Bajo la supervisión de la señora Samlet, las sirvientas abrigaban con ropa de invierno a dos bebés recostados en una cama enorme. Rensley observaba la escena con una mirada llena de preocupación.
Los bebés no paraban de moverse, agitando los brazos y las
piernas en gestos que nadie lograba entender. Las sirvientas juntaron con
cuidado sus extremidades traviesas, los envolvieron con suavidad en mantas y
los colocaron dentro de una canasta acolchada con colchones mullidos. Solo
después de cubrirlos con varias capas de sábanas delgadas y un grueso edredón
de lana, levantaron la canasta.
Rensley, que había estado mirando todo el proceso con los
nervios de punta, al fin agitó las manos y dio su opinión.
“¿De verdad estará bien? ¿Acaso no son demasiado pequeños para
salir?”
La señora Samlet sonrió y negó con la cabeza.
“Su Alteza, tanto el joven amo como la joven ama están lo
bastante grandes para salir a pasear. Además, mire el clima. No hay nada de
viento y la temperatura es alta; es el momento perfecto para una salida.”
“Dicen que es primavera, pero como esto es el norte, a mí me
sigue pareciendo que hace frío.”
“Qué cosas dice. Cuando crezcan un poco más, terminarán
durmiendo la siesta afuera incluso en los días de invierno cuando esté nevando.
Hay que criarlos así desde pequeños para que sus órganos se fortalezcan y no se
enfermen por cualquier cosa.”
Al escuchar eso, Rensley abrió la boca de par en par por la
sorpresa. Incluso los adultos preferían quedarse cerca de la chimenea en pleno
invierno y evitaban salir, ¿y pretendían hacer dormir a estos bebés tan
pequeños a la intemperie?
“Es una broma, ¿verdad?”
“Es totalmente en serio, mi señor. En Oldenlandt, todos los
niños se crían de esa manera, desde los príncipes y princesas hasta los hijos
de la gente común. Yo misma saqué a mis hijos al frío del invierno adrede
mientras crecían.”
Su tono de voz no era de burla. Samlet no tenía motivos para
engañar a Rensley con algo así. Sin embargo, para él, que venía de un reino
cálido donde jamás nevaba en invierno, era algo imposible de imaginar. Hacer
dormir en el frío a unos bebés que ni siquiera podían sostener su propia
cabeza... Al ver el rostro horrorizado de Rensley, Samlet soltó una carcajada.
“Quédese tranquilo, mi señor, que ahora es primavera. Para
cuando llegue el invierno de este año, ellos ya habrán crecido más.”
“Aunque pasen unos meses, seguirán siendo unos bebés.”
“Llegará el invierno justo en el momento adecuado.”
A Rensley no le convencía del todo la idea, pero al tratarse
de una cultura diferente, no había nada que hacer. Como bien decían, si fueran
hijos de gente común, los padres podrían criarlos a su antojo, pero estos dos
bebés nacidos de Giesel y Rensley eran descendientes de la familia real. La
crianza de los niños también seguía un protocolo y una tradición específicos.
“¿Ya está todo listo?”
En medio del ajetreo por el primer paseo, Giesel entró al
aposento tras terminar la audiencia matutina. Los sirvientes inclinaron la
cabeza al mismo tiempo.
Los bebés recostados en la canasta todavía no eran capaces de
reconocer a su padre. Giesel se inclinó un poco hacia ellos, que movían los
ojos de un lado a otro, y les susurró:
“Aldis, Theodor. Parece que hoy están de muy buen humor.”
Rensley también sonrió y se colocó a su lado:
“¿Verdad que sí? Yo también lo noté. Aunque parezca que todos
los días son iguales, hay pequeñas diferencias.”
“Es verdad. Cuando Aldis está contenta, pone la boca redonda,
y Theodor mueve mucho la mano izquierda.”
“... No me había fijado con tanto detalle.”
La señora Samlet, que estaba más emocionada que los propios
padres, saludó a la pareja mientras conversaban:
“De verdad, muchísimas felicidades, Sus Altezas Gran Duque y
Gran Duquesa. Como se llevan tan bien, no hay duda de que el cielo se conmovió
y les envió a estos preciosos niños.”
“¿De... de verdad lo cree?”
“Por supuesto, y para colmo no fue uno solo, sino dos. Un
príncipe y una princesa, es simplemente perfecto, no se podría pedir más.”
Ante esas palabras, Rensley miró a los bebés que no paraban de
moverse.
Le vino a la mente el día en que regresaron del Inframundo,
hace unos tres meses. Ese día fue un caos total. Como no pasaron tanto tiempo
en el mundo de los muertos, el tiempo que transcurrió en el mundo de los vivos
tampoco fue tan largo. Cuando volvieron, fue justo al cumplirse el mes que
Giesel había dejado establecido.
Sin embargo, para sus allegados, esos pocos días debieron
sentirse como eternos cientos de años. Freeda, quien seguramente cargó con la
mayor responsabilidad, insistió en organizar un banquete para celebrar el
regreso de ambos. Aunque parecía que más bien quería premiarse a sí misma por
todo el trabajo que tuvo que soportar en su ausencia.
En ese entonces, los niños que trajeron del Inframundo seguían
durmiendo dentro del capullo de seda. Las personas que conocían el secreto de
Rensley desde antes de la boda —es decir, el mago Larkov, la jefa de sirvientas
Samlet, el comandante Anton de la orden de caballeros y también Freeda— se
reunieron en un solo lugar para revisar el capullo. Todos expresaron su asombro
a su manera.
“Jamás imaginé que llegaría a ver a mis sobrinos. Ver esto con
mis propios ojos hace que se sienta real. Me alegra tanto que todos hayan
regresado a salvo.”
“Mis más sinceras felicitaciones, Su Alteza. Con esto, los
cimientos de Oldenlandt se volverán aún más sólidos.”
“Ya me habían platicado de esto, pero verlo es realmente
mágico. Si no le molesta, ¿podría estudiar los restos del capullo después de
que nazcan los niños?”
“Pero mire a este hombre. ¿Cómo va a estar bien? Este capullo
debe conservarse como un tesoro nacional. ¿No le parece, Su Alteza?”
A pesar de las bendiciones de todos, el capullo se mantuvo en
completo silencio. Sin embargo, ese silencio ya no les causaba angustia.
Rensley había decidido esperar el nacimiento de los niños con total calma en su
corazón.
Al regresar, cambiaron el nido del invernadero a su propia
habitación, pues pensaban que el bebé podría romper la cubierta y salir en
cualquier momento.
“A ver, si te dejamos aquí, tus papás podrán responderte en
cuanto nos hables, ¿verdad?”
Desde ese día, Rensley le hablaba al capullo a cada rato, como
si el bebé ya hubiera nacido.
Le platicaba sobre el agua, el viento, las flores y los
árboles, sobre el calor y el frío del mundo, sobre la comida del día o las
historias antiguas que escuchaba, y sobre cómo pasaba el tiempo junto a Giesel.
Le decía cualquier cosa que se le viniera a la mente, pero el capullo no
mostraba ninguna de las reacciones que tuvo en el Inframundo.
Así pasó el tiempo hasta que llegó la primera lluvia de
primavera de este año, en una noche llena de truenos y relámpagos.
Como solía pasar, Rensley se había quedado dormido mientras
platicaba con Giesel, pero un sonido extraño lo obligó a abrir los ojos. Antes
de que terminara de despertarse por completo, se dio cuenta de que lo que
escuchaba era el llanto de un bebé.
“¡Su Alteza, Su Alteza!”
Rensley intentó despertar a Giesel, pero él ya se había
levantado. Los dos, sin pensarlo dos veces, salieron de la cama de un salto y
se acercaron al nido.
Entre la cubierta rota de color beige, se encontraban dos
bebés humanos reales. Aunque su forma de nacer fue diferente, para su alivio,
se veían exactamente igual que cualquier otro niño.
¡Buaaa, buaaa, buaaa...!
El llanto fuerte de los bebés hizo que los sirvientes
corrieran hacia la habitación y llamaran a la puerta con suavidad.
“¡Su Alteza! ¿Podemos entrar?”
Era necesario que los sirvientes entraran de inmediato para
atenderlos. Sin embargo, Giesel y Rensley no pudieron responderles al momento;
se quedaron mudos, mirando fijamente a los bebés que estaban en el nido.
“... Son dos.”
“Es verdad.”
El sueño que el monstruo le había mostrado a Rensley no era
una simple fantasía después de todo.
En el nido había dos bebés, tal como en su sueño: un niño y
una niña.
El niño había heredado el cabello dorado de Rensley, y la niña
tenía el cabello azabache idéntico al de Giesel. Los sirvientes, que entraron
poco después, también abrieron los ojos de par en par por la sorpresa.
“¡Cielos, cielos! ¡Son gemelos! ¡Hay que preparar otra cuna de
inmediato!”
“Qué gran bendición. ¡Muchísimas felicitaciones, Su Alteza!”
Traer otra cuna, envolver a los recién nacidos con mantas,
preparar el agua para el baño... En medio del ajetreo de los sirvientes, los
padres, que en el fondo ya sospechaban que esto podía pasar, no se mostraron
asustados; solo miraban a los bebés con una gran emoción contenida. La jefa de
sirvientas, Samlet, se acercó a ellos y les dijo:
“Pueden cargarlos, Su Alteza. Los recién nacidos son muy
delicados y da miedo tocarlos, pero en realidad les encanta que los abracen.”
Ante el consejo de la experta, los dos estiraron las manos con
cuidado. Los bebés recién nacidos se sentían tan suaves como el pan tierno y
eran ligeros como una pluma. Tanto que sentían que si apretaban los brazos los
romperían.
Habían esperado tanto este momento, incluso viajaron hasta el
Inframundo para recuperarlos, pero por alguna razón no terminaban de creérselo.
Más que conocer a alguien nuevo, se sentía como si estuvieran abrazando a unos
niños que ya llevaban mucho tiempo a su lado.
Rensley no lloró de la emoción ni recitó las largas palabras
de bienvenida que había preparado. Solo...
“Bienvenidos. Vamos a llevarnos muy bien de ahora en
adelante.”
Les dedicó un saludo corto.
Los bebés que tenía en brazos hicieron una pequeña mueca y
soltaron un quejido suave, como si respondieran a sus palabras.
“Bueno, es hora de salir. Todos están esperando con ansias el
primer paseo de la joven ama y el joven amo.”
La señora Samlet aplaudió para llamar su atención, dando fin a
sus recuerdos. Rensley se apresuró a alistarse.
En Oldenlandt existía la tradición de dar un paseo público la
primera vez que un niño de la familia real o de la aristocracia salía a tomar
el aire fresco.
Aunque lo llamaban paseo, en realidad era una especie de
desfile. Se decía que la tradición nació hace mucho tiempo, cuando muchos niños
morían antes de crecer; el evento servía para demostrar que el heredero estaba
sano y para recibir las bendiciones del pueblo.
Por lo tanto, no era una salida pequeña. Con la guardia de
caballeros protegiendo a los Duques y todo el personal necesario para cuidar a
los dos bebés, la marcha se convirtió en una comitiva bastante grande. En el
futuro podrían moverse con más calma, pero al ser la primera salida, decidieron
tomar todas las precauciones posibles.
Rensley le susurró a Giesel con preocupación:
“No tendrán frío, ¿verdad?”
“Es primavera, Lord Mallosen.”
“La señora Samlet me dijo que en Oldenlandt hacen dormir a los
bebés afuera en pleno invierno. ¿Es verdad?”
“Yo también me crié así. Lo hice cada invierno hasta que
cumplí los cuatro o cinco años.”
“¿Y no será por eso que ahora no quiere apartarse de la
chimenea?”
Platicando entre ellos, los dos salieron de la habitación. Las
ventanas del pasillo no tenían cortinas, por lo que la luz del sol entraba
directamente. Las sirvientas cubrieron las canastas de los bebés con un velo
delgado.
Aun así, como si hubieran sentido la luz directa del sol por
primera vez, los bebés estiraron sus manitas fuera de las mantas, agitándolas
en el aire mientras hacían pequeños ruidos.
“Mire esto, mi señor. Parece que la joven ama y el joven amo
también están disfrutando del paseo.”
Ante las palabras de la señora Samlet, Rensley miró dentro de
la canasta y sonrió ampliamente. Era verdad. Como si supieran que era su
primera salida, los niños tenían los ojos muy abiertos y sus rostros reflejaban
una gran alegría.
La verdad es que Rensley todavía no terminaba de asimilar que
ya era papá, pero ver a los bebés tan contentos lo hacía sonreír como un tonto
sin darse cuenta. Con una gran sonrisa, preguntó:
“¿Puedo cargarlos?”
“Son sus hijos, mi señor. Por supuesto que sí.”
Sabía que era verdad, pero como jamás en su vida había cuidado
a un bebé, se le había hecho costumbre pedirles permiso a las sirvientas
expertas para todo.
Al sacar a la niña, Aldis, pudo ver un poco de su cabello
negro debajo del gorro. Aunque estaba envuelta en gruesas mantas, pareció darse
cuenta de que ya no estaba en la canasta y empezó a moverse para acomodarse.
Como todavía no podía sostener la cabeza, apoyó la barbilla en el hombro de
Rensley.
Sostener a esa pequeña existencia que se apoyaba por completo
en él lo hacía sentir un amor inmenso por la vida que había venido a buscarlo.
Rensley le susurró con voz baja:
“De verdad parece muy contenta.”
“Trae a Theodor conmigo, yo lo cargo.”
El joven amo Theodor, que dejaba ver unos mechones dorados
debajo de su gorro, se acomodó en los brazos de Giesel. Al ver al pequeño bebé
envuelto en tantas mantas en los brazos del Duque, parecía una simple bola de
algodón. Rensley tuvo que aguantar la risa.
Los Duques comenzaron a caminar, cargando a un bebé cada uno.
Bajaron las escaleras y llegaron al vestíbulo principal, donde la guardia de
caballeros los esperaba para proteger el paseo.
En cuanto Giesel y Rensley se pararon frente a ellos, los
caballeros se arrodillaron al mismo tiempo para saludarlos.
“¡Bendiciones para el guardián y su compañero!”
“Muchísimas felicidades una vez más, Sus Altezas.”
Los bebés estaban acostumbrados a pasar el día escuchando solo
las voces suaves de las sirvientas y de sus papás. Al escuchar el saludo fuerte
de los caballeros, se asustaron y empezaron a llorar despacito. El comandante
Anton, que estaba al frente, se levantó con una expresión de disculpa.
“Lo lamento mucho. Debí hablar más bajo.”
“Los niños siempre lloran, no hay de qué preocuparse.”
Giesel no se mostró molesto; al contrario, sonrió levemente y
acomodó al bebé en sus brazos. Rensley se dio cuenta de que todos los presentes
se habían quedado mudos al ver esa escena tan irreal. Y no era para menos; en
el pasado, ver a Giesel sonriendo mientras cargaba a un bebé era algo que nadie
habría podido imaginar.
Incluso a Rensley le costaba acostumbrarse a esa faceta y a
veces se quedaba mirándolo embobado. No solo porque era algo inesperado, sino
porque ver a Giesel así formaba una escena realmente hermosa.
“Es verdad. Los niños de esta edad aprenden sobre el mundo a
través del llanto. Hace tiempo, un experto en educación me dijo que cuando un
bebé llora, los adultos no tienen por qué ponerse tan nerviosos.”
Rensley apoyó las palabras del Duque.
Giesel era un hombre muy dedicado a los estudios. En cuanto
regresaron con los niños, invitó a los eruditos más famosos del continente, a
maestros respetados y a nodrizas de otros reinos que habían criado a grandes
reyes, solo para tomar clases sobre cómo educar bien a los hijos. Por supuesto,
Rensley tuvo que acompañarlo.
Él pensaba que a los niños solo había que criarlos con mucho
amor y atención; además, al ser de la familia real, había un montón de gente
dispuesta a cuidarlos aunque ellos no estuvieran...
Aunque eso era lo que pensaba en el fondo, al ver que Giesel
se tomaba su papel de padre tan en serio y no quería dejar nada al azar,
Rensley no se atrevió a decirle que se lo tomara con calma. Así que no tuvo más
opción que tomar todas las clases junto a él.
Ahora que lo pienso, fue una buena decisión.
Aunque las sirvientas se encargaban de más de la mitad del
cuidado diario, los consejos de los expertos nunca estaban de más. Además, a
diferencia de otros reyes, Giesel insistía en hacer dormir o calmar a los bebés
él mismo cada vez que tenía la oportunidad, por lo que las clases les fueron de
gran ayuda en esos momentos.
Aunque recibieron a varios maestros, todos coincidían en lo
mismo: mantener la calma en cualquier situación y no alterarse con facilidad.
Como eso era precisamente lo que mejor se le daba a Giesel Zvendard, estaba
demostrando tener un gran talento para la crianza.
“Comenzamos la marcha.”
Anton dio la señal. La orden de caballeros avanzó primero,
seguida por los Duques, y detrás de ellos caminaban las sirvientas encargadas
de los bebés y el resto de los guardias.
Era la primera vez que los niños salían del castillo. Aunque
la noticia de su nacimiento se había dado a conocer hacía tiempo, al no
haberlos visto en persona, el pueblo de Oldenlandt había estado lleno de
rumores, y varios de ellos ya habían llegado a oídos de Giesel y Rensley.
¿Cómo es posible que dos hombres hayan tenido hijos? ¿Eso
tiene sentido?
El Duque es el mejor mago del continente, seguro logró
hacer posible lo imposible.
Seguro adoptaron a los hijos de algún pariente para
criarlos como suyos, ¿cómo van a tener descendientes reales de verdad?
No es así. Un conocido del castillo me contó que los
príncipes no nacieron de ellos, sino que fueron un regalo del cielo; nacieron
de un capullo mágico.
“Cielos, de verdad se parecen muchísimo a los Duques.”
“No creo que sean adoptados. Con ese parecido, es imposible.”
“Pero entonces, ¿cómo nacieron esos niños?”
“Les digo que el rumor es cierto. Son un regalo del cielo,
salieron de un capullo creado con magia.”
Aunque intentaban hablar en voz baja, la emoción de la gente
hacía que sus voces se escucharan con claridad. Rensley alcanzaba a oír los
comentarios del pueblo.
Giesel mencionó que no tenía intenciones de aclarar las dudas
de todos. Al haber testigos de su regreso, la noticia se difundiría sola, y los
detalles solo se les platicarían a las personas necesarias.
Después de todo, sin importar cómo hubieran nacido, estos
niños eran hijos de Giesel y Rensley, los príncipes legítimos de Oldenlandt.
Y no era solo la gente del pueblo; Rensley también escuchaba
voces que los demás no podían oír. El viento, la luz del sol, el agua del
ambiente, los árboles, las flores, la tierra y las piedras... Todos los
espíritus de la naturaleza venían a celebrar el nacimiento de los hijos de su
amigo, siguiéndolos mientras platicaban entre ellos.
Recibir bendiciones siempre era agradable. Ver que un sendero
tan tranquilo se llenaba de tanta alegría hizo que Rensley sonriera con
timidez.
“Se siente extraño. Siempre caminaba por aquí solo con Su
Alteza, y ahora somos cuatro.”
“Cuando crezcan un poco más, volveremos a caminar los dos
solos. No se van a quedar en nuestros brazos para siempre.”
“Eso es verdad. La señora Samlet también me dijo que los
abrazara mucho ahora que están tan tranquilos. Dice que el próximo año ya
querrán caminar por su cuenta, no nos darán la mano y se pondrán tercos.”
“Por cierto, Freeda me mandó un mensaje justo antes de salir.
Dice que vendrá mañana.”
“¿Ah, sí? Pensé que se quedaría una semana más en sus
tierras.”
Freeda solía pasar la primavera y el verano viajando entre sus
tierras y el castillo del Duque, pero últimamente pasaba mucho más tiempo en
Laudken que en años anteriores. Giesel sonrió levemente.
“Parece que tiene muchas ganas de ver a los bebés.”
“Es normal... Últimamente los consiente demasiado.”
A veces Rensley se preguntaba si Freeda no quería a los bebés
incluso más que ellos mismos, que eran los padres. Había escuchado que en todas
las familias siempre hay un pariente que adora a sus sobrinos, pero nunca
imaginó que Freeda se convertiría en esa clase de tía.
El nacimiento de una nueva vida era algo maravilloso. Incluso
los miembros de la familia real, que siempre mantenían una actitud seria, se
convertían en adultos comunes y corrientes frente a un bebé.
Mientras los bebés miraban a todos lados sin perder detalle en
su primer paseo, Antón, que iba y venía revisando a sus hombres, regresó al
lado de los Duques y les hizo un juego de manos a los niños. Al ver que los
bebés se quedaban mirando fijamente sus dedos, el comandante mostró una sonrisa
de satisfacción.
“Tanto el joven amo como la joven ama demuestran una gran
inteligencia desde ahora. A esta edad, a los bebés les cuesta trabajo fijar la
mirada en algo.”
Ni el comandante de la orden, que siempre era tan serio, se
libraba de caer ante los niños. Al verlo parado de forma un tanto incómoda sin
saber qué hacer con sus manos, Rensley le sonrió y le ofreció:
“Comandante, puede tocarlos si lo desea.”
“No, no me atrevería.”
“De todos modos, cuando crezcan un poco más, ellos serán tus
alumnos. No tienes por qué preocuparte.”
Como Giesel también lo apoyó, el comandante Antón se quitó los
guantes de entrenamiento. Con un cuidado extremo, como si estuviera tocando una
pieza de cristal delicada, acarició la cabeza de los dos bebés uno por uno.
“buuu-”
“baaa-”
Los niños respondieron con pequeños balbuceos. La risa que
soltaron todos hizo que el ambiente se volviera mucho más cálido y alegre.
“Parece que les cae bien, comandante. Es un honor que le hayan
respondido a su saludo.” Mientras Antón y Rensley bromeaban como de costumbre,
Giesel intervino:
“Parece que ya reconocieron a quien será su maestro. Ser
observadores es una prueba de su inteligencia.”
Aunque sonaba como un análisis muy serio, en realidad solo
eran las palabras de un papá orgulloso que quería presumir a sus hijos.
Sintiéndose un poco apenado, Rensley le susurró:
“Su Alteza, debería sonreír un poco cuando haga esos
comentarios.”
“Lo digo en serio.”
“Ah, bueno...”
Pero parecía que Rensley era el único que se sentía apenado,
porque Antón asintió dándole la razón al Duque.
“Tiene toda la razón, Su Alteza. Es imposible que los hijos de
ambos Duques no sean inteligentes. Ya tengo ganas de que pasen los años para
comenzar con sus clases de combate. Estoy seguro de que muchos eruditos también
están deseando convertirse en sus maestros particulares.”
Presumir demasiado a los hijos suele caer mal a los demás,
pero cuando todos están en la misma sintonía de adorar a los bebés, ya no hay
de qué avergonzarse. Sorprendentemente, Rensley parecía ser el único que
mantenía la cordura en el grupo.
Acomodando al bebé en sus brazos, Rensley recordó algo y se lo
platicó a Anton:
“Por cierto, Freeda vendrá mañana.”
“Lo sé. Seguro tiene muchas ganas de ver a sus queridos
sobrinos más seguido.”
“¿Ya lo sabía? A nosotros nos acaba de llegar el mensaje.”
“Ah... es que suelo platicar seguido con ella debido al
entrenamiento de los caballeros.”
La expresión suave que Anton tenía frente a los niños volvió a
ponerse seria como de costumbre, e inclinó la cabeza:
“Voy a revisar la formación de la parte trasera, regreso en un
momento.”
Rensley se quedó mirando la espalda de Anton mientras este se
alejaba a paso apresurado, y luego le susurró a Giesel:
“¿No le parece que el comandante y Freeda se han vuelto mucho
más cercanos en nuestra ausencia?”
“Seguramente se apoyó mucho en Anton mientras no estuvimos.
Además, ellos siempre han tenido una buena relación.”
“Ya veo... Superar los problemas juntos... Es una bonita
historia.”
Durante el tiempo que no estuvieron, Freeda tuvo que hacerse
cargo del trono de Oldenlandt hasta que se decidiera al siguiente heredero, por
lo que debió cargar con una presión inmensa. Enfrentar a los monstruos en el
frente requería de mucha valentía, pero cargar con el peso de todo un reino
necesitaba de una preparación mental aún mayor.
Rensley asintió. Como él mismo intentó llenar el vacío del
Duque por un tiempo, podía imaginarse lo angustiada que estuvo Freeda. El
comandante Anton debió estar a su lado en todo momento, y Freeda no tuvo más
opción que confiar en él.
Intentar conquistar a alguien desde lejos definitivamente
es una tarea difícil, pensó Rensley, recordando a su hermana, quien pasaba
sus días concentrada en los negocios del gremio.
Una ráfaga de viento sopló a su alrededor. Aunque era
primavera, el viento del norte seguía siendo fresco. Para los adultos era una
temperatura agradable, pero para unos bebés que salían al mundo por primera
vez, la situación podía ser diferente. Giesel acomodó su capa para proteger al
niño.
“El viento se está poniendo fresco.”
“¿Estará bien seguir con el paseo?”
Si quisiera, Rensley podría pedirle al viento que se
detuviera, pero no tenía intenciones de hacerlo. Sabía que el viento también
había venido porque quería conocer a los recién nacidos.
“¿Qué les parece si vamos al invernadero? Hace calor y hay
muchos árboles y flores, seguro les gustará. Además, ese era el lugar donde
estaban antes de nacer.”
“Oh, es una excelente idea.”
Justo cuando los dos iban a dar la vuelta con los bebés, Aldis
empezó a mover su manita.
“Ah, ah-.”
“No, Aldis. Tienes que guardar la mano para no pasar frío.”
Rensley intentó acomodar el brazo que la niña movía a su
antojo. Sin embargo, la bebé insistía en sacar la mano de las mantas y, al ver
que no la dejaban, frunció el rostro como si fuera a llorar.
“Está bien, está bien. Te dejaré sacar el brazo, pero no
llores.”
No tuvo más opción que dejar de abrigarla tanto para poder
avanzar, pero Aldis seguía pataleando con todas sus fuerzas. Parecía incómoda
por algo.
“Ah, uu-”
Rensley miró a la niña con preocupación. Aunque le habían
dicho que no era necesario reaccionar a cada llanto, eso aplicaba dentro del
castillo. Ahora estaban en medio de un evento oficial de la familia real y, con
tanta gente reunida, quería cumplir con el tiempo establecido para el paseo.
Puedo platicar con el viento y el agua, ¿por qué no logro
entender los balbuceos de mi propia hija?, pensó con resignación.
Al final, las sirvientas se acercaron para revisar a Aldis.
“Comió justo antes de salir, así que no creo que tenga
hambre.”
“El pañal también está limpio.”
“Al ser su primera salida, tal vez esté cansada. ¿La
acomodamos en la canasta de nuevo?”
“Todavía no es su hora de la siesta, pero...”
Rensley acomodó a Aldis de regreso en la canasta. Pareció
calmarse, pero solo por un momento.
En cuanto la comitiva empezó a avanzar, la niña soltó un
llanto fuerte.
“Yo la cargaré.”
Aunque sabía que tal vez no funcionaría, en esos momentos
sentía la necesidad de intentar algo. Giesel tomó a Aldis en sus brazos. Sin
necesidad de dejar a Theodor con nadie más, cargó a los dos bebés al mismo
tiempo con la misma facilidad con la que alguien levantaría dos panes recién
hechos.
“Ya, Aldis. Vamos a portarnos bien.”
Por supuesto, un bebé de apenas dos meses no iba a entender
esas palabras. Aldis seguía llorando despacito mientras movía el cuerpo hacia
el frente, agitando su pequeña mano. Rensley se rindió y susurró:
“¿Regresamos al castillo?”
“Mmm.”
Giesel miró a la niña con seriedad, pero no lograba tomar una
decisión de inmediato. Él siempre decidía las cosas rápido, pero con los niños
era diferente.
La crianza de verdad saca a la luz facetas que uno no
conocía, pensó Rensley.
En ese momento, Giesel habló:
“Parece que quiere ir a un lugar en específico.”
“¿Eh? Eso es imposible.”
Sin embargo, al escuchar al Duque, Rensley se fijó bien y se
dio cuenta de que de verdad parecía ser así. Un bebé que ni siquiera entendía
bien el mundo no tendría por qué querer ir a un lugar en su primera salida,
pero Aldis seguía agitando el brazo y moviéndose hacia el frente, como si
tuviera un destino fijo.
¿Será posible que demuestre su voluntad desde tan pequeña?,
se preguntó en su mente.
En ese instante...
[Avanza.]
[Síguela.]
[Tienen que encontrarse. Tienen que encontrarse.]
Rensley escuchó voces que no eran humanas susurrándole al
oído. Los espíritus que los acompañaban lo estaban animando a seguir a la niña.
Rensley parpadeó sorprendido y luego asintió mirando a Giesel:
“Entonces... ¿por qué no la seguimos?”
La comitiva cambió sus planes de ir al invernadero y comenzó a
caminar siguiendo los movimientos de Aldis. Sin embargo, entender los deseos de
un bebé que no hablaba y que apenas podía moverse no era tarea fácil.
A mitad del camino tenían que cambiar de dirección por el
llanto de Aldis, y cuando pensaban que habían llegado al lugar correcto, la
niña se quejaba indicando que no era ahí.
¿A dónde querría ir? Como si siguieran una brújula
descompuesta, cambiaron de rumbo varias veces y se perdieron en el camino.
“Buaa-”
Al llegar a cierto punto, la niña finalmente bajó la mano,
mostrándose satisfecha con sus balbuceos.
Rensley intentó disimular su asombro mientras miraba la puerta
que tenían enfrente. Giesel, que venía detrás, también se mostró bastante
desconcertado.
“Este lugar es...”
En el castillo había muchos lugares adecuados para los niños.
El invernadero que Rensley cuidaba con tanto amor, el jardín que el jardinero
mantenía hermoso y que ahora estaba lleno de flores por la primavera.
También estaba la gran plaza donde los habitantes paseaban a
sus bebés, o los establos donde podían ir a ver a los animales más tranquilos.
A Rensley incluso le hacía ilusión presentarles a Marilyn pronto.
Pero dejando de lado todos los lugares adecuados, el sitio al
que Aldis quería ir era...
Un edificio apartado, con una puerta gruesa y firme asegurada
por un gran cerrojo: el lugar donde tenían encerrados a los monstruos
capturados.
Para evitar los ataques de las criaturas mágicas, era
necesario estudiarlas; por eso los magos y los investigadores entraban y salían
seguido de ahí, y Rensley también lo visitaba con frecuencia.
Fue en este lugar, mientras intentaba comunicarse con un
monstruo marino, donde tuvo el sueño con sus hijos. Recordó el campo lleno de
nieve; en su sueño, Aldis y Theodor ya habían crecido, hablaban un poco y
caminaban por su cuenta. ¿Acaso esa escena también se volvería realidad en el
futuro?
“Aldis, ¿de verdad querías venir aquí?”
“Uu-u.” Aldis solo respondió con un balbuceo tranquilo, sin
intenciones de llorar.
Rensley se mantuvo alerta y abrió la puerta. El interior
estaba iluminado por la luz del sol que entraba por las ventanas, y los
monstruos estaban encerrados en sus jaulas, durmiendo o parpadeando despacio.
Al ser primavera y estar acostumbrados a esa rutina, rara vez se mostraban
agresivos.
Rensley tomó a Aldis de regreso en sus brazos, la acomodó un
poco hacia el frente y le habló:
“Vamos a mirar desde aquí, Aldis. Entrar es peligroso.”
Después de todo, seguían siendo monstruos y no había garantía
de seguridad. Al mostrarle el interior desde la puerta, Aldis pareció
inconforme y empezó a moverse de nuevo. Giesel, que estaba detrás, susurró:
“Yo estoy contigo, podemos entrar.”
Rensley dudó un momento, pero al final dio un paso al frente.
Hoy quería mostrarles a sus hijos los hermosos paisajes de la
primavera en Oldenlandt. Ver a los monstruos encerrados no era precisamente la
mejor escena del mundo, por mucho que intentara adornarla.
Sin embargo, Aldis finalmente dejó de moverse y se quedó
parpadeando, mostrándose satisfecha.
“Ah-”
La niña abrió la boca y empezó a balbucear. No era nada
diferente a lo habitual; al no conocer el idioma, solo eran los ruidos comunes
que hacen los niños antes de empezar a hablar.
[Ah-.]
[Ah-.]
[Ah-.]
Pero hoy, esos ruidos que no significaban nada recibieron una
respuesta.
Rensley y Giesel abrieron los ojos de par en par por la
sorpresa. Los monstruos que estaban echados en sus jaulas se levantaron al
mismo tiempo y soltaron sonidos que parecían imitar los balbuceos de Aldis.
¿Qué significa esto? Rensley se quedó helado ante
semejante situación.
Sabía que el sueño que tuvo por culpa del monstruo marino no
había sido una simple ilusión, sino una especie de profecía.
“Su Alteza, es mejor cerrar la puerta.”
Por instinto, pensó que era mejor que los demás no vieran lo
que estaba pasando. Giesel pensó lo mismo y de inmediato les pidió a los
sirvientes que se retiraran.
Anton se mostró preocupado por la seguridad de los Duques,
pero Giesel lo tranquilizó diciéndole que solo se quedarían un momento. La
orden de caballeros decidió esperar justo afuera de la puerta.
“Ee, uu, buu.”
Aldis siguió balbuceando. Los monstruos continuaron imitando
sus sonidos como si fueran un coro.
[Ee, uu.]
[Buu.]
[Uu-u.]
Rensley pasó saliva con dificultad.
Siempre pensó que los niños nacieron simplemente por una
acumulación de poder mágico, pero ¿sería posible que el poder de los
monstruos hubiera influido en su nacimiento?
Si ese fuera el caso, no sabía si era algo bueno o malo.
Sintiéndose preocupado, abrazó a su hija con más fuerza contra su pecho.
“Aldis.”
Aunque estaba intentando comunicarse con la naturaleza
confiando en que un mago espiritual puede hablar con todas las cosas del mundo,
Rensley todavía estaba entrenando; además, los monstruos y los espíritus eran
criaturas completamente diferentes.
El idioma de los espíritus y el de los humanos no tenían nada
que ver, por lo que dominar la comunicación con la naturaleza no significaba
que pudiera hablar un idioma extranjero que jamás había aprendido. Era igual
que no poder entender los balbuceos de un bebé. Comunicarse con los monstruos
tal vez se parecía más a eso.
Por lo tanto, la situación no era nada común. Rensley volteó a
ver a Giesel. A diferencia de él, que estaba preocupado, el Duque tenía una expresión
de fascinación en el rostro, como cuando descubría algo nuevo. Sus ojos estaban
llenos de asombro mientras miraba a Aldis.
“He lidiado con monstruos toda mi vida, pero jamás había visto
algo así.”
“¿Qué significará esto? ¿Será posible que el monstruo de esa
vez le haya hecho algo a Aldis...?”
“Lord Mallosen.”
Giesel se acercó a él y, con el brazo que le quedaba libre,
rodeó a Rensley con un abrazo.
“No tienes por qué pensar mal de las cosas. ¿Acaso olvidaste
el día en que estos niños fueron concebidos?”
“... Precisamente por eso lo digo. Ese día yo estaba aquí
intentando comunicarme con el monstruo...”
“Así es. Cuando Aldis y Theodor nacieron, tu corazón estaba
lleno de deseos por lograr comunicarte con ellos. Estos niños son el resultado
de nuestros deseos. Tal vez sea una coincidencia o tengamos que esperar a que
crezcan para estar seguros, pero podría ser que tus deseos influyeran en ella.
Después de todo, tú siempre quisiste ver a los monstruos del otro lado de la
muralla como criaturas con las que se puede hablar, y no solo como enemigos a
los que hay que eliminar.”
Rensley miró a su hija con otros ojos. La pequeña bebé tenía
un rostro completamente inocente, sin tener la menor idea de lo importante que
era lo que acababa de hacer.
“Su Alteza... ¿cree que Aldis tenga la capacidad de hablar con
los monstruos?”
Giesel no respondió de inmediato. Se quedó pensando por un
momento y luego habló:
“Creo que es imposible saberlo ahora. He escuchado que algunos
niños demuestran talentos únicos de pequeños que luego desaparecen al crecer.
Existe la posibilidad, pero no podemos estar seguros.”
“Pero si de verdad fuera así...”
Justo cuando Rensley iba a continuar, Aldis cerró los ojos
despacito. Theodor, que estaba en los brazos de Giesel, hizo lo mismo.
Intentando calmar la emoción que sentía, Rensley sonrió:
“Parece que ya es hora de su siesta.”
“Es verdad. Será mejor que regresemos.”
Acomodaron a los bebés de regreso en sus canastas. El primer
paseo terminó de forma un tanto improvisada, pero la señora Samlet se mostró
muy satisfecha porque pasaron bastante tiempo al aire libre.
“Que duermas bien, Aldis.”
“Theodor, nos vemos al rato.”
Tras recibir los besos de sus padres, los gemelos regresaron
al castillo acompañados por las sirvientas. Rensley y Giesel les pidieron a los
demás que se retiraran y se quedaron caminando solos por el sendero.
Aunque lo platicaron con calma, si la sospecha de Giesel era
cierta, se trataba de algo enorme. Tener la capacidad de comunicarse con los
monstruos desde el nacimiento, sin necesidad de entrenamiento o estudio...
Habría que esperar muchos años para comprobarlo, pero tal vez
Oldenlandt lograría conseguir la paz eterna y escribir una nueva historia. Sin
embargo, no sabían si ese camino sería fácil. Después de todo, un gran talento
siempre conllevaba una gran responsabilidad.
Así como la familia real de Oldenlandt siempre ocultó la
verdadera identidad de sus criaturas invocadas, este secreto requeriría de un
cuidado aún mayor. Y no sabían cuántos problemas le traería ese talento a la
propia niña en el futuro. Rensley no pudo evitar dejar escapar un suspiro.
“Si de verdad es así, me preocupa que el futuro de Aldis sea
difícil.”
“A mí también me preocupa, pero...”
Parecía que Giesel pensaba diferente, pues su voz reflejaba
más esperanza que preocupación. Rensley levantó la mirada para verlo.
Era la actitud correcta. Antes de ser padre, Giesel era el rey
que gobernaba y protegía las tierras del norte. Si el heredero tenía una
capacidad única, era normal desear que creciera de forma que pudiera ayudar a
su reino, a pesar de las dificultades.
En una situación donde lo correcto era pensar en cómo guiarla
para que lograra grandes cosas, él se había preocupado primero por si su vida
sería difícil. Todavía le faltaba madurar como gobernante.
Definitivamente me falta mucho para estar a la altura del
puesto de Gran Duquesa.
Sus sentimientos como Rensley Mallosen siempre pesaban más que
su posición. ¿Cuándo llegaría el día en que viera su papel de Gran Duquesa como
algo natural?
Mientras se sentía un tanto frustrado pensando que ese día
nunca llegaría, Giesel continuó hablando:
“Me preocupa, pero también me hace ilusión. Cuando era niño,
siempre quise que mi padre me felicitara al menos una vez por mis talentos o
mis logros. Pero él nunca me prestó atención.”
“……”
“Por supuesto, hubo muchas otras personas que reconocieron mi
esfuerzo, pero un niño siempre busca el cariño de sus padres. Así que, sin
importar qué talentos tengan Aldis y Theodor, o qué tan grandes sean, quiero
felicitarlos mucho.”
Al terminar de hablar, Giesel sonrió con un poco de vergüenza.
“Me da pena admitir que parece que quiero resolver mis propios
traumas de la infancia a través de mis hijos.”
“No diga eso, Su Alteza.”
Rensley negó con la cabeza de inmediato. Se acercó más al
cuerpo de Giesel y continuó con alegría:
“No tiene por qué darle pena, al contrario. Ninguno de los dos
tiene experiencia criando hijos, así que no sabemos mucho del tema; pero he
escuchado que mucha gente termina repitiendo con sus hijos los mismos errores
que sus padres cometieron con ellos. En cambio, Su Alteza está emocionado por
convertirse en un mejor padre, ¿no le parece algo maravilloso?”
“No sé si sea maravilloso... Creo que cualquiera pensaría lo
mismo.”
“Entonces con mayor razón no tiene por qué darle pena. Si es
algo que cualquiera pensaría, no hay motivo para avergonzarse.”
Rensley sonrió aún más y se tomó del brazo de Giesel.
“Resulta que también es humano, Su Alteza. Pensé que yo era el
único que tenía sentimientos comunes.”
“¿Te estás burlando de mí otra vez?”
“No me estoy burlando, es un cumplido.”
Pensaba que Giesel estaba concentrado en planear el futuro del
reino como el Duque que era, mientras él se comportaba como un padre asustado.
Saber que Giesel también estaba recordando su propia infancia le dio un gran
alivio.
“Dicen que criar a un hijo es una aventura llena de
imprevistos, y es verdad.”
“Y esto apenas comienza.”
Que la crianza de un hijo estaba llena de sorpresas. Rensley
no pudo evitar recordar el lugar donde escuchó esa frase por primera vez.
Los príncipes de Oldenlandt nacieron de la unión del deseo y
el poder mágico, y tuvieron que pasar por el mundo de los muertos antes de
llegar a este plano. Esperar que fueran iguales a los demás niños tal vez era
un lujo. Rensley murmuró para sí mismo:
“Se siente un poco extraño.”
“¿El qué?”
“La mayoría de las personas importantes para mí tienen mí
misma edad o son mayores. Eso significa que probablemente nos iremos al
Inframundo casi al mismo tiempo... Pero con los niños nos tocará despedirnos
mucho antes, ¿verdad?”
Normalmente, a diferencia de Giesel, que era el contratista,
Rensley debió haber olvidado todo lo que pasó en el Inframundo. La regla
principal del mundo era que los vivos no debían conocer el reino de los
muertos.
Giesel tenía un hechizo místico que le impedía platicar sobre
el Inframundo con quienes no lo conocían, mientras que a Rensley y a Amin les
borraron los recuerdos antes de regresar al mundo de los vivos.
De hecho, Amin no recordaba absolutamente nada de lo que pasó
allá. Sin embargo, como los espíritus de los recuerdos salieron a despedir a
Rensley, él se convirtió en el único que recordaba todo, algo que ni en el
Inframundo se imaginaron que pasaría.
Como platicar sobre el Inframundo con otras personas podría
traerles graves problemas, Giesel le puso a Rensley el mismo hechizo para
impedirle hablar del tema.
Muchos de sus allegados tenían curiosidad por saber qué pasó
allá, pero los dos siempre respondían que no recordaban nada. Con el tiempo,
las preguntas disminuyeron y ahora ya nadie tocaba el tema. Al final, solo se
convirtió en un secreto más entre ellos dos.
“Pensar en eso hace que la muerte se sienta como una despedida
en vida, a diferencia de lo que imaginaba antes. Después de visitar ese lugar,
siento que la muerte es solo una continuación de la vida. Aunque cuando muramos
de verdad, terminemos olvidándolo todo.”
“No te equivocas. El Inframundo es el lugar donde uno se
prepara para esa continuación de la vida.”
“Pero lo olvidamos todo y nos convertimos en personas
diferentes.”
“He escuchado que en otro continente existe el concepto de la
reencarnación. Dicen que ellos se esfuerzan por recordar sus vidas pasadas;
incluso buscan a quienes las recuerdan para nombrarlos gobernantes.”
Era una historia desconocida. Rensley miró a Giesel.
“Yo también pensé qué sentido tendría cuando leí sobre eso en
los libros por primera vez. Pero piénsalo, Lord Mallosen. Si esta vida no es el
final, sino que se conecta con la siguiente; si lo que hacemos ahora sirve de
cimiento para el futuro, e incluso si logramos recordar el pasado...”
“……”
“Tal vez querríamos vivir el presente de una forma más
significativa para prepararnos para el futuro. Podríamos solucionar los errores
de esta vida, y la experiencia nos ayudaría a mejorar en la siguiente. Es
aceptar la muerte no como el final, sino como el futuro. Aunque ellos no
conozcan el Inframundo, es su filosofía para no caer en la desesperación.”
Sus miradas se cruzaron. El color del afecto en esos ojos que
parecían un atardecer se veía mucho más profundo hoy que ayer.
En un mundo donde todo cambia a cada momento, los sentimientos
de Giesel Zvendard seguían una línea recta, sin cambiar jamás.
Su amor se volvía cada vez más profundo y fuerte. Hoy más que
ayer, y mañana más que hoy... El presente más que el pasado, y el futuro más
que el presente.
“Yo pensaba en algo.”
“¿En qué...?”
“En que en la siguiente vida seré capaz de amarte aún más.”
El corazón de Rensley dio un vuelco. Si hacer que la gente se
ponga sentimental sin previo aviso fuera un talento, el Duque definitivamente
lo tenía.
Aunque sintió un sutil nudo en la garganta, Rensley sonrió y
preguntó:
“¿De verdad está tan seguro de que me encontrará en la
siguiente vida?”
“Jamás lo he dudado.”
“De verdad es increíble, Su Alteza.”
“¿Acaso tú no tenías intenciones de buscarme en la siguiente
vida, Lord Mallosen?”
“Por supuesto que querría encontrarte, pero pensaba si sería
posible...”
La verdad es que parecía que había estado esperando escuchar
esas palabras desde antes de dejar el Inframundo. Rensley tomó la mano de
Giesel y apoyó el rostro en su hombro.
“Ahora yo también me siento un poco más seguro.”
Después de conocer el mundo de los muertos, había dejado de
temerle al final de la vida. Había decidido vivir el presente como si fuera a
durar para siempre. Porque este momento junto al compañero que borraba incluso
la tristeza del olvido era lo más importante de su existencia.
Algún día, incluso este día tan especial se borrará de su
mente. Pero así como la infancia que uno no recuerda forma una gran parte de lo
que somos, cada día que pasaban juntos terminaría dándole forma a su vida.
En medio de las incontables estaciones que les quedaban por
compartir, otra primavera estaba pasando.
<Fin de las historias paralelas de Winterfield>