igual" de Yvette. Lamentó no poder compartir
este rumor con ella. ¡Yvette, te has hecho de un nombre! pensó, sintiéndose
divertido. Pero al ver los rostros expectantes a su alrededor, una ola de
inquietud lo invadió. No quería decepcionarlos, pero tampoco podía revelar toda
la verdad. Rodó los ojos como buscando las palabras adecuadas.
"Vamos, dinos. ¿Cómo es la princesa?" le instaron de
nuevo.
"Bueno," comenzó Rensley, "la princesa que
espera actualmente en sus aposentos puede que no sea una belleza sin igual,
pero es conocida en la capital por su apariencia. No es el epítome de la
virtud, pero tiene un carácter decente. Y aunque no es extraordinariamente
inteligente, a menudo se le alaba por su astucia".
"Siempre imaginé que sería una princesa elegante y
delicada, como las de las canciones y los cuentos de hadas," dijo una
joven ayudante de cocina, con los ojos brillando de emoción. "No tenemos
tales princesas en Oldenlandt, así que tenía curiosidad.”
Al ver la emoción inocente de la chica, Rensley decidió no
mencionar la excepcional destreza con la espada de la supuesta princesa, sus
habilidades para la equitación, su impresionante capacidad para beber o su
robusta salud que rivalizaba con la de muchos caballeros.
En su lugar, Rensley le ofreció una cálida sonrisa y dijo:
"Honestamente, creo que tú eres más linda.”
"¡Oh, basta! No te burles de mí." La chica se
sonrojó, y sus mejillas pecosas se tornaron de un rojo intenso bajo su pálido
pañuelo.
"Hablo en serio. ¿Cómo te llamas? Yo soy Rensley, Rensley
Mallosen.”
"Soy Teya." respondió ella, con su sonrojo
profundizándose.
Delante de ellos, los hombres jóvenes se dieron la vuelta y
sonrieron, habiendo escuchado su conversación. "¿Ya estás haciendo tus
movimientos, Mallosen? Dicen que el sur está lleno de encantadores, pero tú
eres otra cosa." bromeó uno.
"No estoy haciendo movimientos, solo doy un
cumplido." protestó Rensley, pero sintió que la tensión de antes se
relajaba.
Las burlas continuaron sin cesar. "Teya, mejor ten
cuidado." bromeó uno de los hombres. "Con un rostro tan terso como
ese, probablemente dejó un rastro de chicas llorando en el sur. ¿Todos los
hombres del sur tienen la piel tan suave?"
"Y ese cabello largo también." intervino otro con
una risita. "Si empiezas a trabajar con nosotros, tendrás que afeitártelo
todo.”
A pesar de sus bromas, estaba claro que empezaban a aceptar a
Rensley como uno de los suyos. Había una calidez en su camaradería que Rensley
no había anticipado, y lo conmovió más profundamente de lo que esperaba.
Oldenlandt realmente es un lugar pacífico, pensó, sintiendo un genuino sentido
de pertenencia mientras se mezclaba con ellos.
Después de un poco de conversación casual, Rensley hizo la
pregunta que le había estado pesando: "¿Cómo es el Gran Duque? Hace rato,
estaba tan asustado que casi me orino. Pensé que me ejecutarían en el acto.”
Los demás estallaron en risas, y uno de ellos le dio una
palmada en el hombro. "¿Crees que ejecutaría a alguien por eso? Eres más
tímido de lo que pareces.”
"Me sorprendió cuando de repente te tiraste al suelo,
suplicando misericordia." agregó otro, sacudiendo la cabeza. "Él no
se enoja así con las criadas de cocina o los sirvientes. Quizás con un soldado
que rompa la ley militar, pero no con alguien que sirve la comida."
Parecía que el consenso común era que el Gran Duque no era
particularmente estricto con su personal. Rensley asintió, recordando las
quejas anteriores de la cocinera. Si el Gran Duque fuera un tirano, rápido para
castigar ofensas menores, nadie se atrevería a hablar de él tan abiertamente.
Teya añadió con una sonrisa tranquilizadora: "No es tan
aterrador como parece."
Para Rensley, eso sonaba a que el Gran Duque era temible, solo
que no tanto como su apariencia sugería. Era un pensamiento ligeramente
tranquilizador, pero el ánimo de Rensley seguía inquieto. Quizás era indulgente
con su personal doméstico pero despiadado con quienes cometían transgresiones
graves, como un soldado que rompe la ley militar o alguien que se hace pasar
por una novia para engañarlo. Consideró cuál sería considerada una transgresión
más grave y concluyó que ambas podrían merecer fácilmente la ejecución.
En ese momento, las campanas de la iglesia sonaron,
devolviendo a Rensley a la realidad. Se dio cuenta de que no podía permitirse
seguir con la mentalidad de un sirviente de cocina. Con el Gran Duque a punto
de almorzar, no pasaría mucho tiempo antes de que alguien fuera a ver a la
princesa. Las doncellas le habían dicho que las llamara cuando despertara, pero
no dejarían a la princesa sin molestar indefinidamente.
Rensley aún no había ideado un plan sólido y ya había afirmado
ser uno de los asistentes de la princesa. Para mantener esta pretensión, la
princesa debía estar a salvo en su habitación.
"Debo irme ahora." dijo, forzando un tono casual en
su voz. "Necesito preguntar sobre el proceso de inmigración y planear mis
siguientes pasos."
"A pesar del frío, es un buen lugar para vivir."
dijo uno de los hombres con un asentimiento. "De vez en cuando tenemos
forasteros que quieren establecerse aquí. Nos vemos luego. Espero que puedas
quedarte."
Despidiéndose de sus nuevos compañeros, Rensley se alejó
apresuradamente. Ellos no se molestaron en llamarlo ni en preguntarle su
destino, probablemente asumiendo que estaba ansioso por atender sus asuntos.
En su camino de regreso a la habitación, Rensley mantuvo los
ojos bien abiertos, escaneando su entorno. Justo cuando se acercaba a la torre
principal, un letrero de madera llamó su atención; era perfecto para su plan.
Sin detenerse, se agachó y lo tomó, con su mente ya corriendo hacia adelante.
El lado oeste de la torre, por donde había salido de la
habitación por primera vez, permanecía desierto. Plantó firmemente el letrero
que decía ‘En Reparación, No Entrar’ en la entrada del pequeño espacio abierto,
esperando que disuadiera a cualquier transeúnte curioso. Luego, se posicionó
cerca de la pared bajo la ventana de la habitación y respiró profundo.
Subir siempre era más desafiante que bajar. Rensley aplaudió,
preparándose para la tarea que tenía por delante. Se estiró hacia arriba,
agarrando la decoración de la pared más alta que pudo alcanzar. Se impulsó
hacia arriba, encajando los dedos de los pies en un estrecho hueco entre los
ladrillos, con los ojos buscando el siguiente punto de apoyo o borde
sobresaliente. Lenta pero constantemente, escaló la pared como una araña
decidida.
Después de un ascenso extenuante, la ventana de la habitación
estuvo finalmente al alcance de su brazo.
"Casi allí..." murmuró Rensley entre dientes,
tratando de animarse a sí mismo. Con un último suspiro profundo, estiró el
brazo y agarró firmemente el alféizar con su mano derecha. Soñaba con un
regreso impecable y sin ser notado.
Pero justo cuando estaba a punto de impulsarse, una
exclamación desconcertada resonó desde abajo.
Sobresaltado, Rensley casi pierde el equilibrio. Reajustó
rápidamente su agarre y se impulsó hacia arriba, enganchando sus brazos sobre
el alféizar. Mirando hacia abajo, vio al intruso que había ignorado su letrero
de advertencia y entrado en el espacio apartado, un niño agarrando una pelota,
mirándolo con los ojos muy abiertos.
"¡Ladrón!" gritó el niño, señalándolo.
Rensley no tuvo tiempo de explicar que no era un ladrón. Se
escurrió a través de la estrecha ventana, empujando con la cabeza la
contraventana de madera que había dejado entreabierta, y cayó adentro,
aterrizando en el suelo con un fuerte golpe.
Sin un momento que perder, se puso de pie de un salto como un
resorte y agarró la ropa que había escondido. Sus manos temblaban mientras se
cambiaba apresuradamente de nuevo al camisón de muselina. Agarrando las prendas
desechadas, junto con el manto con capucha y el velo, se lanzó a la cama. Luego
metió la vestimenta masculina en el equipaje de la princesa al lado de la cama.
Finalmente, se cubrió con las mantas, esperando ocultar cualquier rastro de sus
acciones apresuradas.
Solo entonces notó la contraventana de madera que había dejado
ligeramente abierta. Dudó por un momento pero decidió no cerrarla. El ruido
afuera se hacía más fuerte; no había tiempo.
"Un intruso en la habitación de la Gran Duquesa..."
"La entrada principal estaba bien custodiada."
Las voces de los guardias se acercaban, más claras. Rensley
respiró hondo, tratando de calmar su corazón acelerado.
Un fuerte golpe en la puerta rompió el silencio, seguido por
la puerta abriéndose con fuerza.
"Su Alteza, ¿se encuentra bien?" llamaron los
guardias, con voces cargadas de urgencia. "Perdónenos por entrar. Alguien
informó haber visto a un intruso entrando en su habitación."
La mente de Rensley dio vueltas al darse cuenta de que, antes
de que la ceremonia de matrimonio siquiera tuviera lugar, ya estaba siendo
tratado como la Gran Duquesa. Sorprendido por la prisa de la gente de
Oldenlandt, fingió conmoción, encogiéndose y cubriéndose el rostro bajo las
mantas.
Las doncellas entraron corriendo y rodearon la cama en un
torbellino de preocupación, tratando de calmar a los guardias.
"Están asustando a la princesa." regañó suavemente
la dama de compañía. "No ha mostrado su rostro desde que llegó."
"Pero señora, un niño vio al intruso." insistió uno
de los guardias.
"Esperen afuera. Yo le preguntaré."
Samlet, por favor explica que aún no soy la Gran Duquesa,
pensó Rensley, quejándose para sí mismo mientras buscaba a tientas para ponerse
el velo de nuevo bajo las mantas. Sus manos temblaban ligeramente mientras
trabajaba, pero no podía permitirse más errores.
Rensley vaciló como una princesa tímida y asustada mientras se
asomaba por debajo de las mantas. Su corazón latía con fuerza en su pecho, pero
se obligó a proyectar una imagen de inocencia y vulnerabilidad.
Los guardias, al darse cuenta de su falta de etiqueta,
inclinaron rápidamente la cabeza o miraron hacia otro lado con vergüenza.
Samlet se acercó a Rensley con una reverencia respetuosa y
preguntó "Su Alteza, un niño que jugaba en el patio informó haber visto a
un intruso colándose por su ventana. ¿Por casualidad vio usted a este
intruso?"
Rensley sacudió la cabeza vigorosamente, haciendo que el velo
ondeara.
"¿Podemos tener su permiso para inspeccionar el área
cerca de su cama?" preguntó ella a continuación, con un tono suave pero
firme.
Esta vez, él asintió, con las manos apretando fuertemente las
mantas para mantener la ilusión de miedo.
Unas cuantas empleadas buscaron meticulosamente debajo de la
cama, detrás de las cortinas y alrededor de los postes de la cama. Como era de
esperar, no encontraron rastro del intruso. El supuesto intruso estaba sentado
en la cama en ese momento, con la manta de lana subida hasta los hombros,
interpretando el papel de una princesa asustada y desconcertada.
Mientras tanto, los guardias realizaron su propia búsqueda
exhaustiva de la habitación. No dejaron piedra sin remover dentro del armario,
cajones, debajo de la mesa, detrás de los marcos de los cuadros e incluso
dentro de la chimenea. A pesar de sus esfuerzos exhaustivos, no encontraron
nada.
Uno de los guardias se encogió de hombros y murmuró "Tal
vez el niño solo lo imaginó. Los niños hacen eso a veces.”
"Parecía demasiado específico para eso.” rebatió otro
guardia.
Mientras sus opiniones comenzaban a diferir, uno de los
guardias hizo un gesto a los demás. "Vengan aquí. Algo no está bien.”
El guardia de vista aguda había notado la ventana entreabierta
que Rensley había descuidado cerrar correctamente. Varios guardias corrieron
hacia la ventana para investigar.
Rensley maldijo para sus adentros, apretando los dientes
detrás del velo. Por favor, que no encuentren nada que pueda usarse como
evidencia, rezó en silencio, con el corazón acelerado mientras intentaba
mantener la compostura.
"Parece que el intruso todavía está escondido en algún
lugar aquí dentro.” especuló un guardia.
"Pero ¿cómo podría Su Alteza no haberlo visto si hubiera
entrado en la habitación?" dudó otro.
Sin señales del intruso por encontrar y con la ventana
añadiendo un elemento de misterio, las sospechas de los guardias comenzaron a
desplazarse hacia la propia princesa extranjera. La tensión en la habitación
aumentó mientras los guardias intercambiaban miradas de incertidumbre, con sus
ojos derivando ocasionalmente de vuelta hacia Rensley, quien permanecía como la
imagen de una doncella asustada y confundida.
En ese momento, una voz interrumpió los murmullos de la
habitación, exigiendo atención inmediata. "¿Han capturado al
intruso?"
Todos, excepto Rensley, se pusieron firmes y se inclinaron.
Rensley, todavía fingiendo ser una princesa aterrorizada, se subió las mantas
justo debajo de los ojos y miró al recién llegado.
Era el Gran Duque. Al enterarse de un intruso en los aposentos
de su prometida, había venido a evaluar la situación por sí mismo. Se detuvo en
el umbral, observando la escena y a las personas dentro antes de finalmente
posar su vista en Rensley. Sus pasos eran silenciosos mientras entraba, pero
cada uno parecía resonar con autoridad. Rensley se sintió como un conejo bajo
los ojos vigilantes de una bestia.
"Hemos registrado toda la habitación pero no encontramos
rastros significativos." informó un guardia de inmediato. "Sin
embargo, la ventana que el niño señaló se encontró ligeramente abierta.”
"¿Alguna huella u otras pistas?" preguntó el Gran
Duque, con un tono uniforme que no revelaba nada de sus pensamientos.
"Necesitamos realizar una investigación más
detallada." respondió el guardia.
El Gran Duque se acercó a la ventana, recorriendo el área con
una mirada perspicaz. Se demoró allí un momento, perdido en una contemplación
silenciosa, antes de volverse hacia los demás. "Todos, regresen a sus
puestos".
La orden fue simple, pero envió una ola de inquietud a los
presentes. "¿Perdón, Su Alteza? ¿Está seguro-?" se atrevió a decir
uno de los guardias vacilante, solo para ser interrumpido.
"Necesito hablar con la princesa a solas.” dijo el Gran
Duque, con una voz que no admitía discusión. "Esperen en sus puestos.”
¡No! los pensamientos de Rensley gritaron en pánico, con sus
labios torciéndose detrás del velo. Este era el peor resultado posible,
quedarse a solas con el Gran Duque. Hubiera preferido que hubieran apostado
guardias en la habitación, escudriñando cada centímetro durante todo el día, en
lugar de este enfrentamiento solitario.
Las empleadas y los guardias salieron de la habitación con
pasos apresurados. Samlet, la doncella personal, lanzó una mirada preocupada a
la pareja antes de irse sin decir palabra. La puerta se cerró con un golpe
pesado, dejando un silencio abrumador a su paso.
Rensley bajó la mirada, concentrándose en el intrincado
bordado de la fina colcha de terciopelo, un elegante patrón de lirios cosido en
oro. Se convirtió en su ancla mientras la presencia del Gran Duque se cerraba
sobre él, haciendo que el aire se sintiera más opresivo con cada segundo que
pasaba.
El Gran Duque se acercó y se acomodó en una silla al lado de
la cama. "Princesa Yvette Albanes," comenzó, con su voz tan tranquila
y cortés como el día anterior.
Rensley asintió levemente, con los ojos todavía fijos en el
bordado, evitando la mirada del Gran Duque.
"Dado que todavía no puede hablar," continuó el Gran
Duque, "si le place adherirse a la costumbre, por favor transmita sus
pensamientos como lo hizo ayer, por escrito. Este matrimonio está ordenado por
el emperador, no es algo que la Familia Real Corniana deseara. Por lo tanto,
entiendo si usted no desea esta unión.”
Él tenía razón. Los gobernantes de Oldenlandt, aislados en su
dura y distante tierra del norte, enfrentaban desafíos significativos para
asegurar parejas adecuadas. A menudo se limitaban a casarse con doncellas de su
propia nación o a emprender la ardua tarea de cortejar a mujeres nobles de
otros reinos.
Oldenlandt servía como el principal baluarte del continente,
siendo sus defensas lo único que se interponía entre la civilización y la
naturaleza inexplorada. Más allá de la Gran Muralla de Laudken se extendían
densos bosques llenos de criaturas aterradoras y la misteriosa extensión del
Mar Negro, más allá del cual yacían tierras que no habían sido tocadas por la
influencia imperial.
Para Rensley, un nativo de las tierras del sur que hasta ahora
solo había visto el paisaje pacífico de Laudken, estos relatos parecían más
mitos que realidad. Las historias hablaban de criaturas que no eran humanas ni
bestias, acechando en el lejano norte entre los densos bosques, montañas
heladas y el Mar Negro, siempre cazando a los habitantes del continente. Se
decía que el gobernante del norte mantenía una fuerza militar formidable no
para participar en disputas políticas, sino para librar una guerra interminable
contra estos monstruos.
El emperador no podía ignorar a Oldenlandt, ya que su lealtad
inquebrantable era indispensable para la supervivencia del imperio. En
reconocimiento a su servicio, el emperador les otorgó una autonomía y
privilegios significativos. La selección de una novia para el gobernante de la
tierra del norte era parte de este delicado acuerdo, un medio sutil por el cual
el emperador mantenía su influencia sobre el territorio.
A pesar de su papel crucial como baluarte del imperio,
Oldenlandt era un aliado poco atractivo para los otros reinos, quienes veían
poco beneficio en vincularse a una tierra tan remota y peligrosa. Lejos de los
conflictos políticos centrales del continente, la gente de Oldenlandt llevaba
sus vidas de manera autosuficiente. Aunque eran ricos en recursos naturales y
poseían una fuerza militar formidable, sus operaciones mineras y forestales
estaban estrictamente reguladas por la autoridad imperial. Su poderío militar
se justificaba principalmente por la necesidad de combatir a las criaturas
monstruosas, lo que les dificultaba ofrecer ayuda militar en otros conflictos.
Como resultado, ninguna familia real deseaba enviar a su preciosa descendencia
a esta tierra lejana y dura.
Sin embargo, el mandato del emperador era absoluto, y la única
pareja adecuada para el gobernante de Oldenlandt era alguien de una familia
real o un noble de alto rango. A lo largo de la larga historia del continente,
el matrimonio del gobernante de Oldenlandt se había convertido en algo parecido
a sacarse la pajita más corta entre los reinos.
Cuando el actual emperador ordenó al Rey de Cornia seleccionar
una novia para el joven Gran Duque de Oldenlandt, el rey eligió a la Princesa
Yvette entre sus siete hijos y tres hijas.
"¿Desea regresar a Cornia ahora?" preguntó el Gran
Duque, con una voz casi gentil.
Rensley no tuvo más de otra que sostenerle la mirada. A
diferencia de los constantes ojos ámbar del Gran Duque, los suyos delataban la
tormenta que arreciaba en su interior.
Cuando Rensley extendió su dedo índice, el Gran Duque le
ofreció su palma en silencio. El dedo de Rensley tembló al tocar la mano del
Gran Duque; no por miedo o nervios, sino por una rabia contenida que hervía
bajo la superficie.
"No, no lo deseo", escribió con trazos deliberados.
El Gran Duque consideró esto por un momento y preguntó:
"¿Entonces, desea proceder con este matrimonio?"
Rensley, con el dedo índice aún apoyado en la palma del Gran
Duque, bajó la cabeza lentamente. No podía obligarse a escribir "sí",
pero tampoco podía negarlo con un "no". El silencio se prolongó
mientras la pregunta sin respuesta colgaba en el aire entre ellos.
El Gran Duque lo observó por un tiempo, esperando cualquier
señal de respuesta, antes de bajar la mano. Rensley también dejó caer su mano a
su costado, sintiendo el peso de la conversación sobre él.
La voz baja del Gran Duque rompió el silencio. "Los
informes de los guardias han aclarado el incidente de hoy temprano."
Rensley permaneció en silencio, con cada nervio alerta.
"El hombre que afirmó ser su asistente no ha regresado a
Cornia. En cambio, ha decidido quedarse aquí. Su nombre es Mallosen, un nombre
con el que confío que está familiarizada."
Un terror frío comenzó a filtrarse en el corazón de Rensley.
¿Por qué menciona al hombre que encontró hoy temprano? El Gran Duque no pudo
haber discernido su verdadera identidad durante su intercambio anterior. Y el
niño en el patio solo había visto al intruso desde lejos.
"La descripción del intruso coincide con la de su
asistente, el color de su cabello, su vestimenta. Y, lo más notable, sus ojos
son del mismo tono violeta poco común que los suyos. Ese color es inusual en
estas tierras del norte."
Ante esto, los ojos de Rensley se abrieron con alarma.
Aunque sus ojos eran más de un tono azulado con un tinte rojo
que un violeta puro, ciertamente no eran raros en Cornia. De hecho, había otro
miembro dentro de la Familia Real Corniana cuyos ojos guardaban un parecido
sorprendente con los del propio Rensley.
¿Quién hubiera imaginado que sería un rasgo tan distintivo
aquí? Rensley tragó saliva con dificultad, tratando de asimilar todas las
implicaciones de las palabras del Gran Duque. El centro de su garganta se movió
visiblemente bajo el velo.
"Dada la semejanza en altura y color de ojos,
inicialmente sospeché que era su pariente." continuó el Gran Duque con
tono medido. "Sin embargo, si fuera de sangre real, no necesitaría
esconderse ni entrar por una ventana como un ladrón común. Podría haber
declarado su presencia y visitarla abiertamente. Por lo tanto, llegué a la
conclusión de que él debe ser, de hecho, su asistente." Un suave suspiro
escapó de sus labios.
Rensley sintió una sensación momentánea de alivio. El Gran
Duque aún no había deducido que Mallosen y la Princesa Yvette eran la misma
persona.
La expresión del Gran Duque permaneció impasible, pero Rensley
sintió un rastro de agitación en su aliento. Algo tácito flotaba en el aire.
Incapaz de resistirse, Rensley se atrevió a levantar la mirada hacia él.
"Tras reflexionar, puedo entender por qué el hombre tomó
un paso tan peligroso para entrar en su habitación." continuó el Gran
Duque. "Estar atada por el deber a otro hombre mientras el corazón
pertenece a otro es un destino cruel, Princesa Yvette. Si lo desea, Mallosen
puede quedarse aquí. Mientras cumpla con sus deberes como la Gran Duquesa de
Oldenlandt, no interferiré en sus asuntos privados."
¿Qué? Rensley se quedó boquiabierto de asombro bajo su velo.
La propuesta del Gran Duque lo golpeó como un rayo. La mera
noción de un joven deslizándose en la habitación de una doncella antes del
matrimonio era lo suficientemente escandalosa como para encender un incendio de
rumores. Los guardias y las empleadas ya habían lanzado miradas sospechosas a
Rensley. Pero ahora, el Gran Duque había ido más allá, asumiendo que Rensley
tenía un amante secreto e incluso otorgándole libertad para disfrutar de sus
encuentros.
Rensley, con la lengua trabada, no podía preguntarle al Gran
Duque por qué había llegado a tal conclusión. La suposición estaba tan alejada
de la verdad que lo dejó sin palabras, con su mente luchando por entender el
razonamiento del hombre.
"Rara vez me he aventurado más allá de las fronteras de
Oldenlandt y sé poco del mundo exterior, pero he leído extensamente."
retomó el Gran Duque, con un tono que se volvía contemplativo. "Aunque la
mayoría de mis lecturas han sido revistas académicas, ocasionalmente me permito
otros géneros. Los peregrinos y juglares que visitan el castillo también
comparten sus canciones e historias."
Eso tiene sentido, pensó Rensley, todavía luchando por
encontrar su equilibrio en la conversación. En Cornia también era común que
peregrinos y juglares entretuvieran con canciones e historias durante las
cenas. Algunos afirmaban haber viajado a tierras lejanas, dejando sus relatos
incluso en este remoto territorio del norte.
"Normalmente, cuando un hombre corre el riesgo de entrar
en la habitación de una dama en secreto, es para cortejarla o porque están
envueltos en un amor prohibido. Tales historias suelen terminar con ellos
fugándose para evitar las miradas indiscretas."
Ese no es el caso, Su Alteza, refutó mentalmente Rensley, con
la frustración burbujeando bajo la superficie. Aunque tales historias
románticas son populares, no son más que fantasías ilusorias. La mayoría de las
personas carecen del valor para actuar según tales impulsos, que es
precisamente por lo que tales historias son queridas. Pero, por supuesto, el
Gran Duque no podía escuchar su refutación silenciosa. Su imaginación parecía
ir muy por delante, lo que hacía cada vez más difícil para Rensley seguirle el
ritmo.
"Él es un hombre apuesto." observó el Gran Duque.
"Entiendo por qué no pudo olvidarlo y lo trajo aquí."
Rensley parpadeó sorprendido. Él no era alguien que dudara de
su propio atractivo. Era hábil en el manejo de la espada, tenía una voz decente
para el canto y era un excelente bailarín. Las mujeres a menudo le lanzaban
miradas de admiración cuando pasaba, y no era un extraño en las noches de
fiesta. Pero incluso si se evaluara a sí mismo favorablemente, sabía que no
podía afirmar que rivalizaba con el hombre frente a él en apariencia o
presencia.
Si la verdadera Yvette Albanes hubiera traído a un amante a
Oldenlandt, probablemente habría cambiado de opinión al conocer a su futuro
esposo y habría despedido a su amante sin pensarlo dos veces. La presencia
imponente del Gran Duque, sumada a sus facciones llamativas, era suficiente
para hacer que cualquier mujer lo reconsiderara. Rensley se encontró, contra su
voluntad, admirando silenciosamente al hombre frente a él.
La voz del Gran Duque lo devolvió a la realidad. "Pero
como usted sabe, este matrimonio es una unión política organizada por el
emperador. Si se fugaran, el escándalo y sus repercusiones serían graves. Sería
más sabio para usted encontrar una razón legítima para verlo dentro del
castillo. De esa manera, no habría tal alboroto como el de hoy."
No era raro que la realeza y la nobleza tuvieran múltiples
amantes incluso después del matrimonio. Pero ¿estaba el Gran Duque sugiriendo realmente
que esto era aceptable... a la cara de su prometida? Rensley se mordió el
labio, luchando con las implicaciones.
Cuando estaba decidido a mantener su secreto, había querido
evitar la mirada del Gran Duque y cualquier conversación innecesaria. Pero
ahora, al encontrar fallas en el razonamiento del Gran Duque, luchaba por
morderse la lengua. Desafortunadamente, la sobriedad no era su fuerte.
Estabilizó sus labios temblorosos y extendió sus dedos. Cuando
el Gran Duque le ofreció la mano, Rensley no dudó en escribir "Su Alteza,
¿me dejará irme?"
La mirada del Gran Duque pareció suavizarse un poco. En lugar
de negarse rotundamente, respondió con una pregunta, como si intentara
disuadirlo suavemente. "¿Debe ser de esa manera? ¿Incluso si eso los pone
en peligro tanto a su amado como a usted?"
Este no era el momento de reflexionar sobre si el razonamiento
del Gran Duque era romántico, extraño o racional. Rensley se dio cuenta de que
se le había ofrecido una oportunidad única. El hombre ante él no parecía del
tipo que lo echaría a morir de frío si intentara fugarse con su supuesto
amante. Si el Gran Duque tuviera malas intenciones, nunca habría concedido un
encuentro secreto en primer lugar.
Rensley se permitió un momento para imaginar. Si me fuera, ¿A
dónde podría ir? Regresar a Cornia no era una opción. Quizás podría vagar como
poeta o servir como mercenario en una tierra lejana. Si descartaba su identidad
y asumía un nuevo nombre, seguramente podría forjarse una vida en algún lugar
de este vasto continente.
Mientras Rensley miraba hacia el vacío, un pensamiento lo
asaltó, el Gran Duque Giesel Zvendard era más razonable de lo que le habían
hecho creer.
Los rumores lo habían pintado como un monstruo maldito por la
magia oscura, un recluso y un bárbaro con sangre de demonios. Pero el Gran
Duque que Rensley conoció en Oldenlandt era calmado, sereno y notablemente
racional. Incluso la propuesta que acababa de hacer reflejaba una mente
gobernada por la razón.
Aunque la apariencia inquietante del Gran Duque durante la
noche todavía lo molestaba, Rensley recordó que el hombre no le había mostrado
más que cortesía, incluso entonces. Además, la gente de Oldenlandt hablaba muy
bien de él, su amor por su tierra y su capital era evidente en sus palabras.
Rensley se atrevió a esperar que incluso si el Gran Duque
descubría la verdad, tal vez no sería castigado. Quizás podría vivir sus días
en el Castillo Laudken como Rensley Mallosen.
"Princesa, ¿Su respuesta?" El Gran Duque extendió su
mano.
Rensley colocó sus dedos sobre la palma del Gran Duque.
Lentamente, comenzó a escribir con más claridad y resolución que nunca.
"Su Alteza, ¿todavía tiene la intención de casarse con alguien como
yo?"
Los ojos ámbar del Gran Duque, profundos y fijos como piedras
preciosas descansando bajo agua clara, miraron fijamente a Rensley. Los ojos
dorados y bestiales que Rensley había vislumbrado antes ahora parecían un
fragmento de una pesadilla olvidada, una ilusión fugaz que se había desvanecido
en el aire.
Sorprendentemente, el tono uniforme y la compostura
inquebrantable del Gran Duque también calmaron los pensamientos turbulentos de
Rensley. Se encontró sintiéndose más a gusto, con la tormenta en su interior
comenzando a calmarse.
"Sí, lo tengo. Este matrimonio es un procedimiento
político y convencional decretado por el emperador. Si nos casamos, cumpliré
con mis deberes como esposo, y nada más."
Rensley reflexionó sobre la respuesta del Gran Duque por un
momento, mientras sus pensamientos se perdían en noches de un pasado lejano.
Él disfrutaba de la vibrante vida de los mercados nocturnos y
las festividades. Solía pasear por las calles concurridas, un poco alegre por
el vino especiado o la cerveza fuerte, pasando un brazo sobre el hombro de
algún conocido. Al encontrarse con sus compañeros, se unía a los apostadores en
las mesas improvisadas que se instalaban los días de mercado. Incluso sabiendo
que los dados estaban cargados, Rensley confiaba en su propia destreza de manos
y solía sentarse a la mesa con una sonrisa. Había noches en que la fortuna le
sonreía, pero la mayoría de las veces perdía tanto como ganaba, a pesar de sus
trucos ingeniosos.
Cuando perdía sus apuestas y se bebía sus penas, sus
compañeros solían burlarse, "¿Por qué apuestas tu moneda en trampas tan
obvias?"
A lo que Rensley replicaba, "Nunca puedes predecir el
giro del destino sin atreverte a correr el riesgo."
El sonido familiar de los dados tintineando en una copa resonó
en su mente. La opción prudente habría sido apoyarse en el malentendido del
Gran Duque y abandonar esta tierra gélida en silencio, bajo el disfraz de la
Princesa Yvette Albanes. Pero Rensley se conocía demasiado bien; la cautela no
estaba en su naturaleza. Suspiró para sus adentros, con una sonrisa irónica
asomando en sus labios.
Finalmente, Rensley movió sus dedos para escribir una
respuesta. "No me iré." Dudó antes de añadir rápidamente otra frase.
"Debo confesar la verdad y rogar por su perdón.”
El Gran Duque lo observó con una mirada inquisitiva, pero
permaneció en silencio, esperando una explicación más detallada.
Rensley tomó su silencio como un consentimiento tácito.
Sabía que ya no había vuelta atrás, pero mientras se preparaba
para revelar la verdad, un temblor de duda frenó sus manos. Sus dedos
tropezaron al intentar alcanzar el velo, fallando en el primer intento. Un
pensamiento supersticioso cruzó su mente, un error al comienzo de una apuesta
era un mal augurio.
Respiró profundamente para calmarse. Debió de haber pausado
más de lo que creía, porque el Gran Duque de pronto extendió su mano. Tal como
ocurrió durante su segundo encuentro en la habitación subterránea, la mano se
acercó al rostro de Rensley.
Sobresaltado, Rensley estuvo a punto de retroceder, pero se
obligó a quedarse quieto. La mano que había soportado el peso de sus palabras
escritas ahora flotaba cerca de su oreja. Rensley sintió el tenue roce de los
largos dedos contra su mejilla y su oreja... o quizás estaba tan tenso que sólo
lo imaginó.
Lentamente, el Gran Duque retiró el velo y bajó la capucha de
la cabeza de Rensley. Su cabello rubio, que había crecido durante el largo
viaje a Oldenlandt, cayó en cascada, brillando bajo la tenue luz. Finalmente,
el broche del velo cedió y la seda de color granate profundo se deslizó de la
piel de Rensley antes de que él pudiera siquiera pensar en detenerla.
Sus miradas se cruzaron. El tiempo pareció suspenderse.
Se quedaron inmóviles, mirándose a los ojos, incapaces de
hablar o moverse. Rensley sintió como si le hubieran vertido cera invisible
encima, atrapándolo en su lugar. Era como si el mundo se hubiera detenido a su
alrededor, manteniéndolos en un momento que se extendía infinitamente entre
ellos.
Rensley fue el primero en romper la tensa quietud. Saltó de la
cama, arrodillándose en el suelo con un movimiento repentino y desesperado.
Por primera vez, los ojos inescrutables del Gran Duque se
abrieron de par en par por la sorpresa.
"Tú eres..." Las palabras se quedaron atrapadas en
su garganta, sin terminar.
Antes de que el Gran Duque pudiera recuperar la compostura,
Rensley hizo una reverencia tan profunda que su frente casi tocaba el suelo.
"Aceptaré cualquier castigo, Su Alteza. Por favor, perdone mi vida. Nunca
tuve la intención de engañarlo ni de ofenderlo."
El Gran Duque no dijo nada.
Rensley había preparado varias defensas y súplicas de
misericordia, pero el silencio del Gran Duque hacía difícil continuar. Intentó
medir la reacción del hombre mirando hacia arriba, pero el rostro de este
quedaba fuera de su vista.
Con los ojos fijos de nuevo en el suelo, Rensley se obligó a
continuar. "Su prometida es, de hecho, la Princesa Yvette Albanes. Ella es
una persona real y un miembro de la Familia Real Corniana. Sin embargo, dos
días antes de su partida hacia Oldenlandt, desapareció. No tuve más remedio
que..."
"Levántate." El firme mandato del Gran Duque lo
interrumpió.
Rensley cerró la boca de golpe y levantó la cabeza con
vacilación.
El Gran Duque, todavía sentado, habló de nuevo con un tono
firme, habiendo desaparecido ya la sorpresa inicial. "Levántate y habla
despacio. Estoy dispuesto a escuchar; no hay necesidad de apresurarse."
Rensley se puso de pie, entrelazando sus manos temblorosas
frente a él. Mantuvo la mirada en el suelo y comenzó con cautela, "Juro
por mi honor que lo que estoy por revelar es la verdad."
Al cruzar brevemente su mirada con la del Gran Duque, Rensley
creyó ver una expresión fugaz que parecía decir ‘¿Qué valor tiene tu honor para
mí?’ Pero el Gran Duque simplemente le hizo un gesto para que continuara.
"Rensley Mallosen es mi verdadero nombre. La Princesa
Yvette Albanes es mi media hermana."
"¿Entonces tú también eres de sangre real?"
"El Rey de Cornia tiene diez hijos, dos de los cuales son
ilegítimos: uno es Yvette y el otro soy yo."
La primera consorte del actual Rey de Cornia le dio dos hijos
antes de ser encarcelada hasta la muerte debido a los crímenes de traición de
su familia. La segunda consorte dio a luz a tres hijos antes de ser depuesta.
La tercera dio a luz al actual príncipe heredero antes de sucumbir a una
enfermedad poco después. La cuarta y actual reina consorte tuvo cinco hijos,
incluyendo gemelos, pero tres de ellos no sobrevivieron a la infancia.
Yvette Albanes y Rensley Mallosen nacieron de diferentes
mujeres plebeyas que afirmaron que sus hijos eran del rey. Solo después de
someterse a las ceremonias de reconocimiento formal fueron aceptados como sus
hijos ilegítimos. Pero su posición dentro de la familia real siempre había sido
precaria.
Rensley hizo una pausa, ordenando sus pensamientos antes de
continuar con voz firme. "Las princesas son raras en la Familia Real
Corniana. Mientras algunos reyes se preocupan por producir herederos varones,
Cornia tiene sus propias complicaciones. La escasez de príncipes puede
debilitar la línea de sucesión, pero el exceso puede crear rivalidades e
inquietudes. Las princesas, sin embargo... tienen un tipo de valor diferente.
Con una línea de sucesión segura, se convierten en instrumentos cruciales para
forjar alianzas, como estoy seguro de que entiende, Su Alteza."
En muchas familias reales, las princesas eran valoradas por
las alianzas que podían asegurar, fortaleciendo la posición política del reino
a través de matrimonios estratégicos. Aunque algunos reinos permitían la
sucesión femenina, en la tradicionalista Cornia seguía estando estrictamente
prohibida.
La Familia Real de Cornia tenía tres princesas. Una ya estaba
comprometida en negociaciones matrimoniales con la prestigiosa Casa de
Mileivah, famosa por su lucrativo comercio de seda. El Rey de Cornia, teniendo
tan pocas hijas, era reacio a enviar a una a casarse con el Gran Duque de
Oldenlandt, una tierra distante sin vínculos con Cornia. Sin embargo, sabiendo
que el rechazo solo traería problemas mayores, el rey accedió al decreto del
emperador. Yvette, al ser una hija ilegítima, era la elección obvia.
"Yvette aceptó la decisión del rey," continuó
Rensley, con la voz teñida de una tristeza silenciosa. "Ella es un año
menor que yo y siempre hemos sido muy cercanos. Como hijos ilegítimos, hemos
enfrentado muchas pruebas dentro de la familia real y encontramos consuelo el
uno en el otro. Ella solía hablar de su deseo de dejar Cornia... Aunque me
dolía pensar que mi única hermana sería enviada a los confines más lejanos del
continente, le deseé lo mejor muchas veces."
El Gran Duque escuchaba en silencio, sin revelar nada en su
expresión.
"Sin embargo, dos días antes de su partida, Yvette
desapareció. Parecía haber aceptado el matrimonio, pero en realidad no fue así;
dejó una nota que decía: 'Casa Albanes, ¿Pensaron que obedecería dócilmente?' y
se marchó..."
En realidad, su nota había sido mucho más colorida en su
lenguaje, pero Rensley eligió suavizar las palabras para los oídos del Gran
Duque.
Rensley había estado en una posada jugando a las cartas cuando
le llegó la noticia del escape de Yvette. Al escuchar la noticia, se había
reído a carcajadas.
Yvette solía cantar sobre su deseo de dejar Cornia, y su
desdén por el rey no era un secreto. Su repentina obediencia a sus órdenes le
había parecido extraña a Rensley, casi fuera de lugar. Cuando se dio cuenta de
que su cumplimiento no había sido más que un elaborado acto, no pudo evitar
sentir una sensación de triunfo. En ese momento, tuvo la tentación de levantar
una copa para celebrar su exitoso escape.
Pero entonces, la situación tomó un giro inesperado.
Los objetivos de las maldiciones de Yvette eran, por supuesto,
el rey y sus herederos legítimos. Probablemente ella asumió que, en su
ausencia, el rey se vería obligado a buscar la ayuda del emperador o a enviar a
otra de las pocas princesas restantes al norte. Yvette no pudo haber previsto
que el enfurecido rey ordenaría que su hijo ilegítimo fuera disfrazado de hija
y enviado al norte en su lugar. Ni Rensley ni siquiera el sacerdote podrían
haber previsto tal desenlace.
Una persona capaz de tomar decisiones tan inimaginables sería
considerada un loco y, en ese sentido, la etiqueta le quedaba perfectamente al
Rey de Cornia.
El Gran Duque, habiendo escuchado toda la historia, tamborileó
ligeramente con los dedos en el reposabrazos, aparentemente desconcertado.
"¿Por qué, entonces, no escapaste? Debiste haber tenido oportunidades
durante el largo viaje para evadir a tus acompañantes y huir. Tu comportamiento
desde que llegaste aquí sugiere que estaba dentro de tus capacidades."
La voz de Rensley estaba cargada de cansancio cuando
respondió, "Si Yvette hubiera sabido que llegaría a esto... no habría
huido. Lo mismo se aplica a mí. Tengo personas que me importan en Cornia. Ya
sea que viva o muera, mi destino quedó sellado en el momento en que llegué a
salvo a Oldenlandt. Si la noticia de que escapé llegara a Cornia, aquellos a
quienes quiero habrían sufrido en mi lugar. ¿Cómo podría abandonarlos?"
Una vez que la novia llegara a Oldenlandt, independientemente
de su destino, el Rey de Cornia podría afirmar que había cumplido el decreto
del emperador, evitando así la demanda de otra novia. Las acciones del rey
fueron impulsadas por puro despecho, una respuesta vengativa a la rebelión de
una hija ilegítima.
Si Yvette le hubiera confiado su plan a Rensley, él habría
sido cómplice, pero no sabía nada de su huida. Se había convertido en el chivo
expiatorio únicamente porque él también llevaba la mancha de la ilegitimidad.
El peso de esa comprensión lo dejó sintiéndose completamente desanimado.
Rensley bajó la cabeza, agobiado nuevamente por el dolor.
El Gran Duque planteó otra pregunta. "Incluso si no
tuvieras esa intención, la Familia Real Corniana me ha insultado. Si presentara
una protesta formal e informara al emperador, ¿Qué crees que haría el Rey de
Cornia?"
"Afirmaría que envió a la princesa como se le ordenó y
que yo actué solo," respondió Rensley con un tono de sombría resignación.
"Dirían que un bastardo humilde y resentido buscó deshonrar a la familia
real, o que un hombre malvado con deseos perversos dañó a su hermana para
ocupar su lugar. Inventarán cualquier historia que convenga a sus intereses y
la gente creerá su mentira conveniente. Yvette ha desaparecido y no puede
testificar en mi defensa, y yo no soy más que un peón insignificante."
Un silencio tenso cayó entre ellos.
Rensley respiró hondo y se arrodilló ante el Gran Duque una
vez más. "Su Alteza, le juro que no albergo tales intenciones. No codicio
la posición de Gran Duquesa, ni siquiera en broma. Le imploro que muestre
misericordia y perdone mi vida. Deseo vivir aquí como Rensley Mallosen, un
humilde súbdito de Oldenlandt. Dígale a Cornia que hui, y ellos no harán más
preguntas."
El Gran Duque no respondió de inmediato.
Rensley añadió rápidamente, con la desesperación asomando en
su voz, "Puede que sea de baja cuna, pero sigo siendo hijo de un rey por
sangre. Viví en Cornia como un parásito de la familia real, incapaz de
desempeñar ningún trabajo. Pero soy hábil en la esgrima, las artes marciales y
la equitación. Puedo cocinar, cuidar el ganado y hacer carpintería. Si me
acepta, le serviré con una lealtad inquebrantable."
"Estás diciendo que deseas vivir como un hombre muerto o
inexistente."
Rensley no lo negó. El Gran Duque se quedó callado, sumido en
sus pensamientos.
Tras una breve pausa, el Gran Duque suspiró suavemente.
"El matrimonio tiene poca importancia para mí. He descuidado la búsqueda
de una pareja durante tanto tiempo que ahora pienso que habría sido más sabio
asegurar una aprobación antes de que el emperador emitiera su orden, para
evitar tales complicaciones."
Ciertamente. Si ese hubiera sido el caso, ni Yvette ni yo
estaríamos atrapados en este predicamento... Rensley estuvo de acuerdo en
silencio.
"Si informo que la princesa de Cornia huyó, el emperador
exigirá una princesa de otra familia real. Y esa alma desafortunada tampoco
querría venir aquí. No deseo crear más víctimas."
"Entonces..."
"Es incierto si dejarían en paz a la princesa
desaparecida. Incluso si Cornia permanece en silencio, el matrimonio fue
ordenado por el emperador. Tú y tu hermana serían considerados culpables de
engañar al mismísimo emperador." La explicación del Gran Duque fue
tranquila y precisa.
Rensley bajó la mirada, incapaz de encontrar un
contraargumento.
Aunque el Rey de Cornia e Yvette habían desobedecido a medias
el mandato del emperador, si este incidente salía a la luz, Rensley e Yvette
cargarían con todo el peso del crimen. Si el emperador buscaba formalmente a
Yvette, inevitablemente sería capturada.
"Puede que el emperador no agrave el asunto por un
matrimonio, pero es impredecible. A veces, las infracciones menores reciben
castigos severos, para dar ejemplo a los demás." El Gran Duque guardó
silencio.
Sin nada más que decir, Rensley también permaneció callado.
La ausencia de los guardias y las empleadas hacía que la
habitación estuviera inquietantemente silenciosa. Rensley miraba los
intrincados patrones de la alfombra, con la mente a la deriva.
La profunda voz del Gran Duque rompió el silencio. "Hace
varios siglos, Oldenlandt tuvo una Gran Duquesa varón."
Los pensamientos de Rensley se detuvieron en seco. ¿Una Gran
Duquesa varón? Su confusión e incredulidad burbujearon en su interior.
"Además, ni siquiera era humano, sino de otra
especie."
"¿Perdón?". Las cejas de Rensley se fruncieron con
desconcierto. Aunque se compuso rápidamente, su mente iba a mil por hora. ¿De
qué está hablando? ¿Podría el Gran Duque estar loco? Dicen que la gente
verdaderamente loca a menudo parece tranquila... ¿Es realmente un loco?
Mientras los ojos de Rensley vacilaban con duda, el Gran Duque
continuó, imperturbable. "Esa fue la primera y última instancia en que un
hombre ostentó el título de Gran Duquesa. No obstante, sirve como precedente.
Los registros oficiales de matrimonio llevan el nombre de otra noble en lugar
del de la Gran Duquesa, pero existen relatos históricos sobre él. Se dice que
entidades no humanas habitaron una vez este continente. Quizás el matrimonio
fue un tratado con ellos."
Rensley sintió que su cuerpo se tensaba. A pesar de sus
intentos por mantener la compostura, las puntas de sus dedos temblaron. La
implicación del Gran Duque se volvía más clara, pero temía escuchar su
confirmación. Demasiado asustado para expresar la pregunta, Rensley esperó a
que el Gran Duque entregara su conclusión.
Y ese momento llegó sin piedad.
"Tengo la intención de casarme con la novia enviada por
Cornia. Informaré a la Familia Real Corniana que he recibido a su princesa a
salvo. Simplemente me estoy adhiriendo al mandato del emperador. Por lo tanto,
nadie enfrentará castigo. ¿Qué piensas?"
"Pero entonces..." La voz de Rensley se atoró en su
garganta. "¿Qué hay del heredero? ¿No necesita una Gran Duquesa que dé a
luz a sus hijos? E incluso si pasamos esto por alto ahora, ¿Qué pasa si el
emperador u otros descubren que soy un hombre?"
"Para presentarnos como Gran Duque y Gran Duquesa ante el
emperador, debemos esperar hasta después del invierno. No hay necesidad de que
te preocupes por eso ahora. Me suplicaste que salvara tu vida, ¿no es
así?". La mirada del Gran Duque se clavó en Rensley, esperando una
respuesta.
El plan del Gran Duque, aunque lejos de ser ideal, era
innegablemente la solución más pragmática bajo las circunstancias actuales.
Minimizaba la responsabilidad sobre él mismo y sobre Oldenlandt.
El emperador había exigido que Cornia enviara una
"princesa" a Oldenlandt, y el Rey de Cornia, siguiendo solo la mitad
de ese decreto, había enviado un "príncipe" en su lugar, aunque fuera
uno ilegítimo. El Gran Duque Giesel Zvendard simplemente estaba recibiendo a la
supuesta novia de Cornia según lo ordenado por el emperador.
En caso de que alguien cuestionara o ridiculizara más tarde la
decisión del Gran Duque, él podría afirmar que creyó que la orden del emperador
implicaba aceptar a un novio varón. Esto no dejaría lugar a debates
innecesarios sobre sus acciones. Además, la reputación de excentricidad del
Gran Duque haría que tal acción poco convencional fuera plausible, si no
esperada.
En este matrimonio que salió mal, solo Giesel Zvendard
permanecía libre de culpa. Sin embargo, si informaba falsamente al emperador
que la novia había huido, se convertiría instantáneamente en cómplice de un
engaño que podría tener consecuencias de gran alcance.
Aunque Oldenlandt tenía interacciones mínimas con otros
reinos, la presencia de Rensley podría servir algún día como una herramienta
política, un medio para hacer responsable a Cornia. Esta era una ventaja
estratégica a la que el Gran Duque no renunciaría.
Si Rensley hubiera apelado a la simpatía del Gran Duque como
una doncella prometida en apuros, podría haber sido capaz de persuadirlo para
que "la" ayudara a escapar, pero esa oportunidad ya se le había
escapado de las manos. El Gran Duque no tenía razones para mostrar indulgencia
hacia Rensley Mallosen, un hombre disfrazado de princesa. Rensley sabía que no
tenía otras opciones.
De niño, había soñado con convertirse en un caballero noble.
Quería servir a un señor al que pudiera respetar, alguien digno de su lealtad,
no al actual Rey de Cornia. Pero al crecer y darse cuenta de la cruda realidad
de que pocos señores aceptarían a un hijo real ilegítimo como caballero, y que
los caballeros estaban lejos de los guerreros ideales que una vez admiró,
abandonó ese sueño.
Ahora, sin embargo, el destino le ofrecía la oportunidad de al
menos imitar ese sueño largamente abandonado. El camisón que se puso
apresuradamente no le molestaba en absoluto.
Con una nueva resolución, Rensley colocó su mano derecha sobre
su corazón e inclinó la cabeza. "Yo, Rensley Mallosen, me comprometo a
seguir lealmente la decisión de Su Alteza. Por favor, dígame qué debo
hacer."
"No hay nada especial que debas hacer. Simplemente
procede con la ceremonia de matrimonio como la Gran Duquesa."
Rensley vaciló y luego preguntó: "¿Revelará que soy un
hombre?"
El Gran Duque desvió la mirada, contemplando la pregunta por
un momento, y respondió sucintamente. "Consideraremos eso a su debido
tiempo. Por ahora, no mostrarás tu rostro ni hablarás con otros hasta la
ceremonia, ¿De acuerdo?" Su actitud era tan indiferente como la de alguien
que discute los detalles de una tarea rutinaria.
Rensley asintió, comprendiendo que su papel estaba definido.
Debía cumplir con los deberes de la Gran Duquesa, incluso si eso significaba
ocultar su verdadera identidad hasta el momento apropiado. Su estatus había
caído de novia prometida a una mera molestia. ¿Es esto un éxito o un fracaso?,
se preguntó, reflexionando sobre la apuesta que lo había salvado de la
ejecución.
El Gran Duque se puso de pie. "¿Necesitas algo?"
"¿Perdón?" respondió Rensley, tomado por sorpresa.
"Dada la situación, lo mejor será limitar tu contacto con
los demás hasta que determinemos los siguientes pasos. Si necesitas algo,
infórmame y yo mismo me encargaré personalmente."
Rensley vaciló, sintiendo que un rubor de vergüenza subía a
sus mejillas. Parecía desvergonzado pedir algo dada la gravedad de la
situación, pero razonó que una pequeña petición podría ser perdonada con todo
lo que ya estaba en desorden. "Desde que dejé la última posada ayer, no he
comido nada... me gustaría una comida."
Había causado este lío para salvarse; no podía morir de hambre
ahora. Temía que el Gran Duque pudiera burlarse de él por una petición tan
trivial en un momento como este.
Sin embargo, el Gran Duque simplemente asintió. "Espera
aquí." Se ajustó la capa y caminó hacia la puerta.
Rensley lo observó hasta que la puerta se cerró por completo
tras él. Luego exhaló profundamente y se desplomó sobre la cama.
Aunque varios pensamientos daban vueltas en su mente, sacudió
la cabeza vigorosamente para disiparlos. Por ahora, estaba agradecido por haber
evitado la ejecución.
Incluso el Rey de Cornia había tomado múltiples consortes a lo
largo de los años. No había razón por la cual el Gran Duque Giesel Zvendard no
pudiera hacer lo mismo. Parecía poco probable que el Gran Duque tuviera la
intención de pasar el resto de su vida con una Gran Duquesa varón, por lo que
Rensley podría reconsiderar su futuro después de esta ceremonia de matrimonio
simulada, una vez que la crisis inmediata hubiera pasado.
✦
Sintiéndose incómodo por quedarse con el camisón de dama,
Rensley se cambió a su ropa de hombre corniana y esperó, pero el Gran Duque
tardó bastante tiempo en regresar.
Acostado en la cama, Rensley recordó los olores reconfortantes
de la carne asada, la grasa chisporroteante y los aromas ricos y picantes de la
cocina. El pensamiento de llenar su estómago le proporcionaba algo de consuelo.
Finalmente, la voz esperada llegó desde fuera de la puerta.
"Yo mismo lo traeré. Apártate."
Rensley saltó como si nunca hubiera estado acostado. De pie
con las manos entrelazadas respetuosamente, se inclinó ante el Gran Duque que
entraba. "Bienvenido."
"No hay necesidad de ser tan formal." El Gran Duque
no parecía estar diciendo palabras vacías.
Sin embargo, como alguien que efectivamente se había
convertido en un subordinado, Rensley no podía obedecer. Se acercó al Gran
Duque con una sonrisa incómoda.
"Permítame llevarlo."
La visión del Gran Duque, una figura de tanta autoridad
imponente, envuelta en una capa majestuosa y cargando una bandeja de comida
como un sirviente, era casi absurda. Parecía una escena de una farsa.
El Gran Duque lo rechazó y le hizo un gesto hacia la silla,
dejando la bandeja sobre la mesa. "Toma asiento."
En la bandeja grande había una pierna de ganso asada, un trozo
de pan, una cuña de queso y un tazón de sopa roja llena de ingredientes
desconocidos. Una taza de té con olor dulce acompañaba la comida.
Rensley tragó saliva involuntariamente. Pensó que una cerveza
habría sido perfecta en lugar del té con miel, pero no estaba en posición de
quejarse.
Al sentarse a la mesa, Rensley le ofreció al Gran Duque una
sonrisa agradecida. "Gracias, Su Alteza."
El Gran Duque reconoció la sincera gratitud de Rensley con una
mera mirada.
Aunque Rensley quería abalanzarse sobre la pierna de ganso,
resolvió mantener la poca dignidad que le quedaba. Al levantar el cuchillo y el
tenedor, su hambre inicial comenzó a disminuir. No pudo evitar notar al Gran
Duque, de pie en silencio contra la pared opuesta, observándolo. ¿Le importaría
hacer otra cosa mientras como, Su Alteza? quiso preguntar Rensley. El
escrutinio lo incomodaba, pero no se atrevía a expresar su pensamiento. Fingió
actuar con normalidad, tratando de concentrarse en su comida.
Alcanzó primero el plato de ganso crujiente y aromático.
Probablemente sazonado con algo más que sal, tenía un aroma único. A Rensley le
gustaban las especias, especialmente en platos de carne, porque realzaban el
sabor. Mientras cortaba la carne gruesa y tierna, el aceite goteaba de la piel
crujiente.
Era su primera comida en casi todo un día. En el momento en
que dio el primer bocado, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa y
una exclamación involuntaria escapó de sus labios. Sobresaltado, miró al Gran
Duque.
"¿Es de tu agrado?" preguntó el Gran Duque.
Rensley asintió vigorosamente, tragando la carne con una
sonrisa incómoda. Luego bebió un sorbo de té y volvió a tomar el cuchillo y el
tenedor, mirando la bandeja como si tuviera curiosidad por saber qué probar
después. Pero por dentro, una ola de choque lo recorrió.
El ganso asado que parecía tan sabroso resultó ser
desagradable para su paladar, tan insípido que lo dejó completamente
sorprendido.
El ganso asado era un plato que rara vez fallaba en deleitar
su paladar. En circunstancias normales, Rensley ya lo habría devorado hasta los
huesos.
Preguntándose si sus nervios alterados le estaban jugando una
mala pasada a sus papilas gustativas, dejó el cuchillo y el tenedor y probó con
cautela la sopa. Para su desgracia, la sopa, probablemente hecha de una
variedad de vegetales de raíz, sabía casi exactamente igual que el ganso.
Rensley luchó por calmar el temblor de sus manos y de las
comisuras de sus ojos que amenazaban su compostura. Con la esperanza de
encontrar algún alivio, probó el pan y el queso a continuación.
Afortunadamente, estos sabían normales; sintiendo un profundo alivio, ofreció
una oración silenciosa de gratitud al cielo.
Finalmente se volvió hacia el Gran Duque con una sonrisa
genuina y dijo: "Es realmente una comida deliciosa. Gracias." No hubo
respuesta.
Una sospecha fugaz cruzó la mente de Rensley. Sospechó que tal
vez el Gran Duque había alterado la comida para castigarlo por su engaño, pero
rápidamente descartó la idea. Si el Gran Duque se hubiera ofendido de verdad,
podría haberlo ejecutado en el acto en lugar de tomarse tantas molestias.
Además, el hombre parecía del tipo que desprecia las complicaciones
innecesarias.
Se le ocurrió a Rensley que las preferencias culinarias de
Oldenlandt podrían diferir mucho de las de Cornia. Aun así, sintió deseos de
preguntarle al Gran Duque si tales platos eran realmente de su agrado. Si
hubiera estado solo, se habría quejado abiertamente de la mala calidad de la
comida, pero en presencia del Gran Duque, no podía permitirse mostrar ninguna
señal de desagrado.
Con cautela, Rensley habló "No quisiera abusar de su
tiempo. Por favor, no deje que yo lo retrase de sus deberes."
"No te preocupes por mí. Tómate tu tiempo para disfrutar
de tu comida."
Con una sonrisa forzada, Rensley asintió y volvió a su comida.
Ya fuera que le pareciera desagradable o no, sabía que tenía que terminarla;
después de todo, necesitaba llenar su estómago vacío y el Gran Duque se la
había traído personalmente.
Rensley comenzó a saborear cada plato, tratando de discernir
los sabores bajo las pesadas especias. El pan y el queso estaban bien, pero el
ganso asado y la sopa estaban excesivamente sazonados con diversas especias que
enmascaraban sus sabores naturales. Cuando se usan con juicio, las especias
pueden añadir profundidad a un plato, pero demasiadas pueden romper la armonía
de los sabores. De hecho, el ganso era de buena calidad y habría estado
delicioso solo con un toque de sal y pimienta.
Al reflexionar, Rensley se dio cuenta de por qué el cocinero
en Laudken había preparado los platos de esa manera. Aislado de la capital
imperial y de las regiones centrales del continente, Oldenlandt probablemente
aún se aferraba a prácticas culinarias abandonadas en otros lugares desde hacía
mucho tiempo.
El uso excesivo de especias había pasado de moda hacía al
menos dos décadas. Hace unos quince años, cuando Rensley tenía seis o siete
años, algunos cocineros todavía seguían esta práctica anticuada, pero hoy en
día, ningún chef que sirviera a una familia noble prepararía un plato de tal
manera. Incluso las especias más caras perdían su valor cuando se usaban para
ocultar cualquier otro sabor; hacer que todos los ingredientes supieran igual
anulaba su propósito. Esta tendencia culinaria, alguna vez adoptada por los
nobles ansiosos por presumir su riqueza en tiempos en que las especias escaseaban,
parecía haber persistido en Oldenlandt.
Fue una lucha para Rensley comer los platos tan especiados sin
bebida, pero con la ayuda del pan, el queso y el té, logró terminarlos. Cuando
tragó el último bocado, el alivio lo invadió, como si hubiera soportado una
prueba en lugar de saborear una comida.
Sintiendo una sensación de logro similar a la de completar un
desafío desalentador, Rensley se levantó de su asiento e hizo una reverencia.
"Gracias por la comida, Su Alteza. Me ha salvado la vida."
El Gran Duque se acercó, recorriendo con la mirada los platos
vacíos. "La cultura culinaria no puede aprenderse únicamente de los
libros. Me preocupaba que la comida no fuera de tu agrado, pero parece que mis
preocupaciones eran infundadas."
"No tiene por qué preocuparse por eso, Su Alteza. No soy
exigente con la comida."
Rensley pensó que era mucho mejor soportar comida desagradable
que morir de hambre. Luego se burló silenciosamente de sí mismo por ser tan
quisquilloso con el sabor incluso después de pasar un día entero sin comer; no
podía creer que aún conservara un rasgo de la realeza a pesar de haber vivido
una vida de constantes dificultades.
Mientras estaba perdido brevemente en su autorreflexión,
Rensley notó que el Gran Duque alcanzaba los platos. Instintivamente le agarró
la muñeca, solo para retirar rápidamente su mano. "Mis disculpas."
Había sido aceptable tocar la palma del Gran Duque y escribir
mensajes cuando todavía era considerado la Princesa Yvette, pero ahora,
enfrentándose a esos ojos ámbar que parecían juzgarlo, su conciencia pesaba
sobre él.
Evitando la mirada del Gran Duque, Rensley fingió ordenar la
mesa, aunque no requería más limpieza. "Su Alteza, por favor permítame. Yo
me encargaré."
"¿Planeas salir de esta habitación vestido cómo
estás?"
El sonido de los platos chocando cesó mientras el peso de las
palabras del Gran Duque se asentaba sobre él. "Oh..."
En lugar de levantar la bandeja, el Gran Duque fijó su mirada
en Rensley y dijo: "El día se determinará pronto. El sacerdote me ha
asegurado que se anunciará antes de la puesta del sol hoy."
Rensley parpadeó en silencio. Aunque ya había tomado su
decisión, la realidad de esta lo golpeó con una fuerza que lo dejó
momentáneamente sin aliento; no podía identificar qué emoción dominaba su
expresión.
Sus ojos vagaron por reflejo hacia la ventana alargada detrás
del Gran Duque. Los guardias habían dejado abierta la puerta interior de madera
después de registrar la habitación, revelando una vista del mundo exterior a
través del cristal. Las paredes de la habitación estaban adornadas con varias
ventanas y retratos, probablemente de los padres o ancestros del Gran Duque.
Frente a la cama, junto a la chimenea, se encontraba un gran reloj mecánico que
Rensley una vez había maravillado.
Recordó cuando un mercader había llevado un reloj similar a la
capital imperial, afirmando que era el último invento impulsado por un motor.
El rey había quedado tan encantado con él que instaló uno en el salón principal
del castillo y más tarde compró otro para la gran catedral en la Plaza
Cellestine para los plebeyos.
Pocos en Cornia sabían leer la hora en sus manecillas
metálicas giratorias; el propio Rensley nunca aprendió esa habilidad. Sin
embargo, podía sentir que la noche caía más rápido en Oldenlandt que en Cornia.
Aunque acababa de terminar de almorzar, el cielo detrás del
Gran Duque ya se preparaba para el atardecer. Las nubes que habían dominado el
día habían comenzado a separarse, revelando un gran sol rojo hundiéndose hacia
el horizonte. El cielo escarlata sobre el paisaje, usualmente pintado en tonos
de blanco y negro, le pareció a Rensley más inquietante y melancólico que
hermoso.
Observó una bandada de grandes aves negras volando en la
distancia y suspiró suavemente, devolviendo la mirada al Gran Duque. El rostro
del Gran Duque, de pie de espaldas al atardecer, caía gradualmente en la
sombra. Mientras el silencio se prolongaba, Rensley bajó los ojos.
El Gran Duque finalmente dijo: "¿Te encuentras
bien?"
Rensley sabía que no podía hacer nada al respecto; aun así, no
estaba seguro de su propio estado. Tras una breve pausa, logró responder:
"Estoy bien. Mi resolución permanece inalterada, así que por favor no se
preocupe."
"El sol se está poniendo. Cuando regrese a mi oficina,
puede que la fecha ya esté decidida."
"Sí. Esperaré... aquí tranquilamente."
La figura ligeramente inclinada del Gran Duque se enderezó,
quizás tranquilizado de que Rensley no intentaría escapar por la ventana otra vez.
Con una mano, levantó la bandeja sin esfuerzo y salió de la habitación sin
mirar atrás.
Rensley exhaló suavemente, quedándose quieto mientras miraba
por la ventana.
La temperatura bajó bruscamente al caer la tarde. Sintiendo el
frío filtrarse a través de su ropa, alcanzó la gruesa capa de piel colgada
junto a la cama y se envolvió con ella. Luego se acomodó en el sillón junto a
la chimenea; sus pensamientos regresaron al Gran Duque sentado de manera
similar más temprano ese día cuando le había llevado el almuerzo a la
habitación subterránea.
Mientras contemplaba el fuego crepitante, los ojos de Rensley
vagaron hacia el reloj a su lado. La delgada manecilla metálica, delicadamente
elaborada, se movía rítmicamente alrededor del dial.
Oldenlandt era tan peculiar como su gobernante. El último
invento de la capital imperial estaba en los aposentos de la Gran Duquesa,
mientras que la cocina servía platos que habían estado de moda hacía dos
décadas. Aunque no sabía por cuánto tiempo, Rensley ahora estaba ligado a este
lugar, destinado a convertirse en la peculiar Gran Duquesa de esta tierra
igualmente peculiar.
Se deslizó en la silla hasta quedar casi acostado, rindiéndose
al cansancio que pesaba sobre él.
La noticia del día del matrimonio llegó sólo después de que el
cielo se hubiera oscurecido por completo.
El Gran Duque, demasiado ocupado para venir él mismo, envió un
mensajero en su lugar. Rensley se cubrió el rostro con un velo antes de
permitir entrar a la persona.
La mensajera era Samlet, la doncella. Le entregó a Rensley una carta del Gran Duque, escrita con una caligrafía limpia y precisa. La carta le informaba que Samlet estaba a su disposición para cualquier ayuda y que la ceremonia de matrimonio estaba fijada para dentro de tres días.